Presentación de Omar CortésCapítulo vigésimo cuarto. Apartado 8 - Retorno a la vida mundialCapítulo vigésimo quinto. Apartado 2 - El partido obrero Biblioteca Virtual Antorcha

José C. Valades

HISTORIA GENERAL DE LA REVOLUCIÓN MEXICANA

TOMO TERCERO



CAPÍTULO 25 - EL CAUDILLO

DESMEMBRACIÓN DEL CARRANCISMO




Desde que Venustiano Carranza, después de haber sido la inspiración incuestionable del triunfo Constitucionalista, se hizo cargo de la presidencia legal y efectiva de la República (1° de mayo, 1917), todos los augurios le fueron desfavorables. No existían amenazas de carácter militar; tampoco reinaba un descontento popular. La gente, eso sí, exigía qué comer y vestir.

Exigía asimismo la reconstrucción del país: pero no culpaba a Carranza de la situación reinante, aunque ésta era bien amarga y sombría.

Hablábase mal, entre la gente de paz, de la Revolución; mas no debido a males producidos por la guerra, sino por creerse que ésta sería impotente para rehacer la vida nacional. Carranza tenía, ciertamente, numerosos enemigos. No era para menos: había vencido a muchos miles de hombres, y cada uno de ellos sentía el despecho y deseo de vengarse. Así y todo, tampoco esta gente que se creía humillada, acusaba a Carranza como responsable de las penalidades que atrofiaban al país.

Otros, pues, eran los motivos por los cuales se hacían desfavorables augurios a Carranza. Uno de estos, quizás el principal, se debía a que empezaba a entenderse la fuerza de una grande y verdadera pléyade de gente nueva que se preparaba, por malas o buenas artes, pero de todas maneras se preparaba, a gobernar al país con o sin Carranza.

Este llegó al Poder con las experiencias propias; también con las observadas en los caudillos guerreros. Tales experiencias constituían una inigualable escuela útil a la paz nacional y al desenvolvimiento de México.

Por otra parte. Carranza se creía cierto de que su autoridad tendría dilatación y durabilidad en el trato y dirección de los asuntos del país -y esto con la acostumbrada sencillez de su alma- que los triunfos de partido en los campos de batalla, se debían más que a jefes guerreros, a él, a Carranza. Una vez más, la imágen y pensamiento de Benito Juárez le hacían considerar que una vida hazañosa, patriótica y victoriosa como la de 1860, se repetiría, sin dificultades en 1917, y que, al igual de Juárez, podía estar seguro de su fuerza política personal, y que por todo eso, ninguno de los jefes revolucionarios, aunque sobre sus hombros brillasen las insignias del triunfo o del generalato, podría obtener, aunque la procurase, la supremacía política en la República, como no la habían conquistado sobre Juárez ni Jesús González Ortega ni Porfirio Díaz.

Inspirado, pues, en la invicta y conmovedora personalidad de Juárez, cuyas lecciones patrióticas había tratado de seguir tanto en días de guerra como en horas de paz, y siempre con resultados favorables, el presidente Carranza desdeñó las determinaciones de quienes habían conducido al triunfo a los soldados del Ejército Constitucionalista.

Entre esos hombres a quienes el Presidente menospreciaba, estaba el general Alvaro Obregón. A éste, le había visto con admiración y respeto organizando tropas, movilizándose audazmente al frente de un ejército y derrotando a las poderosas fuerzas de Villa. Carranza no pudo escapar a la diligente, eficaz e imantadora personalidad guerrera de Obregón. Inclusive, llegó a tenerla por muy respetable; pero después, habiéndole nombrado ministro de guerra y teniéndole de cerca, le pareció un subordinado más. La idea de que los grandes hombres han de ser siempre deslumbrantes hasta en nimiedades administrativas o sociales, y que en sus conversaciones han de ser doctos y prosopopéyicos, era tan latente en Carranza, que éste, observando de cerca a Obregón, viéndole modesto colaborador, de frivolo y vivo ingenio, le creyó individuo de Segunda fila. Confundió la modestia democrática del caudillo con la sensibilidad veleidosa y juguetona, y consideró que la leal subordinación de Obregón, significaba pequeñez del hombre.

