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LIBRO SEGUNDO

Primera parte

Capítulo quinto

Cómo sabe servirse la religión en los Estados Unidos, de los sentimientos democráticos

He establecido en uno de los capítulos precedentes que los hombres no pueden estar sin creencias dogmáticas y que debe desearse mucho que las tengan. Añado aquí que las creencias dogmáticas en materia de religión son las que nos convienen, lo cual se deduce fácilmente, aun en la hipótesis de que no se quiera fijar la atención sino en los intereses de este mundo.

No hay casi ninguna acción humana, por particular que se la suponga, que no nazca de una idea general que los hombres han concebido de Dios, de sus relaciones con el género humano, de la naturaleza de su alma y de sus deberes para con sus semejantes. Estas ideas no pueden dejar de ser la fuente común de donde emanan todas las demás.

Los hombres tienen un gran interés en formarse ideas fijas acerca de Dios, del alma y de los deberes generales para con su Creador y sus semejantes, pues la duda sobre estos puntos principales abandonaría a la ventura todas sus acciones y las condenaría, en cierto modo, al desorden y a la impotencia. Es, pues, importantísimo que sobre esta materia cada uno de nosotros tenga ideas fijas; y desgraciadamente es en la que con más dificultad puede uno, entregado a sí mismo y por sólo el esfuerzo de su razón, llegar a fijarlas. Sólo los espíritus exentos de las preocupaciones ordinarias de la vida, penetrantes, sutiles y muy ejercitados, pueden, a fuerza de tiempo y de trabajo, profundizar hasta estas verdades tan importantes.

Sin embargo, vemos que esos mismos filósofos se hallan casi siempre rodeados de incertidumbres; que a cada paso la luz natural que los guía se oscurece y amenaza apagarse y que, a pesar de todos sus esfuerzos, no han podido descubrir sino un pequeño número de nociones contradictorias, en medio de las cuales el espíritu humano fluctúa constantemente desde hace muchos miles de años, sin poder descubrir la verdad, ni aún siquiera encontrar nuevos errores. Semejantes estudios están fuera de los alcances de la inteligencia media de los hombres; y aunque la mayor parte fueran capaces de entregarse a ellos, es evidente que no dispondrían del tiempo necesario.

La práctica diaria de la vida necesita indispensablemente de ideas fijas acerca de Dios y de la naturaleza humana, y esa misma práctica impide a los hombres el poderlas adquirir.

He aquí una cosa extraña. Entre las ciencias hay algunas útiles a la multitud y que están a su alcance; otras, lo están sólo al de pocas personas, y no se cultivan por la mayoría, que no tiene necesidad sino de sus aplicaciones más remotas; pero la práctica diaria de éstas es indispensable a todos, aunque su estudio sea innaccesible a la mayor parte.

Las ideas generales relativas a Dios y a la naturaleza humana son, pues, entre todas, las que más conviene sustraer a la acción continua del juicio individual, y en las que puede ganarse mucho y perderse poco reconociendo una autoridad.

El primer objeto, y una de las principales ventajas de la religión, es dar a cada una de estas cuestiones primordiales una solución clara, precisa e intangible para la multitud y muy durable.

Hay religiones falsas y muy absurdas. Sin embargo, puede decirse que toda religión que permanece en el círculo que acabo de indicar, sin pretender salir de él, como muchas lo han intentado, para detener el vuelo del espíritu humano, impone un yugo saludable a la inteligencia; y es preciso reconocer, que si no salva a los hombres en el otro mundo, al menos es muy util para su felicidad y su grandeza en éste; lo cual es principalmente cierto en cuanto a los hombres que viven en países libres.

Cuando la religión se destruye en un pueblo, la duda se apodera de las regiones más altas de la inteligencia y medio paraliza todas las demás. Cada uno se habitúa a tener nociones variables y confusas sobre las materias que más interesan a sus semejantes y a sí mismo; defiende mal sus opiniones o las abandona; y, como se siente incapaz de resolver por sí solo los mayores problemas que el destino humano presenta, se reduce cobardemente a no pensar en ellos.

Semejante estado no puede menos que debilitar las almas, aflojar los resortes de la voluntad y preparar a los ciudadanos para la esclavitud.

No sólo ocurre entonces que ellos se dejan usurpar su libertad, sino que aún, con frecuencia, la abandonan.

Cuando no existe ninguna autoridad en materia de religión ni en materia política, los hombres se asustan pronto ante el aspecto de una independencia sin límites. La perpetua agitación en todas las cosas, los inquieta y fatiga. Como todo se conmueve en el mundo de las inteligencias, quieren al menos que todo sea firme y estable en el orden material, y no pudiendo recuperar sus antiguas creencias, establecen una autoridad.

