Indice de Memorias de un socialista revolucionario ruso de Boris SavinkovLIBRO PRIMERO - capítulo quintoLIBRO PRIMERO - Capítulo séptimoBiblioteca Virtual Antorcha

Memorias de un socialista revolucionario ruso

Boris Savinkov

LIBRO PRIMERO
LA EJECUCIÓN DE PLEHVE
CAPÍTULO SEXTO


De la muerte de Pokotílov nos enteramos en Kiev por los periódicos. Para nosotros, esa muerte fue una desventura todavía más dolorosa e inesperada que el fracaso del 18 de marzo.

De nuestra reserva de dinamita nos quedó, después de la muerte de Pokotílov, apenas la cuarta parte. La guardaba Schvéizer, y con ella no se podía cargar más que una bomba. A nuestro juicio, una bomba era suficiente para matar a Kleigels; pero nos parecía imposible realizar el atentado contra Plehve contando con un solo bombista. Cambié impresiones con Schvéizer y Kaliáev, y decidimos liquidar el asunto Plehve y proponer a Matseievski, Borichanski y Sazónov que se marcharan al extranjero. Nosotros tres nos quedaríamos en Kiev para realizar el atentado contra Kieigels.

Schvéizer entregó la dinamita restante a Kaliáev y se marchó a Petersburgo para comunicar nuestra resolución a Matseievski y Sazónov; Borichanski, después del 31 de marzo, por iniciativa propia, vino a Kiev. Casi al mismo tiempo llegó inopinadamente Azev. Al encontrarme con él en el domicilio de *** me dijo:

- ¿Qué estáis haciendo? ¿Qué sentido tiene este atentado contra Kleigels? ¿Por qué no está usted en Petersburgo? ¿Qué derecho tiene usted a modificar, por iniciativa propia, las resoluciones del Comité Central?

Contesté a Azev que estábamos persuadidos de que había sido detenido, pues sólo esta circunstancia podía explicar su incomparecencia en Dvinsk después del fracaso del 18 de marzo; que, sin su dirección, me parecía imposible matar a Plehve; que yo me opondría al viaje de Pokotilov a Petersburgo considerando su plan de atentado contra Plehve inconsistente, y, por fin, y esto era lo principal, que no nos había quedado dinamita más que para una bomba. Quería añadir también que el fracaso del 18 de marzo y la muerte de Pokotílov nos había hecho dudar de nuestras fuerzas y que, con tal desconfianza, era poco posible llevar a término un asunto de tanta importancia. Pero, al mirarme Azev, desistí de seguir hablando.

Azev me escuchó silenciosamente como de costumbre. Por la expresión de su rostro, vi que estaba muy descontento de nuestras decisiones y de mis explicaciones. Finalmente, dijo:

- Me seguían la pista. Tuve que desaparecer de la vista de los espías. Ustedes podían darse cuenta de esto y no precipitarse en suposiciones relativas a mi detención. Además, aun en el caso de que hubiera sido detenido, no tenían el derecho de liquidar el atentado contra Plehve.

Le contesté que ninguno de nosotros tenia experiencia terrorista, que en lo sucesivo seguramente tendríamos más sangre fría y no concederíamos una importancia decisiva a los fracasos; pero que no tenía nada de sorprendente que el fracaso del 18 de marzo, su supuesta detención y la muerte de Pokotílov nos hubiera incitado a modificar el plan primitivo.

Azev frunció todavía más el ceño, y dijo:

- Los hombres aprenden en la práctica. No hay nadie que, de golpe y porrazo, tenga ya experiencia. De esto no se deduce, sin embargo, que hay que hacer unicamente lo más fácil. ¿Qué sentido tiene el atentado contra Kleigels?

Dije que la Organización de Combate guardaba silencio después del asunto de Ufa, hacía cerca de un año; que, con la detención de Guerchunin, el Gobierno consideraba a dicha organización como liquidada, y que, si en el partido no había fuerzas para el terror central, era necesario, por lo menos, dedicarse al terror local, como lo hacía Guerchunin en Járkov y Ufa.