Como por otro lado, el general Obregón hacía omisión de la gente que con aires de sabiduría circundaba a Carranza, éste pensó que el caudillo tenía un carácter agrio, inquieto y revertióle y por lo mismo impropio al gobierno de una nación. El general, visto al través de tal cristal, quedó en la categoría de persona exagerada por las contingencias de la guerra y por tanto no peligrosa dentro de los asuntos políticos nacionales.

Así, aquel hombre que guardaba su talento y disposiciones políticas, porque todavía no hallaba el camino de su verdadera vocación, al renunciar (30 de abril) a la cartera de Guerra no escuchó una palabra franca y abierta de Carranza, con la cual éste intentara retenerle a su lado. El Presidente creyó que la retirada de Obregón obedecía a la previa aceptación de una derrota política.

No era así, por supuesto; porque si ciertamente Obregón no proyectaba en esos días contrariar la política de Carranza, el despecho de verse desasido con facilidad de un Gobierno a cuya formación había contribuido tan eficaz, leal y valientemente, le empujó hacia otros horizontes.

Obregón, al separarse de la secretaría de Guerra, y en una finta de extraordinaria sencillez democrática, hizo público que se retiraba al estado de Sonora, con el objeto de dedicarse a trabajos y negocios agrícolas. Esto, llevando sobre la cabeza una corona de encina justamente ganada, y grandemente admirada no sólo por un partido, sino por la República, era increíble. La resignación no podía vivir dentro de un hombre vigoroso de cuerpo y talento. Sólo la vanidad superior de Carranza, que excluía el análisis para la fundamentación de un pasado y un futuro, pudo creer en la veracidad y sinceridad de aquel apartamiento infrahumano, sin paralelo en las historias políticas y militares.

No es de dudarse que Obregón había obrado mecánicamente. No existe una prueba documental bastante para creer que su retirada encerraba un plan a fin de perturbar el orden, o cuando menos, con el propósito de enfrentarse a Carranza. Ni siquiera comprendió el alcance político de su determinación. Los actos de los jefes revolucionarios encerraban ingenuidad y pureza. Las tramposerías y sutilezas no correspondieron a tal época. Muy gallardos eran los hombres; muy rectos sus procederes. El prestigio político se fundaba en la prioridad y limpieza revolucionaria y en el desinterés individual. La aurora requirió siempre una luz sonrosada; y en aquellas horas eran la aurora de la Revolución.

Esto no obstante, en la realidad, la separación voluntaria de Obregón del gabinete de Carranza, anunciaba la llegada de otros días. Y tales, tenían que ser, si no adversos, cuando menos titulares de lo adverso a la unidad carrancista. El carrancismo no sería más integridad de filas y soldados. Llevado a la condición de partido, con el nombre propio de Constitucionalista, ahora no podría negar, una predivisión; porque al retiro de Obregón se siguió la separación de otros generales. Y, ¿a qué se iban a dedicar esos hombres que habían echado a pique sus trabajos de origen, para tomar las armas? ¿Qué porvenir se les esperaba acostumbrados como estaban al mando y brillo del guerrero? Ademas, ¿qué recursos económicos poseían para abrir un nuevo capítulo de su vida al margen del Estado? El propio general Obregón, era hombre pobre. Abandonaba el ejército sin llevar consigo propiedades, ni ahorros, ni gratificaciones. Ibase a dedicar a la venta de garbanzo; a la rehabilitación de una pequeña finca de campo en Huatabampo.

Aparentemente, por ir siempre con un séquito de oficiales y asitentes, daba el aspecto de hombre enriquecido. Pero, ¿quién, de los jefes revolucionarios, con muy contadas excepciones, había tenido tiempo, y a pesar de que no faltaron oportunidades, para hacer cálculos de provecho personal? ¿No era, pues, presumible que tales generales, retirados voluntariamente del servicio, tendrían que sufrir dentro de ellos mismos una reacción que sólo les condujese a la lucha por el Poder?

Nada de esto pareció pasar por la mente de Carranza. La tibieza e indiferencia con que vio alejarse de su lado a los caudillos, hizo considerar que aquel hombre tan eucrático, carecía del don virtuoso de penetrar en la naturaleza del prójimo y con lo mismo incapaz de llevar lo secundario aparente a lo principal real.

