Indice de la edición cibernética El anarquismo expuesto por Kropotkin de Edmundo González BlancoPrimera parte de la IntroducciónCapítulo primero - La vida de KropotkinBiblioteca Virtual Antorcha

El anarquismo expuesto por Kropotkin
Edmundo González Blanco
Introducción
Segunda parte



Aquí comienza la segunda parte de mi tarea, y será mucho más corta, porque, merced a la experiencia diaria, los resultados criminales de la filosofía del anarquismo son de una notoriedad aterradora.

Hace muchos años que se nos viene haciendo admitir como enemiga del hombre a la sociedad, nuevo espectro de Brocken para los anarquistas, sombra vana proyectada por su espíritu sobre la opinión popular, como un gran fantasmón impalpable que se desvanece, instalado detrás de brumas y de nubes. Para los anarquistas, el criminal es el crimen de la sociedad misma, la cual es mirada por ellos como la madre de todo, Iside, la divinidad una e inmanente, madrastra sin entrañas, Meter demeter. Contra ella es contra quien se excitan, y a ella es a quien hieren como a causa de todo mal, a semejanza de Jerjes, que azotaba el mar en castigo de haber acabado con sus naves.

Sus atentados parecen plausibles a los ojos de un público crédulo, que llega, en su animismo, a la locura de Jerjes, de imputar responsabilidad a un ente sin conciencia. Cuanto más exaltado viene a ser el odio del anarquista con respecto a la sociedad, más debe aparecérsele ésta como una persona, puesto que las relaciones de odio y de ataque no son posibles sino entre seres personales, o, al menos, considerados como tales. No sin razón se ha afirmado, por este motivo, que el atentado contra la sociedad, en tiempos de democracia, corresponde a lo que era el regicidio bajo la monarquía.

El anarquismo ataca, en la sociedad, a la gran reina prostituta, que, según él, estruja a los hombres entre sus prepotentes muslos de acero.

Pero todo esto no es más que una capa engañosa para encubrir la incertidumbre y la ignorancia. Podría hablarse, en todo caso, de ataques al Estado, o sea, al orden jurídico y político instituído, pero nunca de ataques a la sociedad, que ni es afectada por ellos ni ha cometido delito alguno como tal sociedad. A propósito de lo cual no debo omitir que es de todo punto imposible destruir, no ya el Estado, pero ni las miserias sociales que explican y que justifican su existencia.

Como Bernaldo de Quirós nota, con verdad,:

La ley y la autoridad no acabarán jamás su misión de imponer el deber en las conciencias, ni aun cuando se verificase la asimilación interior, que las haría inútiles. ¿Por qué? Sin duda porque el refinamiento de las conciencias traeria nuevas exigencias inagotables. Si la sensibilidad ética aumentase, las cosas que hoy son simplemente antipáticas, serían odiosas en lo por venir.

Lo mismo aunque en otros términos, viene a expresar Durkheim, en su tratado De la division du travail social:

Imaginaos una sociedad de santos, un claustro ejemplar y perfecto. Los crímenes acaso serán desconocidos, pero las faltas que al mundo parecen veniales, levantarán allí el mismo escándalo que un delito ordinario en la conciencia general de una sociedad corriente ... ¿No es por esto quizá por lo que los justos y los que a la santidad se dedican tiénense a sí mismos, con toda sinceridad, y no hipócritamente, por grandes y desgraciados pecadores?

Y, pues viene al caso, no dejaré de señalar las relaciones del anarquismo con la moral. La moral comprende todas las relaciones, reglas, actos, tendencias y doctrinas, que tienen por objeto la felicidad del individuo y de la especie. El deber mismo, ese círculo de hierro que se nos presenta contrariando casi todas nuestras expansiones e imponiendo límites a todo el mundo, no es, en puridad, más que el signo representativo o la unidad social, que sirve para justificar y para apoyar los sentimientos verdaderamente humanos de desinterés y de altruísmo, en que se funda la concepción del soberano bien.

