LOS DERECHOS DEL HOMBRE

Thomas Paine




PRESENTACIÓN





La obra, Los derechos del hombre, que ahora coloco en los estantes de la Biblioteca Virtual Antorcha, poniéndola a disposición de cualquier interesado, fue escrita por el político, periodista y escritor británico-norteamericano-francés, Thomas Paine (1737-1809), siendo publicada en dos partes. La primera en el año de 1791 y, la segunda, en 1792.

Considerado como uno de los más importantes personajes inmiscuidos en el proceso revolucionario independentista norteamericano, Paine, quien se adentraría dentro de aquel proceso a instancias de Benjamín Franklin, adquiriría gran notoriedad no sólo por su trabajo periodístico en el Pennsylvania Journal and Weekly Advertiser, sino principalmente debido a un folleto titulado Sentido Común (Common Sense), mismo que, ha decir de sus biógrafos, alcanzó un tiraje cercano a los trescientos mil ejemplares, siendo ampliamente leido por los colonos residentes en Norteamerica, influenciándolos en pro de la independencia.

Igualmente, mediante una serie de folletos agrupados bajo el genérico título de Crisis (American crisis), publico varios escritos, cuya finalidad era animar tanto a las tropas pro-independentistas norteamericanas, al igual que a la población civil que bregaba en pos de tal objetivo. Su labor como ensayista de la revolución de independencia, otorgole un prestigio ganado a pulso pero, de igual manera, atrájole, como era natural, no pocas enemistades no sólo provenientes del campo de los colonos pro-británicos, sino, incluso, dentro del mismo conglomerado de las fuerzas pro-independentistas, lo que, en cierta medida, le orilló a regresar a su natal Inglaterra y, de ahí, pasar a la Francia revolucionaria, en cuyo proceso también se inmiscuyó debido, principalmente, a la amistad que en los Estados Unidos había establecido con Lafayette. Su actitud en pro del movimiento revolucionario francés atrájole, nuevamente, amplias admiraciones por una parte, pero terribles enemistades por la otra.

Convertido en un polémico personaje cuya actitud en pro de un internacionalismo militante, era vista con cautela y recelo por buena parte de las clases políticas europeas, principalmente por la británica, pais en donde llegó a considerársele como un agente de la subversión, Paine habría de andar con cuidado en un medio bastante hostil.

Es precisamente en el momento cumbre de la primera etapa revolucionaria de Francia, la cual, en mi opinión culmina con la expedición, en septiembre de 1791, de la Constitución, que Thomas Paine se acomete a escribir su obra Los derechos del hombre.

La base o pretexto de su escrito, se centra en una respuesta a la obra de su coetáneo, el político irlandes Edmund Burke (1729-1797), destacado miembro del partido Whig, del que se ufanaba encabezar la corriente o tendencia de los Old Whigs (Viejos liberales), en oposición a la corriente de los New Whigs (los progresistas), quien había escrito una obra titulada Reflexiones sobre la Revolución Francesa, en la cual exponía una dura crítica, enfatizando su oposición a tal proceso. Por su parte, Paine, inclinándose a favor de la corriente de los New Whigs, enderezaría sus dardos en contra de la conservadora postura de Burke, lo que le conllevaría a elaborar su inmortal obra.

En efecto, al percatarse de que el proceso revolucionario iniciado en los Estados Unidos de Norteamérica no constituía un fenómeno aislado, sino que ejemplificaba el inicio de la transformación del mundo, Paine se ufana en buscar la manera de demostrar, a propios y extraños, que el mundo entero había entrado en un proceso de cambio irreversible. Su lucha ha de dirigirse a clarificar ante el mundo las razones que apuntalaban tal proceso.

Toda época y toda generación -escribiría en su Los derechos del hombre-, debe ser tan libre para obrar en cualquier caso, como lo fueron las épocas y generaciones que la precedieron. La vanidad y la presunción de gobernar más allá de la tumba, es la más ridícula e insolente de todas las tiranías.

