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LA HORA DE LA VERDAD

Aunque aún está en el aire la conformación de la Cámara de Diputados federal, debido al enorme cúmulo de protestas, señalamientos e inconformidades presentadas por los diversos partidos políticos, que quizá alteren los resultados hasta ahora conocidos, de todas maneras existe una visión, tal vez cercana a la realidad, de cómo terminará estructurada, y es la que puede servirnos de base para vislumbrar los pesos políticos de cada una de las fuerzas ahí representadas.

El asunto no es de poca monta, sobre todo si tomamos en cuenta la cercanía para que el Ejecutivo Federal presente, precisamente ante la Cámara de Diputados federal, su propuesta presupuestaria para el ejercicio fiscal de 2016. Y ahi será, sin duda, donde arda Troya.

Todos, unos más otros menos, estamos informados de que la situación financiera que enfrenta la República no es para nada asunto menor, sino, por el contrario, el panorama se ve bastante complicado. Por un lado, el derrumbe de los precios internacionales de los hidrocarburos ha colocado a las finanzas públicas del Estado mexicano en situación muy comprometida, ya que es muy abultado el desplome de ingresos que por la venta de petróleo se dejará de recibir; y, por el otro, la espada de Damocles de la, ahora si, inminente alza de las tasas de interés en los Estados Unidos de Norteamérica, parece constituirse en la puntilla de todo este enredo.

Si a lo anterior añadimos el desplome del precio internacional de muchas materias primas y de no pocos productos agrarios, el panorama tiende a ennegrecerse aún más.

Para acabarla de amolar, ahora resulta que muchas corporaciones empresariales mexicanas, que buscaron aprovechar las bajas tasas de interés que dominan en nuestro vecino del norte, no fueron prudentes y se endeudaron hasta el tope en dólares, y ahora que la moneda norteamericana se ha revaluado, y que, paralelamente, las tasas de interés en los Estados Unidos de Norteamérica no tardaran mucho en incrementarse, esas corporaciones empresariales están que no las calienta el sol, colgando materialmente de un hilo, ya que si la elevación de las referidas tasas es considerable, de seguro arrastrara a la bancarrota a buen número de ellas, lo que afectaría severamente la ya vapuleada economía doméstica de México, generando varios cortocircuitos que muy probablemente conllevarían a despidos y acelerarian, sin duda alguna, el proceso inflacionario interno, cuyo control ha sido, hasta el momento, la mejor carta que, en su favor, ha blandido la administración pública federal.

Ahora bien, para comprender hasta qué punto la situación puede llegar a convertirse en un panorama crítico, no debemos olvidar la insistencia del encargado de los dineros de la República, en su interés por estructurar el presupuesto de 2016 bajo la tan repetida, aunque muy poco comprendida, dinámina del presupuesto base cero.

En poco tiempo habremos de comprobar cuál es la factibilidad real de ese estribillo llevado a la práctica, como también habremos de ser testigos de la fortaleza programática de los partidos que habrán de inmiscuirse en todo este proceso en torno al presupuesto de 2016. Las resistencias y luchas serán, sin duda, de consideración. Todos los sectores sociales estarán muy pendientes de lo que se discuta y, en su caso, se apruebe o se rechace, existiendo, ciertamente, la posibilidad de que este asunto pueda descarrilarse, y ello simplemente por la enorme trascendencia que tendrá para el futuro de México lo que en materia presupuestaria se decida.

Sin duda que las elecciones recién celebradas alteraron la conformación habitual de la Cámara de Diputados, sobre todo en el sector que podríamos llamar de izquierda, puesto que, además de que uno de los partidos así calificados, pende de un hilo su existencia de registro por no haber alcanzado el porcentaje mínimo requerido, las luchas, forcejos y enfrentamientos en los otros partidos calificados de izquierda, francamente les ha debilitado a tal grado, que de no tender puentes de comunicación y entendimiento que les conlleven a presentarse como una sola voz en el proceso definitorio del presupuesto de 2016, tristemente sus alegatos quedarán tan sólo como datos testimoniales para el futuro. Mucho habrán de trabajar, entonces, tanto las bancadas como, sobre todo, sus dirigencias, para ir limando diferencias y tendiendo puentes de comunicación, entendimiento y acercamiento, con otras corrientes o sectores de otros partidos que, sin ser precisamente de izquierda, pueda, sin embargo, entablarse con ellos pactos y acuerdos sobre determinados asuntos.

En fin, todo será cuestión de conocer la propuesta presupuestaria que presente el encargado de la Secretaria de Hacienda para, de inmediato, ponerse a laborar, dejando de lado las pasiones y rencores que pudiesen haberse acentuado en el recién proceso electoral. Todos, absolutamente todos, deberemos estar muy pendientes de ello, cuidando de la manera como nos sea posible, que las pasiones no se desborden en un inútil y contraproducente sectarismo, porque a todos, absolutamente a todos, nos afectará o beneficiará lo que en ese proceso de conformación presupuestaria se acuerde.

Además, y no está de más el señalarlo, el ejemplo que al mundo entero está dando Grecia, de seguro alterará el panorama económico mundial incidiendo, políticamente, en muchos lugares; por lo que mal se haría en suponer que México sería inmune a su influencia. La lucha que el pueblo griego, junto con sus autoridades, habrán de dar, están, hoy por hoy, siendo monitoreadas por millones de personas y grupos sociales del mundo entero. Así pues, pase lo que pase en Grecia, su ejemplo está despertando infinidad de consciencias, por lo que esperamos que su influencia se deje sentir con fuerza en nuestro México lindo.

Julio de 2015
Omar Cortés

Cambiando de tema, y en referencia a las novedades que ahora pongo a disposición de cualquier interesado, coloco el interesante trabajo del jurista francés Eugenio M. Lagrange, Examen de las Instituciones de Justiniano, obra traducida al español por el también jurista, José Vicente y Caravantes. Además, ahora que en este mes de julio se conmemoran los ciento nueve años de la expedición del Programa del Partido Liberal Mexicano, expedido el 1° de julio de 1906, y con el objeto de recordar la labor desarrollada por la Junta Organizadora del Partido Liberal Mexicano, pongo a disposición de cualquier interesad@, la edición virtual que mi ahora fallecida compañera Chantal y yo colocamos en el mes de febrero de 2006 en los estantes de la Biblioteca Virtual Antorcha, el cuento de Jack London titulado El mexicano, que tiene como clara referencia la labor desarrollada por la junta liberal, e igualmente coloco la ficha referente a la labor realizada por el Partido Liberal Mexicano entre los años de 1900 y 1912, que Chantal y yo elaboramos en mayo de 2010. Finalmente, la inclusión de la edición cibernética de nuestro libro El Partido Liberal Mexicano (1906-1908), elaborada por Chantal y por mi en junio de 2011, completa el material que aquí incluyo, mismo que espero sea del agrado e interés de las personas que visiten este sitio.

Además, continúo manteniendo mi invitación a cualquier interesado, para que consulte:

1) Historia de la guerra de México. Desde 1861 a 1867, de Pedro Pruneda, haciendo click aquí.

2) La asamblea de las mujeres de Aristófanes, haciendo click aquí.

3) Mi escrito, Y luego ... qué sigue, haciendo click aquí.

4) Cuando el recuerdo evoca la memoria. La revista Reflexión Libertaria y su lema Sinceridad, estudio y trabajo, haciendo click aquí.

5) El enemigo del pueblo de Henrik Johan Ibsen, haciendo click aquí.

6) Mi escrito La propuesta, haciendo click aquí.

7) La presencia libertaria en la prensa mexicana. El caso del periódico quincenal Avante, haciendo click aquí.

8) Los evangelios comentados por Pierre Joseph Proudhon, haciendo click aquí.

9) Mi escrito La situación, haciendo click aquí.

10) Los periódicos correspondientes al suplemento del periódico anarquista argentino La Protesta del año 1923, haciendo click aquí.

11) Sagitario el instrumento periodístico de la continuidad, haciendo click aquí.

12) Los periódicos correspondientes al suplemento del periódico anarquista argentino La Protesta del año 1922, haciendo click aquí.

13) El cuento corto de mi autoria, Rosenda, haciendo click aquí.

14) El escrito autobiográfico, Confesiones, de Paul Verlaine, haciendo click aquí.

15) El ensayo Los derechos del hombre, escritos en dos partes por Thomas Paine, haciendo click aquí.

16) Mi escrito Aquelarre, haciendo click aquí.

17) El cuento corto de mi autoría, La llamada. Haz click aquí, si deseas leer este cuento.

18) La obra de Teodoro Hernández, La historia de la revolución debe hacerse. Haz click aquí, si deseas leer o consultar esta obra.

19) El escrito de mi autoría, Los asqueantes señores del poder y sus odiosas manipulaciones. Haz click aquí, si deseas leerlo.

20) El cuento, también de mi autoría, El tesoro de la Convención. Haz click, si deseas leer este cuento.

21) La presentación y la película La banda del automóvil gris. Haz click aquí, si deseas ver esta película.

22) La obra de Hernando Alvarado Tezozomoc, Crónica mexicana. Haz click aquí, si quieres leer o consultar esta obra.

23) Mi escrito ¡¡¡Aguas!!! La presión está subiendo. Haz click aquí, si deseas leer este artículo.

24) El semanario anarquista argentino La Antorcha, editado durante los años de 1921 a 1932. Haz click aquí si deseas consultar alguno de los trescientos ejemplares que lo conforman.

25) El periódico insurgente La abispa de Chilpancingo, editado por Carlos María Bustamante durante los años 1822 y 1823. Haz click aquí, si deseas consultar este periódico.

26) El periódico anarquista mexicano El Compita, editado durante los años 1981-1982. Haz click aquí si deseas consultar este vocero.

27) La edición virtual de La eneida de Virgilio. Haz click aquí si deseas leer, hojear o consultar esta obra.

28) De salarios, ahorros y peligros, haciendo click aquí.

29) ¡¡¡Este arroz ya se coció!!!, haciendo click aquí.

30) Un día después, haciendo click aquí.

31) En recuerdo de un amigo, haciendo click aquí.

32) El fandango de la Reforma Energética, haciendo click aquí.

33) El conjunto de reflexiones que realice hace ya mas de un año sobre la Reforma Hacendaria, haciendo click aquí.

34) El conjunto de reflexiones que sobre la Reforma Energética hice el pasado año, haciendo click aquí.

35) Mi escrito, El reto, haciendo click aquí.

36) Mi escrito, No es más que el principio, haciendo click aquí.

37) Mi escrito, ¡Cuidado! Se vislumbran nubarrones de desestabilización, haciendo click aquí.

Julio de 2015
Omar Cortés

EXAMEN DE LAS INSTITUCIONES DE JUSTINIANO

M. Eugenio Lagrange
(Traducción del francés por José Vicente y Caravantes)




PRESENTACIÓN


La obra que ahora coloco en los estantes de la Biblioteca Virtual Antorcha, es una curiosa adaptación, realizada en el último cuarto del siglo XIX por el jurista francés Eugenio Lagrange, que consiste en la publicación del celebérrimo escrito las institutas de Justiniano, con la particularidad de que a Lagrange se le ocurrió realizar tal publicación mediante la estructuración de preguntas y respuestas, correspondiendo al traductor del texto al castellano, esto es, al jurista hispano José Vicente y Caravantes, el elaborar las anotaciones y aclaraciones pertinentes. Por cierto, y dicho sea de paso, de Lagrange ya hemos colocado uno de sus ensayos, titulado: Introducción histórica al estudio del Derecho Romano, México, Biblioteca Virtual Antorcha, primera edición cibernética, septiembre del 2006, presentación, captura y diseño, Chantal López y Omar Cortés, el cual puedes consultar haciendo click aquí.

Como es del conocimiento público, el texto de las Instituciones, forma parte, junto al Digesto, al Codex y las Novelas, del famoso Corpus Iuris Civilis que prácticamente inmortalizara tanto al emperador Justiniano como al jurista Triboniano, la eminencia gris que se encargo de la elaboración y compilación de textos.

Las Instituciones, fue un escrito realizado específicamente para ser usado, como libro de texto, por los estudiantes de derecho, y promulgado por el emperador Justiniano mediante la Constitución Imperotoriam Maistratem, en donde el emperador sentencia:

... hemos llamado a Triboniano, varón magnífico, maestro y ejecutor de nuestro sacro Palacio y a Teófilo y Doroteo, ilustres profesores de derecho estos últimos -todos los cuales han dado reiteradas pruebas de su capacidad, de su ciencia jurídica y de su fidelidad a nuestras órdenes- y los hemos comisionado especialmente para compilar, con nuestra autoridad y consejos, unas Instituciones, a fin de que os sea posible recibir las primeras nociones de derecho de la majestad imperial, sin necesidad de acudir a las obras antiguas y sin que nada inútil o fuera de lugar perciban vuestros oídos y vuestro entendimiento ...

En sí, las Institutas, fueron elaboradas como un texto corrido en el que, no obstante estar compuesto por una compilación de escritos, jamás se establece señalamiento alguno de las fuentes, por lo que en la versión en español de la obra de Lagrange, pudiera señalarse que el abultado número de aclaraciones y notas realizadas por el traductor, Sr. José Vicente y Caravantes, rompe por completo con la idea original de esta obra.

Por supuesto que las notas y citas a que hago referencia, en mucho enriquecen la edición, sin embargo, y he aquí el problema, llegan a constituirse en una especie de ensayo paralelo, puesto que, al ser tan numerosas, distraen por completo la atención del lector, alejándole del texto llamémosle, original. Este fenómeno tiende a generarse cuando es excesivo el número de notas y, sobre todo, asfixiante el conjunto de aclaraciones. Asi pues, no está de más que el interesado en consultar o leer esta obra, tome en cuenta lo que aquí señalo.


Viene al caso también precisar que Justiniano promulgo un plan de estudios de derecho en una Constitución denominada Omnem, en la cual precisaba:

... ya que es necesario que vosotros siendo profesores de la ciencia legal sepáis qué cosas y en qué momento creemos es oportuno enseñar a los estudiantes, para que se vuelvan perfectos y eruditisimos en ella; por eso consideramos que el presente discurso se dirige principalmente a vosotros, para que tanto vuestras excelencias como los demás profesores que quieran ejercer el mismo arte en cualquier época, observando nuestras reglas puedan transitar la inclita vía de la erudición legal. Por eso no hay duda que es necesario que las Instituciones reclamen para sí el primer lugar en todos los estudios, ya que traen sobriamente los primeros rudimentos de cualquier ciencia. De los cincuenta libros de nuestro Digesto, pensamos que sólo treinta y seis bastan tanto para vuestra exposición como para la erudición de la juventud. pero nos parece que es oportuno manifestar el orden de ellos y el método que se debe seguir, y evocaros la memoria de lo que antes enseñábais, y mostrar tanto la utilidad como la oportunidad de nuestra nueva composición, para que nada de tal arte quede desconocido.

En verdad antes, como bien sabe vuestra prudencia, de tan gran multitud de leyes, que se extendía en dos mil libros y tres millones de líneas, los estudiantes recibían de boca de sus maestros nada más que seis libros, y confusos, que apenas contenían en sí leyes útiles, siendo los demás, ora caducos, ora inaccesibles a todos. Entre esos seis libros se cuentan las Instituciones de nuestro Gayo y sus cuatro Libros Singulares, el primero sobre dote matrimonial, el segundo sobre tutela, el tercero y cuarto sobre testamentos y legados; pero no recibían todos ellos por igual, sino que muchas partes de ellos se omitían como si fuesen inútiles. Y esta materia del primer año se enseñaba a los estudiantes, no según el orden del Edito Perpetuo, sino desordenado y reunido como una masa, mezclado lo útil con lo inútil, contándose la mayor parte entre las inútiles.

En el segundo año transtornando el buen orden se les enseñaba la primera parte de las leyes, con excepción de algunos títulos; siendo irregular leer después de las Instituciones algo distinto a lo que esta puesto en primer lugar en las leyes y que -por eso- merece ese nombre.