Desde muy antiguo, los filósofos han tratado de conciliar esta concepción con los bajos y verdaderamente animales instintos, que no podemos negar a nuestra antinómica naturaleza. Conforme a la observación de Kant, los griegos comprendieron que el soberano bien debe encerrar a la vez la virtud y la dicha, y establecieron entre estos dos términos la relación inmediata del principió a la consecuencia, y hasta una relación de identidad. Según los estoicos, teniendo la virtud se tiene inmediatamente, y por el mero hecho de tenerla, la felicidad, que forma parte integrante de ella.

Según los epicúreos, si se tiene la felicidad se tiene inmediatamente, y por esto mismo, la virtud.

El anarquismo es epicúreo, porque no cree que un hombre, sin sentirse feliz, pueda ser virtuoso (1).

Y es claro que con su concepción de la felicidad, estrecha y errónea, por fundada en necesidades puramente físicas y en placeres meramente sensibles, olvida la verdad más triste, pero más cierta también, de la historia humana: la eternidad del dolor y su necesidad para el progreso y para la mejora de nuestra especie.

El dolor, en efecto, no sólo es un sentimiento individual, sino que asimismo una institución social. Parecerá osada la palabra, mas no la retiro. Todo lo grande, todo lo sublime, todo lo santo, que la humanidad ha venerado en el templo y cantado en el arte y propuesto por modelo a la posteridad, es la primera y la más solemne aplicación de esta doctrina. Los intereses de todas las generaciones se han humanizado como dolor, como sacrificio, como muerte.

La exposición que hace la ilustre escritora Concepción Arenal de la importancia social del dolor acaba de ilustrar lo que digo.

El dolor no es para las sociedades ni para los individuos un estado transitorio o una condición pasajera de circunstancias especiales o de deplorables errores, sino una necesidad de nuestra naturaleza y un elemento indispensable de nuestra perfección moral. Por eso, no debemos mirarle como un enemigo, sino como un amigo triste, que ha de acompañarnos en el camino de la vida. Imaginemos, si es posible, una sociedad sin dolores, y, creyendo encontrar una mansión de delicias, hallaremos un pueblo de monstruos repugnantes. El que no recibe más que impresiones gratas se degrada física y moralmente y se envilece sin remedio. Sin lucha, sin contrariedad, sin abnegación, sin dolor, en fin, no es posible moralidad y virtud.

¿Quién cambia los groseros instintos én elevados afectos? El dolor, única higiene de la vida moral; la amistad, que no existe sin los amargos días de prueba; el amor, que se purifica orando junto a un lecho de muerte o sobre una tumba querida; el afecto maternal, tan sublime en sus temores y en sus penas; el heroísmo, que, bajo cualquier forma que se le considere, se riega con lágrimas o con sangre; el arrepentimiento, que no existe sin la amargura de la falta; el perdón, que ha saboreado el desconsuelo de la injusticia; todo cuanto hay en el hombre de grande, de puro, de santo, ¿dónde tiene su origen? En el dolor.

Examinemos bien todo lo que nos interesa, nos conmueve, nos admira, nos entusiasma, y hallaremos en el fondo algún gran dolor como raíz necesaria.

El que obra, debe sufrir, sentenciaron hace siglos los griegos. El que sufre y trabaja, tiene derecho a poseer, y acaso es el sufrimiento lo único que tal derecho le da. El anarquista, que habla de expropiación y de comunidad, es como el conquistador que tiene el saqueo por un modo legítimo de adquisición y por un medio lícito de enriquecerse, y que se figura ganar en riqueza arrasando el territorio extranjero. Pero siempre, en toda expropiación y en toda apropiación, encontrará que aquella devastación de los vencidos, que le parecía tan enriquecedora, empobrece, en realidad, a los vencedores, pues corta de raíz la producdón y suprime las ocasiones de cambio, primero por la guerra y después por la esterilidad territorial, que forzosamente reobra.

