Índice de Juan Sarabia, apostol y martir de la Revolución Mexicana de Eugenio Martinez NuñezCAPÍTULO VIII - Primera parteBiblioteca Virtual Antorcha

Juan Sarabia, apostol y martir
de la
Revolución Mexicana

Eugenio Martinez Nuñez

CAPÍTULO OCTAVO

San Juan de Ulúa

SEGUNDA PARTE


Una suprema determinación.

En vista de las inhumanas órdenes del general Mass, el doctor Loyo pudo conseguir que cuando menos se sacara diariamente unos momentos al infortunado luchador a respirar el aire puro, con lo que en corto tiempo experimentó una mediana mejoría; pero el conflicto surgido con Canales continuaba en todo su apogeo, por lo que Sarabia, cuya permanencia al lado de su antes muy querido compañero llegó a ser tan insoportable que alguna vez pensó romperse la cabeza contra las rejas del calabozo, resolvió por declararse en huelga de hambre hasta que el agotamiento lo dejara agonizante, pues así sus guardianes se verían obligados a llevarlo a la enfermería, donde lo tendrían algún tiempo mientras se recuperaba y resolvía la solicitud que pensaba presentar para su libertad preparatoria; y en caso de que ésta no le fuese concedida, ver la manera de que ya no lo volvieran a reunir con Canales, para librarse de tantos sufrimientos y evitarle también a él injustificados disgustos con su presencia, ya que a pesar de todo continuaba estimándolo, puesto que como se ha visto, seguía interesándose por su suerte y también por la de su familia, según se verá más adelante.


El documento más dramático de la Revolución.

Estando ya en huelga de hambre, Sarabia, que por su larga incomunicación ignoraba que su primo Manuel se encontraba en Europa ya casado, después de haber sufrido un encarcelamiento en Arizona junto con Rivera, Villarreal y Ricardo Flores Magón, le escribió una extensa carta creyéndolo radicado en Los Angeles, para hacerlo confidente de sus tribulaciones por el rompimiento con Canales. En esa carta, que es un grito a la vez que de dolor de abnegación, y que ha sido juzgada como el documento más dramáticÓ de la Revolución, escrita en ocho pliegos llenos por ambos lados con caracteres pequeñísimos, claros y firmes, no obstante que en los momentos de redactarla tenía ya Sarabia más de una semana de no tomar más alimento que un vaso de agua cada veinticuatro horas, hacía este impresionante y doloroso relato de la tragedia que en esos días entristecía y amargaba su existencia:

Ulúa, Agosto 10 de 191O.

Querido Manuel:

Aunque hace mucho tiempo que no sé de ti, ahora te escribo la presente, impelido por la amargura del aislamiento en que me veo sumergido, a pesar de estar en compañía de otra persona y por la necesidad natural en todo corazón de desahogarse en corazones hermanos. No creas que las malas condiciones por que he pasado en esta prisión son las que me hacen hablar con este tono de tristeza; no. Aquí me han azotado, me han insultado, me han tenido en completa soledad cerca de dos años, me han privado de libros, que son para mí la mitad de la vida; me han dejado hundido en este cubil a pesar de estar enfermo, me han prohibido hasta comprar algún mezquino alimento aparte del rancho; todo esto me han hecho; pero ello no me ha producido sino disgustos pasajeros, no me ha afectado, no me ha hecho perder mi tranquilidad de espíritu ni mi buen humor. Mi amargura, mi hiel, mi veneno, es otra cosa muy distinta y de otro orden: del orden sentimental. Soy, por lo general, de un temperamento frío y tranquilo, pero en mis afectos tal vez soy demasiado sensitivo.

Grande fue el afecto que profesé a mi compañero Canales, quien me simpatizó desde que lo conocí, y él me mostraba igual cariño el tiempo que estuvimos juntos en Chihuahua y aquí durante el primer año de nuestra prisión. Luego me separaron del resto de mis compañeros para aislarme en este cubil, y en ese tiempo seguí queriendo a Canales como a un hermano y creo que él también me quería lo mismo. Así pasaron unos dos años, y a consecuencia de un remitido que Canales publicó, lo separaron también del resto de los compañeros y lo trajeron conmigo. Mi alegría entonces no es para ser descrita; estaba yo verdaderamente loco de gusto; y procuré por todos conceptos mostrar a Canales mi fraternidad, agasajarlo y servirlo.

Me pasaba el tiempo charlando hasta por los codos (me desquitaba de mi largo silencio) bromeando cariñosamente, haciéndole confidencias de todas mis ideas y proyectos, de mis sentimientos más íntimos, como pudiera haberlo hecho con el más querido de mis compañeros. No me preocupaba yo del menor individualismo. Me parecía natural que entre nosotros existiera el más completo comunismo; nuestro dinero estaba en común y cada quien tomaba simplemente lo que necesitaba; comíamos juntos en una especie de mesa que arreglamos; como aquí hay que tener siempre lámpara encendida, nos alumbrábamos con la misma, uno de cada lado; nuestras camas estaban colocadas cercanas y cerca también de la puerta, que es donde está un poco más respirable; en resumen, estábamos en compañía para todo; este sistema lo arreglé yo, pues Canales, en su calidad de nuevo, me dijo que yo tomara la batuta para lo relativo a su instalación conmigo. A mí me pareció naturalísimo el comunismo, pero desgraciadamente, pronto tuve que conocer mi error.

Al poco tiempo, Canales manifestó clara y constantemente sus deseos de librarse de mi comunismo, de separarse de mí, y dejar que cada uno se las arreglara como pudiera. Comencé por notar que procuraba escapar de mi charla, pero no le di importancia, por conocer su carácter apartado, y consideré que desearía leer algunos libros y periódicos que yo tenía. Después comenzó a ponerse sombrío. Se pasaba días enteros sin pronunciar palabra, y con una cara de vinagre. Preguntéle con cariño qué le pasaba, deseando consolarlo, pero ni me contestaba. Resignado, esperaba yo a que pasara la nube, y luego volvía yo a hablarle y bromear y reír como antes. Pero al poco tiempo volvía él al silencio y a la cara avinagrada. A lo mejor sucedía que cuando yo más contento me encontraba, y le dirigía la palabra en tal talante, o me dejaba con la palabra en la boca, sin contestar, o cuando más respondía en monosilábico frío y seco, que me dejaba como quien recibe una ducha.

Habiéndose repetido esto muchas veces, causándome el natural disgusto y sentimiento, no pudiendo adivinar cuándo estaría Canales de humor para atenderme y cuándo no, opté por callarme, dejándole la iniciativa de la palabra. Siempre que él hablaba me tenía dispuesto a ser su interlocutor. Al mismo tiempo me hacía otras cositas. Después de mucho tiempo de no permitírsenos comprar alimentos en una fonda que hay aquí, un amigo mío se ingenió para que me dejaran hacerlo, y él mismo me consiguió, como cosa extraordinarJa, que por doce centavos diarios me mandaran un pedazo de carne en la mañana y algunos frijoles o cualquier otra cosa por el estilo en la tarde. Esto fue para mí la gloria, después de tanto tiempo de puro rancho que me echó a perder el estómago por completo, y gracias a ese alimento de la fonda me fui reponiendo, recobrando el apetito y hasta engordando. En estas condiciones estaba yo cuando vino Canales. Entonces, juntando nuestros fondos, en vez de 12 y pagué 24 a la fonda para que doblaran la ración, que juntos aprovechábamos.

Un día me dijo Canales que él ya no quería seguir tomando ese alimento, porque no tenía suficiente con qué pagarlo. Le contesté simplemente que éramos hermanos; que todo era de ambos, que de nuestro dinero junto gastaríamos lo que pudiéramos para provecho de ambos, y cuando se acabara los dos quedaríamos pobres, hasta que volviéramos a tener para ambos otra vez. Le hice ver que mi parte en los fondos no era mayor que la de él, pues ambos recibíamos por término medio cinco pesos al mes, y sólo en esos días él tenía un poco menos, que no valía la pena de tenerse en cuenta. Y le advertí que en el supuesto que yo tuviera más dinero que él, me sería verdaderamente doloroso aprovecharlo yo solo, mientras él sufriera privaciones, y que en tal caso mejor tiraría yo el dinero. Se dio por satisfecho entonces, pero pasado algún tiempo, me hizo sufrir uno de los primeros golpes con que me ha herido rudamente. Al recibir el café que aquí dan de rancho, acostumbraba yo ponerle café en grano para darle algún sabor, tanto al mío como al de Canales, poniéndolos a calentar en un aparatito que me había yo proporcionado al efecto.

Así esperábamos algún tiempo hasta que venía la carne de la fonda, y entonces almorzábamos tomando café. Pues bien, un día, sin decir palabra, sin dar explicación ninguna (ese día era de sus días sombríos), Canales tomó su café del calentador, y se puso a tomarlo solo, sin ponerle tampoco azúcar, como siempre acostumbrábamos. Me extrañó, pero nada dije. Cuando vino la carne, puse la mesa y lo llamé a almorzar, y me contestó secamente que él ya había desayunado y que así iba a seguir. No me di por entendido. Le guardé su parte. Al mediodía se la calenté y se la ofrecí de nuevo. La volvió a rehusar. Así pasaron algunos días. Si él hubiera hecho lo que hacía con actitud natural y amistosa, menos mal; pero lo hacía con su gesto sombrío y su silencio fúnebre, sin hablarme ni dar explicaciones. Esto me hirió, me dolió, me disgustó, y a pesar de mi calma habitual, no pude ocultar mi estado de ánimo, y me puse también taciturno.

