Indice de Memorias de Victoriano Huerta de autor anónimo CAPÍTULO SEGUNDO CAPÍTULO CUARTOBiblioteca Virtual Antorcha

MEMORIAS DE VICTORIANO HUERTA

Autor anónimo

CAPÍTULO TERCERO

Sumario

Lo que soportó Félix.- La piedad del licenciado Reyes.- Cómo daba.- El gobierno militar.- La prostitución de las cruces.- Mis hombres.- Las ambiciones de Mondragón.- Uno que quería la presidencia.- Mis ministros.- El vértigo del poder.- Mis cantores.- Mis aliados.- La campaña.- La matanza en detall.- Sacrificios.- ¿El deber? - Joaquín mi sobrino.- El general Rubio.- Mueran los anti-huertistas - Mi enemigo Mr. Wilson.



Lo que soportó Félix

Al mismo tiempo que hacía la labor de atracción de los ministros, orientaba hacia mí toda la gran masa de gente dispuesta a prosperar ...

Pronto fueron descubriendo que yo era el Presidente de la República y no un espantajo de factura felixista. ¡Pronto se convenció toda la nación de que Félix Díaz estaba más muerto que don Francisco I. Madero!

Eso sí, yo me sujetaba a las farsas de los amigos de Félix, que tenían la idea de presentarme como un maniquí de mi discípulo.

A Félix lo atormentaba hasta con mi presencia; lo llamaba a las altas horas de la noche, o a las altas horas de la noche lo visitaba, y hasta le decía: señor Presidente ...

Y al mismo tiempo le quitaba uno a uno a todos sus amigos, alejaba del mando de fuerzas a todos los que habían secundado el cuartelazo, a los sospechosos los mandaba a Quintana Roo, fusilaba a algunos que parecían dispuestos a cualquier cosa ...

Pronto se empezó a atacar a Félix Díaz en mi presencia, a juzgársele en forma dura, a vilipendiarlo y a destrozarlo. Rubio Navarrete, que sentía un odio profundo por Félix Díaz, a quien le atribuía todas las desgracias del país, lanzaba arengas inverecundas en todas partes contra el caudillejo de la Ciudadela.

Los periódicos del Gobierno desgarraban al sobrino de su tío; en las oficinas públicas se burlaban del cuartelazo, y la idea de que podía haberse destruído al núcleo de sublevados, era nacional.

Empezaron a proponerme muchas personas, fusilar a Félix Díaz, como una medida para la paz.

Pensé en alejarlo y le envié con una comisión: representar al Gobierno ante S. M. el Emperador del Japón, para darle las gracias por la comisión que había enviado a las fiestas del Centenario de la Independencia. (Yo soy cruel para herir, señores, porque mis heridas han sido siempre crueles). Me han enseñado a hacer el mal, sacrificándome; por eso no se me juzgue. Ei Gobierno del señor Madero había acordado enviar una misión diplomática ante el Imperio del Sol Naciente para dar las gracias al Mikado por la comisión que a su vez había enviado para las fiestas del Centenario de la Independencia de México. Y había nombrado el señor Madero al señor su hermano, Don Gustavo, para que fuera el Presidente de aquella misión. ¡Ahora yo confería el mismo alto honor, al hombre que señalaba el mundo entero como asesino de don Gustavo Madero!

Esta forma un poco brusca, la empleé para demostrar a los imbéciles que Félix Díaz no sería el Presidente. ¡Y ni así lo creyeron!

La piedad del licenciado Reyes

Mi discípulo, incapaz de sublevarse, de hacer un movimiento de protesta, de nada, nombró a los que lo habían de acompañar, y con ellos partió ...

Ya en Europa, antes de que desempeñara su comisión, lo mandé regresar. Lo iba a capturar en Veracruz, lo dejé que escapara, lo hice añicos ...

¡Y bien, se necesitó todo esto para que me creyeran un hombre capaz de no cumplir mi palabra!

El señor general Díaz tuvo dos amigos: Ocón y el hijo de mi jefe, el licenciado Rodolfo Reyes. Fueron estos dos hombres los únicos que no vacilaron en sostener sus compromisos. A Rodolfo Reyes lo tenía aislado, rodeado de enemigos, y sin embargo, se mostraba amigo de Félix.

Un día, después de acordar conmigo lo relativo a Justicia, me dijo:

- Señor, traigo en mi cartera tres pliegos en blanco, firmados por Félix Díaz. Y bien, señor, lo que usted quiera que firme Félix Díaz, puede dictármelo en este momento: su renuncia, la disolución del Pacto de la Embajada, lo que usted quiera. Yo le ruego a usted que cese la burla que se le está haciendo.

Pensé rápidamente lo que tenía que contestar, e iba a hablar, cuando el señor licenciado Reyes me preguntó:

- ¿Qué es lo que quiere usted que haga Félix?

- Que cumpla con sus compromisos políticos, que vaya a las elecciones, que triunfe.

Y desde entonces, ya no volvio a hablarme más de Félix Díaz el licenciado Reyes.

Cómo daba

Aniquilado el felixismo, volví los ojos a la campaña militar, contra la revolución.

El prestigio del Ejército estaba ya en duda. Los rebeldes habían consumado victorias contra nuestros soldados. Los dos núcleos, el de Son:ora y el de Coahuila, eran menos débiles que el de Chihuahua, donde por la impericia o por la lenidad del general Mercado, se había disuelto la División del Norte.

Recuerdo que mi compadre Urrutia, respondiendo a la opinión pública, me propuso el fusilamiento de los generales que estaban sufriendo derrotas injustificadas. No acepté tal proposición, pues todavía necesitaba que la revolución prosperara.

