Índice de Revolución del cura Miguel Hidalgo hasta la muerte de éste y de sus compañeros de Lucas AlamánCapítulo II - Primera parteCAPÍTULO III - Primera parteBiblioteca Virtual Antorcha

REVOLUCIÓN DEL CURA MIGUEL HIDALGO
HASTA LA MUERTE DE ÉSTE Y DE SUS COMPAÑEROS

Lucas Alamán

CAPITULO II
Segunda Parte

Entran los insurgentes en la ciudad.- Ataque de la alhóndiga.- Muere el intendente.- Confusion entre los sitiados.- Queman los asaltantes la puerta de la alhóndiga.- Entran en ella.- Matanza de los sitiados.- Saqueo de la alhóndiga y de la ciudad.- Manda Hidalgo cesar el saqueo y no es obedecido.- Disposiciones de Hidalgo.- Convoca al ayuntamiento.- Nombra intendente y otros empleados.- Levanta dos regimientos de infantería.- Prodigalidad de empleos militares.- Fundición de artillería.- Unense a Hidalgo varias personas.- Establece casa de moneda.- Marcha Hidalgo a S. Felipe.- Vuelve a Guanajuato.- Sale de esta ciudad a continuar su empresa.


La gente del pueblo de Guanajuato se dejaba ver por las alturas circunvecinas, los unos ya decididos a unirse con Hidalgo, los otros, y no nas. eran los ménos, únicamente en observacion para estar prontos a la hora del pillage. La de las minas dejó estas y vino a ocupar el cerro inmediato del Cuarto, principalmente la de Valenciana, excitada por el administrador de aquella negociacion D. Casimiro Chovell, quien se cree estaba de antemano de acuerdo con Hidalgo.

Poco antes de las doce, se presentó por la calzada de Nuestra Señora de Guanajuato, que es la entrada de la ciudad por la cañada de Marfil, un numeroso peloton de indios con pocos fusiles, y los mas con lanzas, palos, hondas y flechas. La cabeza de este grupo pasó el puente del mismo nombre que la calzada, y llegó hasta frente a la trinchera inmediata, al pié de la cuesta de Mendizabal.

D. Gilberto de Riaño, a quien su padre habia confiado el mando de aquel punto por creerlo de mayor riesgo, mandó hacer alto en nombre del Rey, y como el peloton siguiese avanzando, dió la órden de romper el fuego, con lo que habiendo caido muertos algunos indios, retrocedieron los demas con precipitacion.

En la calzada, un hombre del pueblo de Guanajuato les dijo, que a donde debian ir era al cerro del Cuarto y él mismo los condujo. Los demas grupos de la gente de a pié de Hidalgo que ascendia a unos veinte mil indios, a que se unió el pueblo de las minas y la plebe de Guanajuato, iban ocupando las alturas y todas las casas fronterizas a Granaditas, en las que se situaron los soldados de Celaya armados con fusiles, miéntras que un cuerpo de cosa de dos mil hombres de caballería, compuesto de gente del campo con lanzas, mezclada entre las filas de los dragones del regimiento de la Reina a cuyo frente estaba Hidalgo, subiendo por el camino llamado de la Yerbabuena, llegó a las carreras, y de allí bajó a la ciudad, quedándose Hidalgo en el cuartel de caballería del regimiento del Príncipe, en donde permaneció durante la accion (1).

La columna continuó atravesando toda la poblacion para irse a situar en la calle de Belen y a su paso saqueó una tienda en que se vendian dulces (2), y puso en libertad a todos los presos de ambos sexos que estaban en la cárcel y recogidas, que no bajaban de trescientas a cuatrocientas personas, entre ellos reos de graves delitos, haciendo marchar a los hombres al ataque de la alhóndiga.

El intendente, notando que el mayor número de los enemigos se agolpaba por el lado de la trinchera de la boca calle de los Pozitos, en que mandaba el capitan D. Pedro Telmo Primo, (e) (3) creyó necesario reforzar aquel punto tomando veinte infantes de la compañía de paisanos agregada al batallon, y con mas arrojo que prudencia, fue él mismo con ellos a situarlos en el puesto a que los destinaba, acompañándole su ayudante D. José María Bustamante; al volver, pisando ya los escalones de la puerta de la alhóndiga, recibió una herida de bala de fusil sobre el ojo izquierdo, de que cayó muerto inmediatamente; el tiro partió de la ventana de una de las casas de la plazoleta de la alhóndiga que tienen vista al Oriente, y se dijo que lo habia disparado un cabo del regimiento de infantería de Celaya.

Así terminó con una muerte gloriosa una vida sin mancha, el capitan retirado de fragata D. Juan Antonio de Riaño, caballero del hábito de Calatrava, intendente, corregidor y comandante de las armas de Guanajuato. Nació en Lierganes en las montañas de Santander, el dia 16 de Mayo de 1757; hizo su carrera en la marina con honor, hallándose en las principales funciones de guerra de su tiempo (4) y obtuvo despues distinguidos empleos en el ramo admistrativo. Integro, ilustrado y activo como magistrado, no ménos que dedicado a la literatura y a las bellas artes; cuando la revolucion le obligó en sus últimos dias a ceñir de nuevo la espada, ganó como militar el justo renombre de valiente y denodado, dejando en una y otra carrera ejemplos que admirar y un modelo digno que seguir a la posteridad.

La muerte del intendente introdujo la division y la discordia entre los defensores de la alhóndiga, en el momento que mas necesitaban proceder con union y firme resolucion. El asesor de la intendencia Lic. D. Manuel Perez Valdez, (e) fundado en que por la ordenanza de intendentes, el ejercicio de este empleo recae en el asesor por la falta accidental del propietario, pretendia que residiendo en él la autoridad superior de la provincia, nada debia hacerse sino por su mandado y propendia a capitular; el mayor Berzabal sostenia que siendo aquel un mando puramente militar, conforme a la ordenanza, él debia tomarlo por ser el oficial veterano de mayor graduacion y estaba resuelto a la defensa.

Sin que esta disputa pudiera decidirse, la confusion del ataque hizo que todos mandasen y que en breve ninguno obedeciese, excepto los soldados que siempre reconocian a sus jefes.

