Índice de Lecciones de historia patria de Guillermo PrietoPRIMERA PARTE - Lección XVISEGUNDA PARTE - Lección IIBiblioteca Virtual Antorcha

LECCIONES DE HISTORIA PATRIA

Guillermo Prieto

SEGUNDA PARTE

Lección I

Colón. Rasgos biográficos. Descubrimiento del Nuevo Mundo.


Dejemos a Moctezuma en medio de su grandeza, empeñado en guerras sangrientas, con el rencor de poderosos pueblos y de Repúblicas estrechamente unidas; asaltado por constantes alarmas y sobrecogido por augurios a que su fanatismo daba importancia extrema, y veamos lo que sucedía en el mundo antiguo, del que estábamos de todo punto ignorados.

Al hablar del descubrimiento del Nuevo Mundo, ocupa nuestra imaginación, gigantesca, luminosa, la figura de Cristóbal Colón, que parece llevaba escondido dentro de su seno un mundo, y que pedía un espacio para sacarlo de allí, colocarlo del otro lado del mar, y espantar al antiguo continente con aquel alumbramiento, que como que engrandecía y completaba las obras del mismo Dios.

¿Quién fue este Cristóbal Colón? Lo vamos a saber con una poca de paciencia y atención. Aunque Cogoleto, Finali, Quinto, Herri y otros pueblos se disputan la gloria de haber sido la cuna de Colón, la historia conviene en que fue su patria Génova, sus padres, Domingo Colombo, verdadero apellido del descubridor, y Susana Fontana Rosa; el año en que nació fue 1436. Estudió primeras letras en su patria, e hizo estudios de matemáticas, geografía, latín y astronomía en la Universidad de Pavía, donde permaneció poco tiempo, sin dar a conocer los talentos eminentes de que la naturaleza le había dotado.

Apenas salió de la universidad, comenzó su vida de navegante, y él mismo dice:

Veintitrés años he andado por el mar sin saber de él por tiempo que deba descontarse. Vi todo el levante, el poniente y el norte, Inglaterra, y he navegado a Guinea.

De resultas de una expedición marítima en compañía de uno conocido con el nombre de Colombo, el que por un milagro salvó la vida, fuese a establecer a Lisboa, donde conoció a una hermosa y noble dama llamada doña Felipa Muñiz de Perestrello, y a poco contrajo con ella matrimonio.

La madre de la esposa de Colón, con quien se fueron a vivir los desposados, poseía mapas y derroteros preciosos de su marido, y los dio a Colón, que engrandeció con ellos la esfera de sus conocimientos. Por este tiempo hizo Colón algunos viajes a Guinea, y en sus días de descanso hacía mapas que vendía para sustentar a su familia y pagar la educación de sus hermanos menores.

Colocado como estaba Colón en la frontera del mundo, en contacto con atrevidos navegantes, calentada su mente con relaciones de expediciones venturosas y audaces, dio vuelo a su espíritu poderoso y elevó sus miras buscando horizontes para satisfacer la ambición de su genio.

La fama de las riquezas del Asia ocupaba entonces al mUndo; algunos monjes o mercaderes que habían ido a aquellas encantadas regiones venían contando maravillas; y Marco Polo, navegante esclarecido que viajó algún tiempo, a su vuelta de Oriente hizo relaciones en que lo romancesco, lo extraordinario y lo poético competían, incitando el anhelo de lanzarse en pos de lo desconocido.

Hablábase de los tártaros y de la ciudad de Cabalu (Pekín) en la provincia de Katay (China), y de Espango o el Japón se contaban cosas estupendas. El oro era tan abundante como la arena en los ríos, las perlas y los diamantes eran tan comunes como entre nosotros las piedras de las calles.

Aunque se tuvieron por exageradas tales y tan prodigiosas riquezas, que recuerdan los edificios de cristal con sus columnas de oro de los cuentos, lo cierto es que las producciones a que se referían venían en efecto del Oriente, dando un rodeo inmenso, y que tenían monopolizado aquel comercio los italianos, con especialidad los venecianos y genoveses, siendo esto motivo de la sorprendente prosperidad de aquellas Repúblicas.

Deseosos los portugueses de libertarse de aquel monopolio emprendieron arriesgados viajes, y concibieron el proyecto temerario de circunnavegar el África, poniéndose al frente de esta empresa don Enrique, hijo de don Juan I.

