Índice de Vera o los nihilistas de Oscar WildeAnteriorSiguienteBiblioteca Virtual Antorcha

Acto segundo.

Escena: Cámara del Consejo en el Palacio del Emperador. Paredes recubiertas de tapices amarillos. Una mesa, con un sillón de honor reservado para el Zar; una ventana detrás, que se abre a un balcón. A medida que se desarrolla la escena va oscureciéndose la luz exterior.

Personajes: Príncipe Pablo Maraloffsky, Príncipe Petrovitch, Conde Ruvaloff, Barón Raff, Conde Petruchof.

Príncipe Petrovitch.- De modo que, finalmente, el cabeza hueca de nuestro Zarevitch ha sido perdonado y retornará aquí su asiento.

Príncipe Pablo.- Así es, a menos que lo hayan concebido como un castigo extra. Por mi parte, al menos, encuentro que estos Consejos son muy agotadores.

Príncipe Petrovitch.- Es muy natural: usted habla continuamente.

Príncipe Pablo.- No; pienso que ha de ser porque a veces tengo que escuchar.

Conde Ruvaloff.- De todos modos, cualquier cosaa es mejor que estar encerrado en una especie de prisión, como estaba él ... sin que le permitieran nunca asomarse al mundo.

Príncipe Pablo.- Mi estimado Conde, para la gente romántica, como es él, el mundo siempre parece mejor visto de lejos, y una prisión donde le dejan a uno encargarse la cena no es de ningún modo un mal lugar. (Entra el Zarevitch. Los cortesanos se levantan.) ¡Ah! ¡Buenas tardes, Príncipe. Vuestra Alteza parece un poco pálido hoy.

Zarevitch (después de una pausa).- Hoy necesito un cambio de aire.

Príncipe Pablo (sonriendo).- He ahi una aspiración altamente subversiva. Vuestro padre, el Emperador desaprobaría cualquier reforma del termómetro ruso.

Zarevitch (amargamente).- Mi padre, el Emperador, me ha tenido seis meses encerrado en este calabozo llamado palacio. Esta mañana me ha levantado bruscamente para hacerme presenciar cómo ahorcaban a unos desdichados nihilistas. La sanguinaría carnicería me: dio náuseas, aunque era un noble espectáculo ver cómo saben morir estos hombres.

Príncipe Pablo.- Cuando seáis tan viejo como yo, Principe, comprenderéis que hay pocas cosas más fáciles que vivir mal y morír bien.

Zarevitch.- ¡Morír bien! Esa lección no puede habérsela enseñado a usted la experíencia, por más que sepa cómo vivir mal.

Príncipe Pablo (encogiéndose de hombros).- ¡Experíencia! Ese es el nombre que los hombres dan a sus errores. Yo nunca cometo ninguno.

Zarevitch (amargamente).- No; los crímenes están más en su linea.

Príncipe Petrovitch (al Zarevitch).- El Emperador estaba muy preocupado por vuestra tardanza en llegar al baile anoche, Principe.

Conde Ruvaloff (riéndose).- Creo que pensó que los nihilistas habían irrumpido en el Palacio y os habian secuestrado.

Barón Raff.- Si lo hubieran hecho, os habrían privado de una danza encantadora.

Príncipe Pablo.- Y de una excelente cena. Gringoire se superó realmente a sí mismo con su ensalada. ¡Sí, puede reírse usted, Barón! Pero preparar una buena ensalada es algo mucho más difícil que guisar una cuenta. Hacer una buena ensalada es ser un diplomático brillante ... El problema es totalmente idéntlco en ambos casos: saber exactamente cuánto aceite hay que añadir al vinagre.

Barón Raff.- ¡Un cocinero y un diplomático! ¡Un excelente paralelo! SI yo tuviera un hijo tonto, lo haria ser una de las dos cosas.

Príncipe Pablo.- Veo que su padre no era de la misma opinión, Barón. Pero, créame, se equivoca al menospreciar la cocina. En cuanto a mí mismo, la única inmortalidad que deseo es la de inventar una salsa nueva. Nunca tuve tiempo suficiente para pensar en ello, pero siento que lo llevo dentro de mi. Siento que está dentro de mi.

Zarevitch.- Ciertamente, usted ha errado el oficio, Príncipe Pablo: el cordon bleu le hubiera sentado mucho mas que la Gran Cruz de Honor. Pero usted sabe que no hubiera podido conservar limpio el delantal. Lo hubiera ensuciado demasiado pronto. Tiene usted las manos demasiado sucias.

