JUSTINIANO
y el Imperio Bizantino

El video que ahora colocamos en nuestra Videoteca Virtual Antorcha, relativo al emperador Justiniano y el denominado Imperio Bizantino, se encuentra albergado, en tres partes, en el sitio You tube, y para su realización participaron los profesores Vasile Mihoc, Paolo Siniscalco, Luis Suárez, Martín Aurell, Isabel Roda de Llanza, John Barslay, José Alipio Morijon y Javier Navarro, quienes, a través de breves intervenciones, prestan sus luces buscando clarificar conceptos o, en su caso, abundar sobre diferentes tópicos.

No obstante el caudal de conocimientos que explayan en sus intervenciones los profesores señalados, no queda claro el objetivo que él o los realizadores del documental buscan alcanzar. Abordan, en un inicio, la importancia que en su momento tuvo la denominada segunda Roma, o sea, Constantinopla, pero cometen un error al utilizar el nombre Imperio Bizantino, lo que para desgracia de los realizadores de este documental, constituirá, sin lugar a dudas, el talón de Aquiles de su trabajo.

En la obra nuestra que editamos en 1997, Por el poder de la Cruz. Una breve reflexión sobre la Primera Cruzada, anotábamos:

Con la caida de Roma en manos de los Ostrogodos, la capital del imperio quedaría en Constantinopla, la considerada segunda Roma. Sin embargo, la continuación de la grandeza imperial en Oriente recibiría el absurdo e ilógico nombre de Imperio Bizantino. Resulta evidente que si lo que se pretendía era establecer una cortante diferencia entre los dominios griegos orientales y los latinos occidentales del Imperio Romano, más sensato, más lógico y apegado a la realidad hubiese sido el nombrar el denominado Imperio Bizantino, Imperio Constantino, en alusión directa al nombre del Emperador romano fundador de Constantinopla. Curiosamente, la ciudad o colonia de Bizancio, dejó de existir bastante tiempo antes de que a alguien se le hubiese ocurrido hablar del Imperio Bizantino, generándose el contrasentido histórico que otorga validez a la sentencia que señala que el Imperio Bizantino emergió en la historia después de que Bizancio dejó de existir. Conviene señalar que el mal llamado Imperio Bizantino, no es algo aparte del Imperio Romano, sino que es el Imperio Romano en sí, por lo que su presencia en la historia no puede ubicarse en el momento en que Teodosio I realiza la división administrativa de los territorios occidentales y orientales. Tampoco los invasiones de los pueblos considerados bárbaros que terminan apropiándose los territorios de Occidente, marcan su inicio, sino que definitivamente y por muchos aspectos, este se encuentra en las acciones emprendidas por el Emperador Constantino el Grande, fundador, lo repetimos, de la ciudad de Constantinopla. (Véase, De lo relativo al llamado Imperio Bizantino, en López, Chantal y Cortés, Omar, Por el poder de la cruz. Una breve reflexión de la Primera Cruzada, México, Biblioteca Virtual Antorcha, Tercera edición cibernética, enero del 2003).

Acerca del emperador Justiniano, se pasan por alto algunos datos que nos parecen dignos de resaltar. Por ejemplo, podemos señalar el hecho de que alcanzó, para la iglesia ortodoxa, el grado de santidad, dato nada insignificante, ya que al abordar los realizadores del documental, los jaloneos y trifulcas teológicas que se desarrollaron tanto en Constantinopla como en los territorios por ella dominados, resulta interesante la valoración que el clero del Imperio Romano de Oriente otorgaría a quien desde el altísimo puesto que desempeñaba, enfrentó a los que consideraba como herejes, es decir enemigos del Imperio. Porque, igualmente, no puede pasarse por alto que el emperador Justiniano, habiendo elevado al maxímum su particular concepto cesar-papista, según el cual, quien resultaba ser la representación del mismísimo Dios en la Tierra no era otro que el emperador, tuvo la ocurrencia de legislar en contra de los denominados herejes, y de reglamentar el quehacer clerical. En pocas palabras, bajo el criterio de que donde manda capitán no gobierna marinero, el bueno de Justiniano buscaba meter en cintura a todo el mundo.

