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CAPÍTULO DÉCIMO SEGUNDO
El significado de la creación en el judaismo

La doctrina de la creación tiene su origen en el judaísmo; esta doctrina misma es la doctrina caracteristica y fundamental de la religión judía. Pero el principio que tiene por base, no es tanto el principio de la subjetividad, sino más bien el del egoísmo. La doctrina de la creación en su significación característica, sólo se forma en el punto de vista donde el hombre, prácticamente, subyuga la naturaleza a su voluntad y su necesidad, y por eso la rebaja en su fuerza imaginativa, convirtiéndola en una mala obra y en simple pérdida de la voluntad. Ahora, él se ha explicado su existencia, explicándola en su propio sentido e interés. La cuestión: ¿de dónde vino la naturaleza, o el mundo? supone de por sí un asombrarse del hecho que exista, o sea: supone la pregunta ¿por qué existe? Pero este asombro, esta pregunta, sólo se origina donde el hombre ya se ha separado de la naturaleza, convirtiéndola en un simple acto de voluntad. El autor del libro la Sabiduría (capítulo 13), dice con razón que los paganos, debido a la admiración que tienen por la belleza del mundo, no se habían elevado al concepto del creador. Para quien la naturaleza es un ser bello, le parece el objeto de sí mismo, y para él tiene la causa de su existencia en sí misma y no llega a formular la pregunta: ¿por qué existe? El concepto de la naturaleza en la divinidad no se diferencia en su conciencia, en su concepto del mundo. La naturaleza, tal como se presenta a sus sentidos, es creada para él y ha principiado pero no ha sido creada en el sentido propio, en el sentido de la religión, no ha sido hecha como un producto arbitrario. Con aquel ha principiado, no expresa nada sospechoso; el origen no tiene nada de impuro o de no divino para él; él se forja hasta sus propios dioses como originados. La fuerza creadora es para él la fuerza primaria: él pone, por lo tanto, como causa de la naturaleza, una fuerza de la misma -una fuerza presente-, actúa en su percepción sensitiva como causa de la cosa. Así piensa el hombre cuando piensa estética o teóricamente- pues la percepción teórica es, originariamente, la estética, y la estética es la primera filosofía sobre el mundo, cuando el concepto del mundo, para él es el concepto de la gloria, de la divinidad misma. Sólo cuando semejante percepción animaba al hombre, podían concebirse y enunciarse ideas como las de Anaxagoras: el hombre ha nacido para contemplar el mundo (1). El punto de vista de la teoría, es el punto de vista de la armonía con el mundo. La actividad subjetiva, aquella en que el hombre se satisface y se deja libre expansión, es aquí solamente la fuerza imaginativa, sensitiva. Al satisfacerse, deja aquí, a la vez, la naturaleza en paz, forjándose sus castillos en el aire y sus cosmogonías poéticas, sólo de elementos naturales. En cambio, donde el hombre se coloca en el punto de vista práctico para contemplar desde allí al mundo, convirtiendo al mismo punto de vista práctico en teórico, allí, éste vive en discordia con la naturaleza, convirtiéndola en la más humilde sierva de sus intereses egoísticos, de su egoísmo práctico. La expresión teórica de esta percepción egoística práctica para la cual la naturaleza de por sí es una nada, reza eso: la naturaleza, o sea el mundo, se ha hecho y se ha creado como producto de un mandamiento. Es decir, Dios mandó que el mundo fuera, y sin demora se había formado de acuerdo a aquel mandato (2).

El utilitarismo, la utilidad, es el principio supremo del judaísmo. La creencia es una providencia especial divina, es la característica del judaísmo; la creencia en la providencia es la creencia en el milagro; pero la creencia en el milagro reina allí donde la naturaleza sólo se considera como un objeto de la arbitrariedad y del egoísmo, que precisamente emplea la naturaleza sólo para fines arbitrarios. El agua se divide o se separa como una masa firme, el polvo se convierte en piojos, el bastón en una víbora, el río en sangre, la roca en una fuente, y en el mismo lugar hay a la vez luz y oscuridad, el sol tan pronto se para en su curso, tan pronto retrocede. Y todos estos fenómenos contrarios a la naturaleza, se producen en provecho de Israel, solamente por mandato de Jehová, el cual no se preocupa de otra cosa sino de Israel y no es otra cosa sino el egoísmo personificado del pueblo de Israel con exclusión de todos los demás pueblos, la intolerancia absoluta -el secreto del monoteísmo.