- ¿Qué dice usted? ¿Que no hay fuerzas para el atentado contra Plehve? ¿La muerte de Pokotílov? Pero, ¿es que no hay que estar preparado para cualquier desgracia? Debéis estar preparados para la pérdida de toda la organización, hasta el último hombre. ¿Qué es lo que le hace vacilar a usted? Si no hay gente hay que encontrarla. Si no hay dinamita es necesario hacerla. Pero no se puede abandonar nunca la empresa iniciada. Sea como sea, Plehve será muerto. Si no lo matamos nosotros, no lo matará nadie. Que El Poeta (Kaliáev) se marche a Petersburgo y dé la orden a Matseievski y a Abel (Sazónov) de permanecer en sus puestos anteriores. Pavel (Schvéizer), preparará dinamita, y usted y Borichanski irán a Petersburgo para continuar el trabajo. Además, encontraremos más gente.

Aquel mismo día regresó Schvéizer de Petersburgo. Comunicó que Matseievski y Sazónov habian vendido ya los caballos y los coches; que el primero se fue a su pueblo y el segundo se dirigía al extranjero a través de Suvalki. Kaliáev salió inmediatamente hacia este punto, con objeto de evitar que Sazónov continuara el viaje. y a Járkov, donde debían reunirse casi todos los miembros de la organización. Schvéizer recibió de Azev la dirección de un ingeniero del partido, Con ayuda de dicho ingeniero, debía preparar un pud (1) de dinamita en el laboratorio de la administración provincial. La tarea que se le confiaba era difícil. Tenía que procurarse los materiales necesarios sin llamar la atención, y conformarse con los defectos inherentes a un laboratorio que no era apropiado para la fabricación de dinamita. Schvéizer venció todas las dificultades. Con un documento falso extendido a nombre de un apoderado de la administración provincial, compró los materiales, y sólo, más bien con la autorización que con el auxilio del ingeniero, preparó la cantidad de dinamita necesaria. Poco faltó para que en ese trabajo no perdiera la vida; pero le salvó su sangre fría. Al remover la gelatina, preparada con malos materiales químicos rusos, observó signos de descomposición en la misma, indicio claro de explosión momentánea e inevitable, Cogió rápidamente un jarro de agua que tenía cerca y lo fue vertiendo sobre la gelatina desde una altura de unos cuantos verchok (2). El chorro de agua diseminó la masa explosiva, las salpicaduras de gelatina le cayeron sobre la parte derecha del cuerpo e hicieron explosión allí. Schvéizer recibió algunas quemaduras graves; 'pero no abandonó su trabajo, y sólo después de haber preparado la cantidad de dinamita necesaria se fue a Moscú, donde estuvo durante unos días en una clínica. La dinamita la trujo a Petersburgo en junio.

Fue entonces, en Kiev, cuando trabé conocimiento con Dora Briliant. Dora Vladimirovna Briliant había sido recomendada para el trabajo de combate por Pokotílov, quien la conocía bien de Poltava.

A Dora Briliant fuí a buscarla en la Gilianskaya, en una habitación de estudiante. Se había entregado en cuerpo y alma a la labor del Comité local, y su habitación estaba constantemente llena de compañeros que iban y venían para tratar de asuntos conspirativos. De pequeña estatura, pelo negro y ojos grandes, también negros, Dora Briliant, ya desde la primera entrevista, me produjo la impresión de una persona fanáticamente devota de la revolución. Hacía ya tiempo que soñaba en cambiar de actividad y pasar de la labor del Comité a la actuación de combate. Toda su conducta, el deseo de trabajar en el terror que traslucía en cada una de sus palabras, me convenció de que en su persona la organización adquiriría un militante valioso y abnegado.

Después de haber hablado con Briliant me fuí a Járkov. Llegaron asimismo Azev, Sazónov y Kaliáev. Allí fue donde vi por primera vez a Sazónov fuera del pescante y desprovisto de su traje de cochero. Era de estatura superior a la mediana, y tenía el rostro sonrosado, franco y alegre. La noticia de que se había decidido a liquidar el asunto Plehve y de que se le proponía irse al extranjero le había producido un gran disgusto: semejante orden equivalía, a sus ojos, a abandonar el campo de batalla. Sin embargo, sometiéndose a la disciplina, vendió el caballo y el coche y se marchó a Suvalki. En el tren, entre Suvalki y Vilna, se encontró con Kaliáev. Se enteró con gran alegría de que se le proponía ir a Járkov, en vez de Ginebra. En Járkov trabó amistad muy íntima con Kaliáev, a pesar de que, a primera vista, a este último le había parecido un poco extraño.

