Presentación de Omar CortésSEGUNDA PARTE - LA EDUCACIÓN DEL CARÁCTER - Capítulo VIII - VeracidadSEGUNDA PARTE - LA EDUCACION DEL CARÁCTER - Capítulo X - Importancia de los otros niñosBiblioteca Virtual Antorcha

Bertrand Russell

ENSAYOS SOBRE EDUCACIÓN

SEGUNDA PARTE

LA EDUCACIÓN DEL CARÁCTER

CAPÍTULO NOVENO

RÉGIMEN DE CASTIGOS





Hasta hace muy poco tiempo castigar a los niños y a las niñas era cosa corriente, y se creía indispensable en todo régimen educativo. Ya hemos visto en un capítulo anterior la opinión del doctor Arnold sobre los azotes, y su punto de vista era humanitario para su época. La idea de dejar en libertad a la naturaleza está asociada con Rousseau y, sin embargo, en su Emilio aboga en ocasiones por muy severos castigos. La opinión convencional de hace cien años está expresada en uno de los cuentos del libro Cautionary Tales, en el cual una niña alborota porque en vez del cinturón rosa que ella quería le ponen un cinturón blanco:

Papá que oyó armar tanto ruido
y alborotar en el salón,
bajó a buscar a Carolina
y la azotó sin discusión.

Cuando Mr. Fairchild encuentra a sus hijos disputando, les da de bastonazos, golpeando con el bastón al ritmo de este verso:

Dejad a los perros
ladrar y morder.

Después los lleva a ver un cadáver colgado con cadenas en la horca. El niño pequeño estaba horrorizado y pidió que lo llevaran a su casa al oír que las cadenas rechinaban con el viento. Pero míster Fairchild le obligó a quedarse un largo rato, diciéndole que aquel espectáculo demostraba lo que les ocurría a quienes guardaban odio en su corazón. El niño estaba destinado a ser cura y, probablemente, tenía que aprender a describir los terrores de los condenados con la vehemencia de quien ha podido presenciar su fin.

Hoy en día pocas personas son partidarias de estos métodos, ni siquiera en Tennessee, aunque hay mucha diferencia de opiniones en cuanto a los procedimientos substitutivos. Unos creen que todavía es conveniente una cierta dosis de castigo, mientras que otros opinan que se puede prescindir de él en absoluto. Entre estas dos opiniones encontradas hay gran diversidad de matices.

Por mi parte creo que el castigo tiene una importancia secundaria en la educación. El más severo castigo que debiera ser siempre suficiente es la expresión espontánea y natural de indignación. En las pocas ocasiones en que mi hijo se ha portado incorrectamente con su hermana menor, su madre ha expresado su disgusto con una exclamación impulsiva. El efecto era inmediato. El niño rompía en sollozos y no podía consolarse hasta que su madre le tranquilizaba. La impresión era muy profunda, como ha podido comprobarse por su conducta posterior para con su hermana. En algunas raras ocasiones, por haber insistido en pedir cosas que le habíamos negado, o por haber molestado en sus juegos a su hermana, hemos acudido a formas suaves de castigo. En tales casos, cuando los razonamientos y las exhortaciones no han producido resultado, le dejamos solo en un cuarto con la puerta abierta, y le decimos que puede volver en cuanto sea bueno. A los pocos minutos, después de llorar, vuelve y se porta invariablemente bien; comprende perfectamente que al volver se compromete a ser buen chico. Hasta ahora nunca hemos tenido que acudir a castigos más severos. Si hemos de juzgar por los libros de los disciplinantes pasados de moda, los niños educados con los antiguos métodos eran mucho peores que los de ahora. Me horroriza pensar que mi hijo estuviera tan mal educado como los niños del libro The Faizchild Family, pero pensaría que la culpa no era de él, sino de sus padres. Yo creo que padres razonables tiene hijos razonables. Los niños deben notar el cariño de sus padres; no el deber y la responsabilidad, que ningún niño agradece, sino amor profundo, que se deleita con la presencia y las gracias infantiles. Y, a menos que ello sea imposible, toda prohibición debe explicárseles cuidadosa y sinceramente. A veces es preferible que tengan pequeños accidentes, como contusiones y ligeros cortes, antes que prohibirles sus juegos irreflexivos; una pequeña experiencia de esta clase predispone a los niños a creer que la prohibición tiene sentido. Cuando se tienen presentes tales condiciones desde un principio, yo creo que los niños harán pocas veces algo que merezca un castigo serio.