La muchedumbre reunida en el cerro del Cuarto, comenzó una descarga de piedras a mano y con hondas tan continua, que excedia al mas espeso granizo, y para tener provistos a los combatientes, enjambres de indios y de la gente de Guanajuato unida con ellos, subian sin cesar del rio de Cata las piedras rodadas que cubren el fondo de aquel torrente; tal fue el número de piedras lanzadas en el corto rato que duró el ataque, que el piso de la azotea de la alhóndiga, estaba levantado cosa de una cuarta sobre su ordinario nivel.

Imposible fue sostener las trincheras, y mandada retirar la tropa que las guarnecia, hizo cerrar la puerta de la alhóndiga el capitan Escalera que estaba de guardia en ella, con lo que los europeos que ocupaban la hacienda de Dolores, quedaron aislados y sin mas recurso que vender caras sus vidas, y en la misma o peor situacion la caballería que estaba en la cuesta del rio de Cata.

Tampoco pudo defenderse largo tiempo la azotea, dominada por el cerro del Cuarto y tambien por el de San Miguel, aunque por la mayor distancia era menor el daño que desde allí se recibia, y no obstante el estrago que causaba el fuego continuo de la tropa que la guarnecia, era tan grande el número de los asaltantes, que los que caían eran bien presto reemplazados por otros y no se hacia notar su falta.

Abandonadas las trincheras y retirada la tropa que defendia la azotea, se precipitó por todas las avenidas aquella confusa muchedumbre hasta el pié del edificio; los que delante estaban eran empujados por los que los seguian, sin que les fuese posible volver atras, como en una tempestad las olas del mar son impelidas las unas por las otras y van a estrellarse contra las rocas.

Ni el valiente podia manifestar su bizarría, ni al cobarde le quedaba lugar para la huida. La caballería fue completamente arrollada, sin poder hacer uso de sus armas y caballos; el capitan Castilla murió; algunos soldados perecieron; los mas tomaron partido con los vencedores. Solo el bizarro D. José Francisco Valenzuela, revolviendo su caballo, recorrió por tres veces la cuesta, abriéndose camino con la espada, y arrancado de la silla y suspendido por las puntas de las lanzas de los que en gran número le rodeaban, todavía dió la muerte a algunos de los mas inmediatos antes de recibir el golpe mortal, gritando viva España, hasta rendir el último aliento. Era nativo de Irapuato y teniente de la compañía de aquel pueblo.

Habia una tienda en la esquina que forman la calle de los Pozitos y la subida de los Mandamientos, en la que se vendian rajas de ocote (5), de que se proveian los que subian de noche a las minas para alumbrarse en el camino. Rompió las puertas la muchedumbre y cargando con todo aquel combustible, lo arrimaron a la puerta de la alhóndiga prendiéndole fuego (6), miéntras que otros, prácticos en los trabajos subterráneos, acercándose a la espalda del edificio cubiertos con cuartones de lozas, como los romanos con la testudo, empezaron a practicar barrenos para socavar aquel por los cimientos.

Arrojaban por las ventanas los de dentro sobre la multitud los frascos de fierro, de que se ha hablado; estos al hacer la explosion echaban por tierra a muchos, pero inmediatamente volvía a cerrarse el peloton y sofocaban bajo los piés a los que habian caido, que es el motivo porque hubo tan pocos heridos de los asaltantes, habiendo sido grande el número de muertos.

El desacuerdo de los sitiados hacia que al mismo tiempo que D. Gilberto Riaño, sediento de venganza por la muerte de su padre, y D. Miguel Bustamante que lo acompañaba (7), arrojaban con otros los frascos sobre los asaltantes, el asesor hacia poner un pañuelo blanco en señal de paz, y el pueblo atribuyendo a perfidia lo que no era mas que efecto de la confusion que habia en el interior de la alhóndiga, redoblaba su furor y se precipitaba al combate con mayor encarnizamiento.

El asesor hizo entónces descolgar por una ventana a un soldado que fuese a parlamentar; el infeliz llegó hecho pedazos al suelo; intentó entónces salir el P. D. Martin Septiem, confiado en su carácter sacerdotal y en un Santo Cristo que llevaba en las manos; la imágen del Salvador voló hecha astillas a pedradas, y el padre empleando la cruz que le habia quedado en la mano como arma ofensiva, logró escapar, aunque muy herido, por entre la muchedumbre (8).

Los españoles entre tanto, no escuchando mas voz que la del terror, arrojaban los unos dinero por las ventanas, por si la codicia de recogerlo podia aplacar a la multitud; otros pedian a gritos que se capitulase y muchos, persuadidos de que era llegada su última hora, se echaban a los piés de los eclesiásticos que allí habia a recibir la absolucion.

Berzabal, viendo arder la puerta, recogió los soldados que pudo del batallón y los formó frente a la entrada; consumida aquella por el fuego, mandó hacer una descarga cerrada, con que perecieron muchos de los asaltantes, pero el impulso de los de atras llevó adentro a los que estaban delante pasando por sobre los muertos, y arrollándolo todo con ímpetu irresistible, se llenó muy pronto de indios y plebe el patio, las escaleras y los corredores de la alhóndiga. Berzabal, retirándose entónces con un puñado de hombres que le quedaban, a uno de los ángulos del patio, defendió las banderas de su batallon con las abanderados Marmolejo y Gonzalez, y, habiendo caido muertos estos a su lado, las recogió y teniéndolas abrazadas con el brazo izquierdo, se sostuvo con la espada y rota esta con una pistola contra la multitud que le rodeaba, hasta que cayó atravesado por muchas lanzas, sin abandonar sin embargo las banderas que habia jurado defender (9). ¡Digno ejemplo para los militares mexicanos, y justo título de gloria para los descendientes de aquel valiente guerrero! (10)

Cesó con esto toda resistencia y no se oian ya mas que algunos tiros de alguno que aisladamente se defendia todavía, como un español Ruymayor, que no dejó se le acercasen los indios, hasta haber consumido todos sus cartuchos.

