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CAPÍTULO I

CALUMNIA Y VERDAD

Sol deslumbrante y abrasador caía a plome sobre la destartalada plaza, completamente solitaria y silenciosa, en honda paz de tumba, en un ambiente de horno.

Eran las dos de la tarde. En el extremo de una de las calles que desembocan en tan desolado recinto, Miguel Mercado, joven subteniente del Noveno Batallón, vistiendo ligero uniforme de dril, blancos de polvo los zapatos y flotándole sobre la espalda el paño de sol, contemplaba, perplejo, los portales que se extendían a la izquierda.

A su frente vio paredones viejos, muy viejos y muy tristes; a su derecha, la iglesia cuya tosca y fea torre chaparrona, recortaba con quebrado peño el azul oscuro del cielo. Al lado del atrio, pequeño y sucio, casas de claras fachadas, limpias, casi blancas.

Y en el centro de la desierta plaza, una banqueta en cuadro resplandecía entre ocho o diez arbolillos escuetos que alargaban tristemente sus varejones - ¡el jardín!

Miguel, erecto el entrecejo de su rostro imberbe quemado por el sol, contempló con aire de aburrimiento y cólera la desolación de aquella plazoleta, única que existía en Ciudad Guerrero.

- ¡Y a esto llaman ciudad! -se dijo casi en voz alta.

Venía muerto de hambre y buscaba una fonda o una tienda donde saciarse. Con movimiento rápido y brusco reemprendió la marcha, dando grandes zancadas y haciendo sonar su espada con un tintineo argentino y rítmico. Llegado por fin a la sombra del portal, vio alegre, muchos tendajos, cuyos armazones poblados de botellas lucían extrañas tintas.

Entró en uno muy amplio, de dos puertas, invadido por adustos hombres melenudos, con blusas blancas, pantalones de tela burda y calzando teguas de gamuza.

Pidió una copa de tequila, que le sirvieron silenciosamente, al lado de un vaso de agua, y antes de apurarla:

- Oiga, amigo, hágame el favor de decirme por dónde hallaré una fonda -dijo a uno de aquellos hombres.

Y él, un gigantón de enmarañada cabeza y áspera barba eriza, le miró un minuto con desdeñosa curiosidad; luego, alzando los hombros y volviéndole la espalda:

- No sé - contestó brutalmente, echándose a la bocaza un gran vaso de sotol.

Apenas pudo contener Miguel un movimiento de desagrado al oír la respuesta. Encontraba la misma hostilidad elocuente de que habían sido víctimas los oficiales desde su llegada a Chihuahua; las mismas caras hurañas y el mismo gesto de desprecio, idéntica fiereza altiva.

Cansado como venía por seis jornadas continuas, durante las cuales no había comido sino tortillas de harina y carne asada; ávido de tomar caldo, frijoles, chile, los más toscos o sencillos alimentos, aquel día que no se había desayunado sino con una gorda, sintió Miguel inmensa cólera ante la ruda contestación del paisano.

No le quedó más remedio, sin embargo, que apurar su copa de un solo trago, con temblorosa avidez sedienta.

En aquel instante, el retintín de unos acicates resonando contra las losas y el conocido golpeteo metálico de un sable, le hicieron volver el rostro.

Y vio a Gerardo, un simpático tenientillo del Estado Mayor, de aspecto infantil, a quien conocía desde México, un buen chico que apreciaba sinceramente, por franco, ingenuo y recto.

Chaparrón, de rostro sonrosado y ancho, llevando un kepis enfundado con blanco paño de sol, dormán negro, albo pantalón y duras botas de montar, arrastraba casi el sable. Reconoció a Miguel y se le acercó, gritándole con voz alegre:

- ¡Hombre, Mercado, no esperaba que vinieras! Se abrazaron, dándose grandes manotazos sobre las espaldas, sacudiéndose cordialmente el polvo del camino.

- ¿Qué tomas, hermano? ¿De qué te la echas?

- Ya no quiero tomar nada; dime dónde hay qué comer.

- Voy para la fonda precisamente; pero primero nos echaremos un fajo de tequila ... ¡Dos tequilazos, don Pedro!

Gerardo, entusiasta, y desbordando un inagotable torrente de palabras, retuvo al oficial del Noveno, quien le escuchaba nervioso, reteniendo incipiente arranque de ira.

- ¡Ya sabes! Estoy en el Estado Mayor con el general Rangel: verás cómo ahora sí nos lucimos. Ya verás, ya verás qué zurra les damos a esos demonios de tomoches ... ¡Son valientes ... hombres ... no se puede negar! Palabra de honor, yo creí que eran papas ... pero son, sí, muy valientes ... parecen venados, los ves aquí, y de repente ¡zas! en la punta del cerro y ¡Viva el poder de Dios y mueran los pelones! ... y rau ... ¡caramba! si ni apuntan ... al descubrir, hermano ... te recontramatan. Con decirte que cada cartucho es un muerto; no yerran ... ¡Imagínate cómo estaría yo ese día en que nos amolaron al general y a mí! ... ¡Salud, hermano!

- A la tuya.

Lo peor fue que después de que tomaron las copas, Miguel, algo excitado, extinta su cólera, las mandó repetir, sintiéndose consolado por el alcohol del abominable tequila chihuahuense.

Experimentaba grato alivio, en pie delante del mostrador sucio y húmedo, y escuchaba la charla sonora del teniente, recordando la historia que de sus desventuras se refería en los corrillos de oficiales, entre bromas y carcajadas, allá en Chihuahua.

El día dos de septiembre de 1892, cuando intentó atacar el pueblo de Tomochic el general Rangel, después de ser herido el teniente coronel Ramírez y muertos el mayor Prieto y el teniente. Manzano; en el momento de la derrota y de la confusión; mientras el general buscaba refugio en un jacal, a él le mataron su caballo; se le acercaron algunos tomochitecos; desarmáronle y le dijeron, insultándole y dándole de nalgadas - Nosotros no peleamos con muchachos. Usted debe estar con su mamá - y le dejaron desmayado de susto.

Mercado sonreía irónicamente al oficial de Estado Mayor, aunque comprendía que aquello que se contaba de él podría ser una calumnia, edificada, no obstante, sobre la verdad de la derrota.

- Es que -observó-, cuentan que te dieron de chanclazos el día dos de septiembre.

- ¡Mienten! ¡Qué me iban a dar! Lo que pasó fue que me mataron mi caballo, repentinamente, de un balazo: entonces caí yo hiriéndome la cabeza, quedando por muerto sobre los cerros ... ¡Me salvé por milagro!

- Pues no es lo que nos contaron en Chihuahua; pero ya ves cuánto se inventa. En fin, vamos a comer, porque ya se me está subiendo este maldito tequila.

- ¡Qué tequila va a ser! Es sotol vil y aguardiente. Bueno, vamos; nada más que allí han de estar comiendo también los del 11° Batallón y del Quinto Regimiento ... Tú no los conoces, ¿verdad? ... ya verás qué bien se divierten.

Y ambos salieron de la tienda, y charlando aún, ya reanimados, atravesaron la plaza desolada y reverberante de sol, bajo un cielo azul maravilloso.

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