Su defensa del libre actuar individual y colectivo, confórmase en su premisa principal para justificar y validar los cambios revolucionarios que, con la velocidad y luminosidad del rayo, irrumpían en los desolados, vetustos y ya del todo inútiles pasillos de Parlamentos, Cortes y Cámaras Reales.

Y asi, comprendiendo que el nuevo mundo que recíen nacía no tenía porque avasallarse ante el cúmulo de insensateces de pasadas generaciones, enfático discurseaba:

Cada generación es y debe ser lo bastante competente para cualquier empresa que las circunstancias requieran. Son los vivos y no los muertos los que tienen que adaptarse. Cuando el hombre deja de ser, su poder y sus necesidades cesan con él, y al no tener ya ninguna participación en los asuntos de este mundo, no tiene ninguna autoridad para señalar quienes han de ser sus gobernantes, ni cómo ha de ser organizado y administrado su gobierno.

Un conjunto de interesantes y profundas reflexiones en torno a la historia del proceso revolucionario francés, asi como una acerva crítica sobre los regimenes monárquicos, dan cuerpo a la primera parte de Los derechos del hombre. En cuanto a la segunda parte, publicada un año después, la agudeza de los planteamientos de Paine se pone de manifiesto al ubicar como su punto de apoyo para mover al mundo, ni más ni menos que el ejemplo de la Revolución de independencia Norteamericana.

La Revolución americana -señala-, nos ofrece prácticamente en política lo que en mecánica era sólo teoría. Todos los gobiernos del Viejo Mundo estaban tan profundamente arraigados, y tenían la tiranía y la costumbre tan eficazmente cimentadas en su entraña, que nada hubiera podido esperarse de Asia, Africa, ni Europa, para reformar la condición política del hombre. La libertad había sido perseguida en toda la redondez del globo, la razón era considerada como rebelión, y la esclavitud del terror hacía que los hombres no se atreviesen a pensar.

Y más adelante remata:

La independencia de América, considerada simplemente como una separación de Inglaterra, hubiese sido asunto de muy poca importancia si no hubiese sido acompañada de la revolución en los principios y en la práctica de los gobiernos. América estableció así una posición, no sólo para ella misma, sino para el mundo entero, y puso la mirada más allá de las ventajas que a sí misma podría reportarle.


Así pues, según Paine el proceso independentista norteamericano no constituyó sino el inició de un proceso de transformación en el mundo entero. En resumidas cuentas, la revolución norteamericana constituiría la primera parte de la revolución internacional.

Lógico resultaba que con tales ideas, Paine fuese considerado como Lucifer en persona por la clase política defensora y sostenedora del denominado viejo mundo. No en balde, en su natal Inglaterra se le instruyó un proceso que terminaría condenándole a muerte. Paine logró evitar tal desaguisado yendo a refugiarse en la Francia revolucionaria, lugar en donde fue entusiastamente acogido por sus seguidores y compañeros de ideas, otorgándosele, además de la nacionalidad francesa, un cargo en la propia Asamblea Nacional.

Uno de sus grandes aciertos lo constituyó, sin duda, la distinción que hizo de los conceptos sociedad, Constitución y gobierno.

Gran parte de ese orden que reina en la humanidad -enfatizaba- no es efecto del gobierno, sino que tiene su origen en los principios de la sociedad y en la constitución natural del hombre. Existió con prioridad al gobierno, y seguirá existiendo si la formalidad del gobierno desapareciese.

Leyendo el párrafo anterior pareciese que nos encontrásemos de cara a la opinión de un anarquista, y es que, en efecto, la afirmación que Paine realiza puede, sin duda alguna, ser incluida como una prueba del por muchos buscado eslabón perdido, entre los criterios liberal y anarquista. La postura de Paine se entrelaza con la explayada por William Godwin (1756-1836), el ensayista politólogo británico, padre de Mary Shelley, la autora del inmortal Frankenstein, autor del célebre ensayo Investigación sobre la justicia política, escrito en 1793, y por muchos considerado como el mismísimo eslabón perdido, a través del cual es posible entender el salto teórico del liberalismo al anarquismo. Cabe agregar que Paine fue contemporáneo de Godwin, e incluso llega a afirmarse que asistió a las reuniones que organizaba.

