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Memorias de un socialista revolucionario ruso

Boris Savinkov

LIBRO PRIMERO
LA EJECUCIÓN DE PLEHVE
CAPÍTULO QUINTO


Estaba convenido que, después del atentado, nos reuniríamos en la Sadóvaya, en el restaurante El Polo Norte. En la calle encontré a Borichanski. Le pregunté:

- Oiga, Abraham, ¿se ha escapado usted?

Borichanski me miró con sus ojos grandes y claros, y se calló. Repetí la pregunta. Entonces contestó:

- Sí, me he escapado.

- ¿Qué derecho tenía usted a escaparse?

Borichanski no respondió nada. Me estuvo mirando prolongadamente con el rostro tranquilo, pétreo. Finalmente, pregunté:

- ¿Por qué se ha escapado usted?

- ¿Tiene algo de particular, cuando se me vigilaba?

- ¿Se le vigilaba a usted?

- Si no hubiera sido así no me hubiera escapado.

- Oiga -le dije- los compañeros pueden creer que es usted un cobarde.

Tardó en contestarme:

- No soy un cobarde. Era preciso que me escapara. Cualquiera hubiera hecho lo mismo en mi lugar ... ¿Acaso era necesario que fuera detenido sin provecho alguno?

En aquel momento entró en el restaurante Kaliáev. Se veía que estaba muy agitado. De vez en cuando lanzaba una mirada furtiva a Borichanski. Finalmente, no pudo contenerse:

- ¿Por qué se ha escapado usted ... Borichanski?

Borichanski se lo miró:

- ¿Qué habría hecho usted si se hubiera visto rodeado de espías?

Kaliáev no contestó nada. Era indudable que Borichanski decía la verdad. No moverse del sitio, con una bomba en los bolsillos, rodeado de espías, significaba perderse a sí mismo, perder a los compañeros y hacer fracasar toda la empresa.

Fracasado el atentado, no tenía objeto que todos los miembros de la organización vivieran en Petersburgo. Aquel mismo día Schvéizer regresó con la dinamita a Libáu, Bórichanski volvió a Berdich, Kaliáev a Kiev, Pokotílov a Dvinsk, donde Azev debía esperar noticias nuestras. Yo me quedé un día más en Petersburgo, y por la noche me vi con Sazónov.

Nos fuimos a la isla. Cerca del mar me decidí, finalmente, a hablar.

- Oiga, ¿por qué no quiso usted marcharse ne la entrada de la casa de Plehve?

Sazónov, desde el pescante, volvió la cabeza hacia mí:

- ¿Por qué? ... Tenía la esperanza de que volviera a salir.

- Pero si usted sabía que no saldría ...

- Ah ... Es claro ... Naturalmente ...

Sazónov bajó la cabeza. Después de unos minutos volvió a hablar:

- Estoy en mi sitio con la bomba en las rodillas ... Espero ... ¿Nada de particular, sabe usted? ... Sólo un poco de frío en las piernas ...

Hizo un gesto de desesperación con la mano. Después se volvió bruscamente hacia mi:

- El culpable soy yo.

- ¿De qué?

- Del fracaso.

Naturalmente Sazónov era el menos culpable de todos, y tengo muchos más motivos para atribuirme a mí el fracaso del 18 de marzo.

Azev no estaba en Dvinsk. En la lista oe Correos no encontré el telegrama convenido. En la estación me reuní con Pokotílov. Sus primeras palabras fueron:

- Valentín está detenido.

- ¿Cómo detenido?

- No está aquí. No hay telegrama. ¿Qué hacer?

Azev nos explicó más tarde que habiendo notado en Dvinsk que era seguido, viajó durante tres semanas por Rusia, con objeto de que la policía perdiera el rastro.Pero entonces, su ausencia en un momento tan importante no podíamos explicárnosla más que por la detención.

Pokotílov, muy agitado, con gotas de sangre en la frente, exclamaba:

- Valentín está detenido. El atentado ha fracasado. Pero Plehve será muerto ... Plehve será muerto sin falta ... ¿Verdad, Benjamín?

