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LAS MIL Y UNA NOCHES

XXIX


Historia de Bacbac, tercer hermano del barbero
(Contada por el barbero)






Bacbac el ciego, por otro nombre el Cacareador hinchado, es mi tercer hermano. Era mendigo de oficio, y uno de los principales de la cofradía de los pordioseros de Bagdad, de nuestra ciudad.

Cierto día, la voluntad de Alá y el Destino permitieron que mi hermano llegase a mendigar a la puerta de una casa. Y mi hermano Bacbac, sin prescindir de sus acostumbradas invocaciones para pedir limosna: ¡Oh donador, oh generoso!, dio con el palo en la puerta.

Pero conviene que sepas, ¡oh Comendador de los Creyentes!, que mi hermano Bacbac, igual que los más astutos de su cofradía, no contestaba cuando al llamar a la puerta de una casa, le decían: ¿Quién es? Y se callaba para obligar a que abriesen la puerta, pues de otro modo, en lugar de abrir, se contentaban con responder desde dentro: ¡Alá te ampare! Que es el modo de despedir a los mendigos.

De modo que aquel día, por más que desde la casa preguntasen: ¿Quién es?, mi hermano callaba. Y acabó por oír pasos que se acercaban, y que se abría la puerta. Y se presentó un hombre al cual Bacbac, si no hubiera estado ciego, no habría pedido limosna seguramente. Pero aquel era su Destino. Y cada hombre lleva su Destino atado al cuello.

Y el hombre le preguntó: ¿Qué deseas?

Y mi hermano Bacbac respondió: Que me des una limosna, por Alá el Altísimo.

El hombre volvió a preguntar: ¿Eres ciego? y Bacbac dijo: Sí, mi amo y muy pobre.

Y el otro repuso: En ese caso, dame la mano para que te guíe.

Y le dio la mano, y el hombre lo metió en la casa, y lo hizo subir escalones y más escalones, hasta que lo llevó a la azotea, que estaba muy alta; y mi hermano, sin aliento, se decía: Seguramente, me va a dar las sobras de algún festín.

Y cuando hubieron llegado a la azotea, el hombre volvió a preguntar: ¿Qué quieres, ciego?

Y mi hermano, bastante asombrado, respondió: Una limosna por Alá.

Y el otro replicó: Que Alá te abra el día en otra parte.

Entonces Bacbac le dijo: ¡Oh tú, un tal! ¿No podías haberme contestado así cuando estábamos abajo?

A lo cual replicó el otro: ¡Oh tú, que vales menos! ¿Por qué no me contestaste cuando yo preguntaba desde dentro: ¿Quién es? ¿Quién está a la puerta? ¡Conque lárgate de aquí en seguida, o te haré rodar como una bola, asqueroso mendigo de mal agüero!

Y Bacbac tuvo que bajar más que de prisa la escalera completamente solo.

Pero cuando le quedaban unos veinte escalones dio un mal paso, y fue rodando hasta la puerta. Y al caer se hizo una gran contusión en la cabeza, y caminaba gimiendo por la calle. Entonces varios de sus compañeros, mendigos y ciegos como él, al oírle gemir le preguntaron la causa, y Bacbac les refirió su desventura. Y después les dijo: Ahora tendrán que acompañarme a casa para tomar dinero con que comprar comida para este día infructuoso y maldito. Y habrá que recurrir a nuestros ahorros que, como saben, son importantes, y cuyo depósito ustedes me han confiado.

Pero el hombre de la azotea había bajado detrás de él y le había seguido. Y echó a andar detrás de mi hermano y los otros dos ciegos, sin que nadie se apercibiese, y así llegaron todos a casa de Bacbac. Entraron, y el hombre se deslizó rápidamente antes de que hubiesen cerrado la puerta. Y Bacbac dijo a los dos ciegos: Ante todo, registremos la habitación por si hay algún extraño escondido.

Y aquel hombre, que era todo un ladrón de los más hábiles entre los ladrones, vio una cuerda que pendía del techo, se agarró de ella, y silenciosamente trepó hasta una viga, donde se sentó con la mayor tranquilidad. Y los dos ciegos comenzaron a buscar por toda la habitación, insistiendo en sus pesquisas varias veces tentando los rincones con los palos. Y hecho esto, se reunieron con mi hermano, que sacó entonces del escondite todo el dinero de que era depositario, y lo contó con sus dos compañeros, resultando que tenían diez mil dracmas juntos. Después, cada cual cogió dos o tres dracmas, volvieron a meter todo el dinero en los sacos, y los guardaron en el escondite. Y uno de los tres ciegos marchó a comprar provisiones y volvió en seguida, sacando de la alforja tres panes, tres cebollas y algunos dátiles. Y los tres compañeros se sentaron en corro y se pusieron a comer.

Entonces el ladrón se deslizó silenciosamente a lo largo de la cuerda, se acurrucó junto a los tres mendigos y se puso a comer con ellos. Se había colocado al lado de Bacbac, que tenía un oído excelente, y Bacbac, oyendo el ruido de sus mandíbulas al comer, exclamó: ¡Hay un extraño entre nosotros!