Cuando venía la carne, tomaba yo mi parte en verdad con muy poca gana, y lo demás lo tiraba ostensiblemente. Después de algunos días se le pasó a Canales el acceso sombrío, y me dijo que seguiría tomando el almuerzo conmigo; porque es de advertir, que con su nuevo sistema, no estábamos juntos al almorzar. El se adelantaba y lo hacía solo. Le respondí que volviera, si es que no le disgustaba. Con esto y con los accesos sombríos, ya se había perdido entre nosotros mucho del trato natural, de la completa confianza, de la alegre camaradería que debe reinar entre buenos compañeros. Poco después, y como una gran conquista, obtuve que nos entregaran una pequeña estufa de petróleo, que era de Canales, y en la que podríamos hacer algunos guisos, a poco costo. Opté por dejar lo de la fonda, y me metí a cocinero. A mañana y tarde, yo guisaba, y Canales lavaba los trastes. A mí me caían muy bien mis guisos. Estaba ávido de comidas que no fueran el rancho. Canales también me pareció que comía con gusto. Sin embargo, en un acceso sombrío, después de algún tiempo, me resultó con que no quería guiso en la tarde, y luego, que tampoco en la mañana.

Al mediodía, que viene el rancho muy caliente, lo dejábamos un rato enfriar, y luego nos poníamos a comer juntos; pero un día Canales se puso a comer inmediatamente, sin esperarme ni invitarme, él solo. Comencé a sospechar que lo que no quería era mi compañía. A mí se me hacía muy penoso estar haciendo y comiendo guisos mientras él se concretaba al rancho y, en consecuencia, cuando vi que decididamente no quería mi compañía, dejé en paz la estufa, me puse a tomar el rancho, y me volví a fregar del estómago. Canales también ha estado mal del estómago, pero al fin creo que se ha compuesto, pues come con gran apetito el rancho, agregándole lo que se puede comprar aquí cerca: pan, fruta. Aunque yo le abrí mi corazón, él siempre fue reservado conmigo, y cada vez se alejaba más de mí: se empeñaba en tratarme como a un extraño y no como a un compañero. Rechazaba todo cuanto de mí provenía. Nos enfermamos de hemorroides, y entre remedios conseguimos comprar todos los días diez centavos de hielo; él siguió usando el hielo; pero un día me dijo que no se lo comprara. Extrañado le pregunté por qué. Dio varias razones fútiles, pero al fin, con gesto impresionable y voz doliente, me dijo: pero sobre todo ... es mucho gasto.

Si me hubiera dado un bofetón en pleno rostro, no me hubiera causado el efecto que con estas palabras reveladoras. Uniendo a esto otros detalles en que no me había fijado antes, recapacitando, comprendí que Canales me consideraba tan sórdido, que a pesar de estar él enfermo, se me hacía pesado gastar de los fondos comunes diez centavos para hielo. Hechos posteriores me confirmaron plenamente que Canales pensó esto de mí. En qué se fundaba, no puedo colegirlo a punto fijo; le supongo que puede haber sido porque yo, con mi costumbre estúpida de pensar en alta voz, me puse a calcular una vez que con tal o cual sistema de gastos, podríamos ahorrar un peso o doce reales al mes de nuestras entradas, para comprar uno que otro libro. Yo me refería a que, en vez de comprar todos los días carne, que es aquí lo más caro, podríamos a veces comprar hígado o papas o arroz, o algo más barato, con lo cual también tendríamos el gusto de variar, y nos quedaría algo para libros. Nunca pretendí que por esto dejáramos de atendernos ni él ni yo, con preferencia, en caso de enfermedad. Pero él interpretó la cosa a su modo, y convencido de mi sordidez judía, dejó de comer los guisos (y me hizo dejarlos) y renunció a curarse, no con tranquilidad y naturalidad, como se hace cuando se obra con una idea justa, sino con aire sombrío, y con esa especie de alarde con que se obra cuando una persona quiere echar en cara a otra persona un procedimiento exagerado, precisamente el mismo procedimiento. Afortunadamente, sanamos de las hemorroides con Hamansclina, para lo cual él pidió dinero a su casa y yo a Chucho (1).

Paso por alto algunos incidentes sobre este particular, que fueron otros tantos alfilerazos. Yo no era precisamente un depositario de los fondos: cuando vino los puse en cierta parte diciéndole que ahí estaba el fondo común, y que de ahí tomara lo que necesitara, que yo haría lo mismo. Sin embargo, como la cuestión de la fonda era a mi nombre, y al estar aquí Canales de nuevo, resultaba natural que yo llevara la batuta, yo hacía generalmente los pagos de nuestros gastos y así seguimos por la fuerza de la costumbre, sin que yo le diera importancia, pues tan natural me parecía hacerlo como que Canales lo hubiera hecho. Para mí realmente eso no tenía importancia, pero creo que Canales ha pensado que yo, con propósito deliberado, me apoderé del manejo del dinero, y que lo cuidaba como un avaro y que me dolía en el alma el más infeliz centavo que se gastara. Canales siguió apartándose de mí. Retiró su cama de mi lado y de la puerta y se fue a un rincón; compró para su uso exclusivo lámpara y otras cosas innecesarias, pues lo que había aquí bastaba perfectamente para ambos. Lámparas había cuatro, de las que hasta la fecha varias están en un rincón arrumbadas porque Canales no quiso ninguna y se empeñó en comprar su lámpara y otras cosas suyas. Varias veces tomé la mitad de los fondos para dársela y proponerle que cada quien gastara lo propio, con lo que sin duda él quedaría complacido en su individualismo; pero nunca pude ejecutarlo, porque se me hacía penoso iniciar yo mismo esta especie de rompimiento definitivo. Yo comprendía que era lo mejor que tenía que hacer, y sin embargo, no podía hacerlo: algo inexplicable me detenía.

Por fortuna, él se decidió a proponerlo y respiré. Cada quien hizo sus gastos aparte. Sin embargo, había veces que por falta de vuelto o por equivocación del vendedor (acostumbrado a nuestras compras en junto), se cobraba el gasto del dinero de uno solo, o daba una moneda como vuelto para ambos. Allí entraban las cuentas entre nosotros y es de verse la escrupulosidad con que Canales me pagaba hasta el último centavo, como se hace con un agiotista rapaz con quien no se quiere tener nada pendiente, y mi desesperación, mi disgusto, mi asco, cuando yo tenía que ser el que pagaba algo a Canales. ¡Contando centavos entre compañeros! ¡Enfangándose en esas miserias los que han sido hermanos! Con las opiniones desastrosas que de mí tenía Canales por yo no sé que proceso inexplicable, era natural que fuera perdiéndome toda estimación. Un día en que había yo dejado por un momento en el suelo una botella de petróleo, con la que Canales tropezó y tiró el contenido, se enfureció, y dijo que lo que yo hacía era estúpido. ¡Cosa terrible! Hasta entonces, Canales había tenido sus accesos sombríos, me había dejado muchas veces con la palabra en la boca, me había mostrado ciertos desprecios indirectamente, se había retirado de mí, no me dirigía la palabra, pero al menos no me había ofendido con ninguna palabra mal sonante. Esta vez lo hizo, y para mí fue un golpe terrible.

Confieso que acabando su frase enojada, me indigné también y a punto estuve de contestarla, pero pronto pensé que era necesario callar si no quería hacer mil veces peor la situación. Y más que indignación, sentí dolor. No esperaba yo tanto. La situación se iba haciendo insoportable. Tuve días sombríos yo también, pensando qué significaría aquéllo, con la cabeza ardiendo, buscando en vano una solución, y con el corazón herido. Lo que tenía que suceder, sucedió en mi ánimo. Hasta entonces en virtud de razonamientos más o menos capciosos, yo había procurado convencerme a mí mismo de que todo lo que hacía Canales era disculpable por su idiosincrasia, por la situación en que estamos, por especialidades de su carácter; pero que en el fondo, no debía yo dejar de considerarlo como amigo ni de quererlo. Sin embargo, una transformación inevitable se operaba en mi ánimo, a mi pesar, y el último incidente lo precipitó. Yo luchaba por salvar un afecto, pero todo tendía a matarlo. La muerte de uno de esos grandes afectos que llenan el alma, es cosa que no se realiza sin que haya tempestades bajo el cráneo, y desgarraduras en el corazón. Al fin, llegué a sentir que mi antiguo y grande, y fraternal cariño por Canales, se extinguía ante su injusta actitud para conmigo.

En esos días fui llamado por el Gral. Hernández para recibir carta. Mi estado de ánimo era doloroso; veía que nuestra situación era demasiado violenta, y comprendí que si lograba que me sacaran de aquí haría con ello un verdadero servicio a Canales, que quedaría libre de mi presencia, y me lo haría yo mismo. Por otra parte, yo me había propuesto desde hacía tiempo no pedir aquí ningún favor, y dejar con actitud serena, que hicíeran conmigo lo que quisieran sin que me vieran flaquear. Me decidí al fin por lo más práctico, que acabaría con nuestro tormento, y con pretextos de salud, de aglomeración por la pequeñez del calabozo, etc., pedí que me sacaran de aquí, considerando posible conseguirlo, pues hacía ya tiempo que no me molestaban para nada y me trataban bien. Además, el Gral. Hernández -debo decirlo en justicia- no es hombre malo, no me tiene mala voluntad y más bien ha procurado aliviarme en algo, con ciertos favorcillos que agradezco, pero está sujeto, con respecto a nosotros, a lo que disponga el comandante militar Mass. Me manifestó, y creo con sinceridad, que procuraría que mi petición fuera atendida. Sin embargo, no lo fue. La fatalidad siguió su curso.

Luego estuve enfermo de taquicardia y con esto vi la puerta abierta. Me vieron dos médicos y por tres veces dieron orden de que se me sacara de aquí para la enfermería. Pero había que consultarlo a Mass. No estaba en Veracruz en esos días; pasaron algunos, y al fin negó la autorización para que me llevaran a la enfermería. Lo único que consiguió el Dr. Loyo, que pareció interesarse por mí, es que me saquen todos los días un rato al aire libre, lo cual ha sido muy benéfico, pues lo que aquí falta es oxígeno. Esto me hizo perder las esperanzas de salir de aquí, y me resigné a seguir soportando esta situación espantosa, que me mata.