Los griegos contemplaban la naturáleza con sentido teórico: ellos percibían la música celestial en el curso hermoso de las estrellas; ellos vieron surgir de la espuma del Océano, padre de todos los seres la naturaleza en forma de la figura de Venus Anadiomena. En cambio, los israelitas abrieron a la naturaleza sólo sus sentidos gástricos; sólo por medio del paladar apreciaron a la naturaleza; sólo comiendo maná, percibían a Dios. El griego estudiaba las artes libres, la filosofía y los estudios humanistas: en cambio, el israelita no se dedicó sino al estudio provechoso de la teología. Hacia la tarde tendréis carne para comer y por la mañana os saciaréis con pan a fin de que os deis cuenta, de que yo soy el señor vuestro Dios. (3) Y Jacob hizo un voto y dijo: Si Dios está conmigo me vigilará en el camino que yo haga y si me dan pan a comer y vestidos para cubrir me y me lleva en paz nuevamente a mi padre, entonces el ser será mi Dios. (4) Comer es el acto más solemne y en todo caso es la iniciación de la religión judía. Comiendo celebra y renueva el israelita el acto de creación; y comiendo declara el hombre la naturaleza por una cosa de nada. Cuando los setenta ancianos habían subido con Moisés a la montaña, vieron a Dios, y cuando hubieron visto a Dios, comieron y bebieron (5). El aspecto del Ser Supremo estimulaba por lo tanto en ellos el apetito.

Los judíos han conservado su manera de ser hasta hoy día. Su principio, su Dios, es el principio más práctico del mundo: el egoísmo, el egoísmo que toma la forma de una religión. El egoísmo es el Dios que no deja que sus servidores sucumban. El egoísmo es esencialmente monoteístico; pues tiene una sola cosa por fin y es él mismo; el egoísmo recoge y concentra al hombre en sí mismo; le da un principio de vida firme y sólido; hace de él un hombre imbuído en su teoría porque le hace indiferente contra todo lo que no se refiere directamente a la salud de sí mismo. Por eso, la ciencia, lo mismo que el arte, surge del politeísmo; pues este tiene el sentido abierto para todo lo bello y bueno sin distinción, para el mundo y el universo. Los griegos iban por todo el mundo para ampliar su horizonte espiritual, los judíos hoy todavía rezan con la cara hacia Jerusalén. En una palabra, el egoísmo monoteísta quitaba a los israelitas el sentido y el instinto libre y teórico. Salomón, en efecto, superaba a todos los hijos del Oriente en inteligencia y sabiduría y hablaba hasta de los árboles, del cedro, del Líbano, hasta del hisopo que crecía en las paredes, también de animales, pájaros, reptiles y peces (6). Pero Salomón no servía tampoco a Jehová de todo corazón; Salomón servía a dioses ajenos y mujeres ajenas; luego, Salomón tenía un sentido y gusto politeísticos. Repito: el sentido politeístico es el fundamento de la ciencia y del arte.