Príncipe Pablo (haciendo una reverencia).- Que voulez-vous? Yo manejo los asuntos de vuestro padre.

Zarevitch (amargamente).- ¡Usted desbarata los asuntos de mi padre, querrá decir! ¡Usted es el genio maligno de su vida! Antes que llegara usted, le quedaba todavía algo de amor. Es usted el que ha amargado su carácter, el que ha vertido en sus oídos el veneno de los consejos traidores, el que lo ha hecho odiar por todo el pueblo, el que lo ha convertido en lo que es ... ¡un tirano!

Los cortesanos se miran significativamente uno al otro.

Príncipe Pablo (con calma).- Veo que vuestra Alteza necesita efectivamente cambiar de aire. Pero yo también he sido hijo mayor. (Enciende un cigarrillo). Sé lo que sucede cuando un padre se niega a morirse para complacer a uno.

El Zarevitch se adelanta hacia el frente del escenario y se apoya en la ventana, mirando hacia afuera.

Príncipe Petrovitch (al Barón Raff).- ¡Chiquilín estúpido! Lo mandarán al exilio o a otro sitio peor si no se cuida.

Barón Raff.- ¡Qué error ser sincero!

Príncipe Petrovitch.- La única locura que usted nunca cometió, Barón.

Barón Raff.- Uno tiene solamente una cabeza, ¿sabe usted, Principe?

Príncipe Pablo.- Mi querido Barón, su cabeza es lo último que nadie quisiera quitarle. (Saca una cajita de rapé y se la ofrece al Príncipe Petrovitch).

Príncipe Petrovitch.- ¡Gracias, Principe! ¡Gracias!

Príncipe Pablo.- Muy delicado, ¿no es cierto? Lo consigo directamente de Paris. Pero todo ha degenerado allí bajo esta vulgar República. Las côtelettes à l'impériale se desvanecieron, por supuesto, con Bonaparte, y las omelettes se marcharon con los Orleans. La belle France está enteramente echada a perder, Principe, a causa de la mala moral y la mala cocina. (Entra el Marqués de Poivrand). ¡Ah, Marqués! Espero que Madame la Marquise se encuentre bien.

Marqués de Poivrand.- Usted deberia saberlo mejor que yo, Príncipe Pablo; usted la ve más que yo (juego de palabras con la expresión you see more of her, lo cual, según el énfasis que se ponga al decirlo puede significar usted la ve más que yo, o bien, usted ve más de ella que yo, dependiendo, insistimos, en el énfasis con que se diga).

Príncipe Pablo.- Quizás veo más en ella, Marqués. Su esposa es realmente una mujer encantadora, tan llena de sprit, y muy satírica; continuamente habla de usted cuando estamos juntos.

Príncipe Petrovitch (mirando al reloj).- Su Majestad está algo retrasado hoy, ¿no es cierto?

Príncipe Pablo.- ¿Qué le ha pasado, querido Petrovitch? Parece muy mohíno. ¿No se habrá peleado con su cocinero, supongo? ¡Qué tragedia para usted! Perdería todos sus amigos.

Príncipe Petrovitch.- Temo no ser tan afortunado. Usted olvida que todavía me quedaría mi bolsa. Pero, por una vez, se equivoca usted: mi cocinero y yo estamos en excelentes términos.

Príncipe Pablo.- ¿Entonces ha recibido carta de sus acreedores o de la señorita Vera Saburoff? Ambos componen más de la mitad de mi correspondencia. Pero, realmente, no necesita alarmarse. Yo encuentro las más violentas proclamaciones del Comité Ejecutivo, como le dicen, repartidas por mi casa. Nunca las leo; por regla general tienen muy mala ortografía.

Príncipe Petrovitch.- Se equivoca nuevamente, Príncipe: los nihilistas me dejan tranquilo, por una razón u otra.

Príncipe Pablo (aparte).- Es verdad. La indiferencia es la venganza que el mundo se toma de las mediocridades.

Príncipe Petrovitch.- Estoy aburrido de la vida, Principe. Desde que la temporada de ópera terminó, soy un mártir perpetuo del ennui.

Príncipe Pablo.- La maladie du siècle. Usted necesita un nuevo excitante, Principe. Veamos ... usted ha estado casado dos veces ya; supongamos que pruebe ... el enamorarse una vez.

Barón Raff.- No logro entender su modo de ser.

Príncipe Pablo (sonriendo).- Si mi modo de ser hubiera sido hecho para adecuarse a su comprensión más que a mis necesidades, temo que yo hubiera hecho una figura muy pobre en el mundo.