La opinión en México y en algunas partes de los Estados, era la de que el gobierno de mi mando iba a fracasar. Pero todos creían esto porque sí, sin saber una razón más que la militar, que era la más despreciable. Yo hubiera hecho la paz en un mes, si he querido.

Voy a explicar por qué no era el momento de hacer la paz: todavía no tenía yo el número de huertistas que necesitaba para sentirme fuerte. Había ya algunos hombres interesados en mi triunfo. No podían abandonarme, porque todos estaban en espera de un momento oportuno para enriquecerse: ansiosos de continuar sirviendo a mi Gobierno, que les daba todo lo que querían. Muchos ya eran mis cómplices en innumerables combinaciones políticas y en delitos.

Quiero referirme a esto con alguna detención, pues se me ha acusado de ser un corruptor de hombres y ese cargo lo voy a rechazar con pruebas.

Yo daba honores y dinero. Los hombres, todos los hombres, fundan en esto la prosperidad, el triunfo, el éxito. Sus afanes, no son sino para obtener una de estas dos cosas, o las dos.

Y es una verdad que se ha comprobado siempre, que el que tiene más ambiciones, tiene más energías.

Yo había observado ligeramente, sin acudir a la filosofía, ciencia por la que tengo alguna adversión, la verdad que he citado.

Mi persona, mi caso, como dicen esos señores sabios, es toda mi enseñanza: obré por mi experiencia o por mis impulsos. Y aunque tal vez esto le pasa a la mayoría de los hombres, es verdad negada por todos.

Digo que emprendí mi labor de atracción dando a los que me pedían, pero dándoles sin tasa, sin medida, con una liberalidad que no había tenido nunca ningún gobernante. ¿Se necesitaba violar la ley para atender una súplica? se violaba; pero el que pedía, tenía siempre lo que solicitaba.

¡Ah, si yo hubiera permanecido en el Poder, mis amigos se hubieran enriquecido y la Nación ,se habría salvado! El número de amigos del Gobierno hubiera sido igual al de habitantes de la República.

Fue uno de los errores del Gobierno del general Díaz, reducir el número de amigos en beneficio de un grupo de ambiciosos, sólo porque éstos querían dinero y no Poder. Si el general Díaz extiende su protección a todos los que se la pidieron, los que le arrojaron del Poder hubieran sido los que hubieran presentado el pecho a sus enemigos para defender al Caudillo.

La revolución maderista había sido grande, sólo por una razón: porque la Nación ya no soportaba a don Porfirio Díaz. ¡Odiaban al viejo ídolo oaxaqueño todos los habitantes de la República; y lo odiaban por una razón, po,que tenían hambre! El pueblo no quería evolucionar hacia la democracia, porque el pueblo no sabe lo que es democracia y conoce tanto de teorías como yo de obispo. Quería comer, eso era todo.

Y como siempre hay agitadores que explotan a los que quieren comer, yo quise atraerme a unos y a otros. Los primeros meses de mi Gobierno los emplée en dar de comer a los que lo pedían y en dar puestos y honores a los que se me acercaban. Abrí los brazos a todos, especialmente a los pelados, como nos llamaban los felixistas.

Pero muy pocos se me acercaron, porque yo era militar, y los que conocían a los gobernadores militares me creyeron dispuesto a ayudar solamente a los de mi clase. No fueron suficientes todas las pruebas que di de mi indiferencia para ayudar a todos los elementos. Los ricos se dedicaron, como siempre, a abstenerse, a no mezclarse en los asunto de la política, por miedo a que la revolución los caS;tigara.

Por otra parte, tal cosa no me importaba. Había reunido en una junta que se llamó de los notables, a los elementos más cultos de la ciudad de México y de allí no había salido ninguna luz: se dedicaron a hacerse pedazos los unos a los otros, resultando unos teorizantes sin ningún sentido práctico.

Entonces, desilusionado del elemento civil, me eché en brazos del Ejército.

El Gobierno militar

La militarización de México la hice con el fin de obtener un gran contingente de fuerzas para el caso de tener que emprender una campaña, y también con este objeto: someter a todos los que quisieran oponerse a mi política, por medio de la disciplina militar.

No creo que nadie haya establecido un Gobierno militar como el mío. Todos los mexicanos fueron militares. Los maestros de escuelas, los empleados, los barrenderos, los ministros, los niños, los gobernadores, los secretarios particulares, los diputados, los empleados de todos los ramos ... Todos fueron militares.

Hasta las mujeres tuvieron grados en corporaciones militares: me valí de las instituciones de la Cruz Roja, la Cruz Blanca, la Cruz Azul ... de no sé cuántas cruces ...

¡En todas partes se veían cintas y galones en los brazos; las grandes existencias de telas de kaki, fueron insuficientes para los pedidos que llegaban de los más apartados lugares de la República; las fábricas de galones, ganaron un capital!

Regía la Ordenanza en vez de la Constitución. En la Secretaría de Justicia, los jueces tenían que obedecer a sus superiores jerárquicos, que se aprovecharon muchas veces para todo género de asuntos y en vez del criterio jurídico, se estableció el criterio de obedecer, que tenemos los soldados.

Por otra parte, extendía nombramientos de generales, de coroneles, de capitanes, de todos los grados, a los civiles que me lo pedían.

¡Y, señores, la militarización de México, acabó con el Ejército federal!

Los orígenes de muchos fracasos militares estuvieron en la participación que tuvieron los irregulares (así se denominaba a los militares que no eran de línea) en los combates contra los revolucionarios. Por un general Argumedo, que por su arrojo avergonzó a veintidós generales federales en el desastre militar más grande, en San Pedro de las Colonias, había mil generales y jefes irregulares que s4queaban, mataban, incendiaban y huían ante el enemigo ...

La prostitución de las cruces

Otra de las causas más determinantes de la destrucción del Ejército federal, fue la prostitución de las cruces del mérito militar.

