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Fantomas

Pierre Souvestre y Marcel Allain

CAPÍTULO VIGÉSIMO QUINTO

Cómplice inesperado



Gurn, después de esta entrevista, iba y venía por su celda, presa de una agitación febril.

El pestillo que cerraba su calabozo se corrió. En la puerta entreabierta apareció el rostro jovial de Nibet, el nuevo carcelero.

- ¡Eh, buenas tardes, Gurn! -exclamó-. Son las seis. El muchacho de la taberna de enfrente pregunta si va usted a comer.

- No -refunfuñó Gurn-. Tomaré lo corriente.

- ¡Ah, ah! -prosiguió el carcelero-. Habrá que pensar, amigo, que los fondos andan escasos.

Impacientado, Gurn iba a decir al nuevo carcelero cómo le molestaba su presenciá, pero este entró furtivamente, acercándose al prisionero, y en voz baja, atrayendo la mano hacia la suya, murmuró:

- ¡Toma! Coge esto ...

Gurn, estupefacto, miró lo que el carcelero acababa de darle. Era un billete de banco.

Gurn iba a preguntar. El carcelero le hizo una señal para que se callara.

- Vuelvo dentro de un instante; el tiempo de encargarte una buena comida.

Solo de nuevo, Gurn respiró profundamente.

Se sentía aliviado de un gran peso ...

Su amiga no le abandonaba; seguramente había sabido que él, Gurn, callando los lazos que les unían, la apartaba de una acusación atroz.

* * *

La puerta de la celda se abrió de nuevo.

- ¡Bueno! -exclamó el carcelero, que traía en la mano una gran cesta de mimbre, conteniendo varios platos y una botella de vino-. ¡Bueno! Aquí tiene usted comida.

- A fe mía -reconoció el asesino de lord Beltham, sonriendo-, tenía, después de todo, necesidad ... y usted ha tenido una buena idea, monsieur Nibet, al insistir para que esta tarde mandara de nuevo a traer mi comida de fuera.

Nibet hizo un guiño significativo; supo agradecer por su tacto al prisionero.

Sin dejar de comer, Gurn hablaba con Nibet:

- ¿Entonces es usted quien reemplaza a Siegenthal?

- Sí -respondió Nibet, quien, después de haber hecho algunos melindres y asegurarse que nadie le veía, aceptaba de Gurn uno, después dos vasos de vino-. Hace mucho tiempo que había pedido la plaza. Tenía en mi expediente tres cartas de diputados de la oposición ,.. Parece que es a estos a quienes se hacen la mayor parte de los favores. ¡Pues bien!, a pesar de eso, esta no llegaba nunca. Pero figúrese usted que, últimamente, me llamaron del Ministerio de Justicia; allí, un empleado me dijo que una persona de la embajada se interesaba por mí; me preguntó, yo le expliqué todo el asunto. Ahora bien: de repente, Siegenthal ha sido nombrado en Possy y yo le he sucedido.

Gurn movió la cabeza, aspirando el aire.

- ¿Y... el dinero? -dijo.

Con el mismo tono, el carcelero explicó:

- Eso es más incomprensible; pero he cumprendido que todo es lo mismo. Una señora me encontró en la calle la otra tarde: ¿Es usted Nibet?, me dijo ella. Yo soy Nibet, le respondí. Hemos hablado en el borde de la acera. La calle estaba desierta. Después me puso en la mano billetes de banco, no algunos, sino un buen paquete ..., y haciéndome comprender por suposiciones que ella se interesaba por mí ... y por usted ... y que si las cosas ocurrían como ella quería, habría aún más billetes azules bajo mano ...

Gurn había observado al carcelero mientras hablaba.

El hombre, de labios gruesos y frente estrecha, encarnaba perfectamente el ser capaz de todos los apetitos. Y Gurn, juzgando inútil emplear otros rodeos, abordó claramente el asunto que le preocupaba:

- ¡Yo me aburro aquí! -dijo, poniendo la mano familiarmente en el hombro del carcelero.

Este levantó la cabeza, un poco inquieto.

- ¡Caramba! No lo dudo, pero el tiempo pasa, las cosas se arreglan ...

- Las cosas se arreglan cuando se las ayuda -declaró Gurn con tono imperativo-, y vamos a ayudarlas ...

- Eso -dijo el carcelero- está por ver ...

- Claro está que todo trabajo merece un salario y no es preciso que un carcelero arriesgue su plaza por la evasión de un prisionero.

- ¡Caramba! -exclamó Nibet.

- ¡No hay nada que temer, Nibet! No van a hacerse tonterías; pero, hablemos seriamente: ¿Debes encontrarte otra vez con la excelente señora que te dio el dinero? ...

Después de una vacilación, el carcelero declaró:

- Debo verla esta noche, a las once ...