Conde Ruvaloff.- Parece que no hay nada en la vida que usted no tome a broma.

Príncipe Pablo.- ¡Ah, mi querido Conde! La vida es una cosa demasiado importante para hablar en serio de ella.

Zarevitch (volviendo de la ventana).- No creo que el modo de ser del Principe Pablo sea tal misterio. Seria capaz de apuñalar a su mejor amigo con el fin de escribir un epigrama en su lápida.

Príncipe Pablo.- Parbleu! Preferiria perder a mi mejor amigo antes que a mi peor enemigo. Para tener amigos, sabe usted, sólo hace falta tener buen carácter; pero cuando un hombre pierde todos sus enemigos tiene que haber en él algo despreciable.

Zarevitch (amargamente).- Si el tener enemigos es una medida de la grandeza, entonces usted debe ser de veras un coloso, Principe.

Principe Pablo.- Si, Alteza, sé que soy el hombre más odiado de Rusia, excepto vuestro padre, por supuesto. A él no parece gustarle mucho, dicho sea de paso; pero a mi, si, os lo aseguro. (Amargamente). Me encanta pasear en coche por las calles y ver cómo la canalla frunce el ceño en cada esquina. Me hace sentir que soy una potencia en Rusia: ¡un hombre contra mlllones! Además no tengo ambición de ser un héroe popular para ser coronado de laureles un dia y sepultado a pedradas al día siguiente; prefiero morir apaciblemente en mi propio lecho.

Zarevitch.- ¿Y después de muerto?

Príncipe Pablo (encogiéndose de hombros).- El cielo es un despotismo. Me sentiré allí como en mi casa.

Zarevitch.- ¿Piensa usted alguna vez en el pueblo y en sus derechos?

Príncipe Pablo.- El pueblo y sus derechos me aburren. Ambos me dan náuseas. En estos tiempos modernos, el ser vulgar, iletrado, zafio y vicioso parece darle a un hombre una maravillosa infinitud de derechos que sus honrados padres jamás soñaron. Creedme, príncipe, en una buena democracia todo hombre debería ser un aristócrata, pero la gente que en Rusia trata de echarnos a empellones no son mejores que los animales de nuestros cotos, y están hechos para disparar sobre ellos, la mayoría.

Zarevitch (excitado).- Si efectivamente son zafios, iletrados, vulgares, peores que las bestias del campo, ¿quiién los hizo así? (Entra el Ayudante de Campo).

Ayudante de Campo.- ¡Su Majestad Imperial, el Emperador! (El Príncipe Pablo mira al Zarevitch y sonríe).

Entra el Zar, rodeado de su guardia.

Zarevitch (precipitándose a recibirlo).- ¡Señor!

Zar (nervioso y atemorizado).- ¡No te acerques demasiado a mí, muchacho! ¡No te acerques demasiado, te digo! Siempre hay algo en un heredero de la corona que no es saludable para su padre. ¿Quién es ese hombre que está allí? ¿Qué está haciendo? ¿Es un conspirador? ¿Lo han registrado? Denle hasta mañana para confesar; luego, ¡ahórquenlo! ... ¡ahórquenlo!

Príncipe Pablo.- Señor, os estáis anticipando a la historia. Este es el Conde Petruchoff, vuestro nuevo embajador en Berlín. Ha venido a besaros las manos por su designación.

Zar.- ¿Besarme las manos? Eso es una conspiración. Quiere envenenarme. Bueno, que bese la mano de mi hijo; es casi lo mismo.

El Príncipe Pablo hace señas al Príncipe Petruchoff de que salga de la habitación. Salen Petruchoff y los guardias. El Zar se deja caer en su silla. Los cortesanos permanecen en silencio.

Príncipe Pablo (aproximándose).- ¡Señor! ¿Quiere vuestra Majestad ...?

Zar.- ¿Por qué me sobresalta así? No, no quiero. (Observa nerviosamente a los cortesanos). ¿Por qué entrechoca usted su espada, señor? (Al Conde Ruvaloff). ¡Quítese eso! No admito que nadie lleve espada en mi presencia (mirando al Zarevitch); menos que nadie, mi hijo. (Al Príncipe Pablo). ¿No está enojado conmigo, Principe? ¿No me abandonará, no es cierto? Digame que no me abandonará. ¿Qué desea? Puede contar con todo ... con todo.

Príncipe Pablo (haciendo una profunda reverencia).- Señor, para mi es suficiente contar con vuestra confianza. (Aparte). Temia que se fuera a vengar y me diera otra condecoración.

Zar (volviendo a su sillón).- Bien, caballeros.

