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LOS IDEALES DE REGENERACIÓN

Un estimado colega guanajuatense, El Obrero, de León, al dar cuenta a sus lectores de la publicación que hicimos del Proyecto de Programa del Partido Liberal, asiente que las personas superficiales, los criterios vendidos al poder y los timoratos, habían juzgado la labor de Regeneración como la de un libelo sin programa determinado, sin ideales fijos, sin fondo ni fuerza. Nuestro estimado colega tiene razón: así se había juzgado nuestra labor. Se creía que éramos un grupo de despechados que atacaba por sistema; se nos creía impulsados por pasiones bastardas, para lograr un puesto en la administración porfirista como tantos tránsfugas que han dado el timo de la oposición, con el deliberado propósito de cesar en sus ataques al primer mendrugo que les arrojará el despotismo.

Empero, nuestra constancia en la lucha, ha ido desvaneciendo esa prevención, y nuestro Manifiesto del veintiocho de septiembre de 1905 hizo comprender que ideales más altos son los que nos empujan al combate. Llamamos a la organización, y los liberales sinceros acudieron al llamamiento porque vieron seriedad en la lucha y se dieron cuenta de un paso práctico: la organización del verdadero Partido Liberal, del que ha guardado con cariño las banderas de Ayutla y de la Reforma, del Partido glorioso, que en evolución incesante, prende siempre a su Programa de progreso, principios más eficazmente redentores.

El Programa del Partido Liberal fue encabezado en el Manifiesto del veintiocho de septiembre, en el que se delinearon, tan ampliamente como se pudo, los grandes males que afligen al pueblo mexicano, y el proyecto de Programa que hemos presentado a la consideración de los mexicanos, no es otra cosa que la síntesis de las aspiraciones de un gran número de compatriotas.

Regeneración sabía a dónde iba y sus ideales eran definidos. La lucha constante contra la tiranía política; el ataque decidido y firme a la tiranía capitalista; el combate no interrumpido contra la tiranía teocrática; la batalla, en una palabra, contra ese monstruo de tres cabezas: cesarismo, capital y clero, indicaba claramente nuestras tendencias; pero nuestros enemigos querían ver un fin interesado: que el gobierno nos comprase con dinero. Otros nos calumniaban diciendo que éramos un puñado de bravi que estábamos luchando bajo la sombra protectora de algún general o de un elevado funcionario. Seis años de lucha constante han probado que luchábamos por principios. ¿Qué funcionario podía protegemos, cuando no reconocemos un solo funcionario honrado? ¿Qué capitalista podría poner a nuestro servicio sus millones, cuando luchamos precisamente contra los señores del capital en provecho de los pobres? En seis años de trabajo constante, hubiéramos podido enriquecernos, si nuestro objeto fuera el medro personal, y no la destrucción de un sistema que envilece a los mexicanos. Pero nuestros enemigos nunca han visto ni nuestra pobreza ni nuestra constancia. ¡Es que los bellacos no pueden comprender que los hombres que tantas veces han tenido por compañera al hambre, puedan pensar en otra cosa que en comer como cerdos vendiendo sus convicciones!

Sí, queremos destruir, queremos arrasar, queremos derribar, dejar el terreno listo para una nueva construcción y poner la primera piedra del edificio del porvenir. Los pueblos en su marcha azarosa han llegado a comprender que no basta la igualdad política, que ésta es ilusoria, mientras exista la desigualdad económica. ¿De qué lé sirve a un hombre tener derecho a votar en las elecciones, a nombrar sus gobernantes, sus jueces, sus magistrados; de qué le sirve que en un código político se le declare igual a todos, si en la práctica, si es pobre, es inferior al rico, porque éste tiene qué comer, mientras el desheredado de la fortuna perece de hambre?

Si consideramos que las democracias tienen por base principios que pueden resumirse en estas palabras: libertad, igualdad, fraternidad, bueno es que las hagamos efectivas, o que, al menos, tomen los de abajo las armas que necesitan para igualarse a los de arriba.

Eso es lo que queremos: poner a la inmensa mayoría en aptitud de hacer la igualdad, y para eso, hay que crear un medio de mayor justicia, en que los hombres tengan algún desahogo para poder instruirse y organizarse, pues ya que si no es posible desde luego que desaparezcan las denominaciones de pobre y de rico, al menos que el pobre no trabaje como bestia ni se le pague como mendigo. El pobre tiene tanto derecho a la felicidad como el rico, y es necesario armarIo bien para que conquiste sobre el ensoberbecido capital el derecho al bienestar que se le escatima. Por eso abogamos por la jornada de trabajo de ocho horas, para que el trabajador tenga algún respiro en la vida de presidiario a que está sometido por la avaricia del capital, y queremos que se aumenten los salarios, para que los proletarios se alimenten mejor. De ese modo es como se dignifican los hombres, siendo más y más felices. La escasa felicidad que se puede alcanzar, estimula a buscar los medios para aumentada, y la patria será tanto más grande, cuanto mayor sea la felicidad de que gocen sus hijos.

Hay que crear ese medio de mayor justicia. ¿No es vergonzoso, cuando hay alguna guerra extranjera que se convoque a los mexicanos a defender una tierra patrimonio exclusivo de unos cuantos adinerados? ¿No es injusto que el mexicano que no tiene ni un terrón donde reclinar la cabeza vaya a defender la integridad nacional? Tal injusticia debe cesar.

Si todos somos mexicanos y tenemos la obligación de defender la hermosa tierra en que nacimos, necesario es que defendamos una tierra propia, y no ir a exponer nuestros pechos a las balas extranjeras, mientras los señores dueños de la tierra se aprovechan exclusivamente de ella.

¡Tierra para todo el que quiera cultivarIa, debe ser uno de nuestros gritos redentores!

Que comience a ser feliz el pueblo, es nuestro ideal, seguros de que una vez que comience a ser conocida la felicidad, no se llegará a perder antes bien, los mexicanos han de querer ser más felices cada vez, y así se hará el verdadero progreso, que dista mucho de ser la orgía de pillaje que todos presenciamos y de la que resulta que catorce millones de mexicanos sufren, más o menos, en beneficio de una casta de seres privilegiados entre los que figuran los funcionarios, los grandes señores territoriales, los grandes acaparadores de la industria y del comercio, y los frailes bribones que como un inmenso pulpo, extienden sus tentáculos o iglesias hasta los más apartados rincones de la tierra mexicana, llevando a todas partes el fanatismo a la vez que vacían los bolsillos de los crédulos.

Réstanos para dar fin a este artículo, dar las gracias a nuestro estimado colega El obrero por la simpatía que muestra por nuestra labor. Las simpatías de los hombres honrados son para nosotros estímulo. No queremos otra recompensa a nuestra lucha azarosa que la sanción de los hombres de bien.

(De Regeneración, No. 9 del 1° de junio de 1906).

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