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El antiteologismo

VII

Es probable que si en una raza, en una nación, en una clase, en una familia, a consecuencia de su naturaleza particular siempre determinada por su historia, por su posición geográfica, económica, por la naturaleza de sus ocupaciones, por la cantidad y por la calidad de su alimento, tanto como por su organización política y social; en una palabra: por el carácter y por el grado de su desenvolvimiento intelectual y moral, mismo que si a consecuencia de todas esas determinaciones particulares, uno o alguno de los sistemas de funciones orgánicas, cuyo conjunto constituye la vida de un cuerpo humano, se encuentran, en los padres, desarrollados en detrimento de todos los otros sistemas, es probable, casi seguro, decimos, que el hijo heredará, en tal o cual grado, esa enfadosa desarmonía, salvo que la misma sea atendida, tanto como sea posible, por su propio trabajo y a veces, también, por revoluciones sociales, sin las cuales el establecimiento de una perfecta armonía, en el desenvolvimiento fisiológico de los individuos, tomados aparte, puede ser con frecuencia imposible.

En todos los casos, decimos, la armonía absoluta en el desenvolvimiento del cuerpo humano, y por consiguiente también en el de las facultades musculares, instintivas, intelectuales y morales, es un ideal cuya realización no será nunca posible; primero, porque la historia pesa fisiológicamente, más o menos (y llega el tiempo en que se podrá decir más y más), sobre todos los pueblos y sobre todos los individuos, y, además, cada familia y cada pueblo se encuentran siempre rodeados de circunstancias y de condiciones diferentes, entre las cuales algunas, al menos, serán contrarias siempre a su desenvolvimiento completo y normal.

Así, lo que se transmite por vía de herencia de generación en generación y lo que puede ser fisiológicamente innato en los individuos que nacen a la vida, no son ni las cualidades, ni los vicios, ni ninguna idea, ni asociación de sentimientos y de ideas, sino únicamente el instrumento tanto muscular como nervioso, los órganos más o menos perfeccionados y armonizados, mediante los cuales el hombre se mueve, respira y siente, recibe las impresiones exteriores, imagina, juzga, combina, asocia y abarca los sentimientos y las ideas, que no son otra cosa que esas impresiones mismas, tanto externas como internas, agrupadas y transformadas primero en representaciones concretas, después en nociones abstractas, por la actividad enteramente fisiológica y, añadámoslo, completamente involuntaria del cerebro.

Las asociaciones de sentimientos y de ideas, cuyo desenvolvimiento y cuyas transformaciones sucesivas constituyen toda la parte intelectual y moral de la historia de la humanidad, no determinan, en el cerebro humano, la formación de nuevos órganos, correspondientes a cada uno tomado aparte, no pueden ser transmitidas a los individuos por vía de herencia fisiológica. Lo que se hereda fisiológicamente es la aptitud más y más fortificada, ampliada y perfeccionada para concebirlas y crear nuevas. Pero las asociaciones mismas y las ideas complejas que las representan, tales como la idea de Dios, de la patria, de la moral, etc., no pudiendo ser innatas nunca, no son transmitidas a los individuos más que por vía de la tradición social y de la educación. Toman al niño desde el primer día de su nacimiento y como están ya encarnadas en la vida que le rodea, todos los detalles, tanto materiales como morales, del mundo social en medio del cual ha nacido, penetran de mil modos diferentes en su conciencia, primero infantil, después adolescente y juvenil, que nace, crece y se forma bajo su omnipotente influencia.

Tomando la educación en el sentido más amplio de esta palabra, comprendiendo en ella no sólo la instrucción y las lecciones de moral, sino también y sobre todo los ejemplos que dan al niño todas las personas que le rodean; la influencia de todo lo que oye, de lo que ve; y no sólo el cultivo de su espíritu, sino también el desenvolvimiento de su cuerpo por el alimento, por la higiene, por el ejercicio de sus miembros y de su fuerza física -diremos con plena certidumbre de no poder ser contradichos seriamente por nadie, que todo niño, todo adulto, todo joven y todo hombre maduro, también es el producto puro del mundo que lo ha nutrido y que lo ha educado en su seno- un producto fatal, involuntario y por consiguiente irresponsable.