Marqués de Proivand.- Señor, tengo el honor de presentaros un leal memorial de vuestros súbditos de la Provincia de Arcángel, en la que expresan su horror ante el último atentado contra la vida de vuestra Majestad.

Príncipe Pablo.- El penúltimo, debió usted decir, Marqués. ¿No ve que está fechado hace dos semanas?

Zar.- Hay buena gente en la Provincia de Arcángel ... gente honesta, leal. Me aman mucho ... gente sencilla, leal; déles un nuevo santo ... no cuesta nada. Bueno, Alexis (volviéndose al Zarevitch) ... ¿cuántos traidores ahorcaron esta mañana?

Zarevitch.- Fueron estrangulados siete hombres, Señor.

Zar.- Debieron ser tres mil. ¡Ojalá este pueblo tuviera un solo cuello, para poder estrangularlo con un solo lazo! ¿Dijeron algo? ¿A quién denunciaron? ¿Qué confesaron?

Zarevitch.- Nada, Señor.

Zar.- Entonces debieron torturarlos. ¿Por qué no los torturaron? ¿Tendré siempre que luchar a ciegas? ¿No sabré nunca de qué raíz brotan estos traidores?

Zarevitch.- ¿Qué otra raiz de descontento puede haber en el pueblo que no sea la tiranía y la injusticia de sus gobernantes?

Zar.- ¿Qué has dicho, muchacho? ¡Tiranía! ¡Tiranía! ¿Soy acaso un tirano? Yo amo al pueblo. Soy su padre. Así me llaman en cada proclama oficial. Ten cuidado, muchacho, ten cuidado. Todavía no pareces curado de la necedad de tu lengua. (Se acerca al Príncipe Pablo y le pone la mano en el hombro). Príncipe Pablo, dígame, ¿vino mucha gente esta mañana a ver ahorcar a los nihillstas?

Príncipe Pablo.- La horca, por supuesto, es ahora mucho menos novedosa en Rusia que hace tres o cuatro años, Señor; y vos sabéis cuán fácilmente la gente se cansa hasta de las mejores diversiones. Pero la plaza y las azoteas de las casas estaban realmente casi colmadas, ¿no es cierto, Príncipe. (Al Zarevitch, que no se da por aludido).

Zar.- Está bien; todos los ciudadanos leales debían haber estado allí. Les hubiera mostrado qué les espera. ¿Arrestó usted a alguien de la turba?

Príncipe Pablo.- Sí, Señor. A una mujer, por maldecir vuestro nombre. (El Zarevitch se sobresalta de ansiedad). Era la madre de dos de los criminales.

Zar (mirando al Zarevitch).- Hubiera debido bendecirme por librarla de sus hijos. Mándela a la prisión.

Zarevitch.- Las prisiones de Rusia ya están demasiado llenas, Señor. No hay lugar en ellas para ninguna nueva victima.

Zar.- Entonces es porque no mueren suficientemente rápido. Deberia poner a más de uno en cada celda. No los tiene bastante tiempo en las minas. Si lo hace, es seguro que morirán; pero usted es demasiado misericordioso. Yo soy también demasiado misericordioso. Enviela a Siberia. Es seguro que morirá en el camino. (Entra un Ayudante de Campo). ¿Qué es éso? ¿Qué es éso?

Ayudante de Campo.- Una carta para su Majestad Imperial.

Zar (al Príncipe Pablo).- No la abriré. Puede haber algo adentro.

Príncipe Pablo.- Seria una carta muy decepcionante si no lo hubiera, Señor. (Toma la carta y la lee).

Príncipe Petrovitch (al Conde Ruvloff).- Sin duda es una mala noticia. Conozco demasiado bien esa sonrisa.

Príncipe Pablo.- Es del Jefe de Policía de Arcángel, Señor. El Gobernador de la Provincia fue asesinado de un tiro esta mañana por una mujer, cuando entraba en el patio de su propia casa. La asesina ha sido apresada.

Zar.- Yo nunca confié en el pueblo de Arcángel. Es un nido de nihilistas y conspiradores. Quiteles sus santos; no los merecen.

Príncipe Pablo.- Vuestra Alteza los castigaria más severamente dándoles uno extra. ¡Tres gobernadores muertos a tiros en tres meses! (Se ríe para si mismo). Señor, permitidme recomendaros a vuestro leal súbdito, el Marqués de Poivrand, como nuevo gobernador de vuestra Provincia de Arcángel.

Marqués de Poivrand (presurosamente).- Señor, soy inadecuado para el puesto.