Me he visto tentado a romperme la cabeza contra las rejas; pero se me ha ocurrido otra tentativa, a consecuencia de lo que ha pasado en estos últimos días, y que hace para mí absolutamente imposible seguir aquí. Canales llegó al período álgido. No puedo decir una palabra sin que me contradiga, todas mis ideas le parecen malas y mis actos despreciables. Hace mucho que no hablamos nada en intimidad, y sólo a propósito de algún suceso notable de política, o de algún libro cambiamos algunas palabras. En el fondo y en lo general, nuestras ideas son las mismas; antes lo eran también en detalle, en todo; pero últimamente he notado que Canales me contradice cuanto es posible; muchas veces exhibiendo muy a las claras el prurito de oposición más que la convicción fundada. Por ejemplo, al leer el libro de Madero, yo dije que tenía buen fondo, pero que la forma está descuidada, el estilo sin galanura, demasiado llano. Canales se apresuró a declarar que la forma era excelente, que así se debe escribir, que es el estilo de combate y que todo lo demás es cosa secundaria y sin importancia. Total: Madero es un modelo de escritores, ante quien debe humillarse Vargas Vila con sus cláusulas vibrantes, Juan Montalvo con sus páginas soberbias y Víctor Hugo con su grandioso estilo.

Al margen de una página de la misma obra, marqué una corrección a lo que yo creo errata de imprenta, porque con la palaba del texto resulta una frase sin sentido ni lógica; Canales sostuvo inmediatamente que lo que a mí me parecía absurdo y sin sentido tenía para él claridad meridiana y que él entendía perfectamente lo que quería decir Madero. Y llegaba a una conclusión que no concuerda con el resto del texto, que es a todas luces errónea y que sólo pudo ocurrírsele por darme contra. Yo critiqué a Madero en ciertos puntos, y él no estuvo conforme, manifestándose entusiasta y casi incondicional admirador de Madero. Con motivo de Los Orígenes de la Francia Contemporánea de Taine, dije yo que el autor se refería a Francia de su tiempo, y Canales sostuvo que se refería a toda la época de la Revolución Francesa en adelante. Dije que esto se podía llamar la Francia moderna y no contemporánea, y con el diccionario le probé que esta última palabra tiene una acepción más restringida, y que por ejemplo, no se podría llamar México contemporáneo, a México de la Independencia para acá, sino sólo al México de nuestros días, etc. Se enojó, y a pesar del diccionario, del valor gramatical de las palabras y de todo, dijo que sí se podía decir tal cosa, que yo juzgaba con muy raquítico criterio las épocas históricas, y por último adoptando un aire despectivo y de lástima hacia mi colosal estupidez, declaró solemnemente que yo no conozco historia, y que por eso incurro en tan craso error; que yo estoy creyendo, por ejemplo, que la Independencia de México se realizó por puras influencias locales, cuando en realidad fue preparada por las ideas de la Revolución Francesa. Me dijo esto con aire convencido, y me abstuve de replicar. Si después de lo que he leído, ignoraba yo la influencia de la Revolución Francesa en la evolución política, no sólo de nuestro país, sino de todos, tendría que ser un idiota.

Tal vez se funda en el hecho de que alguna vez, hablando de lo que pienso escribir, le dije que me sería preciso hacer un estudio metódico de Historia para profundizar ciertos puntos, pues aunque conozco la Historia en general y en lo más importante, no la he visto con método e íntegra. De aquí dedujo que no conozco Historia ni por el forro y me atribuye una ignorancia de asno. Cualquier día me va a decir que yo estoy creyendo que el Grito de Dolores fue lanzado por Juárez y el Plan de Ayutla firmado por Santa Anna!

Pero esto no es nada. El golpe de gracia vino luego. Como dije antes, cuando Canales ya no quiso comer conmigo, yo dejé de hacer también guisados, que tan bien me probaban, porque se me hacía penoso estarlos tomando mientras Canales sólo tomaba el rancho y lo que se compra aquí cerca. Pero me volví a poner mal del estómago, y por atender a la salud, como también porque habiendo perdido el antiguo afecto a Canales, me inspiraba menos consideración; y viendo su actitud de absoluto desprecio, que para nada se preocupaba de mí, volví a encargar a la fonda seis centavos de comida todas las mañanas. Al principio, me mandaban algunos frijoles (pues aquí todo es muy caro), pero luego me mandaron carne y otras cosas, lo que era raro. Supe que el dueño de la fonda, que es también contratista del rancho, un viejo gachupín, decía que me apreciaba y había dado orden de que se me despachara bien. Luego cambió de dueño la fonda y comenzaron a mandarme poco y malo. Entonces un buen amigo, preso, pero que goza de ciertas prerrogativas y se entiende con las gentes de allá fuera, me dijo que dejara de comprar en la fonda, que él se encargaba de que en otra parte me hicieran un almuerzo mejor; que yo mandara comprar la carne cruda (seis centavos) y él me la mandaría asar.

Así lo hicimos, y salió bien para mí. Yo mandaba además 12 o 15 centavos por semana para el que me hacía la carne asada. Este era un asistente, o criado (de los presos) de una familia que hay aquí, y que por varias circunstancias me ve con aprecio. Mi convenio era que el asistente sólo asara la carne, pero aquella familia, probablemente le decía a veces al asistente que hiciera para mí un mejor condimento -no a costa del asistente, como es natural- sino de la cocina de la familia. Una vez hasta chocolate, y exquisito pan me mandaron, aparte de la carne. Pues bien, una vez que pagué por el lavado de ropa y el asado de carne, me dijeron que el asistente había sido cambiado. Volví a pagar al nuevo asistente sin importarme los pocos centavos que había dado al otro, y no sé de donde se me ocurrió la malhadada idea de decir simplemente: Ahora que yo había pagado adelantado, cambiaron asistente. No recuerdo qué otras frases mediaron, el caso es que Canales, que acababa de pagar también por el lavado de ropa, dijo, sin venir al caso: ¡Yo siempre pago! con un tono de desafío y desdén, que quería decir claramente que yo no pagaba. La alusión era clara, y a ella respondí simplemente que yo también pagaba, y ahora acababa de pagar doble y adelantado. Entonces se desató. Se conocía que estaba esperando una oportunidad para estallar. Me dijo que yo pagaba muy poco; que casi no pagaba, y que exigía mucho; que por un real que daba cada ocho días quería que me trajeran excelentes guisos, y explotaba vilmente a quien los hacía; que no era honrado; que mis actos estaban en contradicción con mis palabras; que vociferaba contra los explotadores y soy un explotador, etc., etc.

Esto me causó verdaderamente, más asombro que coraje, pero como la acusación era grave contesté mesuradamente a Canales que exageraba; que mi convenio (el cual ni siquiera había yo buscado, sino que me había sido propuesto por un amigo) era simplemente de que se me asará la carne, que yo no pedía manjares extraordinarios y que pagaba conforme a la exigüidad de mis recursos, aunque comprendía que en rigor, lo que pagaba aquí por servicios, como lo paga cualquiera aquí, no es lo que ganaría un trabajador libre; y que no obstante esto, yo soy de los que pagan mejor, y para los presos, estos trabajitos, con estas pagas modestas, son mayor bien que si no tuvieran nada que hacer. Se irritó, y contestó comparándome con los del Debate, que es cuanto se puede hacer para insultarme (ya tú conocerás El Debate, periódico procaz que defendiendo a la dictadura, injuria brutalmente, amparado por la impunidad, a cuantos hacen labor independiente); no trató Canales de fijar los hechos, adaptándose a la situación en que aquí estamos y la miseria en que vivimos; declaró que mis argumentos no eran honrados, que hablaba como los del Debate, queriendo disculpar mis explotaciones, y que si yo no pedía realmente que me trajeran cosas excelentes casi regaladas, lo insinuaba, lo cual era peor que la hipocresía; que nadie mejor que él puede comprender esto, pues me ha visto obrar mucho tiempo, etc., etc. En resumen, soy un colosal hipócrita, un vil explotador del desgraciado, un bribón a toda vela.

Guardé silencio, seguro de la inutilidad de defenderme; mis objeciones, precisamente mientras más lógicas hubieran sido, más hubieran exasperado a Canales y quizá hubiera acabado por tirarme algo a la cabeza. Bueno. Si Canales pagara los trabajos que le hacen a precio de obreros libres, nada tendría yo que objetar. En efecto, por lavado de ropa paga por una muda, 10 centavos, lo mismo que yo; por la pelada y rasurada gratifica con 10 centavos lo mismo que yo; estos precios, en rigor, son mezquinos; deberíamos pagar un tostón por esos trabajos, pero la miseria nos lo impide. En esto no se fija. En cambio, en mi carhe asada, yo robo vilmente con mi ruin gratificación de 12 o 15 centavos que deja muy satisfecho al asistente porque nadie le pagaría ni la mitad, y porque no es para él extraordinario el trabajo, pues cuando cocina para la familia, hace mi carne, y este pedazo de carne más o menos en su cocina no puede significar nada para él. Pero Canales no Ve así las cosas. Para él, este desventurado asistente se impone para mi exclusivo servicio un trabajo ímprobo; siendo pobre, tiene que hacer grandes gastos para satisfacer mis exigencias de suculentos guisos, fruta, pan y otras cosas extraodinarias. ¿Cómo haría el pobre chico para satisfacer mis deseos el día que trajo chocolate, cosa que aquí anda por las nubes, y una colección de panes que cuestan un sentido? Decididamente, soy un monstruo. Esto es lo culminante. Omito lo pequeño, que se multiplica hasta lo infinito. Por lo expuesto, comprenderás que no inspira a Canales un espíritu de sana crítica, sino de hostilidad; no quiere estudiarme, sino ofenderme; no razona, insulta. Y llevado por esta predisposición realiza procesos mentales de un absurdo que asombra; saca de lo más insignificante las consecuencias más estupendas, y llega a profesar como las más sinceras convicciones los errores más extravagantes y patentes. Es indudable que su carácter especial, y las condiciones de la prisión lo han puesto así. Es irritable, de pasiones algo fuertes y creo que neurasténico. No puede soportar con calma la prisión: desde el primer año, cuando todavía estaba yo con los demás compañeros, notamos sus ratos de desesperación, sus ansiedades de libertad, sus accesos agresivos. Pero esto era raras veces, y como allí éramos varios, las rarezas de Canales no se hacían notar gran cosa, le pasaban, y volvía al seno de la comunidad lo mismo que antes.