En la hacienda de Dolores los europeos que allí estaban intentaron ponerse en salvo por una puerta posterior que da al puente de palo sobre el rio de Cata, pero la encontraron ya tomada por los asaltantes, con lo que se fueron retirando a la noria, en que por ser lugar alto y fuerte, se defendieron hasta que se les acabaron las municiones, causando gran mortandad en los insurjentes, pues se dijo que solo D. Francisco Iriarte, el mismo que dió aviso al intendente desde S. Juan de los Llanos del principio de la revolucion, que era excelente tirador, mató diez y ocho (11).

Los pocos que quedaron vivos cayeron o se echaron en la noria, en la que perecieron ahogados.

La toma de la alhóndiga de Granaditas fue obra enteramente de la plebe de Guanajuato, unida a las numerosas cuadrillas de indios conducidas por Hidalgo; por parte de este y de los demas jefes sus compañeros, no hubo ni pudo haber, mas disposiciones que las muy generales de conducir la gente a los cerros y comenzar el ataque; pero empezado este, ni era posible dar órden alguna ni habia nadie que la recibiese y cumpliese, pues no habia organizacion ninguna en aquella confusa muchedumbre, ni jefes subalternos que la dirigiesen.

Precipitándose con extraordinario valor a tomar parte en la primera accion de guerra que habian visto, una vez comprometidos en el combate los indios y gente del pueblo no habia que volver atrás, pues la muchedumbre pesando sobre los que precedian, les obligaba a ganar terreno y ocupaba en el instante el espacio que dejaban los que morian.

La resistencia de los sitiados aunque denodada, era sin órden ni plan, por haber muerto el intendente antes que ningun otro, y a esto debe atribuirse la pronta terminacion de la accion, pues a las cinco de la tarde estaba todo concluido.

Dueños los insurgentes de la alhóndiga, dieron rienda suelta a su venganza; los rendidos imploraban en vano la piedad del vencedor, pidiendo de rodillas la vida; una gran parte de los soldados del batallon fuéron muertos; otros escaparon quitándose el uniforme y mezclándose entre la muchedumbre.

Entre los oficiales perecieron mucho jóvenes de las mas distinguidas familias de la ciudad y quedaron otros heridos gravemente, entre ellos D. Gilberto Riaño que murió a pocos dias, y D. José María y D. Benigno Bustamante; de los españoles murieron muchos de los mas ricos y principales vecinos; fue muerto tambien un comerciante italiano llamado Reinaldi, que por aquellos dias habia ido a Guanajuato con una memoria de mercancías, y con él un niño de ocho años, hijo suyo, que los indios estrellaron contra el suelo y arrojaron del corredor abajo (12); algunos procuraron ocultarse en la troje número 21 en que estaba el cadáver del intendente con los de otros; pero descubiertos, luego eran muertos sin misericordia. Todos fueron despojados de sus vestidos y al desnudar el cadáver de D. José Miguel Carrica, (e) se halló cubierto de silicios, lo que hizo correr la voz de que se habia encontrado un gachupin santo.

Los que quedaron vivos, desnudos; llenos de heridas, atados en cuerdas, fueron llevados a la cárcel pública, que habia quedado desocupada por haber puesto en libertad a los reos, teniendo que atravesar el largo espacio que hay desde la alhóndiga para llegar a ella, por entre una multitud desenfrenada que a cada paso los amenazaba con la muerte.

Cuéntase que para evitarla, el capitan D. José Joaquin Pelaez (e) logró persuadir a los que lo conducian, que Hidalgo habia ofrecido un premio en dinero por que se lo presentasen vivo, y que así consiguió ser custodiado con mayor cuidado en aquel tránsito peligroso (13).

Calcúlase variamente el número de muertos que hubo por una y otra parte; el de los insurgentes se tuvo empeño en ocultarlo y los enterraron aquella noche en zanjas que se abrieron en el rio de Cata, al pié de la cuesta. El ayuntamiento en su exposicion, lo hace subir a tres mil; Abasolo en su causa dice que fueron muy pocos; esto no me parece probable y lo primero lo tengo por muy exagerado. De los soldados murieron unos doscientos, y ciento cinco españoles (14).

Los cadáveres de estos fueron llevados desnudos, asidos por los piés y manos o arrastrando, al próximo camposanto de Belen en el que fueron enterrados; el del intendente estuvo por dos dias expuesto al ludibrio del populacho, que queria satisfacerse por sí mismo de la fábula absurda que se habia hecho correr, de que tenia cola porque era judio, la que no dejó por esto de conservarse en crédito (15); fue despues sepultado con una mala mortaja que le pusieron los religiosos de aquel convento, sin recibir el honor que hubiera debido tributar a sus restos mortales un vencedor generoso.

Ninguna señal de compasion era permitida, y a una mujer del pueblo que manifestó condolerse al ver conducir un cadáver de un europeo, los que lo llevaban le dieron una herida en la cara.

Entregóse la plebe al pillage de todo cuanto se habia reunido en la alhóndiga, y todo desapareció en pocos momentos. Hidalgo quiso reservar para sí las barras de plata y el dinero, pero no pudo evitar que lo sacasen y despues se les quitaron algunas de aquellas a los que se les pudieron encontrar, como pertenecientes a la tesorería del ejército y que por esto no debian ser comprendidas en el saqueo.

El edificio de la alhóndiga presentaba el mas horrible espectáculo: los comestibles que en él se habian acopiado estaban esparcidos por todas partes; los cadáveres desnudos, se hallaban medio enterrados en maiz, en dinero, y todo manchado de sangre. Los saqueadores combatian de nuevo por el botin y se daban muerte unos a otros. Corrió entónces la voz de que habia prendido fuego en las trojes y que comunicándose a la pólvora, iba a volar el castillo, que era el nombre que el pueblo daba a aquel edificio; los indios se pusieron en fuga y la gente de a caballo corria a escape por las calles, con lo que la plebe de Guanajuato, que acaso fue la que esparció esta voz, quedó sola dueña de la presa, hasta que los demas, disipado el temor, volvieron a tomar parte en ella.

La gente que habia permanecido en los cerros en espectativa del resultado, bajó para participar del despojo, aunque no habia concurrido al combate, y unida con la demas y con los indios que habian venido con Hidalgo, comenzó en esa misma tarde y continuó por toda la noche y dias siguientes el saqueo general de las tiendas y casas de los europeos de la ciudad, mas desapiadadamente que lo hubieran podido hacer un ejército extranjero.