El proyecto, según todos, tenía la semejanza del delirio. El infante reunió a la ciencia, se rodeó de astrónomos y geógrafos, se ausentó de la corte, construyó un observatorio magnífico a la orilla del mar; se corrigieron mapas, se rectificaron errores, se generalizó por último, la importancia y el uso de la brújula, guía en el mar, hilo invisible que nos conduce en medio de la inmensidad de las aguas, luz de los rumbos y ojos con que ven las naves el camino que tienen que seguir, cortando peligros, hasta encontrarse en el seno salvador del puerto.

La muerte sorprendió a don Enrique en medio de sus tareas gigantescas.

Cuando era más ardiente el entusiasmo por estas empresas, llegó Colón a Lisboa, se impuso de lo que pasaba, se apoderó su genio eminente de la colosal idea, y calculó que aun cuando realizasen sus proyectos los portugueses, serían sus resultados infecundos, o por lo menos que no corresponderían a los inmensos sacrificios que se iban a emprender.

Así meditando, así inquiriendo, así pidiendo revelaciones a su genio en esa abstracción misteriosa en que parece comunicarse en solemne aislamiento el alma con su Dios, brotó de su pensamiento, como el tránsito de una aparición divina, el proyecto de buscar el Oriente por el Occidente, para acercar y como para desposar la India con la Europa, y hacer recíproca su civilización y sus riquezas.

No es posible formarse una idea de esta concepción, mejor dicho, de esta adivinación, ni aun teniendo nociones de los conocimientos que había respecto de la tierra.

Al principio se creía que era plana y cubierta por el cielo como por un capelo de cristal. Después se generalizó la idea de que la tierra pudiera ser esférica, pero en proporciones tan exíguas, tan mezquinas, que unos decían: el mundo es poco; los otros: no es tan grande el mundo como piensa el vulgo, y entretanto, a Colón, como vírgenes cautivas, tendían los brazos otras regiones que veía él como medio borradas, apareciendo por momentos, y perdiéndose entre la bruma del mar y entre las olas.

Su perspicaz talento le presentaba como fundamento para la realización de sus ensueños, ya unos trozos de madera labrada con instrumento de fierro, flotando por el cabo de San Vicente; ya unos pinos de especie desconocida vistos por los habitantes de las Azores; ya por último, dos cadáveres empujados por las olas que parecían no pertenecer a ninguna de las razas conocidas.

Estos indicios, algunas alucinaciones de espejismo que se desvanecían dejando en mayor desaliento a los crédulos, arraigaban las opiniones de Colón y hallaron eco en un sabio canónigo de Lisboa llamado Fernando Martínez.

Abastecido Colón de mapas y de documentos preciosos, rico en conocimientos y en creencias, ya sólo trató de la planteación de su gigantesco designio.

Dirigióse al Rey don Juan II de Portugal; éste congregó sabios, hizo examinar el proyecto, y fue rechazado por irrealizable y por extravagante.

Notando que el Rey quedaba descontento, urdieron los Sabios y llevaron a cabo la indignidad de pedir a Colón sus mapas para examinarlos, disponer ocultamente con ellos una expedición para saber si era realizable, y hacer un robo de dinero, honra y gloria al inmortal descubridor; llevaron adelante el fraude pero la expedición mal dirigida y escarmentada por los trabajos; fracasó dejando sólo la infamia a los que la intentaron y haciendo nacer en Colón el propósito, que llevó a cabo, de no entenderse jamás con Portugal.

La esposa de Colón había muerto; los negocios personales del marino, desatendidos, le habían reducido a la pobreza al punto de ser perseguido y amagado de prisión por deudas. A esto se atribuye la causa de su salida secreta de Portugal a fines de 1484, con el hijo único que tuvo en doña Felipa Muñiz, llamado Diego, que era niño.

Cerca del pequeño puerto de Palos -dice el señor García Icazbalceta, de quien he tomado gran parte de estos apuntes- junto a Moguer, en Andalucía, existe un convento llamado Santa María de la Rábida. A la puerta de este convento, ocupado entonces por frailes de la orden de San Francisco llegó cierto día un extranjero a pie, conduciendo de la mano a un niño, y pidió un poco de pan y agua para su hijo. Aquel extranjero que se presentaba en tan triste estado era Cristóbal Colón, y el niño su hijo Diego.

Iba Colón a Huelva en busca de un cuñado suyo.