Nadie ha observado esto y, sin embargo, tiene importancia por los hechos que se relacionan con la disolución del Ejército federal.

Señores, para un militar del Ejército federal, del único Ejército de la República, la Cruz del Mérito Militar era la suprema aspiración.

Ni el general Díaz ni el señor Madero, habían otorgado la Cruz del Mérito a oficiales y jefes que no la merecieran. Se necesitaba que el gesto heroico que reclamaba la imposición de la Cruz, fuera de los más notables, digno de ser citado como ejemplo entre las más bellas acciones; llenar las condiciones que marcaba la Ordenanza que son muchas, una como necesaria: haber sido herido por el enemigo y no abandonar el puesto durante todo el combate.

Se necesita uno morir tres veces para obtener la condecoración del mérito militar, dicen los militares para explicar lo difícil que es obtenerla.

¡Y yo pedí una lista de los sublevados de la Ciudadela para darles la Cruz del Mérito Militar!

¡A todos los que me pusieron en esta lista les di la Cruz; a todos los que yo quise premiar para atraérmelos; pprqüe eran honrados y valían, les di la Cruz; y a todos los que quiso el general Mondragón que yo premiara por el cuartelazo que rompía con la lealtad del Ejército, los cdndecoré con la Cruz del Mérito Militar!

Los que la merecían se sintieron humillados; los que no la merecían, se envanecieron y ya no ambicionaron nada más que enriquecerse.

Desde aquel momento la oficialidad no tenía ideales en el Ejército federal. Luchaba sin estimulo. Luchaba, señores, por lo que luchó a favor de don Francisco Madero: por hombría, según ese gascón que se llama Eguía Lis.

Los grados a los civiles y los ascensos sin causa justificada, hirieron al Ejército. No complacían los ascensos a los militares, pues la gran masa, la que combatía, la que daba su sangre por el Gobierno, era postergada.

Tengo la seguridad de que se me odió más en la clase militar que a don Francisco Madero, por lo menos más justificadamente.

La militarización llegó hasta los gobiernos de los Estados en una forma deprimente. Algunos civiles protestaban; otros vestían el uniforme sólo para servir de escarnio a los hombres independientes.

Los gobernadores militares desarrollaron una acción brutal, de fuerza, de medidas arbitrarias, de despojos ...

Se odiaba a todos los gobiernos militares, a todos, sin excepción.

La leva y las contribuciones eran deprimentes. Reclamaba la guerra un contingente que hacía perder las labores en los campos y el fruto del trabajo en los pueblos.

De los hogares eran arrancados muchos hombres para que los generales ineptos los ofrecieran de carnaza a la Revolución.

Los gobernadores se enriquecían a costa de operaciones en que fracasaban todos los esfuerzos de los contribuyentes.

¡Tal como yo lo implanté, es el verdadero Gobierno militar!

Mis hombres

Mis hombres lo fueron de todas las capas sociales: desde oficiales del Ejército procesados por el delito de peculado, como mi sobrino Joaquín (Maass), hasta los licenciados Gorostieta y Tamariz, modelos de honradez. y de inteligencia. vidas de una pureza ejemplar.

¡Políticos facasados del foro mexicano; filibusteros de la peor especie; ladrones conocidos, bravis de profesión; enterradores profesionales; poetas de prestigio universal, declamadores; tribunos; eminencias en las artes y en las letras; mediocres, condenados a fracasar; soldados abnegados y valientes; verdugos de profesión; periodistas, obispos; todo lo que sobresalía en la espuma o en la basura de la sociedad mexicana estuvo a mi servicio!

Diréis que todos los gobiernos disponen de malos elementos; sí, pero ningún Gobierno los tuvo tan cerca como el mío.

En muchas temporadas no quise tener segundas manos, yo mismo me entendía con los pícaros y con los hombres de bien.

Entre los hombres buenos que se acercaron a mi Gobierno, no había uno de mala fe: todos estaban animados por una idea nacional, salvar a México. Con sinceridad creyeron que la caída del gobierno de Madero, había sido un gran paso para el restablecimiento del orden y de la paz; ninguno supuso lo que hoy sé que es una verdad: que la Revolución no había muerto con Madero.

En efecto, señores, en aquella época, sólo dormía la Revolución, pero la prédica maderista, clamando por una gran conmoción social que arrojara del Poder a los hombres que disfrutaban de todas sus ventajas para substituirlos por los que nada tenían, estaba latente en el corazón de la República.

La gente de orden, es decir la gente satisfecha, tendría que ser arrollada por la gente del desorden, todavía hambrienta e insatisfecha.

Sin el cuartelazo, Madero habría sido sacrificado por la misma Revolución que acaudillo, porque Madero no hizo desde su exaltación a la Presidencia, obra revolucionaria: no llevó a todos sus amigos a los puestos públicos, no cumplió las promesas que había formulado a los humildes, no reformó la sociedad ...

Y no hizo todo esto por una sencilla razón: su familia, que había sido revolucionaria sólo en las horas más amables de la lucha, era, desde el triunfo, más conservadora que el Partido Católico.

Decía que escogí mis hombre entre todos los medios sociales. No escatimé favor alguno, no me opuse a una sola de las adhesiones que se me hicieron. Entre los hombres del cuartelazo y los que no habían tomado parte en el cuartelazo, no establecí ninguna diferencia. Todos recibían al mismo tiempo, lo que deseaban; satisfacían sus anhelos de lucro, o de honores.

Llegué hasta creer que con mi Gobierno todos los mexicanos eran verdaderamente felices.