Alumbraban la triste escena en aquella funesta noche multitud de teas ú ocotes, mientras que no se oian mas que los golpes con que echaban abajo las puertas, y los feroces alaridos del populacho que aplaudia viéndolas caer, y se arrojaba como en triunfo a sacar efectos de comercio, muebles ropa de uso y toda clase de cosas.

Las mujeres huian despavoridas a las casas vecinas trepando por las azoteas, y sin saber todavía si en aquella tarde habian perdido a un padre o a un esposo en la alhóndiga, veian arrebatarse en un instante el caudal que aquellos habian reunido en muchos años de trabajo, industria y economía.

Familias enteras que aquel dia habian amanecido bajo el amparo de sus padres o maridos, las unas disfrutando de opulencia, y otras gozando de abundancia en una honrosa mediocridad, yacian aquella noche en una deplorable orfandad y miseria, sin que en lugar de tantos como habian dejado de ser ricos, hubiese ningúno que saliese de pobre, pues todos aquellos caudales que en manos activas e industriosas fomentaban el comercio y la minería, desaparecieron como el humo, sin dejar mas rastro que la memoria de una antigua prosperidad, que para volver a restablecerse ha necsitado el trascurso de muchos años, el grande impulso que despues ha recibido Guanajuato por las compañías extranjeras de minas, y la casualidad de las grandes bonanzas de algunas de estas.

Arrebatábanse los saqueadores entre sí los efectos mas valiosos, y la plebe de Guanajuato astuta y perspicaz, se aprovechaba de la ignorancia de los indios para quitarles lo que habian cogido, o para cambiárselo por vil precio. Persuadiéronles que las onzas de oro no eran moneda, sino medallas de cobre, y se las compraban a dos o tres reales y lo mismo hacian con las alhajas, cuyo valor aquellos no conocian.

El dia 29 en el que el cura Hidalgo celebraba su días, Guanajuato presentaba el mas lamentable aspecto de desórden, ruina y desolacion.

La plaza y las calles estaban llenas de fragmentos de muebles, de restos de los efectos sacados de las tiendas, de licores derramados despues de haber bebido el pueblo hasta la saciedad; este se abandonaba a todo género de excesos, y los indios de Hidalgo presentaban las mas extrañas figuras, vistiéndose sobre su traje propio, la ropa que habian sacado de las casas de los europeos, entre la que habian uniformes de regidores, con cuyas casacas bordadas y sombreros armados se engalanaban aquellos, llevándolas con los piés descalzos, y en el mas completo estado de embriaguez.

El pillaje no se limitó a las casas y tiendas de los europeos en la ciudad; lo mismo se verificó en las de las minas, y el saqueo se hizo extensivo a las haciendas de beneficiar metales.

La plebe de Guanajuato, despues de haber dado muerte en la alhóndiga a aquellos hombres industriosos, que en estos establecimientos le proporcionaban ganar su sustento con los considerables jornales que en ellos se pagaban, arruinó los establecimientos mismos, dando un golpe de muerte al ramo de la minería, fuente de la riqueza no solo de aquella ciudad, sino de toda la provincia.

En toda esta ruina iban envueltos tambien los mexicanos, por las relaciones de negocios que tenian con los españoles, especialmente en el giro del beneficio de metales, para el cual algunas casas de banco de aquellos, adelantaban fondos con un descuento en el valor de la plata que en pago recibian (16), segun las reglas establecidas en la ordenanza de minería para avíos a precio de platas.

Quiso Hidalgo hacer cesar tanto desórden para lo que publicó un bando el domingo 30 de Septiembre; pero no solo no fue obedecido, sino que no habiendo quedado nada en las casas y en las tiendas, la plebe habia comenzado a arrancar los enrejados de fierro de los balcones, y estaba empeñada en entrar en algunas casas de mexicanos, en que se le habia dicho que habia ocultos efectos pertenecientes a los europeos. Una de las que se hallaban amenazadas de este riesgo era la de mi familia, en cuyos bajos estaba la tienda de un español, muerto en la noria de Dolores llamado D. José Posadas, que aunque habia sido ya saqueada, un cargador de la confianza de Posadas dió aviso de que en un patio interior, habia una bodega con efectos y dinero que él mismo habia metido. Muy difícil fue contener a la plebe, que por el entresuelo habia penetrado hasta el descanso de la escalera, corriendo yo mismo no poco peligro, por haberme creido europeo (17).

En este conflicto mi madre resolvió ir a ver al cura Hidalgo, con quien tenia antiguas relaciones de amistad y yo la acompañé. Grande era para una persona decentemente vestida, el riesgo de atravesar las calles por entre una muchedumbre embriagada de furor y licores; llegamos sin embargo sin accidente hasta el cuartel del regimiento del Príncipe, en el que como antes se dijo estaba alojado Hidalgo. Encontramos a este en una pieza llena de gente de todas clases: habia en un rincon una porcion considerable de barras de plata, recojidas de la alhóndiga y manchadas todavía con sangre; en otro, una cantidad de lanzas y arrimado a la pared y suspendido de una de estas, el cuadro con la imágen de Guadalupe, que servia de enseña a la empresa. El cura estaba sentado en su catre de camino con una mesa pequeña delante, con su traje ordinario y sobre la chaqueta un tahalí morado, que parecia ser algun pedazo de estola de aquel color. Recibiónos con agrado, aseguró a mi madre de su antigua amistad, e impuesto de lo que se temia en la casa nos dió una escolta, mandada por un arriero vecino del rancho del Cacalote, inmediato a Salvatierra, llamado Ignacio Centeno, a quien habia hecho capitan, y al cual dió órden de defender mi casa y custodiar los efectos de la propiedad de Posadas, haciéndolos llevar cuando se pudiese al alojamiento de Hidalgo, pues los destinaba para gastos de su ejército. Centeno, teniendo por imposible contener el tumulto que iba en aumento, pues se reunia a cada instante mas y mas gente empeñada en entrar a saquear, dió aviso con uno de sus soldados a Hidalgo, el cual creyó necesaria su presencia para contener el desórden que no habia bastado a enfrenar el bando publicado y se dirigió a caballo a la plaza, donde mi casa estaba (18) acompañado de los demas generales.

