Índice de El Proletariado Militante (Memorias de un internacionalista) de Anselmo de LorenzoAnteriorSiguienteBiblioteca Virtual Antorcha

CAPÍTULO QUINTO

INCIDENTES DESAGRADABLES

La semilla de la verdad depositada en terreno virgen había de fructificar; su fuerza germinativa era tanta que, a pesar de todo género de dificultades, brotó en las condiciones previstas y deseadas por el sembrador.

Al abandonarnos Fanelli, el núcleo fundador de La Internacional quedó reducido a sus naturales proporciones. Había en él antiguos republicanos que acudieron a oir la palabra del apóstol creyendo que se trataba únicamente de dar un carácter ultra radical al republicanismo, y aunque deslumbrados por la majestad de la justicia cuando se sentían subyugados por la presencia del grande hombre, en cuanto desapareció éste y se desvaneció el efecto sugestivo volvieron a su primitivo estado.

Entre ellos había algunos iniciados en el carbonarismo andaluz, que a todo trance querían fundar una organización autoritaria y secreta con objeto de imponer carácter revolucionario socialista a la futura república, que juzgaban muy próxima.

Contra los propósitos de esa fracción estaban los jóvenes, entre los cuales los había que por primera vez se mezclaban en la cosa pública, y, libres de todo género de preocupaciones sectarias, tenían ingenua candidez a la par que claro y lógico sentido común; en éstos persistía el entusiasmo de los primeros y los absurdos de sus contradictores les servían para dar aplicación racional y práctica a las enseñanzas del maestro.

Un caso explicará bien tal situación: encontrábase el núcleo sin saber qué hacer; tenía conciencia, si no en totalidad, a lo menos en parte, de la grandeza de la misión que se le había confiado, y carecía de iniciativa y de medios para darse a conocer, falto de todo prestigio para inspirar confianza, y por otra parte había en Madrid carencia absoluta de asociaciones obreras a que dirigirse. Un anuncio publicado en El Imparcial solicitando direcciones y reglamentos de sociedades obreras, dió el exiguo resultado de remitírsenos dos o tres reglamentos de sociedades cooperativas, sin importancia, en localidades pequeñas, que no ofrecían materia de trabajo.

Sobrevino, como consecuencia una especie de marasmo en el que, a pesar de reunirse el núcleo periódicamente con regular asistencia, no se sabía qué hacer; discutiase algo sobre ideas, pero los resultados eran casi nulos, porque apenas servían para otra cosa más que para parafrasear lo que la prensa y los clubs echaban a volar sobre materias políticas o filosóficas.

En tal estado llegó a presentarse la proposición de afiliarnos todos al carbonarismo: los que a él pertenecían hicieron la apología de aquella asociación y encarecieron como mejor supieron sus ventajas; pero fue combatida y desechada por la sencilla consideración de que lo que se nos proponía no tenía relación alguna con la misión que habíamos aceptado.

- Se trata, dijo uno de los del elemento joven, de unir a los trabajadores en un pensamiento común y en una acción internacional para conseguir su emancipación, revolucionando la sociedad, pasando por encima de todos los sistemas de gobierno, ya que todos, repúblicas y monarquías, son la base que sustenta al privilegio, y por tanto causantes de todos los males que pesan sobre el trabajador. Por el medio que se nos propone todo quedará del mismo modo, como ha venido sucediendo durante la serie de años que cuenta de existencia el carbonarismo, de tal manera que nadie podrá negar que la tiranía y la miseria han vivido holgadamente, siendo la unión de todos los oprimidos un imposible que por revestir todos los caracteres de tal ni siquiera se pensaba en ella. Si la proposición se aceptase y la cumpliésemos, constituiríamos una agrupación más dentro de una institución existente; eso, a lo sumo, si no quedábamos reducidos a ser unos cuantos reclutas destinado a rellenar los huecos que la muerte o el cansancio vayan haciendo en ella.

Este criterio, que fue el predominante, dividió el núcleo de una manera marcadísima; quedaron a un lado los verdaderos iniciadores y organizadores de La Internacional española, y al otro los que no pudieron salirse de la rutina política, porque la proposición fue presentada como medio para explorar las voluntades, pero la consecuencia fue la separación de los políticos, aunque sin declarar el propósito de separarse.

Entre ellos había quienes tenían cargos que reclamaban la asistencia constante a las reuniones, y su falta causó entorpecimiento en el funcionamiento de la agrupación. Sin duda que esta conducta fue inspirada en el propósito de producir cansancio y por último el abandono total, y de que tal intención existía lo prueban hechos posteriores que consignaré; pero se equivocaron por completo, porque el entusiasta impulso de los jóvenes del núcleo era tan fuerte que tenía potencia para vencer crisis más graves.

