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Vicente Riva Palacio

Monja y casada, virgen y martir

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LIBRO CUARTO

Virgen y martir

Capítulo cuarto

De cómo Luisa sufrió una gran desgracia


En uno de los aposentos de la casa de Arellano se encontraban reunidos el viejo don José de Abalabide, don Pedro de Mejía y don Carlos de Arellano.

En las facciones del anciano don José podía advertirse una agitación febril. Volvía con impaciencia las hojas de un grueso libro forrado en pergamino que tenía colocado en una mesa delante de sí; a su lado a pocos pasos, en una gran retorta de cristal, colocada dentro de una vasija de agua que hervía al fuego lento de un brasero, había un líquido negro pero transparente y que daba, de cuando en cuando, herido por los rayos de luz que penetraban por una gran ventana, destellos rojos o dorados. Don Pedro y don Carlos le contemplaban casi con respeto.

— Este secreto es un tesoro —exclamó por fin el viejo—. La receta es infalible, y sólo una inspiración pudo habérmela hecho encontrar.

— De manera —dijo don Carlos— que vos la juzgáis infalible.

— Y tanto como juzgáis vos que habrá luz siempre que haya sol.

— Pues entonces —dijo don Pedro—, estando todo dispuesto ¿hay sino aplicarlo? ¿En qué nos detenemos?

— Creo que nada debe detenernos —dijo el viejo—. ¿En dónde está Luisa?

— Allá abajo —contestó don Carlos—, desde ayer en la mañana está ahí.

— ¿Duerme ya? —preguntó el viejo.

— Profundamente —contestó don Carlos—. No supo ni a dónde había entrado, ni quién la había metido allí; encerrada todo el día en un aposento oscuro, se negó tenazmente a tomar alimento, hasta que hoy en la mañana, vencida por la sed, ha bebido un vaso de agua, en el que yo había mezclado de antemano el licor que vos me habíais dado. Pocos momentos después se recostó en el suelo y se durmió profundamente.

— Muy bien —contestó Abalabide— ese sueño, según la cantidad que os dije que mezclarais en el agua, debe durar veinticuatro horas, tiempo más que suficiente para terminar nuestra operación que debe hacerse en esta misma sala. De manera que creo que debemos comenzar.

— ¿Me permitiréis que esperemos a don Alonso de Rivera, a quien he prometido que presenciaría esta ejecución? —dijo don Pedro.

— ¿Tardará mucho? —preguntó don Carlos.

— Allí está —contestó Mejía.

La puerta se abrió y don Alonso de Rivera entró al aposento.

— Ahora sí, cuando gustéis —dijo Mejía.

— Pues vamos —agregó Arellano—. Don Pedro y yo iremos a traer a Luisa. Don Alonso nos hará favor de quitar todo lo que hay sobre aquella gran mesa, para que allí se verifique la operación, y entre tanto don José preparará lo necesario.

Mejía y Arellano salieron y don Alonso comenzó a quitar de encima de una gran mesa, que estaba en la mitad del aposento, todo cuanto había en ella.

Abalabide aunque con suma dificultad se paró, sacó la retorta que contenía el líquido negro de la vasija de agua, la acercó a la mesa y trajo en seguida una gran palangana de plata y dos gruesas trochas como las que sirven a los pintores. Sacó después una gran cantidad de lienzos blancos, y los colocó también al pie de la mesa.

Don Pedro y Arellano volvieron conduciendo a Luisa, y la colocaron encima de la mesa sin que ella hubiese hecho el menor movimiento.

Luisa estaba en un estado de insensibilidad tan completo, que a no haber sido por su respiración tranquila, y por el calor y la flexibilidad de sus miembros, se hubiera creído que era un cadáver.

Los cuatro hombres rodearon la mesa.

— Es preciso desnudarla —dijo don José.

Todos sin hablar una palabra comenzaron a desnudar a Luisa, y muy pronto quedó terminada la operación.

— Ahora —dijo don José tomando unas grandes tijeras— despeinadla.

Don Carlos de Arellano deshizo el sencillo tocado de Luisa, y los negros cabellos de ésta quedaron flotando a un lado de la mesa. Don José cortó aquella hermosa mata de pelo de un solo tijeretazo, y después siguió recortando hasta dejar aquella cabeza como la de un lego de convento.

— Ya está esto —dijo el viejo—, vamos a la otra operación. Cada uno de vosotros, don Pedro y don Carlos, tomaréis una de estas brochas que empaparéis en el líquido que voy a verter en esa palangana, y untaréis todo el cuerpo de esa mujer. Don Alonso nos hará favor de ir envolviendo con esos lienzos conforme se vaya untando el cuerpo. Cuidado, señores, con que os caiga una sola gota, porque esa mancha Dios sólo es capaz de borrarla.