Llevaba al frente el cuadro de la imágen de Guadalupe, con un indio a pié que tocaba un tambor; seguian porcion de hombres del campo a caballo con algunos dragones de la Reina en dos líneas, y presidia esta especie de procesion el cura con los generales, vestidos estos con chaquetas, como usaban en las poblaciones pequeñas los oficiales de los cuerpos de milicias, y en lugar de las divisas de los empleos que tenian en el regimiento de la Reina, se habian puesto en las presillas de las charreteras unos cordones de plata con borlas, como sin duda habian visto en algunas estampas que usan los edecanes de los generales franceses; todos llevaban en el sombrero la estampa de la vírgen de Guadalupe.

Llegada la comitiva al paraje donde estaba el mayor peloton de plebe, delante de la tienda de Posadas ((19), se le dió órden al pueblo para que se retirase y no obedeciéndola, Allende quiso apartarlo de las puertas de la tienda metiéndose entre la muchedumbre; el enlosado de la acera forma allí un declive bastante pendiente, y cubierto entónces con todo género de suciedades, estaba muy resbaladizo: Allende cayó con el caballo y haciendo que este se levantase, lleno de ira sacó la espada y empezó a dar con ella sobre la plebe que huyó despavorida, habiendo quedado un hombre gravemente herido.

Siguió Hidalgo recorriendo la plaza y mandó hacer fuego sobre los que estaban arrancando los balcones de las casas, con lo que la multitud se fue disipando, quedando por algun tiempo grandes grupos, en los que se vendian a vil precio los efectos sacados del botin.

A este pillage desordenado de la plebe, siguió el mas regularizado que Hidalgo hizo practicar de todo aquello que se habia ocultado al pueblo.

Quedó en mi casa el capitan Centeno por algunos dias con una guardia, a expensas de mi familia, y en ellos se ocupó en hacer sacar los efectos y dinero pertenecientes a Posadas que estaban en la bodega interior, todos los cuales fueron llevados al cuartel de caballería, y se reguló que valdrian cosa de cuarenta mil pesos. Familiarizado en este intermedio Centeno en mi casa, se le preguntó una vez cuáles eran sus miras en la revolución en que habia tomado parte, y contestó con la sinceridad de hombre del campo, que todos sus intentos se reducian a ir a México a poner en su trono al Sr. cura, y con el premio que este le diese por sus servicios, volverse a trabajar al campo.

Lo que se verificó en mi casa con los efectos de la propiedad de Posadas, se repitió en otras muchas, pues aunque hubo criados fieles que ayudaron a salvar algunos restos de los caudales de sus amos, otros les hicieron traicion y denunciaron los parajes en donde aquellos habian ocultado dinero o alhajas.

En la casa de D. Bernabé Bustamante, este con sus hijos y un solo criado en quien tenia entera confianza, habia arrojado al aljibe cantidad de dinero y barras de plata, pero dado aviso por el criado, Hidalgo mandó vaciar el agua y sacar el dinero y las barras. En vano los hijos de Bustamante le representaron, que aquel era patrimonio de ellos mas bien que propiedad de su padre, pues todo lo que lograron fue que les mandase volver algunos muebles de poco valor, pero en cuanto al dinero y plata, dijo que lo necesitaba y que lo pagaria cuando hubiese dado próspero fin a su empresa (20).

Los prisioneros de Granaditas fueron llevados, como arriba se ha dicho, a la carcel y en ella pasaron la noche sin alimentos, sin ser curadas sus heridas, y aun sin agua con que apagar la sed, viendo morir a algunos de sús compañeros, y amenazados todos de perecer a manos de los mismos que los custodiaban.

No era Guanajuato poblacion en que la funesta rivalidad entre criollos y gachupines hubiese echado hondas raices; por el contrario, los españoles, relacionados de parentesco y amistad con las familias del pais, eran una misma cosa con ellas y sus infortunios tocaban muy de cerca a estas. Por efecto de este interes, muchos vecinos americanos fueron al siguiente dia a visitar a los presos, a llevarles auxilios y consuelos y a solicitar en su favor con Hidalgo (21).

Este mandó que se pusiesen desde luego en libertad todos los americanos que habian estado presos en la alhóndiga (22), a excepcion del tambor mayor Garrido, a quien reservaba para hacer en él un severo castigo, que sin embargo no ejecutó.

En los dias sucesivos se permitió volver a sus casas a varios de los principales europeos, y los demas fueron distribuidos en el cuartel de infantería los que estaban sanos o ligeramente heridos, y los de mas gravedad en la alhóndiga. Mandábanseles alimentos y otros auxilios de algunas casas particulares y ademas se les asistia en general de órden de Hidalgo con todo lo que necesitaban.

En la misma alhóndiga se reunieron despues todos los europeos presos, y a ella fueron llevados tambien los que se recogieron en los pueblos por donde habia pasado Hidalgo y que habia conducido con su ejército. Los de los demas puntos de la provincia emigraron a Querétaro, Valladolid, S. Luis o Guadalajara, segun la proximidad, o se presentaron a Hidalgo, quien dió a algunos papel de resguardo y les permitió quedarse en sus casas, por empeño de sus familias o por recomendacion de sus amigos.

A la viuda del intendente Riaño que habia perdido toda su ropa y muebles en la alhóndiga, le mandó dar una barra de plata, y a su hijo D. Gilberto, que se creyó por algunos dias que podria restablecerse de sus heridas, le hizo proponer una alta graduacion si se adheria a su partido, lo que aquel no quiso ni aun oir.

Sosegado algun tanto el tumulto de la toma y saqueo de la ciudad, alojó Hidalgo a la gente de a caballo que le acompañaba en las haciendas saqueadas; los indios se quedaron esparcidos en las calles, y muchos de estos, contentos con la presa que habian hecho, se retiraron desde allí a sus pueblos y rancherías, desercion que no le daba cuidado alguno al cura, porque estaba seguro de hacer nuevos reclutas en todos los pueblos que atravesase.

