Índice de La conjuración de Martín Cortés de Juan Suárez de PeraltaCapítulo sexto Capítulo octavoBiblioteca Virtual Antorcha

La conjuración de Martín Cortés

Juan Suárez de Peralta

CAPÍTULO SÉPTIMO

Oración que hizo Alonso de Avila antes que le cortaran la cabeza. Lo que dijo el obispo de las Filipinas. Crueldad del verdugo


Después de cortada, con la grita y lloros, y sollozos, volvió la cabeza Alonso de Ávila, y como vio a su hermano descabezado dio un muy gran suspiro, que realmente no creyó hasta entonces que había de morir, y como le vio así, hincóse de rodillas y tornó a reconciliarse; alzó una mano, blanca más que de dama, y empezó a retorcerse los bigotes diciendo los salmos penitenciales, y llegado al del Miserere, empezó a desatar los cordones del cuello, muy despacio, y dijo, vueltos los ojos hacia su casa:

- ¡Ay, hijos míos, y mi querida mujer, y cuáles os dejo!

Y entonces fray Domingo de Salazar, obispo que es ahora de las Filipinas, le dijo:

- No es tiempo éste, señor, que haga vuesa merced eso, sino mire por su ánima, que yo espero en Nuestro Señor, de aquí se irá derecho a gozar de él, y yo le prometo de decirle mañana una misa, que es día de mi padre Santo Domingo.

Entonces prosiguió en sus salmos, y el fraile se volvió al pueblo, y dijo:

- Señores, encomienden a Dios a estos caballeros, que ellos dicen que mueren justamente.

Y se volvió a Alonso de Ávila y le dijo:

- ¿No lo dice vuesa merced así?

Y él dijo que sí, y se hincó de rodillas, bajándose el cuello del jubón y camisa: y era de ver lo que temía la muerte. Atáronle los ojos con una venda, y ya que iba a tenderse, alzó la mano, y se descubrió, y dijo de secreto al fraile ciertas palabras; y luego le tornaron a vendar, y se puso como se había de poner, y el cruel verdugo le dio tres golpes, como quien corta la cabeza a un carnero, que a cada golpe que le daba ponía la gente los gritos en el cielo.

De esta manera acabaron estos desdichados caballeros, dejando la tierra muy lastimada y confusa si morían con culpa o sin ella.

Entierro de los dos hermanos

Otro día era juicio ver los que echaban todos, diciendo iban mártires y que no debían la muerte.

Todo esto se podía echar al amor que les tenían; hablaban con mucha desenvoltura, y no echaban las palabras en un pozo, que guardáronlas para tiempo, que las pagaron muchos muy pagadas, cuando se hizo la pesquisa de aquellos señores, que después fueron, que fue el licenciado Jaraba, del Consejo Real; y el licenciado Alonso Muñoz, del de Indias, y el doctor Carrillo, alcalde de casa y corte.

Muertos estos caballeros, tomaron los cuerpos y lleváronlos a enterrar a la iglesia del señor San Agustín, donde tenía Alonso de Ávila su entierro (fueron acompañados de toda la ciudad), y las cabezas se pusieron en la horca.

Acabóse esta justicia de hacer como a las once o doce de la noche, la cual no lo parecía ser, sino de día y cuando el Sol da más claridad, según la cera y luminarias que había. Para que se considere lo que es el mundo, vino a hacerse el tablado para en que muriesen estos caballeros tan ricos, que fue menester un caballero de lástima enviase un repostero en que los tendiesen y matasen, pues no había falta de ellos en casa de cualquiera de los dos, sino que en todo fueron desdichados. No lo sean sus ánimas, plega a Nuestro Señor.

Agravio que hizo Gil González de Benavides a su hermano

Por el suceso de estos caballeros y fin que tuvieron, se ve claramente pagar los hijos por los padres. Ellos eran hijos de Gil González de Benavides y de doña Leonor de Alvarado, el cual quieren decir hizo cierto agravio y engañó a un hermano suyo que se llamaba Alonso de Ávila, conquistador que fue de la Nueva España, a quien dieron por repartimiento el que este caballero, su hijo, tenía, defraudándole y negándole el contrato que entre los dos hubo; de suerte que se quedó con los pueblos Gil González, y el otro hermano murió casi desesperado: y dicen que le maldijo, y pidió a Dios fuese servido hacerle justicia y que su hennano ni sus hijos gozasen su hacienda, y así fue.