Las ambiciones de Mondragón

Mondragón es el más trabajador de los hombres que yo conozco. No creo que lo pueda superar ninguno de los que luchan en México ni de los que están en el destierro. ¡Es un hombre que representa la actividad, pero la actividad desordenada, la actividad al acaso: se parece a una tempestad! Ni tiene orientación, más que sus ambiciones, ni su labor es ordenada: las energías se consumen en él estérilmenie.

Su paso por la Secretaría de Guerra se marcó por estas dos tendencias: mucho trabajo para aumentar el Ejército y gran descuido para salvar a las fuerzas que combatían a los revolucionarios.

¿Me comprendió Mondragón? ¿Fue de los que vieron con toda claridad que yo deseaba que continuara el movimiento revolucionario para justificar así mi permanencia en el Poder?

Lo ignoro. Pero esto no tendría importancia. Su conducta política sí me fue del todo favorable. Inmediatamente que vió que lo estaba dejando enriquecerse con grandes contratos que el Gobierno no podía pagar, Mondragón me fue adicto y vió que mi discípulo Félix estaba alejado para siempre de la Presidencia.

Mondragón fue el hombre a quien más elogié durante mi administración. Hasta los triunfos de la División del Norte, mi más grande orgullo, los puse a sus pies, proclamándolo maestro de todos mis jefes y oficiales de artillería, en un banquete en el que cruzó por mi mente la idea de acabar con aquel hombre que no servía para otra cosa que para ganar dinero.

Uno que quería la presidencia

Después de Mondragón, Garza Aldape fue el que mayor influencia tuvo durante mi administración. Pero la tuvo porque lo permití, no porque supiera conquistarse ninguna confianza, ni porque su habilidad me obligara a guardarle ninguna consideración.

Garza Aldape quería ser Presidente de la República, por la misma razón que se me antojara ser Papa. Su inteligencia como político, puede medirse con el hecho siguiente: pensó y creyó que yo le ofrecería la Presidencia en un rato de buen humor.

En su inconsciencia, no llegó a temerme, como me temía Mondragón, sino por el contrario, creyó poder influenciar en mi persona lo suficiente para que yo le entregara el Poder.

Y así como a Mondragón le di un plazo para que abandonara el territorio nacional, a Garza Aldape lo hice salir del ministerio en la forma más dolorosa para él: ordené a mis ministros, los señores Moheno y Lozano, que le pidieran su renuncia.

Lozano y Moheno eran sus enemigos.

Inmediatamente que este hombre que no me había conocido, entregó su renúncia, se apoderó de él el pánico más grande.

No encontraba un lugar próximo a la playa donde se embarcaría para ausentarse de mí. Temía que lo asesinara.

Para calmarlo, le envié mi retrato con una dedicatoria en que le decía era él (Garza Aldape) el único hombre capaz de sucederme en la Presidencia.

La destrucción de mis hombres fue cosa fácil. No encontraba ninguna resistencia en ellos. Cedían ante mí, temerosos de que los mandara ejecutar como ellos lo hacían con los enemigos del Gobierno.

En vez de fortalecerse, de acostumbrarse con la frecuencia del derramamiento de sangre, se acobardaban como mujeres ante un espectáculo desagradable.

Mis ministros

A mis ministros los elegía sólo por ligeros datos que me daban mis amigos, o sus enemigos. No me preocupaba la elección de mis hombres, porque yo sabía que no había hombres en México.

Señores, voy a hablar con la rudeza de un soldado, como lo he hecho hasta aquí. Temo que se me critique por esto, pero no puedo dejar de expresarme en tal forma, porque escribo para que se me entienda.

He dicho que no había hombres en México y es la verdad: el señor general Díaz se había encargado de castrar a todos los hombres, de corromper a todo el que tenía alguna idea, a todo el que podía sobresalir un palmo de la estatura obligatoria, es decir, de la abyección y de ignomlnla.

Por esto cuando se dice que el general Díaz era patriota, no puedo menos de reírme. ¿Patriota un hOmbre que no había hecho Patria? ¿Patriota un hombre que dividió el Poder de la República entre él y el más voraz de cuantos judíos han pasado por la tierra, el señor Limantour?

¡No! El general Porfirio Díaz no era patriota ni era grande. Era el peor de los gobernantes que le pueden haber tocado en suerte a un pueblo.

Para que se vea lo poco que me preocupó la eleccióh de mis hombres, diré que que un reporter tuvo ingerencia directa en el nombramiento de tres de mis ministros y que el licenciado López Portillo, que después ha declarado que yo lo hice ministro a la fuerza, lo nombré en el mismo instante en que lo vi, sin pensar previamente que iba a designarle para tal puesto.

Recuerdo algo sobre el señor licenciado López Portillo muy interesante. Le dije a Lozano, mi ministro, que me diera su opinión sobre su paisano. Aunue habían sido enemigos, Lozano me dijo que Portillo era una persona excelente para desempeñar el cargo de Procurador de la República. Le dije que me lo llevara. Y en Consejo de Ministros, lo hice entrar y lo presenté como mi Ministro de Relaciones, es decir, como jefe del Gabinete.

Lozano se asustó tanto, que se iba a caer ...

Así escogí a mis ministros. ¿A ti, lector, no te tocó en mi Gobierno una secretaría de Estado? ...

El vértigo del Poder

La ocupación de un alto puesto, desorienta a los hombres, los hace cambiar de ideas, los hace vacilar en sus más firmes convicciones. Yo he visto que todos mis hombres cambiaron a mi lado. Vi a un hombre muy honorable, de una intachable conducta, convertido en asesino monstruoso, más asesino que yo, señores. Vi a liberales de las más firmes convicciones, proponerme alianza con el clero como única salvadora; vi a muchos humildes burgueses, devorados por todas las ambiciones ...

