Índice de Apuntes de mi vida pública (1892-1911) de José Yves LimantourSEGUNDA PARTE - CAPÍTULO TERCEROSEGUNDA PARTE - CAPÍTULO QUINTOBiblioteca Virtual Antorcha

Apuntes sobre mi vida pública
(1892 - 1911)

José Yves Limantour

SEGUNDA PARTE

CAPÍTULO CUARTO

La opinión pública en México en marzo de 1911. Actitud del presidente hacia los científicos. Mi situación con respecto a ellos. Renuncia del gabinete


El Gobierno no recogió más fruto de la victoria de Casas Grandes que un respiro de dos o tres semanas, del que por cierto, poco o nada aprovechó. El efecto moral en los sediciosos y en los simpatizadores de la revolución, fue de muy escasa importancia, pues a poco andar se extendieron por muchas regiones del país los levantamientos y las violentas manifestaciones de oposición; y por otro lado, la masa general del país y los partidarios del Gobierno estuvieron muy lejos de recobrar la confianza. Al ver estos últimos que aquel golpe no había acabado con el movimiento armado, comprendieron la gran evolución que se había operado en el espíritu público, que de conservador que era del orden de cosas existentes, se' iba alejando rápidamente, en sus demostraciones, de palabra y de acción, del Jefe del Estado y de todos los que constituían el grupo gobiernista; y así cundió el desaliento.

Desde mi entrada al territorio nacional me di cuenta del cambio tan grande habido en la opinión general, durante mi ausencia. Los generales don Gerónimo Treviño y don José María Mier me pusieron al tanto de la gravedad de la situación, en las cuantas horas que el tren se detuvo por orden suya en Monterrey, con motivo del aviso que recibieron de que una partida de pronunciados me esperaba un poco más allá de Saltillo. La actitud de dichos amigos, que siempre me merecieron confianza por su lealtad, experiencia y espíritu sereno, me causó honda impresión; pero mayor fue todavía la que me produjo el relato de varios compañeros de Gabinete y de amigos personales míos, que salieron al camino a recibirme, sobre la política del Presidente, el estado del país, y la enorme agitación que por todas partes existía. Más lo que sobrepasó cuanto podía imaginarme en materia de sorpresas, fue el espectáculo de las entusiastas manifestaciones de simpatía, y a la vez de angustia y de esperanzas con que millares de personas de todas las clases sociales y políticas, me recibieron en la mañana del día 20 de marzo en la estación del ferrocarril en México.

Todo el mundo quería hablar conmigo, como si de mí hubiese dependido el desenlace favorable de la situación, para darme a conocer su modo de pensar respecto a las aspiraciones del país y los medios de realizarlas. No era necesario ser muy perspicaz para advertir el inmenso desconcierto y la gran decepción que reinaban entonces en todo México, aún entre las personas más allegadas al Gobierno; y en medio de confusión tan grande sólo dos cosas podían distinguirse: una gran inquietud en los ánimos, y la pérdida de confianza en el Gobierno.

A medida que fui hablando con toda clase de personas así en mi casa, como en los lugares públicos, en el Ministerio, y hasta en la misma Presidencia, se confirmaban más y más mis primeras impresiones; y no obstante la alarma que me produjo la sobre-excitación de unos y la desmoralización de otros, confieso que lo que estuvo a punto de ofuscar por completo mi criterio y de hacerme perder toda sangre fría, fue la diversidad tan grande de opiniones, de exigencias y de deseos, frente a la cual me vi, y que imposibilitaba por completo la formación de un plan que se apoyara en el juicio o en las aspiraciones de un grupo bastante numeroso de personas de antecedentes conocidos y bien intencionadas. Me causa pena decirlo, pero si algún desideratum se desprendía del conjunto de las ideas directivas expresadas por mis interlocutores, sólo fue el de un cambio total de política y de personas, incluyendo entre estas personas al mismo Presidente de la República. No se pensaba más que en demoler y no en reconstruir; todos hablaban de quitar a los funcionarios de sus puestos, pero a la hora de proponer los sustitutos, estallaba la discordia. Sin embargo, a pesar de sus preferencias, anteponían a toda consideración el deseo de un cambio cualquiera que fuese, bueno o malo, poco importaba, y esta sobre-excitación casi enfermiza, existía algunas veces con disimulo y otras sin él, hasta en personas que visitaban al Presidente y a su familia en su casa particular. En más de una ocasión tuve que intervenir muy duramente para que cesara el escándaloso lenguaje de algunos que pasaban por ser familiares de la casa, y que hacían votos abiertamente porque se retirara el general Díaz.

