Índice de Ideario de Hidalgo de Alfonso García RuízLOS IDEALES ECONÓMICOSBIBLIOGRAFÍABiblioteca Virtual Antorcha

IDEARIO DE HIDALGO

Alfonso Garcia Ruíz

RELIGIÓN, ESTADO, INDIVIDUO Y MORALIDAD


El proceso de la conciencia es un dato fundamental para interpretar la vida y la trayectoria histórica de un hombre tanto como el sentido de sus actos y de sus obras. Hablamos aquí de conciencia no en el sentido puramente psicológico, del llamado transcurrir de los sucesos internos en el sujeto, sino en aquel en que nuestras determinaciones y nuestros actos adquieren significación por su relación con el valor de los fines que nos proponemos. De un modo lato, podemos llamar conciencia moral a este aspecto del yo interno qUe se orienta por el valor de las cosas, de las ideas y del resultado de los actos.

Todo hombre tiene, tanto como las demás formas de conciencia, una conciencia moral; mas ella se manifiesta con mayor relieve, y por lo mismo debe preferirse estudiar sus fenómenos en aquellos individuos que, en épocas de crisis, encarnan la expresión de una moral que tiende a desaparecer por factores de la historia misma, pero que se defiende por virtud de considerarse superior a toda otra forma histórica de moral o la de una moral que pugnando por irrumpir en la historia, no es por de pronto comprendida ni aceptada por los contemporáneos y se la tiene como una aberración o como una negación moral.

Tal es el caso, según nos parece, de Hidalgo como representante de un nuevo espíritu en el devenir peculiar de nuestra historia patria.

Tratando de esclarecer este problema, nuestro estudio sobre las ideas morales y religiosas de Hidalgo debe comenzar por considerar, en cuanto sea necesario, el ambiente espiritual en el cual se formó su conciencia, para referirnos más tarde al sentido que por este medio descubramos en sus afirmaciones y en sus actos.

Es del dominio común la idea de que la moralidad de las personas se forma en relación directa con la del medio ambiente, y, en consecuencia, sin apartarse de ella sino en cuanto les es inevitable por virtud de los factores sociales, cuya dinámica no está en sus manos controlar; por razón del impacto de la experiencia, que modela el régimen interior de la conciencia, y por razón del temperamento que mueve, ya en las zonas de lo inconsciente, el juego de los motivos de la conducta. El método aplicable al estudio histórico de la moral personal debe tomar en cuenta estas circunstancias. A nosotros no nos será posible por ahora ocuparnos de todas, dada la brevedad de este trabajo y el desconocimiento en que nos encontramos acerca de muchas de ellas. Pero procuraremos alcanzar una idea clara de su significación y de su importancia en la actitud moral de nuestro hombre: Hidalgo.

En su caso, y en el de los hombres de su tiempo y de su circunstancia, el estudio histórico-moral debe hacer hincapié especialmente en el influjo que sobre ellos ejercieron las ideas de la época. Tal actitud se justifica porque, precisamente la crisis de las ideas en general, comprendido en ellas el aspecto moral, constituye la esencia y, por consiguiente, el punto de partida para el análisis de la moral que el caudillo insurgente, y otros como él, representaron en el momento de la Independencia.

Dicha crisis, como es lógico pensar, tiene un lugar en la historia de las ideas, que hoy se estudia en México con gran interés. Como tema de historia de la moralidad, exige un tratamiento concreto e individual y significa el problema de cómo la conciencia moral de una persona determinada, responde al conocer nuevas o viejas ideas, ya sea asimilándolas y reorganizando su estado moral -generalmente sin romper determinados lazos con su primera orientación- o rechazándolas cuando las verdades morales de su anterior estado son, por así decir, más fuertes y triunfan respecto de las que se le proponen en la nueva ideología. Todo ello es un proceso que puede explicarse relativamente, sobre todo cuando el problema moral se encuentra representado por un cambio en el sistema de las ideas, como en el caso que nos ocupa.

Cuando se trata de una persona de especial sensibilidad, que inicia su desarrollo moral en circunstancias criticas, por lo que se refiere al medio social o ideológico en que vive, es lo frecuente que el fenómeno adopte la forma de un proceso intenso y largo, que no termina sino porque las propias Circunstancias históricas imponen la necesidad de actuar y fuerzan al individuo a tomar decididamente una actitud. Si a esta situación se encuentra aunado un temperamento sensible y activo, lo más frecuente es que el sujeto de que se trata halle en la acción misma y, en algunos casos, en el sacrificio por el ideal escogido, la satisfacción moral que su convicción y su iemperamento le piden. En las épocas de crisis social o política, actuar es lo que parece moralmente importante.

Sorprende lo que rinde la personalidad moral de Hidalgo cuando le aplicamos este esquema de estudio. Veámoslo.

De temperamento sensible y activo, inició su vida a plena luz del campo y de la sociedad. En el Colegio de San Francisco Javier de Valladolid, entró en contacto con los primeros conocimientos, atraído por los padres jesuitas, que lo tenían a su cargo. Compartió la disciplina propia del Colegio con los momentos de arrobamiento en las cosas del estudio, y con los de suelta alegría en las pintas. En lo sensible, estas experiencias fueron muy importantes. Debe tenerse presente que los jesuitas nunca fueron especialmente violentos para exigir cumplimiento y orden entre sus alumnos. Preferían los métodos de estímulo y de atracción, mediante el esclarecimiento racional de los motivos de la conducta y de los ideales por alcanzar. Más en aquellos momentos en que, corrientes diversas de orden social, político y cultural se enfrentaban entre sí en el medio mexicano. Los jesuítas tuvieron interés profundo en el desarrollo histórico de México. Así lo demostraron en repetidas ocasiones. E influyeron en él de acuerdo con su ideología peculiar. Cuando Hidalgo salió de aquel Colegio, estaba ya seguramente iniciado en ese pensamiento. si no por los elementos claros del conocimiento, sí, al menos, por el ejemplo de la conducta en los asuntos espirituales y morales y en los de la vida social.