Con López Portillo ocurrió algo asombroso. Siendo gobernador del Estado de Jalisco, se le ocurrió exclaustrar a las monjas de tres conventos para cumplir con la Constitución. Les propuso indemnizaciones, las trató de consolar ... pero las expulsaba ignominiosamente.

Ellas ocurrieron a mí, y yo, que no soy mocho, las dejé en sus conventos ...

Sólo un hombre no cambió en mi Gobierno: Lozano.

Yo fui mi ministro en todos los ramos y quise ser también el director de la campaña militar en toda la República. Salvo las épocas muy breves en que autorizaba a mis hombres para que obraran en tal o cual sentido, yo obraba por mi cuenta y escogiendo los medios que me parecían más apropiados.

Se acusó en muchas ocasiones al Cuadrilátero de ser el director en los asuntos públicos y se le concedió una influencia que estuvo muy lejos de tener en mi administración.

Como buenos mexicanos, los abogados del Cuadrilátero se dividieron en cuanto subieron al Poder y tengo la seguridad de que se hubieran hecho pedazos unos a otros si no se unen solo incidentalmente para batir a sus enemigos más próximos, los que estaban a mi lado desempeñando puestos tan importantes como los de ellos.

Mis cantores

Yo llamé al Cuadrilátero porque soy un enamorado de la oratoria. Necesitaba oír hablar bien; y necesitaba que se me satisfaciera en la más grande de mis debilidades:'mi amor propio.

Señores, sin que alguien me llame grande; sin que se alfombre mi paso con las rosas del elogio -como dice no sé quién-; y sin que se canten mis hazañas de la Divisipn del Norte; yo no hubiera sido feliz. La Presidencia era eso para mí, en lo que se refiere a la parte meramente ideológica.

Como buen militar me enamoraba de lo brillante, de lo ampuloso, de la ostentación. ¡Me gustaban las arengas'de Lozano porque reclamaban para mi persona la admiración del mundo; sentía con ellas el orgullo de ser grande; me figuraba que ellas me alzaban sobre el nivel de todos mis compatriotas hasta la región de los héroes!

¡Cuando invocó la figura de Cuauhtémoc, ante el logo de Xochimilco, yo sentí que el héroe me sonreía y me llamaba hermano!

¡Ah, fue aquel el momento más bello de mi grandeza! Si Lozano me pide cualquier cosa ese día, se la doy.

(Bueno, cualquier cosa que fuera otra que la Presidencia).

La oratoria de la intelectualidad mexicana también proclamó mis triunfos. Donde quiera que un hombre inteligente hablaba, se decía de mi valor, de mi serenidad ante el peligro, de mis campañas.

Y cada vez que hablaba alguien así, conmovíame profundamente; cada vez sentía yo más grande, más intensa, la aspiración de dominar, de luchar por sostenerme en el Poder, de prolongar por toda mi vida aquella era de grandeza.

¡Ya me explico, señores, por qué Don Porfirio y todos los hombres que han estado en el Gobierno, olvidan la fecha de las elecciones y sólo se acuerdan de la reelección!

También yo hablaba y convencía a los que me escuchaban. ¡Hasta los conmovía a veces; los hacía llorar o estremecer hasta la raíz de los cabellos!

Sin embargo, yo no soy orador; soy un hombre que habla lo que no siente: eso es todo; pero pongo tal calor en mis palabras, que convenzo a mis auditorios: empleo en mis arengas no sólo una literatura muy especial, sino también el tono imperioso al que estoy acostumbrado por mi profesión de militar.

Además, ya lo han dicho muchos, poseo un don que no tienen todos los hombres, sino los oradores y los grandes: el de sugestión. Convenzo al que trato de convencer, lo engaño ... me lo tanteo, como decimos en México.

Por eso mis discursos arrebataron a las multitudes. Cuando dije el primero en la Cámara de Diputados, una gran parte del auditorio me era hostil. Al terminarlo, todos me aplaudieron y todos estaban conmovidos: me los había tanteado, nada más.

Mis aliados

Mi fe en Dios no es profunda -es decir, soy ateo- y mi fe en la religión católica sólo se fundaba en la atracción hacia el partido que en nombre de esa creencia tenía mas adeptos.

No tengo, tampoco, tendencias hacia el espiritismo, del que era gran adepto don Francisco Madero.

Mi alianza con los católicos fue aconsejada por mi compadre el doctor Urrutia. A esa alianza se debieron las persecuciones que los revolucionarios han consumado con tanta saña en sacerdotes y monjas, no obstante que, según el criterio general en mi país, los hombres del campo, que son en su mayoría los levantados en armas, son católicos.

Y bien, señores, yo debo hacer esta rectificación para que las iras de los revolucionarios no caigan sobre los desventurados religiosos de mi Patria.

El Partido Católico me prometió ayuda y me la prometieron los príncipes de la Iglesia mexicana; pero no me la llegaron a dar ...

Los católicos se conformaron con no atacarme; tal vez aisladamente algunos hayan dado hasta ayuda moral a autoridades secundarias; pero la ayuda que me podían haber dado, la ayuda que representaba todo el triunfo, el dinero, esa no me la dieron.

Y por eso, por hacer las cosas a medias, los señores ricos y los señores católicos no triunfaron entonces y hoy son vencidos.

Cualquier sacrificio de dinero que hubieran hecho para ayudarme, hasta la cesión del cincuenta por ciento de sus intereses, hubiera sido un excelente negocio para ellos: hubiéramos acabado con la revolución: hubieran tenido tiempo y leyes para resarcirse de la pérdida salvadora.

No quisieron, y hoy es muy posible que lo pierdan todo. ¡Allá ellos!

Yo he dicho la verdad en este caso, no sólo porque así lo he prometido al iniciar mi libro, sino porque quiero, a pesar de los perjuicios que me hicieron sufrir, evitar torcidas interpretaciones de parte de los revolucionarios.