Resumiendo: el anarquismo, mirado con criterio eudemónico (la palabra eudemonia es griega, y significa felicidad), es una protesta horrorosa contra el optimismo de nuestros socialistas, una prueba de la miseria de cuantas teorías prohiben al trabajador poseer nada, y un testimonio de la seriedad de la concepción cristiana de la vida, siquiera con sus máximas no pueda el anarquista dar consuelo ni auxilio a los desgraciados (2). Tolstoi (3) lo ha dicho, del modo, por cierto, sumamente grosero y rústico que suele:

El socialismo es una hipótesis tan poco verosímil como la presentada por los teólogos, de un paraíso, en que los obreros serían indemnizados, después de su muerte, y con toda especie de goces, de la penosa existencia que arrastran en este mundo. Sin embargo, los hombres inteligentes e instruídos de nuestros días creen en las promesas de la superstición socialista, como los de otras épocas creían en el cielo del teólogo.

Al desaliento difundido por esta secta, más lírica que práctica, hay que referir el parecer de los que glorifican la emancipación para recordar con Tolstoi que toda la sociedad es una servidumbre de intereses. Dice Nietzsche (4) en el mismo sentido:

El cristiano y el anarquista son dos decadentes. Como el cristiano condena, difama y calumnia al mundo, el anarquista condena, difama y calumnia a la sociedad. El juicio final queda como un dulce consuelo de la venganza; y ésta es la revolución, tal como la aguarda el obrero socialista, pero concebida en tiempos bastante apartados ... En la otra parte, lo mismo. ¿De qué servirá eso allí, si lo otro no ha de salir de aquí, de la tierra?

Y, después de confesar esto, como Nietzsche tan brillantemente lo confiesa, ¿quién no da la razón a los que sólo ven en el anarquismo una palabra mágica, que, como el paraíso de las antiguas edades, sintetiza nuestros ensueños y nuestras esperanzas?

Me interesa hacer constar que lo que contribuye mucho a los progresos del anarquismo es que invade poco a poco dos capas de jóvenes valientes y los círculos de literatos y de estudiantes. El anarquismo promete la felicidad, y la felicidad, fantasma femenino para el hombre eterno, sólo seduce a los que empiezan a recorrer el camino de la vida.

Con razón se ha dicho que en tanto que la vejez pide con timidez que se le economice el intolerable dolor, la juventud, cogiendo al paso la fortuna, reclama la dicha como un derecho.

Quizá hago mal, por atención a los sentimientos de algunas personas, y a los míos propios, en desconfiar de esa aspiración general y de esa tendencia generosa que sólo parece poder asustar a los tímidos, a los egoístas y a los ignorantes. ¡Ah, es que en ella no encuentro el raciocinio tranquilo con sus esperanzas seguras, sino el anhelo animal, pobre ciego, privado, por añadidura, del oído, y rigiéndose únicamente por presentimientos, por adivinaciones, por sacudidas nerviosas de enfermo!

Fourier anunció que a cada uno según sus obras, o, en otros términos, que cada individuo merece la remuneración a que es acreedor por su trabajo.

Esta frase se traduce así entre los anarquistas:

A cada uno, según sus necesidades (5).

Pero, en el fondo, la teoría es la misma. Se entiende por felicidad las pasiones estilizadas, ennoblecidas y convertidas en energías necesarias y creadoras, y se cree que las atracciones que, merced a ellas, experimenta el hombre, son proporcionadas a los destinos.

Y, sin embargo, la experiencia demuestra lo contrario, patentizándonos, como observa Emerson (6), que:

La desproporción de las facultades es la llaga de la fogosa juventud, que acusa a la Providencia de obrar con cierta parsimonia. Nos pone ésta delante el cielo y la tierra, nos colma de deseos sabrosos e infinitos, nos procura un hambre tamaña como el mundo y hace sonar en nuestros oídos un grito de angustia como el de los demonios cuando llaman a las almas. Y luego, por toda satisfacción, nos da una sola gotita de poder vital, y esto por muy poco tiempo. ¡Una copa tan grande como el espacio y una gota de vida en ella!