Cuando un niño molesta persistentemente a otros niños o interrumpe sus recreos, el castigo natural es la expulsión. Es imprescindible tomar alguna determinación, porque no debe tolerarse que se disguste a los demás niños. Pero no conduce a nada procurar que el niño díscolo se sienta culpable; es mucho más práctico que comprenda que está perdiendo las diversiones de que los otros gozan. La señora Montessori describe sus experiencias como sigue:

En cuanto a los castigos, hemos tenido que intervenir muchas veces cuando unos niños molestaban a otros, sin tener en cuenta nuestras reconvenciones. Estos niños eran inmediatamente examinados por un médico. Cuando se trataba de un niño normal, colocábamos en un rincón de la estancia una de las mesitas y le aislábamos; lo sentábamos en una confortable silla de brazos de manera que pudiera contemplar el trabajo de sus compañeros, y le dábamos los juguetes y los juegos que eran más de su gusto. Este aislamiento producia casi siempre el efecto de calmar al niño; desde su sitio podía ver a todos sus compañeros reunidos, y la manera como ellos trabajaban era una lección objetiva mucho más eficaz que las mejores palabras del maestro. Poco a poco comenzaba a comprender las ventajas de ser uno de los que trabajaban afanosamente ante su vista, y quería hacer lo mismo que los otros. Así hemos conseguido disciplinar a todos los niños que al principio parecían rebelarse. Al niño aislado se le concedía siempre una atención especial, casi como si estuviera enfermo. Yo misma, al entrar en la habitación, me dirigía inmediatamente a él como si fuera muy pequeño. Entonces fijaba mi atención en los demás, interesándome en su trabajo y haciéndoles preguntas, como si se tratara de hombrecitos. No sé lo que ocurría en el alma de aquellos niños, cuya disciplina creemos necesaria, pero indudablemente, la conversión era siempre completa y duradera. Mostraban un gran orgullo en aprender a trabajar y a comportarse, y siempre manifestaban una gran simpatía hacia el maestro y hacia mí (El método Montessori, Heinemann, 1912. pág. 103).

El éxito de este método dependió de varios factores que no intervenían en las escuelas antiguas. El primero fue la eliminación de aquellos cuya mala conducta era debida a algún defecto fisiológico. Claro que había que tener tacto y habilidad para aplicar el método. Pero el punto importante era la conducta de la mayoría de la clase; el niño se sentía en contradicción con la opinión pública que, naturalmente, respetaba. Esta es, desde luego, una situación completamente distinta a la del maestro de escuela que tenía su clase siempre dispuesta a la revuelta. No me propongo discutir los métodos que debiéramos emplear, porque no debieran ser nunca necesarios si la educación fuera la adecuada desde los comienzos. A los niños les gusta aprender cosas, siempre que sean cosas convenientes y convenientemente enseñadas. También se cometen errores en lo que se le dice al niño a propósito de la comida y el sueño; lo que es un beneficio positivo para él, se le representa como un favor que hace a los adultos. Los niños se acostumbran a creer que la única razón para comer y para dormir es que los mayores lo desean; así acaban por sufrir de insomnio y de dispepsia (Véase doctor H. C. Cameron: The Nervous Child, capítulos IV y V). A menos que un niño esté enfermo, dejadle si no prueba la comida y se queda con hambre. Mi hijo, a quien su nodriza le forzaba a comer, estaba cada vez más difícil. Un día no quiso comer su pudding, y se lo retiramos de la mesa. Poco después pidió que se lo trajeran, pero se le contestó que ya se lo habían comido en la cocina. Se quedó desconcertado, y ya no volvió a repetir más tales escenas. El mismo método puede aplicarse exactamente a la instrucción. Los que no la quieran que no la tomen, teniendo cuidado de que se aburran entretanto. Si ellos se aburren mientras los demás aprenden, querrán también su parte en la lección y el maestro podrá aparecer haciéndole un favor, lo cual es la verdad de lo que ocurre. Yo tendría en todas las escuelas una habitación vacía adonde se enviara a los alumnos que no quieren aprender, y una vez allí, no les permitiría que volvieran a la clase en todo el día. Enviaría allí también como castigo a quienes no se portaran bien durante la clase. Parece evidente que el castigo sea de tal naturaleza que no agrade al culpable, sino que le disguste. Sin embargo, todavía es un castigo corriente en clases de literatura obligar al alumno a que copie un texto.