Pero aquí, al sufrir sus accesos sombríos, se ha encontrado en más estrecho círculo, en mayor monotonía, y no teniendo frente a él más que a mí, contra mí ha ido acumulando su disgusto. Es fácil también que el hecho de llevar yo, por las razones que antes dije, la dirección de nuestros asuntos, lo haya herido en su independencia y con las originalidades de su criterio haya creído que yo trataba de supeditarlo a mí, de tenerlo en tutoría, haciendo un mal papel; pero no atreviéndose a hablar francamente recién llegado aquí, rumiaba en silencio sus disgustos y amontonaba contra mí sorda cólera. Desgraciadamente, la generalidad de la gente con la que teníamos algo que ver, me daba siempre ostensiblemente el primer lugar, me trataba de cierto modo especial, como a jefe de los demás compañeros, Canales inclusive, y esto puede haberle disgustado ... Yo he dicho aquí cuantas veces se ha ofrecido, tanto a mis compañeros como a las otras personas, que yo no soy jefe de nadie, que todos estamos aquí por la misma causa y somos compañeros y sobre todo con respecto a Canales, no quería ninguna distinción. Con esto, Canales fue considerado menos secundario que al principio, pero siempre me dan la preeminencia. Aquí todos me quieren, menos Canales. Recuerdo que ustedes en una felicitación que me mandaron a Toronto decían que sólo conmigo no había disgustos. Lo mismo me dijo alguna vez Camilo recordando nuestra estancia en la Penitenciaría de San Luis.

Realmente, yo soy pacífico. Procuro no molestar ni causar mal a nadie. Con ninguno me había pasado jamás lo que con Canales. Aquí mismo hubo constantes disgustos entre los compañeros, pero nunca conmigo. Mi actitud, con Canales, ha sido, al principio, el desbordamiento espontáneo de mi cariño hacia él, y después cuando vi su empeño en desdeñarme, me concreté a no contradecirlo ni irritarlo. Cuando se dignaba hablarme me tenía dispuesto a hablar; cuando se encerraba en el silencio, yo callaba para no darle la lata. He soportado sus ofensas sin chistar. He buscado la paz, la armonía, la fraternidad sin encontrarlas. Y al fin de cuentas, me aborrece, y las simpatías que me rodean tienen que disgustarIe, pues es natural que el hombre inmaculado se indigne al ver cómo un bribón de mi calaña disfruta de la consideración de las gentes honradas y usurpe reputación que por ningún motivo merece. Para Canales soy un bellaco consumado, un vil hipocrita, un despreciable tartufo. ¿Lo seré realmente? Ya no quiero ni pensarlo, ni quiero tampoco continuar viviendo junto a quien tal juicio tiene de mí, para no fastidiado ni fastidiarme.

Es horrible tener que sufrir esto de quien se ha considerado como un hermano, estar sintiendo sus desprecios y su ira, y tener que callar porque la discusión sólo serviría para provocar furores; estar juntos, y sin embargo aislados; tener con quien hablar, y vivir en silencio; estar obligado a pesar cada palabra y cada acto para no alborotar la irritable susceptibilidad del vecino, y después de haber disfrutado de completa tranquilidad de espíritu toda la vida, vivir envenenado por pensamientos dolorosos, sombríos y acumulando en el corazón hondas amarguras. Esto es espantoso. En todo el tiempo de mi prisión y aun en toda mi vida, no me he sentido atormentado como en estos meses de compañía de Canales. Esto tiene que acabar y acabará. Mi plan es muy sencillo: no comer. Hace ocho días que no pruebo comida. Sólo tomo un poco de agua, menos de un vaso en un día. Sin embargo, me asombra que después de ocho días sin alimentos, todavía no me haya rendido la debilidad. Pero dentro de algunos días vendrá lo que espero: la consunción, la fiebre, la pérdida de los sentidos. Tendrá que verme el médico, y creo que me pasarán a la enfermería. No creo que me dejen morir aquí. No es absolutamente imposible, pero es poco probable.

Una vez en la enfermería, el médico me dejará largo tiempo. Es buena gente conmigo. En eso, se resolverá mi preparatoria. Si me la conceden, saldré y si no, espero conseguir que no me volverán a juntar con Canales. Si lo hacen repetiré mi procedimiento. Dejo mucho en el tintero de mis confidencias, pero creo que basta con lo dicho para que me comprendas. Además, no me alcanza el tiempo para extenderme más porque esta carta debe salir mañana. Pasemos a otra cosa.

Supe la buena noticia de que los muchachos salieron libres y fueron recibidos en Los Angeles por muchos correligionarios y luego hubo un Meeting en que zurraron a la Dictadura (2). Los felicito de todo corazón y ojalá que no vuelvan a sufrir persecuciones y cautiverios. También los felicita y los saluda cariñosamente Bruno Treviño, excelente compañero a quien mucho quiero. Está en el calabozo próximo, pero podemos comunicamos, y me hizo ese encargo para cuando yo escribiera (3). El está para salir cOn preparatoria. Ya se la concedieron; pero se ha demorado su salida por algún pequeño detalle que esperamos quede arreglado en el curso de este mes. El escribirá cuando salga. Se los recomiendo como bueno, aunque algo loco. Supimos también la muerte del hermano de Antonio. Te encargo le hagas presente, lo mismo que a la familia, mi sincera condolencia por tan doloroso golpe. Treviño me encarga diera también su pésame a Antonio. Aquí están Manuel M. Diéguez y Esteban B. Calderón, de Cananea, con la bárbara sentencia de 15 años cada uno. Diéguez está encargado de la enfermería, que es aquí una de las mejores comisiones; Calderón estaba también comisionado allí, pero lo quitaron por una intriga del practicante, y ahora lo traen al pobre en los trabajos pesados. Me da dolor verlo todo tiznado de carbón y cargando el barril.

Supongo que estarás en Los Angeles. Dile a Conchita Rivera que le escribí hace varios días a Phoenix mandándole los versos para Cuquita y la Golondrina que me pidió. Salúdame a Eustolia Pérez, Lucía Norman y su mamá, especialmente a Eustolia, que me ha simpatizado mucho por la ingenuidad, sencillez y sentimiento que revelan sus cartas. Diles que aquí me quitaron cuanto yo tenía hace dos años, y entre ello sus cartas y retratos, lo cual sentí mucho, como también sentí no poderles escribir, dejando sin contestación sus últimas cartas. A mamá no le vayas a decir nada de lo que aquí te cuento de mi situación. Yo siempre les digo que estoy bien.

Tengo que echarles una carguita. Ya sabrán que aquí al entrar nos quitaron nuestra ropa y nos vistieron con el uniforme de presidiarios, nos afeitaron, etc. De ahí resulta que cuando queda uno en libertad no tiene ropa que ponerse, y en tal caso me veré yo, si me conceden la preparatoria. Así es que necesitaré algún dinero para comprarme ropa y para mis primeros gastos en Veracruz y mi viaje a México. Ya allá, con la ayuda de Chucho, espero poder trabajar en algo para ganarme la vida, mientras decido lo que he de hacer. Mándenme lo que puedan, si es que pueden hacerlo. Si no, recurriré a Chucho, aunque esto no lo deseo porque ya lo he molestado otras veces. No urge el envío. Yo cumplo el término legal para solicitar la libertad como por el 25 del actual; después tiene que pasar algún tiempo en tramitarse la solicitud. No es absolutamente seguro que me la concedan (por lo cual yo no he dicho nada a mi mamá) así es que no deben hacer el envío sino hasta saber si se cuenta con ella, de lo cual podrá informar Chucho. Si no se ha de conseguir, no hay para que hacer la remisión. Chucho tiene una dirección con la que puede escribirme secretamente. Con ella pueden escribirme, pero procuren, por precaución, que la carta venga con timbre mexicano. No la manden directamente de E. U. para no inspirar aquí sospechas. Ya te escribiré cuando haya pasado la prueba, que espero me saldrá bien. Salúdame a Tomás (4). Un abrazo para los muchachos y otro muy cariñoso para ti.

Juan Sarabia.

Es conveniente que no escriban con la dirección secreta que tiene Chucho hasta que vuelvan a tener noticias mías. Advierto que lo que digo de Canales no debe hacerles creer que haya cambiado en general, sino sólo respecto a mí, como correligionario es el mismo de antes, y pueden tener completa confianza en él, como siempre. Tampoco crean que lo odio. Simplemente he dejado de quererlo y trato de librarme del tormento en que, por su carácter raro, nos encontramos. A él mismo le estoy haciendo un servicio con mi tentativa. Por la vía legal sí pueden escribir alguna carta sencilla, pero por conducto secreto no escriban por ahora.

J. S.(5).


En la enfermería.

Después de haber escrito estas líneas conmovedoras, con las que debe haber sentido un gran desahogo, Sarabia continuó firme en su propósito de conquistar la paz espiritual con el alto precio de su sacrificio inaudito, y al cabo de algunos días la falta de alimentos acabó por dejarlo sin sentido, cubierto con una palidez mortal, y dando únicamente señales de vida con débiles palpitaciones del corazón.

En vista de ello, Canales, que tal vez en el fondo se sentía responsable de tan dolorosa tragedia, dio aviso a los guardianes del calabozo para que lo hicieran del conocimiento del general Hernández, quien al llegar y ver a Sarabia agonizante, ordenó que fuese lievado a la enfermería, donde desde luego fue atendido y pronto empezó a recuperarse tanto por el tratamiento de los médicos, el aire más puro y la mejor alimentación, como por los cuidados que le prodigó el correligionario Diéguez, a quien por sus conocimientos de farmacia, casi desde el principio de su encarcelamiento se había comisionado como ayudante en la propia enfermería.

