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Tercera parte

CAPÍTULO IV

CARTA DEL AUTOR AL GENERAL EMILIANO ZAPATA. SU CONTESTACIÓN.


Después del cuartelazo estaba yo en una condición verdaderamente difícil, y mi primer pensamiento fue cómo podría salir del país. Recibía anónimos amenazantes y noticias de que no era bien visto por algunos miembros del nuevo gobierno, por dos razones principales: una, porque yo había exigido la renuncia del general Díaz en las negociaciones de Ciudad Juárez; otra, especialmente para el general Mondragón, ministro de Guerra, por mi conversación con el licenciado Agüeros, que éste publicó sin decírmelo previamente, en la cual referí que en el cuartel de Ciudad Juárez había parque que no explotaba. Además, se decía que si el general Zapata no se rendía era porque yo lo aconsejaba y, naturalmente, me achacaban la rebeldía del jefe del sur. Entonces empezaron gestiones amenazantes para que yo escribiera una carta a Zapata aconsejándole que se rindiera al nuevo gobierno, y tuve que hacerlo en cierta forma, poniendo como única condición que habría de llevarla un conocido del general en cuestión, porque si así no se hacía, el enviado iba expuesto a ser considerado como un espía y, por lo mismo, a ser fusilado. Dice la carta:

México, 15 de marzo de 1913.
Señor general Emiliano Zapata.
Estado de Morelos.

Muy señor mío:

Acabo de recibir una carta de mi hermano, licenciado Emilio Vázquez Gómez, en la cual me recomienda que se haga todo lo conveniente en bien de la paz y de los intereses de la revolución.

Con este motivo, he creído necesario dirigir a usted la presente, para que en vista de ella y teniendo en cuenta las condiciones en que se encuentra el país después de dos largos años de guerra civil, piense usted sobre la conveniencia y necesidad de poner su patriotismo y abnegación al servicio de la patria, cuyos intereses reclaman la cesación de la guerra.

Tengo noticias fidedignas de que el actual gobierno está en la mejor disposición de seguir una política de concordia con el fin de poner término a la división que existe entre mexicanos y que ha sido causa de tantos males; sé también que tiene el firme propósito de armonizar los intereses políticos de los elementos en lucha, con el patriótico fin de realizar la suprema aspiración de todos; es decir, la paz, fundada en los principios de la más estricta justicia.

Y si esto es así, como todo lo hace creer, juzgo que no tendrá usted inconveniente en entablar negociaciones con el gobierno; pues no raras veces, la falta de explicaciones francas y claras, es el origen de alejamientos perjudiciales, que es conveniente evitar en pro del país, y, en el caso, en favor de los intereses sanos y honrados de la revolución.

Porque, según estoy informado, el actual gobierno ha tomado en seria consideración el problema agrario, que es una de las bases fundamentales del Plan de Ayala, tal vez la más importante y trascendental. Muy pronto se harán públicos los acuerdos o resoluciones que se tomen sobre este particular; y aun por este motivo y para proceder con mejor acierto, porque será útil al gobierno conocer las necesidades y aspiraciones de los revolucionarios del sur, convendría establecer las negociaciones para llegar a un acuerdo que sería la base de una paz sólida y efectiva que, como he dicho antes, satisfaría las aspiraciones de todos los mexicanos.

En esta virtud, suplico a usted se sirva tomar en consideración las ideas bosquejadas en esta carta, pues me atrevo a creer, que ellas podrían conducir al medio más adecuado para solucionar el actual conflicto.

Sin otro particular, quedo de usted afmo. y muy atto. s. S.

F. Vázquez Gómez.

Esta carta la entregué abierta a mi amigo el señor Guillermo Gaona Salazar para que la llevara al ministro de la Guerra, quien le entregaría salvoconducto y fondos para hacer el viaje. En ella, como era natural, no podía decir a Zapata mi verdadero modo de pensar, pues todo lo que digo respecto a la carta de mi hermano Emilio y a las intenciones del nuevo gobierno, no era verdad; pero en mis condiciones era necesario atribuirle lo que ni pensaba siquiera, para inspirarle confianza, porque los asesinatos de los revolucionarios eran algo frecuentes. De palabra, le dije a Gaona Salazar:

- Dígale a Zapata que me he visto obligado a escribir esta carta: que él proceda como lo crea conveniente.

Como la situación se ponía cada día más tirante en mi contra, mandé publicar esta carta en El País, el 31 de marzo de 1913; pero yo continuaba esperando alguna oportunidad para salir del país.

Las cosas se precipitaron con motivo de que el gobierno se empeñó en mandar una comisión para que fuera a convencer a mi hermano, que estaba en El Paso, Texas, de que regresara al país lo más pronto posible. Yo, que sabía muy bien el odio que le tenían por sus ideas revolucionarias radicales, pensé que lo matarían una vez que estuviera en territorio nacional. Y no podía comunicarle por telégrafo mis temores, porque no recibiría la noticia y esto empeoraría mi situación. En consecuencia, tenía yo que salir lo más pronto que me fuera posible, para decir a mi hermano que no viniera.

