Índice de Madero y los partidos Antirreeleccionista y Constitucional Progresista de Chantal López y Omar CortésDocumento anteriorSiguiente documentoBiblioteca Virtual Antorcha

ENTREVISTA DÍAZ-CREELMAN (1)

Es una equivocación suponer que el futuro de la democracia en México haya peligrado por la permanencia en funciones, de un Presidente durante un largo periodo de tiempo -dijo con calma. Puedo decir con toda sinceridad que el ejercicio del poder no ha corrompido mis ideales políticos y creo que la democracia es el único principio de gobierno justo y verdadero, aunque en la práctica sólo sea posible para los pueblos suficientemente desarrollados.

Puedo abandonar la presidencia de México sin el menor temor -agregó-; pero no dejaré de servir a mi país mientras viva.

- ¿Sabéis que en los Estados Unidos estamos agitados con la cuestión de elegir al Presidente para un tercer periodo?

- Sí, si lo sé -replicó-. Es un sentimiento natural en pueblos demócratas que sus gobernantes se alternen con frecuencia. Estoy conforme con ese sentimiento.

Parecíame difícil comprender que estaba escuchando a un militar que ha gobernado a una República sin interrupción por más de un cuarto de siglo con una autoridad personal desconocida aun para los monarcas. Sin embargo, hablaba con un ademán sencillo y convencido como el del hombre que se siente grande y seguro sin necesidad de hipocresías.

- Es verdad que cuando un hornbre ha ocupado el poder por largo tiempo, lo probable es que se sienta inclinado a empezarlo a considerar como su propiedad personal, y es bueno que un pueblo se ponga en guardia hacia las tendencias de la arnbición individual.

Sin embargo, hay que advertir que las teorías abstractas de la democracia y la efectiva y práctica aplicación de las mismas, necesariamente y con frecuencia son diferentes, esto es cuando se mira a la sustancia más bien que a la mera forma.

Yo no veo ninguna razón fundada por la que el Presidente Roosevelt no pueda ser electo de nuevo, si una mayoría del pueblo arnericano desea que continúe en el gobierno. Creo que él ha pensado más en su patria que en sí mismo; ha hecho y está haciendo una grande obra para los Estados Unidos, una obra que hará, ya sea que siga en el gobierno o no, que sea recordado en la historia corno uno de los más grandes presidentes. Considero a los trust como un poder grande y positivo en los Estados Unidos, y el Presidente Roosevelt ha tenido el valor y el patriotismo de desafiarlos. La hurnanidad comprende la significación de esta actitud y su influencia sobre el futuro. Roosevelt es considerado por el mundo como un estadista cuyas victorias han sido morales.

A mi juicio la lucha para restringir el poder de los trust e impedir que opriman al pueblo de los Estados Unidos, marca uno de los más significativos e importantes periodos de vuestra historia. Mr. Roosevelt se ha enfrentado a esta crisis como un gran hombre.

No cabe duda que Mr. Roosevelt es un hombre fuerte y puro, un patriota que ha comprendido y ama a su país. El temor americano por un tercer periodo me parece por lo mismo que no tiene razón de ser. No puede haber cuestión de principios en esta materia, si una mayoría del pueblo de los Estados Unidos aprueba su política y desea que continúe su obra. Esta es la cuestión real y vital: que una mayoría del pueblo lo necesite y desee que continúe en el gobierno.

Aquí, en México, hemos tenido condiciones muy diferentes. Yo recibí el gobierno de las manos de un ejército victorioso en un tiempo en que el pueblo estaba dividido y poco preparado para el ejercicio de los extremos principios del gobierno democrático. Haber arrojado sobre las masas desde luego toda la responsabilidad del gobierno, habría producido condiciones que hubieran quizás desacreditado la causa de las instituciones libres.

Aunque en un principio obtuve el poder del ejército, tan pronto como fue posible se efectuó una elección y entonces mi autoridad me vino del pueblo. He tratado de dejar la presidencia varias veces; pero se ha ejercido presión sobre mí para no hacerlo y he permanecido en el gobierno por el bien de la Nación que me ha entregado su confianza. El hecho de que el precio de los valores mexicanos bajara once puntos cuando estuve enfermo en Cuernavaca, indica la clase de prueba que me persuadió a vencer mi inclinación personal para retirarme a la vida privada.