Yo dudo que el hombre pueda alguna vez soportar a un mismo tiempo una completa independencia religiosa y una entera libertad política; y me inclino a pensar que si no tiene fe, es preciso que sirva, y si es libre, que crea.

No sé, sin embargo, si esta gran utilidad de las religiones no es más visible todavía entre los pueblos donde las condiciones son iguales, que entre todos los demás.

Es preciso reconocer que la igualdad que trae tantos bienes al mundo, sugiere también, como mostraré después, ideas muy peligrosas, pues tiende a separar a los hombres unos de otros, de modo que no se ocupe cada uno sino de sí mismo, y abre en su alma un vasto campo al deseo desmedido de los goces materiales.

La mayor ventaja de las religiones es la de inspirar deseos contrarios. No hay religión que no coloque el objeto de los deseos del hombre más allá de los bienes terrestres, y que no eleve naturalmente su alma a regiones superiores a las de los sentidos. No la hay tampoco que no imponga a cada uno deberes, cualesquiera que sean, hacia la especie humana o comunes a ella, y que no le saque así, de tiempo en tiempo, de la contemplación de sí mismo. Esto se ve aun en las religiones más falsas y peligrosas.

Los pueblos religiosos son, pues, precisamente fuertes en el punto en que los pueblos democráticos son débiles, lo cual hace ver cuán importante es que los hombres conserven su religión al hacerse iguales.

Yo no tengo ni el derecho ni la voluntad de examinar los medios sobrenaturales de que Dios se sirve para establecer una creencia religiosa en el corazón del hombre. No considero en este momento a las religiones sino desde un punto de vista puramente humano; sólo indago de qué manera pueden ellas conservar más fácilmente su imperio en los siglos democráticos en que ahora entramos.

He hecho ver que en los tiempos de luces y de igualdad, el espíritu humano no consentía, sino con pesar, en recibir creencias dogmáticas, y que si sentía vivamente la necesidad de ellas era sólo en materia de religión. Esto indica, desde luego, que en tales siglos las religiones deben contenerse con circunspección dentro de los límites que le son propios y no tratar de salir de ellos; porque, queriendo extender su poder más allá de las materias religiosas, se exponen a no ser creídas en ningún punto. Deben, pues, trazar con cuidado el círculo en que pretenden contener el espíritu humano y fuera de él dejado enteramente libre, y abandonado a sí mismo.

Mahoma hizo bajar del cielo y colocó en el Corán, no solamente doctrinas religiosas, sino máximas políticas, leyes civiles y criminales y teorías científicas. El Evangelio, al contrario, no habla sino de relaciones generales de los hombres con Dios y entre sí; fuera de esto nada enseña y nada obliga a creer. Entré otras muchas razones basta ésta para probar que la primera de las dos religiones no puede dominar largo tiempo en días de luces y de democracia, mientras que la segunda está destinada a reinar en estos siglos como en cualesquiera otros.

Si llevo más adelante esta misma investigación, hallo que para que las religiones puedan, humanamente hablando, mantenerse en los siglos democráticos, no basta que se encierren cuidadosamente en el círculo de las materias religiosas, sino que su poder depende más bien de la naturaleza de las creencias que profesan, de las formas exteriores que adopten y de las obligaciones que impongan.

Lo que he dicho antes de que la igualdad conduce a los hombres a ideas muy generales y vastas, debe entenderse principalmente en materias de religión. Los hombres semejantes e iguales conciben con facilidad la idea de un solo Dios imponiendo a cada uno de ellos las mismas reglas y concediéndoles la felicidad futura al mismo precio. La unidad del género humano los conduce incesantemente a la idea de la unidad del Creador, mientras que los hombres muy separados unos de otros y muy diferentes, conciben tantas divinidades como pueblos, razas, clases y familias hay, y trazan mil caminos particulares para ir al cielo.

No puede negarse que aun el cristianismo ha sufrido, en cierto modo, esta influencia que ejerce el estado social y político en las creencias religiosas.

Al aparecer la religión cristiana sobre la Tierra, la Providencia, que sin duda preparaba al mundo para su llegada, había reunido una gran parte de la especie humana, como un inmenso rebaño, bajo el cetro de los Césares. Los hombres que componían este conglomerado diferían mucho unos de otros; pero estaban de acuerdo en un punto principal, como era el de obedecer las mismas leyes, y cada uno de ellos era tan débil y tan pequeño, en relación con la grandeza del príncipe, que parecían todos iguales cuando se le comparaban.

Es preciso reconocer que este estado nuevo y particular de la humanidad debió disponer a los hombres para recibir las verdades generales que el cristianismo enseña, y sirve para explicar el modo rápido y fácil con que penetró entonces en el espíritu humano.