Conforme a este significado que tenía la naturaleza en general para el hebreo, es también el significado del origen del mismo. En el modo que yo explico el origen de una cosa, expreso claramente mi opinión, mi juicio, con respecto a la misma. Si pienso en forma despreciativa de alguna cosa, considero también su origen despreciable. Las sabandijas, los insectos, tienen su origen, según la opinión de la mayoría de los hombres, en los cadáveres y otras clases de inmundicias. No porque derive del origen de estos seres de una tan inapetecible piensan despreciativamente de ellos; sino porque ellos pensaban así, porque ellos creían que tenían un origen despreciable, correspondiente a su ser. Para los judíos, la naturaleza sólo es un medio para satisfacer el egoísmo, un simple objeto de la voluntad. Pero el ideal, el Dios de la voluntad egoística, es la voluntad que manda ilimitadamente y que para conseguir su fin y realizar su objeto, no necesita de ningún medio: todo lo que él quiere lo crea por sí mismo, dándole la existencia por la simple voluntad. Al egoísta le duele que la satisfacción de sus deseos necesite de intermediarios, que haya un abismo entre el objeto y el deseo, entre el fin tal como se presenta en la realidad y el fin tal como se presenta en la imaginación. Por eso, para curar ese dolor, y para librarse de los límites de la realidad, crea como ser verdadero y supremo a un ser que produce todo por el sólo yo quiero, por esta misma razón para el hebreo la naturaleza, el mundo, eran el producto de una palabra dictatorial, de un imperativo categórico, de un dictamen de prestidigitador.

Lo que para mí no tiene significado teórico, lo que para mí no es nada en la teoría o sin inteligencia, no tiene tampoco ninguna razón de ser ni teórica ni esencial. Por la voluntad afirmo y realizo sólo su nulidad teórica. Lo que despreciamos, ni lo miramos. Lo que se mira, se aprecia: contemplar es reconocer. Lo que se contempla nos atrae mediante fuerzas de atracción secretas y vence por el encanto que ejerce sobre el ojo, el exceso pecaminoso de la voluntad, que todo quiere subyugar. Lo que hace una impresión sobre el sentido teórico, sobre la razón, se substrae al dominio de la voluntad egoística; reacciona, ofrece resistencia. Lo que el egoísmo destructor consagra a la muerte, lo devuelve la teoría amorosa a la vida.

El desconocimiento de la eternidad de la materia o del mundo en las filosofías paganas, no tenía, por lo tanto, otro sentido, a no ser que la naturaleza era para ellas una verdad teórica (7). Los paganos eran idólatras, es decir, contemplaban la naturaleza; no hicieron otra cosa sino lo que hacen hoy todavía pueblos profundamente cristianos, cuando hacen de la naturaleza un objeto de su admiración, y de su investigación incansable. Pero los paganos adoraban los objetos de la naturaleza. Por cierto; pero la adoración sólo es la infantil forma religiosa de la contemplación. La contemplación y la adoración no se diferencian esencialmente. Delante de lo que contemplo, me humillo; le consagro lo más hermoso que tengo, mi corazón, mi inteligencia. También el investigador de la naturaleza se arrodílla delante de ella, cuando saca del interior de la tierra, así sea con peligro de su vida, un insecto, una piedra, una planta y, para celebrar estos objetos a la luz de la contemplación y para eternizar su memoria en la humanidad científica. El estudio de la naturaleza es un servicio de la naturaleza, es idolatría, en el sentido del Dios israelita y cristiano, e idolatría no es otra cosa sino la primera forma de contemplación de la naturaleza y de sí mismo por el hombre, una contemplación infantil, popular, cohibida y no libre. En cambio, los hebreos se elevaron por encima de la idolatría, hacia el servicio de Dios, pasando por la criatura hacia la contemplación del creador, vale decir, se elevaron por encima de la contemplación teórica de la naturaleza, que tanto encantaba a los idólatras hasta la contemplación puramente práctica y que somete la naturaleza sólo a los fines del egoísmo. Que no levantes, pues, los ojos hacia el cielo y mires el sol y la luna y las estrellas, y todo el ejército celeste, y reniegues adorando y sirviendo a los astros que el ser tu Dios ha dado a todos los pueblos debajo todo el cielo. (8). Sólo en el abismo inescrutable y en el poder del egoísmo hebraico, tiene su origen la creación de la nada, es decir, la creación por un sólo acto imperativo.

