Índice de Emiliano Zapata y el agrarismo en México del General Gildardo MagañaPresentacion de Chantal López y Omar CortésTOMO I - Capítulo I - Bosquejo geográfico del Estado de MorelosBiblioteca Virtual Antorcha

EMILIANO ZAPATA
Y EL
AGRARISMO EN MÉXICO

General Gildardo Magaña

TOMO I

A MANERA DE PRÓLOGO


Los más grandes sucesos y las más grandes ideas -las más grandes ideas son los más grandes sucesos- se comprenden muy tarde: las generaciones contemporáneas no los viven, aunque viven cerca. Acontece en la vida, como en el reino de los astros: la luz de las estrellas más lejanas llega tarde a nosotros; y entretanto, el hombre niega que tales estrellas existan.

F. NIETZSCHE


Estas páginas, llenas de sinceridad y de verdad, impregnadas de nuestra profunda convicción nacida al calor de la penosa y larga lucha en defensa de la causa zapatista, no tienen la pretensión de ser una obra histórica. Son únicamente relatos sencillos de algunos hechos de la Revolución Agraria.

Hablamos en plural, porque somos varias las personas que hemos hilvanado estas páginas; con el suscrito han colaborado con todo entusiasmo el coronel Carlos Reyes Avilés, en un principio, y el profesor Carlos Pérez Guerrero, después.

Pronto hará un cuarto de siglo que la voz de Emiliano Zapata se oyó por primera vez en la Villa de Ayala, reclamando las tierras usurpadas.

Vino la lucha armada contra el gobierno del general Porfirío Díaz. El viejo Dictador, arrullado quizás por el recuerdo de sus innegables méritos de soldado victorioso de su patria y confiado tal vez en la popularidad de que gozó en los primeros períodos de su gestión gubernativa, insensiblemente se fue distanciando de su pueblo, hasta desligarse completamente de él, a lo que en no pequeña parte contribuyó el nefando grupo de sus aduladores, que provocaron la desconfianza de sus gobernados primero, el desprecio después, y el destierro más tarde.

Había llegado su gobierno a esa fase que indefectiblemente alcanzan los grupos que se adueñan del poder y en él se olvidan no sólo de los compromisos contraídos, sino de los más elementales principios de moral pública; había llegado a esa fase a la que llegan los grupos que sin querer renovarse para estar de acuerdo con las palpitaciones de la sociedad, se perpetúan en el gobierno, lo ven como una cosa propia y se constituyen, no en guías y servidores de quienes los encumbraron, sino en explotadores del conglomerado social.

Cegado el viejo gobernante por el humo del incienso quemado a su alrededor; aislado del pueblo por el férreo círculo de los convenencieros, de quienes se dejó rodear; sordo, más que por la acción del tiempo, por el ininterrumpido coro de sus aduladores, que le hacían creer que sus más lamentables yerros eran aciertos que la Patria agradecía, gobernó en los últimos años de su actuación alejado de los de abajo, ignorando su sentir y convertido en instrumento del grupo científico. No fue sino hasta que el pueblo en masa de la metrópoli lapidó su residencia en la calle de Cadena, cuando el octogenario Cáudillo despertó del sueño en que lo habían sumergido; pero el grupo científico, artero y mañoso, hábil y precavido, aparentó su derrota, para vencer prácticamente a la Revolución con el Convenio de Ciudad Juárez, que fue una claudicación muy lamentable.

Con ella empieza a eclipsarse la figura gigantesca de Madero rebelde y comienza a surgir, con relieves definidos, la de Emiliano Zapata, que al fin se impuso vigorosa, por la justicia que le asistía, por su inmensa intuición y por su fe inquebrantable.

Mucho se ha hablado acerca de que alguno o algunos de los intelectuales que sucesivamente colaboraron con Zapata -y los hubo sinceros y de valía- fueron el cerebro del movimiento suriano. Nada más inexacto. Zapata fue el cerebro que pensaba y el brazo ejecutor. Su clara visión, su inflexible carácter y su honradez orientaron tanto a los intelectuales, cuanto a quienes no pudiéndonos catalogar precisamente entre ellos, colaboramos con el Caudillo, con toda sinceridad y entusiasmo.