Se levanta el hombre de madrugada con un apetito capaz de engullirse el sistema planetario como un confite, con ansias de luchar con la gravitación y con las afinidades químicas, con un espíritu iluminado para la pasión y para la acción. Pero, al primer ensayo de sus fuerzas, todo desaparece, y, ni manos, ni pies ni sentidos le sirven para nada. Es un emperador abandonado por sus Estados, y que juega al tresillo con otros emperadores, no más dichosos, mientras canta la sirena: Las atracciones son proporcionadas a los destinos.

En el corazón de todo joven y en el alma de todo santo, existe siempre este abismo entre la promesa de imaginario poder y la mezquina experiencia.

Por eso, la felicidad, imposible para el que siente conciencia muy viva de necesidades económicas y de placeres materiales, tampoco existe siquiera en la pobreza absoluta y en el ascetismo voluntario, llevado con resignación.

Diógenes, desde su tonel, pudo llegar a decir a Alejandro que se apartase para no quitarle el sol. Pero de seguro ese mismo Diógenes se enojaba en su tonel cuando el sol no le alumbraba.

Atrevámonos a aseverarlo y a repetirlo: el odio y la envidia, que ocasionaron, según la leyenda, la caída de una jerarquía de ángeles, nunca podrán desaparecer de una sociedad de hombres, por perfecta que se la suponga. Los socialistas y los anarquistas podrán llegar a suprimir las injusticias de las instituciones humanas, pero no las pasiones del individuo, siempre en lucha con la realidad que le circunda y le rodea.

El resultado de la uniformidad a que tienden socialistas y anarquistas sería la inacción individual, muerte del progreso y de la civilización.

Un pequeño Aristófanes anarquista ha cantado hace muy poco las tristezas de esa Arcadia, que acaba por reconocer de realización imposible.

A mí me quitaréis el hambre, me quitaréis el salvajismo, me habréis educado, me habréis hecho todo lo humanamente bueno y transigente, conseguiréis que a nadie mande ni nadie mande en mí, pero ¿me arrancaréis por completo sangre que hierva, músculos que impulsen, nervios, rebeldes nervios, corazón, rebelde corazón, que, a pesar de cuanto yo les refrene, me lleven y me traigan, conforme ellos quieran, en la vida?

La anarquía pudiera definirse cínicamente como la guerra de los que no tienen un maravedí, ni una idea ni una virtud contra cualquiera que tenga algo de eso.

La inmoralidad práctica y los instintos criminales de los anarquistas de acción son de ello una prueba clara. Y hasta dentro del anarquismo teórico, las terribles consecuencias de ese principio o manía, común a todos los sectarios de la grey anárquica, de ver en todo sufrimiento la maldad de alguno, que no es el mismo individuo que sufre, llevan a la negación más absoluta de todas las leyes éticas.

He aquí cómo terminan su justificación, por boca del agitador Randou:

Frente a frente de la moral pura, no son inocentes más que los seres y las cosas cuya existencia no daña al desenvolvimiento armónico de una raza o de una especie.

Y, con todo esto, el anarquista, idiota moral, que se estima omnisuficiente para regenerarse y regenerar a los otros, se opone, en el terreno de los hechos, a los bienhechores de la humanidad, como el idiota intelectual se opone a los grandes genios.

No quisiera, sin embargo, que se infiriese de las últimas palabras que, personalmente hablando, todo el anarquismo es perverso, porque sus secuaces de la plebe no son, en general, perversos, son ignorantes, y están, además, dominados por el ambiente de la ruda necesidad y de la negra miseria en que viven.

Aun tratándose de centros más elevados, seguramente que los anarquistas cultos valen más que el anarquismo, como personas y como seres morales.