Kaliáev amaba la revolución tan tierna y profundamente como la aman los que le han consagrado toda su vida. Pero, poeta nato, amaba también el arte. Cuando no había reuniones revolucionarias y no se resolvían asuntos prácticos, hablaba continuamente y con entusiasmo de literatura. Hablaba con un ligero acento polaco; pero de un modo brillante y colorido. Los nombres de Briússov, Balmonta., Blok, ajenos en aquel entonces a los revolucionarios, le eran familiares. No podía comprender la indiferencia por sus rebuscas literarias, ni mucho menos la actitud negativa. con respecto a ellos; a su juicio, eran unos revolucionarios en el arte. Hablaba calurosamente en defensa de la nueva poesía, y la defendía todavía con más calor cuando en su presencia se indicaba el pretendido carácter reaccionario de la misma. Para los que le conocían de cerca, su amor por el arte y por la revolución estaba iluminado por un mismo fuego, un fuerte sentimiento religioso, inconsciente, tímido. pero profundo. Llegó por su propia senda al terror, en el cual veia, no sólo la mejor forma de lucha política, sino también un sacrificio moral, y acaso religioso.

Sazónov era un socialista revolucionario, un hombre que había pasado por la escuela de Mijailovski y de Lavrov, un hijo auténtico de los narodovoltsy (3), un fanático de la revolución, que fuera de ella, no veía ni reconocía nada. En esa confianza apasionada en el pueblo y en su amor profundo por el mismo se hallaba su fuerza. No tiene, por esto, nada de sorprendente que las inspiradas palabras de Kaliáev sobre el arte, su amor por la palabra, su actitud religiosa con respecto al terror, le parecieran a Sazónov, en las primeras entrevistas, extrañas, poco en armonía con el tipo de revolucionario y de terrorista. Pero Sazónov era muy sensible, y sintió detrás de la amplitud de Kaliáev la fuerza; detrás de sus palabras inspiradas, una fe calurosa; detrás de su amor a la vida, la decisión de sacrificar dicha vida de cualquier modo; es más, el deseo apasionado de sacrificarla. Y, sin embargo, durante los primeros días de nuestra estancia en Járkov, al encontrarme en el jardín de la Universidad, se dirIgió hacia mí preguntándome:

- ¿Conoce usted bien al Poeta? Me parece un hombre extraño.

- ¿Qué hay de extraño en él?

- En realidad, es más bien un poeta que un revolucionario.

Sazónov se inmutó. Es posible que le pareciera que en sus palabras había una censura indirecta para Kaliáev. Nunca había oído que Sazónov censurara a alguien.

- ¿Sabe usted? Antes creía que el terror era necesario; pero que no era lo principal ... Pero ahora veo que la Naródnaya Vólia es necesaria, que es preciso concentrar todas las fuerzas en el terror y que entonces triunfaremos. Y vea usted: el Poeta piensa del mismo modo.

Kaliáev, en efecto, pensaba así; naturalmenlte, no negaba la importancia de la labor pacífica y seguía su desenvolvimiento con interés; pero colocaba al terror por encima de todo. Psicológicamente, no podía dedicarse a la agitación y a la propaganda, aunque quería y comprendía a la masa obrera. Soñaba en el terror del porvenir, en su influencia decisiva para la Revolución.

- ¿Sabes? -me decía en Járkov-. Quisiera vivir para ver. Fíjate en Macedonia. Allí el terror tiene un carácter de masa, cada revolucionario es un terrorista. ¿Y en nuestro país? Cinco, seis personas, y esto es todo ... Los demás se dedican a la labor pacífica. Pero, ¿acaso un Socialista-revolucionario. puede actuar pacíficamente? Un Socialista-revolucionario, sin bomba, no es ya un Socialista-revolucionario. ¿Acaso se puede hablar del terror sin participar en él? ¡Oh, ya sé que en toda Rusia alumbrará el incendio! ... Tendremos también nuestra Macedonia. Los campesinos tomarán bombas: y entonces, la revolución ...

Todas nuestras conferencias tenían lugar en el jardín de la Universidad. Azev propuso el siguiente plan. Matseievski, KaMev y Egor Olimpievich Dulébov, que en 1903 había matado al gobernador de Ufa Bogdánovich y a quien todavía no conocíamos, debía seguir la pista de Plehve en la calle; Kaliáev y un nuevo compañero que había sido incorporado al grupo, como vendedores de cigarrillos; Dulébov y Matseievski, en calidad de cocheros. Yo alquilaría un piso lujoso en Petersburgo, con mi mujer, Dora Briliant, y el servicio: Sazónov en calidad de criado y P. S. Ivanóvskaya, una vieja revolucionaria, en calidad de cocinera, La finalidad del piso era doble. Primeramente, se suponía que el criado Sazónov y la cocinera Ivanóvskaya podían ser útiles para la observación, y en segundo lugar, yo tenía que adquirir un automóvil, necesario, a juicio de Azev, para el ataque contra Plehve. Borichanski debía aprender el oficio de chófer.