La idea religiosa; la actitud racional ante los fenómenos del mundo moral; la idea de que la vida es más real y compleja de lo que esquemáticamente fijan las normas de una moral teórica; la actitud decidida para actuar desembarazadamente en vista de un fin superior, que el espíritu ha escogido, son características del medio ambiente en el que comenzó a explayarse el mundo moral de Hidalgo. El influjo que ejercieron en él pudo ser tan importante como el de la religión, que constituía entonces la materia educativa en la que todo se comprendía, y muy particularmente la visión de los mundos, objetivo y subjetivo, creados por la misma mano del Dios omnipotente.

Aunque esto es lo más decisivo en un sentido abstracto y universal, en el cual ser o no ser una persona cristiana puede ser de gran significación, en el caso concreto de un hombre nacido en el seno de una sociedad y de una época en las que predominaba el Cristianismo como doctrina general, lo importante es la cuestión de hasta qué punto se apartaron sus opiniones científicas o morales, o su conducta, del modelo común. Por eso hemos insistido en las peculiaridades de la moral jesuíta con la que Hidalgo tuvo contacto, quizás por primera vez reflexivo.

Antes de tener conocimientos suficientes, pueden ensayarse conatos de opinión, pero nunca son decisivos para la etapa de madurez del conocimiento. La primera juventud de Hidalgo no podía expresar ninguna disidencia respecto de lo que se le explicaba y él aprendía. En cambio, el impacto moral de los dogmas en que uno se forma sí es perdurable, hasta el grado de que, lo más comúnmente, resulta insuperable. Al final de estas líneas expresaremos nuestra opinión acerca de lo que, en última instancia, significaron las nociones morales de la religión cristiana en la conciencia moral de Hidalgo.

La siguiente etapa en su formación espiritual la tenemos en su aprendizaje de una carrera profesional. En los primeros mdmentos de ésta, el futuro cura es un estudiante distinguido del departamento de Humanidades. Su vocación para el estudio es sometida a prueba decisiva. Sabemos que existieron momentos de vacilación, en los que la ambición de ser que caracteriza la adolescencia parecia no estar de acuerdo con el modelo que se le proponía: pensar, es decir, aprender para después enseñar, y hacer de ello la vida entera. Fue éste el momento de decisión que quizás todo ser humano tiene, y que se resuelve un poco o un mucho a oscuras todavía, y en el que la vida toda del futuro parece quedar pendiente de la circunstancia más imprevista. Sin embargo, triunfaron en Hidalgo las tendencias que le habían imbuído sus padres y sus maestros, y ahí quedó marcado su inmediato futuro.

En la Universidad, después de una breve etapa de explicable pasividad, surgen el verdadero estudiante, el investigador y el maestro. La investigación la realiza esencialmente en el campo fundamental de las disciplinas morales, según lo exigía la orientación de su tiempo. Dios y el hombre, la filosofía, la teología y la moral eran su preocupación casi única y constante. Aquéllos no eran nuestros tiempos en los que la suprema verdad está representada por una ecuación matemática o por una explicación genética derivada de las ciencias naturales. No, lo que entonces se buscaba y, cuando descubierto, se afirmaba como la verdad más estimable, era la ecuación del espíritu, es decir, la orientación ética de la conciencia, así fuese a base de un esquema de ideas tan abstracto como el de la escolástica, del cual el propio Hidalgo decía que discurría sobre puras metafísicas y cuestiones de posible, lejos de la realidad social e histórica, sin tomar en cuenta que es precisamente en el campo de la acción social y en los momentos decisivos de la historia cuando se manifiesta el valor moral del individuo. Sin embargo, la escolástica misma, en la que el Libertador de México inició su formación intelectual, dirigía centralmente su atención al problema del hombre y de sus deberes para con los demás y para con Dios, pues consideraba este asunto el más importante entre todos.

Por medio del estudio intensivo y quizás exhaustivo de Santo Tomás, de los demás escolásticos y de los Padres de la Iglesia, llegó a un conocimiento más directo y por ello más puro de los principios de la filosofía y de la teología tradicionales. Mas, al propio tiempo, fueron cayendo, negados uno tras otro ante la crítica de su pensamiento, todos los errores de quienes, como comentadores, no habían sabido interpretar fielmente el sentido de los textos originales. Este procedimiento que, de seguirlo, lleva necesariamente al dominio de una perspectiva histórica -y, a un paso, historicista-, sobre cualquiera de las ciencias que se estudian, llevó también a Hidalgo a semejantes concepciones. Esta perspectiva creció cuando abordó el estudio de multitud de autores, muchos de los cuales no eran escolásticos ni encuadraban dentro del campo de la teología, pero si plantearon a su ánimo problemas morales.

Siguiendo de cerca a teólogos que, como él, habian ascendido a la visión histórica de la teología, propuso la reforma de los métodos de investigación y de enseñanza de esta disciplina, en el sentido que hemos comentado en un capítulo anterior.

Hidalgo no habló acerca de lo que esto significaba para él en el aspecto moral, pero está implícito en el hecho mismo de su rechazo de la escolástica. No enseñar la teología conforme a las ideas de Santo Tomás de Aquino equivale a no aceptar la idea del hombre que éste, con el modelo de Aristóteles, había elaborado; ni la explicación del alma por sus potencias y apetitos; ni la separación entre la verdad natural y la verdad revelada; ni la moral que mide el valor de los actos según el grado de su identificación con la idea divina; ni la jerarquía invariable del mundo social. Y la sustitución de la teología escolástica por la positiva, que el cura Hidalgo llevó a cabo en San Nicolás, significaba introducir en la enseñanza la historia de la teología, la historia del hombre en su búsqueda de Dios, o sea, meter al hombre y a Dios juntos en la historia, estudiar la teología pendientes de lo que pasa en el mundo, en el campo de lucha de todas las valoraciones; la filosofía trascendentalista, que cree en la posibilidad de conocer en sí mismo el principio rector del mundo, que se halla más allá de éste, frente a la filosofía inmanentista, que piensa que no es posible conocer tal principio sino a través de nosotros mismos; la fe escolástica frente a la fe historicista: el mundo medieval frente al mundo moderno. Esta sola definición de la teología muestra claramente que no hay otro medio para adquirirla sino ocurrir a la Escritura sagrada y a la tradición; porque siendo Dios un objeto enteramente insensible y superior a toda inteligencia criada, no podemos saber de Su Majestad sino lo mismo que se ha dignado revelarnos, escribió (1).