Después de ese estudio -que no era continuo sino fragmentario y en gran parte inútil- se les enseñaba otros títulos tanto de aquella parte de las leyes, que se llama De Juicios -y se les ofrecía una exposición no contínua sino dispersa de los útiles, como si todo el resto del volumen fuese inútil- así como siete libros de aquella que se llama De Cosas -aislados y en muchas de sus partes impenetrables para los estudiantes puesto que no son idóneos ni aptos para la enseñanza-.

En el tercer año recibían, lo que no se les había enseñado en el segundo año de ambos volúmenes. De Cosas y De Juicios, alternando ambos volúmenes también se les abría el camino hacia el sublime Papiniano y sus Respuestas, y de dicho conjunto de Respuestas, que consta de diecinueve libros, recibían solo ocho libros, y ni siquiera se les daba todo el conjunto de ellas, sino pocas de tantas y brevísimas de extensísimas, de modo que se apartaban de ellos sedientos. Por consiguiente, habiendo recibido solo esto de los profesores, por sí mismos estudiaban las Respuestas de Paulo, pero no de modo consistente sino por rumbo equivocado y en cierto modo ya mal habituado por el desorden.

Y en el cuarto año, ése era el final de toda la enseñanza antigua; si alguien quisiese hacer un recuento de lo que aprendian, después de hacer un cálculo, encontrará que de tan inmensa multitud de leyes, apenas han leído sesenta mil líneas de su competencia, y ya que lo demás quedaba impenetrable y desconocido para todos entonces sólo se citaba de una mínima parte, cada vez que o la praxis judicial obligaba a hacerlo o cuando los mismos maestros de derecho os apresurábais a leer algo de ellos para tener una pericia algo mayor que la de los discípulos. Esta es la remembranza de la antigua enseñanza que también se confirma con vuestro testimonio.

Encontrando tanta necesidad en las leyes y considerando esto deplorable, abrimos los tesoros legales a los que lo deseen, para que se lo entreguéis por vuestra prudencia en tal medida que los discípulos se conviertan en fecundos oradores legales.

En el primer año aprenderán nuestras Instituciones elaboradas de casi todo el conjunto de instituciones antiguas y hechas confluir de todas las fuentes turbias en un estanque transparente tanto por Triboniano, varón magnífico, magistrado y ex cuestor de nuestro sacro palacio y ex cónsul, asi como por dos de vosotros, o sea, Teófilo y Doroteo, elocuentes maestros de derecho.

En la restante parte del año, siguiendo un orden óptimo, ordenamos que se les enseñe la primera parte de las leyes, que se designa con el vocablo griego prota, al cual nada es anterior, porque lo que es primero no puede tener otro delante.

Y ése decretamos que sea el inicio y el final de la enseñanza del primer año para ellos. No queremos que a estos alumnos se les llame como antes con el frívolo y ridiculo apodo de dos céntimos, sino que se les llamará nuevos Justinianos, y ordenamos que eso se conserve en el futuro, para que aquellos, que rudos aspiran a esta ciencia legal y quieran recibir el saber del primer año, merezcan nuestro nombre, porque en seguida se les debe enseñar el primer volumen, que emanó de nuestra autoridad. Pues antes tenían un nombre acorde con la antigua confusión de leyes; pero ya que las leyes ahora se exhiben clara y lúcidamente a sus mentes que las aprenden fácilmente, se ve que es necesario que ellos luzcan un nombre distinto. (De Fragmentos selectos del Digesto de Justiniano. - Constitución Omnem, Traducción y notas de Pedro E. León Mescua, en el sitio web, Magister Humanitatis).

En esta Constitución encontramos un mandato imperial que pone en entredicho la labor desarrollada por el traductor de la versión de Lagrange, puesto que a Justiniano nada bien le caían los editores-libreros que le metían mano, mediante comentarios o alteraciones, a sus imperiales textos. A este respecto, en esta misma Constitución, sentencia:

Otro asunto que ya comunicamos en nuestro decreto cuando al inicio mandamos esta obra y después de acabado en otra constitución de nuestra voluntad, y ahora útilmente disponemos, que ninguno de los que copian libros se atreva a poner siglas en ellos y por abreviar produzcan un grave daño a la interpretación o la composición de las leyes; sepan todos los libreros, que en el futuro cometiesen esto, que además de la pena criminal también se les obligará a pagar el doble del valor del libro a su dueño, si lo vendieron a uno que no se dio cuenta ya que aquel que comprase tal libro, lo tendrá por nulo, ya que ningún juez permitirá hacer una alegación de tal libro, sino que ordenará que se tenga por no escrita (De, Fragmentos selectos del Digesto de Justiniano, op. cit.).

En fin, resumiendo, tenemos que las Instituciones, fue una compilación jurídica realizada para ser utilizada como libro de texto en los estudios de derecho, y que pasaría a la historia al haber formado parte del conjunto de textos que con el nombre de Corpus iuris civili engrandecieron al emperador Justiniano en el terreno estrictamente jurídico.

De hecho, la tendencia a la elaboración de compilaciones en el caso del derecho romano, era algo común, habiéndose realizado varias en el pasado, entre las que destacaron la de Ulpiano y, sobre todo, la de Gayo, pero hubo muchas más, por lo que Justiniano tan sólo se concretó a continuar con una tendencia de antaño presente en la historia jurídica romana.

Fue con la elaboración del Corpus iuris civile que el derecho romano adquiriría basta notoriedad en el ulterior desarrollo jurídico de los diversos países que fueron conformándose en el occidente europeo, y ello en mucho debido al rescate que de esos textos hizo, durante el siglo XI en Bolonia, Italia, la escuela denominada de los glosadores, encabezada por Irnerio (1055-1130), autor del que poco se conoce, salvo que fue excomulgado por el Papa Calixto II, debido a su activismo antipapal, además de que, según se dice, gozaba de alta consideración en los circulos universitarios de su época. Se le tiene por fundador de la Escuela de Bolonia, también conocida con el nombre de Escuela de los Glosadores, la cual encargose de la divulgación de los textos justineaneos considerándoles como el non plus ultra de la concepción jurídica.

Es pues, a partir del descubrimiento de esos textos, que adquirirá notoriedad lo que ahora llamamos derecho romano, llegando, incluso, a ser considerado que el derecho romano terminaría precisamente con la muerte de Justiniano, lo que, a todas luces, constituyó un desproporcionado error, sólo atribuible al hecho del no querer considerar como la continuación de Roma, a los poderes asentados en Constantinopla, vulgarmente conocidos como el Imperio Romano de Oriente (En relación al emperador Justiniano, viene al caso el recomendar la consulta, haciendo click aquí, de Justiniano y el Imperio Bizantino, México, Videoteca Virtual Antorcha, marzo de 2011, presentación de Chantal López y Omar Cortés).

Por supuesto que la influencia normativa de Roma se mantuvo presente entre los pueblos denominados bárbaros, aún después de finiquitado el llamado Imperio Romano de Occidente, y como muestra de ello, tenemos el ordenamiento jurídico visigodo atribuido a Alarico II, conocido con el nombre de Breviario de Alarico o Lex Romana Visigotorum, el cual también es una recopilación de textos y ordenanzas romanas, principalmente tomadas del Código Teodosiano, elaborada por el conde Goiarico, que incluso ha llegado a ser considerado como el Corpus iuris civile de Occidente.


Ahora bien, quizá sea conveniente sugerir al lector la consulta de algunas obras que, desde el prisma anarquista, abordan la cuestión del Imperio Romano, concretamente me estoy refiriendo a las opiniones de Pedro Kropotkin, quien, en su ya ahora célebre conferencia sobre el Estado, argumentaba:

Para comprender bien lo que es el Estado, señalaba Kropotkin, sólo hay un medio: estudiarlo en su desenvolvimiento histórico. Y esto es lo que voy a intentar.

El Imperio Romano fue un Estado en el verdadero sentido de la palabra. hasta nuestra época subsiste como ideal para el legislador.

Sus órganos cubrían un vasto dominio de cerrada red. Todo afluia hacia Roma: la vida económica, la vida militar, las relaciones judiciales, las riquezas, la educación, hasta la religión. De Roma venían las leyes, los magistrados, las legiones para defender el territorio, los gobernadores, los dioses. Toda la vida del Imperio remontaba al Senado, más tarde al César, el omnipotente, el omnisciente, el dios del Imperio. Cada provincia, cada distrito, tenía su Capitolio en miniatura, su pequeña proporción de soberano romano, para dirigir toda su vida. Una sola ley, la ley impuesta por Roma, reinaba en el Imperio, y este Imperio no representaba de ningún modo una confederación de ciudadanos; era un rebaño de súbditos.

Aun hoy el legislador y el autoritario admiran la invasión de los bárbaros, la muerte de la vida local incapaz de resistir por más tiempo los ataques del exterior y la gangrena que se extendía desde el centro, destrozaron aquel Imperio, y sobre las ruinas se desarrolló una civilización nueva que hoy día es la nuestra.

Y si dejando a un lado las civilizaciones antiguas, estudiamos los orígenes y los desarrollos de la joven civilización bárbara hasta los periodos que, a su vez, dieron nacimiento a nuestros Estados modernos, podremos hacernos cargo de la esencia del Estado mejor que si nos lanzásemos al estudio del Imperio Romano o del de Alejandro, o el de las monarquías despóticas de Oriente.

Tomando por punto de partida estos poderosos demoledores bárbaros del Imperio Romano, podremos seguir la evolución de toda la civilización desde sus orígenes hasta su fase: el Estado. (Veáse, haciendo click aquí, Kropotkin, Pedro, El Estado, México, Biblioteca Virtual Antorcha, Cuarta edición cibernética, enero del 2003, captura y diseño, Chantal López y Omar Cortés).

Igualmente podemos citar las opiniones del anarquista Rudolf Rocker al respecto, señalando su ideas expresadas en el Capítulo Sexto de su obra cumbre Nacionalismo y cultura, referente a la centralización romana y su influencia en la formación de Europa (Véase, haciendo click aquí, Rocker, Rudolf, Nacionalismo y cultura, México, Biblioteca Virtual Antorcha, primera edición cibernética, marzo del 2007, captura y diseño, Chantal López y Omar Cortés).


Ahora bien, el mismo significado del vocablo Instituciones, que proviene del latín institutuere, nos conlleva a la idea de la instrucción, la enseñanza, la educación, del inicio en una disciplina específica, por lo que, como ya lo hemos señalado, las Instituciones de Justiniano se relacionaban directamente con la enseñanza del derecho, y se pretendía que tal enseñanza fuese directa, que no hubiera necesidad de andarse, como se dice, por las ramas. La claridad en la trasmisión del conocimiento era una regla dentro del concepto justineano de la enseñanza jurídica, y por tal razón el emperador concebía esta obra como propia para el primer año de estudios.

En la edición que diseño el jurista francés Eugenio Lagrange, agrega el juego de preguntas y respuestas buscando simplificar aún más el contenido de las Institutas, aunque muy probablemente a Justiniano no le hubiera caido bien tal idea, ya que la misma conlleva el criterio de selección, y por tanto, de interpretación, con el que no estaba muy de acuerdo el emperador. Y por supuesto que el conjunto de notas elaboradas por José Vicente y Caravantes que, como ya lo hemos indicado, generan, quizá sin quererlo, una obra paralela, definitivamente hubiera causado el enojo y tal vez la rabia de Justiniano.

Ya hemos señalado que la elaboración de las Institutas fue el resultado del trabajo realizado por Triboniano, jurisconsulto romano constantinoplense, del cual se ignora la fecha de su nacimiento aunque se ubica el año de 545 d.C. como el de su muerte, y quien fue questor y consejero jurídico del Emperador Justiniano, ayudado por los juristas Teófilo y Doroteo, este último un destacado profesor de la en aquel entonces famosísima escuela jurídica de Beirut.

¿Qué es derecho? -se pregunta, respondiéndose en seguida: La ciencia de lo justo y de lo injusto, esto es, el conjunto de preceptos que sirven para distinguir en todas las cosas, divinas y humanas, lo que cada uno debe hacer o abstenerse de hacer.

Cuáles son los preceptos fundamentales del derecho? -se inquiere más adelante, respondiéndose: Se reducen a tres: vivir honestamente, no dañar a otro y dar a cada uno lo que le pertenece.- Todo el derecho se apoya en estas tres bases morales, y sería incompleto si le faltara una sola de estas bases.

¿En cuantas ramas se divide la ciencia del derecho? -pregúntase, y de inmediato se responde: En dos ramas. El hombre, en efecto, tiene deberes que cumplir, no sólo para con cada uno de los demás hombres, sino también para con el Estado o la sociedad de que es miembro. de aquí la división del derecho en dos partes: el derecho público y el derecho privado.

¿Qué es derecho público? -pregúntase a continuación, respondiéndose: El que arregla la constitución del Estado y las relaciones de la sociedad con los miembros que la componen.

¿Qué es derecho privado? - El que arregla los intereses de los particulares entre sí. Las Instituciones sólo se ocupan del derecho privado.

¿Cómo se divide el derecho privado con relación a las fuentes de que se deriva? - Divídese en tres partes: en derecho natural, derecho de gentes y derecho civil


Y de esta manera, Lagrange va desarrollando su particular y original versión de las Institutas, abordando en seguida los conceptos de derecho natural, derecho de gentes y derecho civil. A cuyo respecto precisa:

¿Qué es derecho natural? -respondiendo: El derecho natural es el que la naturaleza enseña a todos los animales. Hay, en efecto, leyes de la naturaleza para cumplir las cuales no es necesaria la inteligencia humana, sino tan sólo la existencia animal. De estas leyes son las que se refieren a la unión de los sexos, a que se críe y eduque a los hijos hasta que puedan manejarse por sí mismos. El hombre y los animales obedecen estas leyes, con la diferencia que el hombre obedece sólo por la razón y conociendo que es su deber, y los animales obedecen tan sólo por el instinto.

¿Qué es el derecho de gentes? - Y responde: El derecho de gentes es el que ha establecido la razón natural entre todos los hombres. Su nombre le proviene de que se observa en todas las naciones civilizadas. pero su carácter consiste, no precisamente en ser reconocido entre todos los pueblos, sino en ser aplicable en un Estado, a los extranjeros lo mismo que a los nacionales.

¿En cuántas partes han dividido los comentadores el derecho de gentes?

En dos partes: en derecho de gentes primario y en derecho de gentes secundario. Entre los principios que ha hecho admitir universalmente la razón humana, hay algunos que, derivándose únicamente de la constitución del hombre, les han sido revelados anterior e independientemente de su establecimiento en sociedad. Así es que, aun antes de la formación de las grandes sociedades, cuando los hombres no tenían más que algunas relaciones de familia, tenían en sí mismos el sentimiento del derecho de legítima defensa, sabían que debían adorar a Dios y amar a su padre y a su madre. estos principios primordiales son los que, según los comentadores, forman el derecho de gentes primario, en oposición al derecho de gentes secundario, que se compone de principios que, nacidos de las necesidades de la vida social, no han sido admitidos por la razón universal sino porteriormente, a medida que se han formado las sociedades y como consecuencia del estado social. A esta segunda parte del derecho de gentes pertenecen la distinción de las propiedades, la venta, el arrendamiento y todos los contratos o casi todos, porque hay algunos como la estipulación, que provienen del derecho civil.


Y más adelante pregunta:

¿Qué es derecho civil? -Y, responde: El derecho civil es el que un pueblo se da por sí mismo, y que es exclusivamente aplicable a los miembros de la ciudad. En todos los pueblos civilizados, en efecto, hay una gran parte del derecho privado de que gozan aun los extranjeros; pero hay otro derecho que sólo se ha establecido para los nacionales. esta segunda parte es la que forma el derecho civil.