No calculó Carranza que en seguida de la guerra, comenzaría el desarrollo del capítulo central de la Revolución: la incorporación del mundo popular mexicano a la vida civil, jurídica, administrativa y política de la República. Ahora, después de una Constitución juramentada, ya no era un mero Gobierno lo que el país necesitaba. Ahora, era indispensable dar cimientos al Estado; y a un Estado con capacidad de abarcar todos los filamentos sociales, pero en primer lugar los correspondientes a la clase rural, generalmente pobre y desasosegada por las incertidumbres y vicisitudes de una vida recia e irrecompensada.

Los mexicanos que durante varias generaciones no habían tenido oportunidad de figurar, ya por su pobreza, ya por aislamiento, ya por su ignorancia, ya por sus debilidades, en la aurora de la Revolución, reconfortados por el valor adquirido con un rifle al hombro y por su carácter templado en los fragores de la lucha armada, reclamaban un puesto en el Gobierno. Además, teniendo probadas las tentaciones del mando, siempre tan agradables al género humano, no podían retroceder en el designio de mandar. Los individuos hechos tenientes, o capitanes, o coroneles, o generales en medio del humo de la pólvora, a pesar de ser iletrados, o hijos de gañanes, pero de todas maneras mexicanos, querían ascender la siempre amable y fascinante escalera del gobierno. Una corriente ambiciosa que al hacer contacto con la intuición se convertía en un faro de luz para la gente del pueblo, abría un nuevo camino a la gente del pueblo de todas las edades, de todas las latitudes y de todos los orígenes.

México asistía a un maravilloso y sin igual espectáculo; porque no siempre los pueblos abandonan la rutina, para elevarse por sí mismos en busca de días venturosos. No siempre es posible que los individuos venzan las timideces del andrajo y del analfabetismo, tratando de sobresalir para el bien de ellos y de su patria. La crítica más pertinaz y dura que se hacía a aquellos tiempos y a tales hombres, era de que, al fin, había subido la basura, como si fuese innatural que del barro viniese el hombre.

No determinaban, pues, tales días, los repartimientos agrarios, ni las leyes, ni la nacionalidad del subsuelo. Todo eso, sin dejar de ser parte de un común denominador, no influía tanto en la vida de México como la efectividad de una integración total de los derechos civiles y constitucionales; pues si ciertamente ni unos ni otros habían estado proscritos legal o políticamente, la masa popular no podía atestiguar que fuesen derechos probados entre sus individuos.

Ajeno a tal fenómeno parecía Carranza; y como el general Obregón percibía clara e íntimamente —puesto que él mismo había ingresado a las filas revolucionarias bajo ese signo- hacia dónde se dirigían los adalides revolucionarios sintiéndose excluidos de una composición de Estado, impávidamente se separó del gabinete de Carranza y quiso dedicarse a lo que él sabía que ya no era camino de su vida, con la seguridad de que aquel deseo de incorporación rural mexicana a las filas civiles, administrativas, jurídicas y políticas, señoreaba al ejército carrancista.

Por otra parte, aureolado por sus hazañas guerreras, Obregón se dejaba ahora seducir por los encantos que produce el aplauso de todos y que, en el lenguaje político, se llama popularidad. Y la popularidad crecía en torno de aquel caudillo tan atrayente como capaz; porque en efecto, conforme avanzaban los días, se producía en Obregón una transformación.

Sin teatralidad alguna, aquel hombre iba acercándose a las realidades. La vida civil estaba a un paso de él, y no despreciaba tal paso. Empezaba a advertir que el mando sobre el mundo popular no se conquista, sino mediante la persuasión y el trabajo. El género humano siempre ha admirado la laboriosidad. El respeto que merece el soldado no se debe a su fusil, sino a su pertinaz tarea de vigilante. Y Obregón se dispuso a seguir los preceptos, que a manera de milagro esotérico conducen a los hombres al triunfo.

Ahora, ciertamente, en la soledad reflexiva siempre tan peligrosa en individuos audaces e inteligentes, Obregón pensaba en ser presidente de la República, y no por considerar que tal era el pago que le correspondía como general y caudillo revolucionario, sino porque, al igual de todos los mexicanos asociados a la Revolución, creía haber creado un derecho -un derecho personal y un derecho universal. Obregón era, incuestionablemente, parte de una naciente vocación nacional.

