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LOS MÁRTIRES DE SAN JUAN DE ULÚA

Eugenio Martínez Núñez

CAPÍTULO VIGÉSIMO QUINTO

LUCHA, SACRIFICIO Y PRISIÓN DE LOS REBELDES DE VALLADOLID


Causas de la insurrección.

Dos años después de la acción de Viesca estalló el levantamiento de Valladolid, Yucatán, que a excepción de los de Veracruz, fue el que mayor número de víctimas arrojó a las mazmorras de San Juan de Ulúa.

Este levantamiento, que se inició en la medianoche del 3 de junio de 1910, y que erróneamente ha sido considerado como la primera chispa de la Revolución Mexicana, se originó por el descontento de la imposición que el científico don Olegario Molina trataba de hacer en la persona de su amigo don Enrique Muñoz Arístegui para Gobernador del Estado de Yucatán, con objeto de perpetuar en la península el sistema dictatorial porfirista.

Ya desde octubre de 1909 se había desatado una enconada persecución contra los adeptos de la candidatura independiente de don Delio Moreno Cantón, y tantas fueron las capturas que se hicieron, que bien pronto la Penitenciaría de Mérida era insuficiente para dar cabida a los prisioneros que a ella eran remitidos diariamente.


Se organiza un complot.

En vista de estos atropellos, los yucatecos que trataban de hacer valer sus derechos dentro de los procedimientos pacíficos de la democracia, pensaron que sólo mediante una acción más enérgica y violenta lograrían hacerse respetar, y para lo cual comenzaron a organizar un movimiento revolucionario que abarcaría todo el Estado.

Según nos cuenta el recién fallecido historiador Oswaldo Baqueiro Anduze, don Miguel Arrollave encabezaría el movimiento en Acancech; Maximiliano Ramírez Bonilla y Marcial Vidal, en Valladolid; don Temístodes Correa, en Tizimín; en Mérida, los coroneles Heliodoro Rosado y Juan Bautista Ramírez, y al capitán José Matilde Sánchez se le comisionó para que hiciera propaganda entre la tropa y realizara giras por el interior del Estado a fin de que consiguiera prosélito s entre la gente brava.

El éxito del plan dependía de la rapidez de su ejecución -agrega Anduze- ya que los conjurados no poseían las armas suficientes para una acción descubierta, frente a frente a las tropas del Gobierno.

Sin embargo, la rebelión preparada, que debía haber estallado el 14 de octubre, no se realizó, a pesar de la resolución de los elementos del pueblo, por la falta de espíritu combativo del coronel Bautista Ramírez, o posiblemente por su propósito de quedarse con los dineros suficientes que se le dieron para armar y conducir a Mérida a los hombres que debía reunir Arrollave en Acancech.


Nuevas aprehensiones.

Después de fracasada la conspiración, gracias a la actitud poco digna del coronel Ramírez, se desataron nuevas persecuciones contra los partidarios de Moreno Cantón, encarcelándose a muchos de ellos, entre los que se hallaba Maximiliano Ramírez Bonilla, que permaneció en la Penitenciaría de Mérida por espacio de seis meses; allí se enteró por boca de sus compañeros de algunos pormenores que ignoraba, o sea que en muchos puntos del Estado se contaba con gente resuelta y con líderes dispuestos a secundar la insurrección, cosa que le produjo la impresión de que la causa no estaba perdida y de que se podía reorganizar el movimiento.


Se redacta un programa de principios.