De esta manera, Hidalgo, el teólogo, había alcanzado la región de la primera crisis. ¿Cuál es la verdad teológica o filosófica que apoya nuestro ser en el mundo, y que ha de dar sentido a nuestros actos? Si es válido concluir en contra de la escolástica, ¿no es válido poner a discusión otras opiniones relativas al modo de interpretar cómo son Dios y el hombre y qué relaciones hay entre ellos? Y si esto es en las altas esferas del conocimiento religioso, donde la infalibilidad y la evidencia deben ser mayores, y con relación a sus objetos supremos, ¿no serán igualmente discutibles las normas de la conducta en las circunstancias cotidianas o críticas? ¿Cómo va a ser juzgada por la teología la moral del hombre moderno que hacía más de tres siglos que había irrumpido en la historia y había creado un nuevo tipo de relaciones humanas y una filosofía distinta de la medieval? ¿Cómo van a esclarecerse, desde el punto de vista moral, las relaciones que debe haber entre mi persona y el mundo 'que le rodea? ¿Cuál es el deber concreto que me compete por virtud de esas relaciones? Eran éstas preguntas que surgían de la visión histórica que estaba detrás de la teología positiva y que en un momento dado, cuando se unió con la perspectiva que habían de entregarle la ilustración y la doctrina liberal -ideas con las que elaboró críticamente la interpretación de la sociedad en que vivía-, le llevaron decididamente al campo de la lucha política.

Detengámonos un momento a imaginar cuáles pudieron ser las consecuencias de esta crisis de su pensamiento en el fuero interno del hombre que se había formado bajo la acción de la dogmática cristiana, y de la sencilla y cotidiana moral del catecismo, heredadas de sus mayores y subrayadas más tarde por sus maestros en el Colegio y en la Universidad, a la vez que de la filosofía escolástica, tradicional en el campo de los altos estudios. Es posible que desde esta época haya llegado a la conclusión de que muy bien podían concebirse por separado, por una parte, la religión dogmática con los milagros de la revelación y los misterios de la fe, y, por otra, la filosofía del hombre, de su naturaleza interna y externa, y de sus relaciones con el mundo natural, con Dios y con los demás hombres; y que esta separación fundase la de dos distintas clases de moral: una, la del respeto a las costumbres puras y a los mandamientos de la ley de Dios, y otra, la que podía emanar de la nueva filosofía, aplicada especialmente al estudio del hombre en su ser temporal, en su ser vario y cambiante, dinámico, en su ser histórico, con los deberes que le dictase su circunstancia, de acuerdo con el uso recto de la razón. Es decir, la filosofía dd hombre tal como nos lo muestra la historia, como un ser que cambia con el transcurso del tiempo y de acuerdo con las condiciones que le rodean, y cuyos deberes, en consecuencia, han de ser relativos a las especiales circunstancias del medio, sea para conservar lo que de ellas parezca bueno, sea para modificar lo que su crítica revele que es injusto, malo o degenerativo. Así, no serán nunca iguales los deberes morales concretos de un francés, de un inglés o de un mexicano, ni tampoco los de un mexicano del siglo XVII, de un mexicano de la Independencia o de un mexicano de la época de Porfirio Díaz. Hidalgo pudo haber observado que la moral concreta y práctica tiene que ver más con la crítica de la sociedad en que uno vive que con las normas abstractas derivables de un concepto universal del bien. Tal vez desde ese instante miró el gran mundo de la moral, el mundo del espíritu, escindido en dos: allá la fe con su valor ontológico y metafísico, como explicación del mundo de acuerdo con la idea religiosa, en la cual se ha de creer simple y llanamente, encuéntrela o no la encuentre satisfactoria la inteligencia; acá la razón, que siguiendo sus propias normas, y según los valores y desvalores que descubre en el acontecer histórico, construye un modelo de perfección y en función de éste tratar de resolver los problemas de la vida real y de adelantar el mejoramiento de la convivencia humana. O sea, una moral de las costumbres cotidianas contra los pecados mortales, los vicios y las malas voluntades, que se apoya en la tradición del Decálogo; y otra que debe llevar a cuestas la responsabilidad de las grandes acciones históricas, de las grandes obras de civilización o de lucha contra las injusticias del sistema social, a las que ciertos temperamentos infunden caracteres heroicos y constituyen los grandes jalones de la historia patria y de la historia de la humanidad entera.

Estos parecen haber sido en su ánimo los efectos de sus cavilaciones filosóficas: los de una crisis moral, que no sabemos ni podemos precisar cuándo haya quedado superada, pero que, sin duda, fue una causa que lo impulsó a una más intensa y urgente investigación de la filosofía y de la ciencia con vistas a la comprensión del espíritu humano, y que por deber hacerse dentro del ambiente de ideas y de corrientes culturales que le circundaba, le acercó cada vez más al contacto con las más recientes orientaciones filosóficas de su tiempo. Prácticamente, el hombre se había apartado de la teología, se empapaba en una forma de conocimiento más próxima a la acción, se humanizaba y se preparaba para ser lo que fue: un reformador, un revolucionario.

Lógico era que Hidalgo llegase de lleno al conocimiento de las ideas de la ilustración. El Estado español, ligado con Francia por medio de la familia reinante, las había adoptado como propias desde el momento del ascenso al trono de Carlos III, porque, basadas en los resultados de las ciencias de la experimentación y de la razón, contenían principios útiles para la administración, para el fomento de la cultura, de la técnica y del progreso material y económico. Sus ministros las pusieron en ejecución inmediatamente, tanto en España como en América. La Nueva España les debió la Academia de las Bellas Artes de San Carlos, el Colegio de Minería y el Jardín Botánico.

Crítico de la escolástica, Hidalgo no era el hombre que por permanecer fiel a ella negaría la verdad que las ideas ilustradas traían consigo. Por el contrario, se hallaba preparado para recibirlas, precisamente porque, a su manera, respondían a las inquietudes que en él surgieron cuando el rechazo de aquella tendencia lo dejó sobre la perspectiva del mundo histórico.