El aspecto de aquel extranjero, la compañía del niño y tal vez alguna circunstancia especial de que no se ocupa la historia, llamaron la atención de los padres Juan Pérez y fray Ateneo Pérez de Marchena que entablaron pláticas con Colón, le hicieron entrar y le hospedaron afectuosos, recayendo la conversación, como era natural, sobre la idea que preocupaba constantemente el ánimo del inmortal navegante.

Aunque muy ilustrado el padre Marchena, sorprendióle el maravilloso raciocinio del huésped y desconfiando de sus talentos, mandó llamar a su amigo García Fernández, vecino del cercano pueblo de Palos, y ambos se convencieron de la certeza de los cálculos del marino y se fanatizaron por su empresa. Participó de este entusiasmo, después de varias conferencias con experimentados filósofos, Martín Alonso Pinzón, marino acomodado de Palos, quien se ofreció a ayudar a Colón con su persona y bienes.

El padre Marchena, como hemos dicho, entusiasta por el proyecto de Colón, le invitó para que pasase a Castilla a proponer a los soberanos la empresa; le favoreció y le dio cartas para fray Hemando de Talavera, confesor de la Reina doña Isabel, para que lograse al punto una audiencia. Pinzón ofreció y aprontó los dineros necesarios para el viaje, y el guardián, por último se hizo cargo del niño Diego, quien debía quedar en el convento. Arregladas así las cosas, partió Colón en 1486 de la Rábida para Córdoba, donde a la sazón se encontraba la corte.

Fatal era la oportunidad del emprendedor a su llegada a Córdoba: los Reyes se ocupaban en los preparativos de la guerra de Granada; el padre Talavera hizo muy poco caso de cumplimientos y recomendaciones, y durante mucho tiempo los proyectos del genovés no llegaron ni a noticia de los soberanos.

Oscuro, abandonado y en la miseria, Colón ganaba su vida de hacer planos; su humilde traje, su aspecto y sus proyectos gigantescos no comprendidos del vulgo, le valieron el título de loco. Sólo dulcificó su suerte tan desdichada una dama distinguida de quien nació su hijo Fernando.

A pesar de tan reiteradas contrariedades, con constancia invencible pretendía Colón acercarse al trono; tanta asiduidad llamó la atención y le valió las consideraciones de algunos altos personajes de la corte, entre quienes figuraba el contador mayor don Alonso Quintanilla, el nuncio del Papa Antonio Gualdini, y sobre todo, el gran cardenal Mendoza, quien con su influjo logró al fin ponerlo en la presencia de los Reyes.

En aquella célebre entrevista, Colón mostró sus grandes talentos y desplegó una dignidad correspondiente a sus elevadas aspiraciones.

El Rey escuchó atento, y le parecieron fundados los asertos de Colón; pero deseando obrar con el debido acierto en materia tan grave, ordenó al padre Talavera hiciese reunir los principales astrónomos y cosmógrafos del Reino para que oyesen a Colón y calificasen su proyecto.

Reunióse la famosa junta en Salamanca en el convento de dominicos de San Esteban. Fue de verse cómo aquellos pretendidos sabios, llenos de ínfulas y de orgullo acogieron al extranjero desvalido. Apenas pronunció las primeras palabras de su proyecto, se le fueron encima con tales argumentos, con tan absurdas y disparatadas objeciones, que no parecían réplicas de sabios, sino de viejas fanáticas y necias.

Colón, dominando su grande objeto desde la altura inmensa de su genio, irritado por la contradicción, rico en argumentos por sus meditaciones, dotado de conmovedora elocuencia, afrontaba y deshacía las falsas ideas de los sofistas que le rodeaban, pero todo en vano, porque los doctores pedantescos y fanáticos iban a ser los jueces de aquella gran causa.

Los frailes oscuros del convento fueron más simpáticos a Colón, y fray Diego Deza que se le adhirió, contribuyó mucho al crédito de la empresa.

Después de varias conferencias, de dar testimonio el padre Talavera de profundo desprecio por su recomendado, las juntas dejaron como en el olvido y sin resolución aquel negocio.

Colón, de resultas del valimento que logró de algunos próceres, fue agregando a la real comitiva, y disfrutó de las distinciones y favores que gozaban los que seguían a la corte.

Tal vez por esta causa, aunque recibió por aquellos tiempos cartas de los Reyes de Portugal y de Inglaterra, él se decidió a no retirar sus pretensiones de España si no era en el caso de perder toda esperanza.