Mientras Ramírez Bonilla se encontraba preso en Mérida se había llevado a efecto, con gran descontento del pueblo y de los revolucionarios, la imposición de Muñoz Arístegui, y al salir Ramírez Bonilla en libertad en abril de 1910, marchó a Valladolid donde se unió con su viejo amigo Miguel Ruz Ponce, a quien conociendo sus opiniones políticas lo puso al tanto del plan revolucionario, manifestándole que varias poblaciones del Estado estaban de acuerdo para secundarlo. Ruz Ponce, que se sentía vegetar como tenedor de libros en un establecimiento comercial, en tanto asistía al espectáculo de opresión social y económica de la clase indígena, acogió con verdadero ardor el proyecto, y después de haber salido rumbo al sur en compañía de Ramírez Bonilla con objeto de conquistar prosélitos, cosa que ambos lograron con éxito halagador, procedieron a dar forma a un programa en que se concretaran los principios por los que se iba a luchar resueltamente, sin miedo alguno a los riesgos.

El histórico documento, que según el mismo Anduze fue redactado en colaboración del Lic. Jiménez Borreguí, proclamaba la urgencia de medidas adecuadas para evitar que el Estado sucumbiera en manos de un gobierno déspota y tirano; gobierno formado por una sola familia de esclavistas cuya única ambición era apoderarse de todas las principales riquezas del país y reducir al sufrido pueblo a braceros de sus ricas propiedades. El gobierno no era legal porque no había sido ungido verdaderamente con el voto popular; sus hombres eran indignos de guiar la nave del Estado, que llevaban a su perdición completa. Eran intolerables las exageradas imposiciones que desde hacía treinta años pesaban sobre las pequeñas fortunas de la generalidad de los yucatecos.

A tales calamidades se les debía poner término, y para esto se emprendía aquel esfuerzo poderoso, según los principios siguientes:

I. Se desconocía al Gobierno de Enrique Muñoz Arístegui por ilegal, ya que había sido electo contra la voluntad del pueblo.
II. Se nombraría una Junta Gubernativa compuesta de siete personas de reconocida capacidad, amor al orden y acrisolado patriotismo.
III. Para integrar esta Junta, el jefe de la revolución designaría a dos individuos por la capital, uno por la división del Sur, otro por la división del Oriente, otro por la división de la Costa y dos por el Territorio de Quintana Roo.
IV. Esta Junta tendría facultades extraordinarias y dictaría las medidas más urgentes para hacer efectivos los derechos individuales y todo cuanto exigieran las circunstancias.
V. Los empleados civiles y militares que se opusieran al desarrollo del plan serían depuestos; los espías y delatores que fueran sorprendidos en el campo de los propios revolucionarios, serían condenados a muerte.
VI. Eran caudillos de esta Revolución los coroneles Maximiliano Ramírez Bonilla y José Crisanto Chi, a quienes se concedían las facultades necesarias para salvar al Estado, haciendo imperar la opinión pública. Este plan apareció en el paraje Dzelkoop, a los diez días del mes de mayo de mil novecientos diez años y lo firmaban los coroneles Ramírez Bonilla y Crisanto Chi, el teniente coronel Juan de Mata Pool, el mayor José Candelario May, los capitanes José Antonio Balam y Juan Bautista Pech y los tenientes Mónico Tus y Lázaro Báez (1).


Estalla el levantamiento de Valladolid.

Del plan revolucionario el capitán ayudante y secretario Miguel Ruz Ponce sacó once copias, que Ramírez Bonilla se encargó de repartir entre los correligionarios de distintos puntos del Oriente, comunicándoles al mismo tiempo que el levantamiento de Valladolid tendría lugar en la noche del 3 de junio, y a su regreso a esta ciudad hizo lo propio con los indígenas que allí se habían aliado a la conjura.