Tenemos datos ciertos sobre algunos ilustrados que ejercieron influencia directa sobre él. De los europeos que leía, ninguno puede considerarse de la plena época de la ilustración, sino en todo caso, de los iniciadores de esta corriente. La mayor parte de ellos actuaron a principios del siglo XVIII (2). Eso sí, casi todos son definidamente antiescolásticos, racionalistas, naturalistas o jansenistas, sospechosos de heterodoxia y herejía, y prohibidos por el índice de la iglesia. De esto podemos concluir que la influencia de la ilustración en su etapa de madurez le llegó por el camino de los jesuitas expulsos, que eran i>ilustrados, y especialmente de los dos que se mencionan en los lugares antes citados: Juan Andrés y Clavijero, cuyas obras figuraban en su biblioteca y eran de las lecturas preferidas por el cura.

Esta circunstancia nos parece importante porque nos permite explicar por qué Hidalgo no llegó a ser un expositor sistemático de la filosofía ilustrada, y, por otra parte, la forma como ésta le atrajo al estudio histórico y sociológico del medio en que había de actuar.

En efecto, el grupo que en México representó la ilustración, y del cual formaron parte Andrés y Clavijero, puede ser caracterizado por su interés especial de aplicarse simultáneamente al estudio de las cielicias físiconaturales y al de las humanas o históricas, y por el esfuerzo consiguiente de armonizar las conclusiones fundamentales de unas y otras. Este problema de relaciones entre las ciencias, que es uno de los principales en la filosofía general de la ilustración, fue abordado por los mexicanos en términos que podríamos llamar pragmáticos -es decir, con vistas a la aplicación de los conocimientos- y no menos, ideológicos, morales y políticos. Reflejando el estado de evolución de la cultura y de la conciencia mexicanas, dieron expresión al llamado sentimiento de la nacionalidad y al amor de la Patria. Clavijero fue uno de sus más clásicos exponentes; al mismo tiempo que sus cursos de física, escribió la erudita, bien fundamentada y mejor pensada Historia Antigua de México y la de Baja California, en las cuales dió albergue a aquellas ideas. Todos eran criollos, todos dedicaron su labor y su pensamiento a la Patria mexicana, y puede decirse que entre todos plasmaron por primera vez la unidad del pueblo, de la cultura y del espíritu mexicanos. Y hasta puede imaginarse que hubieran estado dispuestos a luchar políticamente por ella, si el golpe de Carlos III no hubiese sido lanzado tan oportunamente.

De acuerdo con el espíritu de la ilustración, que lógicamente encamina hacia lo práctico y lo útil, los jesuítas mexicanos implantaron la educación basada en los resultados objetivos del método empírico-racionalista (basado en la experimentación y en la razón) y fomentaron el adelanto científico y técnico del país. Fueron, muchos de ellos, grandes matemáticos, astrónomos, geógrafos, botánicos, zoólogos, físicos, químicos, paleontólogos, arqueólogos y, asimismo, ingenieros, abogados, estadígrafos y literatos; casí todos maestros y humanistas, y algunos se aproximaron al tipo de los sociólogos y de los teóricos del Estado. Clavijero fue uno de éstos.

De este espíritu se influyó Hidalgo, después de que sus meditaciones lo habían llevado lejos de la escolástica. ¿Produjo esto algunas modificaciones de tipo moral en su pensamíento? ¿En qué sentido?

Generalmente han sido subrayados el eclecticismo (3) y el utilitarismo como las consecuencias morales que producen el racionalismo, la fe empirista y el pragmatismo que caracterizan a la ilustración. Para valorizar moralmente la acción de los hombres hay que atenerse a sus resultados objetivos; entretanto éstos no se produzcan, conviene abstenerse de juzgar; las recónditas motivaciones escapan al conocimiento, si no se expresan ellas mismas; para juzgar el acto moral débense poner en relación el acto, sus resultados objetivos y los fines propuestos que sean expresos; no se puede ir más allá; el balance final debe tener por objeto la medida racional del hombre, a qué distancia se encuentra de la razón universal, que funciona como el metroon de las matemáticas; hay una esfera natural de la moral en la que el hombre obedece a sus instintos y a los fines que la naturaleza ha puesto en su ser, también natural; otra esfera es la de la moral racional en la que el hombre debe cumplir los fines que implican el derecho y las reglas de conducta que de la razón emanan; la razón sigue siendo la medida, ya no sólo del hombre sino de Dios mismo, que es, ante todo, orden y razón; o, de otra manera, Dios es enteramente racional, y por medio del ejercicio de la razón puede llegarse a la alta teología; la razón tiene que decidir de la bondad y de la validez de los fines, que siendo particulares a cada acto y circunstancia, han de ser aprobados según y cuando. Sabido es que por este camino se llegó a varias doctrinas diferentes durante la segunda mitad del siglo XVIII. El iluminismo, el deísmo, el ateísmo y el materialismo, son algunas de ellas. Las ideas de la Enciclopedia francesa recogieron las tendencias más radicales de éstas.

No todos los ilustrados adoptaron por igual las ideas y aplicaciones del anterior resumen. El nombre ilustración reúne rasgos que están en realidad dispersos entre las individualidades y grupos que la siguieron: unos, predominantemente en un sentido, otros, en otro; unos hasta sus últimas consecuencias racionalistas, otros hasta sus últimos resultados materialistas, etc., etc. Entre los mexicanos preponderó una tendencia de la ilustración que se podría caracterizar por cientificista y racionalista, y naturalmente por antiescolástica, pero que no derivó de manera importante a la especulación ni a las aplicaciones de tipo moral, a pesar de que la mayoría de ellos fue de frailes y eclesíásticos. Su tendencia en este campo parece haber sido efectivamente ecléctica, utilitaria y pragmática, sin perjuicio de su devoción invariable a los dogmas. Esto podría explicarse por razones principalmente sociales y políticas. Generalmente no entraron en contacto directo con el pueblo; fueron un grupo selecto, dedicado a menesteres culturales por acuerdo de sus jefes provinciales, o jefes ellos mismos y, por lo tanto, responsables de la política general de su orden, que no quería ni podía enfrentarse al rey, sino buscar un entendimiento, y que no tuvo interés de practicar entre el pueblo una politica independiente. La labor social que el grueso de ellos realizaba en las misiones del norte del país, no se relaciona sino en aspectos indirectos con la obra de alta cultura de este grupo. En el aspecto religioso, pugnaron por la reforma de la teología y adoptaron la posición antiescolástica. Hidalgo coincidió con ellos y por ser de una generación posterior, debe considerarse como su discípulo.

