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Memorias de un socialista revolucionario ruso

Boris Savinkov

LIBRO PRIMERO
LA EJECUCIÓN DE PLEHVE
CAPÍTULO NOVENO


El 8 de julio, por la mañana, llegaron Kaliáev y Sazónov. Hazónov llevaba chaqueta. y gorra de empleado ferroviario. A esa hora de la mañana llegaban por las estaciones de Varsovia y del Báltico muchos conductores y funcionarios ferroviarios, que se dirigían a la perspectiva de Ismaílov. Por consiguiente, el uniforme de ferroviario evitaba en cierto modo el riesgo de una detención casual. Los polizontes no fijarían su atención en Sazónov, mezclado con la multitud. Kaliáev llevaba una gorra galoneada de portero. Dorichanski y Sikorski ocultaban las bcmbas bajo los capotes.

Schvéizer, que vivía en el Grand Hotel con un pasaporte ingles, pasó la noche entera preparando sus bombas. Por la mañana, a primera hora, llegó al hotel Dulébov, y Schevéizer, con un maletín en la mano, se sentló en el fiacre. Desde allí se dirigieron a la perspectiva de Nuevo Peterhof, donde debían encontrarse con Sazónov. Yo también esperaba a éste en dicho sitio. Pero, fuera porque se retrasara o porque hubiera olvidado el sitio de la cita, Hazónov no aparecía en el sitio convenido. Kaliáev esperaba en la perspectiva de Riga, y más allá, en la calle de Curlandia, Sikorski y Borichanski. Como el tren salía a las nueve en punto de la mañana, y Plehve no se retrasaba nunca para ir a ver al zar, la entrega de los explosivos estaba calculada al minuto, y la tardanza de uno de los bombistas dificultaba la entrega de los explosivos y podía anular toda posibilidad de realizar el atentado. Yo me paseaba impacientemente arriba y abajo de la perspectiva de Nuevo Peterhof, pero Sazónov no llegaba. Di una ojeada al reloj: no había ni un minuto que perder. En aquel instante, puntualmente a la hora convenida, se mostró Schvéizer en el fiacre de Dulébov. Le dije que no había tiempo para esperar a Sazónov y le propuse ir al encuentro de Kaliáev y después de volver. Yo confiaba todavía en que 8azónov podría recibir la bomba.

Schvéizer lo hizo como le indiqué, y después de haber encontrado a Kaliáev, volvió; pero Sazónov todavía no estaba allí. Entonces Schvéizer se fue en busca de Borichanski y de Sikorski, pero resultó que éstos se habían ido sin esperarle. Por consiguiente, el único que recibió la bomba fue Kaliáev.

Cuando, por fin, llegó Sazónov y le dije que Schvéizer se había ido ya y que, por consiguiente, el atentado había fracasado, hasta tal punto se demudó su semblante, que me asusté. Sazónov palideció, bajó la cabeza y se marchó. Le alcancé a la entrada de la perspectiva de Ismail, y, en aquel mismo instante, pasó al trote ante nosotros la carroza de Plehve. Sazónov seguía taciturno. Así continuamos nuestro camino, sin decir una palabra; al poco rato tropezamos con Kaliáev. Con su gorra de portero, pálido, muy emocionado, llevaba la bomba consigo. Fue el único que se halló en su sitio a la hora convenida y que salió al encuentro de Plehve con la bomba en la mano. Pero no se atrevió a arrojarla bajo la carroza, hubiera obrado contra la decisión de la organización. Además, en caso de fracaso, el atentado contra Plehve hubiera debido ser aplazado indefinidamente. Toda la organización aprobó su conducta.

Cité a Sazónov por la tarde en el parque zoológico, y fuí en busca de Borichanski y Sikorski. Este nuevo fracaso no nos desalentó tanto como el del 18 de marzo. Vi que habíamos escogido bien la hora y el sitio: Plehve pasó por la perspectiva de Ismail a la hora fijada; vi también que no era difícil matarle, pues si Sazónov o yo hubiéramos tenido una bomta en la mano nos habría sido fácil acercarnos a la carroza; vi también que el fracaso había sido simplemente el resultado de una confusión, casi inevitable al movilizar, en plazo tan breve, a un número tal de bombistas. Para mí era evidente que dentro de una semana no repetiríamos el error y, por consiguiente, Plehve sería muerto.

Encontré a Sikorski y a Borichanski. Kaliáev devolvió su bomba a Schvéizer, y éste la descargó, así como las otras tres que no había entregado. Por la tarde nos reunimos todos, excepto los cocheros y Schvéizer, en el parque zoológico.

Sazónov estaba abatido. Se consideraba como el culpable principal del fracaso y guardaba silencio. Los demás callaban también. Nadie había querido hablar de lo ocurrido por la mañana. Por fin, Borichanski rompió el silencio:

- Entre nosotros no hay ni uno solo que lleve barba. No tiene, pues, nada de sorprendente el fracaso.

- ¿Qué quiere usted decir con esto?