Refiere el repetido historiador Baqueiro Anduze que el movimiento prosperaría prodigiosamente en Valladolid, porque existían ciertas circunstancias locales que lo favorecerían, y que estas circunstancias fueron el nombramiento de Jefe Político de ese Departamento en favor del capitán retirado don Luis Felipe Regil, hombre de escasísimo tacto y de carácter violento que al llegar a Valladolid, lejos de emprender una labor prudente que hiciera menos ingrata la continuación del régimen, proclamó que era capaz de mantener la más absoluta pasividad y que castigaría, como hasta entonces no se había hecho, la menor transgresión a sus disposiciones"; y que dicho sujeto, en su impulsivismo, tuvo choques personales precisamente con los que después encabezarían el movimiento: con Atilano Albertos, por haber tenido amores sin su consentimiento con su sobrina la joven Virginia Padilla; con Donato Bates, por fomentarle estorbos para el buen funcionamiento de su salón de billares; con Miguel Ruz Ponce, al que humilló significándole varias veces un gran desprecio. Además, a Claudio Alcocer, el hombre más bravo y resuelto de este episodio, lo mandó detener con dos soldados poco antes de que estallara la rebelión, en los momentos en que al galope de su caballo atravesaba la plaza principal de Valladolid con objeto de ver a su madre que se hallaba en agonía. Al tenerlo en su presencia lo insultó gravemente diciéndole burlescamente que con tal acto demostraba una sensibilidad casi femenina que hacía dudar mucho de su hombría, y sin permitirle que realizara su filial propósito lo obligó a salir inmediatamente de la ciudad advirtiéndole, bajo serias amenazas, que jamás intentara volver a ella.

Esta circunstancia (continúa Baqueiro Anduze) valió a la revolución de Valladolid uno de sus más arrojados capitanes. Alcocer, hombre más bien joven, dotado de una energía y actividad extraordinarias, era al mismo tiempo de un temperamento agresivo y pendenciero. En su impaciencia por cobrar venganza, él fue uno de los primeros en acudir el día fijado, llevando treinta hombres de la hacienda de Kantó, de la que era mayordomo. En la medianoche llegó a Valladolid, donde en la plazuela de Santo Tomás se reunió con Ramírez Bonílla, Atilano Albertos, Ruz Ponce, Donato Bates, teniente coronel Tomás Cetina, comandantes Feliciano Cervera y Juan Ojeda Medina, capitán Valerio Sánchez, Bonifacio Esquivel, Anastasio y Ramiro Osorio, José Expectación Kantún y otros muchos insurrectos que en total tenían bajo sus órdenes a unos 1 500 hombres, casi todos indígenas que contaban con pocas armas de fuego y una gran cantidad de machetes.

Momentos después los revolucionarios se dividieron en dos grupos, de los cuales el primero, que quedó al mando de Kantún y Ruz Ponce, se apoderó por sorpresa de la Estación de Policía, haciendo prisioneros a todos los gendarmes y oficiales, y el segundo, jefaturado por el bravísimo Claudio Alcocer y Atilano Albertos, se lanzó resueltamente sobre el cuartel de la Guardia Nacional, del que se apoderó en la misma forma, hiriendo de muerte al odiado jefe político Luis Felipe Regil, que falleció en seguida, y de quien es justo decir que valientemente trató de repeler a los atacantes.


Llegan refuerzos.

En la madrugada del 4 de junio ya Valladolid había caído en poder de las armas insurgentes, e inmediatamente después de que el Gobierno tuvo noticias de tan extraordinario acontecimiento, que produjo una intensa sensación en todo Yucatán, ordenó que el coronel Ignacio Lara, comandante de la Guardia Nacional del Estado, marchara de Mérida a Valladolid con sus hombres y con los que de leva capturara en los pueblos de Kiní, Cansahcab, Muxupip, Baca y Dzumel con objeto de recuperar la plaza y castigar duramente a los forajidos que se habían posesionado de ella. Asimismo, dispuso que el coronel Gonzalo Luque saliera a la propia plaza y con iguales propósitos al frente del Décimo Batallón compuesto de 600 unidades, que aumentadas con las que comandaba el coronel Lara, las fuerzas del Gobierno sobrepasaban la cantidad de 1 200 hombres, más de la mitad soldados de línea pero todos ellos bien armados y municionados, y contra los cuales tendrían que enfrentarse los rebeldes, que como se ha dicho, en su mayor parte carecían de los elementos de guerra más apropiados para sostener sus posiciones en la ciudad arrebatada al despotismo peninsular.


Los insurrectos son derrotados.