Y así, paso a paso, se va explicando de manera puntual cada uno de los temas con el objeto de clarificar al estudiante los conceptos que les servirían de base en el desarrollo de su carrera jurídica.

Sin duda que las Institutas es una obra muy interesante, capaz de atraer la atención no solamente de las personas dedicadas a las labores jurídicas, sino de un sector mucho más amplio, interesado en conocer un poco en torno a la historia misma del derecho. Ciertamente los temas que se abordan en esta obra no son, que digamos, de facil asimilación, mas sin embargo ello no puede considerarse como limitante para que cualquier persona interesada pueda satisfacer su curiosidad consultando alguno de los libros en que se divide.

Antes de terminar, me gustaria añadir que para la digitalización de esta obra, enfrente no pocos problemas, y ello no únicamente por la separación de los libros y títulos que la conforman, sino principalmente debido a que el libro que me sirvio de base, es una edición de finales del siglo XIX, por lo que su manejo fue bastante delicado, ya que prácticamente corria el riesgo de deshacerse al manipularlo, por lo que el escaneo debi realizarlo con mucho cuidado, lo que, como se comprenderá, retrasó muchísimo el trabajo. Mas no obstante ese contratiempo, pienso que logre buenos resultados.

Aclaro que he colocado el indice de esta obra dividiendo los libros y títulos que la conforman, con la clara intención de facilitar su consulta, lo que espero sea aprovechado por las personas interesadas.

Julio de 2015
Omar Cortés






INDICE

LIBRO I

TÍTULO I
De la justicia y del derecho.

TÍTULO II
Del derecho natural, de gentes y civil.

TÍTULO III
De las personas.

TÍTULO IV
De los ingenuos.

TÍTULO V
De los libertinos.

TÍTULO VI
Quienes no pueden manumitir y por qué causa se les prohibe.

TÍTULO VII
De la derogación de la ley Fusia Canina.

TÍTULO VIII
De los que son dueños de sí mismos y de los que están sujetos a potestad ajena.

TÍTULO IX
De la patria potestad.

TÍTULO X
De las nupcias.

TÍTULO XI
De las adopciones.

TÍTULO XII
De los modos de disolverse la patria potestad.

TÍTULO XIII
De las tutelas.

TÍTULO XIV
De los que pueden ser nombrados tutores en testamento.

TÍTULO XV
De la tutela legítima de los agnados.

TÍTULO XVI
De la capitis-diminución.

TÍTULO XVII
De la tutela legítima de los patronos.

TÍTULO XVIII
De la tutela legítima de los ascendientes.

TÍTULO XIX
De la tutela fiduciaria.

TÍTULO XX
Del tutor atiliano y del que se daba por la ley Julia y Ticia.

TÍTULO XXI
De la autoridad de los tutores.

TÍTULO XXII
De los modos de terminarse la tutela.

TÍTULO XXIII
De los curadores.

TÍTULO XXIV
De la fianza de los tutores y curadores.

TÍTULO XXV
De las excusas de los tutores y curadores.

TÍTULO XXVI
De los tutores y curadores sospechosos.



LIBRO II

TÍTULO I
De la división de las cosas y de la adquisición de la propiedad.

TÍTULO II
De las cosas corporales e incorporales.

TÍTULO III
De las servidumbres de heredades rústicas y urbanas.

TÍTULO IV
Del usufructo.

TÍTULO V
Del uso y de la habitación.

TÍTULO VI
De las usucapiones y de las prescripciones de largo tiempo.

TÍTULO VII
De las donaciones. Apéndice sobre la dote de José Vicente y Caravantes.

TÍTULO VIII
De las personas que pueden o no enajenar.

TÍTULO IX
De las personas por medio de las que se puede adquirir.

TÍTULO X
De la forma de los testamentos.

TÍTULO XI
Del testamento militar.

TÍTULO XII
De las personas a quienes no se permite hacer testamento.

TÍTULO XIII
De la desheredación de los descendientes.

TÍTULO XIV
De la institución de heredero.

TÍTULO XV
De la sustitución vulgar.

TÍTULO XVI
De la sustitución pupilar.

TÍTULO XVII
Del modo de perder su fuerza los testamentos.

TÍTULO XVIII
Del testamento inoficioso. Apéndice.

TÍTULO XIX
De la cualidad de los herederos y de su diferencia.

TÍTULO XX
De los legados o mandas.

TÍTULO XXI
De la revocación y de la traslación de los legados.

TÍTULO XXII
De la ley Falcidia.

TÍTULO XXIII
De las herencias fideicomisarias y del Senado-consulto Trebeliano.

TÍTULO XXIV
De las cosas singulares que se dejan por fideicomiso.

TÍTULO XXV
De los codicilos. Apéndice a los títulos anteriores sobre la apertura de los testamentos y codicilos de José Vicente y Caravantes.



LIBRO III

TÍTULO I
De las herencias que se difieren ab intestato.

TÍTULO II
De la sucesión legítima de los agnados.

TÍTULO III
Del Senado-consulto Tertuliano.

TÍTULO IV
Del Senado-consulto Orficiano.

TÍTULO V
De la sucesión de los cognados.

TÍTULO VI
De los grados de parentesco.

TÍTULO VII
De la sucesión de los libertos.

TÍTULO VIII
De la asignación de los libertos.

TÍTULO IX
De la posesión de bienes. Apéndice a los títulos precedentes.

TÍTULO X
De la adquisición por adrogación.

TÍTULO XI
De la adjudicación de los bienes para hacer válidas las manumisiones.

TÍTULO XII
De las sucesiones suprimidas.

TÍTULO XIII
De las obligaciones.

TÍTULO XIV
De las maneras como se contrae, por medio de cosa, una obligación.

TÍTULO XV
De las obligaciones verbales.

TÍTULO XVI
De los coestipulantes y de los copromitentes.

TÍTULO XVII
De la estipulación de los esclavos.

TÍTULO XVIII
De la división de la estipulaciones.

TÍTULO XIX
De las estipulaciones inútiles.

TÍTULO XX
De los fiadores.

TÍTULO XXI
De las obligaciones literales.

TÍTULO XXII
De las obligaciones consensuales.

TÍTULO XXIII
De la venta.

TÍTULO XXIV
Del arrendamiento.

TÍTULO XXV
De la sociedad.

TÍTULO XXVI
Del mandato.

TÍTULO XXVII
De las obligaciones que nacen como de un contrato.

TÍTULO XXVIII
Por qué personas se adquiere una obligación.

TÍTULO XXIX
De qué maneras se extingue una obligación.



LIBRO IV

TÍTULO I
De las obligaciones que nacen de un delito.

TÍTULO II
De la acción de los bienes arrebatados con violencia.

TÍTULO III
De la ley Aquilia.

TÍTULO IV
De las injurias.

TÍTULO V
De las obligaciones que nacen como de un delito.

TÍTULO VI
De las acciones.

TÍTULO VII
De las acciones dadas a causa de los negocios hechos con un individuo alieni juris.

TÍTULO VIII
De las acciones noxales.

TÍTULO IX
De la acción que resulta del daño causado por un cuadrúpedo.

TÍTULO X
De las personas por quienes podemos ejercitar acciones.

TÍTULO XI
De las cauciones.

TÍTULO XII
De las acciones perpetuas o temporales, y de las que se dan a los herederos y contra los herederos.

TÍTULO XIII
De las excepciones.

TÍTULO XIV
De las réplicas.

TÍTULO XV
De los interdictos.

TÍTULO XVI
De la pena de los litigantes temerarios.

TÍTULO XVII
Del oficio del juez.

TÍTULO XVIII
De los juicios públicos.

PRIMER APÉNDICE

SEGUNDO APÉNDICE






Jack London


EL MEXICANO


Primera edición cibernética, febrero del 2006

Captura y diseño, Chantal López y Omar Cortés


Haz click aquí, para acceder a la Biblioteca Virtual Antorcha



Presentación

El mexicano, la novela corta del afamadísimo escritor norteamericano Jack London (1876-1916), cuyo verdadero nombre era John Griffith London, es muy poco conocida, lo que quizá se deba a los numerosos éxitos editoriales de su autor. En efecto, para quien terminó convertido en un auténtico creador de best sellers como La llamada de la selva, Colmillo blanco y El lobo de mar, por tan sólo hacer mención de las que le han inmortalizado a nivel internacional, habiendo sido llevadas, incluso, al celuloide, una novela como la que aquí publicamos, por lógica, habría de pasar hasta cierto punto desapercibida.

El mexicano, no alcanzó la inmortalidad de otras de sus novelas, pero reviste un particular interés para quienes además de residir en la República mexicana, estén interesados o guarden alguna relación con el movimiento histórico, político y social que en su momento encabezó la Junta Organizadora del Partido Liberal Mexicano, y que terminó siendo comunmente conocido con el quizá no muy propio nombre de magonismo, ateniéndose al apellido materno de uno de sus principales dirigentes, Ricardo Flores Magón.

Escrita y publicada en 1911, esta novela corta bien puede incluirse en el conjunto de novelas sociales de Jack London, como Guerra de clases (1905) y Revolución, (1910).

Curiosamente, desde los ya muy lejanos años de la década de 1970, cuando en nuestros frenesis juveniles ardientemente urgábamos bibliotecas, hemerotecas, tanto públicas como privadas, conversando con toda persona que pensábamos o suponíamos alguna relación había guardado con aquel interesantísimo movimiento encabezado por la Junta Organizadora del Partido Liberal mexicano, jamás escuchamos ni leimos nada referente a esta novela corta de Jack London. Ninguna mención sobre El mexicano, nos fue hecha por alguna de las personas con quienes nos entrevistamos, no obstante que casi exprimíamos desde todos los ángulos posibles a nuestros entrevistados. De hecho no fue sino a principios del año 2000 que supimos de El mexicano, cuando prácticamente nuestra labor como editores de libros en papel había terminado.

Decidimos colocar esta novela en los anaqueles de nuestra Biblioteca Virtual Antorcha porque, además de que el tema que trata está claramente basado en la labor llevada a cabo por la Junta Organizadora del Partido Liberal Mexicano, en los más aciagos, difíciles y críticos momentos por los que esta organización revolucionaria atravezó durante el año de 1911, la manera en cómo se desarrolla es realmente atractiva y original, reflejando un inmejorable espejo de la concepción social de su autor.

En efecto, a Jack London se le tiene por sui generis socialista admirador del denominado darwinismo social tan afanosamente difundido por Herbert Spencer, y del controvertidísimo filósofo germano Federico Nietszche con todos sus rollos sobre el superhombre. De esa extraña mezcolanza, emergió una indigestísima concepción socialista que con precisión no sabemos si haya sido la causa del alcoholismo y propensión a las drogas de London o, si por el contrario, dicha afición fue lo que le conllevó a tan extraña, como a la vez cómica concepción socialista.

Haya sido como haya sido, el hecho es que en la trama de El mexicano, claramente encontramos expresadas esas ideas. El superhombre se encontrará representado por Rivera, el héroe de la novela; y la supervivencia del más apto, piedra de toque del darwinismo social, quedará claramente determinada en la conclusión de la pelea boxística con Danny, el prototipo del gringo engreido. Además, como telón de fondo se encuentra presente un terrible conflicto racial entre los dos boxeadores, sus pensamientos y lo que representan.

No nos cabe, pues, la menor duda de que en esta novela corta es posible encontrar todos los pormenores ideológicos de su autor, Jack London, quien para desgracia de la literatura, moriría siendo joven aún, a consecuencia de una sobredosis de morfina.

Chantal López y Omar Cortés



I

Nadie conocía su historia, y menos los de la Junta. Era su pequeño misterio; su gran patriota, y a su forma trabajaba por la inminente Revolución Mexicana tan duro como ellos. Tardaron mucho en reconocer esto, pues a nadie de la Junta le gustaba aquel hombre. El día que entró por primera vez en sus habitaciones repletas y ajetreadas, todos sospecharon de él creyendo que era espía, un agente del servicio secreto de Díaz. Muchos camaradas estaban en prisiones civiles y militares esparcidas por los Estados Unidos, y otros, cargados de cadenas, eran conducidos todavía al otro lado de la frontera para ser fusilados frente a paredones de adobe.

Cuando vieron por primera vez al muchacho no les causó una impresión favorable. Era realmente un muchacho: no tenía más de dieciocho años y tampoco aparentaba más edad. Anunció trabajar para la revolución. Eso fue todo, ni una palabra más, ninguna explicación.

Estaba de pie esperando. No había sonrisa en sus labios ni genialidad en sus ojos. El grande y arrojado Paulino Vera sintió un estremecimiento interior. Se hallaba ante algo prohibido, terrible, inescrutable.

En los ojos negros del muchacho había algo venenoso, como si fueran los ojos de una serpiente. Ardían como fuego helado y parecían dominados por una vasta y concentrada amargura. Los apartó de los rostros de los conspiradores y los clavó en la máquina de escribir que la pequeña Mrs. Sethby operaba industriosamente. Sus ojos reposaron en ella un solo instante -pues ella se había aventurado a mirarle-, y también ella sintió aquella sensación sin nombre que le hizo quedar inmovilizada. Se vio obligada a releer la carta que estaba escribiendo para recuperar el hilo.

Paulino Vera miró interrogativamente a Arellano y a Ramos, y ellos le devolvieron la mirada y se escrutaron entre si. La indecisión de la duda se dibujaba en sus ojos. Aquel muchacho delgado era lo desconocido, investido con toda la amenaza de lo desconocido. Era irreconocible, algo que estaba más allá del alcance de aquellos revolucionarios honestos y ordinarios, cuyo odio fiero hacia Díaz y su tiranía era, despues de todo, el simple odio de unos patriotas honestos y ordinarios.

Aquí había algo más, aunque no sabían qué. Pero Vera, siempre el más impulsivo, el más rápido en actuar, abrió la brecha.

- Muy bien -dijo fríamente-. Dices que quieres trabajar para la revolución. Quítate la chamarra. Cuélgala allí. Ven, te enseñaré dónde están el cubo y la jerga. El suelo está sucio. Comenzarás por fregarlo y por fregar los suelos de las otras habitaciones. Las escupideras necesitan un poco de limpieza. Luego empezarás con las ventanas.

- ¿Es por la revolución? -preguntó el muchacho.

- Sí, por la revolución -contestó Vera.

Rivera les miró a todos con fría sospecha, y se quitó la chamarra.

- Está bien -dijo, y nada más.

Día tras día realizaba su trabajo: barría, fregaba, limpiaba. Vaciaba las cenizas de las estufas, traía el carbón y la leña y encendía el fuego antes de que llegara a la oficina el más activo de todos ellos.

- ¿Puedo dormir aquí? -preguntó en una ocasión.

¡Ajá! De modo que era eso ... ¡la mano de Díaz comenzaba a mostrarse! Dormir en las habitaciones de la Junta significaba acceso a sus secretos, a las listas de nombres, a las direcciones de camaradas en suelo mexicano. La petición fue denegada, y Rivera nunca habló más del asunto. Nadie sabía dónde dormía, ni dónde o qué comía. Una vez, Arellano le ofreció un par de dólares. Rivera rechazó el dinero sacudiendo la cabeza. Cuando Vera se unió a su compañero, intentando que lo aceptara, el muchacho dijo:

- Estoy trabajando para la revolución.

Una revolución moderna cuesta dinero, y la Junta siempre estaba acuciada. Los miembros pasaban hambre y trabajaban duramente, y los días más largos nunca eran demasiado largos, y había veces en que parecía como si la revolución tuviera que triunfar o fracasar por una simple cuestión de dólares.

Una vez -fue la primera en que debían dos meses del alquiler de la casa y el dueño les amenazaba con el desahucio, fue Felipe Rivera, el muchacho de la limpieza, el chico que llevaba una ropa pobre, barata, vieja y raída, quien depositó sobre el escritorio de May Sethby sesenta dólares en oro. Y no fue lo único.