Príncipe Pablo.- Marqués, es usted demasiado modesto. Créame, no hay en Rusia ninguna persona a quien yo prefiriese ver de gobernador en Arcángel más que a usted. (Susurra algo al oído del Zar).

Zar.- Muy acertado, Príncipe Pablo; usted siempre está acertado. Vea que las cartas del Marqués se preparen de inmediato.

Príncipe Pablo.- Puede partir esta misma noche, Señor. Lo echaré mucho de menos, Marqués. Siempre me ha agradado extremadamente su gusto para los vinos y para las esposas.

Marqués de Poivrand (al Zar).- ¿Partir esta noche, Señor? (El Príncipe Pablo susurra algo al oído del Zar).

Zar.- SI, Marqués, esta noche. Es mejor ir en seguida.

Príncipe Pablo.- Yo me preocuparé de que Madame la Marquise no esté demasiado sola mientras usted está afuera. No necesita, pues, alarmarse por ella.

Conde Ruvaloff (al Príncipe Petrovitch).- Yo me alarmaría más por mi mismo.

Zar.- ¡El Gobernador de Arcángel muerto en su propio patio por una mujer! No estoy a salvo aqul. No estoy a salvo en ninguna parte con ese demonio de la revolución, Vera Saburoff, aquí en Moscú. Principe Pablo, ¿está todavía aqul esa mujer?

Príncipe Pablo.- Me informan que estuvo anoche en el baile del Gran Duque. Me cuesta creerlo, pero es cierto que ella se había propuesto salir para Novgorod hoy. La policia ha estado vigilando todos los trenes en su busca, pero, por una razón u otra, no viajó. Algún traidor debe haberle advertido. Pero todavía la atraparé. La caza de una mujer bonita siempre es excitante.

Zar.- Tiene que perseguirla con sabuesos, y cuando la haya atrapado, yo la descuartizaré miembro por miembro. La estiraré en el potro hasta que su blanco cuerpo pálido quede enroscado y retorcido como un papel en el fuego.

Príncipe Pablo.- ¡Oh, daremos inmediatamente otra batida en su busca, Señor! El Principe Alexis ayudará, estoy seguro.

Zarevitch.- Usted nunca necesitó ayuda para arruinar a una mujer, Príncipe Pablo.

Zar.- ¡Vera, la nihilista, en Moscú! ¡Santo Dios! ¿No sería mejor morir inmediatamente la muerte de perro que me preparan, en vez de vivir como vivo ahora? No dormir nunca, o, si lo hago. soñar sueños tan horribles que el infierno mismo sería la paz, comparado con ellos. No confiar en nadie sino en los que he comprado; no comprar a nadie que sea digno de confianza. ¡Ver un traidor en cada sonrisa, un veneno en cada plato, una daga en cada mano! ¡Yacer despierto de noche, escuchando de hora en hora el furtivo reptar del asesino para colocar la mira mortal! ¡Todos sois espías! ¡Y tú el peor de todos ... tú, mi propio hijo! ¿Quién de vosotros es el que esconde esas sangrientas proclamas debajo de mi almohada, o en la mesa donde me siento? ¿Quién de todos vosotros es el Judas que me traiciona? ¡Oh, Dios! ¡Oh, Dios! ... Pensar que hubo un tiempo, en nuestra guerra con Inglaterra, cuando nada me podía atemorizar. (Esto con más calma y emoción). Me lancé a caballo al corazón carmesí de la guerra, y recuperé un águila que esos isleños salvajes nos habían arrebatado. Los hombres decían entonces que yo era valiente. Mi padre me dio la Cruz de Hierro al Valor. ¡Oh, si pudiera verme ahora, con esta librea del cobarde siempre en mis mejillas! (Se deja caer en la silla). Nunca conocí el amor, cuando era niño. Me gobernaron con el terror; ¿de qué modo podria gobernar ahora? (Se levanta bruscamente). Pero tendré mi venganza; tendré mi venganza, Por cada hora que he yacido despierto de noche, esperando el lazo o la daga, pasarán años en Siberia, siglos en las minas. ¡Sí, tendré mi venganza!

Zarevitch.- ¡Padre, tened piedad del pueblo! Dadles lo que piden.

Príncipe Pablo.- Y comenzad, Señor, por vuestra propia cabeza: tienen una especial afición por ella.