(Convendría describir con mayores detalles y colores más vivos, el estado de exaltación y también de desaliento que reinaban en México ya a fines de marzo, y principalmente la pérdida tan grande que habían sufrido la popularidad y el prestigio del Presidente, cuya renuncia de su puesto pedía todos los días un número creciente de personas).

Sobrepujaban naturalmente en pesimismo a todos los demás informes y razonamientos sobre la situación, los de aquellos miembros del Gabinete y demás amigos que salieron hasta cerca de San Luis Potosí al encuentro del tren en que yo iba. Y dan el avance de la revolución, formidable e irresistible, y calificaban muy duramente la política que seguía el general Díaz. Me afirmaban que el Presidente no tenía más propósito que el de ir alejando de los puestos y negocios públicos a los hombres más caracterizados del grupo científico, que de un modo especial servían de blanco a la oposición, y esto para demostrar ante la Nación entera, que no ejercían dichos hombres sobre él la más pequeña influencia. Como fundamento de sus afirmaciones me relataron una larga serie de hechos acaecidos durante mi ausencia, muchos de los cuales ignoraba yo, y atribuían la actitud pasiva del general Díaz, que no quiso hacer cambio alguno en su política hasta mi llegada a México, al temor de que los científicos al verse alejados del Gobierno, comenzaran a hostilizarlo aumentando así el descontento general.

Los indicados amigos estaban enteramente convencidos de que toda colaboración colectiva con el Gobierno era ya imposible, no sólo por el motivo expresado, sino por la falta de una política firme y bien definida, que utilizando los elementos sanos de la Nación, tuviera probabilidades de salvar la crisis. En suma, las impresiones que me comunicaron fueron las siguientes: que el país marchaba al abismo sin que fuese posible evitarlo, dada la situación caótica a que se había llegado, en gran parte por la política tortuosa del Presidente; y que no les quedaba a los científicos otro recurso -ya que no dependía de ellos modificar las circunstancias y que jamás se opondrían al general Díaz-, más que separarse por completo de la política recobrando cada cual su libertad de acción, resolución que tomamos todos en el mismo tren que nos conducía a la Capital y que alguno de nosotros sintetizó en estas palabras, toque a dispersas, que repetimos varias veces al despedirnos.

Bajo la influencia de todas estas impresiones tuve mis primeras entrevistas con el Presidente en quien no tardé en descubrir su firme intención de eliminar a los científicos de la escena pública. Encajando tan bien esa idea dentro de nuestro modo de pensar, de mis amigos y mío, no hice la menor objeción; y para no exponerse a lastimar a ninguno de sus Ministros, me pidió el favor, de que yo fuese quien indicara a los que formaban parte del Gabinete, la conveniencia de que presentasen su renuncia, cosa que hicieron inmediatamente y de buen grado. Pero el conflicto surgió y tremendo al notificarle mi resolución de separarme yo también del Gobierno. Con una tenacidad y una energía, que por los notorios estragos de la edad ya no parecía capaz de desplegar, el general Díaz se empeñó entonces en disuadirme, pretendiendo, con miles de razones que no necesito reproducir aquí, que yo no me hallaba en el mismo caso que los demás, sino en circunstancias enteramente distintas que, lejos de inhabilitarme, reclamaban imperiosamente mi concurso para salvar la crisis. Durante tres días, por la mañana, la tarde, y en la noche, discutimos ese tema, valiéndose el Presidente de cuantos argumentos le sugirió la singular habilidad que tenía para salir victorioso en esta clase de trances, hasta que, como último recurso, concluyó diciéndome, en una forma y en un tono en los que no pude distinguir si era el resentimiento, la inquietud o el enojo lo que dominaba, que sería para él, como una puñalada por la espalda la que recibiría, si a la vista del mundo entero arrojaba yo al suelo, al enterarme en pocos días de cómo andaban las cosas, la cartera que con beneplácito general había tenido en mis manos diez y ocho años, y esto cuando todos sabían que regresaba yo de Europa al llamado del Presidente para galvanizar al Gobierno, después de haber palpado la opinión pública y la oficial de los Estados Unidos, y de dar lugar a que se me esperara en la República con los brazos abiertos para coadyuvar al enderezamiento de la situación.