Reunió con mucho empeño los soldados que habian quedado del batallón provincial, para destinarlos al manejo de la artillería que trataba de fundir, en cuyo servicio se habian ejercitado en el cantón de Jalapa, y como con la toma de la capital toda la provincia se declaró por él, dispuso se presentasen a aumentar su ejército los tres escuadrones del regimiento del Príncipe, que no habia habido tiempo para que llegasen a ponerse a las órdenes del intendiente.

Hidalgo, conforme a lo que habia practicado en Celaya, quiso que su autoridad fuese reconocida por el ayuntamiento de Guanajuato, y a este fin hizo que se reuniese (23) en la sala de sus cabildos. Presentóse en ella escoltado por una guardia compuesta de hombres de todas castas y trajes militares y campesinos, y colocándose bajo el dosel, se dirigió a la corporacion diciendo, que habiendo sido proclamado en Celaya por mas de cincuenta mil hombres, Capitan general de América, debia el ayuntamiento reconocerle con aquel carácter, y sin esperar resolucion ni contestacion se retiró (24).

Algunos dias despues; habitando ya en la casa de D. Bernardo Chico (25), hizo concurriese a ella el ayuntamiento con los curas y algunos vecinos principales, con el objeto de tratar del arreglo del gobierno civil de de la provincia y del establecimiento de una casa de moneda.

Dirijiéndose al regidor alférez real Lic. D. Fernando Perez Marañon, le instó para que admitiese el empleo de intendente y comandante general, ofreciéndole el grado hasta de teniente general. Marañon lo rehusó, y lo mismo hicieron otros capitulares a quienes hizo igual propuesta, con cuya negativa irritado dijo, que no la podia atribuir mas que, o a un vano temor de que su empresa no tendria buen resultado, o a una neutralidad que castigaria como una parcialidad efectiva (26).

El cura Dr. Labarrieta y los regidores que habian manifestado esta resistencia, expusieron que ella se fundaba en la dificultad que encontraban para conciliar las ideas de independencia que vertia, con el juramento de fidelidad que tenian prestado al Rey, y aun con la inscripcion que tenia puesta la imágen de Guadalupe que servia de estandarte a su ejército (27). Hidalgo lleno de indignacion por esta observacion prorrumpió diciendo, que Fernando VII era un ente que ya no existia; que el juramento no obliga, y que no se le volviesen a proponer semejantes ideas, capaces de seducir a sus gentes, porque tendrian mucho que sentir los que tal hiciesen, con lo que se levantó y disolvió la junta.

Sin contar ya con el ayuntamiento, procedió Hidalgo a nombrar intendente, cuya eleccion recayó en D. José Francisco Gomez, que habia sido ayudante mayor del regimiento de infantería provincial de Valladolid, y era actualmente administrador de tabasco en Guanajuato. Le dió también el grado de brigadier y nombró por aseSor al Lic. D. Carlos Montesdeoca, mandando a ambos que admitiesen estos empleos, sin excusa ni pretexto alguno. Previno al ayuntamiento, por ser una de sus facultades, que nombrase alcaldes, cuya eleccion recayó en D. José Miguel de Rivera Llorente y en D. José María Chico. Levantó dos regimientos de infantería, el uno en Valenciana, y nombró por su coronel a D. Casimiro Chovell, administrador de aquella mina; el otro en la ciudad, cuyo mando dió a D. Bernardo Chico, hijo de un europeo del mismo nombre, único de las familias respetables de Guanajuato que tomó parte en la revolucion, y eligió por secretario a otro de los hijos del mismo D. Bernardo, el Lic. D. José María.

El armamento de estos regimientos se reducia a lanzas, y para substituir a los fusiles se inventó quitar el fondo a los frascos de fierro del azogue, fijándolos horizontalmente por el tornillo que les sirve de cerradura en un madero perpendicular, y por un oido que se les abrió se les daba fuego; invencion que no produjo ningun efecto, pues los frascos reventaban al disparar, o arrojaban las balas con que se cargaban a manera de metralla, a muy corta distancia.

Fue grande el número de empleos militares que Hidalgo dió, pues para obtenerlos no habia mas que pedirlos, y cuando todavía no habia nada que pudiese merecer el nombre de ejército, abundaban ya los coroneles y oficiales de todas graduaciones, y las promociones se hacian por ligerísimos motivos. D. José María Liceaga, cadete que habia sido de dragones de España, de cuyo cuerpo fue despedido, a quien mas adelante veremos hacer un papel muy principal en el curso de la revolucion, fue entónces nombrado capitan, y habiendo hecho presente a Hidalgo que en Guanajuato no habia galoneros que supiesen hacer las charreteraS, distintivo de aquel empleo, lo ascendió a teniente coronel porque era mas fácil encontrar galones para ponerse en la manga los dos, que eran la divisa de este grado (28).

Todo este desconcierto desacreditaba la revolucion, y él y los saqueos y crímenes que en todas partes la acompañaban, eran un obstáculo que impedia tomar parte en ella a ninguna persona respetable.

La fundicion de cañones se encargó a D. Rafael Dávalos, alumno del colegio de minería de México, que hacia su práctica en Valenciana y daba el curso de matemáticas en el colegio de Guanajuato. Diósele el empleo de capitan de artillería con el grado de coronel, y se destinaron a la fundicion las capellinas de las haciendas de los españoles (29).

Los cañones resultaron muy imperfectos, y uno de grandes dimensiones, al que se dió el nombre del Defensor de la América, casi del todo inservible.

Hiciéronse tambien algunos de madera, reforzados con aros de fierro en el exterior, que no fueron de mucho uso. Otros de los alumnos del mismo colegio que estaban en Guanajuato admitieron diversos empleos, y el uno de ellos D. Mariano Jimenez, siguió a Hidalgo, habiéndosele desde luego conferido el grado de coronel.

Uno de los objetos mas importantes era el establecimiento de una casa de moneda, para poner en circulacion la plata en pasta que habia, y la que las minas continuaban produciendo. Destinóse para ella la hacienda de S. Pedro, perteneciente a D. Joaquin Pelaez (30).

Entre los presos que fueron puestos en libertad a la entrada de Hidalgo, habia unos que estaban procesados por monederos falsos; estos fueron llamados para plantear el establecimiento, y un herrero jóven, que habia dado muestras de habilidad en el grabado en acero, hizo los troqueles (31).