Trescientas cartas, mecanografiadas en las atareadas máquinas de escribir (peticiones de ayuda, de apoyo a las organizaciones laborales, ruegos a los editores de los periódicos para que introdujeran noticias fidedignas, protestas contra el duro trato que infligían a los revolucionarios los tribunales de los Estados Unidos), no habían podido ser cursadas por carencia de sellos. El reloj de Vera había desaparecido, -el viejo reloj de repetición que había pertenecido a su padre. Asimismo desaparecido la alianza de oro puro que antes brillara en el tercer dedo de May Sethby. Cundía la desesperación. Ramos y Arellano se estiraban sus largos bigotes, desesperados. Las cartas debían salir, y la oficina de correos no concedía crédito a los compradores de sellos. Fue entonces cuando Rivera se puso el sombrero y salió. Al volver, depositó, mil sellos de dos centavos sobre el escritorio de May Sethby.

- Me pregunto si no será el maldito oro de Díaz -dijo Vera a sus camaradas.

Alzaron sus cejas y no pudieron decidir. Y Felipe Rivera, el muchacho que fregaba para la revolución siguió entregando oro y plata para el uso de la Junta, cuando se presentaba la ocasión.

Y sin embargo, no conseguían fiarse de él. No le conocían. Su forma de actuar era distinta de la suya. No hacía confidencias. Repelía todo tipo de indagaciones. Aunque era muy joven, nunca tuvieron el suficiente aplomo para hacerle preguntas.

- Un espíritu grande y solitario, quizás. No sé, no sé -dijo Arellano con desamparo.

- No es humano -dijo Ramos.

- Su alma se ha endurecido -dijo May Sethby-. La luz y la sonrisa se han consumido en sus entrañas. Es como un muerto, y sin embargo está terriblemente vivo.

- Ha estado en el infierno -dijo Vera-. Un hombre que no hubiera pasado por el infierno no tendría esa mirada, y no es más que un muchacho.

Pero no podían impedir que les disgustara aquel muchacho. Nunca hablaba, nunca preguntaba, nunca hacía sugerencias. Les escuchaba inexpresivo, como un objeto muerto, salvo sus ojos, que ardían fríamente cuando alzaban la voz y se acaloraban hablando de la revolución. Sus ojos iban de rostro en rostro y de orador en orador, taladrándolos como barrenos de hielo incandescente, desconcertándoles e inquietándoles.

- No es un espía -le confió Vera a May Sethby-. Es un patriota, créame, el mayor patriota de todos nosotros. Lo sé, lo siento. Lo siento aquí, en mi corazón y en mi cabeza. Pero, en cambio, no le conozco en absoluto.

- Tiene mal carácter -dijo May Sethby.

- Lo sé -dijo Vera estremeciéndose-. Me ha mirado con esos ojos que tiene. Unos ojos que no aman; que amenazan; tan salvajes como los de un tigre. Sé que si yo fuera infiel a la causa, ese muchacho me mataría. No tiene corazón. Es despiadado como el acero, frío y penetrante como el hielo. Es como la luz de la luna en una noche de invierno, cuando un hombre se hiela hasta morir en la cima solitaria de una montaña. No tengo miedo de Díaz ni de sus matarifes; pero en cambio tengo miedo de ese muchacho. Te digo la verdad. Tengo miedo de él. Es el mismo aliento de la muerte.

Y sin embargo fue Vera quien persuadió a los otros a dar a Rivera su primera oportunidad. La línea de comunicación entre Los Angeles y la Baja California había sido cortada. Tres de sus camaradas habían cavado sus propias tumbas y habían sido fusilados en ellas. Otros dos eran prisioneros de los Estados Unidos en Los Angeles. Juan Alvarado, el jefe federal, era un monstruo. Desbarataba todos sus planes. No podían tener acceso a los revolucionarios activos, a los incipientes, de la Baja California.

El joven Rivera recibió instrucciones y fue despachado hacia el sur. Cuando volvió, la línea de comunicación estaba restablecida, y Juan Alvarado había muerto. Le encontraron en la cama, con un puñal hundido hasta la empuñadura en su pecho. Esto había excedido las instrucciones de Rivera, pero los de la Junta conocían ya todos sus movimientos. No le hicieron ninguna pregunta. El no dijo nada. Pero todos se miraron entre sí y empezaron a hacer conjeturas.

- Se los dije -dijo Vera- Díaz tiene más que temer de este joven que de cualquier hombre. Es implacable. Es la mano de Dios.

Su mal carácter, mencionado por May Sethby e intuido por todos ellos, quedaba demostrado con pruebas físicas. De vez en cuando aparecía con un labio cortado, una mejilla amoratada o una oreja hinchada.

Era evidente que alborotaba en algún lugar de aquel mundo exterior donde comía y dormía, donde ganaba dinero y se movía de un modo desconocido para ellos. Con el paso del tiempo, se dedicó a mecanografiar la pequeña hoja revolucionaria que publicaban semanalmente. Había ocasiones en que no podía mecanografiar, en que sus nudillos estaban magullados y contusos, en que sus pulgares estaban heridos e inútiles, en que un brazo o el otro colgaban fatigosamente de un costado, mientras su rostro expresaba un dolor silencioso.

- Un golpe -decía Arellano.

- Un frecuentador de bajos fondos -decía Ramos.

- Pero, ¿dónde consigue el dinero? -preguntaba Vera-. Me acabo de enterar ahora mismo que pagó la cuenta del papel, ciento cuarenta dólares.

- ¿Y qué me dicen de sus ausencias? -añadía May Sethby-. Nunca da una explicación.

- Le tendríamos que poner un espía -proponía Ramos.

- A mí no me gustaría ser ese espía -decía Vera-. Temo que no me verían nunca más, salvo para enterrarme. Tiene una cólera terrible. No permitiría ni al mismo Dios interponerse entre él y el objeto de su cólera.

- Me siento como un niño ante él -confesaba Ramos.

- Para mí ese muchacho es poder; es el primitivo, el lobo salvaje, la impresionante serpiente de cascabel, el aguijoneante cienpiés -decía Arellano.

- Es la revolución encarnada -decía Vera-. Es la llama y el espíritu de la revolución, el grito insaciable de venganza que no hace ningún ruido, sino que mata silenciosamente. Es un ángel destructor que se mueve a través de los centinelas inertes de la noche.

- Siento compasión de él -decía May Sethby-. No conoce a nadie. Odia a todo el mundo. A nosotros nos tolera, pues nos utiliza para sus deseos. Está solo ..., absolutamente solo -su voz quedó interrumpida por un medio sollozo y sus ojos se humedecieron.

Todo lo relativo a Rivera era realmente misterioso. Había periodos en que no le veían durante una semana entera. En una ocasión estuvo ausente un mes. Pero siempre terminaba volviendo, y entonces, sin previo aviso ni emitir palabra alguna, depositaba monedas de oro sobre el escritorio de May Sethby. Y de nuevo, durante días y semanas, pasaba todo su tiempo con la Junta. Y luego, durante periodos irregulares, volvía a desaparecer todos los días, desde la madrugada hasta el ocaso. En esas ocasiones, venía muy pronto y se quedaba hasta muy tarde. Arellano le había encontrado a medianoche, mecanografiando con sus nudillos recién hinchados, o quizá era su labio, de nuevo partido, el que todavía sangraba.



II

Se aproximaba el tiempo de la crisis. El que se produjera o no la revolución, dependería de la Junta, y la Junta estaba abrumada. La necesidad de dinero era mayor que nunca, pero el dinero era más difícil de obtener. Los patriotas habían dado hasta el último céntimo y ya no podían dar nada más. Los trabajadores municipales -peones fugitivos de México- estaban contribuyendo con la mitad de su escaso salario. Pero no necesitaba mucho más. El trabajo agotador, conspirativo y subterráneo de tantos años, estaba a punto de dar sus frutos. Las cosas habían madurado. La revolución oscilaba en una balanza. Un empujón más, un último esfuerzo heroico, y temblaría, desbordando los platillos, hacia la victoria. Conocían su México. Una vez iniciada, la revolución tomaría su propio curso. Todo el aparato de Díaz se desmoronaría como un castillo de naipes. La frontera estaba preparada para levantarse. Un yanki, con cien hombres I.W.W., esperaba la orden para atravesar la frontera y comenzar la conquista de la Baja California. Pero necesitaba armas. Y por toda la zona, hasta el Atlántico, en contacto con la Junta, y necesitados de armas, esperaban cientos de personas: meros aventureros, soldados de la fortuna, bandidos, enojados sindicalistas norteamericanos, socialistas, anarquistas, truhanes, exilados mexicanos, peones escapados de la servidumbre, mineros despedidos de los yacimientos de Coeur d'Alene y Colorado que estaban deseosos de pelear para vengarse, todo un torrente de espíritus salvajes procedentes del enloquecido y complicado mundo moderno. Y su grito eterno e incesante era siempre el mismo: armas y municiones, municiones y armas.

Con sólo lanzar a esta masa heterogénea, hundida y vengativa a través de la frontera, la revolución estaría en marcha. Las aduanas y los accesos del norte serían capturados. Díaz no podría resistir. No se atrevería a lanzar sobre ellos el grueso de su ejército, pues debía controlar el sur. Pero a pesar de ello la llama se extendería por el sur. El pueblo se levantaría. Una tras otra, todas las ciudades serían cercadas. Uno tras otro, todo, los Estados caerían. Y al final, desde todos los puntos, los ejércitos victoriosos de la revolución marcharían sobre la ciudad de México, último baluarte de Díaz.

Pero faltaba el dinero. Tenían los hombres, impacientes y apremiantes, que utilizarían las armas. Conocían a los comerciantes que estaban dispuestos a venderlas y entregarlas. Pero el cultivar la revolución hasta ese punto había dejado exhausta a la Junta. Se había gastado hasta el último dólar, se había agotado el último recurso, el último patriota hambriento había sido exprimido; y la gran aventura seguía temblando en los platillos de la balanza. ¡Armas y municiones! Los enardecidos batallones debían ser armados. ¿Pero cómo? Ramos lamentaba sus haciendas confiscadas. Arellano se arrepentía de los derroches de su juventud. May Sethby se preguntaba si no hubiera sido diferente, de haber sido los de la Junta más economizadores en el pasado.

- Pensar que la libertad de México depende de unos miserables miles de dólares -dijo Paulino Vera.

La desesperación se dibujaba en todos sus rostros. José Amarillo, su última esperanza, un recién convertido que había prometido dinero, había sido aprehendido en su hacienda de Chihuahua y había sido fusilado frente al muro de su propio establo. La noticia acababa de llegar.

Rivera, que estaba fregando el suelo arrodillado, alzó la vista, sosteniendo la jerga en el aire, y con sus brazos desnudos llenos de agua sucia y jabonosa.

- ¿Bastarán cinco mil? -preguntó.

Ellos le miraron perplejos. Vera asintió y tragó saliva. No podía hablar, pero al instante quedó investido de una fe sin límites.

- Encargue las armas -dijo Rivera, y emitió el mayor torrente de palabras escuchado por ellos-. No hay tiempo que perder. En tres semanas le traeré los cinco mil. No está mal. Entonces hará más calor y será mejor para los combatientes. Además, no puedo hacer nada más.

Vera luchó contra su fe. Era increíble. Desde que se había enrolado en el juego de la revolución, demasiadas esperanzas acariciadas se habían desvanecido. Creía en este muchacho de ropas raídas que fregaba el suelo para la revolución, y sin embargo no se atrevía a creer.

- Estás loco -dijo.

- En tres semanas -dijo Rivera-. Encarguen las armas.

Se levantó, se desenrolló las mangas de su camisa y se puso la chamarra.

- Encargue las armas -dijo-. Me voy ahora mismo.



III

Después de muchas prisas y escabullidas, de muchas llamadas de teléfono y malas palabras, se celebraba una reunión nocturna en la oficina de Kelly. Este era muy dinámico en los negocios, pero poco afortunado. Había traído a Danny Ward desde Nueva York, le había arreglado un combate con Billy Carthey, faltaban tres semanas para la fecha, y desde hacía dos días, cuidadosamente alejado de los reporteros deportivos, Carthey yacía en cama, herido de gravedad. No había nadie que pudiera sustituirle. Kelly había enviado innumerables telegramas al este ofreciendo el combate a todos los pesos ligeros que pudo encontrar, pero estaban atados por contratos. Y ahora acababa de renacer la esperanza, aunque una pálida esperanza.

- Tienes un vigor infernal -dijo Kelly a Rivera, después de una rápida mirada, tan pronto como se reunieron.

En los ojos de Rivera había una malévola expresión de odio, pero su rostro permanecía impasible.

- Puedo vencer a Ward -fue todo lo que dijo.

- ¿Cómo lo sabes? ¿Lo has visto luchar alguna vez?

Rivera movió la cabeza.

- Te puede ganar con una mano y los ojos cerrados.

Rivera se encogió de hombros.

- ¿No tienes nada que decir? -gruñó el promotor de la pelea.

- Puedo vencerle.

- ¿Con quién has peleado? -preguntó Michael Kelly. Michael era el hermano del promotor, y dirigía las Apuestas Yellowstone, donde había hecho grandes sumas de dinero con el boxeo.

Rivera le concedió el favor de una mirada amarga y silenciosa.

El secretario del promotor, un joven claramente deportivo, se puso a reír sonoramente.

- Bien, conoces a Roberts -Kelly rompió el silencio hostil-. Debería estar aquí. Lo he mandado llamar. Siéntate y espera, aunque por tu aspecto, no tienes ninguna oportunidad. No puedo ponerme a todo el público en contra con una pelea trucada. Como muy bien sabes, las butacas de ring se venden a quince dólares.

Cuando Roberts llegó se hizo patente que estaba ligeramente borracho. Era un individuo alto, delgado, descuidado, y su andar, como su habla, era pausado, suave y lánguido.

Kelly fue directo al grano.

- Mira, Roberts, te has estado jactando de haber descubierto a este pequeño mexicano. Ya sabes que Carthey se ha roto el brazo. Bien, este pequeño palo amarillo tiene el descaro de irrumpir hoy aquí diciendo que quiere sustituir a Carthey. ¿Qué te parece?

- Está bien, Kelly -llegó la lenta respuesta-. Puede hacer un buen combate.

- Me imagino que ahora dirás que puede vencer a Ward -interrumpió Kelly.

Roberts reflexionó.

- No, no diré eso. Ward es un buen castigador y un general del ring. Pero no podrá hacer picadillo a Rivera de buenas a primeras. Conozco a Rivera. Nadie puede alcanzarle en el estómago. Para mí que no tiene estómago. Y pelea bien con las dos manos. Puede lanzar directos desde cualquier posición.

- Eso no importa. ¿Qué tipo de espectáculo puede ofrecer? Has estado preparando y entrenando boxeadores toda tu vida. Me saco el sombrero ante tu juicio. ¿Puede ofrecer al público una buena diversión por su dinero?

- Naturalmente que puede, y causará a Ward infinidad de problemas. No conoces a este muchacho. Yo sí. Fui yo quien le descubrió. No tiene estómago. Es un demonio. Si alguien les pregunta, diganle que es un zorro. Dejará a Ward boquiabierto con una demostración de talento causará la admiración de todos. No me atrevo a decir que vencerá a Ward, pero ofrecerá un espectáculo tal que todos acabarán reconociendo que es un boxeador con futuro.

- De acuerdo -Kelly se giró hacia su secretario-. Llama a Ward. Le advertí que se dejara ver cuando yo lo creyera oportuno. Está allí enfrente, en el Yellowstone, mostrando su tórax y haciéndose el popular.

Kelly se dirigió de nuevo al entrenador-. ¿Quieres beber algo?

Roberts tomó un sorbo de licor y se relajó.