Mas, en el aspecto de la moral aplicada, las ideas del Libertador fueron mucho más lejos, hasta ligarse con el sentido ético que tienen su obra social y su obra política. Verosímilmente, su temperamento y su antigua convivencia con el sector más humilde de nuestro pueblo, le hicieron oír en la labor de sus maestros más que una voz a continuar su obra de investigaciones, una llamada a la acción directa en favor de su patria. Durante su infancia, su trato con los indios y con los peones y jornaleros de los contornos de su tierra le dió a conocer el mal social que padecía la parte más dolorida de la nación mexicana. Debió concebir la idea de ser para ellos un buen administrador o un amo piadoso y magnánimo. La carrera de estudio le apartó largamente de esta preocupación. Mas, cuando su cultura lo colocó de nuevo en el campo de las teorías sociales, el proyecto de ser bueno de acuerdo con el catecismo, se transformó en un plan de ser bueno de acuerdo con una moral fundada en la sociología y en la historia. ¡Claro que en las formas de su época!

Y en la génesis de esta final determinación, la ilustración tuvo su parte. Probablemente a estas fechas, sus estudios históricos lo habían llevado a ver con nueva luz algo que le era casi familiar por lo cercano en el recuerdo de las gentes de Michoacán, su tierra adoptiva: la obra social del primer obispo de Valladolid (Morelia), don Vasco de Quiroga. Aquel hombre que, mirando a una idea extraña, pero seductora, de un famoso súbdito de su Majestad inglesa, -Tomás Moro-, había ensayado organizar con los indios -como lo imaginaba su autor- la comunidad perfecta, la utopía. Si no en la extensión y forma que el ideal proponía, sí en los provechos de la civilización, el ensayo había tenido un éxito considerable. En la época en que Hidalgo vivió en la capital de Michoacán, los indios de esa región reconocían en el obispo al maestro que con magnífica voluntad social les había enseñado las técnicas de la agricultura, las industrias y las artesanías que practicarían hasta nuestros días, y le recordaban con el reverencial más digno: tata Vasco.

A este conocimiento, el futuro caudillo reunía el de toda la obra civilizadora y transformadora de los religiosos del siglo XVI, y con ella, el nombre de Las Casas y el de muchos otros que con él habían bregado por hacer del indio un cristiano y protegerlo contra las asechanzas de los que ya lo eran, pero que no entendían serlo sino para beneficio de sus personas. A los ojos de Hidalgo, esta intención humanísima de los frailes del siglo XVI contrastaba con el proceso real de la sociedad, que había convertido a los naturales en siervos de la gleba y en humildes artesanos, sin mercados para la irrisoria cantidad de sus productos, o los mantenía como agricultores, con frutos apenas para medio vivir, sencillamente porque todos los márgenes de ganancia los absorbían el gran capital y las rentas, gabelas y tributos que debían pagar.

Tremendo contraste acusaba esta situación con las luminosas pretensiones de la ilustración, Ciencia, técnica, razón, ¿qué podían significar para estos indios desarrapados y hambrientos? Sin agotar como nosotros este terrible contraste, el cura concibió vagamente, por el momento, que su magisterio espiritual podía consistir en fomentar el progreso económico y social de estas gentes. Esta era la contribución que, de acuerdo con su vocación, podía exigir a su cultura ilustrada. ¿Fue por esto que cambió sus propósitos de dedicarse a la educación de los indios de habla no castellana, y decidió prepararse mejor para el desempeño de un curato en administración que le permitiría actuar socialmente en una esfera mucho más amplia? Tal vez sí fue ésta su intención: a los treinta y siete años, el hombre, sin haber dejado de ser idealista, requiere un campo específico en el cual actuar, según se imagina, lo más sólidamente posible.

En este momento de su evolución ideológica y espiritual, Hidalgo había encontrado la forma concreta de su destino moral: transformar la sociedad en que vivía, borrar desigualdades e injusticias, redimir al hombre de los males de la organización social y, si era posible, contribuir a cambiar la ruta de la historia.

Que esto no es mera invención nos lo puede aclarar el dato de que apenas Hidalgo recibió la orden de abandonar el Colegio de San Nicolás -que debió serle entrañable y en el cual ocupaba los más altos cargos y era reconocido como primer maestro- obedeció como un soldado, sin oponer las influencias que por su posición pudieron ser efectivas. En Colima, donde desempeñó su primer curato, no tuvo tiempo sino de dar leve prueba de sus intenciones: duró en él escasos ocho meses. En cambio, en San Felipe de los Herreros, Guanajuato, que administró por largos diez años y meses, ésta y otras circunstancias le permitieron orientar su acción al fin de innovación social que, hemos dicho, era el ideal tras del cual le impulsaba su conciencia, formada por una cultura amplia y sólida. Como sabemos, coronó esta obra en Dolores, donde, con nuevo sentido, otras de sus ideas y de las valoraciones de su espíritu tomaron el primer lugar y decidieron su último destino.

Llevadas al terreno político y social, las ideas de la ilustración terminaron por originar en Inglaterra y en Francia, el liberalismo, y en el aspecto filosófico, las llamadas ideas enciclopedistas. A través de Locke y de Rousseau, la doctrina liberal difundió la teoría del Estado moderno basado en la soberanía del pueblo y en los derechos individuales como definición de la libertad. Los principios de la Enciclopedia llevaron a sus últimas consecuencias el racionalismo, planteando la actitUd más radical ante los dogmas de la religión cristiana, que sufrieron el primer embate trascendental, después de la Reforma del siglo XVI. Tanto como Locke y Rousseau hicieron caer el edificio de la teoría política fundada en el principio del origen divino de los reyes, Voltaire, D' Alambert, Diderot y otros más hicieron conmoverse los cimientos de la fe en Dios, pibote de la espiritualidad de todos los tiempos. Deísmo, ateísmo y materialismo, doctrinas que entonces surgieron, fueron negaciones del Dios personal -que en el cristianismo es un dogma- o de toda forma concebible de Dios, incluso como posible principio unitario.