Ciertamente fue en el Imperio Romano de Oriente donde se desarrollaría una de las primeras y más controversiales polémicas teológicas del cristianismo. La común expresión que versa: se armó la de Dios es Cristo, para referirse a determinado jaloneo, griterio o discordancia, tiene, en tierras romanas orientales su origen. En efecto, cuando los teólogos del cristianismo pusiéronse a pensar en torno a la divinidad del Cristo, emergieron opiniones encontradas. Así, por ejemplo, los seguidores de un monje llamado Arrio, consideraban que el Cristo no era poseedor de una naturaleza divina; en contraparte, los monofisistas llegaban a conclusiones diametralmente opuestas considerando que de lo que carecía el Cristo era de naturaleza humana; y, para completar el cuadro, otra corriente denominada de los nestorianos otorgábale al Cristo las dos naturalezas, esto es, la humana y la divina pero, añadiendo, que tales naturalezas correspondían a dos personas distintas. Total, que aquello era puro desgarriate, puesto que no poníanse de acuerdo las diversas corrientes, hasta que surgiría la postura oficial, esto es, el decir de un conjunto de teólogos o padres de la Iglesia quienes determinaron uno de los principales dogmas de fe del cristianismo contenido en la oración conocida como El Credo, y todo aquel que no aceptara tales parámetros no sólo no podía ser considerado cristiano, sino que se le señalaba como hereje. Pues bien, Justiniano haciéndole el caldo gordo a esta corriente de los padres de la Iglesia, púsose a corretear, perseguir y eliminar a todo aquel que no aceptase la santa verdad expresada por los santos padres. Y dicho y hecho, los destierros, las torturas, las persecusiones y las ejecuciones estuvieron prácticamente a la orden del día bajo su gobierno, a excepción, y ello por la intervención que su esposa, la emperatriz Teodora, tuviese para salvar de la quema a los monofisistas, pues siendo amiga del alma de un tal Jacobo Varodio de Edesa, principal cabecilla de la corriente de los monofisistas, intercedió por ellos ante su esposo, logrando su cometido. Pero salvo este caso, a todos los demás que no comulgaban con los cuentos de los santos padres, cargóselos la tiznada. Incluso, la grandiosidad de la cultura helénica sucumbio ante las zonceras y los diparates de Justiniano, quien no dudo en desbaratar el principal centro educativo helénico.

Tenemos entonces que si bien el emperador Justiniano realizó durante su gestión labores positivas, igual las hubo negativas, siendo los asuntos de las herejías y las mocherías como sus peores desatinos, porque eso de haber llegado al absurdo de promulgar una ley para instaurar la obligatoriedad de creer en la Santísima Trinidad y en la Encarnación del verbo, verdaderamente de todo puede ser motivo menos de elogio. Pues bien, los realizadores del documental que aquí colocamos parece haberles tenido sin cuidado semejante monstruosidad. Ciertamente los gobernantes de la Roma de Oriente siempre estuvieron preocupados, desde la época de Constantino I, por eso de someter bajo su férula las creencias, pero Justiniano, como se dice, se voló la barda. Por supuesto que los directamente beneficiados por las zonzadas de Justiniano fueron los seguidores de las padres de la Iglesia quienes agradecidísimos estaban con que el emperador eliminase a sus competidores, pudiendo ellos dedicarse a las profundas y sesudas meditaciones referentes a temas de grandísima trascendencia como el relativo a si los ángeles tenían o no ombligo, lo que terminaría viéndose reflejado en el dicho popular que señala como discusión bizantina a toda discusión estúpida, sin sentido.

Otra de las iniciativas de Justiniano fue su intento por recuperar los territorios imperiales perdidos, para lo cual hubo de implementar varias campañas militares que abarcaron tanto el norte de Africa, la península itálica como parte de la península ibérica. Distinguiose en aquellas campañas el jefe militar Belisario, quien enfrentó a Vandalos, Ostrogodos y Visigodos, poniéndoles dos que tres tundas y tumbándoles buena parte de sus respectivos reinos. En la labor diplomática también distinguiose Justiniano puesto que, nada tonto, estableció pactos y alianzas con los pueblos tenidos como bárbaros otorgándoles potestad sobre los territorios que ocupaban con el fin de matar dos pájaros de un tiro: por un lado quedaba asentado que esos territorios eran territorios imperiales y que si los jefes godos, ostrogodos, vidigodos o vándalos ejercían poder, hacíanlo gracias a una concesión imperial; y por otro, se buscaba bajarle presión al gasto militar, puesto que mantener de manera indefinida a las tropas imperiales en los territorios reconquistados resultaba insostenible o, si se prefiere, nada sustentable, como se dice en la actualidad. Claro está que ese doble acierto de Justiniano debe serle reconocido.

Finalmente, el quizá más sonado éxito del emperador Justiniano, sobre todo por su trascendencia a futuro, lo sería la implementación del Corpus Iuris Civile, una compilación de jurisprudencia y constituciones imperiales realizadas drante más de cuatro siglos, esto es, inicios del siglo segundo de la era cristiana hasta mediados del siglo VI. Compuesto por el llamado Digesto, las Institutas, el Código de Justiniano y las denominadas Novelas, o sea, las constituciones imperiales, el Corpus Iuris Civile alzóse como una obra magna mediante la cual logrose la perduración del derecho romano y su decisiva influencia en la estructuración jurídica de la mayoría de los países europeos.

En fin, el documental que ahora colocamos al alcance de los interesados, y que se encuentra dividido en tres partes, despertará en quien lo vea el interés por profundizar sobre el quehacer del emperador Justiniano, al igual que su papel histórico de cara al poder en sí, y, por supuesto, frente al poder eclesiástico.

Marzo del 2011
Chantal López y Omar Cortés







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