Y, en todo caso, los primeros son hasta cierto punto disculpables, pues, mediante una paz pedida con el puñal y con la dinamita, se figuran hacer una obra buena y una obra justa, creyendo vengar a los suyos, a los menesterosos, a los desheredados.

La moral del anarquismo intelectual, tal como la ha desenvuelto y como la ha perfeccionado Nietzsche, constituye un problema para la crítica, porque son grandes sus méritos y grandes sus defectos.

Según Nietzsche, la moral antinatural, es decir, toda la moral que hasta el período presente ha sido enseñada, predicada y venerada, redúcese a una idiosincrasia de degenerados. ¿Por qué? Porque desconoce el valor de los instintos vitales escondidos en la organización humana, instintos dominadores y guerreros, no sujetos ni a la protección ni a la benevolencia. Teniendo en cuenta esta última indicación, compréndese fácilmente que Nietzsche mire a la compasión como un sentimiento inferior y como una debilidad indigna de los fuertes.

No se crea que es mi intento oponerme en absoluto a la idea que implica esta nueva concepción de la moralidad. En la boca de Nietzsche tiene, por desgracia, un resabio negativista, que no me permite aplaudirla sin mezcla de sentimiento. Pero harto se me alcanza que la moral, para merecer este nombre, ha de ser activa y no ceñida, pura y simplemente, a la práctica de las virtudes necesarias.

Hemos crecido demasiado para profesar una moralidad instintiva, y para ostentar una conciencia benigna, compuesta a la vez de ignorancia y de hábito. Somos libres, y no queremos una probidad infantil, cándida, molesta, sin poesía. Somos mayores de edad, y no tenemos ya necesidad de deberes impuestos. Hemos dejado de ser víctimas del rigorismo y del temor a sanciones problemáticas. La moral de la pura bondad o de la pura resignación es una moral buena para esclavos, para niños, para seminaristas, para mujerzuelas.

Voltaire dijo hace tiempo que es desgracia de los buenos ser cobardes. ¡Mentirosa fórmula que ningún bueno se aplicará a sí mismo! No hay error más peligroso que la confusión de la bondad con la cobardía. Yo le llamo la perversión de la moral, y no creo que se apoye en el Evangelio, como falsamente propalan Nietzsche y sus secuaces.

El reino de los cielos padece violencia, y los valientes lo arrebatan, leemos en San Mateo (XI, 12). Violenti rapiunt illud. La moral es fruto, no del acatamiento, sino de la acción; su base es la voluntad, y no el sentimiento; existe cuando se lucha, y deja de existir cuando se deja de luchar por ella; y jamás las leyes y las religiones hubiesen podido afianzarla, sin el papel que han desempeñado, representando al derecho o a Dios en el rudo batallar de la vida del hombre.

Papini, en Il crepuscolo dei filosofi, se atreve a sostener que las críticas de Nietzsche contra el cristianismo, que considera, harto erróneamente, como la doctrina de los enfermos y de los ineptos, obedecían a un motivo semejante el que él atribuía el cristianismo: al miedo, a un miedo entreverado de rivalidad, y, a fin de evitar que pudieran sorprenderse, en ciertos pensamientos suyos, pensamientos evangélicos, como el del superhombre, que corresponde al ideal del Cristo. Nietzsche llegó a escribir que quería emplear su dinero de espíritu libre en fundar institutos de energía sobrehumana sobre el tipo de los conventos, y apreciaba tanto los antiguos valores morales del Evangelio (verdad, amor, etc.), que aspiraba a que perteneciesen solamente a una aristocracia privilegiada.

