Índice de Historia de la conquista de México. Población y progresos de la América Septentrional conocida con el nombre de Nueva España de Antonio de SolísAnteriorSiguienteBiblioteca Virtual Antorcha

LIBRO PRIMERO.


CAPÍTULO DÉCIMOCUARTO.

Distribuye Cortes los cargos de su armada: parte de la Havana, y llega a la Isla de Cozumel, donde pasa muestra, y aníma sus soldados a la empresa.


Habiase agregado un bergantin de mediano porte a los diez baxeles que estaban prevenidos: y asi formo Cortés de su gente once compañias, dando una a cada baxel: para cuyo gobierno nombró por Capitanes a Juan Velazquez de Leon, Alonso Hernandez Portocarrero, Francisco de Montejo, Christoval de Olid, Juan de Escalante, Francisco de Morla, Pedro de Alvarado, Francisco Saucedo, y Diego de Ordaz; que no le apartó para olvidarle, ni se resolvió a tenerle ocioso, dexandole desobligado: y reservando para sí el gobierno de La Capitana, encargó el bergantin a Ginés de Nortes. Dió tambien el cuidado de la artillería a Francisco de Orozco, soldado de reputacion en las guerras de Italia, y el cargo de Piloto mayor a Anton de Alaminos, diestro en aquelIos mares, por haber tenido esta misma ocupacion en los dos viages de Francisco Fernandez de Cordoba y Juan de Grijalya. Formó sus instrucciones, previniendo con cuidadosa prolixidad las contingencias; y llegado el dia de la embarcacion, se dixo con solemnidad una Misa del Espíritu Santo, que oyeron todos con devocion, poniendo a Dios en el principio, para asegurar los progresos de la obra que emprehendian: y Hernan Cortés en el primer acto de su jurisdiccion dió para el regimiento de la armada el nombre de San Pedro, que fue lo mismo que invocarle y reconocerle por Patron de aquella empresa, como lo habia sido de todas sus acciones desde sus primeros años. Ordenó luego a Pedro de Alvarado, que adelantandose por la banda del norte, buscáse en Guanicanico a Diego de Ordaz, para que juntos le esperasen en el Cabo de San Anton; y a los demás que siguiesen La Capitana: y en caso que el viento o algun accidente los apartáse, tomasen el rumbo de la Isla de Cozumel, que descubrió Juan de Grijalva, poco distante de la tierra que buscaban, donde se habia de tratar y resolver lo que conviniese para entrar en ella, y proseguir el intento de su jornada.

Partieron ultimamente del puerto de la Havana en diez de Febrero del año de mil y quinientos y diez y nueve, favorecidos al principio del viento; pero tardó poco en declararles su inconstancia: porque al caer del sol se levantó un recio temporal que los puso en grande turbacion; y al cerrar de la noche fue necesario que los baxeles se apartasen para no ofenderse, y corriesen impetuosamente, dexandose llevar del viento, y eligiendo como voluntaria la velocidad que no podian resistir. El navio que gobernaba Francisco de Morla padeció mas que todos, porque un embate del mar le llevó de través el timon, y le dexó a pique de perderse. Hizo diferentes llamadas con que puso en nuevo cuidado a los compañeros, que atentos al peligro ageno, sin olvidar el propio, hicieron quanto les fue posible para mantenerse cerca, forcejando a veces, y a veces contemporizando con el viento. Cesó la tormenta con la noche; y quando se pudieron distinguir con la primera luz los baxeles, acudió Cortés, y se acercaron todos al que zozobraba; y a Costa de alguna detencion se remedió el daño que habia padecido.

En este tiempo Pedro de Alvarado, que, como vimos, se adelantó en busca de Diego de Ordaz, se le halló con el dia arrojado de la tempestad mas dentro del Golfo que pensaba: porque el mismo cuidado de apartarse de la tierra que iba costeando le obligó a correr sin reserva, tomando como seguridad el peligro menor. Reconoció el Piloto por la brújula y carta de marear que habian decaido tanto del rumbo que trahian, y se hallaban ya tan distantes del Cabo de San Anton, que sería temeridad el volver atrás; y propuso como conveniente el pasar de una vez a la Isla de Cozumel. Dexólo a su arbitrio Pedro de Alvarado, acordandole con floxedad la orden que trahia de Hernan Cortés, que fue lo mismo que dispensarla: y asi continuaron su viage, y surgieron en la Isla dos dias antes que la armada. Saltaron en tierra con ánimo de alojarse en un pueblo vecino a la costa, que el Capitan y algunos de los soldados conocian ya desde el viage de Juan de Grijalva; pero le hallaron despoblado, porque los Indios que le habitaban, al reconocer el desembarco de los estrangeros, dexaron sus casas, retirandose la tierra adentro con sus pobres alhajas, pequeño estorvo de la fuga.