Hemos conservado la forma republicana y democrática de gobierno. Hemos preservado la teoría conservándola intacta. Sin embargo, hemos adoptado una política patriarcal en la actual administración de los negocios de la Nación, guiando y restringiendo las tendencias populares, con una fe completa en que una paz forzada permitiría la educación y a la industria y al comercio desarrollar elementos de estabilidad y unidad en el pueblo que es por naturaleza inteligente y sensible.

He esperado pacientemente el día en que el pueblo de la República mexicana estuviera preparado para escoger y cambiar sus gobernantes en cada elección, sin peligro de revoluciones armadas y sin daño para el crédito y el progreso nacionales. ¡CREO QUE ESE DÍA HA LLEGADO YA!

- Comunmente se asegura que las verdaderas instituciones democráticas son imposibles en un país que no tiene clase media -dije.

El Presidente Díaz se volvió hacia mí dirigiéndome una penetrante mirada e inclinó la cabeza.

- Es verdad -repuso. México tiene ahora una clase media; pero no la tenía antes. La clase media es el elemento activo de la sociedad aquí y en todas partes.

Los ricos se preocupan demasiado en sus riquezas y sus dignidades para poder ser útiles al avance del bienestar general. Sus hijos no se esfuerzan mucho en mejorar su educación o su carácter.

Por otra parte, la clase menesterosa es, por regla general, demasiado ignorante para desarrollar poder.

La democracia dependerá, para su desarrollo, de los esfuerzos de la clase media activa, trabajadora, amante del adelanto, la cual proviene en su mayor parte de la clase menesterosa y en menor escala de la rica; es la clase media la que se ocupa de la política y promueve el adelanto general.

En otros tiempos no teníamos clase media en México porque la inteligencia y energías del pueblo estaban completamente absorbidas en la política y en la guerra. La tiranía y el desgobierno de España habían desorganizado a la sociedad. Las actividades productoras de la Nación fueron abandonadas por luchas sucesivas; había una general confusión; ni la vida ni la propiedad estaba a salvo, y en semejantes condiciones no podía aparecer una clase media.

-General Díaz -interrumpí- habéis tenido una experiencia sin precedente en la historia de las Repúblicas. Por treinta años los destinos de esta Nación se han encontrado en vuestras manos para amoldarlos a vuestra voluntad; pero los hombres mueren mientras las naciones perduran. ¿Pensáis que México pueda seguir viviendo en paz como República? ¿Estáis satisfecho de que su futuro esté asegurado bajo instituciones libres?

Valía la pena de haber venido desde Nueva York al Castillo de Chapultepec para contemplar la faz del héroe en este momento. Fuerza, patriotismo, esplritu guerrero y profético parecieron brillar de repente en sus obscuros ojos.

- El futuro de México está asegurado -dijo con voz clara-. Los principios democráticos temo que no se hayan enraizado aún en nuestro pueblo; pero la Nación se ha desarrollado y llama a la libertad. La dificultad consiste en que el pueblo no se preocupa suficientemente acerca de los asuntos públicos relativos a una democracia. El mexicano por regla general piensa mucho en sus derechos y está siempre listo para reclamarlos; pero no piensa lo mismo en los derechos de los demás. Reclama sus privilegios; pero no se preocupa de sus deberes. La capacidad para restringir sus pasiones es la base del gobierno democrático y esa capacidad es posible sólo en aquellos que reconocen el derecho de los demás.

Los indígenas, que forman más de la mitad de nuestra población, se ocupan poco de la política. Están acostumbrados a dejarse guiar por los que ejercen la autoridad en vez de pensar en sí mismos. Es ésta una tendencía que heredaron de los españoles, quienes les enseñaron a no mezclarse en los negocios públicos, confiando su resolución al gobierno.

SIN EMBARGO CREO FIRMEMENTE QUE LOS PRINCIPIOS DE LA DEMOCRACIA SE HAN DESARROLLADO Y SE DESARROLLARAN MAS AUN EN MÉXICO.

-Pero no tenéis partido alguno de oposición en la República, señor Presidente. ¿Cómo pueden florecer las instituciones libres cuando no hay oposición que contraríe a la mayoría o al partido que gobierna?