Entra en la vida sin alma, sin conciencia, sin sombra de una idea o de un sentimiento cualquiera, pero con un organismo humano cuya naturaleza individual está determinada por una infinitud de circunstancias y de condiciones anteriores al nacimiento mismo de su voluntad, la cual determina a su vez su capacidad, más o menos mayor, de conquistar y de apropiarse de los sentimientos, de las ideas y de las asociaciones de sentimientos y de ideas elaboradas por los siglos y transmitidas a cada uno como una herencia social, por la educación que recibe. Buena o mala, esa educación se impone a él, no es de ningún modo responsable de ella. Lo forma, en tanto que su naturaleza individual más o menos dichosa lo permite, por decirlo así, a su imagen, de suerte que piensa, que siente y que quiere lo que todo el mundo a su alrededor quiere, siente y piensa.

Pero entonces, se preguntará quizás, ¿cómo explicar que la educación, en apariencia al menos la más idéntica, produzca a menudo, desde el punto de vista del desenvolvimiento del carácter, del espíritu y del corazón, los resultados más diferentes? ¿Y ante todo, las naturalezas no nacen diferentes? Esta diferencia natural e innata, por pequeña que sea, es sin embargo positiva y real: diferencia de temperamentos, de energía vital, de predominio de sentido o de tal grupo de funciones orgánicas, sobre todo de vivacidad y capacidades naturales. Hemos tratado de probar que los vicios, tanto como las cualidades morales hechos de conciencia individual y social, no pueden ser físicamente heredados y que ninguna determinación fisiológica puede condenar al hombre al mal, hacerlo irrevocablemente incapaz del bien; pero no hemos pensado de ningún modo en negar que haya naturalezas muy diferentes, de las cuales unas, más felizmente dotadas, son más capaces de un amplio desenvolvimiento que las otras. Pensamos, es verdad, que hoy se exageran demasiado las diferencias naturales que separan a los individuos y que es preciso atribuir la mayor parte de las que existen entre ellos, no tanto a la naturaleza como a la educación diferente que ha sido repartida a cada uno. Para decidir esta cuestión, sería preciso, en todo caso, que las dos ciencias que están llamadas a resolverla, la psicología fisiológica o la ciencia del cerebro, y la pedagogía, que es la de la educación o la de desenvolvimiento social del cerebro, saliesen del estado de infancia en que se encuentran ambas ahora. Pero una vez admitida la diferencia fisiológica de los individuos, en cualquier grado que sea, resulta evidentemente que un sistema de educación excelente en sí, en tanto que sistema abstracto, puede ser bueno para uno, malo para otro.

Para ser perfecta la educación, debería ser mucho más individualizada de lo que lo es hoy, individualizada en sentido de la libertad y únicamente por el respeto a la libertad, aun en los niños. Debería tener por objeto, no el adiestramiento del carácter, del espíritu y del corazón, sino su despertar a una actividad independiente y libre, no perseguir otro fin que la creación de la libertad, ni otro culto, o más bien otra moral, otro objeto de respeto, que la libertad de cada uno y de todos; no sólo la simple justicia jurídica, sino la humana; la simple razón, no teológica ni metafisica, sino científica, y el trabajo tanto muscular como nervioso, como base primera y obligatoria para todos de toda dignidad, de toda libertad y del derecho. Una educación repartida ampliamente a todo el mundo, a las mujeres como a los hombres, en condiciones económicas y sociales fundadas sobre la estricta justicia, haría desvanecerse muchas de las llamadas diferencias naturales.