Tal vocación no correspondía a la milicia. Aquellos hombres de 1910, jamás proyectaron la organización de una clase castrense; pues ya se ha dicho que si se les llamaba militares, y se hablaba de zonas militares, o de operaciones militares, sólo era por antonomasia. ¿Quién y cómo podía creer en el militarismo de aquella masa desorganizada que, circunstancialmente, y más por razones de marcha que de emblema, vestía uniforme y llevaba sobre sus hombros una insignia de carácter militar?

Pero ni la nueva vocación de Obregón y otros jefes revolucionarios, ni el retiro del ejército de éstos y aquél, ni la oposición al carrancismo, primero en el Constituyente, después en la XXVII legislatura, correspondieron en su origen a una guerra contra Carranza. Correspondieron, eso sí, a agrupamientos políticos, ya de filiación obregonista, ya de tendencia gonzalista.

Sin embargo, al final de 1917, el presidente Carranza empezó a observar los primeros síntomas de descomposición en su Partido Constitucionalista; y de lo sintomático, pronto se pasó a la probación real y efectiva de que existía un anticarrancismo, y que ese anticarrancismo estaba fomentado por los partidarios del general Obregón.

En efecto, aunque sirviéndose de eufemismos, el general Benjamín G. Hill, lugarteniente de Obregón, escribió (4 de enero, 1918) una carta al general Plutarco Elias Calles censurando al gobierno de Carranza. No era una censura de agravio, pero lo bastante sensata y enérgica para advertir que un agrupamiento político considerable estaba en formación, y que con lo mismo se podía suscitar una crisis política de profundidad.

Poco antes, y movido por el espíritu inquieto, pero honorable y virtuoso del general Hill, la mayoría de los diputados que a la vez eran miembros del Partido Liberal Constitucionalista -partido entre cuyos principales líderes estaba el general Obregón-, redactó aprobó y expidió una declaración (1° de enero, 1918), refiriéndose a supuestos o probables proyectos electorales y políticos de Carranza, contrarios al régimen de constitucionalidad y a los sistemas de democracia política que correspondían al meollo revolucionario.

El Presidente no desconocía que el retiro y apartamiento de Obregón en abril de 1917, seguido de la separación del general Hill y de un grupo de oficiales del antiguo estado mayor obregonista, obedecían a un descontento de ambos generales; pero vio el acontecimiento como una lógica consecuencia de la paz, dándoles así poca importancia, ya que, se repite, tenía en poca monta al general Obregón, y por tanto desdeñó a éste y a su partido, creyendo que convencidos los separatistas de la ímproba tarea de luchar contra un Gobierno legal y endurecido por la guerra, volverían al seno del carrancismo indiscutible.

Tampoco cobró interés el Presidente por la separación del general Salvador Alvarado. Este, quien tanta notoriedad alcanzó como gobernador y comandante militar de Yucatán, principalmente como revolucionario que había tratado de componer el mundo, luego de organizar un partido -el Partido Socialista- intentó democrática y activamente que tal partido tomase en sus manos la función de elegir al gobernador constitucional del estado, lo cual repugnó al Presidente, considerando que Alvarado no tenía tales facultades, de manera que sin tolerar los progresos del Partido Socialista, excluyó a Alvarado de las cuestiones electorales yucatanenses; y el general, lastimado en su autoridad, resolvió retirarse para buscar un nuevo camino a su persona, ideas y excepcional espíritu de creadora empresa.

Aquellas deserciones ya no podían ser meros signos de arrepentimientos, desengaños o despechos como se creyó al iniciarse el régimen constitucional. A los comienzos de 1918, el Presidente pudo estar seguro de que existía un descontento; que ese descontento hacía planes para lo futuro; que en tales planes, la idea principal consistiría, en ganar la presidencia de la República en las elecciones de 1920.

Así y todo, sin arrepentirse de sus procedimientos, perseveraba en la creencia de que él, Carranza, como Juárez vencería a sus enemigos; ahora que, al igual de éste, consideró que era conveniente, ante la presencia del contrario, dictar medidas de orden político a fin de fortalecer su autoridad.

