Presentación de Omar CortésCuadragésimo nono comentario - Los villistas aministiadosQuincuagésimo primer comentario - Complot en Ciudad Juárez Biblioteca Virtual Antorcha

Alfonso Quiroga

MÉXICO EN 1916

QUINCUAGÉSIMO COMENTARIO

LAS HUELGAS



Coincidiendo con la presencia de algunos otros problemas que el gobierno de facto tenía que resolver cuanto antes fuera posible, el del trabajo vino a empeorar la situación, por los peligros que ofrecía al país una resolución violenta en cualquier sentido.

Desde que se inició el descenso en el valor del papel moneda, los obreros de casi todas las industrias que quedaban en pie, manifestaron su inconformidad respecto de los salarios que disfrutaban; exigían que éstos les fueran pagados en metálico, o de lo contrario, suspenderían sus labores.

Los sindicatos organizados poco tiempo antes con la anuencia y el apoyo efectivo del gobierno, tomaron por su cuenta el asunto y en vista de que no se hizo caso a las primeras insinuaciones, dispusieron que en determinado plazo, se procediera al paro general de los trabajos.

El día 5 de agosto, obedeciendo a ese acuerdo, los principales talleres y fábricas suspendieron sus trabajos, y los obreros organizaron una manifestación en demanda de lo que constituía su principal deseo, esto es: el cambio de moneda para los pagos de salarios.

Esa manifestación fue completamente pacífica, pero habiendo llegado a conocimiento del gobierno que algunos agitadores incitaban a los obreros a obrar con violencia, hubo de tomar algunas medidas preventivas, y, al efecto, se decretó la ley marcial en toda la República. En la inteligencia, según lo dijo el ministro de gobernación, de que los huelguistas con su actitud cometían un delito de traición a la patria, fue puesta en vigor nuevamente la ley de 25 de enero de 1862; y por virtud de ésta el que alterara el orden público sería pasado por las armas sin formación de causa.

Algunos miembros de los sindicatos obreros sufrieron los rigores de esa ley y sólo así pudo lograrse que algún tiempo más tarde los huelguistas volvieran a sus trabajos; pero el descontento quedó latente, y en más de una ocasión se tradujo en complots que se organizaban en varios puntos, y principalmente en aquellos en que la proximidad de las fuerzas villistas ofrecía mayor coyuntura a los organizadores.
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