- Es verdad que no hay aquf ningún partido de oposición. Tengo tantos amigos en la República, que mis enemigos parecen no querer identificarse con tan pequeña minoría. Aprecio en lo que vale la bondad de mis amigos y la confianza de mi país; pero tan absoluta confianza me impone responsabilidades y deberes que cada día me abruman más.

CUALESQUIERA QUE SEAN LAS OPINIONES DE MIS AMIGOS Y PARTIDARIOS, ME RETIRARE DEL PODER AL TERMINAR EL ACTUAL PERIODO DE GOBIERNO, Y NO SERVIRE DE NUEVO. CUANDO ESTO SUCEDA TENDRE OCHENTA AÑOS DE EDAD.

Mi país ha sido bondadoso, confiando en mí. Mis amigos han alabado mis méritos y disculpado mis faltas; pero seguramente no querrán ser tan generosos con mi sucesor, quien podrá necesitar mi consejo y ayuda, por lo cual deseo vivir todavía cuando entre al gobierno, para poderlo ayudar.

Cruzó sus brazos sobre su robusto pecho y agregó con gran énfasis:

DARE LA BIENVENIDA A UN PARTIDO DE OPOSICIÓN EN LA REPÚBLICA MEXICANA. SI APARECE LO VERÉ COMO UNA BENDICIÓN, NO COMO UN MAL, Y SI PUEDE DESARROLLAR PODER, NO PARA EXPLOTAR, SINO PARA GOBERNAR, ESTARÉ A SU LADO, LO AYUDARÉ, LO ACONSEJARÉ Y ME OLVIDARÉ DE MI MISMO EN LA FELÍZ INAUGURACIÓN DE UN GOBIERNO COMPLETAMENTE DEMOCRÁTICO EN MI PATRIA.

Es suficiente para mí haber visto a México levantarse entre las naciones útiles y pacíficas. NO TENGO EL MENOR DESEO DE CONTINUAR EN LA PRESIDENCIA; ESTA NACIÓN ESTA, AL FIN, LISTA PARA LA VIDA EN LIBERTAD. A la edad de setenta y siete años estoy satisfecho con mi robusta salud, la cual ni la ley ni la fuerza pueden crear. No la cambiaría ni por todos los millones de vuestro rey del petróleo.

Los ferrocarriles han tenido una parte importante en la pacificación de México -continuó-. Cuando fuí electo Presidente la primera vez, sólo habían dos pequeñas Iíneas que unían la capital de la República con Veracruz, y otra que estaba en construcción rumbo a Querétaro. Ahora contamos con 19 000 millas de buenas vías. Por aquel entonces teníamos un costoso y lento servicio postal, que era conducido en las zagas de los coches, y al hacer su trayecto entre México y Puebla, era detenido en el camino dos y tres veces, con objeto de robar los salteadores a los pasajeros. En la actualidad, nuestro servicio de correos es barato, rápido y extendido a través de todo el país, contando con más de dos mil doscientas administraciones y agencias.

Los telégrafos eran en aquel tiempo deficientes; ahora tenemos en activo trabajo 45 000 millas de hilos telegráficos.

Comenzamos por hacer que los salteadores fueran condenados a muerte y que la ejecución se llevara a cabo pocas horas después de haber sido aprehendidos y condenados. Ordenamos que donde quiera que los alambres telegráficos fuesen cortados y el jefe de la oficina del distrito respectivo no diera con el criminal, sufriera una pena, y en el caso de que el corte de alambres ocurriera en una plantación cuyo propietario no pudiera impedirlo, fuera él mismo colgado en el poste más próximo. Recuerdo que éstas fueron órdenes militares.

Fuimos muy duros, algunas veces hasta llegar a la crueldad; pero todo esto fue entonces necesarIo para la vida y progreso de la Nación; si hubo crueldades, los resultados las han justificado.

Las ventanillas de la nariz estaban dilatadas y temblorosas; la boca era una línea casi recta.

Fue mejor derramar un poco de sangre para salvar mucha. La sangre derramada era mala sangre; la que se salvó, buena.

La paz, una paz forzada, era necesaria para que la Nación tuviera tiempo de reflexionar y trabajar. La educación y la industria han completado la tarea comenzada por el ejérclto.

-¿Y qué conslderáis de más fuerza para la paz, el ejérclto o la escuela? -pregunté.

