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CAPÍTULO IX

POR UN DIVINO MILAGRO

Cruz Chávez envió hasta Guerrero a Bernardo, con el objeto de que allí, viviendo con Mariana y Julia, espiase sin causar recelos las disposiciones militares del gobierno en aquella villa situada en el arranque de la sierra -base necesarísima de toda operación estratégica.

La noche, víspera de la partida, Cruz dispuso una peregrinación de los suyos, escoltando al nuevo San José por los pueblecillos cercanos, mientras varios soldados de Dios recibían a los filiados a última hora.

Y San José, el viejo idiota, sugestionado por su mismo hermano Bernardo, llamó a su mujer y a su hija; les habló de Dios su hijo y de la otra vida.

- En el nombre de Dios -clamó- ya no son mi familia; mi mujer es la Virgen María, pero obedecerán a mi hermano; los tres serán esposos, para que yo sea el Padre de la Santísima Trinidad; tú, el Padre (y señaló a Bernardo); tú, la hija, y tú, el Espíritu Santo (e indicó a las dos mujeres).

Fue aquella noche, la noche lúgubre del atentado salvaje, del atropello de la virgen tierna; el estrujamiento del ángel, la inmolación de la niña en aras del estúpido fanatismo ... ¡nupcias trágicas del ogro y la doncella! ...

Julia tenía apenas catorce años; pero había adquirido un gran desarrollo, y ya era por su cuerpo una mujercita hecha y derecha, limpia y hacendosa, que desempeñaba todas las faenas domésticas en la casa de su padre, primero, y en la de su tío, después.

Ella molía, lavaba, remendaba los burdos pantalones de los dos hombres, daba agua a las bestias, y hasta en las noches glaciales del duro invierno de la sierra, rajaba la leña y encendía trabajosamente el fuego de la chimenea, donde asaba la carne de la cena y hervía el café para que su padre no se durmiera, cuando Cruz convocaba a los principales vecinos a rezar el rosario, un rosario fantástico, donde aquella gente intercalaba oraciones extrañas, letanías estupendas, gritos de odio y bélicas proclamas, imprecando al gran poder de Dios.

En verdad que casi todas las mujeres del pueblo hacían lo mismo, pero aquéllas lo verificaban con la inconsciencia pasiva de las bestias de carga. Ella no porque era soñadora y había conocido algo de la vida civilizada en Chihuahua, en la casa de su padrino donde contrajo estrecha amistad con la hija de éste, una señorita que le había hablado de cosas encantadoras.

- Mira, Julia -le dijo una vez-, tú eres muy bonita; las muchachas como tú, pueden ser reinas. - Y nunca olvidó la frase.

En las noches en que había serenata en el jardín de la Plaza de Armas, en Chihuahua, cuando tocaba allí la música del Quinto Regimiento o del Undécimo Batallón, ella, niña aún, llevada por lástima, había entrevisto la sociedad aristocrática, lujosa y altiva de Chihuahua; le habían deslumbrado los trajes de las mujeres hermosas y le había fascinado la armonía de los valses, nunca hasta entonces escuchados por ella.

Vagos anhelos se despertaron en su ser, y su curiosidad infantil, no satisfecha, se enardeció ante el espectáculo de la vida confortable y moderna de una ciudad.

Había conocido al novio de su amiga, que era un capitán segundo del Quinto Regimiento, un gentil mozo de bigotes retorcidos a lo mosquetero, de dormán ajustado, luciendo marcialmente el brillo de plata de los botones y del acero del sable y de los relucientes y argentinos acicates ... ¡Oh! ¡Así debían ser los príncipes de los cuentos!

Y ella, la soñadora niña de catorce años, ya se había visto al espejo, preguntándose si podía merecer un hombre así.

Después, en Tomochic, lloró y suspiró por las horas tranquilas que había pasado y que nunca volverían. Como prendió vagamente que aquellos hombres estaban locos, pero se resignó y soportó sus dolores con heroismo de mártir.

Su rostro se dulcificó, serenóse su mirada y tomó a sus finos labios la antigua sonrisa.

Después, el atentado sacudió su cuerpo, lo enfermó ...

Al día siguiente de la noche de aquel domingo tuvo fiebre, y sin saber cómo, desvanecida, delirante, ligada fuertemente al asno que la llevaba, después de dos días de marcha, llegó a Guerrero.

Quedó anonadada bajo el peso su desgracia, y, lentamente, una sombra de melancolía inmensa obscureció su cerebro, donde llegaron a dormir por fin todos sus ensueños y todas sus aspiraciones.

Sobre la concubina del viejo bandido, sobre la carne mancillada noche a noche, sin estremecerla, sin enardecerla, cintilaba, ignoto y solitario, un espíritu virgíneo.

Y allí, en la vieja casucha de adobes, en la margen del río, Julia pasaba tristemente su vida, minada por las brutalidades de su tío y dueño, soportando con irreductible resignación cándida el tormento diario de acostar su cuerpecito adolescente al lado del velludo y nauseabundo cuerpazo de aquella bestia que, en las noches, cuando regresaba borracho, con pasos de hipopótamo, osaba acercar al rostro melancólico de la linda esclava sus mechones hediondos, estrujándola sobre el mismo lecho de la tía Mariana, sobre el mismo lecho incestuoso.

Y no obstante -¡consolador encanto!- la monstruosa violación apenas empañó la diafanidad inefable del alma de la niña.

El atentado dejó casi intacto el espíritu infantil, el crujimiento rojo de la carne no salpicó el alto cristal de su conciencia serena y triste, ni nubló sus pupilas -ni con deleite alguno, ni con ningún horror- ni ensanchó sus caderas, ni aflojó sus senos redondos, pequeños y firmes.

Pasada la fiebre primera, las vías de hecho, las violencias, no sacudieron ya su pensamiento, ni su sentimiento ...

Su resignación inquebrantable, su fe en la Virgen María, y una perenne actividad, mantuvieron sano su cuerpo y vívida la frescura y la gracia melancólica de aquel lirio de la sierra.

La linda Julia, la barragana del viejo borracho, la querida del bandido, la hija de San José, era, en verdad, una niña santa, por un divino milagro ...

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