Por dura que fuera para mí la comparación de que usó el Presidente en su afán de abultar el perjuicio que podía causarle mi separación del Gobierno, en el momento crítico por el cual se atravesaba entonces, logré conservar mi serenidad pensando en las consecuencias que tal vez acarrearía una resolución decisiva tomada por mí en un arranque, o que sólo se inspirara en consideraciones meramente egoístas; y quedamos en aplazar, por última vez, el asunto, pero sólo por unas cuantas horas. Las pocas personas a quienes puse al tanto, en ese intervalo, de lo que pasaba, o se mostraron opuestas a que condescendiera yo a los deseos del Presidente, o se abstuvieron de darme consejo: nadie me alentó en sentido afirmativo. Esto no obstante, al pasar en revista las razones que militaban en pro y en contra de la renuncia, me sentí muy impresionado por la terminante afirmación del Presidente de que al separarme comprometería yo gravemente la situación.

Un hombre de carácter, y con las más altas prendas de Gobernante, como era el general Díaz, no descubre nunca sus angustias, ni hace depender su política de la voluntad de otro. Al declararme el Presidente lo que me dijo no podía, por lo mismo, inspirarme duda sobre su absoluta sinceridad, menos aún, cuando algunas de sus apreciaciones sobre el aspecto de la tormenta coincidían bastante con las mías.

La ilusión de que podría hacer algo de provecho, valiéndome de los informes que había recogido, así como, del apoyo de una parte de la opinión pública ilustrada que me era favorable, y aprovechando la oportunidad única que se presentaba de realizar algunas reformas que desde años atrás me parecían indispensables y a la vez susceptibles de contribuir a Ja pacificación del país, en mucho influyó, de consuno con otras reflexiones de interés general, para que al fin accediera yo a lo que se me pedía; pero no podría yo asegurar, escudriñando bien mi conciencia, que los sentimientos de afecto, gratitud, y lealtad hacia el general Díaz, no fueron los factores predominantes en mi ánimo para resolverme a asumir la más terrible responsabilidad de toda mi vida. ¡Que los que estimen en poco estos sentimientos me condenen sin piedad! De los demás espero que cuando menos me concedan circunstancias atenuantes.

Al conocerse en el público la caída del Ministerio, y verse que, con excepción del que esto escribe, se habían separado todos los Ministros reputados, con razón o sin ella, por científicos, se produjo una gran sensación que en no pocas personas llegó a ser de verdadera indignación por no haber yo unido mi suerte a la de los Ministros salientes.

Hasta cierto punto se explica que muchos de los que no han tenido ocasión de acercárseme, y que, por lo que oían decir, o por simpatía personal, o por su cooperación en algunas labores públicas, o por otras circunstancias igualmente extrañas a mi persona, llegaran a considerarme como Jefe de partido, y me creyeran, por lo tanto, obligado a cumplir con todos los deberes que impone semejante situación. Sin embargo, si hubiesen reflexionado que tal suposición sólo podía fundarse en apreciaciones dudosas, y no en hechos claros y precisos, ni menos en actos o palabras mías, la luz se habría abierto paso al través de las apariencias brumosas, y hoy los mismos que me censuran comprenderían la injusticia de sus cargos.