Por imperfecta que haya sido la educación -se nos podrá responder- lo cierto es que ella sola no podría explicar el hecho incontestable de que en el seno de las familias más desprovistas de sentido moral, se encuentran muy a menudo individuos que nos llaman la atención por la nobleza de sus instintos y de sus sentimientos, y que al contrario, en medio de las familias moral e intelectualmente mejor desarrolladas, se muestran aún con más frecuencia individuos bajos de espíritu y de corazón; este hecho parece contradecir de una manera absoluta la opinión que hace resultar la mayor parte de las cualidades intelectuales y morales del hombre, de la educación que ha recibido. Pero esto no es más que una contradicción aparente. En efecto, bien que hayamos afirmado que en la inmensa mayoría de los casos el hombre es casi enteramente el producto de las condiciones sociales en que se forma, y que no hayamos dejado a la herencia fisiológica, a las cualidades naturales que aporta al nacer, más que una parte de acción comparativamente bastante débil, no hemos negado esta última; y hasta hemos reconocido que en ciertos casos excepcionales, en los hombres de genio o de gran talento, por ejemplo, tanto como entre los idiotas o en las naturalezas muy pervertidas, esa parte de la acción o de la determinación natural sobre el desenvolvimiento del individuo -determinación tan fatal como la influencia de la educación y de la sociedad, puede ser también muy grande-. La última palabra sobre todas estas cuestiones pertenece a la fisiología cerebral y ésta no ha llegado aún a un punto que le permita resolverlas hoy, ni siquiera aproximadamente. Lo único que podríamos afirmar con certidumbre hoy es que todas estas cuestiones se debaten entre dos fatalismos; el fatalismo natural, orgánico, fisiológicamente hereditario, y el de la herencia y la tradición sociales, el de la educación y de la organización pública, económica y social de cada país. No hay puesto para el libre albedrío.

Pero fuera de la determinación natural, positiva o negativa del individuo, que más o menos puede ponerlo en contradicción con el espíritu que reina en toda su familia, pueden existir para cada caso particular otras causas ocultas y que la mayoría de las veces quedan siempre ignoradas, pero que no obstante debemos tomar en gran consideración. Un concurso de circunstancias particulares, un acontecimiento imprevisto, un accidente a veces insignificante por sí mismo, el encuentro fortuito de una persona, un libro que cae en manos de un individuo en un momento propicio, todo eso, en un niño, en un adolescente o en un joven, cuando su imaginación fermenta y está aún por completo abierta a las impresiones de la vida, puede producir una revolución radical en el sentido del bien como del mal. Agregad a eso la elasticidad propia a todas las naturalezas jóvenes, sobre todo cuando están dotadas de una cierta energía natural, que les hace rebelarse contra las influencias demasiado imperiosas y demasiado despóticamente persistentes y gracias a la cual algunas veces el exceso mismo del mal puede producir el bien.

El exceso del bien o de lo que se llama generalmente el bien, ¿puede, a su vez, producir el mal? Sí, cuando se impone como una ley despótica, absoluta, sea religiosa, sea doctrinario-filosófica, sea política, jurídica, social o como ley patriarcal de la familia, en una palabra, cuando un bien que parece ser o que es realmente, se impone al individuo como la negación de la libertad y cuando no es producto de ésta. Pero entonces, la rebelión contra el bien impuesto así, no sólo es natural, es también legítima: lejos de ser un mal es un bien, al contrario; porque no hay bien fuera de la libertad, y la libertad es la fuente y la condición absoluta de todo bien que sea verdaderamente digna de este nombre, pues el bien no es otra cosa que la libertad.

Desarrollar y demostrar esta verdad que nos parece tan sencilla, tal es el único fin de este escrito. Volvamos ahora a nuestra cuestión.

El ejemplo de la misma contradicción o anomalía aparente nos es ofrecido a menudo en una esfera más amplia, por la historia de las naciones. ¿Cómo explicar, por ejemplo, que en la nación judía, la más estrecha antes y la más exclusiva que haya habido en el mundo -tan exclusiva y estrecha que, al reconocer el privilegio, por decirlo así, absoluto, la divina elección como base principal de toda su existencia nacional, se ha colocado ella misma como pueblo favorito entre todos, hasta el punto de imaginarse que su dios, Jehová -el dios padre de los cristianos-, llevando su solicitud hacia ella hasta la más salvaje crueldad para con las otras naciones, le ordenó la extirpación a sangre y fuego de todos los pueblos que habían ocupado antes que ella la tierra prometida, a fin de preparar el terreno a su pueblo-mesías? ¿Cómo explicarse que un personaje como Jesucristo, el fundador de la religión cosmopolita o mundial, y por eso mismo destructor de la existencia misma de la nación judía, en tanto que cuerpo político y social, haya podido nacer en su seno? ¿Cómo ese mundo, exclusivamente nacional, ha llegado a producir un reformador, un revolucionario religioso como el apóstol? (1)


Nota

(1) Aquí termina el documento. Hasta la fecha se ignora si su autor, Miguel Bakunin, lo dejó inconcluso, si fue mutilado o si esa parte se extravió. Nota de Chantal López y Omar Cortés, capturistas y diagramadores de la presente edición cibernética.


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