Si examinamos -señala Paine-, con detenimiento la composición y constitución del individuo, la diversidad de necesidades y aptitudes en los distintos hombres para acomodarse a las de los demás, su afición a la sociedad, y en consecuencia, a proporcionarse las ventajas que de ella resultan, descubriremos fácilmente que una gran parte de lo que se dice gobierno es simplemente un engaño. (...) El gobierno no es necesario más que para suplir los pocos casos en que la sociedad y la civilización no son lo bastante competentes; y no faltan ejemplos que demuestren que todo lo que el gobierno puede aportar de utilidad ha sido ya realizado por el común asenso de la sociedad, sin necesidad de tal gobierno.

¡¡¡Así, o más claro!!!

Para que no quede la menor duda de su pensamiento, más adelante Paine remata:

Lejos de ser verdad, como se ha pretendido hacer creer, que la abolición de cualquier gobierno regular significa la disolución de la sociedad, su influencia es precisamente opuesta, pues hace que los miembros de la sociedad se compenetren aún más unos con otros. Todas aquellas partes de su organización que la sociedad habia confiado al gobierno, vuelven a ella y operan por su mediación. (...) Cuanto más perfecta es una civilización, menos lugar deja para el gobierno, porque ordena mejor sus propios asuntos y mejor se gobierna a sí misma; pero el método de los viejos gobiernos es tan contrario a la razón del caso, que sus dispendios aumentan en proporción en que deberían disminuir.

Curiosamente Paine también arremete, y de llenó, en contra de los sistemas impositivos. Su conocimiento en torno a la dinámica misma de los impuestos devenía de su práctica profesional cuando trabajo como integrante de la maquinaria recolectora de contribuciones. Para él, los impuestos, en vez de ser una fuente de felicidad social lo era de desgracias, y de ahí el hecho de su importancia como factor determinante en no pocas rebeliones entre las cuales incluíase, por supuesto, la propia Revolución Independentista Norteamericana y la mismísima Revolución Francesa. En ambos casos la desatinada implementación de duros sistemas tributarios, que sin compasión ni miramientos atentaban contra la felicidad general de la población, conllevarón al amotinamiento, y ello no era una novedad ante los ojos de Paine, sino más bien una constante.

Los aparatos políticos, léase, los gobiernos, despojaban al ser social del producto de su trabajo y su esfuerzo por medio de injustas y leoninas contribuciones. Así, los impuestos, además de injustos, demostraban claramente la inutilidad de los gobiernos.


Recordemos que Thomas Paine, inicialmente, se dedico a la profesión de la elaboración de corsés, actividad que prácticamente heredó de padre, quien a ella se dedicaba. En sí, la situación económica de su familia no era, para nada, desahogada, sino que por el contrario, desarrollábase en los marcos de la aguda estrechez, siendo ello el motivo de que no tuviera estudios, viéndose obligado a desarrollarse como un autodidacta en toda la extensión de la palabra. Sus logros intelectuales fueron producto de su propio esfuerzo y nada más.

Así, cuando a los veinticinco años de edad presentósele la oportunidad de abandonar la actividad de los corsés, ingresando, como burócrata, a servir al Estado en el terreno de la recaudación de impuestos, gustoso a ello se dedico, e incluso escribió un ensayo -La cuestión de los empleados de arbitrios-, relativo a la deplorable situación que enfrentaban los burócratas dedicados a tal labor. Y con aquel ensayo inició sus actividades propiamente políticas, al utilizarlo como un auténtico abrete sésamo, tanto para contactarse con el mundo político de aquel entonces, al igual que buscando iniciar una polémica en torno al tema entre algunos miembros del Parlamento británico.