Todos estos autores y otros de la misma escuela de pensamiento fueron introducidos subrepticiamente en México y leídos por muchos, a pesar de la prohibición de leerlos que la Inquisición había decretado. Su vigilancia era burlada, y los libros de aquéllos circulaban por todas partes. Aun obispos y arzobispos y miembros de la Inquisición los llegaron a tener y leer secretamente.

No todos aceptaban sus conclusiones. Algunos, saciada su curiosidad, los desechaban y para evitarse complicaciones los regalaban o los quemaban. Otros, en cambio, quedaban convencidos por la fuerza lógica de sus argumentos, pero, temerosos de ser perseguidos y castigados, hacían igual cosa que los demás. Pocos arriesgaban conservarlos, y menos todavía hablar de ellos y comentar o tratar de difundir las cuestiones e ideas en ellos expuestas. El terror hacia la Inquisición era tanto más grande cuanto cada vez más redoblaba su vigilancia y castigaba con mayor rigor a los infractores.

La razón en que la Inquisición fundaba su proceder, era considerar las doctrinas enciclopedistas y liberales como herejía manifiesta. Y no quiso distinguir las de sentido solamente político de las otras que tenían realmente un sentido antirreligioso. Las tuvo por igualmente contrarias a las opiniones de la religión oficial. Lectores de unos u otros de esos libros, eran consignados como reos de herejía formal y asímismo de otros delitos similares y conexos. La Inquisición funcionaba en todo esto como organismo judicial al servicio de las autoridades constituidas, según la doctrina de la monarquía española de origen divino, que tenía en Nueva España una parte de sus dominios con un número de vasallos que le debían obediencia absoluta. La religión del rey y del Estado era la católica, en la forma establecida por el Papa romano y por su iglesia, y toda opinión distinta, opuesta a estos principios políticos y religiosos, debía ser perseguida. Lo sancionaban así, unidamente, el rey y la Iglesia católica.

Para quienes adoptaban en cualquier forma las ideas democrático-liberales o las enciclopedistas, su contraposición con respecto a las opiniones oficiales de la iglesia y del Estado era un arduo problema de conciencia, que debía llevarlos o al rechazo definitivo de tales ideas y aun a la decisión de combatirlas en el terreno que fuese necesario, o a asimilarlas en forma satisfactoria para las exigencias valorativas del espíritu. Las consecuencias morales de esta actitud podían llevarlos a afrontar más o menos decididamente todo peligro y, llegado el caso, a oponer sus valoraciones a la posición contraria y a pugnar porque sus ideas fuesen aceptadas por los demás.

En virtud de que todas las generaciones anteriores a la Independencia se formaron en la dogmática y en la moral cristianas, según el modo de opinión del clero, que orientaba la educación pública y privada, la adopción de los principios de que venimos tratando se planteó generalmente como un conflicto moral, es decir, como una crisis de la conciencia, la cual debía resolverse o por la negación absoluta de alguno de ellos o por la síntesis, sobre la base de una moral nueva. Esto significó en el aspecto de la moralidad, la crisis de ideas que, iniciada durante la sexta década del siglo XVIII, aproximadamente, concluye, en su fase fundamental, con la consumación de la Independencia.

Y concluye con la victoria de la nueva actitud que adoptaron en general todos los revolucionarios de la Independencia y singularmente la vemos representada por Hidalgo. ¿Cuál fue la consideración valorativa que la llevó al triunfo?

Es muy cierto que la tradición hispánica, en la que nuestro gran caudillo inició su preparación cultural, permitía y aun puede decirse que cultivaba la crítica de los sistemas de opresión política y social que padecieron España y sus colonias en varias ocasiones, y que se agravaron durante la época de los Borbones, monarcas absolutistas, y que mediante tal crítica se alcanzaron en algunos casos reformas importantes en bien de la libertad y de la igualdad de los súbditos del Estado español. Pero es igualmente verdadero que esas tendencias no fueron suficientes para producir en México la revolución insurgente, que desde su origen aspiró a trastocar radicalmente el orden social y político de la Colonia, en el cual los mexicanos veían el principal obstáculo para su desarrollo nacional. Los ilustrados ni en México ni en ninguna parte fueron propiamente revolucionarios sino hasta que algunos de ellos, llevando al máximo su racionalismo, observaron que la sociedad en la que vivían, tal como estaba organizada, no respondía a la doctrina de la igualdad racional de todos los hombres y que, por el contrario, mostraba profundas desigualdades entre las diferentes clases que la formaban. En consecuencia, llegaron a pensar que esas desigualdades no se justificaban racionalmente, ni de ninguna otra manera, y que era preciso remediarlas mediante la acción directa, mediante la acción revolucionaria, aun cuando contra este fin las clases privilegiadas opusiesen toda su fuerza política, económica y social. La acción revolucionaria encontró así una razón de ser moral; se consideraba buena porque, no pudiéndose alcanzar la transformación social hacia un orden más justo por acuerdo unánime de los hombres, resultaba necesario combatir a los que por vivir de la desigualdad era natural que se opusiesen. El alto valor moral que este razonamiento confería al propósito de establecer la igualdad y borrar las diferencias sociales, creadas artificialmente por determinadas tendencias de los hombres, justificaba el ejercer la violencia en caso de que los de arriba resistiesen a las reformas que la sociedad requería. Si en algunos casos, como en México, la desigualdad social coincidía con una situación de dominio de una nación sobre otra, como la veían los criollos, hermanados con los mestizos y los indios, más alto valor moral había de adquirir esta actitud revolucionaria. Fueron las ideas liberales procedentes de Francia, de los Estados Unidos y de Inglaterra, las que contribuyeron a madurar la conciencia de los problemas sociales de la Colonia y de lo que para los destinos nacionales significaba la dependencia política de España, y las que dieron más claro valor ético a la lucha por la independencia y por la libertad.