Si Nietzsche hubiera reflexionado aígo más, no hubiese calumniado tan obstinadamente al cristianismo, y no le habría acusado tan ligeramente de haber destruído la civilización y de haber convertido a los hombres en bestias enfermas. O el cristianismo no ha sido comprendido, ni seguido, como Nietzsche reconoce algunas veces (in grunde gab es nur Einer Christen, in der starb auz Kreuz), en cuyo caso es estúpido acusarle de efectos que no ha podido producir, o el cristianismo fue una de las fuerzas eficaces del mundo, y entonces Nitzsche debió explicar cómo se originó aquella nueva aristocracia del clero, frecuentemente guerrera y agresiva (obispos feudales, monjes soldados, templarios, caballeros de Malta, etc.), y cómo conservó tan alta vitalidad en los pueblos cristianos. O miente la historia, o miente Nietzsche. No cabe conciliación posible.

Ahora, si queremos examinar qué puntos de semejanza tenga el anarquismo eudemónico hasta aquí fustigado con el de los comunalistas, inventado por Kropotkin, bastará poner a la vista la índole de entrambos, para notar la afinidad. Kropotkin enseña que el hombre no podrá ser feliz más que en una forma de sociedad sin Gobierno, sin Estado, sin poder político, sin autoridad constituída. Pero como ninguna civilización ha podido prescindir jamás de este elemento, síguese que el anarquismo lleva consigo la repulsa de toda civilización, el rompimiento radical con la historia, y, por consiguiente, la vuelta a la naturaleza, conforme al ideal de Rousseau.

Por el mismo camino se llega a la negación de la familia y de la propiedad, negación que entraña lógicamente la de la ley y la de la religión, que protegen a ambas instituciones, y que las sancionan y las santifican.

La conclusión más clara que se deriva de ello es la libertad absoluta del hombre y del ciudadano, sin otro principio de unión entre los individuos que la mutualidad y el convenio.

La organización de las fuerzas económicas debe basarse exclusivamente en el contrato libre. Nada, pues, de organizaciones simplistas y autoritarias, que conviertan al mundo en un cuartel o en un convento. Según Kropotkin, la producción no podrá ser común sino repartiéndose entre una multitud de grupos espontáneos, en que la independencia del individuo quede totalmente garantizada y en que todas las vocaciones y todas las iniciativas se respeten. Pero ¿cómo comprender esta desaforada libertad de obrar en ideólogos que propugnan en teoría el determinismo absoluto de las acciones humanas? (7)

Los anarquistas que aniquilan, en sus psicologías monstruosas, la grandeza de la libertad humana, no se dan por vencidos a la fuerza de semejante argumento, en sus sociologías delirantes. Mas ello no pasa de ser una inconsecuencia notoria, y lo mismo ocurre con otro principio muy discutido: el de si constituye o no la anarquía un efecto de la libertad de pensar.

Si por libertad de pensar se entiende la libertad de negarlo todo a capricho, no hay duda que la anarquía es un efecto de ello. Ya confiesa Comte que las facultades creatrices están poco desarrolladas en los anarquistas.

Examinar siempre, sin decidirse nunca, sería considerado casi como una locura en la copducta privada. ¿Cómo la consagración dogmática de tal disposición en todos los individuos habría de constituir la perfección social?

Aquello que se ha convenido en llamar anarquismo, resulta de un sistema de concepciones que se refieren a un orden cuádruple:
1) la vuelta a la naturaraleza, con la correspondiente destrucción de la sociedad regida por leyes positivas o artificiales de carácter coactivo;
2) La protesta contra una civilización que fundamenta la sociedad en las instituciones llamadas familia, propiedad y Estado;
3) la eliminación de todo poder político central y autoritario en las relaciones de los hombres constituídos en sociedad, y su substitución por un comunalismo económico, que abarque por igual la producción y el consumo;
4) la reducción de la sociedad a un contrato, conforme al cual quedan suprimidos todos los ingresos obtenidos por el capital a costa del trabajo y establecida la reciprocidad de los servicios, a una que el cambio igual de las cosas elaboradas por todos y el crédito gratuito mutuo.

Kropotkin, mutualista acérrimo, sabía muy bien que este principio económico y social pertenecía al ideario de Proudhon, pero se equivocó al no remontar a otra fuente su origen.