Ya en este lugar, Sarabia no sólo recobró gran parte de sus energías físicas, sino que alcanzó la anhelada tranquilidad de espíritu. A fines del mismo mes de agosto presentó la solicitud para su libertad preparatoria abrigando grandes esperanzas de que le fuese concedida, y ya libre del ambiente de la mazmorra y de los tormentos que en ella había sufrido con Canales, tenía ahora además la satisfacción de ser visitado con frecuencia por muchos de sus compañeros, así como por los infortunados cautivos que habían sido llevados a la fortaleza con motivo de los levantamientos de Viesca y Acayucan, entre los que se encontraban Félix Hernández, Juan Ramírez, Julián Cardona, Manuel Escobedo, Gregorio Bedolla, Patricio Polendo y Nicanor Mejía, y quienes acudían a él con la esperanza de que cuando saliera del Castillo intercediera en su favor, ya para que se les mejorara su situación en el presidio, ya para que se les pusiera en libertad, o ya cuando menos para que se les cambiara a otra cárcel menos inhumana del interior de la República.


Ternuras y Pensamientos.

Era natural que entre las personas que lo visitaban se hallara el teniente Calderón, que en efecto iba a verlo diariamente y en ocasiones lo invitaba a su departamento, donde Sarabia pasaba muy gratos momentos de conversación o jugueteando con un gracioso niño de tres años llamado Rubén, hijo del mismo oficial, o bien entonando con su excelente voz de barítono algunas canciones acompañándose en una guitarra que también la señora de la casa tocaba frecuentemente, y en la cual ejecutaba melodías populares o trozos de música selecta. Esos dulces momentos que hacían fuerte contraste con sus amarguras pasadas, confortaban mucho su espíritu, y las caricias de que siempre era objeto por parte del pequeño Rubén que comenzaba a recorrer la senda misteriosa de la vida, le inspiraron unos hermosos versos pletóricos de nobles enseñanzas y elevados pensamientos dedicados al propio niño, y los cuales, que ya quisieran para sí muchos de nuestros mejores poetas, y que aún conserva como un tesoro inapreciable la misma familia Calderón, son los siguientes:

Dulce niño encantador
Que llevas sobre tu frente
La aureola resplandeciente
De la gracia y el candor;
Hermoso como un amor,
Radiante como una aurora,
Eres la luz que colora,
Eres el ave que canta,
El astro que se levanta,
El arbusto que se enflora.

Amplia es tu frente y hermosa,
Serenos tus ojos bellos;
Son de seda tus cabellos
Y es tu boquita una rosa;
Tu sonrisa luminosa
Disipa toda amargura,
Y embargada de ternura
Descubre en ti la conciencia
Un perfume: tu inocencia.
Y un encanto: tu dulzura.

La voz de los corazones
Te envuelve con sus murmullos
Para ti, blandos arrullos,
Caricias y bendiciones.
Una hada, pródiga en dones,
En ti reunió, complaciente,
Junto a tu gracia sonriente,
Lo que más brilla y fascina:
La luminaria divina
Del cerebro inteligente.

¡Oh si pudiera durar
Siempre la niñez lozana ... !

¡Si no existiera el mañana
Con su rudo batallar ... !

¿Mas cómo inmortalizar
De la rosa la fragancia,
La candorosa ignorancia,
La soberana pureza,
La peregrina belleza
Y el encanto de la infancia?

Es preciso, seguirás
La ley de todos los seres:
Plácida niñez hoy eres;
Aurea juventud serás.
¿Pero acaso perderás
Con tocar la edad radiosa
Que es plenitud vigorosa,
Que es la vida ingente y cálida?
¿Pierde acaso la crisálida
Que se torna en mariposa?

Llegará el supremo instante
En que tu alma estremecida
Se abra al beso de la vida,
Trémula, virgen, radiante!
Perseguirás anhelante
Sueños de amor y de gloria
Y de la humana escoria
No alcanzarán los sarcasmos
A tus nobles entusiasmos
Y a tus himnos de victoria!

En tu mente brillarán
Los ideales majestuosos;
Los impulsos generosos
Tu pecho conmoverán.
Mas también te acecharán
Torvas sirtes ignoradas ...
Hay negras encrucijadas
Entre las sendas floridas;
Hay espinas escondidas
Y flores envenenadas.

Si altivo quieres hacer
Gloria y luz de tu destino
Sigue siempre en tu camino
La rectitud y el deber.
Y sin dejarte vencer
Por cobarde y ruin pasión
Marcha a lo alto con tesón,
Firme, digno, independiente,
Siempre elevada la frente,
Siempre abierto el corazón.

Sea la hiel de tus rigores
Para todas las maldades,
Y el néctar de tus piedades
Para todos los dolores.
De anhelos libertadores
Sé el paladín decidido,
Que siempre grandioso ha sido
Quebrantar indignos yugos
Y azotar a los verdugos
Del débil y el oprimido.

Lo que veas resplandecer
No siempre es limpio tesoro:
Hay lágrimas tras el oro
E. infamias tras el poder.
Apariencia suele ser
Lo que grandeza remeda:
Velo que en el fondo queda
Y encontrarás sin trabajo
La virtud bajo el andrajo
Y el crimen bajo la seda.

Rechaza con noble aliento
Dichas torpes e ilusorias
Y busca las altas glorias
Del honor y del talento.
¡Nada iguala al pensamiento,
Sol de soberbios fulgores!
¡Siempre ante sus resplandores
Vieron rodar los humanos
Dogmas, ídolos, tiranos,
Vicios, infamias y errores!

Desdeñando el parecer
Del ruin vulgo despreciable
Rinde culto a esa adorable
Casta deidad: la mujer.
¡Tierno y delicado ser,
Relicario de ternura,
Angel de paz y dulzura,
Nunca tu labio la ultraje
Que es del humano linaje
La parte más noble y pura!

Ama el bien, la libertad,
La dulzura y la belleza,
La modestia y la pureza,
La justicia y la verdad.
Y piensa que en toda edad,
-Madurez o juventud-,
Ante la amarga inquietud
De la azarosa existencia,
Sólo hay un faro: la ciencia,
Y un refugio: la virtud!

Hoy ... duerme, niño querido,
Ajeno a bienes y males,
De los brazos maternales
En el tibio y blando nido ...
¡Ah! si fuera el perseguido
Taumaturgo omnipotente,
Diérate como presente
Con las venturas más bellas,
Una diadema de estrellas
Para coronar tu frente.


Sarabia se comunica con Villarreal.

Por aquellos días en que gozaba de cierta tranquilidad, ya que nunca lo abandonaba el pensamiento de la soledad y la pobreza en que se hallaba su madre, Sarabia escribió una carta a Villarreal, que como se sabe, se encontraba en Los Angeles publicando Regeneración junto con Rivera y Flores Magón, después de haber salido de la Penitenciaría de Florence, y en cuya carta, felicitándolo por su libertad, enviándole recuerdos para algunas de sus viejas compañeras de lucha y comunicándole que probablemente también para él se abrirían pronto las puertas de la prisión, con fecha 29 de septiembre le decía visiblemente emocionado:

Querido Antonio:

Con toda la efusión que brota de nuestra antigua amistad, nuestro mutuo cariño y nuestra comunión de ideas le envío en estas líneas mi fraternal saludo, después de tantos años que no pudo hacerlo mi mano encadenada. Lo felicito también por su libertad y la vuelta a las labores en que antes bregamos juntos, pues he sabido que están publicando nuevamente Regeneración.

Inútil es que le diga que he gozado con el bien que han obtenido, como sufrí con sus infortunios, los que sinceramente creo que, en parte, superaron a los míos.

Recibí aquella carta que me escribió usted hace bastante tiempo, y no pudiendo contestar directamente, lo hice por varios conductos, recomendándole que continuara escribiéndome de tiempo en tiempo; pero como usted no lo volvió a hacer, esto me hizo suponer, no que le faltara voluntad, sino que le era imposible atender mis recomendaciones. Comprendí que la situación de ustedes podría ser hasta más dura que la mía, y lo sentí como es natural.

Parece que para mí también llegará la hora luminosa de la libertad; lo que espero para fines de octubre o principios de noviembre; pero me desazona la idea de que se presenten serias dificultades para irme con ustedes como es mi más ardiente deseo.

He consultado con Chucho sobre el particular, es decir, si podrán o no extraditarme, en caso de que me vaya al estar en libertad preparatoria. Sé que el New York Herald publicó un artículo, con nuestros retratos, hablando de que el Senado americano concedía garantías a los refugiados políticos y reprobaba las antiguas persecuciones, y esto me alienta para creer que podré ir allá sin peligro; pero como esto lo sé por referencias y no con precisión, tengo que esperar, para saber a qué atenerme, lo que me conteste Chucho.

Sólo graves razones me impedirán irme a Los Angeles. Si me veo obligado a quedar en México me dan la gran fastidiada, no podré estar contento ni trabajar a mi gusto ni publicar lo que tengo pensado, que será por lo pronto, un tomo de versos. Aquí he hecho algunos, y si logro recolectar los menos malos de los antiguos, se podrá formar un volumen. A ver si encuentran ustedes algo de esto que dejé por allá. Dado el tono y el asunto de la mayor parte de esos versos, no podría publicarlos en México sin grave riesgo de perder la preparatoria.

Le encargo salude muy afectuosamente de mi parte a mis buenas amiguitas que tenían la bondad de escribirme, proporcionándome gratas impresiones Eustolia Pérez y Lucía Norman y la Sra. María B. de Talavera. También salude a Manuel y Enrique cariñosamente. Pronto recibirá o tal vez habrá recibido carta de Treviño, excelente compañero que mucho se acordaba de usted. Les dará la clave y manera de escribirme.

No trato ahora de cosas que requieren más extensión. Ya hablaremos largo y tendido, si puedo volver a su grata compañía, o nos escribiremos cuando sea necesario si al quedar libre, tengo que continuar en México. Ahora me concreto a saludarlo cariñosamente y a tenderle de nuevo mi mano de antiguo amigo, mi fraternal abrazo de viejo compañero que es y será siempre el mismo -que ya conoce-.

Su hermano.

Juan Sarabia.
El Capitán Arañas. Do you remember? (6).