Si el modesto hijo de Anenecuilco se hubiera conformado con el triunfo de la Causa Democrática, no se habrían agrupado en su contra los poderosísimos elementos que en todas las formas imaginables trataron de aniquilarlo.

Ningún jefe, de tantos como surgieron en nuestro movimiento revolucionario, fue tan villanamente calumniado, ni tan cobardemente combatido como lo fue Emiliano Zapata, porque ninguno de ellos representaba lo que aquel visionario, dentro del movimiento social que inició.

Ningún otro Estado de la República fue tan vilipendiado, ni tan asolado durante el período de la lucha armada que acabamos de presenciar, como el Estado de Morelos, que con tanta justicia y merecimiento lleva el nombre del bravo insurgente, una de las más legítimas glorias y claro timbre de orgullo de la raza.

El elemento intelectual mexicano de 1910, acomodaticio, egoísta. y convenenciero, estuvo, en su inmensa mayoría, en contra del movimiento acaudillado por Madero, quien, sin embargo, llegó a contar con algunos intelectuales jóvenes que con él colaboraron en su magna empresa.

Este fenómeno de distanciamiento entre los intelectuales y las masas populares que pugnaban por redimirse, en ninguna otra facción revolucionaria de las que surgieron posteriormente del movimiento inicial maderista tuvo caracteres tan definidos como en el zapatismo, dentro del cual se marcó el completo divorcio de la clase humilde y la intelectual de la entidad suriana.

Ningún intelectual morelense, a excepción de Montaño, se afilió a las huestes de Zapata; los que de su causa se ocuparon, salvo honrosísimas excepciones, fue sólo para denigrarlo. Los colaboradores de su obra llegaron de otras regiones del país.

De entre lo que pudiéramos llamar clase media de Morelos, sí contó el Caudillo suriano con algunos colaboradores que temporalmente lo acompañaron y que, por ser su número tan reducido, podrían contarse con los dedos de la mano.

Pero en cambio, tuvo Zapata, como ningún otro jefe revolucionario en el país, la confianza absoluta, el cariño sincero y la ayuda decidida -jamás negada- de la enorme masa de los desheredados, no sólo de su Estado, sino de los limítrofes.

Fueron los ignorantes -dice Axzubide-, los analfabetos, los que el mundo califica de rémora, quienes comprendieron el llamado de Zapata; fue entre la turba donde halló a sus defensores, y es que, arrancando su ansia del dolor, sólo los que sufrían lo comprendieron.

El tiempo, gran amigo -como decía el Caudillo-, con su implacable cincel, burila ya los recios perfiles del gran libertador suriano, figura internacional de redención proletaria.

Forman ya legión los escritores de distintas nacionalidades, como William Gates, Luis Araquistain, Estanislao Pestjovsky, Marcelino Domingo, Adolfo Reichwein, Ramón del Valle-Inclán, Veillant Coutier, José Ingenieros, Carleton Beals, Alfredo L. Palacios, Renaud Jean, Grenen Tanembauen, Henri Barbusse, Freemon, Upton Sinclair, J. H. Retinger, A. Goldschmidt, Scott Nering y otros muchos profundos pensadores contemporáneos, quienes, al penetrar en el estudio de las causas que produjeron el movimiento que acaudilló Zapata, le hacen cumplida justicia.

Entre los que a conciencia se han ocupado últimamente del estudio de nuestro problema social, se destacan prominentemente el profundo y comprensivo escritor español don Julio Alvarez del Vayo, talentoso Embajador de la República Española y digno representativo de la España Nueva, pujante y vigorosa, que supo arrojar de su suelo en un gesto encorajinado y de justísimos anhelos, la polilla que la asfixiaba.

Refiriéndose a la condición que ha guardado la raza indígena de nuestro país, dice el señor Alvarez del Vayo:

Me he encontrado con un pueblo obligado a luchar con la naturaleza en condiciones particularmente severas, desprovisto frecuentemente de los medios más elementales de defensa, sin instrucción económica adecuada y que, sin embargo, da en sí la medida de las posibilidades del desenvolvimiento de México.