Y alargó rápidamente la mano hacia donde oía el ruido de las mandíbulas y su mano cayó precisamente sobre el brazo del ladrón. Entonces Bacbac y los dos mendigos se precipitaron encima de él, y empezaron a gritar y a golpearle con sus palos, ciegos como estaban, y pedían auxilio a las vecinos, chillando: ¡Oh musulmanes, acudan a socorrernos! ¡Aquí hay un ladrón! ¡Quiere robamos el poquísimo dinero de nuestros ahorros!

Y acudiendo los vecinos, vieron a Bacbac que, auxiliado por los otros dos mendigos, tenía bien sujeto al ladrón, que intentaba defenderse y escapar. Pero el ladrón, cuando llegaron los vecinos, se fingió también ciego, y cerrando los ojos, exclamó: ¡Por Alá! ¡Oh musulmanes! Soy ciego y socio de estos otros tres, que me niegan lo que me corresponde de los diez mil dracmas de ahorros que poseemos en comunidad. Se los juro por Alá el Altísimo , por el sultán, por el emir. Y les pido que me lleven a presencia del walí, donde se comprobará todo.

Entonces llegaron los guardias del walí, se apoderaron de los cuatro hombres y los llevaron entre las manos del walí. Y el walí preguntó: ¿Quiénes son esos hombres?

Y el ladrón exclamó: Escucha mis palabras, ¡oh walí justo y perspicaz!, y sabrás lo que debes saber. Y si no quisieras creerme, manda que nos den tormento, a mí el primero, para obligarnos a confesar la verdad. Y somete en seguida al mismo tormento a estos hombres para poner en claro este asunto.

Y el walí dispuso: ¡Aprendan a ese hombre, échenlo en el suelo, y lo apalean hasta que confiese!

Entonces las guardias agarraron al ciego fingido, y uno le sujetaba los pies, y los demás principiaron a darle de palos en ellos, A los diez palos, el supuesto ciego empezó a dar gritos y abrió un ojo, pues hasta entonces los había tenido cerrados. Y después de recibir otros cuantos palos, no muchos, abrió ostensiblemente el otro ojo.

Y el walí enfurecido, le dijo: ¿Qué farsa es ésta, miserable embustero?

Y el ladrón contestó: Que suspendan la paliza y lo explicaré todo.

Y el walí mandó suspender el tormento, y el ladrón dijo: Somos cuatro ciegos fingidos, que engañamos a la gente para que nos de limosna. Pero además simulamos nuestra ceguera para poder entrar fácilmente en las casas, ver a las mujeres con la cara descubierta, y al mismo tiempo examinar el interior de las viviendas y preparar los robos sobre seguro. Y como hace bastante tiempo que ejercemos este oficio tan lucrativo, hemos logrado juntar entre todos hasta diez mil dracmas. Y al reclamar mi parte a estos hombres, no sólo se negaron a dármela, sino que me apalearon, y me habrían matado a golpes si los guardias no me hubiesen sacado de entre sus manos. Esta es la verdad, ¡oh walí! Pero ahora, para que confiesen mis compañeros, tendrás que recurrir al látigo, como hiciste conmigo. Y así hablarán. Pero que les den de firme, porque de lo contrario no confesarán nada. Y hasta verás cómo se obstinan en no abrir los ojos, como yo hice.

Entonces el walí mandó azotar a mi hermano el primero de todos.

Y por más que protestó y dijo que era ciego de nacimiento, le siguieron azotando hasta que se desmayó . Y como al volver en sí tampoco abrió los ojos, mandó el walí que le dieran otros trescientos palos, trescientos más, y lo mismo hizo con los otros dos ciegos, que tampoco los pudieron abrir, a pesar de los golpes. Y a pesar de las consejos que les dirigía el ciego fingido, su compañero improvisado.

Y en seguida, el walí encargó a este ciego fingido que fuese a casa de mi hermano Bacbac y trajese el dinero. Y entonces dio a este ladrón dos mil quinientos dracmas, o sea la cuarta parte del dinero, y se quedó con los demás.

En cuanto a mi hermano y los otros dos ciegos, el walí les dijo: ¡Miserables hipócritas! ¿Conque comen el pan que les concede la gracia de Alá, y luego juran en su nombre que son ciegos? Salgan de aquí y que no se les vuelva a ver en Bagdad ni un solo día.

Y yo, ¡oh Emir de los Creyentes!, en cuanto supe todo esto salí en busca de mi hermano, lo encontré, lo traje secretamente a Bagdad, lo metí en mi casa, y me encargué de darle de comer y vestirlo mientras viva.

Y tal es la historia de mi tercer hermano, Bacbac, el ciego.

Y al oírla el califa Montasser Billah, dijo: Que den una gratificación a este barbero, y que se vaya en seguida.

Pero yo, ¡ah mis señores!, contesté: ¡Por Alá! ¡Oh Príncipe de los Creyentes! No puedo aceptar nada sin referirte lo que les ocurrió a mis otros tres hermanos.

Y concedida la autorización, dije:
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