El 8 de junio llegó a las cercanías de Valladolid el coronel Luque, que junto con su compañero Lara se dispuso a emprender el asalto sobre la plaza, comenzando por hacer un reconocimiento de las posiciones del enemigo, y sosteniendo con él un fuerte tiroteo; pero no fue sino hasta la madrugada del día 9 cuando se efectuó el ataque formal, dándose el caso de que a pesar de los escasísimos elementos de los revolucionarios, éstos rechazaran por tres veces con notable éxito las acometidas de las fuerzas federales y del Estado; pero al fin, después de un incesante combatir que se prolongó más de doce horas, los insurrectos tuvieron que rendirse por falta de parque, no sin antes haber dado muestras muy elevadas de un valor excepcional durante su larga y heroica resistencia.

Se refiere que un jornalero, desde una de las torres de la iglesia, con los certeros disparos de su rifle había logrado poner fuera de combate a cuantos intentaron dispararle; su puntería llamó tan poderosamente la atención por los estragos que causaba, que se decidió terminar con él. Fue seleccionado un individuo de los de la Guardia Nacional que se significaba como gran tirador: éste aguardó que asomara su enemigo y cuando lo tuvo a su alcance, le disparó dándole en la frente. El bravo insurgente rodó desde lo alto hacia el suelo.

Otro episodio extraordinario es el que se refiere a un jovencito, hijo del pueblo: el muchacho se hizo fuerte detrás de una trinchera en que lo habían dejado solo sus compañeros. Manteniéndose en ella con notable serenidad, continuó peleando; su arma era de las que se cargaban por la boca del cañón y por esto, después de cada disparo, se resguardaba para preparar su arma. En esta forma, el mozalbete hizo varios disparos certerísimos. Su valor temerario llamó poderosamente la atención del coronel Luque, quien lo excitaba a rendirse garantizándole la vida. Como el muchacho no accedía, entonces el jefe federal ordenó que se le tirara a los pies con el objeto de capturarlo sin poner en peligro su vida; pero aun herido el muchachuelo, sacando fuerzas de flaqueza, hizo un nuevo disparo. Esta actitud acrecentó la simpatía del coronel Luque que se interesó especialmente por el herido y hasta se afirma que después lo conquistó para su Batallón (2).

Algunos de los jefes insurrectos son capturados.

Una vez recuperada Valladolid, en cuya acción cayeron más de un centenar de rebeldes entre muertos y heridos y los contrarios tuvieron también un fuerte número de bajas, los soldados de Luque y Lara, en tanto que los revolucionarios emprendían la retirada, saquearon la ciudad con desenfreno y después persiguieron a los jefes del movimiento, logrando capturar a algunos de ellos como Ramírez Bonilla, Atilano Albertos, Bonifacio Esquivel, Expectación Kantún, Valerio Sánchez, Tomás Cetina, Anastasio y Ramiro Osorio, Feliciano Cervera y Juan Ojeda Medina.


Son sentenciados.

Los diez prisioneros fueron encerrados en la cárcel de Valladolid, y en seguida fueron juzgados por un Consejo de Guerra Extraordinario que inició su labor liberticida el 23 de junio, y del cual fue Presidente el capitán Eleazar Muñoz; Juez el general Emiliano Lojero; Secretario el capitán Natalio Torres; Asesor el tribuno y Lic. José María Lozano ; Vocales los capitanes Casto Argüelles, Pedro Piña y Edmundo Figueroa, y Fiscal el Lic. Carlos Rubio Marroquín.

Este Consejo, integrado por elementos incondicionales de la Dictadura, y que además llevaba la consigna de castigar ejemplarmente a los revoltosos o bandoleros, dictó sus sentencias en la noche del día siguiente, 24 de junio, sin haber concedido siquiera el derecho de defensa a los infortunados cautivos.