Al caso, nombró (15 de septiembre, 1918) al general Plutarco Elias Calles, secretario de Industria. En Calles pensó Carranza hallar al caudillo con la promoción, talento, audacia y orden capaces para enfrentarse al general Obregón; pues Carranza tenía informes, que estimó ciertos, de que la obra eficaz, austera, recta y enérgica realizada en Sonora por el general Calles, había causado recelos en Obregón; y que, por otra parte, éste, durante la campaña contra el villismo tuvo intenciones de humillar a Calles, de lo cual se originaban hondos resentimientos entre ambos.

Calles, por último, había probado su valimiento de soldado defendiendo a Agua Prieta. Probada también tenía su lealtad a Carranza; y como se había mostrado apartado del grupo ambicioso que capitaneaban Obregón y Hill, pareció tener el suficiente buen juicio, para comprender que la Revolución, a la hora de procurar su embarnecimiento, debería omitir cualquier intento de dislocar al gobierno de Carranza.

Un instrumento más existía en favor del puesto otorgado a Calles: dividir al sonorismo. Sonorismo llamábase al agrupamiento de capitanes guerreros y políticos originarios de Sonora, o de agregados a tal como grupo, como era la mayor parte de los generales sinaloenses que tuvieron en Obregón al jefe supremo durante las operaciones de 1913 a 1915. Y el sonorismo, ciertamente, representaba, y de hecho era, la cimentación del obregonismo. Sonora y Sinaloa reunidos en torno al general Obregón significaban una verdadera amenaza para el carrancismo y la paz nacional. Así, Calles aliado al Gobierno, equivalía a una división del sonorismo y por consiguiente a un debilitamiento obregonista. Aceptado que hubo Calles la secretaría de Industria, el Presidente, con más confianza en lo futuro, empezó a sondear al ánimo de todos y cada uno de los gobernadores. Sabía de antemano que sin tener propiamente enemigos entre tales autoridades, había un grupo que, por lo menos, simpatizaba con Obregón; y tal simpatía podía convertirse en enemistad, llegada la hora de las definiciones. De esta suerte, el Presidente empezó a buscar la colaboración de los gobernadores, de manera que con esta táctica fijó las garantías de lealtad que como jefe de partido y Jefe de Estado, le otorgaban tales gobernantes.

Ahora bien: dividido dentro de las suposiciones de Carranza el sonorismo y debidamente catalogados los gobernadores, en seguida se hizo necesario buscar al caudillo guerrero del Gobierno; pues si ciertamente halló facultades para tan alta función en el general Calles, no le sentía hombre de todas sus confianzas. Mas cerca de su mentalidad ordenada y prudente, tenaz y laboriosa estaba la mentalidad del general Pablo González; y así empezó a halagar a éste pública y prometedoramente. González, sin titubeos, se puso en los brazos del Presidente con la seguridad de que, llegada la hora, le haría su firme aliado y por tanto su más posible sucesor.

González, individuo muy respetable por su espíritu de organización, sus ideas revolucionarias y su hombradía, aunque excesivamente cauteloso al grado de que siempre estuvo divorciado de la audacia, que es cualidad indispensable en las empresas políticas y guerreras, estaba considerado por Carranza como líder de reserva, a manera de hacerle útil en cualesquiera de tantos requerimientos de la guerra o la política. Teníase a González, dentro del carrancismo ortodoxo, como el contrapeso de Obregón; quizás como el más dispuesto a continuar la obra de Carranza al finalizar éste su período presidencial.

Tanto alcance tuvo esta idea para los lugartenientes del Presidente, que todo pareció encaminado a fin de engrandecer la personalidad de González; ahora que dentro de esta disposición faltaba un verdadero sentido de realidad; porque si González no tenía los arestos ni la fama de Obregón, no por ello dejaba de deber su formación a él mismo lo cual le daban recursos de independencia. Sus grados y posiciones militares no provenían de un favoritismo de Carranza. Sus merecimientos, que no eran pocos, le correspondían a sus propias vocación y prendas personales. Además, a Obregón le había dado Carranza, durante la guerra, todo cuanto aquél había requirido: dinero, hombres, armas. González, a excepción de los abastecimientos bélicos recibidos para la campaña contra el zapatismo, debía sus empresas a sus iniciativa y esfuerzos propios. Con esto, González cometió uno de sus mayores errores políticos; el error de no saber pedir. De aquí su desventaja; pues lo que era rectitud orgullosa, pareció timidez veleidosa; también sometimiento obsecuente.