Y por esta razón la creación de la nada no es tampoco ningún objeto de la filosofía -por lo menos de una filosofía distante de la que vemos aquí-, pues corta de raíz toda verdadera especulación, no ofrece al pensamiento, a la teoría, ningún punto de apoyo; es una doctrina sin fundamento para la teoría, construída en el aire, que sólo está destinada a afirmar el utilitarismo, el egoísmo; no contiene otra cosa, sino el mandamiento de no hacer de la naturaleza ningún objeto del pensamiento, de la contemplación, sino de la utilización y del provecho. Pero cuando menos sirva esta doctrina para la filosofía natural, tanto más perfecto es su significado especulativo, pues precisamente porque no tienen ningún punto de apoyo, deja a la especulación un inmenso campo de interpretaciones y cavilaciones arbitrarias y sin fundamento. Sucede con la historia de los dogmas y especulaciones lo mismo que con la historia de los Estados. Esos antiquísimos derechos e instituciones siguen siendo iguales todavía a pesar de que han perdido ya hace mucho su sentido. Lo que ha sido una vez, no quiere que se le quite el derecho de ser para siempre: lo que una vez era bueno, lo quiere ser también para todos los tiempos y atrás marchan los especuladores y hablan de un sentido profundo, pero ya no conocen el sentido verdadero (9). Así también contempla la especulación religiosa los dogmas, separados de la conexión que tienen y en la cual sólo tienen sentido; los reduce, no críticamente, a su origen verdadero e intrínseco, sino que convierte más bien lo que ha deducido en lo primordial y viceversa, lo primordial en cosa deducida. Dios es su ser primero; el hombre el ser segundo. De este modo invierte el orden natural de las cosas. Lo primero es precisamente el hombre, lo segundo es el objeto -ser objetivo del hombre: Dios-. Recién en un tiempo posterior, cuando la religión ya había tomado carne y aunque hasta esta frase sólo expresa una tautología. Pero en el principio es distinto y sólo en el principio se puede conocer la esencia verdadera de una cosa. Primero crea el hombre, sin saber y sin quererlo, a Dios según su imagen propia, y luego crea a su vez este Dios, sabiéndolo y queriéndolo, al hombre según su imagen. Esto lo confirma ante todo el desarrollo de la religión israelita. De ahí la frase de la mediocridad teológica, que la revelación de Dios va al paso del desarrollo del género humano. Naturalmente; pues la revelación de Dios no es otra cosa que la revelación, el desarrollo de la esencia humana. El egoísmo sobrenaturalista de los judíos no partía del Creador; sino, a la inversa, éste partía de aquél: en la creación el israelita sólo justificaba, por decir así, su egoísmo ante el foro de su razón.

Claro está que el israelita no podía tampoco, como hombre, como es fácil comprender, substraerse a la contemplación y admiración teórica de la naturaleza, por razones prácticas. Pero sólo celebra el poder y la magnitud de Jehová, al celebrar el poder y la magnitud de la naturaleza.

Y este poder de Jehová, se ha mostrado en su gloria máxima, en las obras maravillosas que hizo en bien de Israel. Luego, el israelita, al celebrar ese poder, siempre se refiere a sí mismo; celebra la magnitud de la naturaleza sólo por el mismo interés por el cual el vencedor aumenta la fuerza de su adversario, para mostrar su propio coraje y celebrar su gloria. Grande e inmensa es la naturaleza, creada por Jehová, pero más inmenso todavía es el sentimiento de su dignidad. Por Israel se para hasta el sol; por Israel tiembla, según Philo, la tierra al anunciarse la ley; en una palabra, por Israel cambia toda la naturaleza su esencia. Toda la creación, en cuanto tiene su propia naturaleza, es cambiada nuevamente siguiendo tu mandato, al cual ella sirve a fin de que tus ojos queden incólumes (10). Dios ejecuta, según Philo, el poder sobre la naturaleza; cada uno de los elementos le obedece como si fuera el ser de la naturaleza. La necesidad de Israel es la ley más omnipotente del mundo, es el destino del mundo. Jehová es la conciencia de Israel, del sentido y de la necesidad de su existencia -una necesidad ante la cual la existencia de la naturaleza y de los pueblos desaparece en la nada- Jehová es el Salus populi, la salud de Israel, a la cual debe sacrificarse todo lo que le intercepta el camino; Jehová es el egoísmo exdusivo monárquico, la llama aniquiladora de la ira, es el ojo iracundo del Israel destructor; en una palabra. Jehová es el yo de Israel, que se objetiva como el fin y el ser de la naturaleza. Así celebra, pues, el israelita, en el poder de la naturaleza el poder de Jehová y en el poder del Jehová el poder de su propia conciencia.