Claro está, republicanos y carbonarios fueron eliminados de la mejor manera posible; un subterfugio facilitó el recurso: acordándose un día señalar un plazo a los que habían sido designados para ejercer cargos para que se presentasen, avisándoles al mismo tiempo que si pasado aquél no se presentaran serían destituídos y reemplazados. No se presentaron en el día señalado y el acuerdo se cumplió en todas sus partes.

Libres de aquella pesadilla nos sentimos a nuestras anchas, y, a partir de aquel momento, la propaganda individual se extendió considerablemente; pero no contábamos con la huéspeda: cierto día celebrábamos asamblea general en el local de la calle de Valencia. La reunión era numerosa por efecto del proselitismo últimamente efectuado; estábamos en lo más interesante de nuestros trabajos cuando se nos presentaron los abstenidos y excluidos en grupo compacto y actitud amenazadora, uno de ellos de la familia de los Quintines (1), hombre casi atlético, de aspecto matón y en estado un tanto alcoholizado, se dirige, sin preámbulos a la mesa, echa mano al respaldo de la primera silla que encuentra instalada a su alrededor, da un fuerte tirón y el que en ella estaba sentado da un salto y cae rodando por el suelo.

Ante agresión tan brutal se armó un escándalo espantoso: crispáronse los puños, blandiéronse los bastones y salieron a relucir algunas navajas. El conflicto estaba iniciado, sus consecuencias podían ser gravísimas; pero los recursos persuasivos de los prudentes, empeñados en contener a los más furiosos, fueron suficientes para evitar el conflicto que se presentaba amenazador.

Hubo después la dispersión consiguiente, y aun abandono por parte de los débiles de carácter y de convicción; pero los fieles que desde un principio hicieron objeto de su vida la misión impuesta, aunque libremente aceptada, por el insigne Fanelli, delegado de la Alianza de la Democracia Socialista, esos continuaron con heroica constancia, después de exigir una satisfacción a los que de modo tan torpe nos habían insultado, para lo cual bastó que algunos de los nuestros tuviesen una entrevista con los principales perturbadores, en que les hicieron confesar lo inconveniente de su proceder, y les persuadieron que siendo muy diferentes los propósitos de cada fracción, lo mejor para todos y lo más conforme con los sanos principios liberales es que cada cual siguiera el camino que juzgara más conveniente, quedando todos en absoluta libertad.

Por este lado quedamos tranquilos, a lo menos por entonces. Los republicanos sinceros, los que siendo trabajadores no veían en la futura República un medio de satisfacer ambiciones mezquinas y personales, los que por desconocimiento de lo que sucede en las naciones republicanas confiaban en ver satisfechos y garantidos los derechos humanos bajo los auspicios de la República, no nos hubieran molestado más y probablemente al fin hubieran fraternizado con nosotros a no haber mediado la inteligencia de sus jefes, como veremos a su debido tiempo.

Pronto surgió una nueva causa de perturbación; algunos de los antiguos compañeros del Orfeón, que también ayudaron al núcleo en sus primeros trabajos, se iniciaron en la Masonería, a la sazón de moda en Madrid por efecto del prestigio que alcanzó con las manifestaciones masónicas públicamente verificadas con motivo del entierro de Escalante, militar muy popular, jefe por aclamación de las fuerzas ciudadanas y autor de la idea de armar al pueblo franqueando la entrada al parque de artillería, y luego con el del ex-infante D. Enrique, muerto en desafío por Montpensier.

A propósito del ex-infante D. Enrique, en Garibaldi, Historia liberal del Siglo XIX, capítulo ¡Cosas de España! se cita el siguiente dato:

D. Enrique afectaba profesar las ideas más radicales, en comprobación de lo cual podemos afirmar que llegó a solicitar la entrada en la Sección Varia de la Federación Madrileña de la Asociación Internacional de los Trabajadores.

Mis recuerdos confirman ese dato.

Pertenecía a la Sección de Tipógrafos de la Federación Madrileña un joven llamado Luján, en cuya casa había estado oculto D. Enrique en tiempos de proscripción. Con tal motivo el joven obrero visitaba la casa del ex-infante, y habiéndole enseñado el primer manifiesto de los internacionales de Madrid, que se menciona más adelante, pidió que le presentase alguno de los promovedores de aquel manifiesto, y Luján les presentó a Morago y Mora, celebrando una interesante conferencia en que el ex-infante ensalzó hasta lo sumo el pensamiento dominante en La Internacional, y manifestó el deseo de cooperar a él directamente, a lo que los jóvenes internacionales opusieron prudentes reparos que le persuadieron y dejaron satisfecho.