- Nunca te he dicho cómo descubrí al pequeño tunante. Apareció por aquí hace cosa de dos años. Yo estaba preparando a Prayne para su combate con Delaney. Prayne es un mal bicho. Cuando se entrena no tiene ni una pizca de clemencia. Había golpeado a sus sparrings de un modo realmente cruel, y no podía encontrar a ningún muchacho que estuviera dispuesto a trabajar con él. Fue entonces cuando caí en la cuenta de este pequeño mexicano muerto de hambre que deambulaba por allí. Como yo estaba desesperado buscando a alguien, lo agarré, le metí los guantes y lo subí al ring. Era duro de pelar, pero estaba muy débil, y no conocía ni la primera letra del abecedario del boxeo. Prayne lo arrinconó en las cuerdas. Pero el mexicano resistió dos asaltos mareantes, hasta caer desmayado. Hambre, eso era todo. ¿El castigo que recibió? No podrías reconocerle. Le di medio dólar y una comida abundante. Tendrías que haberle visto devorarla. No había probado bocado en dos días. No creo que vuelva más, pensé. Pero al día siguiente apareció de nuevo, tieso y sano, preparado para ganar otro medio dólar y otra comida. Y a medida que pasaban los días, Iba morando. Es un boxeador recién nacido, pero más duro que una piedra. No tiene corazón. Es un pedazo de hielo. Y desde que le conozco nunca ha dicho once palabras seguidas. Se limita a hacer su trabajo.

- Yo lo he visto -dijo el secretario-. Ha trabajado mucho contigo.

- Todos los grandes de los pesos ligeros se han entrenado con él -contestó Roberts-. Y él ha aprendido mucho de ellos. Creo que habría podido tumbar a muchos de ellos. Pero no parecía fijar mucho la atención en la pelea. Creo que nunca le gustó el boxeo. Al menos, parecía actuar de esa forma.

- Los últimos meses ha luchado varias veces en los pequeños clubes -dijo Kelly. Es cierto. No sé lo que le ocurrió. De repente se metió en ese negocio. Salió como un rayo, barrió a todos los pesos ligeros locales. Parecía querer el dinero, y realmente ha ganado bastante, aunque por las ropas que lleva nadie lo diría. Es muy peculiar. Nadie conoce sus negocios. Nadie sabe cómo pasa el tiempo. En sus épocas de trabajo, desaparece la mayor parte del día tan pronto como terminan los combates. A veces no se le ve el pelo durante semanas enteras. Y no hace caso a nadie. Será muy afortunado el individuo que consiga representarlo. Pero es inútil. Tendrías que verle cómo agarra el dinero cuando termina un contrato.

Fue entonces cuando llegó Danny Ward. No venía solo. Su representante y su entrenador estaban con él, e irrumpió en la habitación como un remolino de genialidad, buen humor y ganas de comerse el mundo. Se sucedieron los saludos, soltando un chiste aquí, una réplica allí, y concediendo una sonrisa o una carcajada a todos los presentes.

Era su forma de ser, sólo parcialmente sincera. Era un buen actor, y había descubierto que la genialidad era la baza más valiosa en el juego de abrirse camino por el mundo. Pero, en el fondo, por debajo de aquella superficialidad, era un boxeador y un negociante cauto y lleno de sangre fría. El resto era una máscara. Los que le conocían o negociaban con él decían que cuando llegaba la hora de entrar en materia era Danny en su Sitio. Se hallaba presente invariablemente en todas las discusiones de negocios, y había quien decía que su representante era un ciego cuya única función consistía en servir de portavoz de Danny.

El modo de ser de Rivera era diferente. Tenía sangre india en sus venas, y también española, y estaba sentado en una esquina, silencioso e inmóvil; sólo sus ojos negros iban de rostro en rostro y se daban cuenta de todo.

- De modo que éste es el chico -dijo Danny, midiendo a su antagonista propuesto con ojo evaluador-. ¿Cómo estás, viejo?

Los ojos de Rivera ardieron con veneno, pero no hicieron ninguna señal de reconocimiento. Detestaba a todos los gringos, pero a ese gringo le odiaba con una inmediatez que era rara incluso en él.

- ¡Bobadas! -protestó chistosamente Danny ante el promotor-. Supongo que no esperarás que luche con un sordomudo -cuando las carcajadas se aplacaron, arremetió de nuevo-: Los Angeles debe estar en las últimas cuando esto es lo mejor que has podido encontrar. ¿De qué parvulario lo sacaste?

- Es un buen muchacho, Danny, hazme caso -defendió Roberts. No tan fácil como parece.

- Y ya están vendidas la mitad de las entradas -suplicó Kelly. Tendrás que aceptarla, Danny. Es todo lo que podemos hacer.

Danny midió de nuevo a Rivera con una mirada despreocupada y poco halagüeña, y suspiró.

- Me imagino que tendré que ser suave con él. Espero que no se excite.

Roberts resopló.

- Debes ir con cuidado -advirtió el representante de Danny-. No te tomes confianza con un fulano que está dispuesto a golpear por la espalda al más afortunado.

- ¡Ah!, no te preocupes, tendré cuidado -sonrió Danny-. Será mío desde el comienzo, pero lo mimaré por respeto al querido público. ¿Qué te parecen quince asaltos, Kelly ... y luego una buena estocada?

- Perfectamente -fue la respuesta-. Con tal de que seas realista.

- Entonces procedamos a la firma. Danny hizo una pausa y calculó. Naturalmente, el sesenta y cinco por ciento de la recaudación, lo mismo que con Carthey. Pero la partición será distinta. Con un ochenta me conformo. Y añadió dirigiéndose a su representante-: ¿Te parece bien?

El representante asintió.

- ¿Comprendiste? -preguntó Kelly a Rivera.

Rivera movió la cabeza.

- Bien, te lo voy a explicar -repuso Kelly-. La bolsa será el sesenta y cinco por ciento de la recaudacón. Tú eres un don nadie y un desconocido. El porcentaje entre tú y Danny será el veinte por ciento para ti y el ochenta para Danny. Así está bien, ¿no te parece, Roberts?

- Muy bien -asintió Roberts-. Comprende que todavía no tienes ninguna reputación.

- ¿Cuánto será el sesenta y cinco por ciento de la recaudación? -preguntó Rivera.

- ¡Oh! Quizá cinco mil, quizá llegue a ocho mil ... -terció Danny a modo de explicación-. Algo así. Tu parte ascenderá a unos mil o seiscientos dólares. No te puedes quejar. Vas a ser vencido por un tipo de mi reputación. ¿Qué dices?

Entonces Rivera dejó a todos sin aliento.

- El vencedor se queda con todo -dijo con decisión.

Reinó un silencio de muerte.

- Es como recibir un bombón de un recién nacido -proclamó el representante de Danny.

Danny movió la cabeza.

- Hace demasiado tiempo que estoy en el boxeo -explicó-. Nunca me he quejado del árbitro ni de la presente compañía. Nunca he dicho nada de las apuestas y de las componendas que a veces se hacen. Pero lo que sí digo es que, para un boxeador como yo, es un mal negocio. Yo juego sobre seguro. No se hable más. Quizá me rompa un brazo, ¿no? O algún chico desliza en mi vaso a escondidas una dosis de narcótico -movió la cabeza solemnemente-. Tanto si gano como si pierdo, me quedaré con el ochenta por ciento. ¿Qué dices a esto, mexicano?

Rivera movió la cabeza.

Danny explotó. Estaban entrando en materia.

- ¡Crío sucio y grasiento! Me parece que te voy a hacer morder el polvo ahora mismo.

Roberts arrastró su cuerpo hasta interponerse entre las fuerzas hostiles.

- El vencedor se queda con todo -repitió Rivera sombriamente.

- ¿Por qué eres tan obstinado? -preguntó Danny.

- Puedo vencerte -fue la inmediata respuesta.

Danny comenzó a sacarse su americana. Pero, como su representante sabía, se trataba de un número de circo. La americana no acertó a desprenderse del todo, y Danny permitió ser aplacado por el grupo.

Todos simpatizaban con él. Rivera estaba solo.

- ¡Escucha, pequeño estúpido! -Kelly prosiguió la discusión-. Tú no eres nadie. Sabemos lo que has estado haciendo estos últimos meses: poner fuera de combate a pequeños boxeadores locales. Pero Danny tiene clase. Su próximo combate será para el campeonato. Y tú eres desconocido. Nadie oyó hablar de ti fuera de Los Angeles.

- Oirán hablar -contestó Rivera encogiéndose de hombros- después de este combate.

- ¿Crees realmente poder vencerme? -dijo Danny bruscamente.

Rivera asintió.

- Por favor, entra en razón -suplicó Kelly-. Piensa en mi consejo.

- Quiero el dinero -fue la respuesta de Rivera.

- No me podrías vencer en mil años -le aseguró Danny.

- Entonces, ¿qué esperas? -replicó Rivera-. Si te es tan fácil conseguir el dinero, ¿por qué no intentas atraparlo?

- ¡Lo haré, y espero tu ayuda! -gritó Danny con abrupta convicción-. Te golpearé hasta la muerte en el ring, muchacho. ¡Burlarse de mí de esta forma! Ya puedes anunciarlo a la prensa, Kelly. El vencedor se queda con todo. Haz que salga en las columnas deportivas. Diles que es un combate de arreglo de cuentas. Le enseñaré unas cuantas cosas a este imberbe.

El secretario de Kelly había comenzado a escribir, cuando Danny le interrumpió.

- ¡Espera! -se dio la vuelta hacia Rivera-. ¿El peso?

- En el ring -fue la respuesta.

- ¡Ni hablar, muchacho! Si el vencedor se queda con todo, nos pesaremos a las 10 a.m.

- ¿Y el vencedor se queda con todo? -inquirió Rivera.

Danny asintió. Así estaba bien. Entraría en el ring en la plenitud de su fuerza.

- El peso a las diez -dijo Rivera.

La pluma del secretario siguió haciendo garabatos.

- Significa cinco libras -se quejó Roberts a Rivera-. Has cedido demasiado. Acabas de regalarle el cambate. Danny estará tan fuerte como un toro. Eres un estúpido. Te vencerá, no cabe la menor duda. Tienes menos oportunidades que una gota de rocía en el infierno.

La respuesta de Rivera fue una calculada mirada de odio. Detestaba incluso a este gringo, a pesar de haberle considerado el gringo menos podrido de todos ellos.



IV

La entrada de Rivera en el ring pasó casi desapercibida. Tan sólo le dió la bienvenida un murmullo muy débil y muy disperso de aplausos paca convencidos. La sala no creía en él. Era un cordero destinado a ser destrazado en manos del gran Danny. Además, la sala estaba decepcionada. Había esperado una batalla sin cuartel entre Danny Ward y Billy Carthey y ahora debía canformarse con este pequeño principiante. Para colmo, había manifestado su desaprobación del cambio apostando dos, e incluso tres contra uno por Danny. Y en el público, donde está el dinero de las apuestas, está el corazón.

El muchacho mexicano se sentó en su esquina y esperó. Se sucedían los minutos lentamente. Danny le estaba haciendo esperar. Era un viejo truco, pero siempre funcionaba con los boxeadores jóvenes y nuevos. Se iban asustando progresivamente; sentados de esta farma y encarando sus propias aprensiones y una audiencia insensible que no cesaba de fumar tabaco. Pero por una vez en la vida el truco falló. Roberts tenía razón. Rivera carecía de entrañas. El, que estaba más delicadamente coordinado, más perfectamente equilibrado y tranquilo que cualquiera de ellos, no tenía nervios de esta clase. La atmósfera de derrota predestinada que reinaba en su propia esquina no le afectaba. Sus cuidadores eran gringos y extranjeros. Además eran ruines -el sucio detritus del boxeo, sin honor, sin eficiencias. Y tenían la certidumbre de que aquélla era la esquina del perdedor.

- Debes ir con cuidado, -le advirtió Spider Hagerty. Spider era el más importante de sus segundos-. Haz que el combate dure todo que puedas, son las instrucciones de Kelly. Si no, los periódicos diran que ha sido otro combate trucado y en Los Angeles darán un nuevo golpe bajo al baxeo.

Estas palabras no eran muy alentadoras. Pero Rivera no prestó atención. Despreciaba el boxeo profesional. Era el juego odiado de los odiados gringos. Se había metido en el negocio, haciendo de sparring para otros en los lugares de entrenamiento, por la sola razón de que estaba hambriento. El hecho de que su constitución fuera maravillosa para el boxeo no había significado nada. Lo odiaba. Y no había peleado por dinero hasta entrar en contacto con la Junta. A partir de entonces el dinero había corrido fácilmente. No era el primero de los hijos de los hombres que triunfaba en una vocación despreciada.

No hacía ningún tipo de análisis. Sólo sabía que debía ganar este combate. No había otra alternativa. Pues detrás de él, abocándole a este pensamiento, había unas fuerzas tan profundas como nadie en la abarrotada sala podía imaginar. Danny Ward peleaba por dinero y por el fácil tren de vida que le permitía el dinero. Pero las cosas por las que peleaba Rivera ardían en su cerebro, visiones resplandecientes y terribles, que, con los ojos completamente abiertos, sentado solitariamente en una esquina del ring y esperando a su avispado antagonista, veía tan claramente como si las hubiera vivido.

Veía las paredes blancas de las factorías movidas por energía hidroeléctrica de Río Blanco. Veía a los seis mil trabajadores, hambrientos y descoloridos, y a los niños pequeños, de siete u ocho años de edad, que realizaban agotadoras jornadas de trabajo por diez centavos al día. Veía los cadáveres deambulantes, las fantasmales cabezas de muerto de los hombres que trabajan en las secciones de tinte. Recordaba que había oído a su padre llamar a las secciones de tinte los antros del suicidio, donde un año suponía la muerte. Veía el pequeño patio, y a su madre cocinando y fatigándose con las toscas labores de la casa, aunque todavía encontraba tiempo para acariciarle y amarle. Y veía a su padre, grande, de largos bigotes y amplio pecho, el más amable de todos los hombres, que amaba a todos los hombres y cuyo corazón era tan grande que todavía le quedaba amor para volcarlo sobre la madre y sobre el pequeño muchacho que jugaba en una esquina del patio. En aquel tiempo su nombre no era Felipe Rivera. Se llamaba Fernández, el apellido de su padre y de su madre. A él le habían puesto por nombre Juan. Más tarde él mismo lo había cambiado, pues resultaba que el nombre de Fernández era odiado por los prefectos de la policía, los jefes políticos y los rurales.

Joaquín Fernández, el hombre grande y cordial. Ocupaba un importante lugar en las visiones de Rivera. En aquel tiempo no lo había comprendido, pero ahora, al mirar hacia atrás, lo podía comprender. Podía verle tipografiando en la pequeña imprenta, o garabateando líneas interminables, apresuradas, nerviosas, en el escritorio desordenado. Y podía ver las noches extrañas, cuando los obreros, que venían secretamente protegidos por la oscuridad como hombres que hacían algo malo, se encontraban con su padre y conversaban durante largas horas, donde él, el muchacho, yacía no siempre dormido en la esquina.

Como viniendo de una distancia remota, pudo oír la voz de Spider Hagerty que le decía:

- No te rindas al principio. Son las instrucciones. Dale fuerte y gánate al público.

Habían pasado diez minutos, y todavia seguía sentado en su esquina. No había señales de Danny, quien evidentemente estaba llevando el truco hasta el límite.