Los castigos suaves son de utilidad cuando se trata de ofensas leves, especialmente en cuanto a los modales. El elogio y la censura tienen importancia como castigo y recompensa para los niños, y también para muchachos y muchachas cuando es una persona de respeto quien los emplea. No me parece posible educar sin elogios y censuras, pero hay que utilizarlos siempre con una cierta precaución. En primer lugar, deben suprimirse las comparaciones. A un niño nunca debe decírsele que lo ha hecho mejor que Fulano y que Zutano, o que Mengano se porta siempre bien; lo primero produce desdén y lo segundo odio. En segundo lugar, la censura debe prodigarse mucho menos que el elogio; debiera ser un castigo definitivo empleado en casos de contumacia, y nunca debiera prolongarse después de producir su efecto. En tercer lugar, el elogio no se debiera utilizar nunca para casos corrientes. Yo lo emplearía como estímulo del valor o de la habilidad y para actos de altruismo realizados después de un esfuerzo moral. Y siempre debe elogiarse un trabajo excepcional. El elogio por haber realizado algo difícil es una de las más deliciosas experiencias juveniles, y el deseo de este placer es muy natural, aunque no debiera constituir el acicate mayor. El interés principal debiera residir siempre en la cosa en sí, cualquiera que ella sea.

Los graves defectos de carácter como la crueldad, pocas veces deben corregirse por medio de castigos. O, mejor dicho, el castigo debiera constituir una parte muy pequeña del tratamiento. La crueldad con los animales es más o menos natural en los niños, y se requiere para prevenirla una educación ad hoc. Es muy mal sistema el de esperar hasta el momento en que sorprendamos a un niño torturando a un animal para proceder entonces a torturar al niño. Lo único que se consigue con ello es que el niño se arrepienta de haber sido sorprendido. Es preciso vigilar las primeras manifestaciones de lo que más tarde suele convertirse en crueldad. Hay que enseñar al niño el respeto a la vida; no debe nunca sorprendemos matando animales, aunque sean avispas o serpientes. Si no lo hemos podido impedir, hay que explicarle claramente las razones de cada caso particular. Si hace algo molesto a algún niño menor, hay que pagarle inmediatamente en la misma moneda. Si protesta, puede contestársele que lo que no quiera para sí no lo quiera para otros. De este modo, el hecho de que los demás tienen su mismos sentimientos queda profundamente grabado en su atención.

Es evidentemente esencial para este método comenzarlo pronto y aplicarlo a las formas menores de maldad. No es posible aplicar a un niño la ley del Talión sino en las pequeñas ofensas. Y cuando se adopte este plan, el niño debe comprender que no se trata de un castigo, sino de una enseñanza: Mira, esto es lo que hiciste con tu hermanito. Y cuando el niño proteste: Bueno, si no está bien, no debes hacérselo. Tratándose de un incidente sencillo e inmediato, el niño comprende y se da cuenta de que no hay que desdeñar los sentimientos ajenos. Y en este caso, la crueldad nunca llega a desarrollarse.

