Índice de Historia de la conquista de México. Población y progresos de la América Septentrional conocida con el nombre de Nueva España de Antonio de SolísAnteriorSiguienteBiblioteca Virtual Antorcha

LIBRO QUINTO.


CAPÍTULO DÉCIMOTERCERO.

Piden socorro a Cortés las provincias de Chalco y Otumba contra los Mexicanos: encarga esta faccion a Gonzalo de Sandoval y a Francisco de Lugo, los quales rompen al enemigo, trayendo algunos prisioneros de cuenta, por cuyo medio requiere con la paz al Emperador Mexicano.

Tenia Hernan Cortés en Tezcúco freqüentes visitas de los Caciques y pueblos comarcanos, que venían a dar la obediencia, y ofrecer sus milicias: súbditos mal tratados, y quejosos del Emperador Mexicano, cuya gente de guerra los oprimia y desfrutaba con igual desprecio que inhumanidad. Entre los quales llegaron a esta sazon unos Mensageros en diligencia de las provincias de Chalco y Otumba con noticia de que se hallaba cerca de sus términos un exército poderoso del enemigo, que trahia comision de castigarlos y destruirlos, porque se habian ajustado con los Españoles. Mostraban determinacion de oponerse a sus intentos, y pedian socorro de gente con que asegurar su defensa: instancia que pareció no solo puesta en razon, sinó de propia conveniencia: porque importaba mucho que no hiciesen pie los Mexicanos en aquel parage, cortando la comunicacion de Tlascála, que se debia mantener en todo caso. Partieron luego a este socorro los Capitanes Gonzalo de Sandoval y Francisco de Lugo con doscientos Españoles, quince caballos, y bastante número de Tlascaltécas, entre los quales fueron, con tolerancia de Cortés, algunos de esta nacion, que porfiaron sobre retirar a su tierra los despojos que habian adquirido: permision en que se consideró, que aguardandose nuevas tropas de la República, importaría llamar aquella gente con el cebo del interes, y con esta especie de libertad.

Iban estos miserables, trocado ya el nombre de soldados en el de Indios de carga, con el bagage del exército; y como reguló el peso la codicia, sin atender a la paciencia de los hombros, no podian seguir continuadamente la marcha, y se detenian algunas veces para tomar aliento: de lo qual advertidos los Mexicanos (que tenian emboscado en los maizales el exército de la laguna) los acometieron en una de estas mansiones, no solo, al parecer, para despojarlos, porque hicieron el salto con grandes voces, y trataron al mismo tiempo de formar sus esquadrones con señas de provocar a la batalla. Volvieron al socorro Sandoval y Lugo, y acelerando el paso, dieron con todo el grueso de su gente sobre las tropas enemigas, tan oportuna y esforzadamente, que apenas hubo tiempo entre recibir el choque, y volver las espaldas.

Dexaron muertos seis o siete Tlascaltécas de los que hallaron impedidos y desarmados; pero se cobró la presa, mejorada con algunos despojos del enemigo: y se volvió a la marcha, poniendo mayor cuidado en que no se quedasen atrás aquellos inutiles: cuyo desabrimiento duró hasta que penetrando el exército los términos de Chalco, reconocieron poco distantes los de Tlascála, y se apartaron a poner en salvo lo que llevaban; dexando a Sancloval sin el embarazo de asistir a su defensa.

Habían convocado los enemigos todas las milicias de aquellos contornos para castigar la rebeldia de Chalco y Otumba: y sabiendo que venian los Españoles al socorro de ambas naciones, se reforzaron con parte de las tropas que andaban cerca de la laguna; y formando un exército de bulto formidable, tenian ocupado el camino con ánimo de medir las fuerzas en campaña. Avisados a tiempo Lugo y Sandoval, y dadas las órdenes que parecieron necesarias, se fueron acercando puesta en batalla la gente, sin alterar el paso de la marcha: pero se detuvieron a vista del enemigo los Españoles con sosegada resolucion, y los Tlascaltécas con mal reprimida inquietud, para examinar desde mas cerca el intento de aquella gente. Hallabanse los Mexicanos superiores en el número: y con ambicion de ser los primeros en acometer, se adelantaron atropelladamente como solian, dando sin alcance la primera carga de sus armas arrojadizas. Pero mejorandose al mismo tiempo los dos Capitanes (despues de lograr con mayor efecto el golpe de los arcabuces y ballestas) echaron delante los caballos: cuyo choque, horrible siempre a los Indios, abrió camino para que los Españoles y los Tlascaltécas entrasen rompiendo aquella multitud desordenada, primero con la turbacion, y despues con el estrago. Tardó poco en declararse por todas partes la fuga del enemigo: y llegando a este tiempo las tropas de Chalco y Otumba, que salieron de la vecina ciudad al rumor de la batalla, fue tan sangriento el alcance, que a breve rato quedó totalmente deshecho el exército de los Mexicanos, y socorridas aquellas dos provincias aliadas con poca o ninguna pérdida.