La segunda prueba se hizo después de la destrucción del imperio. Habiéndose deshecho en mil pedazos, el mundo romano, volvió cada nación a su individualidad primitiva. Bien pronto, en el interior de estas naciones mismas, las clases se escalonaron hasta el infinito; se señalaron las razas y las castas dividieron a cada nación en muchos pueblos. En medio de este esfuerzo común, que parecía conducir a las sociedades humanas a subdividirse en tantos fragmentos como era posible concebir, el cristianismo no perdió de vista las principales ideas generales que había sacado a la luz; pero pareció prestarse, sin embargo, tanto como de él dependía, a las nuevas tendencias que las fracciones de la especie humana hacían nacer. Los hombres continuaron adorando a un solo Dios creador y conservador de todas las cosas; pero cada pueblo, cada ciudad y, por decirlo así, cada hombre creyó tener algún privilegio aparte y crearse protectores particulares cerca de su soberano y dueño. No pudiendo dividir la divinidad, acrecieron por lo menos y multiplicaron sin término sus agentes; el homenaje debido a los ángeles y a los santos, vino a ser para los cristianos un culto casi idólatra, y aún se pudo temer por un momento que la religión cristiana retrocediese hacia las otras que había vencido.

Es evidente que, a medida que desaparecen las barreras que separan a las naciones en el seno de la humanidad y a los ciudadanos en el interior de los pueblos, el espíritu humano se dirige por sí mismo hacia la idea de un Ser único y Todopoderoso que gobierna igualmente y con las mismas leyes a todos los hombres. Por esto conviene, particularmente en las épocas de democracia, distinguir el homenaje que se rinde a los agentes secundarios del culto debido al Creador.

Otra verdad me parece también evidente, y es que, en los tiempos democráticos, las religiones deben sujetarse menos que en los demás a las prácticas exteriores.

Hice ver, al hablar del método filosófico de los norteamericanos, que nada choca tanto al espíritu humano en épocas de igualdad como la idea de someterse a fórmulas. Los hombres de tales tiempos soportan con impaciencia las imágenes; los símbolos les parecen artificios pueriles de que se valen para encubrir o disfrazar a sus ojos las verdades que sería más natural presentar al mundo con sencillez y claridad; miran con indiferencia la práctica de las ceremonias, y propenden naturalmente a dar una importancia secundaria a los detalles del culto.

Los que se hallan encargados de arreglar la forma exterior de las religiones en las épocas democráticas, deben fijar su atención en estos instintos naturales de la inteligencia humana, para no luchar contra ellos sin necesidad.

Creo firmemente en la necesidad de las formas; sé que extasían el espíritu humano en la contemplación de las verdades abstractas, y ayudándolo a comprenderlas bien las abraza con ardor. No me figuro que se pueda mantener una religión sin prácticas exteriores; pero, por otra parte, pienso que en los siglos a que nosotros nos dirigimos sería muy arriesgado multiplicarlas sin medida; que conviene más bien disminuirlas, y que sólo se debe conservar lo que es absolutamente indispensable para la perpetuidad del dogma mismo, substancia de las religiones (1), cuyo culto no es sino la forma. Una religión más minuciosa, más inflexible y más llena de observancias, al mismo tiempo que los hombres van haciéndose más iguales, no tardaría en verse reducida a un tropel de celadores apasionados en medio de una multitud incrédula.

Se me dirá que las religiones, teniendo todas por objeto verdades generales y eternas, no pueden doblegarse así a las tendencias mudables de los tiempos, y responderé de nuevo a esto que es preciso distinguir cuidadosamente las opiniones principales que constituyen una creencia y que forman lo que los teólogos llaman artículos de fe, de las nociones accesorias que las acompañan. Las religiones deben matener firmes las primeras, cualquiera que sea el genio particular del siglo; pero no unirse del mismo modo a las segundas en los tiempos en que todo cambia continuamente de lugar y cuando el espíritu, acostumbrado al espectáculo variable de las cosas humanas, apenas puede sufrir que se le sujete. La inmovilidad en las cosas exteriores y secundarias no me parece un hecho estable, sino cuando la misma sociedad civil es inmóvil. Fuera de este caso, creo que es muy peligrosa.

Ya veremos que, entre todas las pasiones que la igualdad hace nacer o favorece, hay una particularmente viva que deposita en el corazón de todos los hombres: ésta es el amor al bienestar.

El placer del bienestar es como el carácter distintivo e indeleble de los tiempos democráticos.