Nunca alcanzó el Presidente a columbrar que dentro de aquella modestia de hombre y soldado que había en González, pudiese existir un individuo de elevada y firme categoría y menos que poseyera una independencia de criterio y acción, capaz de enfrentarse, en momento dado, a un caudillo de tantos arrojos como Obregón. Carranza entregó a González el mando contra las huestes zapatistas, mas no hubiese hecho lo mismo tratándose de detener a un ejército obregonista. Sin embargo, en González habitaba una alma premiosa y agresiva, que no se detenía para imponer los más duros y violentos castigos al enemigo; también para hacerle víctimas de sus venganzas. Faltaba, en cambio, dentro de González, lo audaz y tenaz.

Si el general González no vencía al primer intento de vencer, no claudicaba; pero sí se retiraba; y si no acontecía esto, caía en disparatadas disposiciones.

Pero, volviendo a los preparativos que hacía Carranza para atajar los progresos y amenazas del obregonismo, fue posible advertir que en seguida de todos aquellos pasos que empezaron con el nombramiento de Calles y los proyectos para engrandecer la personalidad de González, quedaba bien caracterizado y verificado el carácter resuelto del Presidente, de tal manera, que al entrar el otoño de 1918, el propio Carranza debió considerar que se hallaba en posibilidad de sofocar cualquiera disidencia obregonista.

Sin embargo, hacia esos mismos días, los hombres de la más joven hornada revolucionaria, se adelantaban a las previsiones del Presidente y creaban un ambiente nacional no sólo de desconfianza, sino también de hostilidad hacia éste. Era ciertamente irresistible la gran ilusión juvenil de gobernar a la nación. El deseo de mando y gobierno sirvió a la formación de una mentalidad de lucha; y si la paz tenía semejanza a un don del cielo, la batalla política se aparejaba a una hombradía hecha, derecha y sublimada.

Ahora, a aquella pléyade brotada del pecho revolucionario, no le interesaban más los problemas sociales o económicos. Ese escenario novedoso y provocativo, quedó cubierto con una grande y pesada cortina. No se hablaba más de enmendar la vida del trabajo, o del salario, o de la tierra. Todo se dirigía, como si al fin el pueblo de México hubiera hallado el verdadero camino de su vocación venturosa, al encuentro electoral de 1920.

Sólo existía una palabra de orden: Sufragio efectivo. Sólo una disposición general: llevar a la presidencia a Obregón. Lo otro, lo que pudiese ocurrir en torno al general González o a los proyectos de Carranza, quedaba en segundo término. A dieciocho meses de las elecciones presidenciales; esto es, en enero de 1919, Carranza se presentaba, dentro del plano de una vigorosa y ambiciosa juventud política, como un jefe secundario. La jerarquía de Carranza empezaba a declinar frente a las defecciones y abandonos guiados por la gran ilusión electoral.

Muy de cerca debió el Presidente experimentar las sensaciones producidas por aquella manifestación impetuosa y humana; y como observó la minoración de su autoridad política, quiso poner los remedios conducentes. El primero fue tratar de apaciguar la contienda electoral. No entorpecía y no era intervención presidencial, advirtiendo al país los peligros que se presentaban en el horizonte, de continuar un estado de alarma como era el de las disputas electorales. Parecióle, que por patriotismo, los partidos deberían hacer un alto en sus rivalidades y aguardar la cercanía de las elecciones nacionales; y al efecto, creyendo que su palabra sería escuchada por los contendientes, expidió un manifiesto a la Nación. Si las reformas proclamadas por la Revolución Constitucionalista (escribió el Presidente) ... estuvieran ... consolidadas ... la división del Partido Constitucionalista no solamente no sería perjudicial, sino que sería necesaria para el mejor funcionamiento de las instituciones políticas; pero existiendo un enemigo fuerte, rico y organizado: la Reacción, los peligros divisionistas y prematuros estaban a la vista.