Cansado al fin Colón de tantos años de irresolución y dilaciones, y viendo los preparativos para la última campaña de Granada, instó con todo empeño por obtener una decisión; preguntaron al padre Talavera sobre la resolución de la junta de Salamanca, y éste, que sin motivo veía de mal ojo a Colón, dijo que los sabios habían calificado su empresa de disparatada e irrealizable.

Pero los planes de Colón habían adquirido tal crédito y su persona tantas simpatías, que los mismos Reyes no quisieron darle una repulsa; sino que aplazaron tomar en consideración el negocio y realizarlo después de la rendición de Granada.

Colón vio en la respuesta de los Reyes una negativa: herido en lo más vivo, buscó la protección de algunos próceres, y al fin, fallidas sus esperanzas, resolvióse a partir para Sevilla, y de allí a donde lo llevase la aventura, no sin visitar antes el convento de la Rábida, recoger a su hijo Diego y dejarlo en Córdoba, en compañía de su hijo Fernando.

Apenas vio el padre Marchena a Colón, pobre y abatido, apenas oyó de sus labios la relación de sus amargos desengaños, y se penetró de la resolución del marino de abandonar a España para dotar con la gloria de su empresa a países extranjeros, se inflamó su espíritu, se exaltó su patriotismo, llamó al médico García Fernández y al piloto Pinzón y de aquella conferencia resultó que el padre Marchena escribiese a la Reina una carta, de tal manera persuasiva y elocuente, que vamos a ver los efectos.

El portador del mensaje para la Reina fue Sebastián Rodríguez; y éste se dio tal prisa y tales mañas para lograr su intento, que a los catorce días estaba ufanísimo en la Rábida con la respuesta.

La Reina daba las gracias al padre Marchena por su celo patriótico y le ordenaba fuese a su presencia.

El ilustre fraile no se hizo esperar; a la media noche montó en su mula y se dirigió violentamente a la corte.

Nunca, dice nuestro paisano García Icazbalceta, tuvo Colón defensor más elocuente que el padre Marchena; sus vigorosos raciocinios eran apoyados por la célebre marquesa de Moya, pero más que todo por la inteligencia y el corazón privilegiado de la Reina Isabel.

De resultas de las conferencias de Marchena, mandóse a Colón que volviese a la corte, y se le enviaron recursos, como decía la Reina, para una bestezuela para el camino.

Llegó Colón a tiempo de presenciar la famosa toma de Granada.

Concluida la guerra iba a tener decisión su negocio. Pero a los primeros pasos se encontraron con obstáculos invencibles las pretensiones de Colón.

Pedía desde luego que se le otorgasen para sí y sus descendientes los privilegios de Virrey y almirante de todos los países que descubriese, con el diezmo de sus productos y otras gracias de menor cuantía.

El escándalo de los próceres fue grande, y llovieron dicterios sobre Colón: el fraile Talavera, que conducía estas negociaciones y que como sabemos, tenía por Colón antipatías, opinaba que era empañar el lustre de la corona acceder a tan locas pretensiones; pero Colón no rebajó un ápice de sus aspiraciones, poniéndose en peligro momento por momento la realización de la empresa.

Así, orgulloso y resuelto en medio de la indigencia, rotas al fin las negociaciones, salió Colón para Santa Fe, camino de Córdoba.

Cuando los pocos amigos de Colón supieron su partida y la resolución que tenía de pasar a Francia se llenaron de dolor.

El escribano de la corona Santo Ángel logró una entrevista con la Reina y le habló en términos vehementísimos: hablando estaba cuando llegó a su auxilio Quintanilla y la marquesa de Moya; todos razonaban, instaban y se apasionaban, de manera que inflamado el ánimo de la Reina por una inspiración súbita y como después de haber medido con su poderoso genio la magnitud de la empresa exclamó: Tomo el negocio por mi cuenta, y si no hay dinero en las arcas, tómese el necesario sobre las joyas de mi Cámara.

Apenas pronunciadas tan decisivas palabras, no corría sino volaba un mensajero en busca de Colón, quien de fijo no hubiera vuelto, temiendo sufrir nuevos desengaños, a no ser por la fe que tenía en la no desmentida probidad de la Reina Isabel.

La poderosa voluntad de la Reina allanó incontrastable todas las dificultades, y a los pocos días, con todos los elementos necesarios, estaba Colón con sus queridos frailes y amigos de la Rábida, quienes lo recibieron locos de contento, en tren de realizar su empresa.

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