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CAPÍTULO V

LA MANO DEL GENERAL DÍAZ

Aquella tarde, cuando Miguel salió de la fonda, atravesando la plaza desierta para incorporarse a su campamento, llevando en el alma el recuerdo de la gentil tomochiteca, llegó encantado a la Alameda, donde se habían hecho pabellones de armas, formando un cuadro dentro del que la tropa comía y descansaba.

Sombrío paraje que, poblado con unos cuantos pinos viejos y melancólicos, surcado por hediondos caños de agua sucia, con bancas de piedra en su perímetro rectangular, estaba rodeado de algunas casuchas bajas; y su aspecto era triste y desolado, inmensamente triste como el alma de Miguel ...

Los vientos fríos de la sierra doblaban las vetustas ramas, que se lamentaban con sempiterno y monónotono quejido ...

Conocíase que sólo la llegada de las fuerzas federales había animado la desierta Alameda, y cerca de los pabellones de armas, al cuadro vivaz del campamento había afluido una multitud de vendedores de carne, pan, tortillas de harina, gordas, duraznos, manzanas y dulces, en un insólito pululamiento.

Y en la noche, cuando todos los oficiales reunidos llegaron a cenar a la fonda, tuvieron una noticia de sensación: el teniente coronel José M. Ramírez, del Undécimo Batallón, que en el combate del día dos de septiembre fue herido y hecho prisionero en Tomochic, había sido puesto en libertad, incondicionalmente, por los valientes serranos.

Aquello era estupendo, inverosímil. ¿Qué significaba esa acción en los momentos en que se les preparaba un serio ataque? ¿No podía serles él muy útil como rehén en caso de derrota?

¿Era debilidad o cobardía?

¡Eso no! pensaban cuantos conocían al valor de aquella gente indomable. ¡Eso no! ...

Las noticias que traía el mismo jefe demostraban que estaban más decididos que nunca a esperar el ataque, bien armados y aumentando su número cada día con los descontentos de los pueblos de la sierra, los perseguidos por las autoridades políticas, y aun con los bandidos que, como Pedro Chaparro, se incorporaban, con gente y dinero, a la sola perspectiva del botín.

Luego, no podía significar otra cosa su actitud que un ademán muy noble y muy digno de arrojar el guante y citar al adversario, cual fabulosos paladines antiguos.

Y los detalles del suceso se comentaban de muy diversas maneras. Quienes decían que los tomoches cedían por promesas de dinero; otros aseguraban que Ramírez había hablado a Cruz, arrodillándose ante la imagen de la Santa de Cabora, y permaneciendo en oración días enteros, había hecho creer milagro de ella su conversión, y que fue puesto en libertad para que pregonase el hecho.

La versión oficial era que, no pudiendo resistir el trato que se le daba, ni alimentarse con maíz tostado yagua, había llamado a Cruz y le había dicho que lo fusilara y no le matase así, y que Cruz, admirado, le había dado víveres y cuatro hombres armados que lo escoltaron hasta la entrada de Guerrero.

El caso era que se encontraba allí, viniendo a confirmar las noticias que corrían respecto al aumento de los sublevados, a los que hacían subir a más de trescientos; pero todos convenían en que, sin ninguna exageración, cada rebelde valía por diez.

Una ráfaga glacial pasó por aquella atmósfera ardiente de hálitos varoniles. Algunos oficiales palidecieron. La conversación decayó; pero lo que más hizo aumentar el desaliento fue que Rendón, teniente de Estado Mayor, contó que el general Márquez no tomaría el mando de la fuerza, sino que lo cedería al general Rangel, el cual sólo llevaba instrucciones vagas del primer jefe, quien permanecería en Guerrero a la expectativa, a veinte leguas de la escena de la tragedia.

- ¡De suerte que es un general en jefe honorario, un nombre decorativo en los partes de campaña y nada más! - se atrevió a decir un capitán, indignado, ante el silencio medroso de los circunstantes.

Y en verdad que era inútil la presencia de aquel jefe frente a Tomochic. El telégrafo funcionando hasta la capital de la República permitiría al mismo general Díaz ordenar desde su gabinete las operaciones de la pequeña campaña.

- Estas cosas las sabe hacer bien el mismo Presidente de la República, mientras toma su chocolate en Chapultepec -afirmó Mercado.

- ¿A qué, pues, mandar encumbrados generales al combate? -preguntó entonces Castorena.

- Claro, con eso y con el general Rangel, que ya conoce bien el terreno, basta, llevando precisas instrucciones superiores. No se necesita más, con tal de que se obedezca bien.