Villarreal contestó inmediatamente esta carta, y en respuesta, Sarabia le dice en otra el 16 de octubre:

Querido Antonio:

Me refiero a su grata fecha 10 del corriente. Tuve muchísimo gusto al recibir sus letras, máxime cuando en ellas se comprueba que vio usted una carta del Capitán Arañas. Gozo de perfecta salud, pero continúo en la enfermería porque el doctor ha querido hacerme ese favor y de ella no saldré sino hasta que se resuelva lo relativo a mi preparatoria, sea en pro o en contra.

Yo tenía por enteramente segura una resolución favorable, ya que se han llenado todos los requisitos de la ley y hay el precedente de que han concedido la preparatoria a varios compañeros. Pero en carta de 4 del actual me dice Chucho: Respecto a su libertad preparatoria estoy ocupándome en allanar ciertos entorpecimientos que se han presentado y creo que pronto concluirán.

Ya usted comprenderá que hay pocas ganas de soltarme. No pierdo en absoluto la esperanza. Confío aún en el derecho que me asiste y en la actividad y energía de Chucho para hacerlo respetar.

Por lo que respecta al viaje de mi mamá, ya le escribí, y como dije a ustedes, esperaba saber si al quedar libre podría ir a Los Angeles o tendría que permanecer en México. Chucho me dice que al salir me vaya a México y que luego arreglaremos lo del cambio de residencia. Así es que la duda subsiste. No me resuelvo desde luego a que mi mamá vaya a Los Angeles, aunque lo desearía, por evitar un doble gasto: el viaje de St. Louis a Los Angeles, y de Los Angeles a México, en caso de que yo no pueda irme allá; creo, pues, necesario esperar mi salida, y entonces según me quede o que me vaya, se moverá mi mamá para Los Angeles o para México, y será un solo gasto en este viaje.

Creo que ustedes no estarán en muy floreciente situación económica y tienen que mandarme también a mí para mi salida. Sobre esto le escribí a Manuel, pero acabo de saber con la consiguiente y aplastante sorpresa- que se casó, que no está con ustedes, que es rico y padre de familia.

Le dije que a mi salida necesito dinero para ropa de todo a todo, pues ya sabrán ustedes que aquí anda uno con el uniforme del presidio, y cuando lo ponen en libertad lo dejan en paños menores.

La ropa que me quitaron cuando entré sé que ya no existe, y me veré en la (ilegible en el original) que comprar ropa, comprarla o mejor dicho mandarla comprar -lo cual es más caro-- desde dentro para tenerla lista en el momento de la salida. Un flux, un sombrero, camisa, accesorios, una muda de ropa interior y otras pequeñeces indispensables con más gastos de asistencia y de viaje a México: esto es lo que necesito.

Dispensen la franqueza en pedir, pero se trata de lo indispensable. Si están muy recortados mándenme lo que puedan, para el viaje de mi mamá, pues al fin ya libre, creo poder ganar algo trabajando y le mandaré a ella.

"¿Usted no se ha casado? ¿No le quitaron los bigotes en la penitenciaría? Me hubiera gustado verlo. ¿No ha disminuido Ricardo de volumen? ¿No ha perdido Ricardo su impavidez fakiriana? ¿Ha dejado Enrique de hiperbolizar? Un cariñoso abrazo a cada uno, les manda su amigo y compañero.

Juan Sarabia.

Les recomiendo mucho a B. Treviño como excelente compañero. Dice que les ha escrito y no ha recibido respuesta.


Le niegan la preparatoria.

Poco después de haber escrito esta carta, Sarabia recibió una comunicación del licenciado Flores Magón en que le daba la mala noticia de que se le había negado su libertad preparatoria, y con el espíritu contristado ante esta determinación de los tribunales de la dictadura que lo condenaba a seguir sufriendo los rigores de la prisión, con fecha 26 del mismo octubre escribió otra carta a Villarreal, en la que con gran resignación le decíá que ya no' necesitaba ningún dinero para ropa, que optaba resueltamente que su mamá fuera a reunirse con él y demás compañeros en Los Angeles, que no olvidaran sus recomendaciones acerca del estimable correligionario Treviño, que ayudaran en todo lo posible a la familia de Canales que se encontraba en mala situación económica, que tal vez muy a su pesar ya no podría seguir escribiéndole, y en fin, aparte de otras cosas, que los prisioneros de Viesca y Acayucan que habían tenido la esperanza de que él intercediera en su favor al salir de Ulúa, habían sentido mucho que no se le hubiera concedido su mencionada libertad.

Dicha carta, que probablemente es la última que pudo enviar a Villarreal por la estrecha vigilancia que en seguida volvió a ejercerse sobre él, y que es uno de tantos documentos que revelan la grandeza de su alma libre de miserias y rencores y su admirable abnegación para sobrellevar el infortunio, es la siguiente:

Querido Antonio:

Antier recibí carta de Chucho en que me comunica que me negaron la preparatoria, y que pidió amparo, aunque no me garantiza el buen éxito de él, dado que en mi caso median circunstancias ajenas del todo al procedimiento legal. Total: que no quieren soltarme.

Ya esperaba yo este final desde que Chucho me dijo que se habían presentado entorpecimientos, pero no les daba carácter de certeza porque habiéndose concedido sin dificultad la preparatoria a cuantos la han solicitado antes que yo, resultaba demasiado notable que a mi caso se le exhibiera como una verdadera excepción. Así ha sido, sin embargo, y ahora no hay más remedio que apechugar las consecuencias del miedo con que nos honra la dictadura.

Vuelvo a recomendarles que atiendan a Treviño. En mi anterior me acordé a última hora de hablarles de este excelente compañero, y por eso sólo puse unas cuantas palabras. Me extraña mucho que no le hayan contestado. sus cartas. Me inclino a suponer que alguna circunstancia especial les habrá impedido hacerlo. Si es que están publicando Regeneración desea que se lo manden, dirigido a Francisco Treviño, Carnicería La Brisa -Matamoros, cruz con Juárez- Monterrey. Debe haberles dado Treviño una clave para que me escriban, cuando sea preciso. Para todo informe respecto a este lugar, a mí y a los compañeros, pueden confiar en Treviño. El nos conoce a todos. Creo que ya le dije que salió hace poco con preparatoria Lázaro Puente, buen amigo, publicaba un periódico en Douglas.

Todavía estoy en la enfermería; pero ahora sí es probable que pronto se me acabarán las delicias del aire, luz, comunicación, etc., de que he estado gozando, para volver a la sombra y soledad del calabozo. Esta es la parte seria de la cuestión.

Hace tres o cuatro días salieron en completa libertad dos de los muchachos que estaban por el asunto de Casas Grandes: Enrique y Miguel Portillo. Gestionaron el perdón con Creel y Corral.

Como ha concluido mi duda sobre mi destino ya no tengo porqué vacilar con respecto al viaje de mi mamá. Opto, pues, decididamente porque se vaya a Los Angeles desde luego, siempre, por supuesto, que tal sea su gusto y no haya inconveniente alguno en la actualidad para su viaje. A ella le dije que le recomiendo irse a Los Angeles. No es ya necesario que me manden el dinero que había pedido, y que sólo me precisaba para el caso de mi salida.

No me dice Chucho lo que se haya resuelto respecto a la preparatoria de Canales, que también estaba pendiente, pero quizás se la hayan negado o se la nieguen como a mí. En este caso, les recomiendo que siempre que les sea posible, presten alguna ayuda pecuniaria a la familia de Canales, pues indudablemente la necesita. Quedó en circunstancias difíciles desde que él falta. Trabaja el papá y una de las muchachas, pero con sueldos muy pequeños.

He visto a Canales a veces preocupado con la situación de su familia, pues creo que se imponen serios sacrificios para poder enviarle a él lo que creen que necesita.

No sé si me será posible seguir escribiéndoles, aunque lo procuraré. Treviño les dirá por qué. Era mi propósito procurar hacer cuanto fuera posible por los demás que aquí padecen: los presos políticos de Acayucan, los de Viesca y los de Casas Grandes. Vean ustedes si en cualquier forma es posible hacer algo por ellos. También los de Cananea, Diéguez y Calderón, y de otro grupo que trajeron de Sonora, sólo quedó Javier Guitimea. Este cumple preparatoria a principios del próximo año; pero no tiene fiador, me había encargado gestionar su pase en una cárcel de Coahuila con lo que mejoraría bastante por estar cerca de sus familias y ser menos duro el régimen. Todos estos pobres han sentido bastante que me negaran la libertad, pues con esa candidez propia de la gente humilde y abandonada, confiaban grandemente en mis gestiones, por más que yo les advertí que haría lo posible, sin asegurarles un buen éxito, para que no se forjaran locas ilusiones.

¡Ojalá que a ustedes no los vayan a perseguir nuevamente!

Espero que no. Por lo que hasta mí ha llegado, parece que el gobierno americano se verá precisado a respetar a los refugiados políticos, cesando en su vergonzoso papel de instrumento de la dictadura.

Con esto me conformo; ustedes me suplirán en la lucha. Les deseo felicidades. Un fraternal abrazo para todos.

Su hermano,
Juan Sarabia.


La vuelta al calabozo.

Al negársele a Sarabia la libertad preparatoria, a principios de noviembre volvió a encerrársele en El Purgatorio, donde tuvo que sufrir todavía otros siete meses de aislamiento junto con Canales, a quien tampoco se le había concedido tal derecho, y que a pesar de esto había mejorado un tanto en su manera de ser, cambiando casi por completo sus arrebatos agresivos, pero conservando su actitud sombría, reservada y taciturna, ya que a él también le agobiaba el pensamiento de las necesidades que estaría padeciendo su familia.

Muy pronto comenzó Sarabia a sentir de nuevo los efectos del calabozo, ya que aquella salud perfecta de que según él disfrutaba en la enfermería en realidad era ficticia, ya que los males que entonces lo afectaban eran tan hondos que para su completa recuperación se habría necesitado, no de las relativas atenciones de dos meses, sino de un eficaz y prolongado tratamiento que hubiese en verdad fortificado todo su organismo tan minado durante los cuatro años que había permanecido confinado en los más infectos cubiles del presidio.