Toda instrucción moral debe ser inmediata y concreta; debe proceder de una situación que ha surgido naturalmente, y no debe traspasar nunca los límites naturales de este caso particular. En otros casos semejantes, el niño aplicará la moraleja por sí mismo. Es mucho más fácil elegir un caso concreto y aplicar consideraciones análogas a casos parecidos que establecer una regla general y proceder deductivamente. No digamos de una manera general: Sé valiente, sé bueno, sino instémosle a que se porte con decisión en un momento dado, y digámosle luego: Bravo, muchacho; eres un valiente. Los mismos principios pueden aplicarse a la crueldad; vigilemos sus primeras manifestaciones e impidamos su desarrollo.

Si, a pesar de todos nuestros esfuerzos, la crueldad se desarrolla en edad más avanzada, hay que conceder al hecho toda su importancia y tratarlo como una enfermedad. Al niño debe tratársele como si le ocurriera algo desagradable, como si tuviera sarampión, y nunca de que él se crea perverso. Se le puede aislar durante algún tiempo de los niños y animales y explicarle que no le conviene reunirse con ellos, haciéndole comprender cuánto sufriría si fuera tratado cruelmente. Se le puede hacer creer que para que no le amenace el impulso de la crueldad sus mayores se esfuerzan en librarle de ella en lo futuro. Yo creo que estos métodos darían resultado siempre que no se tratara de casos patológicos.

El castigo corporal pienso que no es admisible nunca. En formas suaves no es recomendable, aunque no sea mucho el daño; en formas severas, estoy convencido de que engendra crueldad y brutalidad. Es cierto que a veces no produce resentimiento contra la persona que castiga; donde es costumbre, los niños se adaptan a ella como si formara parte de las leyes naturales. Pero les acostumbra a la idea de que puede ser natural y correcto el castigo corporal cuando se quiere mantener la autoridad, lección muy peligrosa para que la aprendan quienes han de conseguir puestos de poder. Además, destruye la relación de abierta confidencia que debiera existir entre padres e hijos como entre maestros y discípulos. Los padres modernos quieren que sus hijos estén con la misma naturalidad en su presencia que en su ausencia; quieren que se alegren cuando le ven venir; no quieren la tranquilidad ficticia del sábado mientras ellos están presentes, seguida de un bullicio de todos los diablos en cuanto vuelven las espaldas. Conseguir el cariño sincero de los hijos es una de las más grandes alegrías de la vida. Nuestros abuelos no conocieron esta alegría y, por lo tanto, no sabían lo que perdían. Enseñaron a sus hijos que era su deber amar a los padres y procedieron de manera que se hizo casi imposible el cumplimiento de tal deber. Carolina, en los versos citados al comienzo de este capítulo, no podía sentir mucha alegría al ver llegar a su padre para azotarla, sin discusión. Mientras se persistió en la idea de que el amor podía exigirse como un deber, no se hizo nada para ganarlo como una emoción sincera. A consecuencia de ello, las relaciones humanas fueron rígidas, duras y crueles. El castigo formaba una parte de esta concepción total. Es extraño que hombres a quienes nunca les hubiera pasado por la imaginación la idea de levantar la mano contra una mujer, estuvieran constantemente dispuestos a torturar físicamente a niños indefensos. Felizmente, durante los cien años últimos se ha abierto camino una concepción mejor de las relaciones entre padres e hijos, y con ella se ha transformado por completo toda la teoría de los castigos. Yo espero que las ideas cultas que han comenzado a prevalecer en la educación se extiendan gradualmente a otras relaciones humanas, porque necesitamos de ellas tanto como en nuestro trato con nuestros niños.
Presentación de Omar CortésSEGUNDA PARTE - LA EDUCACIÓN DEL CARÁCTER - Capítulo VIII - VeracidadSEGUNDA PARTE - LA EDUCACION DEL CARÁCTER - Capítulo X - Importancia de los otros niñosBiblioteca Virtual Antorcha