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Penitenciaría Federal de los Estados Unidos.

Leavenworth, Kansas.

Agosto 17 de 1921.

Gus Teltsch.

Lake Bay, Wash.

Mi estimado Gus:

Me refiero a tu querida carta del 20 de julio último, que, como de costumbre, me trajo fortaleza y alegría, por lo cual te estoy muy agradecido.

Por tu carta me he enterado de tu nuevo domicilio temporal. ¡Qué hermoso ha de ser donde estás!, pero ¡qué triste y depresivo debe ser para tu alma independiente fatigarte y sudar para tu amo ocioso! Sin embargo, no hay otra alternativa para el trabajador que sudar o morirse de hambre, y ¡ay! muy a menudo se muere de hambre con todo su sudor y fatiga ...

Te agradezco hayas tenido tiempo para escribirme, pues comprendo que para hacerlo tuviste que privarte del descanso que exigía tu cuerpo fatigado. Indudablemente que fue de noche cuando escribiste la querida carta que tengo a la vista, la hora que sigue a la fatiga del último día, y el cansancio que precede al siguiente, las pocas horas transitorias que enlazan unas a otras las agonías del trabajo, del forzoso, degradante trabajo. Estoy seguro que estabas cansado: el sueño oprimía tus atormentados párpados con su dedo de plomo, mientras que la cama tentaba a tu cuerpo con promesas de descanso ... Sin embargo, no te rendiste a la dulce tentación. Mirándote fíjamente, en espera tuya al fin del puente de la noche que ata las lúgubres márgenes del día de fatiga, allí estaba el trabajo para recordarte tu deber de dar un pequeño descanso a tu cuerpo para esforzarlo a dar su máximum al día siguiente; sin embargo, tu no le prestaste atención: tenías voluntad de escribir, sentías que tu amigo y camarada necesitaba una palabra de amistad que le llegara como un soplo de fresco en el infierno en donde se encuentra encadenado y maldecido, y bajo la urgencia de tu generosa naturaleza escribiste la espléndida carta. Te escribo para darte las gracias otra vez, mi querido Gus. Tu carta produjo el efecto deseado; llegó alegrándome y refrescándome. ¡Es sublime sentir la presión de una mano fraternal en la obscuridad! No me he sentido bien durante los últimos meses. Por supuesto mi vista está más débil y, además de esta enfermedad, otros males viejos han venido a añadir miseria a la miseria. Aunque no niego lo saludable del aire libre, me es, sin embargo, muy dañoso; soy muy susceptible a las corrientes de aire; me resfrío muy facilmente, y como las ventanas permanecen abiertas toda la noche para dar ventilación apropiada a los calabozos, tengo un resfriado perpetuo acompañado de bronquitis y un gran dolor en el pecho, que me hace permanecer despierto la mayor parte de la noche. Mi corazón también me molesta, pues siento un dolor constante. No te había dicho esto más antes porque siempre siento repugnancia por hacerlo. La enfermedad es cosa tan fea que yo creo es mejor ocultarla; pero como tu, mi bondadoso Gus, me aseguras que sobreviviré a mi condena, y como no sabes mi verdadera condición física, creo de mi deber, como tu amigo, camarada y hermano, decirte la verdad.

Sin embargo, mis enfermedades no tienen ninguna influencia sobre mi espíritu, pues no les permito que la tengan. Por lo tanto, estoy tranquilo, y siempre conservo mi fe muy alta en el advenimiento de la justicia para la especie humana. Tu no vas a fatigarte siempre, estoy seguro de ello, mi querido Gus. El curso de los acontecimientos en todo el mundo me hace ver muy claramente el futuro de la humanidad. El viejo sistema del intercurso político y social todavía está en pie, pero mortalmente herido. Su caída es solo cuestión de tiempo. Las cadenas, los calabozos y el cadalso no pueden sostenerlo, sino que, al contrario, tendrán que precipitar su caída. Esta visión del futuro me conserva en buen espíritu. No habrá más niños sin leche, ni mujeres hermosas que vendan sus encantos por una rebanada de pan, ni nadie que chupe la sangre del trabajador. ¿No es esto sublime? Asi es que alegrémonos.

Recuerdos para todos nuestros buenos amigos y recibe un fuerte abrazo de tu hermano.

Ricardo Flores Magón


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