Lo digo sin ironía.

La campaña

La campaña militar fue una serie de fracasos de los señores jefes a quienes estuvo encomendada; pero no hay responsables de tales fracasos: el único soy yo.

La guerra, señores, según Napoleón y según todos los hombres que tienen un átomo de razón, se hace con dinero. El general Joffre, sin haberes para su tropa, sería un ... iba a decir un Refugio Velasco.

Pero no sólo cooperó al desastre la falta de dinero; también y muy principalmente, la falta de un Secretario de la Guerra.

No voy a reprochar la labor militar de mi general Blanquet. ¡Por el contrario, tengo en su abono sólo palabras de gratitud y una gran admiración por sus trabajos y porque quería fusilarme días antes de que cayera del Poder!

Subordinado a mí en todo, Blanquet tomaba mis acuerdos y hacía que se ejecutaran al pie de la letra.

Y yo ordenaba desde el Palacio Nacional, teniendo como única guía esta razón: si crece uno de mis generales en la opinión y le confío un gran núcleo de fuerzas, me derribará.

La verdad, mi régimen fue el de la desconfianza. Temía de todos mis hombres; consideraba que cada uno de los que tenían a su mando elementos de fuerza, podía volverse contra mí, pronunciarse y aplastarme: la escuela de la Ciudadela sin duda que había hecho adeptos.

Y por esto nunca intenté una reconcentración para batir al núcleo más fuerte, el de Sonora; por esto mis generales nunca mandaron más de mil quinientos hombres, salvo en ocasiones muy comprometidas, cuando yo sabía que lban a ser arrollados por la revolución.

Las columnas de mi sobrino Joaquín (Maass) y de mi general Rubio Navarrete eran tan pequeñas como grandes las señalaba la prensa.

Yo confiaba en Joaquín y desconfiaba de Rubio, pero este asunto merece capítulo aparte.

La imbecilidad del general Mercado, entregando Chihuahua a Francisco Villa, no me indignó mucho, pues desde que quité a Rábago el mando de la División del Norte, supuse que algo grave iba a ocurrir.

Sin embargo, preferí y preferiré siempre que me sirvá un Mercado, que nunca se me rebelará, a un Rábago, en quien veía un hombre inteligente y de prestigio, capaz de pronunciarse en mi contra y aniquilarme.

Después, la caída de Torreón me hizo comprender que Munguía era un imbécil, y que como éste necesitaba yó muchos hombres.

Bravo comandaba las fuerzas que defendían Torreón; pero se le había hecho una campaña política por los Garza Aldape y esto nos había privado de tan buen elemento para la defensa de aquella plaza.

La muerte del valiente general Alvírez no me causó la misma pena que a Blanquet que era su compadre y que lloró como un niño.

Cuando me comunicaron la noticia seguí embriagándome en el Café Colón en tanto que Blanquet lloraba.

La campaña siguió de fracaso en fracaso. Cada jefe malo, recibía elogios personales míos y tenía o un gobierno o una división a su mando.

Así Medina Barrón, Rasgado, García Hidalgo, Velasco, Ruelas, Cortés y tantos otros llegaron a ser divisionarios o gobernadores.

La matanza en detall

El sacrificio en detall, como el murmurador señor general Rubio llamó a la campaña militar, consistía en esto.

Se enviaba una pequeña columna a una zona donde el enemigo era fuerte. Allí quedaba abandonada la columna y al poco tiempo era batida y muchas veces aniquilada. Al evacuar la plaza, esperaba el auxilio que siempre llegaba tarde.

El enemigo repetía la derrota de mis fuerzas y entonces se mandaba una nueva columna al sacrificio. Era una matanza por tandas, era el sacrificio en detall, como dijo admirablemente mi general Rubio.

Las columnas de auxilio siempre estuvieron organizadas con precipitación, siguiendo un sistema muy especial que no arrancó protestas más que de los labios del señor general citado anteriormente. De los reemplazos que llegaban a los cuarteles, o bien de los barrios bajos o de los mercados, se tomaban quinientos o mil hombres. Se les embarcaba en los trenes militares y se les vestía en el mismo tren, en camino para el lugar del combate. Muchas veces estos hombres combatieron antes de que bajaran de los trenes, cuando los rebeldes asaltaban los convoyes militares.

Por esto es que se dió el caso, con alguna frecuencia, de que los soldados no supieran ni manejar el arma ante el enemigo.

Las hecatombes que se desarrollaron por la falta de dirección en las campañas alcanzaron una magnitud que sólo tienen las grandes derrotas.

De la matanza en detall como decía el señor general Rubio Navarrete, no se da un caso igual al que voy a citar a ustedes y que prueba la impericia de algunos militares a los que les di mando, no obstante que no eran aptos ni para mandar una compañía.

Hago estas revelaciones sólo con un objeto: que se dé al glorioso Ejército nacional, el lugar que se merece por su heroísmo, por su abnegación para el sacrificio.

Sacrificios

Desesperado de las imbecilidades que cometía mI secretario particular, el general Víctor Manuel Corral, lo envié a la campaña. No pudo objetar nada, como lo hiciera Guasque, quien con lágrimas en los ojos me había declarado su falta de valor para ir a combatir. Corral sí fue, todo asustado, a la campaña.

En San Luis Potosí, quedó durante algunos meses como jefe de las armas. Y bien, sólo en los destacamentos que repartió entre San Luis Potosí y Vanegas, murieron más de tres mil hombres en tres meses. El revoluciqnario Carrera Torres, con tres mil hombres caía sobre los pequeños destacamentos, los copaba y sin obtener la rendición de ningún soldado, ordenaba el fusilamiento en masa.