Zar.- ¡El pueblo! ¡El pueblo! ¡Un trigre que yo he dejado en libertad para que se lance sobre mí! ... Pero lucharé con él hasta la muerte. He terminado con las medidas a medias. Aplastaré a esos nihilistas de un solo golpe. No quedará en Rusia un hombre vivo, ni tampoco una mujer. ¿De qué me sirve ser Emperador, si una mujer puede tenerme a raya? Vera Saburoff estará en mi poder, lo juro, antes que se cumpla una semana, aunque tenga que quemar toda mi ciudad para encontrarla. Será azotada con el knut, ahogada en la fortaleza, estrangulada en la plaza!

Zarevitch.- ¡Dios mío!

Zar.- Durante dos años sus manos han estado tendidas hacia mi cuello; por dos años ha transformado mi vida en un infierno, pero me vengaré. ¡Ley marcial, Príncipe! Ley marcial en todo el imperio; ésa será mi venganza. Una buena medida, Príncipe, una buena medida.

Príncipe Pablo.- Y económica, además. En seis meses elimínaré vuestra población sobrante, y os ahorrará todo gasto en tribunales de justicia; no harán falta ahora.

Zar.- Muy cierto. Hay demasiada gente en Rusia; se gasta demasiado dinero en ella; demasiados tribunales de justicia. Los cerraré.

Zarevitch.- Señor, reflexionad que ...

Zar.- ¿Cuándo puede tener lista la proclama, Príncipe Pablo?

Príncipe Pablo.- Hace seis meses que está impresa, Señor. Sabía que la necesitaríais.

Zar.- ¡Muy bien! ¡Muy bien! Comencemos inmediatamente. ¡Ah, Príncipe, si todos los reyes de Europa tuvieran un ministro como usted ...!

Zarevitch.- Habría menos reyes en Europa de los que hay.

Zar (cuchichea aterrado con el Príncipe Pablo).- ¿Qué ha querido decir? ¿Confía usted en él? Su prisión no lo ha curado todavía. ¿Tengo que desterrarlo? ¿Lo ...? (Cuchichea). El Emperador Pablo lo hizo. La Emperatriz Catalina, que está allí (señala un cuadro que está en la pared), lo hizo. ¿Por qué no yo?

Príncipe Pablo.- Majestad, no hay necesidad de alarmarse. El Príncipe es un joven muy ingenuo. Pretende estar consagrado al pueblo, y vive en el palacio; predica el socialismo, y tiene un salario que alimentaría a una provincia. Algún día descubrirá que la mejor cura para el republicanismo es la corona real, y cortará en trozos el gorro rojo de la libertad para hacer condecoraciones para su Primer Ministro.

Zar.- Tiene razón. Si realmente amara al pueblo, no sería hijo mío.

Príncipe Pablo.- Si viviera con el pueblo una semana, sus malas cenas lo curarían pronto de su democratismo. ¿Empezamos, Señor?

Zar.- Inmediatamente. Lea la proclama. Caballeros, siéntense. ¡Alexis, Alexis, ven te digo, y escucha! Será una buena práctica para ti. Algún día lo harás tu mismo.

Zarevirch.- Ya he oído demasiado. (Ocupa su asiento. El Conde Ruvaloff le susurra algo al oído).

Zar.- ¿Qué cuchichea ahí, Conde Ruvaloff?

Conde Ruvaloff.- Le estaba dando un buen consejo a Su Alteza Real, Majestad.

Príncipe Pablo.- El Conde Ruvaloff es el típico manirroto, Señor; siempre prodiga lo que más falta le hace. (Coloca unos papeles delante del Zar). Creo, Señor, que aprobaréis esto. Amor al pueblo, Padre del pueblo, Ley Marcial, y las alusiones de costumbre a la Providencia en la última línea. Todo lo que ahora hace falta es la firma de vuestra Majestad Imperial.

Zarevitch.- ¡Señor!

Príncipe Pablo (presurosamente).- Prometo a vuestra Majestad aplastar hasta el último nihilista de Rusia en seis meses si firmáis la proclama; hasta el último nihilista de Rusia.

Zar.- ¡Dígalo de nuevo! Aplastar hasta el último nihilista de Rusia; aplastar a esa mujer, su jefa, que me hace la guerra en mi propia ciudad. Príncipe Pablo Maraloffski, os nombro Mariscal de todo el Imperio ruso para ayudaros a aplicar la Ley Marcial. Déme la proclama: la firmaré inmediatamente.

Príncipe Pablo.- Aquí Señor.

Zarevitch (se levanta precipitadamente y pone sus manos sobre el papel).- ¡Deteneos! ¡Deteneos, os digo! Los sacerdotes le han quitado ya el cielo al pueblo, y vos queréis quitarle también la tierra.