Sin embargo, ante el ojo de la memoria de Rivera ardían todavía más visiones. La huelga, o mejor, el lock-out, porque los obreros de Río Blanco habían ayudado a sus hermanos de Puebla, en huelga. El hambre, las expediciones a las colinas en busca de bayas, las raíces y yerbas que todos comían y que retorcían y atormentaban los estómagos de todos ellos. Y luego la pesadilla; el extenso patio ante el almacén de la compañía; los millares de obreros hambrientos, el general Rosalío Martínez y los soldados de Porfirio Díaz; y los fusiles que escupían muerte, que nunca dejaban de escupir, mientras los pecados de los trabajadores eran lavados una y otra vez con su propia sangre. ¡Y aquella noche! Veía los vagones planos, en donde estaban amontonados los cuerpos de los asesinados, que eran consignados hacia Veracruz, donde servirían de pasto para los tiburones de la bahía. Trepó de nuevo por los espantosos montones, buscando y encontrando, desnudos y mutilados, los cuerpos de su padre y de su madre. Recordaba especialmente a su madre, sólo podía verse su rostro, pues su cuerpo yacía enterrado bajo el peso de docenas de cuerpos. De nuevo crujieron los rifles de los soldados de Porfirio Díaz, y de nuevo saltó al suelo y se escabulló como un coyote herido de las colinas.

Llegó a sus oídos un gran rugido, como de mar, y vio acercarse por el pasillo central a Danny Ward, dirigiendo su séquito de entrenadores y segundos. La sala estallaba en un salvaje alboroto en honor del héroe popular que se disponía a vencer. Todo el mundo le proclamaba. Todo el mundo estaba con él. Los propios segundos de Rivera no pudieron reprimir una especie de alegría cuando Danny se agachó garbosamente para pasar entre las cuerdas y entró en el ring. Su rostro desplegaba continuamente una incesante sucesión de sonrisas, y cuando Danny sonreía, sonreía con todas sus facciones, incluso con las arrugas que, de tanto reir, se le habían formado en las esquinas de sus ojos, y con las profundidades de sus ojos. Nunca hubo un boxeador tan genial. Su cara era un anuncio ambulante de buenos sentimientos y buena camaradería. Conocía a todo el mundo. Bromeaba, reía, y saludaba a sus amigos a través de las cuerdas. Los que estaban lejos, incapaces de reprimir su admiracíon, gritaban fuertemente: ¡Oh tú, Danny! Fue una alegre ovación de afecto que duró cinco minutos completos.

A Rivera nadie le hacía caso. Para el público no existía. La cara hinchada de Spider Hagerty se inclinó sobre la suya.

- No tengas miedo -le advirtio Spider-, y recuerda las instrucciones. Tienes que durar. Nada de rendirte. Si te rindes, tenemos instrucciones de arrearte cuando llegues a los vestuarios. ¿De acuerdo? Tienes que luchar, eso es todo.

La sala comenzó a aplaudir. Danny cruzó el ring hacia él. Danny se inclinó sobre él, agarró la mano derecha de Rivera entre las suyas y la sacudió con impulsiva cordialidad. La cara de Danny adornada por una sonrisa, estaba cerca de la suya. El público aprobó ruidosamente el espíritu deportivo exhibido por Danny. Estaba saludando a su oponente con el cariño de un hermano. Los labios de Danny se movieron, y la audiencia, interpretando las palabras que no podía oír como una demostración de amable deportividad, gritó de nuevo. Sólo Rivera oyó las palabras bajas.

- Pequeña rata mexicana -silbaron los labios de Danny que sonreían alegremente- te arrancaré el color amarillo.

Rivera no hizo ningún movimiento. No se levantó. Se limitó a odiarle con sus ojos.

- ¡Levántate, perro! -gritó alguien desde atrás, a través de las cuerdas.

La multitud comenzó a silbar y a gritarle por su conducta antideportiva, pero él siguió sentado sin moverse. Una nueva salva de aplausos acompañó a Danny cuando éste cruzó a la inversa el ring.

Cuando Danny se desnudó, se oyeron en toda la sala ¡ohs! y ¡ahs! de asombro. Su cuerpo era perfecto, rebosante de ligereza, salud y fuerza. La piel era tan blanca como la de una mujer, y no menos suave. En ella residían toda la gracia, la elasticidad y el poder. Lo había demostrado en cientos de batallas. Sus fotografías estaban en todas las revistas de cultura física.

Un gemido se extendió por la sala cuando Spider Hagerty le sacó a Rivera el jersey por encima de la cabeza. Su cuerpo parecía más delgado por el color moreno de su piel. Tenía músculos, pero no eran ostensibles como los de su oponente. El público no se fijó en su tórax profundo. Ni fue capaz de adivinar la flexibilidad de la fibra de su carne, la instantaneidad de las explosiones celulares de sus músculos, la perfección de sus nervios que convertían a todas las partes de aquel cuerpo en un espléndido mecanismo de combate. Todo lo que vio la audiencia fue un muchacho de tez morena de diechiocho años, con un cuerpo que parecía el de un muchacho. Con Danny era diferente. Danny era un hombre de veinticuatro años, y su cuerpo era el cuerpo de un hombre. El contraste fue todavía más asombroso cuando se plantaron en el centro del ring, recibiendo las últimas instrucciones del árbitro.

Rivera se dio cuenta de que Roberts estaba sentado justamente detrás de los periodistas. Estaba más borracho que de costumbre, y, por ello, sus palabras eran todavía más lentas.

- Tómatelo con calma, Rivera -dijo Roberts arrastradamente-. Puede matarte, recuerda lo que te digo. Te embestirá de salida, pero no te dejes sorprender. Cúbrete, resiste y cuélgate de él. No puede hacerte mucho daño. Imaginate que estás haciendo de sparring en un entrenamiento.

Rivera no dio señales de haberlo oído.

- Un pequeño diablo taciturno -murmuró Roberts al hombre que estaba sentado junto a él-. Siempre fue así.

Pero Rivera se olvidó de mirar con su odio habitual. Una visión de incontables rifles cegó sus ojos. Todos los rostros del público, hasta donde podía llegar su mirada, incluyendo los asientos altos de un dólar, se transformaron en rifles. Y vio la larga frontera mexicana, árida, calcinada por el sol y dolorida, y a lo largo de ella vio las bandas enardecidas a quienes sólo faltaban las armas.

Esperaba de pie, apoyado en su esquina. Sus segundos se habían arrastrado por debajo de las cuerdas, llevándose consigo el taburete de lona. Al otro lado del cuadrilátero, y en diagonal, Danny le encaraba. Sonó el gong, y comenzó la batalla. El público dio alaridos de placer. Nunca había visto una batalla iniciada con tanta convicción. Los periódicos tenían razón. Era una pelea de arreglo de cuentas. Ansioso de enzarzarse a golpes, Danny cubrió tres cuartas partes de la distancia, con la intención evidente de comerse al chico mexicano plenamente advertido. Le asaltó no con un golpe, ni con dos, ni con una docena. Era un giroscopio de golpes, un remolino de destrucción. Rivera no estaba en ninguna parte. Estaba abrumado, enterrado bajo la avalancha de directos asestados desde todos los ángulos y posiciones por un maestro consumado en el arte. Fue apaleado, arrojado contra las cuerdas, separado por el árbitro, y arrojado contra las cuerdas de nuevo.

No era un combate. Era una carnicería, una matanza. Cualquier público, salvo el del boxeo, habría agotado sus emociones en aquel minuto inicial. Danny estaba demostrando claramente lo que podía hacer: una espléndida exhibición. Tan grande era la certidumbre del respetable, así como su excitación y favoritismo, que nadie se dio cuenta de que el mexicano todavia se mantenía en pie. El público olvidó a Rivera. Apenas le veía, tan absorta estaba en el demoledor ataque de Danny. Transcurrió: un minuto de esta forma, y luego dos. Entonces, en una separación, el público advirtió claramente al mexicano. Tenía un labio cortado, y su nariz sangraba. Cuando se dio la vuelta y se abrazó tambaleándose a su adversario, todos vieron las líneas rojas de sangre que cruzaban su espalda, ocasionadas por su contacto con las cuerdas. Pero en cambio, el público no se fijó en que su pecho no jadeaba y en que sus ojos ardían tan fríamente como siempre. Demasiados aspirantes al campeonato habían practicado con él este ataque demoledor, en el cruel tumulto de los campos de entrenamiento. Había aprendido a soportar aquellos golpes por una compensación que iba, desde medio dólar por sesión, hasta quince dólares a la semana -una dura escuela, en donde él se había endurecido.

Y entonces occurió lo increíble. El forcejeo arremolinado y embarullado cesó de repente. Rivera estaba solo. Danny, el temible Danny, yacía en el suelo de espaldas. Su cuerpo se estremecía a medida que la conciencia pugnaba por regresar a él. No se había tambaleado y desplomado, ni se había precipitado en una lenta caída. El gancho de derecha de Rivera le había fulminado con la brusquedad de la muerte. El árbitro apartó con una mano a Rivera y se situó encima del gladiador caído contando los segundos. Es costumbre de las audiencias de boxeo vitorear los golpes que ponen fuera de combate limpiamente. Pero esta audiencia no vitoreaba. Aquello había sido demasiado inesperado. Escuchaba la cuenta de los segundos en tenso silencio, y a través de este silencio surgió exultante la voz de Roberts:

- ¡Te dije que era un boxeador de dos manos! Cuando la cuenta llegó a cinco Danny giró sobre sí mismo, y al séptimo segundo se incorporó sobre una rodilla, dispuesto a levantarse después de que la cuenta llegara a nueve y antes de llegar a diez. Si su rodilla todavía tocaba el suelo al llegar a diez, sería considerado fuera de combate. En el momento en que su rodilla abandonara el suelo, el combate podría continuar, y en ese momento correspondería a Rivera probar de nuevo con su derecha y tumbade una vez más. Rivera no tenía otra alternativa. En el instante en que la rodilla dejara el suelo, le golpearía de nuevo. Daba vueltas alrededor, pero el árbitro hacía lo propio interponiéndose entre ambos, y Rivera sabía que estaba contando los segundos muy lentamente. Todos los gringos estaban contra él, incluso el árbitro.

A llegar a nueve, el árbitro empujó violentamente a Rivera. Era juego sucio, pero ello permitió levantarse a Danny, que volvía a tener la sonrisa en los labios. Casi doblado, cubriéndose con los brazos la cara y el abdomen, se abrazó a su adversario inteligentemente, desplomándose materialmente sobre él. Según todas las reglas del boxeo, el árbitro tenía que separados, pero no lo hizo, y Danny siguió abrazado como una lapa batida por las olas, y se recuperaba por momentos. El último minuto del asalto transcurría rápidamente. Si podía vivir hasta el final, tendría un minuto entero para resucitar en su esquina. Y vivió hasta el final, sonriendo a su propia desesperación y adversidad.

- ¡La misma, sonrisa de siempre!, gritó alguien, y el público prorrumpió en una fuerte carcajada de alivio.

- El puño de ese desarrapado es realmente terrible -dijo Danny entre jadeos a su consejero, mientras sus cuidadores trabajaban frenéticamente con él en su esquina.

El segundo y el tercer asalto terminaron en tablas. Danny, un general del ring, avispado y consumado, se enganchaba y ponía obstáculos y resistía, entregado a la tarea de recuperarse de aquel golpe deslumbrante del primer asalto. En el cuarto asalto ya estaba recuperado. A pesar de estar aturdido y tembloroso su buena condición le había permitido recobrar su vigor. Pero no intentó ninguna táctica demoledora. El mexicano había demostrado ser un tártaro. Por el contrario, puso en práctica sus mejores conocimientos pugilísticos. En trucos, habilidad y experiencia era un maestro, y aunque no podía alcanzarle en ningún punto vital, comenzó a golpear y a castigar a su oponente de un modo científico. Por un golpe que asestara Rivera, él asestaba tres, pero eran simples golpes de castigo, y no mortales. Lo realmente mortífero era la suma de muchos de ellos. Ahora respetaba a ese rapaz de dos manos que soltaba aquellos sorprendentes directos con ambos puños.

A modo de defensa, Rivera desarrolló un desconcertante ataque frontal con la izquierda. Una y otra vez, ataque tras ataque, largaba su zurda provocando un daño acumulado en la boca y nariz de Danny. Pero Danny era proteico. No por nada era el futuro campeón. Podía cambiar a voluntad de estilo de lucha. Y se dedicó a luchar de cerca. En este tipo de lucha era particularmente perverso, y le permitía eludir los directos de izquierda de su oponente. En repetidas ocasiones hizo que toda la sala enloqueciera de admiración, rompiendo la defensa de su adversario con un uppercut interior que levantó al mexicano por los aires y le hizo precipitarse sobre la lona. Rivera descansó sobre una rodilla, dejando que transcurriera la mayor parte de la cuenta en el fondo de su alma sabía que el árbitro contaba los segundos muy rápidamente ...

En el séptimo, Danny largó de nuevo el diabólico uppercut interior. Sólo consiguió que Rivera se tambalease, pero en el momento siguiente, aprovechando que éste había quedado indefenso, le arrojó a través de las cuerdas con otro golpe. El cuerpo de Rivera rebotó en las cabezas de los periodistas que estaban debajo, y éstos le ayudaron a subir de nuevo al borde de la plataforma, fuera de las cuerdas. Descansó allí sobre una rodilla, mientras el árbitro se comía rápidamente los segundos. Dentro de las cuerdas, a través de las cuales debía agacharse para entrar en el ring, Danny le esperaba. El árbitro no intervino ni hizo que Danny retrocediera.

La sala estaba fuera de sí, rebosante de placer.

- ¡Mátale, Danny, mátale! -era el grito general.

Cientos de voces se unieron a él hasta que fue como un canto guerrero de lobos.

Danny lo hizo lo mejor que pudo, pero Rivera, a la cuenta de ocho, en lugar de esperar a los nueve, atravesó inesperadamente las cuerdas y se le abrazó, poniéndose a salvo. Ahora sí que trabajaba el árbitro, apartándole para que pudiera ser golpeado, dando a Danny todas las ventajas que un árbitro sucio puede dar.

Pero Rivera vivía, y el aturdimiento se desvaneció en su cerebro. Estaba entero. Ellos eran los odiados gringos y jugaban sucio. Y en los momentos peores, las visiones continuaban relampagueando y centelleando en su cerebro: largas líneas de ferrocarril que se abrasaban a través del desierto; rurales y condestables norteamericanos; prisiones y calabozos; largas marchas en tanques de agua -todo el panorama escuálido y doloroso de su odisea después de Río Blanco y la huelga. Y, resplandeciente y gloriosa, veía la gran revolución roja extendiéndose por toda su tierra. Las armas estaban allí, delante de él. Cada rostro odiado era un arma. Luchaba por las armas. El era las armas. El era la revolución. Luchaba por México entero.

El público comenzó a encolerizarse con Rivera. ¿Por qué no aceptaba la derrota que le estaba predestinada? Naturalmente iba a ser derrotado, pero ¿por qué era tan obstinado? Muy pocos estaban interesados en él, y eran el porcentaje cierto y definido de una multitud de jugadores que apuestan largas sumas. Aunque creían que Danny iba a ser el vencedor, habían apostado por el mexicano en una proporción de cuatro a diez y de uno a tres. No era una frivolidad, pues todo giraba alrededor de cuántos asaltos duraría Rivera. Había aparecido dinero salvaje junto al ring, proclamando que no podría durar siete asaltos, ni incluso seis. Los que habían ganado esta suma, ahora que su recaudación yacía felizmente segura en sus bolsillos, se habían unido a los vítores dedicados al favorito.

Rivera se negaba a ser derrotado. A lo largo del octavo asalto, su oponente pugnó vanamente por repetir el uppercut. En el noveno, Rivera pasmó a la sala de nuevo. En medio de un abrazo, rompió la guardia con un movimiento rápido, flexible, y en el estrecho espacio que había entre sus cuerpos su derecha se levantó desde su cintura. Danny dio con sus huesos en el suelo y aprovechó la cuenta para reponerse. La multitud quedó atónita. Había sido atrapado en sus propias redes. Su famoso uppercut de derecha se había vuelto contra él. Rivera no hizo ningún intento de golpearle cuando se levantó a la cuenta de nueve. El árbitro lo impedía abiertamente, aunque se apartaba cuando la situación se invertía y era Rivera quien se aprestaba a levantarse.