Por la impericia de Corral solamente, murieron allí muchos oficiales técnicos, ingenieros y artilleros que el general Corral mandaba a la campaña con diez y quince hombres, como si fueran sargentos o cabos.

Y esto ocurrió siempre; una vez por mil iban los soldados y los oficiales, mandados por hombres más competentes que ellos.

¡El deber!

Y, sin embargo, el Ejército no se sublevó. El Ejército seguía siendo leal al Gobierno de la República. Sucumbía en los campos del norte y en las montañas del sur, sin una protesta, sin un lamento, con un heroismo sin semejanza en los tiempos pasados.

¿Por qué no se sublevaron los jefes? Por varias razones. Los veteranos, los que habían estado en las campañas anteriores, me temían y sabían que el regreso al cuartelazo, a la sublevación, no los llevaría sino a una efímera era de prosperidad ... Y los otros, los jóvenes, los que habían salido del Colegio Militar de Chapultepec, no se habían mezclado en los pronunciamientos felixistas ni maderistas, por orgullo, por honor, por algo que condensaban en estas palabras: por el cumplimiento del deber.

Ah, señores, por esta palabra han sucumbido más de cincuenta mil hombres durante mi Gobierno; por esta palabra durante toda la época de mi Gobierno, bañé en sangre la República, desde el Norte hasta Guatemala ... Por esta palabra sagrada se consumaron más crímenes durante mi Gobierno que por todas las malas pasiones ...

Yo reclamo para los muertos, para los que cayeron pensando que sucumbían por el cumplimiento de su deber, el respeto de todos los mexicanos. Si yo fui malo, en cambio nadie podrá negar que el sacrificio de tantos hombres muestra la energía del alma mexicana.

Joaquín, mi sobrino

La guerra es dura. La sangre que en ella se derrama cae solamente sobre algunos culpables y sobre muchos inocentes. Las maldiciones, que deberían ser tan sólo para los jefes de los gobiernos que mueven a los soldados, caen sobre' los jefes militares que emprenden las operaciones. Esta injusticia es eterna, como todas.

Las represalias en las guerras civiles son cruentas, más que los combates, y por esto que durante la campaña militar que hicieron mis generales contra la revolución, se regístraron escenas que no son sino la reproducción de las que registra la historia de todos los pueblos, en todos los tiempos.

¿Justifico con lo anterior la actitud de algunos de !mis jefes? ¿Logro desvanecer con estas razones los cargos que se hacen sobre los militares que por servirme consumaron todos los delitos que consideraron necesarios para obtenerl el triunfo?

Sólo quiero hablar de un general, el más atacado y vilipendiado por la opinión pública y aun por los mismos militares: me refiero a Joaquín Maass, mi sobrino.

Los defectos principales de Joaquín son de aquellos que hacen fuertes a los hombres: quería progresar y no se detenía para nada en los medios.

Joaquín no tenía para pagar pequeñas cuentas días antes de que estallara el movimiento militar de la Ciudadela. Estaba arruinado.

Yo lo había llevado a la División del Norte, infringiendo la ley, y hasta una orden de la Secretaría de Guerra, donde se sabía que estaba procesado por peculado. Se le atribuia algún otro desfalco en Morelia, y creo que otro en la reconstrucción de unos salones de Chapultepec. Su fama era mala, porque quería dominar, porque era soberbio como todos los que quieren el triunfo.

En la División del Norte tuvo oportunidad de hacer dinero. Yo se la di en unos cuerpos de ferrocarrileros, pero si algo hizo fue una miseria. Entonces se conformaba, más que todo, con su rehabilitación. Procesado por peculado nadie puede ir a la campaña ... nadie que no tenga, como Joaquín tenía en mí, un buen padrino.

Ya he dicho cómo me sirvió más tarde, durante la Ciudadela. Con Cepeda fue mi agente confidencial. Aquellos dos hombres eran todo para mis planes. Inteligentes y valientes, me servían para mis ambiciones mejor que nadie, y especialmente Joaquín que no había de detenerse nunca por escrúpulos morales.

Si dijera que lo quería por gratitud o por afecto de familia, nadie me lo creería.

El general Rubio

Un choque entre Joaquín y el general Rubio Navarrete, choque originado sin duda alguna por la disparidad de caracteres, pues Rubio es la honradez personificada, me permitió utilizar a mi sobrino en algo más: en el militar que caería sobre Rubio en el caso de que éste se levantara en mi contra.

Cuanto diga yo de mi desconfianza de los hombres, es pequeño para explicar la idea que tengo de todos, absolutamente de todos ... Se entiende que menos de los que como algunos viejos generales son incapaces de levantarse ... hasta de la cama. Pongo por ejemplo a Joaquín Téllez.

Tenía desconfianza de Rubio porque es joven, valiente, impetuoso, enemigo del dinero. Señores, cuídense ustedes mucho de los hombres que no quieren dinero: no sirven para ayudar a gobiernos. A un hombre capaz de venderse por dinero, se le puede encadenar sólo con permitirle que haga cualquier fechoría; pero un hombre que no roba, que sólo ambiciona glorias militares u honores, y que es vuestro amigo, es más peligroso que todos los enemigos.

Y por esto dividí siempre las campañas, fraccioné el mando de las grandes divisiones, impedí que un solo hombre tuviera un poder que pudiera volverse contra el mío. Por esto yo fuí mi ministro y mi general.

¿Necesito decir que si logré uno de mis objetos, en cambio perdí siempre en la campaña y en la administración?

A veces yo pensaba que mi desconfianza debía terminar, que debía dar mando militar a algunos jefes, pero un mando verdadero; sin embargo, temía que se sublevaran en mi contra. ¡Ya había sucedido así con don Francisco I. Madero!

Por tal causa la campaña de Nuevo León y Coahuila, la hicieron Joaquín Maass y Rubio Navarrete.