Sobre el asunto impositivo, Paine pone un ejemplo histórico relacionado con el desarrollo de Inglaterra, refiriéndose al mítico Wat Tyler, a quien considera el dique de contención de la violencia e injusticia de los impuestos.

En tiempo de Ricardo II -señala-, se impuso una tasa de empadronamiento de un chelín por cabeza, sobre todas las personas de cualquier estado o condición, pobres igual que ricos, que hubieran cumplido los quince años. Si algún privilegio se observaba en la ley, era por el rico más bien que en favor del pobre, ya que nadie podía tributar más de veinte chelines, por si mismo, familia y criados, por numerosos que éstos fueran, en tanto que todas las demás familias cuyo número de individuos era inferior a veinte, tributaban por cabeza. Las tasas de empadronamiento habían sido siempre odiosas, pero ésta, que además era opresiva e injusta, excitó como era lógico el odio general entre los pobres y la clase media. La persona conocida por Wat Tyler, cuyo nombre propio era Walter, y su oficio el de tejero, vivía en Deptford. El recaudador del impuesto exigió al ir a su casa el pago por una de sus hijas que Tyler declaró como inferior a los quince años. El recaudador insistió en cerciorarse por sí mismo y empezó un indecente examen de la muchacha, lo que indignó al padre de tal modo que le golpeó con un martillo derribándolo al suelo y causándole la muerte. (...) Esta circunstancia sirvió para hacer estallar el descontento. Los que vivían en la vecindad abrazaron la causa de Tyler, que en pocos días se vió rodeado, según se cuenta, por más de cinco mil hombres, que le nombraron su jefe. Con esas fuerzas marchó a Londres para pedir la abolición de la tasa y la satisfacción de otros agravios.

Finalmente Tyler conseguiría su propósito pero, lamentablemente, al haberse convertido en un símbolo de la protesta, no tardaría en ser asesinado por instigación de un tal Walworth, quien fungía como alcalde en Londres.

En sí, la propuesta impositiva de Paine aterrizaba en la implantación de una especie de impuesto progresivo, por el que buscaba hacer recaer la carga tributaria en los sectores aristocráticos, clase ésta a la que odiaba con verdadero odio jarocho.

En cuanto al asunto de la Constitución, en la primera parte de Los derechos del hombre, señala:

Una Constitución es una cosa precedente a un gobierno, y un gobierno es tan sólo la criatura de una Constitución. La Constitución de un país no es obra de su gobierno, sino del pueblo que así constituye un gobierno. Es el conjunto de elementos a que podéis referiros y que podéis citar artículo por artículo; conjunto en el que se contienen los principios sobre los que el gobierno ha de ser establecido, la forma en que se habrá de organizar, los poderes que tendrá, el carácter de sus elecciones, la duración de las legislaturas, los nombres que han de llevar las cámaras, los poderes que tendrá la parte ejecutiva, y, en resumen, todo cuanto se refiera a la completa organización de una forma de gobierno, y de los principios en que lo dirigirán, y por los que estará sujeto. Por lo tanto, una Constitución es, con respecto a un gobierno, lo que las leyes dictadas posteriormente por este gobierno son con respecto a un tribunal de justicia. El tribunal de justicia no hace las leyes ni puede alterarlas, limitándose a actuar de acuerdo con las leyes establecidas: del mismo modo el gobierno es gobernado por la Constitución.

La participación de Thomas Paine en el seno del proceso revolucionario francés, estaría estrechamente ligada al desarrollo del movimiento girondino, y cuando éste sucumbe ante la irrupción de Robespierre y su camarilla, Paine caería en desgracia llegando, incluso, a ser encarcelado durante la época del terror, cuando las cabezas de los principales dirigentes girondinos y, de hecho, de cualquiera que osase oponerse a los designios de Robespierre y sus cuates, eran cotidianamente cercenadas en la guillotina.

Milagrosamente Paine no pierde la cabeza, pero si en mucho decae su fe revolucionaria al generarse el proceso, por él no previsto, de la reacción contrarrevolucionaria.