En estas condiciones, unos amigos míos se empeñaron en que yo tuviera una entrevista con el doctor Aureliano Urrutia, sin decirme ellos ni saber yo de qué podría tratarse. Ocurrí a la cita en un despacho de la antigua calle de Medinas y el doctor Urrutia, después de hablarme de cosas que no valen la pena de referir, me dijo que deseaba presentarme con su compadre y amigo el general Huerta; pero como esto podía empeorar mi situación, y comprometerme, le expuse que no tenía materia de qué hablar al general Huerta; que esperaba recibir de un día a otro la contestación de Zapata y que entonces, ya habría motivo para que me presentara. Esto pasaba el jueves 3 de abril de 1913 y aplacé para el miércoles siguiente nuestra entrevista a fin de fijar el día de la presentación: pero yo tenía todo listo para salir el domingo anterior al día de la cita. Para esto mandé a mi hijo Francisco a Veracruz para que me avisara oportunamente el día que debía zarpar el vapor americano, a fin de salir de México en la noche, llegar al puerto temprano y embarcarme en seguida.

El domingo 6 de abril como a las tres de la tarde vino a verme el joven Gaona Salazar, me entregó la contestación de Zapata y me dijo:

Dice el general que se vaya usted porque lo matan.

- No -repuse-; yo estoy separado de la política y no hay motivo para que me hagan mal; y, sin embargo, estaba arreglando mis cosas para salir tres horas más tarde.

He aquí la contestación de Zapata.

Campamento Revolucionario en Morelos, 31 de marzo de 1913.
Señor doctor Francisco Vázquez Gómez.
México, D. F.

Muy estimado señor:

De manos de su enviado recibí su muy apreciable fecha 15 del corriente, la que he leído detenidamente y con profunda meditación, y en respuesta manifiesto a usted: que yo y las fuerzas insurgentes que forman el ejército del sur y centro de la RepÚblica, siempre hemos deseado y deseamos la paz para nuestro infortunado país, pero queremos, no una paz mecánica, no una paz de siervos, de esclavos; sino que aspiramos para el pueblo mexicano, una paz de acuerdo con los ideales inscritos en el Plan de Ayala; una paz de acuerdo con la civilización del siglo XX.

La revolución que nació en un rincón del Estado de Morelos, proclamando el Plan de Ayala, ha invadido a once entidades federativas: ha propagado sus ideales contenidos en estas palabras: tierra y libertad; ha luchado desesperadamente para implantar su programa de ideas, y seguirá luchando más todavía, aun a costa de mayores sacrificios si necesario fuere, para llevar a la vía de la realidad los principios que sostiene.

Si el gobierno interino del general Huerta está inspirado en el puro patriotismo y si como usted me lo indica, ardientemente desea el restablecimiento de la paz, sírvase usted hacerle presente que las aspiraciones de los revolucionarios de los Estados del sur y centro, que son las mismas que profesa el pueblo mexicano, están bien definidas en el Plan de Ayala y que de conformidad con esos principios proceda a restablecer la paz nacional, que por mi parte puedo asegurar que en un breve lapso de tiempo estaría pacificado el sur y centro de la República y los cuarenta mil hombres que están bajo mi mando dejarán su actitud hostil.

Crea usted que si el gobierno del general Huerta respeta los principios que proclama el Plan de Ayala y desde luego comienza a formar un gobierno interino, de conformidad con el artículo XII del referido Plan de Ayala, la paz será un hecho en la República.

La nota que se sirvió entregarme el enviado de usted y la que contiene las condiciones que se tomarían para la pacificación del sur y centro de la República las he estudiado detenidamente y no hago comentarios de ellas porque están en completo desacuerdo con nuestro programa de ideas, pues ya dije a usted que las condiciones para la pacificación del país están insertas en el Plan de Ayala, y nada tengo que violar de ellas.

Recomiendo a usted se sirva expresar al señor su hermano el licenciado Emilio Vázquez Gómez, que yo y mis soldados anhelamos la paz, pero deseamos que esta paz sea de acuerdo con los principios que sostenemos y que, de no ser en esa forma seguiremos luchando hasta vencer, o sucumbiremos con nuestras demandas; que si él ha determinado entrar en acuerdo con el actual gobierno, que allá en su conciencia hallará el resultado de su obra, pero que yo seguiré luchando y no me separaré en lo absoluto de los preceptos del Plan de Ayala.

Sin otro particular, soy de usted afmo., atto y s. s.

El general, Emiliano Zapata.

La contestación del general Zapata, me vino en copia, porque el original lo entregó el señor Gaona Salazar en el Ministerio de la Guerra. Apenas acababa de irse Gaona Salazar, cuando llegó mi amigo el general José de la Luz Soto: era este hombre, revolucionario de corazón, y honrado hasta el quijotismo, natural de uno de los distritos del Estado de Chihuahua y a él y al señor don Abraham González, también revolucionario sincero, se debió la organización de la revolución en Chihuahua en donde no fracasó el movimiento. Estos dos hombres fueron asesinados por los esbirros de Huerta: González, según se supo, fue atado de pies y manos y puesto sobre los rieles para que sobre él pasaran la locomotora y los carros del convoy en que se le traía prisionero. Soto fue asesinado el año siguiente en la prisión de Santiago Tlaltelolco el 19 de marzo.

Vuelvo a mi narración: el general Soto me dijo que las cosas estaban tan graves que venía a decirme que saliera del país inmediatamente porque corría peligro mi vida. El general Soto insistió mucho en que me fuera a la mayor brevedad, y yo insistí en mi negativa de hacerlo, aunque tenía resuelto salir unas dos horas después; pero es que yo creí que el buen éxito de mi empresa dependía del sigilo que se guardara.

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