En efecto, ¿sobre qué descansa la creencia de que fui el jefe, o uno de los jefes del partido científico? Prescindo desde luego, para no entrar en pormenores que se presten a largas discusiones, de la demostración de que jamás ha existido el tan mentado partido político más que en la imaginación de aquellos que quisieron dar la apariencia de cuerpo político a un cierto número de individuos para combatirlos más fácilmente ante la opinión pública haciendo de dicho cuerpo el blanco de todos los tiros; y contesto sencillamente la pregunta diciendo: que la expresada creencia sólo se debe al hecho de haber sido yo el primero, entre los que firmamos el Manifiesto de la Unión Liberal en abril de 1892 y fuimos designados por ironía con ese sobrenombre de científicos, que formara parte del Gabinete del general Díaz ocupando así una situación encumbrada, situación que, dicho sea de paso, no debí a la circunstancia de ser uno de los signatarios de dicho manifiesto, sino a consideraciones de carácter meramente personal muy anterior a la Unión Liberal. Por más que se busque, no se le encontrará otra explicación a la leyenda que trato de destruir, pues es bien sabido de todos los políticos militantes, cualquiera que sea su color, que el centro de las actividades del grupo científico estaba por otro lado, y que las direcciones que en determinadas circunstancias se dieron a los amigos que las solicitaban, nunca partieron de mí.

Mi participación en lo que pudiera llamarse política del grupo, fue muy secundaria y casi siempre accidental. Se manifestaba en simples conversaciones con unos cuantos amigos, que no siempre eran los mismos, y en las cuales lo que se decía o convenía, todo sin formalidad alguna, no tuvo ni la menor apariencia de discusiones o resoluciones de un grupo que se propusiera seguir su propia línea de conducta. No escaseaban, por supuesto, en esas reuniones, ni las iniciativas ni las censuras, pero las cosas no pasaban de ahí, porque nuestra firme y sincera adhesión al Presidente, y la convicción de que toda discordia acentuada sería contraria al interés del país, nos retrajeron siempre de dar cualquier paso de propaganda o de organización que pudiera interpretarse desfavorablemente por él.

Hay un mundo de distancia entre la situación que realmente ocupé en el Gobierno con relación al grupo de los científicos, y la que se suponía en la opinión general. Pocos, muy pocos se fijaron en que mi actitud quedaba suficientemente explicada por los vínculos, no de la política activa, sino de orden intelectual, que me unieron durante muchos años con un pequeño número de hombres que recibieron la misma instrucción que yo, y fueron educados en las mismas doctrinas político-sociales; y menor es todavía el número de los que no han parado mientes en que ni por hechos, ni por omisiones, mi conducta ha dado justo motivo para que se difunda una impresión contraria a la realidad. Pues qué, ¿se me vio alguna vez asistir a reuniones donde se trataran cuestiones electorales, de propaganda, etc., presidir conferencias, concurrir a manifestaciones de partido, aceptar agasajos de color político, procurar ganar popularidad, ejecutar actos de verdadera jefatura? ¿Se sabe acaso de fuente verídica, que yo invitara o comprometiera a alguien a trabajar en favor mío, o en interés exclusivo del grupo; que proprcionara dinero o elementos de lucha con el propio objeto; que yo dirigiera o fomentara movimientos de la opinión pública, orientándolos por rumbos independientes de la política del Gobierno? ¿Hay quien pueda probar que la Secretaría de Hacienda, mientras estuve al frente de ella, subvencionara periódicos políticos, persiguiera a los que le hacían oposición, o inspirara la prensa gobiernista en asuntos que no fueran del ramo? ¿Se dio siquiera el caso de que una autoridad Federal, o un Gobernador de Estado, o un simple Jefe Político recibiera cartas o recomendaciones mías para favorecer los intereses de mis supuestos amigos políticos? No, evidentemente que no. Pero hay más, y no se trata de abstenciones, sino de hechos positivos. Cuando en órganos de la oposición se habló de maniobras mías para asegurar el triunfo del tan mentado partido-fantasma, ¿no hice declaraciones de las más terminantes, por medio de la prensa, desmintiendo todas las especies relativas al papel político que se me atribuía?