Alabado sea Dios, que es un Dios de ayuda, un Dios de nuestra soledad. Jehová es el Dios de mi fuerza. Dios: hasta obedece a la palabra del héroe (Josué) pues él, Jehová mismo, defendió a Israel. Jehová es un dios de guerra (11).

Aunque en el transcurso del tiempo, el concepto de Jehová se haya ampliado en algunas mentes y aunque su amor, como lo dice el autor del libro de Jonás, ha sido extendido al amor de los hombres en general, sin embargo esto no pertenece al carácter esencial de la religión de los israelitas. El Dios de los padres al cual se ligan los más queridos recuerdos, el antiguo Dios histórico, queda, sin embargo y siempre como el fundamento de una religión (12).


Notas

(1) En Diógenes L., lib. II, párrafo 6, se dice verbalmente: Para contemplar el sol, la luna y el cielo. Pensamientos semejantes encuéntranse en otros filósofos. Así dicen también los estoicos: El hombre ha nacido para contemplar e imitar el mundo, Cicerón (De Nat.).

(2) Los hebreos dicen que la deidad lo ha becho todo por la palabra, de manera que todo ha sido creado por un mandamiento, por decir así, para indicar cuán fácil es para la divinidad realizar su voluntad, y cuan grande es su poder. El Salmo 33, 6: El sólo ha sido creado por la palabra de Dios. El Salmo 148, 5: El manda y entonces son creados, Le Cler. (Comment. in Mosem. Genes. I, 3).

(3) 2. Mose, c. 16, 12.

(4) 1. Mose, c. 28, 20.

(5) 2. Mose, c. 24, 10. 11. Vgl.: Lejos de ser matados por el aspecto de la divinidad, han celebrado una comida alegre, Le Clerc.

(6) I. Könige, c. 4, 30-34.

(7) Por lo demás, pensaban de un modo distinto sobre ello (ver, por ejemplo, Aristóteles; De coelo Lib. 1, c. 10). Pero su diferencia es una diferencia subordinada, dado que el ser creador es para ellos más o menos un ser cósmico.

(8) 5. Mose 4, 19. Aunque los cuerpos celestiales no sean obras de los hombres, sin embargo han sido creados por los hombres. Luego nadie debe adorar el sol sino elevarse al creador del sol, Clemens Alex. (Coh. ad. gentes).

(9) Pero naturalmente sólo vale esto en la religión absoluta; porque en las demás religiones nos parecen ser sin sentido y ridículas las extrañas imaginaciones y costumbres cuyo sentido y fin originarios no son desconocidos. Y sin embargo, la veneración de la vaca que el parsi y el indio bebían en la orina para recibir el perdón de los pecados, no es más ridícula que la veneración del peine o de un trocito del vestido de la Madre de Dios.

(10) Weisheit 19, 6.

(11) Según Herder.

(12) Es necesario observar que la adoración del poder y de la gloria de Dios en general, así como también la de Jehová en la naturaleza (aunque no en la conciencia del israelita pero sí en la verdad) sólo representa la admiración y el poder de la gloria de la naturaleza. (Ver sobre esto P. Bayle, Una contribución, etc.). Pero demostrar eso formalmente, no está dentro de nuestro plan, dado que nos debemos limitar al cristianismo, es decir, a la veneración de Dios en el hombre. Sin embargo, es el principio de esta demostración expresada también en este libro.

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