Puede, pues, decirse que, la consideración valorativa que llevó al triunfo en nuestro país esta nueva actitud moral, fue la que, apoyándose en los valores positivos de la sociedad y de la cultura nacionales, con ayuda de los valores positivos de las corrientes ideológicas confluyenles sobre nuestro país, en aquella época, configuró la idea de que la independencia y la libertad de México, y la justicia social que por medio de ellas se consumaría, valían más que cualesquiera otros bienes deseables sobre la tierra, y que, a consecuencia de ello, convirtió en desvalores las circunstancias de opresión interna y externa -contrarias a aquellos conceptos- que se vivían durante la Colonia. A la idea de tales valores, miles de mexicanos sacrificaron su vida, los convirtieron en ideales y en cosas tangibles y nos obligaron a su custodia. Esta es la moral que Hidalgo encarnó de la manera más cabal y más pura y por la que México se identifica con su nombre.

A ella arribó el caudillo preparado por su evolución espiritual anterior. Quizás desde sus estudios en Valladolid conocía ya bien las ideas de los liberales y las de los enciclopedistas. Y quizás desde entonces fue tomando actitud ante ellas. Al parecer, al principio sólo tuvieron para él un valor cultural, que asimiló sin conflictos morales. Las llevó después consigo como un bagaje o un recurso que había de servirle para completar su obra social. El pueblo con quien había de tratar en sus funciones profesionales, requería estímulo mediante ciertas ideas de libertad y de los progresos por alcanzar. En su labor social se reflejaron claramente los fines de una educación del pueblo por medio del aprendizaje económico y de un proyecto nuevo de solidaridad, como ya hemos visto en páginas anteriores. Recomendaba especialmente el trato fraternal, de conciudadanos, a sus feligreses, y el estilo de vida que les infundió explica el nombre de Francia chiquita, que los vecinos daban a su curato, el centro de vida social que él dirigía.

A esta función se prestaban las consecuencias sociales de las ideas liberales. De acuerdo con su moral ilustrada las utilizaba sin mayores escrúpulos.

Otra cosa eran las conclusiones de tipo filosófico y político. La filosofía ilustrada, que Hidalgo sustentaba, hemos visto que toleraba una consideración por separado de la religión, como cosa dogmática, y la moral como cuestión humana, y por lo tanto, histórica. Pero algunas de las opiniones enciclopedistas llevaban al deísmo, es decir, a la negación de la idea personal de Dios, y aun otras, al ateísmo y al materialismo. El filósofo y el teólogo, que el caudillo sólo prácticamente dejó de ser, parecieron acercarse algunas veces al modo de pensar de la primera de las tres doctrinas mencionadas, no a las dos últimas. Expresiones que después manejó en sus manifiestos políticos y contra la Inquisición, se aproximan al tipo de las ideas deístas: el Dios de la naturaleza, el mecanismo de la naturaleza, y otras semejantes.

Es difícil llegar a una conclusión definitiva en cuanto a este asunto, en tanto no tengamos mayores elementos para establecerla. Testigos lo acusaron ante la Inquisición de haberse explayado dando opiniones francamente disidentes, más que cismáticas; pero el valor de esos testimonios no puede sostenerse. Los que se rindieron antes de la revolución, fueron considerados por el propio tribunal tan deleznables e infundados que, sobre esa base, determinó no proceder contra él. Los que se rindieron después, mediante actuación puramente política de la Inquisición, fueron arrancados por medios capciosos, con el propósito de dañar al héroe, que había encendido el fuego más difícil de apagar.

Es más seguro que los problemas metafísicos no tenían ya para el Hidalgo de esta época, una importancia primordial, como la hubieran tenido para el estudiante de teología. En su fuero interno, todo conocimiento se había convertido en cuestión práctica, es decir, era valioso solamente en cuanto demostrase su utilidad para la vida en su forma concreta: la circunstancia histórica, la sociedad en cuyo seno debía actuar. Y es más, había encontrado la forma de esta acción, según su criterio moralmente más valiosa: combatir las injusticias del sistema social, que a la luz de las ideas de la ilustración habían aparecido patentes. Unas clases explotadas por otras; pobreza, incultura, arduo trabajo, temor y lágrimas, por un lado; y por el otro, opulencia, orgullo, dureza, desprecio, desperdicio. Este era el cuadro a la vista, que se ligaba con otro tan concreto como él: el dominio del grupo peninsular, principal usufructuario de las diferencias de clase, detentador de la soberanía divina en nombre del rey. La reforma social no podría llevarse adelante con la extensión y la intensidad necesarias a proporción del mal, que era básico y general, sin convertirse en lucha política. Esta, en un momento dado, debería tener la primacía, según las circunstancias.

El grupo humano que es la nación, marcha por sí mismo, de acuerdo con sus intereses y sus valoraciones. Ciertos de los mexicanos tenían conciencia de su poder y ambicionaban actuar en favor de la liberación y de la independencia. Voces fuertes, en este sentido, se escucharon en 1808, cuando las circunstancias de España eran propicias. La hora de contribuir a cambiar el rumbo de la historia parecía estar cerca.

Comparándolas con estas exigencias de su circunstancia, Hidalgo midió la utilidad moral de las ideas enciclopedistas. No le pareció necesario decidir sobre la metafísica de Dios o la del valimiento universal de la razón. Su idea práctica de la moral no requería fundamentaciones de este tipo. Como problemas humanos, los que le planteaba su circunstancia demandaban justificación histórica, social y política. Este papel desempeñaron en su nueva actitud las ideas políticas y sociales de la Enciclopedia. Por eso estuvo por la soberanía del pueblo; por la democracia y por el gobierno representativo; por la libertad constitucional; por la definición de los derechos del hombre. El mundo de la libertad y de la democracia, el ejercicio de la soberanía, la representación efectiva del pueblo, en la circunstancia mexicana, sólo eran posibles por medio de la independencia; ésta debía ser el fin inmediato y primordial, el valor más alto en este momento para la vida de un mexicano, y desde luego para él, que por tanto tiempo había buscado contestación a la pregunta por su deber más concreto. A esta modalidad histórica del deber moral había llegado Hidalgo siguiendo el camino recto que de la negación de la escolástica lo trajo al mundo moderno, al mundo de la historia.