En enero de 1883, hallándose procesado en Lyon, Kropotkin dijo, en su defensa ante el Tribunal:

Se me ha reprochado ser el padre del anarquismo, con lo cual se me hace demasiado honor. El padre del anarquismo es el inmortal Proudhon, quien expuso por primera vez esta teoría en 1848.

Nada más falso, empero. El padre del anarquismo es Rousseau, el primero en proclamar la vuelta a la naturaleza, en declamar contra la civilización, en resumir su doctrina sobre la propiedad en la fórmula de todo de todos y nada de nadie, y en buscar con ansia mal escondida en el contrato el centro en torno al cual actuase la nueva cristalización de las formas sociales.

Proudhon (8) decía que la idea de contrato excluye la de Gobierno. Rousseau había sostenido que vuelto el hombre a la naturaleza, eterna madre de su existencia y de toda su felicidad, desaparecerán las legislaciones, y el contrato únicamente regulará la libertad de los individuos.

Y todo el mundo pensaba desde muchos años atrás, que el único lazo que une entre sí a los productores de mercancías, en la esfera económica, es el cambio, que desde el punto de vista jurídico, aparece como la relación entre dos voluntades, relación que halla su expresión en el contrato.

Llega Kropotkin, cambia la decoración, extiende el principio, alarga sus consecuencias, y anuncia la novedad flamante de que el contrato social de Rousseau es una convención conmutativa, que conduce al reinado de la libertad individual absoluta.

El contrato social no es más que el deber, que me impongo libremente, de rendir justicia a los derechos de los demás.

Según Kropotkin, el contrato social es incompatible con toda legislación y con toda gobernación. Lo que caracteriza al anarquismo o socialismo comunalista y le distingue del colectivismo o socialismo ordinario, es la negación de un poder central, que regule entre los miembros de la comunidad las relaciones económicas. Todo poder central encargado de regir una comunidad, estando, como no puede menos de estar, formado por elementos heterogéneos, y siendo conservador, por su esencia gubernamental, no hará otra cosa que servir de obstáculo al afianzamiento de los resultados de la revolución. Por eso, el anarquismo aspira a que la propiedad de los medios de producción se concentre en manos de los municipios o comunas, o de asociaciones obreras independientes entre sí, cuyos miembros poseerán y producirán en común, distribuyéndose luego equitativamente los productos. Así, el contrato social actúa de panacea salvadora, en su calidad de único lazo moral que pueden aceptar seres libres e iguales.

¿Se trata de la administración y de la policía? No tenemos más que ver con una administración del Estado y con una Policía del Estado que con una relición del Estado. ¿Se trata del derecho penal y de la justicia criminal? Donde no hay contrato no hay delito, y la ley punitiva es la traducción del contrato social o de la soberanía del pueblo, y no existe si no la he libremente discutido, individualmente consentido, espontáneamente votado y conscientemente firmado.

Si Proudhon era utopista, Kropotkin lo era dos veces, pues a la utopía contractual o libertaria añadía una utopía uniformadora o comunal.

Proudhon hizo, en nombre de! derecho individual, una refutación elocuente y vehemente del comunismo. Kropotkin aceptó el comunismo de lleno, y lo injertó en la acracia. Por tal concepto, se separó también de los demás anarquistas contemporáneos suyos: de Bakunin, con su libertarismo radical aliado con el igualitarismo absoluto; de Mackay, con su doctrina individualista chapada a la norteamericana; de Most, con su socialismo fundado en el odio de clases; de Reclus, con su misericordiosismo sentimental; de Etiévant, con su pietismo algo literario; de Grave, con su optimismo pueril de ingenuo.

Entre todos estos concurrentes a la reconstrucción y a la salvación de la humanidad, solamente Kropotkin tuvo tal fortuna como ideólogo y tal eficacia como agitador, que el éxito de su sistema sobrepujó a su época y a sus propias condiciones personales. He aquí por qué le he elegido para llevar la voz del anarquismo en esta antología que presento al lector. Pero antes de comenzarla quiero robustecerla con algunos datos biográficos, bibliográficos y críticos, que contribuyan a la mejor inteligencia de la exposición que me propuse hacer.