Con dos pequeñas columnas se batió a los revolucionarios en la forma más brillante. Y ya cuando sólo una partida de trescientos hombres quedaba frente a nuestras tropas, ya que había muerto la revolución carrancista, ordené que las operaciones se suspendieran: las dos brillantes columnas quedaron inmóviles y los revolucionarios pudieron rehacerse, volver a la lucha, crecer ...

¿Por qué hice esto? Por confianza en mí mismo, por la seguridad que tuve siempre en que el día que me reconocieran los Estados Unidos, la revolución se extinguiría por sí sola ...

Mueran los anti-huertistas

Los fracasos de algunos jefes que operaban en Torreón y en Zacatecas, dieron a mi sobrino una brillante oportunidad para emprender una buena campaña, pero por las difíciles circunstancias pecuniarias por las que atravesaba el Gobierno, y por el presentimiento de que muy pronto todo iba a terminar de manera desfavorable para mí, Joaquín cometió algunas torpezas.

El hacía la campaña a mi favor y a su favor: trabajaba con la fe de los ambiciosos, con el entusiasmo del que quiere y sabe que va a ganar mucho, mucho: todo lo que quiere, más quizás. Y emprendió su campaña atrayéndose el odio de los pueblos por donde pasaba: su camino se marcó con sangre, con maldiciones, con incendios. Su falta de tacto político hizo que la revolución prosperara en vez de decrecer: no tenía sino ese lema: mueran los anti-huertistas.

Sé que en varias ocasiones estuvieron a punto de asesinarlo. La opinión le fue adversa siempre. ¡A su llegada a Saltillo ordenó que se le entregara una gruesa suma en oro y la pidió en forma tan indiscreta que tal robo provocó una escándalo nacional!

Fue Joaquín con su familia el primero que salió del territorio nacional, el primero de los huertistas. No me pidió tal cosa: había venido del norte, por dinero y cartuchos. Oredené que se le dieran quinientos mil pesos, y cuando se me presentó para despedirse, le ordené que se embarcara con su familia para Europa, confesándole que ya había acabado todo.

Se llevaba bastante dinero. Había hecho negocios brillantes cuando fue jefe de mi Estado Mayor, y se había enriquecido en la campaña donde todo, absolutamente todo, lo acaparó para sí, no dejándoles a sus oficiales ni las migajas.

Mi enemigo Mr. Wilson

Obtener el reconocimiento de mi Gobierno por el de los Estados Unidos, fue para mí la mayor preocupación.

Ya la mayoría de las naciones habían enviado sus diplomáticos ante mi Gobierno; mi prestigio como hombre capaz de fundar un Gobierno estable, que diera garantías a los extranjeros, era universal. Los diplomáticos europeos me tenían simpatías. Veían en el general que había dominado a la revolución de Pascual Orozco, a un hombre muy semejante a Porfirio Díaz. La energía de que daba muestras mi actitud determinando la muerte de los dos gobernantes; la elección que hice de los hombres más aptos para formar con ellos mi Gabinete, auguraban un Gobierno sólido, hacían suponer en el restablecimiento de la paz P9rfiriana.

Pero los Estados Unidos no me daban su reconocimIento: ante las naciones europeas, que me habían reconocido, no era yo sino un Presidente de opereta, a quien no se le podía prestar dinero.

Los banqueros reclamaban para sus empréstitos el reconocimiento de los Estados Unidos.

¿Por qué no obtuve el reconocimiento? Por muchas causas. La principal: falta de diplomáticos a mi lado.

No es verdad que don Federico Gamboa sea un buen diplomático; y no es siquiera un canciller de consulado ...

Voy a probarlo con la narración general de los sucesos.

Las dificultades para el reconocimiento de mi Gobierno crecieron con la intervención de Mr. W. Wilson, el Presidente de la Unión Americana.

Una campaña muy bien orientada cerca de este señor, fue el origen de todo. El señor Wilson es un soñador, un hombre que ignora las necesidades, las tendencias y las pasiones de los pueblos de la América española. Cree el señor Wilson que se pueden implantar en México las reformas que existen en los pueblos más cultos; supone que en México la sucesión presidencial se puede consumar sin efusión de sangre; cree en la igualdad de tendencias del pueblo mexicano; y por último -lo que es más peligroso- piensa implantar sus teorías idealistas en toda la América española.

El primer argumento que opuso a los que lo instaban a hacer el reconocimiento de mi Gobierno, fue éste:

Es preciso que ningún Presidente llegue al Poder por la fuerza. Sentado este precedente fracasarán todas las revoluciones.

Yo lo confieso: la propaganda que los hombres de la revolución hicieron para ganarse a Mr. Wilson, fue activa. ¡Desplegaron todos sus esfuerzos en este sentido, enviándole agentes, yendo ellos mismos a hablarle y a convencerlo; buscando senadores que en el Congreso americano ejercieran influencia en el ánimo del Presidente; dando conferencias públicas en las que se señalaba a Madero como una víctima llorada por la República, cuando a nadie le había causado la menor emoción! ...

Por otra parte, Villa obtuvo triunfos que atrajeron la atención de los Estados Unidos sobre su persona. La casualidad hacia que Villa prosperara de una manera increíble. Tomó Ciudad Juárez y Chihuahua en unos cuantos días, y luego batió y dispersó a la División del Norte.

La suerte ayudaba a la revolución. Se ha hablado, también, de combinanciones financieras; se ha dicho hasta el fastidio de ayuda moral impartida por los Estados Unidos a la revolución; yo creo en todo, pues, el parque y las armas cruzaron por la frontera méxico-americana.
Indice de Memorias de Victoriano Huerta de autor anónimo CAPÍTULO SEGUNDO CAPÍTULO CUARTOBiblioteca Virtual Antorcha