Era Pedro de Alvarado mozo de espíritu y valor, hecho a obedecer con resolucion; pero nuevo en el mandar, para tomarla por sí. Engañóse creyendo que mientras llegáse la armada sería virtud en un soldado todo lo que no fuese ociosidad; y asi ordenó que marcháse la gente a reconocer lo interior de la Isla: y a poco mas de una legua hallaron otro lugar, despoblado también, pero no tan desproveido como el primero; porque habia en él alguna ropa, gallinas y otros bastimentos, que se aplicaron los soldados como bienes sin dueño, o como despojos de la guerra que no habia: y entrando en un adoratorio de aquellos sus idolos abominables, hallaron algunas joyuelas o pendientes que servian a su adorno, y algunos instrumentos del sacrificio hechos de oro con mezcla de cobre, que aun siendo valadí, se les hacia ligero. Jornada sin utilidad ni consejo, que solo sirvió de escarmentar a los naturales de la Isla, y embarazar el intento que se llevaba de pacificarlos. Conoció, aunque tarde, Pedro de Alvarado que era licencia lo que tuvo por actividad; y asi se retiró con su gente al primer alojamiento, haciendo en el camino tres prisioneros, dos Indios y una India, desgraciados en huir, que se dieron sin resistencia.

Llegó la armada el dia siguiente, habiendo recogido el baxel de Diego de Ordaz, porque Hernan Cortés le avisó desde el Cabo de San Anton que viniese a incorporarse con ella, temiendo la contingencia de que se hubiese descaminado con la tempestad Pedro de Alvarado, que le trahia cuidadoso: y aunque se alegró interiormente de hallarle ya en salvalmento, mandó prender al Piloto, y reprehendió asperamente al Capitan, porque no habia guardado y hecho guardar su orden, y por el atrevimiento de hacer entrada en la Isla, y permitir a sus soldados que saqueasen el lugar donde llegaron: sobre lo qual le dixo algunos pesares en público, y con toda la voz, como quien deseaba que su reprehension fuese doctrina para los demás. Llamó luego a los tres prisioneros, y por medio de Melchor el intérprete (que venía solo en esta jornada, porque habia muerto su compañero) les dió a entender lo que sentía el mal pasage que hicieron a su pueblo aquellos soldados: y mandando que se les restituyese el oro y la ropa que ellos mismos eligieron, los puso en libertad, y les dió algunas bugerías que llevasen de presente a sus Caciques, para que a vista de estas señales de paz perdiesen el miedo que habian concebido.

Alojóse la gente en el puerto mas vecino a la costa, y descansó tres días sin pasar adelante, por no aumentar la turbacion de los Isleños. Pasó muestra en esquadron el exército, y se hallaron quinientos y ocho soldados, diez y seis caballos, y ciento y nueve entre Maestres, Pilotos y Marineros, sin los dos Capellanes el Licenciado Juan Diaz, y el Padre Fray Bartholomé de Olmedo, Religioso de la Orden de nuestra Señora de la Merced, que asistieron a Cortés hasta el fin de la conquista.

Pasada la muestra, volvió a su alojamiento acompañado de los Capitanes y soldados más principales: y tomando entre ellos lugar poco diferente, los habló en esta substancia: Quando considero, amigos y companeros míos, como nos ha Juntado en esta Isla nuestra felicidad, quántos estorvos y persecuciones dexamos atrás, y cómo se nos han deshecho las dificultades, conozco la mano de Dios en esta obra que emprehendemos, y entiendo que en su "altisima providencia es lo mismo favorecer los principios, que prometer los sucesos. Su causa nos lleva, y la de nuestro Rey, que tambien es suya, a conquistar regiones no conocidas; y ella misma volverá por sí, mirando por nosotros. No es mi ánimo facilitaros la empresa que acometemos: combates nos esperan sangrientos, facciones increibles, batallas desiguales en que habreis menester socorreros de todo vuestro valor, miserias de la necesidad, inclemencias del tiempo, y asperezas de la tierra, en que os será necesario el sufrimiento, que es el segundo valor de los hombres, y tan hijo del corazon como el primero: que en la guerra mas veces sirve la paciencia que las manos; y quizá por esta razon tuvo Hércules el nombre de invencible, y se llamaron trabajos sus hazañas. Hechos estais a padecer, y hechos a pelear en esas Islas que dexais conquistadas: mayor es nuestra empresa, y debemos ir prevenidos de mayor osadia: que siempre son las dificultades del tamaño de los intentos. La antigüedad pintó en lo mas alto de los montes el templo de la Fama, y su simulacro en lo mas alto del templo, dando a entender que para hallarla, aun despues de vencida la cumbre, era menester el trabajo de los ojos. Pocos somos; pero la union multiplíca los exércitos, y en nuestra conformidad está nuestra mayor fortaleza. Uno, amigos, ha de ser el consejo en quanto se resolviere, una la mano en la execucion, comun la utilidad, y comun la gloria en lo que se conquistáre. Del valor de qualquiera de nosotros se ha de fabricar y componer la seguridad de todos. Vuestro caudillo soy; y seré el primero en aventurar la vida por el menor de los soldados. Mas tendréis que obedecer en mi exemplo, que en mis ordenes: y puedo aseguraros de mí, que me basta el ánimo a conquistar un mundo entero; y aun me lo promete el corazon con no sé que movimiento extraordinario, que suele ser el mejor de los presagios. Alto pues a convertir en obras las palabras; y no os parezca temeridad esta confianza mía, pues se funda en que os tengo a mi lado, y dexo de fiar de mí todo lo que espero de vosotros. Asi los persuadia y animaba, quando llegó noticia de que se habian dexado ver algunos Indios a pequeña distancia; y aunque al parecer venian desunídos, y sin aparato de guerra, mandó Cortés que se previniese la gente sin ruido de caxas, y que estuviese encubierta al abrigo del mismo alojamiento hasta ver si se acercaban, y con qué determinacion.

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