Así pues, al cabo de corto tiempo empezó a padecer las mismas enfermedades que en otro tiempo lo habían aquejado, males todos éstos que a pesar de que no poco lo hacían sufrir soportaba serena y silenciosamente, confortado con las cartas que de vez en cuando recibía de sus compañeros, donde le enviaban noticias de su madre ya radicada en Los Angeles, y con la esperanza de que tal vez muy pronto terminaría su cautiverio en vista de los rumores que hasta su encierro le llegaban de la inquietud reinante entre el pueblo de México por sacudirse el yugo de la dictadura.


Un libro de versos de Sarabia.

Mientras el atormentado luchador sufría los rigores del despotismo en El Purgatorio, su primo Manuel, que desde mediados de 1909 se había casado con una acaudalada señorita de la mejor sociedad de Boston que mucho había ayudado con su inteligencia y su dinero a la causa revolucionaria de México, y que junto con ella se encontraba en Europa dedicado a escribir artículos en pro de la misma causa en periódicos ingleses, belgas, españoles y franceses, concibió la idea de publicar en un volumen todos los versos de combate que de Juan había logrado reunir hasta entonces, inspirado en el propósito de que con el producto de su venta se aliviara tanto la situación del mismo Juan como la de su afligida y abnegada madre.

En la impresión de este libro colaboraron generosamente unos escritores socialistas franceses que, en un hermoso rasgo de confraternidad internacional, pusieron a la disposición de Manuel su imprenta comunista de La Esperanza de la ciudad de París, donde casi sin costo alguno se imprimieron los tres mil ejemplares de que constó su edición.

Una pequeña parte de estos ejemplares quedaron para su venta a bajo precio en varias librerías de las capitales de Francia y de Inglaterra, donde pronto fueron adquiridos por los revolucionarios europeos que se interesaban por las cuestiones sociales de México, y el resto fue remitido al correligionario Salvador Medrano, muy amigo de los miembros de la Junta y activo propagandista de los principios liberales que radicaba en Oxnard, California, para que se encargara de su distribución y venta entre los luchadores de México y Estados Unidos.

Pero a pesar de la buena acogida que el libro tuvo entre los periodistas y escritores revolucionarios de Europa, los resultados pecuniarios de esta empresa no tuvieron el éxito que se esperaba, pues habiendo enviado el mismo Medrano a México casi la totalidad de los ejemplares recibidos creyendo que aquí serían vendidos con mayor rapidez, la dictadura, que no cejaba en sus persecuciones, los mandó recoger desde luego, por lo que tanto Juan como su desventurada madre únicamente recibieron una pequeñísima ayuda que de bien poco les sirvió para remediar sus grandes necesidades.


Resumen de otros acontecimientos.

Aquí creo necesario dedicar algunas palabras para decir en síntesis cuál había sido la suerte de algunos de los otros luchadores encarcelados en la fortaleza, así como para referirme también muy brevemente a los acontecimientos revolucionarios más importantes que habían tenido lugar en México desde la llegada de Juan Sarabia y compañeros a la misma prisión, hasta el momento en que el movimiento insurreccional preparado por los precursores y continuado por el maderismo hizo caer la dictadura porfirista.

Por lo que se refiere a los prisioneros, diré que independientemente de los que fallecieron en la enfermería o en los calabozos poco después de su encarcelamiento, los primeros que obtuvieron su libertad tras de cumplir uno y dos años de prisión, fueron José Porras Alarcón, Nemesio Tejeda, el licenciado Antonio Balboa, Guadalupe Lugo Espejo, Heliodoro Olea, Francisco Márquez, Prisciliano Gaitán, Guadalupe Hugalde, José Neyra, Natalio Trujillo, Simón Yépez, Rafael Genesta, Primo Rivera, Hilarío Gutiérrez, Faustino Sánchez, Gaspar Allende, Plutarco Gallegos, Miguel Maraver Aguilar, los estudiantes Eugenio Méndez y Adolfo Castellanos y los periodistas Elfego Lugo y Alfonso Barrera Peniche; y que posteriormente, al cabo de más de tres años de reclusión, salieron libres Eduardo González, José Rodríguez Clara, Rafael Valle, Lorenzo Hurtado, Fidencio Salcido, el Profesor Epifanio Vieyra, Alejandro Bravo, Cipriano Medina, Luis García, Ramón Riveroll, Diego Cándano, Ramón Pitalúa, Carlos y Luciano Rosaldo, Román Marín, Enrique Novoa, Cecilio Morozini, Jenaro Sulvarán, Gabriel Rubio, Carlos Humbert, Jenaro Villarreal y otros más, así como que entre los muchos luchadores que sucumbieron en el presidio se encontraban Cristóbal Serrano, Nicanor Mejía y más de ciento cincuenta de los rebeldes de Acayucan, y que el licenciado yucateco Eladio Rosado y Tomás Lizárraga Díaz, periodista de Chihuahua, perdieron la razón a causa de los tormentos a que los sujetaron sus verdugos.

Y por lo que respecta a los acontecimientos revolucionarios, es bien sabido que después de haber sido sofocada entre torrentes de sangre la huelga de los obreros de Río Blanco, Nogales y Santa Rosa. en Veracruz por las tropas de Joaquín Mass y Rosalino Martínez, estallaron en junio de 1908 los levantamientos de Viesca y de Las Vacas en el Estado de Coahuila, jefaturados respectivamente por Benito Ibarra y Jesús Rangel y Encarnación Díaz Guerra, y en julio del mismo año el de Palomas en Chihuahua, organizado por Enrique Flores Magón y el gran libertario Práxedis G. Guerrero, y en el cual perdió la vida el joven y talentoso luchador Francisco Manrique; que más tarde, el 26 de mayo de 1910, tuvo lugar en San Bernardino Conda, Tlaxcala, otra acción armada en la que unos trescientos hombres al mando de Juan Cuamatzi, Antonio Hidalgo y Marcos Hernández Xocolotzi tomaron dicha plaza, y que en Valladolid, Yucatán, el 4 de junio siguiente se verificó otro levantamiento por el cual fueron fusilados Maximiliano Ramírez Bonilla, Atilano Albertos y José Expectación Kankum, jefes del mismo, y hechos prisioneros más de un centenar de rebeldes que fueron a aumentar el número de los cautivos en San Juan de Ulúa; y en fin, que el 13 del propio junio, en Cabrera de Inzunza, Sinaloa, hubo otro establecimiento de rebeldía por el que fue sacrificado Gabriel Leiva, que es considerado oficial, pero en justicia indebidamente, como el Protomártir de la Revolución, ya que antes de él otros muchos combatientes habían derramado su sangre hasta sucumbir en aras del movimiento libertador.

Entretanto, don Francisco I. Madero, que gozaba de alguna popularidad en los Estados del Norte por sus ideas liberales moderadas, su altruismo y actividades comerciales, y que de tiempo atrás venía anhelando llegar a la Primera Magistratura del País, al avecinarse las elecciones federales de 1910 había entrado a la lucha política aceptando la candidatura que sus amigos y partidarios le habían ofrecido para la Presidencia en contra de la postulación oficial del general Díaz, haciendo con tal motivo algunas giras de propaganda por casi toda la República, durante las cuales sufrió varios atentados y al fin encarcelado primero en Monterrey y luego en San Luis Potosí, de donde el 5 de octubre se fugó a San Antonio, Texas, para publicar desde esta ciudad su conocido plan revolucionario que circuló por todo México, y en el cual invitaba al pueblo a levantarse en armas contra el gobierno el 20 de noviembre, en vista de que al verificarse las elecciones presidenciales el 10 de julio, don Porfirio había violado nuevamente el voto popular para imponerse por octava vez en el Poder.

El movimiento maderista estalló dos días antes de la fecha señalada en la ciudad de Puebla, donde sucumbieron peleando heroicamente contra la policía y las fuerzas federales, Aquiles y Máximo Serdán, el potosino Fausto Nieto, el niño Rosendo Contreras y otros dignos ciudadanos, e inmediatamente después se extendió la revolución por toda la República alcanzando victorias ininterrumpidas hasta que el régimen dictatorial se vio obligado a celebrar unos convenios en Ciudad Juárez el 21 de mayo de 1911, por medio de los cuales renunciaba a su cargo el viejo Caudillo Tuxtepecano y se nombraba Presidente Provisional de la República al Ministro de Relaciones don Francisco León de la Barra.


Juan Sarabia es amparado.

En vista de que el poder de la dictadura se desmoronaba ante el empuje de las fuerzas revolucionarias, en la Cámara de Diputados los representantes del pueblo, que hasta entonces habían permanecido indiferentes ante la situación de los presos políticos aherrojados por el despotismo en todas las cárceles del país, comenzaron a preocuparse por su suerte, y algunos de esos representantes, como Manuel Calero, Alberto García Granados y Benito Juárez Maza, hijo del Benemérito, presentaron a la consideración de sus colegas un proyecto de amnistía para los mismos prisioneros, y el cual, según lo dijo el Diario del Hogar el 19 de mayo de 1911, había pasado a la comisión respectiva para que emitiera su opinión y luego se discutiera en el seno de la propia Cámara.

Apoyado dicho proyecto por un brillantísimo discurso del diputado Calero, fue aprobado desde luego por la Cámara, y en virtud de lo cual, obtuvieron su libertad muchos de los presos políticos de San Juan de Ulúa, entre ellos César Canales, y quienes salieron en grupitos, en la mayor miseria, debiles y enfermos, sin que nadie los fuera a recibir, pero llevando en el alma la inmensa felicidad de haber dejado aquel presidio infernal donde tantas infamias, vejaciones y torturas habían sufrido y de disfrutar al fin los inapreciables goces de la libertad de que por tanto tiempo los había privado el temor y la crueldad del ya muy caduco despotismo.