Y luego agrega:

Su incorporación definitiva a la economía nacional, no como una carga heredada y fatal, sino como elemento valiosísimo y activo, me parece la obra de más trascendencia social por realizar y cuyo descuido podría acarrear una de esas venganzas terribles que reserva la historia a los que se entretienen con ella.

Y así, este sincero amigo de la verdad y de la justicia, condensa en unas cuantas líneas la razón plena que asistió al movimiento reivindicador de México.

Morelos, el Estado mártir de la Revolución, está surgiendo nuevamente a la vida nacional, tras de su larga y dolorosa tragedia y de haber pasado por la infamia y la codicia de los latifundistas del porfirismo, por las penalidades del período de intrigas del gobierno de De la Barra, que dividieron a la Revolución, por las depredaciones, incendios, saqueos y asesinatos en masa que ejecutó Juvencio Robles durante el gobierno de Madero y que, al no aceptar el jefe suriano las proposiciones que le hizo el Usurpador, se prolongaron a la época en que estuvo éste en el poder; finalmente, por la angustiosa pesadilla que para la infortunada entidad significó la presencia de Pablo González y sus fuerzas.

La equivocada actuación de algunos subordinados de este militar, superó en mucho a la de su antecesor el neroniano Juvencio Robles, en infamia y en rapiña, pues lo que aquéllos ejecutaron en el desventurado Morelos, fue inaudito. No parecía que su obra fuese la de combatientes, ni de mexicanos, ni de humanos siquiera.

El asesinato en masa de 204 indefensos vecinos, sin escapar ancianos, mujeres y niños, llevado a cabo por Jesús M. Guajardo en Tlaltizapán, a fines de 1916, así como otras carnicerías ejecutadas durante la estancia de esa hiena en el Sur, no tienen nombre; su mismo recuerdo horroriza.

Los procedimientos de algunos subordinados del general González, hicieron aparecer al conjunto más que como una parte del Ejército revolucionario que solamente iuchaba contra sus hermanos por divergencia de criterio, más que como una fracción del guardián glorioso de las instituciones, más que como un integrante del sostén de un gobierno emanado de la Revolución, como una bien organizada agencia de mudanzas que conducía desde un alfiler hasta un piano; desde una gallina hasta una vaca; desde un metate para la soldadera del modesto Juan, hasta la maquinaria de los ingenios para el opulento general. Se llevaron con descaro el ganado y las semillas de los pueblos, así como la maquinaria de las haciendas, que inicuamente fue destruída para venderla como cobre y hierro viejo en la capital de la República; lo mismo hicieron con las vigas y las láminas de los techos, con las puertas de las casas y las bancas de hierro de las plazas públicas, hasta con las campanas de los templos, y las estatuas de bronce; finalmente, hasta de las lámparas eléctricas se apoderaron cuando ya no fue posible cargar con otras cosas. Así dejaron al Estado en la mayor ruina; el afán de llevarse todo de la entidad suriana llegó a sistematizarse de tal modo, que se acostumbraron los morelenses a ver aquellos actos punibles como los más naturales del mundo.

Y así quedó reducida a la más espantosa miseria la sufrida entidad, cuna y sostén de la reforma agraria.

Así como señalamos la actitud reprobable de algunos subordinados del general González, así también es de justicia reconocer que hubo otros muchos jefes que al combatir al zapatismo, se concretaron a cumplir honradamente con su deber de soldados defensores del gobierno al que servían y reprobaron los atentados de los malos elementos a que nos referimos.

Pablo González segó la vida del más firme y desinteresado defensor del movimiento social de mayor trascendencia que registra nuestra historia; pero no pudo exterminar los ideales que su víctima sostuvo siempre con dignidad inigualable.