Notas

(1) Véase a Reichesberg (Sozialismus und Anarchismus, 13, 16, 27, 30, 38), Mackay (Die Anarchisten, 239, 243), Zenker (Der Anarchismus, 161, 203), Stammler (Die Theorie des Anarchismus, 2, 4, 34, 36), Shaw (The impossibilities of anarchism, 23), Rienzi (L'anarchisme, 9), Sernicoli (L'anarchia e gli anarchici, II, 116) y Merlino (L'individualismo nell' anarchismo, 18, 27).

(2) Véase a Hettinger, Apologie del Christenthum, II, 485.

(3) L'esclavage moderne, v.

(4) Die Gokenunbenddämmerung, 99. Estoy persuadido de que Nietzsche, si hubiera conocido mejor de lo que conoció el cristianismo, habría hallado, 'hablando de él, aun del limitado que describe, y que es blanco de sus importunas críticas, alguna otra expresión, para no rebajarlo tanto en su equivocado concepto. La observación que hace a propósito del pesimismo o decadentismo de los anarquistas es buena, y como tal la he citado. Pero no olvide el lector que sobre la horripilante ignorancia de Nietzsche en punto al sentido de las doctrinas cristianas, podría escribirse un grueso tomo.

(5) Kropotkin (La conquete du pain, 226. 234. 236) es el anarquista que más ha abusado de esa fórmula de mala ley. colocando por encima de las obras las necesidades, y por ende, los medios a que es oportuno recurrir para satisfacerlas. Según afirma, no es posible hacer ninguna distinción entre las obras de cada uno. Fraccionarlas según las horas de trabajo y medirlas por su resultado. nos conduce al absurdo. Esto no es ya derribar todas las nociones de la economía política clásica, sino los principios más elementales de moral y de justicia. Pero ¿qué moral ni qué justicia pueden esperarse de quienes proclaman que la norma de la secta anárquica es el egoísmo más absoluto? El ácrata norteamericano Tucker (Instead of a book, 15, 24) declara cinicamente que la divisa de que cada cual piense en sus propios asuntos, es la única ley ética de los anarquistas (mind your own business, is ist only meral law), los cuales no son solamente utilitarios, sino egoístas en el sentido más amplio y más completo de la palabra (The anarchists are not only utilitarians, but egoists in the farthest and fullest sense).

(6) Representative men, IV.

(7) Hay que advertir que Kropotkin ni siquiera es un determinista serio o un fatalista propiamente dicho, porque ni siquiera llega a alcanzar una concepción mecánica de la naturaleza y de la vida. Para él, la estabilidad de los fenómenos naturales y vitales no obedece a leyes universales e inmutables, que estén colocadas fuera o por encima de ellos. Cada fenómeno, y no una ley, gobierna al fenómeno siguiente. Lo que se ha querido llamar necesidad o armonía del universo es sencillamente obra del acaso, y lo fortuito de los encuentros o choques ha bastado para establecerla (Les temps nouveaux, II, 13). El alma del hombre tampoco es regular o constante en su existencia y en su acción, sino que resulta del juego de facultades diversas y de una suma de modificaciones ininterrumpidas. Su equilibrio psicofísico sólo es aparente, y se debe a condiciones momentáneas y efímeras de efectos acumulados (Philosophie et ideal de l'anarchie, 12, 14). ¡Desatinado discurso en quien pretendía presentar la doctrina anárquica como el resultado último de una serie de investigaciones científicas! El criterio de Kropotkin hace imposible, desde las primeras de cambio, toda investigación y toda ciencia. ¡Y son esos entendimientos incoherentes y sin norma mental alguna los que pretenden dirigir y redimir a la humanidad!

(8) Idée générale de la Révolution au XIX siecle, 124. 127.
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