Aplicando un criterio sereno a los hechos y consideraciones que preceden creo que, por íntimas que hayan sido mis relaciones con varios de los más connotados científicos, y no obstante que siempre estuve ligado con ellos en tendencias e ideales políticos, no pueden atribuírseme con justicia ni los méritos ni las torpezas, ni menos todavía, las facultades y responsabilidades de la dirección o jefatura del grupo. Fui uno de tantos, pero seguramente el menos activo, por más que nuestros adversarios se esforzaran en ver en mi persona la cabeza del grupo, con el fin preconcebido de encarnizarse contra mí, como miembro del Gabinete, para nulificarnos más fácilmente a todos.

Si sólo se me tachara de haber cometido de buena fe el error de permanecer al lado del general Díaz, en lugar de retirarme con los demás Ministros que dejaron de formar parte de su Gabinete, no me sentiría, tal vez, en un terreno muy firme para sostener la discusión, pero ha sido juzgada con tanta severidad mi conducta en ese punto, especialmente por mis propios amigos, que por este motivo me ha parecido conveniente, no sólo en mi propio beneficio, sino también para el interés de la historia, dar con alguna extensión todas las explicaciones necesarias, a fin de que cada cual aparezca en el papel que le tocó representar.

Antes de concluir esta materia deseo agregar dos palabras. Todo el mundo conoce la magnitud y la sinceridad del afecto con que me honró el general Díaz y que, por cierto, le fue de mi parte muy vivamente correspondido. Estos hondos sentimientos de amistad apoyados en el sin número de distinciones y pruebas de confianza que me prodigó, no obstante nuestras diferencias de opinión en algunos asuntos, explican seguramente mejor que los méritos personales que el Presidente me atribuía, los estrechos vínculos que me unieron a él durante tantos años de una colaboración en que me asoció, acaso en mayor grado que a cualqniera otra persona, en su magna obra de reconstrucción nacional. Fue esta consideración, como ya queda dicho en otra parte de este libro, una de las más eficientes para decidirme a unir mi suerte a la del general Díaz en los momentos difíciles, sabiendo perfectamente que me exponía a disgustar a mis amigos y a cargar con muchas responsabilidades ajenas, sin que por ello aumentara la esperanza de obtener el apoyo de la mayoría de mis conciudadanos en la política de pacificación que iba a emprenderse; y esto cuando podía haberme retirado tranquilamente a mi casa, con muy buenas razones, y dejando que otros continuaran bregando y reportaran las consecuencias de dicha brega contra tantos elementos perturbadores que se levantaron y prosperaron durante mi ausencia, y que el Gobierno no había logrado dominar a tiempo.

Bien se que la franca confesión que acabo de hacer no me descargará del pecado de subalternar en parte, a las expresadas consideraciones de carácter personal, las más generales y respetables del bien público. Tranquilo quedo, sin embargo, ante tal censura, porque además de lo mucho que cabe decir sobre la mejor manera de procurar la realización del bien público, si es obrando rígidamente en línea recta, o buscando los puntos de menor resistencia para llegar con menos dificultad al fin deseado, ninguna persona conocedora a fondo del corazón humano, y con mayor razón si es de aquellas que están familiarizadas con las ideas dominantes en el mundo político mexicano, podrá juzgar con imparcialidad mi conducta en el incidente del cambio de Gabinete sin tomar en cuenta la naturaleza excepcional de las estrechas relaciones que me envanezco de haber tenido con el hombre público más grande de nuestra historia patria, y que ejercieron tanta influencia sobre mi determinación de no separarme de él.

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