Por fortuna para la Revolución, vino el formidable y vivificante movimiento de Sonora, en mayo de 1920, haciendo que el elemento genuinamente revolucionario del constitucionalismo sacudiera de sus recias espaldas el pesado fardo de los errores del carrancismo. Y así fue como, dentro de ese movimiento, se consolidó la firme base sobre la cual se edificaría la obra social de la Revolución Mexicana. Sonora no encabezó un movimiento de vulgar infidencia -como sus enemigos quisieron hacerlo aparecer-, sino la honrada protesta y el gesto viril de rebeldía y de defensa de la obra revolucionaria, en contra del desorientado carrancismo.

Por esto un culto periodista revolucionario, refiriéndose a Alvaro Obregón, atinadamente dice:

En 1920 fue el genio que recogió el inflamado grito del Sur, elevando a la categoría de realidad lo que en las banderas de Zapata no había alcanzado más que los timbres de una esforzada y heroica pugna sin éxito, por la mayor reivindicación social.

Si alguna vez es grande entre los grandes Alvaro Obregón, es en 1920; porque condensa en su actitud y en su obra los afanes del pueblo, que cree en las conquistas revolucionarias y porque reúne las demandas inflexibles de los herederos de Zapata, enarboladas bajo los soles vivos del Sur.

Cuando el hijo predilecto de la Revolución junta en un solo haz de verdad a todos los revolucionarios y cuando absuelve a los que desfallecieron o desviaron la ruta, para formar con todos el núcleo central de la Patria, Obregón deja de ser el Caudillo de un partido armado, para convertirse en la fuerza y el punto central del pensamiento revolucionario de México.

Una vez que la reacción pudo percatarse de los propósitos de Obregón -con quien desde 1919 estábamos de acuerdo los zapatistas-, con toda habilidad y discreción intentó hacer llegar hasta su ánimo la idea de que, al implantarse prácticamente la reforma agraria en la República, ocurriría lo que en el Estado mártir. Allí, en Morelos, está la prueba de los resultados del agrarismo -se dijo entonces-; sólo hay ruinas, miseria y hambre; y ¿eso es lo que se desea para todo el país?

Pero quienes así decían, cuidaron de ocultar la verdad de los hechos; la causa de aquella situación no había sido originada por la implantación del agrarismo, sino porque no se habían querido escuchar en absoluto las justísimas demandas de aquel pueblo, que durante diez largos años de titánica lucha, las había sostenido en contra de los formidables elementos que se agruparon para ahogarlas en sangre.

Obregón, profundo conocedor del corazón humano, de acrisolada honradez revolucionaria y de un sentido práctico nada común, permitió a la reacción que hablara y a los hombres de la Revolución que actuaran. Cumplió con su palabra empeñada y con sus deberes de revolucionario.

Inconforme Pablo González con el nuevo estado de cosas, se sublevó arrastrando en su aventura a numerosos contingentes militares, a los que llevó al más sonado fracaso. Un jefe zapatisca, el coronel José Maldonado, lo encontró en el sótano de su casa en Monterrey, lo sacó de su escondite y lo presentó a las autoridades superiores; fue juzgado y se le condenó; pero de México llegó el indulto por inofensivo; se le puso en libertad, se le dieron todas las garantías a que no era acreedor y las facilidades para que siguiera conspirando, si así lo deseaba; al fin, voluntariamente se expatrió.

Y mientras don Pablo, en su regia mansión de San Antonio, Texas, disfruta plácidamente de las utilidades obtenidas en la campaña de Morelos, acá, en la Patria, Elena Zapata, que no heredó de su padre sino el nombre glorioso, muere víctima, no tanto porque la enfermedad que le aquejaba hubiera sido fatalmente mortal, sino por su extrema pobreza, que le impidió hacer frente a los gastos de su curación. Gracias a varios amigos, el sepelio pudo hacerse decorosamente y, por órdenes del jefe del Departamento Central, le fue cedido en el panteón Civil, a perpetuidad, un pedazo de tierra -de la tierra por la que luchó su padre- para que allí duerma el último sueño.