De dos maneras llegó a nosotros la tentación masónica: a unos excitando la ambición tratando de persuadirles que el masón encuentra protección en todas partes, y que basta darse a conocer por el signo secreto en donde quiera que se halle para que la protección venga de modo misterioso como por la invocación a la varita de virtudes de los cuentos de hadas y a otros se les hablaba de la antigüedad de la institución, de la circunstancia de haber acogido en su seno a todos los grandes hombres que con sus virtudes, con su saber, con sus descubrimientos o con su martirio han honrado la humanidad y han ido elaborando lentamente ese progreso que únicamente se halla al fin de los trabajos masónicos, a pesar de cuantos obstáculos intenten el obscurantismo y la tiranía.

No dejó de costamos algún trabajo desvanecer aquella fraseología: necesario fue recurrir al sentido común para demostrar que el celo de los aprendices masones, con su intemperancia de neófitos, más perjudicaba que beneficiaba la causa que defendían: Si, como dice Ragon en su Historia de la Masonería, esta institución es tan antigua como el mundo, hasta el punto de afirmar que la primera logia fue el paraíso terrenal y su primer venerable fue el h. Adán, esa misma antigüedad demuestra su ineficacia, porque la tiranía y la explotación tienen seguramente la misma fecha y aun viven frescas y lozanas.

A mí particularmente se me acercaron dos amigos a quienes estimaba mucho, haciéndome proposiciones que rechacé enérgicamente, demostrándoles de paso que su conducta era censurable y tenía carácter de traición si se comparaba con los compromisos anteriormente contraídos con el núcleo organizador de La Internacional.

Muchos años después, y permítaseme consignar aquí este recuerdo que juzgo oportuno aunque no del todo pertinente al objeto de este trabajo, vino uno de aquellos amigos, José Velada, delegado por el Fomento de las Artes, a visitar la Exposición Universal de Barcelona, y tuvo la atención de visitarme, que le agradecí, y no poco se admiró de ver que lo que por excitación suya no quise hacer en Madrid lo había hecho en Barcelona espontáneamente; y mientras él hacía ya muchos años que era masón durmiente y no había pasado del grado 3 era yo masón activo, grado 18, orador de la Resp. Log. Hijos del Trabajo, y primer inspector del capítulo del mismo nombre, teniendo el gusto de presentarle en mi logia y demostrarle delante de los hh. que no hubo nunca antagonismo entre la Masonería y La Internacional, antes al contrario la primera sirvió de auxiliar a la segunda en sus comienzos, como lo demuestra este párrafo tomado del ya citado Garibaldi, donde Justo Pastor de Pellico, pseudónimo del conocido internacional y propagandista de la Anarquía Rafael Farga Pellicer, escribe lo siguiente:

La Exposición internacional verificada en Londres en 1862, reunió a muchos obreros de distintos países, favoreciendo esta coyuntura los proyectos de Marx. Este promovió con algunos obreros la célebre fiesta de la fraternización internacional, realizada el 5 de agosto de 1862, reuniendo de esta suerte a todos los delegados obreros en un local de la francmasonería de Londres, y allí fue lanzada la idea de la fundación de La Internacional.

Y si la idea de aquel antagonismo es falsa; la misma falsedad entraña asegurar que pudiera haberle entre la masonería y el anarquismo, con lo que deseo desvanecer preocupaciónes, no de los profanos, como llaman los masones a los que no lo son, sino de los masones mismos, entre los cuales no faltan, y en Barcelona abundan, quienes pretenden hacer injustamente exclusiones de individuos y limitaciones de ideas que la institución no autoriza, y si lo hiciera, peor para ella, porque equivaldría a la declaración de propia nulidad, ya que nulo es cuanto se opone al progreso.

Lo que pudiera llamarse el conflicto político y el conflicto masónico, que fueron para el núcleo como son el sarampión y la escarlatina para los niños, se pasaron bien, y aun puede decirse que le fortalecieron y dieron nuevos bríos para vivir: se había probado la propia resistencia, se había aprendido a luchar y se había disfrutado de las dulzuras del triunfo, la consecuencia fue desarrollar nuevas y poderosas energías, como veremos por el curso de este trabajo.


Notas

(1) Dábase el nombre de Quintines a cuatro hermanos, uno de ellos ciego, y una hermana, por llamarse Quintín, el más conocido de ellos. Distinguíase esta familia por su entusiasmo por la República y por su actividad minuciosa y estéril. Presentes a todas las sesiones de los clubs, a las manifestaciones republicanas y a las grandes reuniones organizadas por la jefatura del partido, y con la manía además de poseer el criterio único, criticaban sin ton ni son y con dudosa oportunidad. El ciego se dedicaba especialmente a fulminar estupendas censuras y a pedir que fueran llamados a la barra los más escopetados republicanos. La hermana, María Rodríguez, cultivaba con menos talento que buena voluntad la especialidad de la emancipación de la mujer.

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