Finalmente seria puesto en libertad, y marcharía de regreso a los Estados Unidos en 1802, pais en el que moriría un 8 de junio de 1809.

La obra que ahora aquí coloco haciendo uso de archivos PDF, fue editada en Buenos Aires, Argentina, por la editorial Aguilar en el año de 1954, habiendo sido traducida al español por J. A. Fontanilla. Tal y como viene siendo costumbre, colocó un índice de contenido, añadiendo un capitulado acorde con el objetivo de no incluir archivos demasiado extensos, puesto que siendo la principal finalidad de la Biblioteca Virtual Antorcha el promover la consulta y lectura de determinado tipo de obras, y estando consciente de que son pocas las personas acostumbradas a leer documentos extensos en línea, opto por fragmentar el capitulado de manera tal que no resulten demasiado largos para, de tal manera, facilitar su lectura a quien pusiese estar interesado.

Diciembre de 2014
Omar Cortés





CONTENIDO

- Dedicatoria a George Washington

- Prólogo a la edición inglesa

Primera parte

- Apartado 1.1
Respuesta a Mr. Burke

- Apartado 1.2
La toma de la Bastilla. Actitud contrarrevolucionaria de la Gards de Corps. El plan de la contrarrevolución de trasladar al Rey de Versalles a Metz. Mediación de La Fayette. Las bases erróneas de la monarquía. El derecho natural como base del derecho civil.

- Apartado 1.3
El gobierno, producto del convenio mutuo de los individuos. La Constitución, acción precedente al gobierno. Diferencias entre los sistemas políticos de Francia e Inglaterra.

- Apartado 1.4
El Parlamento británico y la Asamblea Nacional francesa. Los antecedentes de la Revolución Francesa. Montesquieu. Voltaire, Rousseau, Reynal, Quesnay, Turgot. Los acontecimientos que presedieron al estallido revolucionario. Problemas hacendarios de la monarquía. El asunto de los impuestos. Los Parlamentos. Calonne y la convocación a la Asamblea de Notables. La diferencia con los Estados Generales. Los movimientos y estrategias del sucesor de Calonne. El jaloneo entre el Parlamento y la Cámara de Justicia. La actitud del Conde de Artois. reunión de Luis XVI y el Parlamento. La convocación a los Estados Genrales. Consecuencias en el gabinete real. Creación de la Cámara Plenaria. Oposición del Parlamento. Los Estados Generales. Su composición. Transformación de las Estados Generales en Asamblea Nacional. Desarrollo de la Asamblea Nacional. El juramento del Juego de Pelota. El complot real.

- Apartado 1.5
Declaración de los derechos del hombre y del ciudadano por la Asamblea Nacional francesa.

- Apartado 1.6
Observaciones sobre la declaración de derechos.

- Capítulo de miscelanea

Segunda parte

- A M. De Lafayette

- Prefacio

- Introducción

- Capítulo Primero
De la sociedad y la civilización.

- Capítulo Segundo
Del origen de los viejos sistemas actuales.

- Capítulo Tercero
De los viejos y de los nuevos sistemas de gobierno.

- Capítulo Cuarto
De las Constituciones.

- Capítulo Quinto
Caminos y medios de mejorar la situación de Europa, entremezclados con diversas observaciones

- Apartado 5.1
La aristocracia británica. Wat Tyler el dique de contención a la injusticia de los impuestos.

- Apartado 5.2
Propuestas fiscales para aliviar la situación de los menos favorecidos.

- Apartado 5.3
El régimen hacendario en el entorno aristocrático británico. La labor de Mr. Pitt. El asunto de la deuda nacional. Posibilidades de una idílica confederación entre Inglaterra, Francia y Holanda.

- Apartado 5.4
La Revolución pasiva, racional y económica frente a la Revolución violenta.
Epílogo.




BIBLIOGRAFIA QUE PUEDE SER DE INTERÉS

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