Dedicamos con todo cariño este modesto esfuerzo nuestro a todos los precursores de la Revolución; a los ignorados y obscuros luchadores muertos heroicamente en la contienda; a los esforzados que supieron caer en la lid, mirando cara a cara al sol; a los que exhalaron el último suspiro con la confianza de que su sangre fecundaría la tierra en la que habían depositado con amor la simiente de una liberación definitiva; a los sinceros revolucionarios que al lanzarse a la brega, lo hicieron por ideales que no todos supieron comprender y que en aras de ellos lo sacrificaron todo; a los honrados paladines que contendieron a la sombra de las banderas del magonismo, del maderismo, del zapatismo, del constitucionalismo, del villismo, facciones que, con sus errores y sus aciertos, con sus prestigios y con sus glorias, pueden conceptuarse como genuinas representativas del anhelo popular.

Con ese mismo cariño dedicamos también nuestro esfuerzo a los mentores de la juventud mexicana; a los que silenciosamente y libres ya de los prejuicios del pasado, preparan a los hombres del futuro, dentro de upa ideología igualitaria.

Lo dedicamos también a la juventud estudiantil, con todas nuestras esperanzas de que con una mayor comprensión de nuestros problemas sociales, sabrá tremolar el estandarte de la liberación proletaria, que tantos sacrificios ha costado.

Calmadas un tanto las pasiones de facción, propias del momento de la lucha, en la que mutuamente se tildan los contendientes; reconociendo, de buen grado, que todos los grupos revolucionarios aportaron su valioso contingente a la causa común de la Revolución; admitiendo, antes que los ajenos, nuestros propios errores, que incuestionablemente tuvimos; con el deseo sincero de que la experiencia adquirida aproveche a las generaciones futuras; con la profunda convicción que tenemos de que los males de que hoy adolece la sociedad son la consecuencia de los desaciertos de ayer, no incurriremos en la debilidad de callar lo que decir con honradez es un deber.

Por esto, en el desarrollo de los acontecimientos que vamos a narrar sencilla, pero verídicamente, podrá apreciarse la actuación de todos los hombres que fueron ocupando el más alto Poder de la República, en relación con el movimiento que, encabezado por Zapata, sostuvimos en el Sur.

Con el derecho que para hablar claro nos da nuestra actuación modesta, pero limpia, de defensores de una causa noble y grande; supliendo las facultades de que carecemos con nuestro inextinguible entusiasmo, abordamos esta obra con el afán de abrir paso a la verdad histórica, que estimamos por encima de toda conveniencia del momento.

Si nuestro esfuerzo logra que un rayo de luz penetre en los obscuros cerebros de los reacios y retardatarios; si les lleva el convencimiento de la razón que asistió a los luchadores que pusieron su inteligencia, su brazo o su pecho al servicio de la causa popular; sí los conduce a comprender la justicia que acompañó siempre a quienes hicieron la revolución zapatista; si los impregna de las causas por las que ese movimiento combatió a todos los gobiernos; si los hace profundizar en las razones que tuvieron los honrados constitucionalistas que inspiraron la ley de 6 de enero de 1915 y que lucharon denodadamente hasta dejar inscritos en la Constitución de 1917 los principios que en buena parte aseguraron las conquistas de la Revolución Mexicana; si los guía hasta el por qué los gobiernos revolucionarios que se han sucedido de 1920 a la fecha han implantado, apoyado y sostenido esos principios que tienden a desenvolver una patria nueva y pujante, nos sentiremos más que satisfechos, pues ello contribuirá a la firmeza de la ideología revolucionaria, al acercamiento de las voluntades y a la convicción de que es una necesidad lndeclinable e inaplazable la resolución del problema de la tierra, base de la economía nacional.

Pero al decir problema de la tierra, no queremos referirnos, claro está, al agrarismo de pega y oportunista de los politicastros que sólo se ocupan de él en relación con sus intereses, casi siempre políticos. No queremos referirnos al agrarismo trasnochado de los falsos líderes que todo lo prostituyen y todo lo inficionan; ni al de quienes lo utilizan con miras personalistas; ni al de los traficantes que en el agrarismo se escudan para mancillarlo, sino al agrarismo real, efectivo, noble, justo, levantado y puro que soñó Zapata: La tierra libre para el hombre libre.

G. MAGAÑA

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