Borichanski contestó impertérrito:

- Quiero decir que todos somos jóvenes y no sabemos hacer las cosas como es debido.

Sazónov se sonrojó, pero no dijo una palabra. Por la expresión de su rostro se veía que sufría intensamente a causa de su supuesta culpabilidad y de las palabras amargas de Borichanski. Sikorski se sonrojó también y guardó silencio. Pero Kaliaev no se pudo contener:

- Pero ¿quién tiene la culpa?

- ¿Quién? ¿ Acaso lo sé?

- Usted, usted es el culpable. Si usted y León no se hubieran marchado y hubieran esperado a Pavl yo no habría sido el único en recibir la bomba, habríamos sido tres, y entonces hubiéramos podido matar a Plehve sin Yókov (Sazónov).

Borichanski se encogio de hombros:

- Yo no podía esperar más. Esperé tanto como se me indicó. ¿Por qué Pavl ha llegado con retraso?

Kaliáev comenzó a excitarse. Por lo visto, la imperturbabilidad de Borichanski le irritaba. Todo el mundo sentía una gran opresión en el pecho y no había modo de desprenderse de ella.

Convinimos en que Sazónov, Kaliáev, Borichanski y Sikorski irían a Vilna para entrevistarse con Azev, le relatarían lo ocurrido y le comunicarían nuestra decisión de repetir el atentado el próximo jueves, 15 de julio; Schvéizer y yo nos quedaríamos en Petersburgo. Nos pusimos de acuerdo respecto a todos los detalles para el 15 de julio, y los compañeros se marcharon a Vilna. Azev alentó a Sazónov, pero éste siguió considerándose culpable hasta el último momento, aunque, a decir verdad, no era más culpable que cualquiera de nosotros, como se aclaró más tarde, resultaba que se presentó en el sitio señalado a la hora fijada. y que si no le encontramos fue porque lo esperamos entre las calles Novena y Décima, que daban a la perspectiva de Nuevo Paterhof, sin llegar a las esquinas de las mismas. Además, Kaliáev tenía razón. Si no se atrevió a obrar solo sin la autorización de la organización, con Borichanski y Sikorski hubiera podido hacerlo, Por consiguiente, parte de la culpa recaía sobre estos dos últimos, por no haber esperado a Schvéizer.

En la semana comprendida entre el 8 y el 15 de julio residí en Siestroretsk, entrevistándome alguna que otra vez con Matseievski y Dulébov. Se hallaban también los dos muy abatidos por el fracaso, pero tanto el uno como el otro creían firmemente que el 15 la empresa sería llevada a feliz término. Dulébov, que había sido ya amigo y compañero de Sazónov en Ufa, a pesar de su juventud -no tenía más allá de veinte años-, producía la impresión de un hombre de una fuerza de espíritu extraordinaria. Su taciturnidad recordaba a Borichanski; su voz firme y segura, a Schvéizer; su mirada franca y audaz, a Sazónov. Pero en su sonrisa había algo peculiar, atractivo y tierno. Bajo su aspecto exterior sombrío se adivinaba un gran corazón, inflamado de amor.

El 14 de julio, por la noche, me encontré con Schvéizer en el teatro Buff. Durante esa noche tenía que cargar de nuevo las cuatro bombas, tres de seis libras y una de doce. Se había decidido hacer una bomba de tanto peso porque la dinamita preparada por Schvéizer con materiales rusos era de una fuerza cunsiderablemente inferior a la extranjera. Schvéizer, como siempre, estaba muy tranquilo; pero, contra su costumbre, pidió una botella de vino.

- Tengo miedo de Sikorski -dijo, mirando a la escena.

- ¿Qué es lo que teme usted?

- Temo que no sepa arrojar su bomba al agua como es debido.

- ¿Qué hacer?

8chvéizer se encogió de hombros.

- A mi juicio, no se puede hacer nada.

- ¿Y si le detienen?

- ¿Qué podríamos hacer? ... Es evidente que, por uno, no podemos poner en peligro a muchos otros. A mí no me es difícil descargar las bombas, pero para ello es necesario hacer entrar de nuevo en acción a los cocheros. Si la cosa resulta bien, los bombistas deben marcharse inmediatamente de Petersburgo, sin devolver los explosivos.

Schvéizer hablaba con calma y firmeza, y lo que decía era justo: era imposible poner en riesgo a toda la organización a causa de Sikorski.

Al despedirnos preguntó:

- ¿Sabe Sikorski dónde tiene que arrojar la bomba?

Le dije que no sólo lo sabía, sino que había pedido a Borichanski que le indicara el sitio.

Entonces Schvéizer dijo con tono de convicción:

- Entonces es seguro que hará lo debido.

En la puerta del jardín se volvió de repente hacia mí:

- ¿Está usted seguro del éxito?

- Naturalmente.

- Y yo también sé que mañana Plehve será muerto.

- ¿Lo sabe usted?

- Sí.

Y me tendió la mano riendo.

- Adiós. Hasta mañana a las nueve.
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