A Feliciano Cervera, Juan Ojeda Medina y Bonifacio Esquive!, según dice el historiador Barrera Fuentes, los sentenció a 15 años de prisión, inhabilitación de por vida y pago de una multa de un peso veinticinco centavos, como reos de los delitos de reuniones tumultuosas, robo en cuadrilla y resistencia a tropa armada.

A Tomás Cetina, Valerio Sánchez y Ramiro y Anastasio Osorio a trece años cuatro meses de cárcel por los mismos delitos que los anteriores y por el de sedición.

Y finalmente, Maximiliano Ramírez Bonilla, Atilano Albertos y José Expectación Kantún, como responsables de todos los delitos señalados a los demás sublevados y del de homicidio, fueron sentenciados a la pena de muerte.


La ejecución.

Bonilla, Albertos y Kantún fueron puestos desde luego en capilla, y a las cuatro de la tarde del día siguiente, 25 de junio, fueron conducidos al patio del abandonado templo de San Roque, donde se formó el cuadro.

Veinte tiradores al mando del subteniente Ferrer Díaz -dice el tantas veces mencionado Baqueiro Anduze- cumplieron la terrible sentencia. Los tres infortunados rebeldes se ofrecieron al sacrificio con un valor extraordinario. AIbertos rechazó la venda que quisieron ponerle en los ojos ... Kantún, antes de morir quiso formalizar el estado civil en que dejaría a la mujer que lo había acompañado en la vida. Después de la ceremonia, la infeliz se deshacía en lágrimas. El quiso fortificarla, pero con sus palabras tan conmovedoras no hizo más que aumentar su dolor. No llores, le dijo. Yo te he querido siempre y la prueba es que no he podido terminar sin casarme contigo. Nada puedo dejarte porque nada tengo, pero contigo queda mi alma ... Así, pues, no te olvides de este pobre que muere por el calor de un ideal ...


A San Juan de Ulúa.

Después del fusilamiento de estos tres gloriosos luchadores, los demás revolucionarios, o sean el teniente coronel Tomás Cetina, que era un anciano de 75 años de edad, los comandantes Feliciano Cervera y Juan Ojeda Medina, el capitán Valerío Sánchez, Bonifacio Esquivel, platero, y Anastasio y Ramiro Osorio, carpinteros, fueron enviados a Mérida y luego al puerto de Progreso, donde el 30 del mismo junio fueron embarcados en la corbeta Zaragoza con rumbo a Veracruz, para en seguida ser remitidos a cumplir su terrible condena en el presidio de San Juan de Ulúa (3).

Pero no solamente estos siete jefes vallisoletanos fueron enviados a la fortaleza, sino que en los primeros días de septiembre de 1910, y como resultado de una feroz persecución emprendida por el sanguinario general Ignacio Bravo, comandante militar de Quintana Roo que a marchas forzadas llegó a Valladolid al frente de su batallón dos días después de recuperada la plaza, fueron conducidos también al Castillo en la misma corbeta más de 100 de los hombres que tomaron parte en la rebelión, y los cuales, junto con sus jefes, salieron en libertad con la caída del régimen porfirista después de haber sufrido grandes torturas; pero seguramente todos con la satisfacción de haber llevado a cabo el heroico levantamiento, que aunque estuvo desligado de las luchas insurreccionales de los partidos Liberal y Antirreeleccionista, no por eso dejó de tener sus honrosas virtudes ciudadanas, puesto que fue una chispa más de las muchas que encendieron la llama de la Revolución en el pueblo de México.


NOTAS

(1) La Ciudad Heroica. Historia de Valladolid. Por Oswaldo Baqueiro Anduze. Publicada en Mérida, Yuc., en 1943.

(2) Misma obra de Baqueiro Anduze.

(3) Según testimonio de John Kenneth Turner, ilustre autor de México Bárbaro, por esos mismos días fueron remitidos a la fortaleza numerosos maderistas que en la población de Tehuilzingo. Pue., luchaban contra la Dictadura, y a los cuales se les había sentenciado a 20 años de prisión.

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