Hice objeciones muy insistentes a Azev con respecto a la adquisición del automóvil. Reconocía la importancia del piso conspirativo para la observación y para conservar los explosivos; pero no veía objeto alguno en la compra del automóvil. Me parecía que el ataque a pie contra Plehve contando con muchos bombistas, nos garantizaba un éxito completo, y, por el contrario, un automóvil podía llamar la atención de la policía. Azev no insistió mucho pn su plan; pero, así y todo, se propuso alquilar el piso e instalarme en Petersburgo.

Las fuerzas de la organización eran mayores que nunca. La pérdida de Pokotílov fue compensada con nuevos miembros. Además, los errores cometidos, que no nos preservaban de otros nuevos, nos garantizaban contra la repetición de errores groseros. La perseverancia ue Azev, su tranquilidad y confianza, elevaron el estado de espíritu de la organización, y a mí me parecía ya extraño cómo pude decidirme a liquidar el asunto Piehve y emprender una acción provincial, sin importancia política alguna, como el atentado contra Kleigels. se puede deCir sin exagerar que Azev resucitó la organización, y nosotros emprendimos la tarea completamente decididos a matar a Plehve a toda costa.

Una vez examinado y aceptado el plan y distribuída la gente, Azev partió en busca de Dulébov y llamado asimismo por asuntos relacionados con el Comité Central, creado en aquel entonces bajo su dirección. Sazónov y Kaliáev se marcharon a Petersburgo. Yo me quedé en Járkov para esperar a Briliant.

Cuando ésta llegó a Járkov nos dirigimos los dos a Moscú, donde tenía que encontrarme con Azev y Dulébov.

Azev, al verme, dijo:

- Pedro (Dulébov) está ya aquí. Ha traído consigo seis bombas pequeñas de modelo macedónico. Tómelas usted y deposítelas en un banco cualquiera. Pedro vive en la Maroseika, en unas habitaciones amuebladas; vaya a verle mañana.

Fui a ver a Dulébov, y me encontré frente a un obrero robusto y de poca estatura, rostro franco y ojos pensativos. Pedro me entregó una caja con las bombas y me enseñó el modo de cargarlas.

Aquel mismo día alquilé a nvmbre de Adolfo Tomaschévich, una caja de caudales en la Banca de los hermanos Djamgarov y deposité allí las bombas. Más tarde, el recibo del alquiler de dicha caja fue hallado al ser detenida Tatiana Leóntieva, y la policía buscó inútilmente al individuo a cuyo nombre había sido extendido dicho recibo. Las bombas fueron confiscadas en mayo de 1905.

Unos días después salimos todos de Moscú: Azev hacia el Volga, llamado por asuntos generales del partido, y Briliant, Dulébov y yo, para Petersburgo.

Dulébov compró un fiacre y un caballo, y se convirtió en cochero; yo me instalé en el hotel Francia, junto con Briliant, y de lo primero que me preocupé fue de ir en busca de Ivanóvskaya. Esta vivía en el quinto piso de un caserón enorme, situado cerca del canal Obvodni. Había realquilado un rincón en el piso de una familia obrera, bajo el nombre, si no ando equivocado, de Daría Kirílova. Al subir la escalera para ir a visitarla me encontré con una anciana tocada con un pañuelo. Todo en ella era tan típico que ni siquiera se me ocurrió que pudiera ser Ivanóvskaya. Por esto, detuve a la anciana y le pregunté:

- ¿Dónde vive Daría Kirílova?

- Soy yo -me contestó.

Yo todavía no lo creía. El modo de hablar era el de las mujeres del pueblo. Creí que había encontrado casualmente a una mujer del mismo apellido o que yo había olvidado el nombre. Ivanóvskaya, viendo mi confusión, me dijo:

- Soy yo ... No le quepe duda ... Dígame usted lo que sea necesario con la mayor rapidez posible.

Allí mismo, en la escalera, nos pusimos de acuerdo para lo sucesivo. Aquel mismo día alquilé unas habitaciones amuebladas que había visto anunciadas en Nóvoie Vremia.



Notas

(1) 16,38 kg-s.

(2) El nerchok = 4,445 cm.

(3) Miembros de la Naródnaya Vólia (La Liberlad Popular).
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