Don José vertió cuidadosamente el líquido que había en la retorta, y Mejía y Arellano tomaron cada uno su brocha. Luisa seguía profundamente dormida.

— Vamos, en nombre de Dios —dijo don José.

Las dos brochas se empaparon en el líquido y comenzaron a recorrer el cuerpo de Luisa.

— Hermosa mujer —dijo don Carlos.

Don José volvió a mirarla y sus ojos parecían de fuego. Don Carlos se calló y continuó la operación.

No parecía sino que se trataba de barnizar una estatua, según el cuidado y la delicadeza con que trabajaban aquellos dos hombres.

Los torneados miembros de Luisa tomaban el color negro brillante del ébano, el líquido se secaba inmediatamente y don Alonso iba envolviendo en los lienzos, que le había dado don José, todas las partes del cuerpo.

Llegó por fin la pintura al rostro y a la cabeza, y entonces se observó que el pelo se retorcía y se encrespaba, y que la nariz se recogía un poco, dilatándose más sus poros. Don Alonso cubrió la cabeza y Mejía y Arellano dejaron las brochas.

— Os advertí —dijo Abalabide a don Pedro— que cuidarais mucho en no mancharos, y la brocha seguramente os ha salpicado porque tenéis tres lunares nuevos en la frente.

Don Pedro se acercó a un espejo y se miró en efecto tres manchas de aquella tinta encima de la ceja izquierda, sacó su pañuelo y procuró limpiarse.

— Es inútil cualquiera diligencia, vuestro cadáver llevará todavía esas tres manchas —dijo don José.

Media hora después Abalabide dijo a los demás.

— Es necesario volver a vestir a esa mujer.

Se acercaron a la mesa, y separando los lienzos volvieron a ver a Luisa. Era imposible figurarse un cambio más completo. No sólo su color había variado, sino que tenía todo el aspecto de una negra: su pelo pequeño, crespo y duro, sus labios hinchados y salientes, su nariz gruesa y achatada, todo le daba un aspecto extraño.

— ¡Negra! —dijo Arellano.

— Para siempre —contestó Abalabide—. Vestidla.

Sin replicar volvieron todos a vestir a Luisa.

— ¡Horrible castigo! —exclamó don Alonso.

— Y que nunca sabrá ella de dónde le ha venido —contestó don Pedro.

Luisa estaba completamente vestida.

— Llevadla —dijo don José— y cuidad, don Carlos, de ponerla en la calle tan pronto como sea de noche, procurando conducirla lo más lejos que sea posible.

— Me parece bien —contestó don Carlos—, ahora que vaya a acabar de dormir por allá abajo.

A la mañana siguiente una ronda que venía ya de retirada percibió con la escasa claridad de la aurora a un hombre acostado en una de las aceras de Palacio.

— ¿A ver quién es ése? —dijo el alcalde.

Uno de los alguaciles se bajó a examinarle.

— Es un negrito que duerme —contestó.

— Pues muévelo —dijo el alcalde— no vaya a ser que esté muerto.

El alguacil movió a aquel hombre que volvió en sí, como atarantado de un sueño penoso y largo.

— ¿Qué sucede? —le dijo el alcalde—. ¿Qué haces aquí?

— Pues no sé —contestó levantándose.

— ¿Cómo te llamas?

— Luisa —contestó instintivamente— soy la mujer del corregidor don Melchor Pérez de Varáis.

Una alegre carcajada del alcalde y de los alguaciles fue la única respuesta.

— Vamos —dijo el alcalde— o este negro está loco, o quiere burlarse de nosotros. Lo llevaremos a que vuelva en sí a la cárcel, no vayan a decir que no hemos hecho nada en toda la noche.

Luisa creía volverse loca al mirarse tratada así. De repente miró sus manos y lanzó un grito de espanto. Estaba negra, completamente negra, se descubrió un brazo, se tentó la cabeza, y no había duda, alguna cosa horrible le había pasado. O estaba soñando o se había vuelto loca.

El alcalde, que nada comprendía, se volvió a los alguaciles y les dijo:

—Lo dicho, este negrillo está loco y furioso a lo que parece. Aseguradle antes de que vaya a correr.

El alcalde no hablaba con sordos, ni los alguaciles habían echado en olvido su oficio y antes de que Luisa comprendiera lo que iba a pasar, ya tenía los brazos fuertemente atados por detrás o, como se decía en el lenguaje de los corchetes, codo con codo y caminaba a empujones para la cárcel de la ciudad.
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