Hecha esta última afirmación, Carranza volvió a comparar la situación política del país en el año de 1919, con la de Juárez, en 1860. Este era un mero y accesorio argumento. No existía ya la Contrarrevolución amenazante. La amenaza era el desplante vocativo y resuelto de los nuevos políticos hechos por la misma Revolución. Tampoco había división; pues podía verse cuán unánime se presentaba la opinión revolucionaria, para llevar a cabo la democracia electoral -la democracia electoral, considerada como el fundamento y complemento de la Gran Democracia, que era política, social económica, jurídica y administrativa. ¿Cómo -se decía— podía haber Democracia, Constitución y República sin el Sufragio Efectivo?

De esta suerte, el manifiesto de Carranza en lugar de ser útil a los proyectos ordenados y patrióticos del Presidente, sólo sirvió para encender más los ánimos; pues se creyó que aquellas palabras encerraban una añagaza; también una intervención del Ejecutivo en un problema que únicamente correspondía a la competencia popular. Así, a partir de aquel documento, cualquier movimiento del Presidente se le tuvo como proyecto siniestro. Carranza, para la nueva pléyade, era un ilustre personaje del pasado. No entendía lo porvenir. Estaba envejecido. Así la censura le asaltaba a cada paso; el corro del neoanticarrancismo pareció quedar asociado al corro del anticarrancismo Contrarrevolucionario.

Queriendo componer esa situación que sentía aplastante para su autoridad, Carranza, con su palabra, no hizo más que precipitar acontecimientos, que si ciertamente eran inevitables, cuando menos pudieron ser demorados; porque ahora, creyéndose ver, como queda dicho, en el manifiesto del Presidente una advertencia amenazadora, los presidenciables y sus partidarios se dispusieron a ocupar posiciones definidas.

Así, el general Obregón, obligado a un compromiso partidista inaplazable, hizo pública (1° de junio, 1919) su presidenciabilidad; y para no quedar relegado a la oscuridad y vencer además a quienes le creían timorato y obsecuente servidor de Carranza, el general Pablo González siguió el ejemplo del primero (23 de junio).

Faltaban doce meses para las elecciones nacionales. Los candidatos estaban en la arena y no podrían retroceder. La pugna, desde los primeros día, tomó el camino de los agravios; pero antes de que realmente se enconasen los ánimos, el general González consideró patriótico hacer de aquella lucha, una noble y democrática batalla. Bien calculaba González que no existiendo en México una clase ciudadana, y siendo la democracia electoral un suceso que no estaba al alcance de la masa rural, la competencia comicial podría producir una tragedia en el país; y de esta suerte, se dirigió a Obregón proponiéndole que entre ambos fuese firmado un pacto de honor, conforme al cual las elecciones se efectuarían dentro de las reglas del respeto mutuo y los resultados serían aceptados honorable y pacíficamente por los partidos contendientes.

Parecióle a Obregón, que la proposición de González no sólo tenía un aspecto deshonroso, sino denotante de una debilidad gonzalista. Y, ciertamente, Obregón no podía dilucidar tal pacto de otra manera. A su alma violenta y fiera se agregaba ahora una serie de recelos hacia Carranza. Creía que éste se entendía secretamente con González y que por tanto, el gonzalismo representaba al verdadero enemigo. Además, entregado totalmente al ser democrático, para Obregón una pacto de tal naturaleza poseía los tintes de un compromiso al margen de las decisiones populares. El proyecto de González tuvo, pues, para Obregón características antidemocráticas, mientras que él defendía la pureza de una democracia correspondiente a la escuela de Madero, y por tanto estaba cierto de que su nombre, llevado a las urnas electorales, sería el anticipo de su triunfo presidencial.

Con todo eso, la República política se incendió. No se requirió más leña para atizar el fuego. Los agrupamientos políticos, aunque sin bandera idelógica, ni número comprobable de socios, ni propósitos definidos, estuvieron a la orden del día. No solamente los hubo obregonistas y gonzalistas. Otros, sin clasificación esperaban saber cuál era el rumbo más próspero. También se inició la organización de un partido que, sin corresponder abiertamente al oficialismo, estaba inspirado por los allegados a Carranza.