Reservaronse para tomar noticias ocho prisioneros, que parecian hombres de cuenta: y aquella noche paso el exercito a la ciudad ,cuyo Cacique, despues de haber cumplido con su obligacion en el obsequio de los Españoles, se adelantó a prevenir el alojamiento, y tuvo abundante provision de víveres y regalos para toda la gente; sin olvidar el aplauso de la victoria, reducido, segun su costumbre, al ordinario desconcierto de los regocijos populares. Eran los Chalqueses enemigos de los Tlascaltécas, como súbditos del Emperador Mexicano, y con particular oposicion sobre dependencias de confines; pero aquella noche quedaron reconciliadas estas dos naciones, a instancia y solicitud de los Chalqueses, que se hallaron obligados a los Tlascaltécas, por lo que habian cooperado en su defensa: conociendo al mismo tiempo, que para durar en la confederacion de Cortés, necesitaban de ser amigos de sus aliados. Mediaron los Españoles en el tratado, y juntos los Cabos y personas principales de ambas naciones, se ajustó la paz con aquellas solemnidades y requisitos de que usaban en este género de contratos: obligandose Gonzalo de Sandoval y Francisco de Lugo a recabar el beneplácito de Cortés, y los Tlascaltécas a traher la ratificacion de su República.

Hecho este socorro con tanta reputacion y brevedad, se volvieron Sandoval y Lugo con su exército a Tezcúco, llevando consigo al Cacique de Chalco, y algunos de los Indios principales, que quisieron rendir personalmente a Cortés las gracias de aquel beneficio, poniendo a su disposicion las tropas militares de ambas provincias. Tuvo grande aplauso en Tezcúco esta faccion, y Hernan Cortés honró a Gonzalo de Sandoval y a Francisco de Lugo con particulares demostraciones, sin olvidar a los Cabos de Tlascála: y recibió con el mismo agasajo a los Chalqueses, admitiendo sus ofertas, y reservando el cumplimiento de ellas para su primer aviso. Mandó luego traher a su presencia los ocho prisioneros Mexicanos, y los esperó en medio de sus Capitanes, previniendose para recibirlos de alguna severidad. Llegaron ellos confusos y temerosos con señas de animo abatido y mal dispuesto a recibir el castigo, que segun su costumbre, tenian por irremisible. Mandólos desatar: y deseando lograr aquella ocasion de justificar entre los suyos la guerra que intentaba con otra diligencia de la paz, y hacerse mas considerable al enemigo con su generosidad, los habló por medio de sus intérpretes en esta substancia:

Pudiera, segun el estilo de vuestra nacion, y segun aquella especie de justicia, en que hallan su razon las leyes de la guerra, tomar satisfaccion de vuestra iniquidad, sirviendome del cuchillo y el fuego, para usar con vosotros de la misma inhumanidad que usais con vuestros prisioneros; pero los Españoles no hallamos culpa digna de castigo en los que se pierden sirviendo a su Rey, porque sabemos diferenciar a los infelices de los delinqüentes: y para que veais lo que vá de vuestra crueldad a nuestra clemencia, os hago donacion a un tiempo de la vida y de la libertad. Partid luego a buscar las banderas de vuestro Príncipe, y decidle de mi parte (pues sois nobles, y debeis observar la ley con que recibis el beneficio) que vengo a tomar satisfaccion de la mala guerra que se me hizo en mi retirada, rompiendo alevosamente los pactos con que me dispuse a executarla: y sobre todo a vengar la muerte del gran Motezuma, principal motivo de mi enojo. Que me hallo con un exército en que no solo viene multiplicado el numero de los Españoles invencibles, sinó alistadas quantas naciones aborrecen el nombre Mexicano: y que brevemente le pienso buscar en su corte con todos los rigores de una guerra que tiene al cielo de su parte, resuelto a no desistir de tan justa indignacion, hasta dexar reducidos a polvo y ceniza todos sus dominios, y anegada en la sangre de sus vasallos la memoria de su nombre. Pero que si todavia, por excusar la propia ruina, y la desolacion de sus pueblos, se inclináre a la paz, estoy pronto a concedersela, con aquellos partidos que fueren razonables: pórque las armas de mi Rey (imitando hasta en esto los rayos celestiales) hieren solo donde hallan resistencia, mas obligadas siempre a los diéctmenes de la piedad, que a los impulsos de la venganza.

Dió fin a su razonamiento, y señalando escolta de soldados Españoles a los ocho prisioneros, ordenó que se les diese luego embarcacion para que se retirasen por la laguna: y ellos, arrojandose a sus pies, mal persuadidos a la diferencia de su fortuna, ofrecieron poner esta proposicion en la noticia de su Príncipe, facilitando la paz con oficiosa prontitud; pero no volvieron con la respuesta; ni Hernan Cortés hizo esta diligencia porque le pareciese posible reducir entonces a los Mexicanos; sinó por dar otro paso en la justificacion de sus armas, y acreditar con aquellos bárbaros su clemencia: virtud que suele aprovechar a los Conquistadores, porque dispone los ánimos de los que se han de sujetar: y amable siempre hasta en los enemigos, o parece bien a los que tienen uso de razon, o se hace por lo menos respetar de los que no la conocen.

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