En el décimo, Rivera largó dos veces su uppercut de derecha, desde la cintura hasta la barbilla de su oponente. Danny comenzó a desesperarse. La sonrisa nunca abandonó su rostro, pero volvió a sus acometidas demoledoras. Con aquel remolino de golpes no podía hacer daño a Rivera, mientras que éste, aprovechando la confusión, le hizo besar la lona tres veces seguidas. Ahora Danny ya no se recuperaba tan rápidamente, y mediado el onceavo asalto se hallaba en una seria situación. Pero, a partir de entonces, y hasta el catorceavo asalto, desarrolló la más débil exhibición de su carrera. Cerró la guardia y se puso a la defensiva, luchó parsimoniosamente, y pugnó por reunir fuerzas. Al mismo tiempo peleó utilizando todas las artimañas que conoce un boxeador experimentado. Empleó todo tipo de trucos y artificios, embistiéndole con la cabeza en los brazos bajo la excusa de un accidente, aprisionando el guante de Rivera entre su brazo y su cuerpo, frotando con su guante la boca de Rivera para entorpecer su respiración. A menudo, en los abrazos, a través de sus labios cortados y sonrientes, murmuraba al oído de Rivera insultos intraducibles y viles. Todo el mundo, desde el árbitro hasta la sala, estaba con Danny y ayudaba a Danny. Y sabían lo que se cocía en su mente. Acosado por aquel desconocido que era como una caja de sorpresas, se dejaba hacer esperando poder colocar un directo definitivo. Se ofrecía al castigo, buscaba, hacía fintas, y se encogía, esperando aquella abertura que le permitiría introducir un golpe con todas sus fuerzas y hacer girar la tortilla. Lo podía hacer, como lo hizo otro gran boxeador antes que él: un derechazo y un zurdazo, al plexo solar y a la mandibula. Lo podía hacer, pues era famoso por la fuerza que tenía en sus brazos, siempre que consiguiera mantenerse de pie.

En los intervalos entre los asaltos, los segundos de Rivera apenas se preocupaban por él. Sus toallas le rociaban, pero introdudan poco aire en sus pulmones doloridos. Spider Hagerty le daba consejos, pero Rivera sabía que eran consejos torcidos. Todo el mundo estaba contra él. Le rodeaba la traición. En el catorceavo asalto derribó de nuevo a Danny, y permaneció de pie descansando, con las manos caídas sobre los costados, mientras el árbitro contaba. En la otra esquina, Rivera había notado unos murmullos sospechosos. Vio que Michael Kelly se acercaba a Roberts, se inclinaba sobre él y cuchicheaba. Los oídos de Rivera eran como los de un gato, pues habían sido entrenados en el desierto, y captó retazos de su conversación. Quería escuchar más, y cuando su oponente se levantó, dejó que se le abrazara y condujo la pelea hacia las cuerdas.

- Tiene que hacerlo -pudo oír a Michael mientras Roberts asentía-. Danny tiene que vencer, si no, voy a perder el oro y el moro. He apostado una tonelada de dólares, ¡de mi propio dinero! Si dura hasta el quinceavo, estoy apañado. El muchacho te hará caso. Ofrécele algo.

Y a partir de entonces Rivera no vio más visiones. Estaban intentando comprarle. De nuevo derribó a Danny y permaneció descansando, con las manos en el costado. Roberts se puso en pie.

- Ya le diste bastante -dijo-. Vete a tu esquina.

Hablaba con autoridad, como había hablado muchas veces a Rivera en los lugares de entrenamiento. Pero Rivera le miró con odio y esperó a que Danny se levantara. Cuando en el minuto de descanso volvió a su esquina. Kelly, el promotor, se acercó y habló con Rivera.

- ¡Déjalo ya, maldito! -carraspeó en voz baja-. Tienes que rendirte, Rivera. Hazme caso y tendrás un buen futuro. Dejaré que venzas a Danny la próxima vez. Pero ahora debes rendirte.

Rivera indicó con sus ojos que le había oído pero no hizo ninguna señal de asentimiento o negación.

- ¿Por qué no hablas? -preguntó Kelly enfadado.

- Perderás de todas formas -añadió Spider Hagerty-. El árbitro te robará el combate. Haz caso a Kelly y ríndete.

- Ríndete, muchacho -le suplicó Kelly-, y te ayudaré a que seas campeón.

Rivera no contestó.

- Te lo juro, muchacho.

Al sonar el gong. Rivera experimentó una sensación de amenaza. La sala, en cambio, no sintió nada. Fuera lo que fuera, la amenaza estaba allí mismo, dentro del ring, muy cerca de él. Parecía como si Danny hubiera recuperado su seguridad inicial. La confianza de su avance espantó a Rivera. Sin duda iba a poner en práctica algún truco. Danny embistió, pero Rivera rechazó el encuentro. Se hizo a un lado para impedido. Lo que el otro quería era abrazarse. Debía ser necesario para el truco. Rivera retrocedió y comenzó a dar vueltas, aunque sabía que, tarde o temprano, llegaría el abrazo y el truco. Decidió imperdirlo a toda costa. En la siguiente acometida de Danny, hizo como si aceptara el abrazo. Pero, en el último instante, justo cuando sus cuerpos se disponían a juntarse, Rivera se lanzó hábilmente hacia atrás. Y en aquel mismo instante, de la esquina de Danny surgió un grito acusándolo de juego sucio. Rivera les había engañado. El árbitro dudó un momento sin saber qué hacer. La decisión que temblaba en sus labios nunca fue pronunciada, pues una voz chillona, de muchacho, brotó de la galería: - ¡Típico de novato!

Danny maldijo a Rivera abiertamente, y le acosó, pero Rivera se escabulló bailando. Al mismo tiempo, Rivera decidió no darle más golpes en el cuerpo. Con ello echó por la borda la mitad de sus posibilidades de vencer, pero sabía que, si iba a vencer, tenía que hacerlo en el tiempo de combate que le quedaba. A la menor oportunidad, le descalificarían. Danny, en cambio, prescindió de todo tipo de precauciones. Durante dos asaltos castigó y persiguió al muchacho, que no se atrevió a enzarzarse en una pelea de cerca. Rivera fue golpeado una y otra vez; recibió docenas de golpes para evitar el peligroso abrazo. Durante este esfuerzo supremo y final de Danny, el público se puso en pie y enloqueció. No comprendía lo que estaba ocurriendo. V da que su favorito ganaba después de todo.

- ¿Por qué no luchas?, preguntaba indignado a Rivera. ¡Eres un cobarde! ¡Eres un cobarde! ¡Abrete, perro! ¡Abrete!

- ¡Mátale Danny! ¡Mátale! ¡Ya lo tienes! ¡Mátale!

En toda la sala, sin excepción, Rivera era el único que conservaba la sangre fría. Por sangre y temperamento, era el más apasionado de todos ellos; pero había pasado por unos calores tan grandes, que aquella pasión colectiva de mil gargantas, que se embravecían como un oleaje, no era para su cerebro más inquietante que el frescor aterciopelado de un crepúsculo veraniego.

En el asalto décimo séptimo Danny reunió todas sus fuerzas. Rivera, bajo el efecto de un fuerte golpe, se inclinó y se dobló. Sus manos cayeron impotentemente a medida que retrocedía tambaleándose. Danny pensó que era su oportunidad. El muchacho se hallaba a su merced. Por ello Rivera, que estaba fingiendo, le sorprendió con la guardia abierta, lanzándole un limpio directo a la boca. Danny se desplomó. Cuando se levantaba, Rivera le derribó de nuevo con un derechazo en el cuello y la mandíbula. Repitió esto tres veces. Era imposible para un árbitro considerar estos golpes juego sucio.

- ¡Oh, Bill! ¡Bill! -suplicó Kelly al árbitro.

- No puedo -se lamentó el funcionario-. No me da ninguna oportunidad.

Danny, apaleado y heroico, seguía levantándose. Kelly y otras personas que estaban cerca del ring comenzaron a llamar a gritos a la policía para que detuviera el combate, aunque la esquina de Danny se negaba a lanzar la toalla. Rivera vio al gordo capitán de la policía trepando torpemente por las cuerdas, y no estaba seguro de lo que significaba. Había tantas trampas en este juego de los gringos. Danny, de pie, se tambaleaba vacilante y desvalido ante él. El árbitro y el capitán agarraban ya a Rivera cuando éste lanzó el último golpe. No hubo necesidad de detener el combate pues Danny ya no se levantó.

- ¡Cuenta! -gritó roncamente Rivera al árbitro.

Y cuando se terminó la cuenta, los segundos de Danny tomaron a éste en brazos y lo transportaron a su esquina.

- ¿Quién ha ganado? -preguntó Rivera.

El árbitro agarró de mala gana su mano enguantada y la levantó.

Nadie felicitó a Rivera. Caminó solo hacia su esquina, donde sus segundos todavía no habían colocado el taburete. Se apoyó de espaldas en las cuerdas y les miró con odio; hizo que su mirada discurriera a su alrededor, hasta incluir en ella a los diez mil gringos. Sus rodillas le temblaban, y suspiraba de agotamiento. Ante sus ojos, los rostros odiados oscilaban envueltos por el vértigo de la náusea. Entonces recordó que eran armas. Las armas eran suyas. La revolución podría continuar.




EL PARTIDO LIBERAL MEXICANO
(1900-1912)






PRESENTACIÓN

Desde hace ya algunos meses traíamos el interés de transmitir información utilizando una especie de ficha virtual en la que incluiríamos, de manera resumida las partes importantes que nos interesaba recalcar de un tema determinado, aunando una bibliografía apoyada en los archivos que poco a poco hemos ido colocando en las diferentes secciones de nuestro sitio www.antorcha.net con el doble objeto de que, por una parte, el interesado en profundizar más sobre el tema en cuestión pudiese contar con varias lecturas y, por la otra, evitar la inserción de largos textos que a fin de cuentas no resultan más que una pegatina de lo ya señalado por otros autores o mencionado en otros documentos.

Por desgracia es común encontrar libros, a veces voluminosos, cuyos autores reproducen lo dicho por otros, conformando pegotes, salpicados de notas en cada página, cuya lectura resulta muy incómoda. Desgraciadamente, leyendo esos tabiques de papel, se llega a la conclusión de que lo que puede atribuirse al autor no va más allá de unas cuantas páginas.

En fin, la idea de presentar esta ficha pretende superar ese reiterado vicio de citar opiniones o datos de otros.

Iniciamos esta nueva forma de compilar información en torno al desarrollo del Partido Liberal Mexicano, por la siguiente razón: cumpliéndose en este año del 2010 el simbolismo del primer centenario de la Revolución Mexicana, consideramos acertado reflexionar individual y/o grupalmente, acerca de las organizaciones que en el proceso revolucionario mexicano se generaron.

Otra particularidad que ofrecemos es la inclusión de un video en el que de manera breve exponemos algunos puntos que consideramos importante recalcar.

Esperamos que esta manera diferente de vertir opiniones y hacer circular información, resulte del interés de quien lea esta ficha.

Mayo del 2010
Chantal López y Omar Cortés





IMPORTANTE

Para que puedas ver este video sin interrupciones, lo más conveniente es que accedas desde un equipo que cuente con conexión de banda ancha a Internet, de lo contrario podrías experimentar constantes cortes.





PRIMERA ÉPOCA
(1900-1901)

De la Invitación al Partido Liberal al Congreso Liberal

A inicios del siglo XX, el régimen político mexicano encabezado por el recién reelecto general Porfirio Díaz, quien fiel a su costumbre de controlar mintiendo, había hecho circular el rumor de que ya preparaba las condiciones para su retiro de la política, generó un acercamiento con sectores clericales que alarmó a las corrientes liberales mexicanas las que, previendo males mayores, ni tardas ni perezosas se dieron a la tarea de conformar un polo de organización convocando a la celebración de un Congreso Liberal.

Bibliografia virtual

1.- Panorama político en México a fines del siglo XIX.
2.- Invitación al Partido Liberal.
3.- Resoluciones Primer Congreso Liberal.
4.- Manifiesto del Club Ponciano Arriaga.


SEGUNDA ÉPOCA
(1902-1903)

La prensa liberal y la gran represión

Una vez celebrado el Primer Congreso Liberal con una favorable respuesta a nivel nacional, el régimen porfirista, viendo en éste un peligro a futuro, desencadenó una represión que, comenzando de manera sutil fue rápidamente in crescendo, hasta alcanzar alarmantes niveles, al obligar a no pocos periódicos liberales a desaparecer, al encarcelar a sus redactores y a los más aguerridos periodistas. El sistema porfirista no detendría su maquinaria opresora hasta lograr impedir la celebración del Segundo Congreso Liberal, cortando de tajo el normal desarrollo del polo orgánico constituido por la Confederación de clubes liberales.

Bibliografia virtual

1.- Ambiciones políticas en el periodo 1900-1904.
2.- Represión.
3.- Contra los Clubes Liberales.
4.- Manifiesto del Club Ponciano Arriaga.
5.- Manifiesto a la Nación.
6.- La mano férrea de la dictadura.
7.- Juan Sarabia.




TERCERA ÉPOCA
(1904-1905)

Autoexilio y reorganización partidista. Primera depuración.

Ante el clima de intolerancia y bestial represión perpetrado por la administración porfirista, una parte de los vapuleados componentes del polo orgánico de la Confederación de Clubes Liberales decide abandonar el país para intentar resguardar las cabezas de la ola represora, a la vez que poder contar con condiciones más propicias para desarrollar sus actividades partidistas ante el proceso electoral de 1904, optándose por los Estados Unidos de Norteamérica. Tal decisión tomada ante apuros y en un entorno político-social poco propicio para el análisis y la reflexión, traerá consigo una involuntaria depuración, que generará profundas fisuras en la organización liberal que, aunque imperceptibles por el asfixiante clima represivo que vivíase en México, dejarían su fatal huella para el posterior desarrollo del organismo liberal.

Bibliografia virtual

1.- Circular a los liberales.
2.- Reorganización.
3.- Manifiesto de la Junta Organizadora del Partido Liberal Mexicano.
4.- Bases para la constitución de agrupaciones liberales.


CUARTA ÉPOCA
(1906)

De la constitución de la Junta Organizadora del Partido Liberal Mexicano a la proclamación del Programa del Partido Liberal Mexicano.

El acelerado crecimiento y consolidación del polo orgánico liberal genera, en territorio norteamericano, un particular y genuino proceso de reestructuración que rápidamente rebasa el primigenio concepto confederal encaminándose decididamente hacia una estructura unitaria con tendencias centralistas. Así, con la conformación del núcleo central representado por la Junta Organizadora del Partido Liberal Mexicano, el organismo liberal se estructura en derredor suyo, generando paralelamente un interesantísimo proceso de discusión en torno a la propuesta que la referida Junta hace para la elaboración del programa partidario. La participación de la base liberal es copiosa, conformándose en un corto periodo de tiempo el armazón ideológico del partido, concretado en el Programa del Partido Liberal Mexicano expedido en julio de 1906, documento único en la historia del desarrollo del macro movimiento social-político y económico conocido como Revolución Mexicana, en el que claramente se esboza el concepto de un nuevo país.

Bibliografia virtual

1.- Proyecto de Programa.
2.- Propuestas de la base liberal.
3.- Programa del Partido Liberal Mexicano.


QUINTA ÉPOCA
(1906)

La conspiración y los fallidos movimientos revolucionarios.

De manera simultánea al quehacer propiamente político realizado por la Junta Organizadora del Partido Liberal Mexicano, desarróllose un trabajo secreto de caracter conspirativo cuyo propósito fundamental era la consolidación de grupos, dispuestos a llevar a la práctica un movimiento insurreccional de considerables porporciones en territorio mexicano. De los avances logrados con estas labores secretas fue conformándose una estructura de caracter militar que llevaría el organismo liberal a convertirse en un partido político-militar con bases en territorio norteamericano y en México, creándose así una experiencia partidista de nuevo cuño. Para desgracia del organismo liberal sus previsiones insurreccionales no alcanzarían el éxito, trayéndole tal fracaso lamentables pérdidas al ser encarcelados militantes tanto de primer nivel, como de nivel medio, además, claro está, del desmantelamiento parcial orgánico en varias zonas del territorio mexicano.