- Además -agregó el mayor que en la mañana razonaba-, Guerrero es el centro de una base de operaciones. En caso de una campaña formal, si se sublevasen secundando el movimiento de Tomochic, algunos otros pueblos y minerales de la sierra, la presencia aquí del general Márquez, defendiendo con la fuerza que les quede, la plaza, mientras llegan los refuerzos de Chihuahua, sería utilísima ... ¡Abandonar Guerrero sería imperdonable!

- ¡Pero qué, mi mayor! -preguntó con aire de desdén el teniente Torrea, que era un altivo mozo, leal y gallardo oficial del Noveno- ¿Qué, sería posible que llegaran a tomar Guerrero?

- Teniendo al frente una persona inteligente, y uniéndose todos esos malditos, ¿por qué no? Lo bueno es que como no tienen planes, ni instrucción, se les destroza en un momento, aunque costando muy caro, porque son valientes como todos los diablos.

Mientras Cuca, muy atareada, llevaba platos a los oficiales, que ya aseados y cepillados cenaban con más calma, la conversación seguía un curso serio y tranquilo, sostenida por los más instruidos, en tanto que los demás escuchaban.

A veces, casi de súbito, había pausas de un silencio sombrío. Pasaban, entonces, dolorosos pensamientos por las frentes de aquellos jóvenes, que no se daban cuenta del confuso drama en que eran precipitados por el destino; por el destino y por la férrea mano del general Díaz, diestra y rápida en la acción, dura y eficaz en el castigo.

Al pronunciar el nombre marcial de quien desde México hacía sentir su pensamiento y su poder, pronto a apagar toda chispa trágica, a extinguir todo indicio de crujimiento, a evaporar toda gota filtrada fuera del cauce a que él había encarrilado el antiguo torrente revolucionario, al pronunciar el nombre de Porfirio Díaz, todos los ánimos, dominados, serenábanse, resignándose a su suerte de víctimas del Deber ...

Comprendían vagamente que aquello era necesario, que aquello era fatal. Era preciso ir adonde se les mandaba, ir y morir, para que los demás, en la gran patria mexicana, viviesen tranquilos ... Era preciso sacrificarse, sin una protesta, sin un rumor hostil, prontos a dar su sangre y su alma, y la sangre y el alma de los seres queridos y ausentes en los lejanos hogares ... ¡Tristes y oscuras, ignoradas y mudas víctimas del Deber! ...

Y al pensar en estas melancolías amargas, los ojos del meditabundo subteniente se velaban de lágrimas, rebeldes lágrimas que no llegaban a brotar ni a caer, sino que se evaporaban silenciosamente, calcinando sus pupilas y su alma.

Castorena, el oficial chaparro y fornido, de rostro y pelo azafranado, siempre de buen humor, el que bebía botellas de tequila con la misma facilidad que improvisaba malas cuartetas, que le valían aplausos y copas, echó todo a la broma y prendió al fin la llamarada de un júbilo insensato. ¡Era el payaso!

Era un calavera de veinte años; de una alegría a prueba de arrestos, fatigas y hambres; bufón mordaz en las chuelas y raspas oficialescas, en cuyas chorchas y parrandas se hacía indispensable.

Bebía constantemente, aunque pocas veces se emborrachaba, porque, como él decía, tenía sesos de bronce. Cínico, desbarajustado, satírico y pendenciero, un enamorado terrible y un transnochador jovial, guitarrista famoso, cantante atroz y poetastro abominable. Hubiera sido un oficial excelente a no tener empeñado siempre el uniforme de gala, la pistola y la espada.

Y como el bufón que entra en escena a la hora en que el dolor se hace más denso y la catástrofe apunta, exclamó grotesco:

- ¡Cáiganse muertos con sus jolas! ... Ahora verán si nos damos gusto ... ¿Con cuánto se cuotiza usted, mi teniente? ¡Magnífico! ... A ver tú, Mercado ... Cuquita, ¿en cuántos nos alquila su guitarra?

Señores, el frío agarra ...
No estará el alma tranquila,
Si no bebemos tequila y tocamos la guitarra ...

Y Castorena, el oficial payaso de sesos de bronce, Castorena el bufón, se puso en pie y fue recto a descolgar la vieja guitarra de la fondera, ante la admiración y regocijo de sus compañeros, que reían a carcajada abierta.

Jefes y capitanes habían salido ya, y sólo el grupo juvenil quedó, envuelto en el humo de los cigarros. Destaparon una botella de tequila. chocaron las copas, tomaron los brindis, gimieron melancólicamente exóticos amores y tristezas románticas las cuerdas de la guitarra, y se oyó a Castorena cantar desesperadamente:

Te acuerdas, niña,
De aquella tarde ...

Y en tanto, afuera, en la desolada plazoleta, las ráfagas frías de la sierra pasaban, trayendo de lo alto de sus bosques, rumores de borrascas lejanas y presagios de próxima catástrofe ...

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