La faz del soldado se ruborlzó ligeramente y levantó un poco su espléndida cabeza blanca.

-¿Habláis del tiempo actual?

-Si.

- La escuela. No puede haber en esto duda. Yo deseo ver la educación impartida por el gobierno nacional a través de toda la República y espero lograrlo antes de morir. Es importante que todos los ciudadanos de una Repúbllca reciban idéntica educación, para que sus métodos e Ideales puedan armonizarse y se intensifique así la unidad nacional. Cuando los hombres leen, y piensan lo mismo, están más inclinados a obrar del mismo modo.

-¿Y pensáis que la vasta población indígena de México es capaz de un alto grado de desarrollo?

- Así lo creo. Los indígenas son dóciles y agradecidos todos ellos, con excepción de los Yaquis y una parte de los Mayas. Conservan tradiciones propias de su antigua civilización y esa raza nos ha dado abogados, ingenieros, médicos, oficiales del ejérclto y otros profesionales.

Sobre la ciudad flotaba a lo lejos el humo proveniente de varias fábricas.

-Es mejor que el humo del cañón -dije señaIándolo.

- -replicó- y sin embargo, hay veces en que el humo del cañón no es tan malo. Los proletarios de mi país se levantaron para ayudarme; pero no puedo olvidar lo que han hecho por mí mis camaradas en el ejército, y sus hijos.

Los ojos del veterano estaban humedecidos por las lágrimas.

-Eso -dije apuntando a una plaza de toros cercana al Castillo- es lo único que sobrevive de España en lo que puede verse de este panorama.

- No habéis visto las casas de empeño -exclamó- España nos trajo sus casas de empeño así como sus plazas de toros.

(El General Díaz habló después en términos generales sobre la situación de los Estados Unidos y emitió algunos conceptos sobre la Doctrina Monroe; y luego continuó en el siguiente sentido la entrevista).

Los hombres son más o menos lo mismo en todo el mundo -dijo-. Las naciones son como los individuos; deben ser estudiados y conocidos los móviles de su acción. Un gobierno justo significa simplemente las ambiciones de un pueblo, expresadas en forma práctica.

Todo esto nos trae a un estudio del individuo. Lo mismo pasa en todos los países; el individuo que ayuda a su gobierno en la paz o en la guerra, tiene siempre algún móvil personal; su ambición. El principio del verdadero gobernante consiste en descubrir ese móvil, y el estadista experimentado debe procurar no extinguir sino regular la ambición individual. He procurado seguir esta regla aplicándola a mis compatriotas, que forman un pueblo naturalmente sensible y caballeroso dejándose guiar las más veces, más por el corazón que por la cabeza. He tratado de averIguar la ambición de los Individuos. SI aún en su culto a dios, un hombre espera alguna recompensa ¿cómo puede un gobIerno humano tratar de encontrar en sus unIdades algo más desInteresado?

En mI juventud he tenIdo una dura experiencia que me ha enseñado muchas cosas. Cuando mandaba yo dos compañías de soldados, hubo tIempo en que durante seis meses no recIbí indIcaciones, instrucciones ni ayuda de mi gobierno, por lo cual me ví obligado a pensar por mí y a convertirme en gobierno. Desde entonces encontré a los hombres como hoy todavía los encuentro. Creí en aquel tiempo en los prIncipios democráticos y creo aún en ellos, aunque las condiciones me han compelido a usar severas medidas para conservar la paz y el desarrollo que debe necesariamente preceder al libre gobierno. Meras teorías políticas jamás crearán una Nación libre.

La experiencia me ha convencido de que un gobierno progresista debe tratar de satisfacer la ambición indIvidual tanto como sea posible; pero de que al mismo tiempo debe poseer un extinguidor para usarlo sabia y firmemente cuando la ambición individual arda con demasiada viveza en peligro del bienestar general.

(De Pearson's Magazine, marzo de 1908).


Notas

(1) Del artículo publicado en el Pearson´s Magazine, incluímos aquí únicamente lo referente a la entrevista (Nota de Chantal López y Omar Cortés).


Índice de Madero y los partidos Antirreeleccionista y Constitucional Progresista de Chantal López y Omar CortésDocumento anteriorSiguiente documentoBiblioteca Virtual Antorcha