La direccion se confió a D. Francisco Robles. Mucho honor hace a los artesanos de Guanajuato la prontitud y habilidad con que montaron este establecimiento, que en poco mas de dos meses estaba a punto de comenzar a trabajar, siendo las máquinas que se construyeron, segun las estampas de un diccionario de arte, mas perfectas y mejor ejecutadas que las de la casa de moneda de México.

Nada se cambió en el tipo, pues en el sistema adoptado para la revolucion, entraba esencialmente conservar el nombre del Rey Fernando y el escudo de sus armas.

En medio de su triunfo, Hidalgo veia con desasosiego los preparativos de guerra que se hacian en S. Luis Potosí por el comandante de brigada Calleja, y cuando este sacó a la hacienda de la Pila las tropas que habia reunido para disciplinarias mejor en aquel punto, receló que iba a marchar en seguida sobre Guanajuato, y por la noticia que corrió de que Calleja se acercaba y aun, que estaba en Valenciana, hizo Hidalgo poner en armas su gente el dia 2 de Octubre a las nueve de la noche, mandando que se iluminase la ciudad para que hubiese ménos confusion en los movimientos de aquella multitud desordenada, con parte de la cual salió él mismo por el camino de Valenciana y regresó a poco rato. Sin embargo, para no acobardar a su gente, mucha de la cual se ocultó para no salir con él a Valenciana, no se dijo que Calleja amagase a Guanajuato, sino que venia a unirse con Hidalgo una famosa Barragana, dueña de grandes haciendas en Rio verde, que conducia mucho número de indios con flechas, y aunque nunca se verificó la llegada de esta amazona, la fábula de su venida sirvió para entretener por muchos dias al pueblo de Guanajuato y hacerle olvidarse de Calleja.

Hidalgo, para cercionarse mejor de los movimientos de este y combatirlo en su marcha, dando por cierta la victoria, soberbio con el triunfo de Granaditas, hizo salir el dia 3 sus cuadrillas de indios por la Sierra y las siguió él mismo con la caballería; pero habiendo llegado hasta la hacienda de la Quemada, y cerciorádose de que Calleja no habia hecho movimiento alguno, regresó a Guanajuato con parte de su gente, dejando la demas bajo las órdenes de Aldama, quien recorrió todos los pueblos de la falda de la Sierra desde S. Felipe pasando por S. Miguel, tanto para estar en observacion de lo que Calleja intentase, cuanto para reunir mayores fuerzas, con las cuales fue a unirse de nuevo a Hidalgo, siguiendo su marcha por Chamacuero y Celaya.

Hidalgo, concluidas las disposiciones que le convino tomar en Guanajuato, las que tuvieron su complemento durante su ausencia, resolvió marchar a nuevas empresas, con las mayores fuerzas y recursos que le habia procurado la ocupacion de aquella opulenta ciudad.

Véamos ahora cuales eran los aprestos que habia hecho el comandante de brigada de S. Luis Potosí, y cuales sus combinaciones con otros jefes del partido real.


Notas

(1) Así lo dice Abasolo en su causa: el mismo Abasolo, segun su dedaracion, se fue a tomar chocolate a casa de su amigo D. Pedro Otero, y tampoco vió la acción.

(2) Esta dulcería era perteneciente a D. Diego Centeno, teniente coronel del regimiento del Príncipe, y estaba en la plazuela de la Compañía, frente a la iglesia.

(3) D. Carlos Bustamante, Cuadro histórico, tomo 1°, fol. 38, refiere diversamente la muerte del intendente Riaño. Dice que notando este que el centinela de la puerta habia abandonado el fusil, lo tomó y empezó a tirar balazos con él. Extraño hubiera sido que un jefe como Riaño, abandonando otras atenciones muy preferentes, se hubiese entretenido en tales momentos en estar tirando balazos; tanto mas que, aun cuando fuese cierto que el centinela hubiese abandonado el puesto, tenia con quien reemplazarlo, pues el mismo autor, sin tener presente lo que ha dicho una linea antes, cuenta que con la propia bala con que Riaño fue muerto, quedó herido un cabo que estaba a su lado. En esto D. Carlos Bustamante no es culpable, mas que por haber dado crédito a una relacion que le comunicaron de Guanajuato, que he tenido a la vista, pero que una sana crítica debia bastar para procurar rectificarla.

(4) Riaño estuvo en la desgraciada expedicion del conde de O-Relly contra Argel, y despues en la del conde de Galvez en la Florida y toma de Panzacola, Bustamante, Cuadro histórico, tomo 1°, fol. 45, tributándole el honor que le es debido, dice sin embargo, que siendo su opinion contraria a la causa que defendia, murió como los suizos, por el que le pagaba. Es menester decir que Riaño nunca fue favorable a la idea de la independencia, la que combatió desde que empezó a asomar, como lo hemos visto en el lib. 1°, cap. 50., fol. 201, hablando de las juntas de Iturrigaray, a cuya celebracion se opuso: su muerte no fue la de un mercenario que vende su vida por interes; fue la de un militar de honor, que fiel a los principios que habia profesado toda su vida, sacrificó intereses, familia y existencia al cumplimiento de sus deberes, que es lo que constituye el honor de la milicia, la cual no es mas que un vil tráfico, cuando se aparta de esta norma.

(5) Llámase así una especie de pino, tan resinoso que sirve para alumbrarse, de que se hace uso en las minas.

(6) D. Carlos Bustamante, Cuadro histórico, tomo 1°, fol. 39, cuenta que Hidalgo, rodeado de un torbellino de plebe, dirigió la voz a un hombre que la regenteaba y le dijo, Pípila, (nombre con que aquel era conocido), la patria necesita de tu valor. ¿Te atreverás a prender fuego a la puerta de la alhóndiga? Que con esta exhortacion Pípila fue a gatas, cubierto con una loza, y con un ocote pegó fuego a la puerta. Esta relacion es del todo falsa, pues el cura Hidalgo habiendo permanecido en el cuartel de caballería, en el extremo opuesto de la ciudad, no podia dar órden. alguna; el nombre de Pípila es enteramente desconocido en Guanajuato.

(7) Ha muerto hace dos años, siendo catedrático de botánica del jardin de México.