Bibliografía virtual

1.- Juan Sarabia y el complot de Ciudad Juárez, Chih..
2.- César Canales.
3.- Proceso de Juan Sarabia.
4.- Enrique Novoa.
5.- Elfego Lugo.
6.- Balance del año 1906.


SEXTA ÉPOCA
(1907)

Reflexión, hostigamiento y represión.
Reestructuración interna. Principio escisionista.

El fracaso de la insurrección generalizada como camino para lograr el derrocamiento del regimen porfirista, acarreará al organismo liberal un hostigamiento, una persecusión y una represión de tal magnitud, no sólo en contra de toda la militancia sino también en contra de los simpatizantes del Partido Liberal Mexicano, lo que provocaría una acelerada metamorfosis en su seno, en el que la tendencia unitaria centralista se convertiría ya no como una alternativa, sino como la única alternativa de su ulterior desarrollo, generando ello los inicios de un inevitable y fatal cisma.

Bibliografia virtual

1.- Ricardo Flores Magón habla sobre su lucha..
2.- Ricardo Flores Magón, apreciaciones de su hermano Enrique.
3.- Librado Rivera. Recuerdos de H. T. Bell.
4.- Librado Rivera, apreciaciones de David Poole.
5.- Práxedis G. Guerrero. Cronologia.


SÉPTIMA ÉPOCA
(1908)

Nuevas intentonas insurreccionales, derrotas y maduración ideológica.

Inmerso en un proceso voluntarista-insurreccional, el organismo liberal dirigido por el estricto centralismo de la Junta Organizadora del Partido Liberal Mexicano, se desliza en una vorágine suicida de costosísimas aventuras militaristas condenadas en sí mismas al fracaso, pero manteniendo como supremo objetivo el afianzamiento publicitario tanto para la población residente en territorio mexicano como para los organismos progresistas y revolucionarios del mundo entero. Sin valorar las consecuencias del desmantelamiento estructural del partido ni evaluar los pros y contras de tan temerarias como suicidas acciones, el núcleo central no parará en mientes para proseguir con su obstinada estrategia.

Bibliografia virtual

1.- Práxedis G. Guerrero y la Junta..
2.- Las Vacas.
3.- Viezca.
4.- Palomas.
5.- La muerte de los héroes.


OCTAVA ÉPOCA
(1908)

Determinante influencia de los miembros de la Junta Organizadora del Partido Liberal Mexicano en el descrédito internacional del régimen porfirista. México Bárbaro una publicación que consiguió lo que no pudieron todos los levantamientos liberales: desprestigiar al porfirismo.

Detenidos en 1907, los principales miembros de la Junta Organizadora del Partido Liberal Mexicano fueron entrevistados en la prisión por el periodista norteamericano, John Kenneth Turner. Gracias a esa entrevista, Turner escribiría su obra cumbre: México Bárbaro, la que generaría el mayor descrédito que hasta ese entonces recibiera el general Porfirio Díaz.

Bibliografia virtual

1.- Esclavismo en México..
2.- La pobreza.
3.- El porfirismo.
4.- Persecuciones.
5.- Eliminación de la oposición.


NOVENA ÉPOCA
(1908-1909)

Competencia partidista.

Sería precisamente en estos años de 1908-09 cuando el general Porfirio Díaz, volviendo a su reiterada costumbre, como buen político que era, de mentir descaradamente, concedió la ahora mítica entrevista al periodista norteamericano Creelman en la que buscaba hacer creer que se acercaba el momento en que se retiraría de la política. Esas declaraciones causaron enorme revuelo y dieron pávulo para que quienes, desde hacía muchos años, esperaban pacientemente el retiro del glorioso vencedor de la batalla del 2 de abril, irrumpieran de lleno en el escenario político. Así, el general Bernardo Reyes iniciaría el grillerío, obligando prácticamente a que Díaz le invitara cordialmente a abandonar el país; por su parte, el hijo del Benemérito de las Américas, Sr. Benito Juárez Maza, diose rápidamente a la tarea de organizar el Partido Nacional Democrático; y lo mismo hizo el señor José Yves Limantour con su Partido Científico, al igual que el señor Fancisco I. Madero, con el Partido Nacional Antirreeleccionista. Todos ellos, ingenuos y creídos, pusiéronse arduamente a trabajar unos y a grillar los otros, preparándose para la prometida transición. Paralelamente, la Junta Organizadora del Partido Liberal Mexicano continuaba con necedad sorpendente conspirando y preparando insurrecciones, siendo muy sonado por aquellos años el caso del famoso Santanón y las infantiles bravatas del poeta Díaz Mirón dizque comprometiendo su honor para ir personalmente a capturar al, por él llamado, bandido. Fuera del sainete y la anécdota, lo cierto era que el Partido Liberal Mexicano ya no era el único organismo político opositor, aunque, ciertamente, continuaba siendo el único de carácter político-militar, aunque era evidente el rompimiento en su balance interno, puesto que la Junta prestaba más atención a sus proyectos insurreccionales que a la labor propiamente política, dejando espacios, antaño por ella ocupados, para el desenvolvimiento de las otras agrupaciones, error éste que en poco tiempo el Partido Liberal Mexicano iba a pagar con todo e intereses.

Bibliografia virtual

1.- Entrevista Diaz-Creelman.
2.- Comentarios Portes Gil..
3.- Comentarios de Limantour.
4.- El reyismo.
5.- El antirreeleccionismo.
6.- Cientificos.


DÉCIMA ÉPOCA
(1910)

Elecciones y revolución.

A toda iglesita se le llega su fiestecita, señala un conocido refrán mexicano, y en asuntos socio-políticos y económicos también puede decirse que a cada país le llega su hora. Y en México sería en el año de 1910 cuando, después de haberse realizado un escandaloso fraude electoral cuya finalidad no era otra que la de imponer al general Porfirio Díaz en la silla presidencial, prácticamente ardió Troya. Y eso fue la gota que derramó el ya repleto vaso, generando las condiciones propicias para que se fraguara un movimiento insurreccional, en esta ocasión ya no encabezado por la heróica Junta Organizadora del Partido Liberal Mexicano, sino por un nuevo conglomerado opositor encabezado por el señor Francisco I. Madero. Y he aquí que la increible labor realizada por el Partido Antirreeleccionista constitúyese en factor determinante para que en el seno del Partido Liberal Mexicano rápidamente se manifieste, primero, el desconcierto y en seguida una notoria desbandada de buena parte de sus bases militantes, las cuales ven en el naciente organismo antirreeleccionista una opción viable. Así, cuando los principales integrantes de la Junta Organizadora del Partido Liberal Mexicano, salen de prisión en Estados Unidos en agosto de 1910, encuéntranse con la proximidad de una tormenta inevitable. Pero también habrán de enfrentar un auténtico diluvio en su interior, puesto que un cisma en las filas liberales está a punto de estallar. Corrientes políticas encontradas en el seno de la Junta amenazan materialmente con desbielar la maquinaria liberal en los momentos menos precisos. Y lo que tenía que ocurrir terminaría ocurriendo: el Partido Liberal Mexicano se fracturaría ineludiblemente.

Bibliografia virtual

1.- El antirreeleccionismo..
2.- Manifiesto antirreeleccionista.
3.- Plan de San Luis.
4.- Regeneración.
5.- El Partido Liberal y el Partido Antirreeleccionista.
6.- La revolución.
7.- El Partido Liberal y la revolución de Madero.


ONCEAVA ÉPOCA
(1911)

El gran cisma.

Para el organismo liberal, 1911 fue prácticamente el año de la pesadilla. En efecto, después de dos lustros de existencia bregando por abrir espacios democráticos en México, el Partido Liberal Mexicano había logrado sortear con relativo éxito momentos dificilísimos manteniéndose en la palestra del oposicionismo al regimen porfirista. Pocas organizaciones en el mundo podrían asimilársele. Vilipendiada, perseguida, acosada no sólo por el gobierno porfirista, sino incluso por autoridades locales y federales de los Estados Unidos de Norteamérica; y paralelamente debiendo esquivar la persecución que en contra de su dirigencia realizaba, por encargo directo del porfirismo, la mercenaria agencia de detectives Pinkerton. En fin, diez años constantes de brega sin cuartel tanto en la prensa como en la tribuna; en el mitin callejero como en los núcleos conspirativos; en las cárceles como en los intentos insurreccionales, le otorgaban una prestancia y solidez casi de acero. Veíase como un organismo que conforme con saña se le reprimía, pareciendo que se le finiquitaba, casi de inmediato renacía de sus cenizas ocupando nuevamente su primerísimo lugar en el combate contra la dictadura porfirista ... Pero, cuando ya su inveterado enemigo se derrumbaba, enfrentó de golpe y porrazo varios problemas cuyos orígenes databan de años atrás y que irrumpían todos juntos en el momento menos preciso. En efecto, si en el pasado, al haber puesto excesivo énfasis en las tácticas insurreccionales, dejó abandonados a su suerte los espacios políticos que durante varios años ocupó, ello trajo como consecuencia la aparición de grupos políticos, con diferente e incluso antagónica ideología a la suya que, valiéndose también del discurso antiporfirista no sólo entraron con ella en competencia, sino que lograron crear un ambiente de confusión en su interior, llevando a resquebrajar su estructura. Posteriormente, las desaveniencias entre los miembros de la Junta Organizadora del Partido Liberal Mexicano que habíanse manifestado años atrás, al no haber sido en su momento atendidas de manera abierta y oportuna fueron conformando dos tendencias que en cualquier momento iban a chocar ... y ese choque terminó produciéndose en aquel año de pesadilla de 1911, generando un cisma de enormes proporciones que debilitó la, hasta aquel momento tenida por indestructible, organización liberal. La hora del espanto había llegado, y quienes continuaron fieles en sus puestos no tuvieron más remedio que entrarle al toro por los cuernos.

Bibliografia virtual

1.- Estalla la revolución.
2.- Conflictos entre el Partido Liberal Mexicano y el Partido Antorreeleccionista..
3.- El Partido Liberal en la brega.
4.- Infamias maderistas.
5.- El judas Juan Sarabia.
6.- Degeneración.
7.- Magonistas.
8.- Renuncia de Porfirio Díaz.
9.- Dos Partidos Liberales.


DOCEAVA ÉPOCA
(1911)

La Baja California.

Otra circunstancia que el Partido Liberal Mexicano hubo de enfrentar en aquel año del espanto, fueron las inmerecidas acusaciones de haberse convertido en promotor del filibusterismo por la campaña emprendida en la Baja California. En efecto, el dictador Porfirio Díaz había iniciado el ataque ideologizante en contra del organismo liberal cuando esparció la noticia de que un contingente de comunistas extranjeros encabezados por la organización liberal pretendía apoderarse de la Baja California. Esa información, aunado ello a las pláticas y contactos que en lo obscurito llevaba a cabo el jefe de los científicos, el señor José Yves Limantour con Madero, buscando la manera de llegar a un positivo entendimiento para evitar las resquebraduras del porfirismo, configuraron el panorama para extender lo más posible la acusación de filibusterismo al Partido Liberal Mexicano. Aquella mentira alcanzó con creces la meta de desprestigiar a la organización liberal puesto que, aún ahora a casi cien años de distancia, esa falacia continúa presente. Si en el pasado el organismo liberal había sorteado con éxito terribles persecusiones, poco, muy poco podía hacer contra la ignorancia y los prejuicios chauvinistas. La denominada campaña de Baja California no sólo terminó en un fracaso, sino que hundió aún más a la ya muy mal parada estructura del Partido Liberal Mexicano al ser encarcelados sus más destacados dirigentes, y al perder valientes y abnegados militantes que murieron en los combates de esa desafortunada campaña.

Bibliografia virtual

1.- La campaña en Baja California.
2.- La internacionalización de la campaña..
3.- Represión en ciernes.
4.- Mentiras.
5.- Falcedades.
6.- William Stanley.
7.- Antonio de P. Araujo.
8.- Informes.
9.- Una carta.


A MANERA DE CONCLUSIÓN
(Mayo del 2010)

A remedo del Viejo y el mar.

Si en la novela El viejo y el mar, Hemingway describe la odisea de un anciano que pescó, él solito, un enorme pez el cual, en la lucha por salvar su vida, jalóle junto con su embarcación hacia alta mar sucumbiendo después; el viejo hubo de contentarse con ver cómo los tiburones, poco a poco, devoraban al pez en su viaje de retorno a puerto. Y cuando finalmente llegó, del gran pez tan sólo quedaban algunos huesos, por lo que nadie creyó al viejo su odisea y gran logro. Pues bien, el Partido Liberal Mexicano, la organización política, revolucionaria y militar que en su momento fue enorme, parece haber corrido similar suerte al protagonista de El Viejo y el Mar. Logró lo que nadie pudo durante todo el tortuoso y trágico desarrollo del macro proceso conocido con el nombre de Revolución Mexicana; albergó los más puros e idealistas elementos que pensarse pudiera; alcanzó la canalización programática de objetivos, ideales y metas que nadie, absolutamente nadie, en todo el enredado y laberíntico proceso revolucionario pudo, no sólo alcanzar, sino ni tan siquiera pensar, imaginar, soñar ... Y así, soportando un auténtico e incomprensible complot del silencio por parte de propios y extraños, su grandeza, ahora a más de cien años de su inicio se mantiene incólume, inmaculada, pacientemente aguardando mejores tiempos, condiciones más propicias para que mentes jóvenes busquen en sus entrañas experiencias, ánimos y esperanzas que revivan la vitalidad de un pueblo adormecido y burlado, impulsándole a retomar su camino en pos de la alegría, la risa, la satisfacción y el dominio pleno de su futuro.

Bibliografia virtual

1.- Manifiesto del 23 de septiembre de 1911.

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Carátula de la edición virtual de El Partido Liberal Mexicano - 1906-1908 de Chantal López y Omar Cortés Presentación de Chantal López y Omar Cortés a la edición virtualBiblioteca Virtual Antorcha

EL PARTIDO LIBERAL MEXICANO
(1906-1908)

Chantal López y Omar Cortés



ÍNDICE


Presentación de Chantal López y Omar Cortés a la edición virtual.

Nota editorial de Chantal López y Omar Cortés a la edición impresa.

EL PARTIDO LIBERAL MEXICANO (1906-1908)

CAPÍTULO I
Organización política del Partido Liberal Mexicano.
Primera parte
Segunda parte

CAPÍTULO II
Relaciones del Partido Liberal Mexicano con otras organizaciones.

CAPÍTULO III
Forma de organización militar del Partido Liberal Mexicano.
Primera parte
Segunda parte
Tercera parte
Cuarta parte

CAPÍTULO IV
Actividad periodística del Partido Liberal Mexicano.
Primera parte
Segunda parte

CAPÍTULO V
Espionaje postal a los miembros del Partido Liberal Mexicano.

CAPÍTULO VI
Infiltraciones policiacas en el Partido Liberal Mexicano.

CAPÍTULO VII
Acciones legales contra los miembros del Partido Liberal Mexicano.
Primera parte
Segunda parte
Tercera parte

CAPÍTULO VIII
Planteamientos políticos del Partido Liberal Mexicano.

NUESTRAS CONSIDERACIONES
¿Qué fue o qué pretendió ser el Partido Liberal Mexicano de 1906 a 1908?.

LISTA
Sobrenombres de algunos miembros del Partido Liberal Mexicano.
Carátula de la edición virtual de El Partido Liberal Mexicano - 1906-1908 de Chantal López y Omar Cortés Presentación de Chantal López y Omar Cortés a la edición virtualBiblioteca Virtual Antorcha




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