Aprovechando esos momentos propicios, el licenciado Flores Magón presentó un nuevo amparo ante la Suprema Corte de Justicia en favor de Juan Sarabia, que junto con otros cuantos de los presos principales no habían alcanzado el mencionado beneficio, y cuyo amparo los Magistrados de dicho Tribunal, ahora que ya no tenían por qué temer al Dictador cuyo poder agonizaba, concedieron desde luego decretando la libertad del joven luchador, y haciéndolo saber así para su conocimiento a las autoridades del presidio.

Acerca de este asunto, el mismo Diario del Hogar publicó la siguiente nota en su número del 21 de mayo, fecha en que se habían firmado los tratados de Ciudad Juárez:

Del movimiento revolucionario que se inició en 1906, y que fue por decirlo así, la cuna del actual, aún quedan algunos presos en la Fortaleza de San Juan de Ulúa, entre ellos el señor don Juan Sarabia, quien fue vicepresidente de la Junta Revolucionaria de St. Louis, Missouri.

Ayer en la mañana la Corte Suprema de Justicia de la Nación amparó al señor Sarabia, y anoche deben haber salido las órdenes respectivas para que fuera puesto en libertad.

Nos alegra dar esta noticia por tratarse de un antiguo liberal de alto prestigio, y porque nos proporciona la oportunidad de hacer constar que, en particular, los señores magistrados don Alonso Rodríguez Miramón y don Emilio Bullergoyre, secundados por los señores don Ricardo Rodríguez, don Emilio Alvarez (7), don Francisco Belmar y don Félix Romero, tuvieron una participación muy activa en la concesión del amparo.

También nos ofrece esa resolución, la oportunidad de felicitar sinceramente al Sr. Lic. don Jesús Flores Magón, quien, desde hace mucho tiempo, ha sido el defensor obligado y único de todos los presos políticos por rebelión que ha habido en México. El ha sido el único, entre los abogados de esta Capital, que ha tomado a su cargo esas defensas con notable valor civil, pues en la plenitud de la Dictadura todos los abogados huían aterrorizados de esta clase de defensas.


La muerte de César Canales.

Previendo ya el derrumbe de la dictadura, algunos días antes de celebrarse los tratados de Ciudad Juárez, el general Hernández había ordenado que ninguno de los presos políticos continuara incomunicado, ya que tal precaución salía sobrando, así como que se les tratara con ciertas consideraciones y se les permitiera transitar por los patios y demás lugares del Castillo sin sufrir tan exagerada vigilancia.

En virtud de esta disposición, tanto Sarabia como Canales fueron sacados del calabozo, y al notificársele a este último que ya podía salir de la prisión, experimentó, como era natural, una inmensa alegría que lo hizo abandonar su actitud reservada y volverse comunicativo con Sarabia, a quien llegado el momento de partir intentó dar la mano en despedida; pero éste, olvidando en ese trance conmovedor todos los tormentos que lo había hecho sufrir y sintiendo renacer en su alma todo el afecto que le había tenido, lo estrechó fuertemente entre sus brazos con gran cariño y emoción, deseándole todo género de bienes y felicitándolo sinceramente por haber alcanzado al fin su anhelada libertad.

Pero la fatalidad perseguía a Canales. Al salir de la fortaleza marchó a reunirse con su familia enterándose con gran dolor que su padre había fallecido desde hacía tiempo, y poco más tarde volvió a la lucha sólo para sucumbir después de poco menos de un año de haber salido del presidio, ya que murió como había vivido peleando como los valientes en un combate que tuvo lugar el 15 de mayo de 1912, en la población de Pedriceña del Estado de Durango.


Juan Sarabia en libertad.

Al interponer el nuevo amparo ante la Corte, el licenciado Flores Magón se lo comunicó a Sarabia manifestándole que tenía por seguro que fuese concedido, tomando en cuenta que, por los triunfos de la Revolución, en los tribunales había menos hostilidad contra los presos políticos, y que por lo tanto, era conveniente que se fuera preparando para el caso muy probable de obtener su libertad. En contestación, Sarabia tuvo que decirle a su vez que en previsión de que el amparo tuviese resultado satisfactorio, le hacía saber su viejo conflicto de la falta de ropa para saljr de la prisión, por lo que el Licenciado, que sentía por él un alto aprecio y que siempre lo había ayudado con verdaderó gusto, como se ayuda a un amigo y compañero predilecto sobre quien gravita el peso del infortunio y la injusticia, le envió desde luego lo necesario para que resolviera su problema.

Así pues, tan pronto como llegaron al Castillo las órdenes de su libertad, Sarabia se proveyó de dicha ropa, y después de que se le entregó el salvoconducto respectivo que con fecha 20 de mayo había sido enviado a Ulúa desde la ciudad de México, y de que se hubieron llenado algunos otros requisitos que indebida y arbitrariamente exigió el fatídico soldadón Mass y que tardaron varios días en su tramitación, el 26 del propio mes las puertas del presidio, por las que cerca de un lustro antes había entrado lleno de pesadumbre para sufrir el más espantoso de los cautiverios, se abrieron para dejarlo en libertad.

Y aquí hay que decir que por una extraña coincidencia o por una ironía justiciera del destino, precisamente cuando esas puertas se abrían para dejar en libertad a Sarabia, el viejo dictador Porfirio Díaz llegaba a Veracruz en camino del destierro y de la muerte; o sea que mientras el irreductible luchador volvía a la libertad, al seno de la patria y de los suyos, a las inquietudes y satisfacciones nobles de la vida de que el mismo Dictador lo había inicuamente despojado, éste era arrojado al ostracismo, a la sombra y al olvido por el movimiento de liberación y de justicia en que el propio luchador había tomado destacada participación.


Consideraciones finales.

Después de haber sacrificado en las más horrendas mazmorras de la Tumba del Golfo, cerca de cinco de los mejores años de su juventud por su amor al pueblo y a la patria, Juan Sarabia había salido del presidio casi ciego, con huellas del látigo en las espaldas, con el alma herida y el corazón enfermo, encorvado y envejecido cuando apenas cumplía veintinueve años de edad; pero para honra de la humanidad hemos visto que a pesar de los tremendos infortunios que sufrió, jamás se doblegó su espíritu ni tuvo la menor claudicación, ni imploró clemencia ni perdón, sino que desde la cumbre gloriosa de su soledad y su desgracia desafió altivamente la insolencia y la crueldad de los tiranos, flagelándolos en vibrantes cláusulas de acusación y de combate; así como que nunca, en medio de sus tormentos inauditos, tuvo un solo instante de debilidad para exhibir al público, sus amarguras como lo hicieron otros luchadores que, encontrándose indudablemente en condiciones mucho menos angustiosas que las suyas, no dejaban de lanzar lamentos plañideros para inspirar la conmiseración entre amigos y parientes, o para conmover hasta la lástima el corazón impresionable de las multitudes.

Por esta admirable y ejemplar abnegación, que lo coloca en elevado sitio entre los seres más purificados y selectos, se ha dicho que los pensadores espiritualistas Kempis y Epicteto, lo hubieran tomado como uno de sus mejores intérpretes, y el ilustre escritor don Pedro de Alba ha expresado que todos los que no supimos de sus luchas ni de sus amarguras nos conturbamos al acercarnos a su figura luminosa, y que cuando lo hacemos, nos sentimos profundamente humildes y mediocres, como si no tuviéramos derecho a alegar ningún merecimiento ni a reclamar ningún beneficio, puesto que él todo lo dio y todo lo sacrificó por la libertad y el bienestar de sus semejantes sin reclamar nada para sí mismo.

Es indudable que con los inmensos infortunios que sufrió Juan Sarabia en esa época aciaga de su vida, alcanzó la perfección espiritual y la verdadera santidad que sólo se conquistan por medio del martirio, ya que al obtener su libertad salió del presidio sin abrigar rencores ni despechos, y en lugar de pensar en la venganza y el desquite, sólo habló de perdón, de amor, de comprensión y fraternidad a sus hermanos los mexicanos para que construyeran con su esfuerzo y buena voluntad, una patria mejor y más feliz para sus hijos, sobre los escombros y las ruinas del pasado.


Notas

(1) Se refiere al licenciado Jesús Flores Magón.

(2) Estos muchachos eran Ricardo Flores Magón, Antonio I. Villarreal y Librado Rivera, que después de haber salido de la Penitenciaría de Florence, Arizona, marcharon a Los Angeles, donde el de Estados Unidos organizó una gran manifestación en su honor, en que se atacó rudamente a la dictadura y se recolectaron fondos para publicar de nuevo Regeneración, que reapareció en la misma ciudad el 3 de septiembre de 1910.

(3) Treviño estaba en La Gloria, calabozo contiguo a El Purgatorio, y se comunicaba con Sarabia, como también Canales lo había hecho cuando estuvo ahí, por medio de signos telegráficos golpeados en el muro que los separaba, y que tenía más de dos metros de espesor.

(4) Tomás Sarabia, que como se sabe era hermano de Manuel, también luchaba con su pluma contra la dictadura en los Estados Unidos. Era un inspirado poeta revolucionario, que por sus ideas libertarias fue encarcelado en la Penitenciaría de Leavenworth, Kansas, donde murió en 1914.

(5) Este documento, cuyo original se conserva en el archivo del extinto general Antonio I. Villarreal, fue reproducido en La Prensa de San Antonio, Texas, el 23 de septiembre de 1934.

(6) Tanto el original de esta carta, como el de las dos siguientes, también figuran en el archivo de Villarreal, e igualmente fueron reproducidas en La Prensa de San Antonio, pero no el 23 sino el 30 del mismo mes. El Capitán Arañas era un sobrenombre que afectuosamente le habían aplicado a Juan Sarabia, así como a Villarreal le decían El Moro, a Ricardo El Fakir, etc.

(7) Este magistrado Emilio Alvarez era el mismo Procuradór de Justicia del Distrito Federal, que arbitrariamente había encarcelado en Belén en 1903, a Juan Sarabia y demás redactores de El Hijo del Ahuizote.

Índice de Juan Sarabia, apostol y martir de la Revolución Mexicana de Eugenio Martinez NuñezCAPÍTULO VIII - Primera parteBiblioteca Virtual Antorcha