Otros mexicanos, junto con Hidalgo, pasaron esta crisis de las ideas y este problema de conciencia. Y lo resolvieron en forma parecida. Escindieron el mundo de la moralidad. Dejaron por un lado el dogma, lo redujeron a Cosa metafísica, lo consideraron independiente del deber concreto respecto de la historia, respecto del hombre. Y, confiados en que tenían razón, murieron por ideales políticos y sociales, sin el más mínimo temor de que Dios, su Dios, los castigase por ello. Así se explican estas palabras que Hidalgo escribió días antes de morir para contestar el edicto acusatorio de la Inquisición, que por entonces se ensañaba contra él: Hasta aquí he vertido con brevedad una corta relación de los verdaderos hechos contra lo que se me acusa, y aunque no me pesa morir, sino que abrazo la muerte gustoso para satisfacer la Divina y Humana Justicia, ya que por las circunstancias de la sabia Providencia voy a su rectísimo Tribunal, no temo deje de ser verdad cuanto he dicho, y cuanto paso a decir sobre los otros particulares de que habla el citado edicto (4).

Ante los supremos valores de la independencia y de la libertad, que determinaron su actuación histórica, el problema religioso para Hidalgo quedó siendo un asunto puramente privado, de la conciencia subjetiva. Debido a las circunstancias no pudo explicar ampliamente esta idea, pero en varios de los pasajes de sus manifiestos y proclamas y de sus declaraciones en el proceso de Chihuahua, la dejó claramente insinuada. En una de sus declaraciones dijo: ... y en el modo que ha podido ha procurado respetar los sentimientos religiosos que abriga su interior; que no sabe si otros sacerdotes han abusado del confesonario para los fines de la pregunta ... (5).

Oponía esta aclitud a la de los enemigos realistas, quienes utilizando la Inquisición y la autoridad eclesiástica, y convirtiéndolas en instrumentos de persecución política, tomaban el pretexto de la religión, que decian amenazada por la revolución, para acarrear a los insurgentes el desprestigio entre el pueblo, radicalmente católico. Y denunciaba tras esta acción -como hemos visto en el primer rubro de este trabajo- el sórdido interés económico de los dominadores españoles (6).

Su interpretación del problema religioso no estaba limitada a las circunstancias transitorias de la guerra. Seguramente era más general su intención. En cierta forma, anuncia la supresión de la Inquisición, y quizás tiene relación con la separación de la iglesia y del Estado, cuya tradicional unión era la causa de confundir el dogma con la política y de que se ejerciese violencia sobre el espíritu, que en su concepto debía ser absolutamente libre.

Contribuye a que pensemos así la idea que él tenía sobre la pureza en que debe conservarse la conciencia, cuando de su relación inmediata con Dios se trate. Desde el primer momento en que se puso a la cabeza del grupo revolucionario, se abstuvo de pradicar la Eucaristía. Respaldadas por una conciencia que había resuelto con todo rigor el problema moral de su deber para con la sociedad, y su momento histórico, las sencillas palabras con que se explica sobre estos asuntos, suenan con el inconfundible timbre de la dignidad, de la sinceridad y del valor civil. Dijo: que por si, ni antes, ni en el curso de la insurrección ha precisado ni ejercitado el confesonario con abuso de la Santidad de sus ministros; y por lo que hace al tiempo de la insurrección, ni para bien, ni para mal ha ejercitado ni el uno ni el otro ... (7) ... y la prueba convincente es, que el temor que mi dañada conciencia me infundia cuando la conocía no limpia, me hacía abstener de sacrificar (8).

Rechazaba la subordinación de un acto de conciencia, en el que sólo la propia voz de ésta debe ser escuchada, a los actos externos de los hombres, de un hombre que, con las armas en la mano o de cualquiera otra manera, trata de imponer su voluntad a los demás, asi sea en nombre de la libertad o de la justicia. Y respecto de sí mismo la erigió en norma suprema: el respeto de la conciencia de todas y cada una de las personas.

Así es como llegamos a comprender en toda su plenitud la grandeza de su ideal moral; la ética privada como problema subjetivo; la religión como relación directa con Dios y con sus dictados de fe; la moral social fundamentada en los valores históricos. He aquí la fórmula de vida espiritual que descubrió, y a la cual fue obediente hasta la muerte, por la razón misma de que nacía de su corazón, si bien era también la de su tiempo, y la de México, que por él había expresado su fervorosa pasión por la libertad (9).



Notas

(1) Méndez Plancarte:. Ob. cit. p. 32.

(2) En la Declaración del presbítero don José Martín García de Carrasquedo y en el Informe del Comisario de Valladolid, producidos ante la Inquisición, se cita a Serry, Calmet, Fleury, Cenovesi, Rollin, Milaud, Buffon. De los mexicanos, aparecen Juan Andrés y Clavijero. Véase Hernández y Dávalos: Ob. cit. I. Nos. 40 y 148. p. 88-89 y 148-150, respectivamente.

(3) Se entiende por tal la actitud de una persona que cree conciliar los más distintos criterios y puntos de vista, tomando de cada uno lo que le parece más valioso. Ello produce, generalmente, que no se defina por ningún sistema ni tenga una opinión firme.

(4) Solicitud en la que contesta los cargos ... Hernández y Dávalos: Ob. cit. I. No. 64. p. 186-191.

(5) Declaración ... Hernández y Dávalos: Ob. cit. I. No. 2. p. 2.

(6) Véase lo señalado al final del apartado Libertad y democracia.

(7) Declaración ... Hernández y Dávalos: Ob., cit. I. No. 2. p. 12-13.

(8) Solicitud ... Hernández y Dávalos: Ob., cit. I. No. 64. p. 189.

(9) A última hora localizamos en el archivo fotográfico del Museo Nacional de Historia los negativos sacados por don Luis Castillo Ledón, acerca de los estudios de Hidalgo.

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