(8) Este eclesiástico era tio mio, y a la media noche de este dia, fue a mi casa disfrazado con el traje de la gente del pueblo, a que se le curasen las heridas y fue el primero por quien se supo en mi familia el pormenor de todo lo ocurrido en la alhóndiga.

(9) Así consta de una información judicial hecha a pedimento de su familia, que he visto.

(10) Véase la genealogía de Berzabal, en el apéndice.

(11) Bustamante, Cuadro histórico, tomo 1°, fol. 40. Estos dicen los apuntes que tengo manuscritos.

(12) La viuda de Reinaldi, que era bailarina, volvió a este ejercicio en el teatro de México, en que estuvo mucho tiempo con el nombre de la Farlotti.

(13) Bustamante, Cuadro histórico, tomo 1°, fol. 43. El autor se lamenta de que Pelaez no hubiese perecido entónces, por los servicios que prestó despues al gobierno.

(14) Bustamante, Cuadro histórico, tomo 1°, fol. 41. Cree que murió mayor número de españoles.

(15) Esta misma fábula ridícula corrió en el populacho acerca de todos los españoles, y esto que habian visto sus cadáveres desnudos. ¡Tal es la ignorancia del vulgo!

(16) Este era el giro principal de mi casa y el de otras muchas de la ciudad, y' como el premio del dinero era muy moderado, fue lo que mas contribuyó al progreso de la minería de Guanajuato.

(17) Una porcion de indios echó mano de mi en el descanso de la escalera de mi casa, y me sacaba por el entresuelo que comunica con él, cuando los criados algunos de la plebe de Guanajuato que me conocian, les hicieron que me dejasen en libertad.

(18) Esta casa está en la cuesta del marques, en la plaza, frente al palacio del Estado. Ha pertenecido despues a la compañía anglo-mexicana de minas que tuvo en contrato la casa de moneda de Guanajuato, la cual la ha vendido despues a un vecino de aquella ciudad.

(19) Esta tienda es la última de la casa hacia abajo. Yo ví toda esta escena desde un balcón situado sobre la tienda misma a cuya puerta se presentaba.

(20) Lo sacado de casa de Bustamante fueron cosa de 40.000 ps. en dinero; treinta y tantas barras de plata y un barreton de oro de sesenta marcos. El criado infiel que dió el aviso, se llamaba Tomas y era muy antiguo en la casa.

(21) Entre las personas que mas se distinguieron por su caridad en esta ocasion, fueron las Sras. Da. Josefa y Da. Francisca Irizar, que no solo mandaron a los presos toda la ropa útil de sus hermanos, sino tambien la que quedaba de sus padres y abuelos, y como entre esta hubiese muchos vestidos antiguos de tisú y terciopelo galoneado, se veian entre los presos españoles, las mismas extrañas figuras que entre los indios.

(22) D. José María Bustamante fue sacado herido de la alhóndiga, por un soldado del batallón, que era su asistente, llamado García, quien envuelto en una frazada lo llevó a la casa del mismo García, en donde lo tuvo oculto; D. Benigno, D. Pablo y D. Miguel sus hermanos, con su padre D. Bernabé, fueron llevados a la cárcel; este último quedó en ella como europeo, aunque se dió órden para poner en libertad a los primeros, habiéndose obtenido tambien despues para D. Bernabé.

(23) El ayuntamiento encontró en esta ocasion un medio de derramar lágrimas, en testimonio de su fidelidad al Rey, sin que pudiese darse por ofendido Hidalgo. Entramos a la sala de cabildo, dice el mismo ayuntamiento en su exposicion al Virrey, fol. 31, mas no para hablar, sino para derramar copiosas lágrimas, que oprimidas de la fuerza y tirania de aquel déspota, no podian salir por nuestros ojos y volvian a caer sobre nuestros corazones. Este modo de llorar interior, podria librar de mas de un compromiso.

(24) Exposición del ayuntamiento, fols. 31 y 32.

(25) Esta casa está en la plaza contigua, a las que fueron cajas reales.

(26) Exposición del ayuntamiento, fols. 33 y 34.

(27) Exposición del ayuntamiento, fols. 36 y 37.

(28) Casi no hubo vago o truhan en la ciudad, que no obtuviese el empleo de capitan. Uno de estos, llamado D. Rafael Morales y por sobre nombre Cuchimona, habia sido nombrado por el intendente Riaño subdelegado en el Rincon de Leon, de cuyo empleo tuvo que removerlo, por queja de los vecinos del pueblo, y ganaba su vida haciendo de bufon entre los jóvenes de Guanajuato. Cuando D. Benigno Bustamante fue a solicitar del cura Hidalgo que permitiese sacar de la cárcel a su padre, lo encontró de centinela, con las presillas de capitan a la puerta de la pieza donde Hidalgo estaba, y felicitándolo por su pronto ascenso, le contestó con desenfado, que era capitan y conde. Indultado después, estuvo sirviendo de vigía en la torre de Leon, para avisar con una bocina cuando se avistaban los insurgentes.

(29) Llámanse capellinas los cilindros de cobre, dentro de los cuales se separa por la evaporacion el mercurio que se emplea en la amalgamacion.

(30) Pelaez estuvo casado con una sobrina de la condesa de Valenciana, lo que le proporcionó la proteccion de aquella casa poderosa. Con el fomento que de ella recibió, adquirió la hacienda de que se trata, y dió el primer impulso para renovar el labono de la mina antigua y abandonada de Mellado, que ha producido despues tantas riquezas. Fue hombre de talento e instrucción.

(31) En los primeros años de mi juventud, intenté, unido con los hijos de Riaño y de D. Bernabé Bustamante, formar un establecimiento de grabado de música, que era entónces muy escasa y cara, y adestramos a este jóven en grabar los punzones, que fue la escuela en que se formó para grabar los troqueles de la casa de moneda. Todavía conservo entre mis papeles música grabada con los punzones que hizo. No he podido recordar su nombre ni saber qué suerte corrió.

Índice de Revolución del cura Miguel Hidalgo hasta la muerte de éste y de sus compañeros de Lucas AlamánCapítulo II - Primera parteCAPÍTULO III - Primera parteBiblioteca Virtual Antorcha