Príncipe Pablo (presurosamente).- No tenemos tiempo, Príncipe, ahora. Este chico lo va a arruinar todo. La pluma, Señor.

Zarevitch.- ¿Cómo? ¿Una cosa tan pequeña estrangulará a una nación, asesinará a un reino, hundirá un imperio? ¿Quiénes somos nosotros para atrevemos a imponer este edicto de terror al pueblo? ¿Tenemos nosotros menos vicios que ellos para traerlos a juicio delante de nosotros?

Príncipe Pablo.- ¡EI Principe es un comunista! Quiere que los pecados se repartan igualitariamente, como la propiedad.

Zarevitch.- El mismo sol nos calienta, el mismo aire nos nutre; están hechos de carne y sangre iguales a las nuestras. ¿En qué son distintos de nosotros, salvo que ellos mueren de hambre mientras nosotros estamos hartos, que trabajan mientras nosotros holgazaneamos, que están enfermos mientras nosotros envenenamos, que ellos mueren mientras nosotros . ..?

Zar.- ¿Cómo te atreves ...?

Zarevitch.- Yo me atrevo a todo por el pueblo, pero vos lo despojáis de los derechos comunes de los hombres.

Zar.- El pueblo no tiene ningún derecho.

Zarevitch.- Entonces tiene grandes agravios. Padre, ellos han ganado vuestras batallas: ¡desde los bosques de pinoo del Báltico hasta las palmeras de la India han cabalgado en las poderosas alas de la victoria! Joven como soy, he visto oleada tras oleada de hombres vivientes escalar arrolladoramente las cumbres de la batalla para morir; sí, y arrebatar peligrosas conquistas a la balanza de la guerra cuando la marejada de sangre parecía romper por encima de nuestras águilas.

Zar (algo conmovido).- Esos hombres están muertos. ¿Qué tengo yo que ver con ellos?

Zarevitch.- ¡Nada! Los muertos están tranquilos; ya no podéis hacerles daño. Duermen su último y largo sueño. Algunos, en las aguas de Turquía; otros, en las cumbres, barridas por el viento, de Noruega y Dinamarca. Pero por éstos, los que están vivos, nuestros hermanos, ¿qué habéis hecho por ellos? Os pidieron pan, les disteis una piedra. Querían pan, los flagelasteis con azotes. ¡Vos mismo habéis sembrado las semillas de esta revolución! ...

Príncipe Pablo.- ¿Y no estamos ahora cortando la cosecha?

Zarevitch.- ¡Oh, hermanos míos! Mucho mejor hubiera sido que murierais en medio de los clamores de hierro de la batalla, y no que regresarais a un desatino como éste. Los animales de la selva tienen sus guaridas, y las bestias feroces tienen sus cavernas, pero el pueblo de Rusia, conquistador del mundo, no tiene dónde reclinar su cabeza.

Principe Pablo.- Tienen el tajo del verdugo.

Zarevitch.- ¡EI tajo! Si, usted ya mató las almas a su capricho; ahora querria matar sus cuerpos.

Zar.- ¡Chiquilín insolente! ¿Has olvidado quién es el Emperador de Rusia?

Zarevitch.- ¡No! El pueblo reina por la gracia de Dios. Vos deberiais ser su pastor; habéis huido como el mercenario, y habéis dejado que los lobos se lanzaran contra ellos.

Zar.- ¡Llévenselo! ¡Llévenselo! ¡Príncipe Pablo!

Zarevitch.- ¡Dios ha dado a su pueblo lengua con que hablar; vos queréis cortársela para que permanezcan mudos en la agonia y silenciosos en la tortura. Pero Él les ha dado manos para golpear con ellas, ¡y ellos golpearán! ¡Ah, sí! Del seno dolorido y atribulado de este desdichado país puede salir una revolución, como un hijo sangriento, y daros muerte.

Zar (levantándose de un salto).- ¡Demonio! ¡Asesino! ¿Por qué me desafías asi en mi propia cara?

Zarevitch.- ¡Porque soy un nihilista! (Los ministros se sobresaltan y se ponen de pie; hay un silencio de muerte durante unos minutos).

Zar.- ¡Nihilista! ¡Nihilista! Víbora que yo he alimentado, traidor que yo he acariciado, ¿éste es tu sangriento secreto? ¡Príncipe Pablo Maraloffski, Mariscal del Imperio Ruso, arrestad al Zarevitch!

Ministros.- ¡Arrestar al Zarevitch!