En lo que pararon los hijos de Gil González

Tuvo Gil González cuatro hijos, tres varones y una hija, y todos tuvieron desastrísimos fines, así la hija como los hijos. De los dos ya sabemos, que fueron los que acabamos de decir: de los otros, el uno, siendo niño chico, se le ahogó en unas letrinas; la otra hermana, que tenían sobre los ojos y muy guardada para casarla, conforme a su calidad, vino el diablo, y solicitó con ella y con un mozo mestizo y bajo, en tanto extremo, que aun paje no merecía ser, y enrédalos en unos muy tiernos amores, metiendo cada uno prenda para perpetuarse en ellos, con notable despojo que se hizo al honor de sus padres, dándose palabras de casamiento.

Suceso extraño de la hermana de Alonso de Avila, la monja

No fue el negocio tan secreto que no se vino a entender y saberlo el Alonso de Ávila y sus deudos; y sabido, con el mayor secreto que fue posible, no queriendo matar al mozo (el cual se llamaba Arrutia), y por no acabar de derramar por el lugar su infamia, le llamaron en cierta parte muy a solas y le dijeron que a su noticia había venido que él había imaginado negocio, que si como no lo sabían de cierto lo supieran, le hicieran pedazos, mas que por su seguridad de él le mandaban que luego se fuese a España, y llevase cierta cantidad de ducados (que oí decir fueron como cuatro mil), y que sabiendo estaba en España, y vivía como hombre de bien, siempre le acudirían, y que si no se iba le matarían cuando más descuidado estuviese; y que luego desde allí se fuese, y con él un deudo hasta dejarlo embarcado, y que nadie lo supiese, y que el dinero ellos se lo enviarían tras él.

Así lo hizo, que luego se partió y llegó al puerto, y allí se embarcó y se fue con el dinero que le habían dado, y todos los años, o los más, le enviaban socorro.

Como no se despidió de la señora, ni ella supo de él, estaba con grandísima pena, y un día, cuando más descuidada, le dijo su hermano Alonso de Ávila:

- Andad acá, hermana, al monasterio de las monjas, que quiero, y nos conviene, que seáis monja (y habéislo de hacer), donde seréis de mí y de todos vuestros parientes muy regalada y servida; y en esto no ha de haber réplica, porque conviene.

Ella, sabe Nuestro Señor cómo lo aceptó, y luego la llevó a ancas de una mula, su hermano, y la puso y entregó a las monjas, las cuales le dieron el hábito, y le tuvo muchos años, que no quería profesar. con la esperanza que tenía de ver a su mozo.

Ahorcase la monja

Visto y entendido de ella esto, fingieron cartas que era muerto, y dijéronselo, y sintiólo gravemente, y luego hizo profesión y vivía una vida tristísima.

Pasados más de quince o veinte años, el Arrutia, harto de vivir en España y deseoso de volver a su tierra (y ya no le daban nada, y ella era monja profesa), determina de venir a las Indias y a México, y pone en ejecución su viaje, y llega al Puerto y a la Veracruz, ochenta leguas de México, y allí determinó estar unos días hasta saber cómo estaban los negocios, y la seguridad que podía tener en su venida.

Como dice el proverbio antiguo que quien bien ama, tarde olvida o nunca, y así él, que todavía tenía el ascua del fuego del amor viva, determina escribir a un amigo que avisase a aquella señora cómo era vivo y estaba en la tierra; y luego la avisaron, y como ella oyó tal nueva, dicen cayó amortecida en el suelo, que le duró gran rato, y ella no dijo cosa, sino empezó a llorar y sentir con menoscabo de su vida verse monja y profesa, y que no podía gozar del que tanto quería.

Con esas imaginaciones y otras, dicen perdió el juicio, y se fue a la huerta del monasterio, y allí escogió un árbol donde la hallaron ahorcada.

Las monjas le tomaron e hicieron sus averiguaciones y hallaron que estaba loca: y así lo creo yo y se debe creer.

Este fin tuvieron todos los hijos de Gil González de Benavides, por cierto lastimosos y dignos, que todos los que lo supieren rueguen a Nuestro Señor por sus ánimas, y las tenga en su gloria.
Índice de La conjuración de Martín Cortés de Juan Suárez de PeraltaCapítulo sexto Capítulo octavoBiblioteca Virtual Antorcha