Es de creer que una religión que tratase de destruir esta pasión sería al fin destruida por ella; si quisiese separar del todo a los hombres de la contemplación de los bienes de este mundo, para reducirlos a pensar únicamente en los del otro, se puede prever que las almas huirían de sus manos para encenegarse sólo en los goces materiales y presentes.

El principal fin de las religiones es purificar, reglamentar y restringir el deseo ardiente y demasiado exclusivo del bienestar que sienten los hombres en los siglos de igualdad; pero creo que harían mal en tratar de sujetarlo enteramente y destruirlo. Nunca conseguirán separar a los hombres del amor a la riqueza; pero bien pueden persuadirles a no enriquecerse sino por medios decorosos y honrados.

Esto me lleva hacia una última consideración, que, en cierto modo, comprende todas las otras. A medida que los hombres se hacen más semejantes e iguales, conviene que las religiones, desviándose cuidadosamente del movimiento diario de los negocios, no choquen sin necesidad con las ideas generalmente admitidas y los intereses permanentes que imperan en las masas; porque la opinión común aparece siempre como el primero y más irresistible de los poderes, y no hay fuera de éstos tan fuerte apoyo que permita resistir largo tiempo a sus golpes; principio tan aplicable a un pueblo democrático sometido a un déspota como a una República. En los siglos de igualdad los reyes hacen a veces obedecer, pero siempre es la mayoría la que hace creer; a la mayoría es, pues, a quien se ha de tratar de complacer en todo lo que no sea contrario a la fe.

En mi primera obra manifesté que los sacerdotes norteamericanos se alejan de los negocios públicos. Éste es el ejemplo más brillante, pero no el único, de su moderación. En Norteamérica la religión es un mundo aparte, en donde el clérigo reina, pero de donde tiene buen cuidado de no salir nunca; dentro de sus límites conduce la inteligencia; fuera de ellos, deja a los hombres entregados a sí mismos, y los abandona a la independencia y a la inconstancia propias de su naturaleza y de la época. No he visto país en donde el cristianismo esté menos rodeado de fórmulas, de prácticas y de imágenes que en los Estados Unidos, ni tampoco donde presente ideas más puras, simples y generales al espíritu humano.

Aunque los cristianos de Norteamérica se dividan en una gran cantidad de sectas, todos consideran su religión desde este mismo punto de vista; pudiendo esto explicarse en el catolicismo, igualmente que en las otras creencias. No hay clérigos católicos que manifiesten menos simpatías por las pequeñas observancias individuales, y por los métodos particulares y extraordinarios de conseguir la salvación, ni que se adhieran más al espíritu de la ley y menos a su letra, que los de los Estados Unidos; en ninguna parte se enseña con más claridad ni se sigue mejor la doctrina de la Iglesia que prohibe dar a los santos el culto que debe reservarse sólo a Dios. A pesar de todo eso, los católicos de Norteamérica son muy sumisos y sinceros.

Otra observancia es aplicable al clero de todas las comuniones. Los clérigos norteamericanos no pretenden atraer ni fijar toda la atención del hombre hacia la vida futura, sino que abandonan voluntariamente una parte de su corazón a los cuidados de la presente, y se diría que consideran los bienes del mundo como objetos importantes, aunque secundarios. Si no se asocian a la industria, se interesan al menos en su progreso y lo aplauden, y mostrando constantemente a los fieles la fidelidad al otro mundo como el gran objetivo de sus temores y esperanzas, nunca les prohiben que busquen honradamente el bienestar en éste. Lejos de hacer ver que estas dos cosas se dividen y son contrarias, se aplican más bien a encontrar el punto donde se tocan y enlazan.

Todos los sacerdotes norteamericanos conocen el imperio intelectual que ejerce la mayoría, y lo respetan, no sosteniendo jamás con ella sino luchas necesarias. No se mezcla en las contiendas de los partidos, sino que adoptan gustosos las opiniones generales de su país y de su tiempo y siguen sin dificultad la corriente de sentimientos y de ideas que arrastran en pos de sí todas las cosas: se esfuerzan por corregir a sus contemporáneos, pero no se separan de ellos. Jamás la opinión pública es su enemiga; ella los sostiene más bien y los protege, y sus creencias reinan a la vez por las fuerzas que le son propias y por las que les presta la mayoría.

De este modo, la religión, respetando todos los instintos democráticos que no le son contrarios y auxiliada por muchos de ellos, viene a luchar con ventaja contra el espíritu de independencia individual, que es el más peligroso para ella.




Notas

(1) En todas las religiones hay ceremonias que son inherentes a la substancia misma de la creencia, en las cuales es preciso no cambiar nada. Esto se ve particularmente en el catolicismo, donde la forma y el fondo están tan unidos frecuentemente que no hacen más que uno solo.

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