Zar.- ¡Un nihilista! ¡Si has sembrado con ellos, cosecharás con ellos! ¡Si has hablado con ellos, te pudrirás con ellos! ¡Si has vivido con ellos, con ellos moriras!

Príncipe Petrovitch.- ¡Morir!

Zar.- ¡Que una plaga se lleve a todos los hijos! ¡No deberia haber más matrimonios en Rusia cuando es posible criar serpientes como tú! ¡Arresten al Zarevitch, les digo!

Principe Pablo.- ¡Zarevitch! Por orden del Emperador, os ruego que me entreguéis la espada. (El Zarevitch entrega la espada,. el Príncipe Pablo la coloca sobre la mesa).

Zarevitch.- Verá usted que no tiene manchas de sangre.

Príncipe Pablo.- ¡Muchacho necio! No naciste para conspirador; no sabes guardar la lengua. Los héroes están fuera de lugar en un palacio.

Zar (se hunde en la silla con los ojos fijos en el Zarevitch).- ¡Oh, Dios! Mi propio hijo está contra mi, mi propia carne y sangre está contra mi; pero ahora me he librado de todos ellos.

Zarevitch.- La poderosa hermandad a la cual pertenezco tiene miles como yo, ¡diez mil mejores que yo! (El Zar se estremece en su asiento). La estrella de la libertad ya ha aparecido, y a lo lejos oigo la marea poderosa de la Democracia que rompe contra estas costas malditas.

Príncipe Pablo ( al Príncipe Petrovitch).- En ese caso, usted y yo tenemos que aprender a nadar.

Zarevitch.- Padre, Emperador, Majestad Imperial, no abogo por mi propia vida, sino por las vidas de mis hermanos, el pueblo.

Príncipe Pablo (amargamente).- Vuestros hermanos, el pueblo, Principe, no están satisfechos con sus vidas; siempre quieren quitársela también a sus prójimos.

Zar (levantándose).- Estoy cansado de tener miedo. Ahora he terminado con el terror. Desde este dia proclamo la guerra al pueblo. Como ellos han obrado conmigo, asi obraré yo con ellos. Los torturaré hasta convertirlos en polvo, y aventaré sus particulas en el aire. Habrá un espia en cada casa, un traidor en cada corazón, un verdugo en cada aldea, un cadalso en cada plaza. La plaga, la lepra o la fiebre serán menos mortíferas que mi ira; haré de cada frontera un cementerio, de cada provincia un lazareto, y curaré a los enfermos con la espada. Tendré paz en Rusia, aunque sea la paz de los muertos. ¿Quién dijo que soy un cobarde? ¿Quién dijo que tenía miedo? ¡Mirad: así es cómo aplastaré a este pueblo bajo mis pies! (Toma la espada del Zarevitch de encima de la mesa y la pisotea.).

Zarevitch.- ¡Cuidado, padre! La espada que pisáis puede volverse contra vos y heriros. El pueblo sufre largamente, pero la venganza llega por fIn, la venganza de manos rojas y pies silenciosos.

Principe Pablo.- ¡Bah! El pueblo es mal tirador. Siempre le yerran a uno.

Zarevitch.- Hay veces en que el pueblo es el instrumento de Dios.

Zar.- ¡Sí! Y otras veces los reyes son el flagelo de Dios para el pueblo. ¡Llévenselo! ¡Llévenselo! ¡Que entren mis guardias! (Entra la Guardia Imperial. El Zar señala al Zarevitch, que está de pie, solitario, a un costado de la escena). Lo llevaremos a la prisión nosotros mismos. ¡Prísión! No confío en la prisión. Se escaparía y me mataría. Lo haré fusilar aquí, en medio del patio, por los soldados. No quiero volver a ver su cara. (Los guardias toman y se llevan al Zarevitch). ¡No, déjenlo! No confio en los guardias. ¡Son todos nihilistas! (Al Príncipe Pablo). En usted sí confío; usted no tiene pi:edad. (Abre de par en par la ventana y sale al balcón).

Zarevitch.- Si tengo que morir por el pueblo, estoy dispuesto. Un nihilista más o menos en Rusia, ¿qué importa?

Príncipe Pablo (mirando el reloj).- Esto nos echará a perder el almuerzo. ¡Qué molesta es la politIca ... y los hIjos mayores!

Una Voz (afuera, en la calle).- ¡Dios salve al pueblo! (El Zar recibe un balazo y cae tambaleando dentro de la habitación).

Zarevitch (se desprende de los guardias y se precipita hacia él).- ¡Padre!

Zar.- ¡Asesino! ¡Asesino! ¡Fuiste tú! ¡Asesino!


TELÓN

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