Indice de Diálogos y conversaciones de Rafael Barrett CAPÍTULO DËCIMOSEXTO. La sirvienta CAPÍTULO DÉCIMOCTAVO. El Padre GonzaloBiblioteca Virtual Antorcha

Diálogos y conversaciones

Rafael Barrett

CAPÍTULO DECIMOSÉPTIMO

El zorzal



Don Tomás.
- ¿De modo que la libertad absoluta sería el gran remedio?

Don Angel.
- Y la libertad para todos, hasta para los delincuentes. Defienda cada cual su vida, pero no juzgue, no castigue. ¿Por qué hay ladrones? Porque hubo desposeídos. ¿Por qué hay criminales? Porque hubo tormento. Suprimid los jueces, los espías y los verdugos y habréis suprimido el delito. Perdonad, curad. Abrid las cárceles, abrid los brazos. Si queréis convertir el mal en bien, dejadle libre.

Don Tomás.
- Mi hija tenía un zorzal.

Don Angel.
- Enjaulado.

Don Tomás.
- Naturalmente. No le sorprenda a usted, que Adela, a pesar de su buen corazón, tenga pájaros prisioneros. Es la costumbre, y la principal misión de las mujeres consiste en conservar las costumbres.

Don Angel.
- Plagia usted a Ganivet.

Don Tomás.
- Mejor, para él. Decía, pues, que Adela practica tiernamente esa costumbre salvaje. Las niñas son maternales desde que empiezan a jugar. El zorzal de Adela era una especie de hijo desventurado suyo, caído en cautiverio, privado del habla, reducido al tamaño del puño y cubierto de plumas a consecuencia de aventuras maravillosas como sólo las concibe la potente imaginación infantil. Adela a lo menos le llamaba hijo con el acento de la verdad. Pasaba el dedo por entre los alambres y consolaba y distraía largas horas al ave infeliz. Se levantaba a medianoche a darle de comer y a cerciorarse de que la jaula estaba bien cerrada.

Don Angel.
- ¿Tan lindo era el animal?

Don Tomás.
- Era horrible, de color de panza de burro. Era sucio y odiaba el agua. Tenía el pico siempre lleno de comida vieja.

Don Angel.
- ¿Cantaba?

Don Tomás.
- No cantaba. Lanzaba continuamente, sobre todo de noche, un chillido que nos volvía locos. Además era estúpido en extremo. Golpeaba los hierros sin causa alguna y se ensangrentaba la cabeza. Entonces Adela lloraba.

Don Angel.
- ¿Cómo se explica usted ese amor hacia un objeto tan inaguantable?

Don Tomás.
- Jamás me he explicado bien los abismos de poesía que encontraba Adela en semejante bicho. Admitamos en las mujeres una penetración apasionada que les permita interesarse por cosas en las que nosotros nada descubrimos de particular.

Don Angel.
- Los pájaros las trastornan.

Don Tomás.
- Especialmente en los sombreros. Pero sigo mi historia. Harto del zorzal, resolví, ya que soy incapaz de matar a nadie, como no sea por error, en mi calidad de médico, resolví abrir la cárcel según el sistema de usted. Una mañana convenci a mi hija y soltamos el preso.

Don Angel.
- Bien hecho.

Don Tomás.
- Verá usted. Adela, afligida, no auguraba resultado dichoso. El zorzal salió de la jaula y, lejos de huir a los árboles del jardín, se quedó entre nuestras piernas.

Don Angel.
- ¿Regresó al calabozo?

Don Tomás.
- Le digo a usted que era demasiado estúpido para hallarlo. Paseaba por la casa como un sonámbulo, tropezando y haciéndonos tropezar, mil veces más molesto que antes. Había que alimentarlo en el comedor y en la sala y en la alcoba. Había que limpiar su inmundicia en todos los rincones. Había que salvarlo constantemente de toda clase de peligros. Desaparecía de pronto, y Adela desesperada sembraba el desorden y la congoja por doquier.

Don Angel.
- ¿No intentaron ustedes alejarlo?

Don Tomás.
- Se nos pegaba a los talones.

Don Angel.
- No era tan estúpido.

Don Tomás.
- Muy estúpido. Le conocí a fondo. No se asustaba del gato; Adela aterrorizada tuvo que encerrar al gato en un cuarto oscuro para que no se tragara al zorzal.

Don Angel.
- ¡Cuántas complicaciones!

Don Tomás.
- El zorzal, hasta entonces, había contemplado al gato al través de la reja. Opinaba con razón que era inofensivo. Note usted que esa reja protegía al zorzal exactamente lo mismo que si el prisionero fuera el gato y no él. Concluyo: no hubo otro recurso que tornar el ave a la jaula, y esperar que allí dieran fin sus días.

Don Angel.
- El daño era antiguo, don Tomás; bajemos a las raíces y comprenderemos por qué en el caso que usted cuenta el éxito fue desastroso.

Don Tomás.
- (Resignado). Bajemos a las raíces.

Don Angel.
- ¿Quién trajo el zorzal? ¿Qué edad tenía? ¿Cómo lo robaron? Don Tomás bosteza.
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