- ¡Está bien! -continuó Gurn-. Le dirás que hacen falta diez mil francos ...

- ¿Diez? -empezó el carcelero, desconcertado.

- Diez mil -repitió Gurn-, y diez mil mañana por la mañana. Allí encima hay todavía mil quinientos francos míos; yo me iré mañana por la noche ...

El carcelero parecía perplejo:

- ¿Y si sospechan de mí?

- ¡Imbécil! -dijo Gurn-. Tú te arreglarás para cometer una falta de servicio. No te quiero como cómplice. Escucha -continuó, persuasivo-, habrá además cinco mil francos para ti, y en el caso de que el asunto salga mal, no tendrás más que largarte a Inglaterra, donde tu vida estará asegurada hasta el fin de tus días.

- Tengo mujer y dos hijos ...

Gurn comprendió.

- Tú y tu familia, naturalmente ...

- Pero -vaciló aún el carcelero, pronto a rendirse-, ¿quién me garantiza ...?

- La señora, te digo ..., la señora. Toma, le darás esto.

Apresuradamente, Gurn arrancó una hoja de papel de su mamotreto y garabateó algunas líneas con lápiz:

- ¡A fe mía, no digo no! -balbució el carcelero.

- Es preciso -continuó Gurn- que digas sí ...

Los dos hombres se miraron fijamente, el carcelero pálido; después, al fin, declaró:

- Es sí ...

***

El día siguiente era doce de noviembre. Gurn, después de haber dado su paseo diario, volvió pacíficamente a su celda.

Había pasado una noche muy agitada, preguntándose si el hombre habría podido combinar un plan de evasión simple y realizable.

Las esperanzas del asesino de lord Beltham no se vieron fallidas. Al despertar, apareció Nibet, la fisonomía misteriosa, la vista animada. Sacó de debajo de la blusa un paquetito que tendió a Gurn:

- ¡Esconde eso en tu cama! ...

Gurn obedeció ...

La mañana pasó sin otras explicaciones. Gurn no pudo hablar a solas con Nibet.

Durante el paseo en el patio, solos entonces los dos hombres, pudieron discutir. Nibet explicó:

- Hace ya tres semanas que unos veinte albañiles trabajan en la cárcel para reparar el tejado y arreglar algunas celdas. La celda ciento veintinueve, al lado de la tuya, está desocupada. La ventana no tiene barrotes. Por esta celda y por esta ventana, los albañiles suben al tejado. Vienen por la mañana, se van al mediodía, vuelven a la una y se van a las seis. El portero los conoce, pero no se fija cuando pasan, y posiblemente se podría salir con ellos. En el paquete que te he traído hay un pantalón y una chaqueta de obrero. No tendrás más que ponerte estas ropas ... A las seis menos cuarto, los hombres que han subido al tejado por la celda, descienden por las lumbreras de la guardilla; después suben por la escalera que conduce al archivo, pasan por delante del archivo, atraviesan los dos patios del edificio, y, por último, salen por la entrada principal. A las seis menos diez, yo te abriré, tú entrarás en la celda vecina, te deslizarás al tejado, teniendo cuidado de ocultarte detrás de las chimeneas hasta que los obreros hayan terminado su trabajo; tu espera durará, tal vez, dos o tres minutos; a los albañiles no les gusta hacer el tonto: se van puntualmente; tú saldrás con ellos ... ¡No!, ¡atención!, los dejarás desfilar delante de ti y tú irás detrás, llevando una pala y un azadón sobre tu hombro, y ante el archivo, en el patio, en todos los sitios donde se te pueda notar, harás como que corres para alcanzarles; pero, bien entendido, les dejarás tomar siempre una delantera de algunos metros sobre ti ... Cuando el portero de la cárcel vaya a cerrar la puerta, llamarás suavemente, pero con el aire más natural, y le dirás: Atención, papá Morin, no quiero que me deje aquí encerrado. ¡Yo no soy de sus clientes! Déjeme reunirme con mis compañeros. Le dirás eso u otra cosa ... y, después, cuando estés fuera, ¡caramba!, muchacho, tú verás cómo te desenvuelves ...

Nibet continuó:

- En el bolsillo derecho de la chaqueta, he puesto los billetes, diez billetes de cien, me habías pedido más, pero no he podido encontrar la moneda ...

Gurn no insistió:

- ¿A qué hora se descubrirá mi fuga?

El carcelero reflexionó:

- Yo estoy de guardia esta noche. Arregla tu almohada y tus ropas en la cama a fin de dar la sensación de estar acostado; así se admitirá que yo no he podido equivocarme ... Dejo el servicio a las cinco. No hay nueva ronda antes de las ocho. Mi compañero es el que abrirá la jaula. En ese momento, tú ya estarás lejos.

Gurn movió la cabeza ...
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