No contesté nada. Pensaba que la pérdida de Azaev en el momento decisivo privaba a la organización del único terrorista experimentado y de su director. La dirección pasó a mis manos; pero no me sentía suficientemente preparado para ella. Pedía Pokotílov que se fuera a buscar a Schvéizer para llevarlo a Kiev, donde tenía que ir asimismo Borichanski. Quería celebrar un cambio de impresiones con los compañeros.

Consideraba yo que, con la pérdida de Azev, la fuerza de la organización era insuficiente para matar a Plehve. Por esto me parecía que lo más razonab1e era matar primeramente a Kleigels y, después, emprender el atentado contra Plehve. La preparación de la muerte de Kleigels había de suministrarnos la experiencia que nos faltaba y nos ayudaría a orientamos en una técnica casi desconocida. Comuniqué mi pensamiento a los compañeros. Kaliáev y Schvéizer se mostraron de acuerdo conmigo. Pokotílov se declaró contra mi opinión:

- Hemos emprendido este asunto y no podemos dejarlo. Tenemos el deber de matar a Plehve y contamos con fuerzas suficientes. En caso extremo podemos hacer saltar todo el departamento de policía. Lo tomo todo sobre mí.

Borichanski guarda silencio.

-¿Cuál es la opinión de usted ? -le pregunté.

- Yo me iré con Pokotílov -contestó.

Se tomó la peor decisión que se podía tomar. Schvéizer, Kaliáev y yo nos quedamos en Kiev para el atentado contra Kleigels; Borichanski y Pokotilov partieron hacia Petersburgo para intentar, junto con Sazónov y Matseievski, matar a Plehve.

Su plan consistía en lo siguiente: el jueves 25 de marzo y el jueves 1 de abril -días en que Plehve debía salir para ir a informar al zar- saldrían al encuentro del ministro con bombas, a las once y media de la mañana, desde el Palacio de Invierno, por las orillas del Neva y de la Fontana, hasta el edificio del departamento de policía. Como el trayecto de Plehve y la hora de salida eran conocidos sólo de un modo aproximado, era muy problemático el éxito del atentado. Las bombas las prepararía Pokotilov. Sazónov y Matseievski participatan sólo indirectamente en el atentado.

Nuestro plan era bien simple. Kleigels se paseaba por la ciudad sin ocultarse. Kaliáev y yo le conocíamos. La casa del general-gobernador estaba situada en la calle del Instituto, y fuera la que fuera la dirección que tomara Kleigels, no podía dejar de pasar por Kreschatik. Las bombas debía prepararlas Schvéizer, el honor del primer ataque pertenecía a Kaliáev.

Esta division debilitaba la organización, amenguando las esperanzas en el éxito, tanto del uno como dél otro atentado. Yo no tenía la suficiente autoridad para insistir en mi plan, pero no podía considerar como razonable el plan de Pokotilov. La organización se dividió en dos partes casi iguales.

El 25 de marzo, Pokotilov preparó dos bombas, y ese mismo día él y Borichanski salieron desde el Palacio de Invierno para ir al encuentro de Plehve; pero no consiguieron ver al ministro. Pokotílov se marchó a Dvinsk.

El 29 de marzo se dirigió de nuevo a Petersburgo. Durante el viaje se encontró casualmente con Azev en el tren. Azev escuchó su informe sobre el estado en que estaban las cosas y se quedó descontento. Intentó hacer disuadir a Pokotílov de su plan; pero no lo consiguió. Bntonces Azev, después de despedirse de él, se fue a Kiev en busca nuestra.

El 31 de marzo, en el hotel del Norle, mientras Pokotilov preparaba las bombas de nuevo, se produjo una explosión que le causó la muerte. Nuestras bombas tenían un fulminante químico y dos tubos colocados en forma de cruz, con aparatos detonadores. Los tubos eran de cristal llenos de ácido sulfúrico, con balones provistos de pesos de plomo. Dichos plomos, al caer la bomba, en cualquier posición que fuera, rómpían los tubos de cristal; el ácido sulfúrico, al verterse, inflamaba la mezcla de clorato de potaso con azucar y la inflamación de esa composición producía, en primer lugar, la explosión del mercurio fulminante, y después, de la dinamita que llenaba el explosivo. El peligro inevitable consistía en que, al cargar la bomba, los tubos de vidrio podían fácilmente romperse en las manos.
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