Dejando a su parte esa República política, una mayoría de la población nacional, se situó al margen del desenvolvimiento electoral. No creía ni podía creer en el Sufragio Universal. Ni creía ni podía creer en las presidenciabilidades. Ni creía ni podía creer en los asuntos públicos. Esa gente continuaba azogada por la guerra; tampoco columbraba la profundidad y dilatación de la Revolución.

Había otros hombres que, de origen revolucionario no ponían la mano en la organización o disputas de partido, considerando que antes era indispensable adoctrinar al pueblo. Uno de esos hombres fue el general Salvador Alvarado, quien profundamente resentido por los desdenes de Carranza —desdenes que no merecía- en lugar de agregarse a alguna parcialidad sin hacer la propia, se dedicó a dirigir una publicación periódica: El Heraldo de México. En ésta hacía objetividad; pero siempre con melancolía y pesimismo. Consideraba que el país estaba oscurecido; que el ochenta por ciento de la población vivía, ya en la realidad, sustraída al Gobierno. Cotidianamente moría trágicamente, un promedio de cien mexicanos. El pueblo había caído en la desilusión. Los jefes revolucionarios ya no convencían. Las pasiones eran causa de hondas divisiones de hombres, clases e ideas. México requería la pacificación total, la organización de un nuevo, disciplinado y competente ejército. Necesitaba el arreglo de sus deudas interior y exterior, el ajuste de los ferrocarriles, la reglamentación del petróleo, la rehabilitación de su industria y una nueva composición agrícola.

Así, de los caudillos revolucionarios, fue Alvarado quien formuló y presentó un programa político y social; y aunque éste contenía capítulos ilusivos, pues no era posible que una nación, apenas en los comienzos de una trasguerra, pudiese levantar y embarnecer su economía, no por ello dejó de ser interesante; también comprensivo.

Aunque en programa e ideas Alvarado se abstuvo de fundar un partido. Estimó que teniendo Carranza su plan para lo futuro sería inútil tratar de disuadirle de una empresa que notoriamente conducía al país a una lucha violenta; quizás a una nueva guerra, y amargado, aunque sin abandonar la dirección de su periódico, marchó a Estados Unidos. Desde allí, creyó más factible y efectivo su concurso a una inevitable lucha contra Carranza.

El Presidente se fue quedando solo. No faltaron deslealtades entre quienes parecían sus colaboradores. Así y todo, siguió fiando en su invulnerabilidad. Creyó que iba a llegar entre sus adversarios políticos, la hora del arrepentimiento; y ello, a pesar de que en la ciudad de México ocho publicaciones periódicas, incluyendo una con tintes católicos, vomitaban desprecios hacia el carrancismo, burlándose de una ley de imprenta que pareció previsora, pero ya entrado el año de 1919, nadie respetó.

La ley de imprenta, en efecto, había sido hecha para servir en una época de normalidad. No se advirtió que dentro de un período electoral, por las mismas garantías otorgadas por la Constitución, tal ley sería inaplicable. Así, el gobernante tenía que tolerar una campaña de injurias y alarmas; pues los periódicos anticarrancistas, se encargaban principalmente de hablar acerca de un estado de cosas, conforme al cual la autoridad del Presidente no llegaba más allá de las fronteras del Distrito Federal; y tal afirmación sirvió para soliviantar los ánimos de la mentalidad popular contra el Estado, de manera que fue así como silenciosa y arteramente se preparó la subversión.

Los diputados acusaron al Presidente de estar organizando una urdimbre política y electoral con objeto de imponer a su sucesor. No sabían quién podría ser el candidato de Carranza; pero como supusieron que tal función estaba destinada al general Pablo González, cargaron sus censuras sobre éste y exigieron al Presidente que le retirara el mando del ejército del Sur. Estimaron los diputados que González, al servicio imposicionista de Carranza, utilizaría las fuerzas armadas, para llevar a cabo una maniobra militar contra la voluntad popular.

Debido a tan categóricas afirmaciones, ya no sólo se dudó que Carranza se opondría al triunfo electoral del general Obregón, sino que apoyaría a determinado candidato presidencial —el candidato oficial.

Tantas y graves eran las murmuraciones a este respecto; tantos los temores de que se produjece un choque entre la gente oficial y el mundo popular que se suponía sostén de Obregón, que el secretario de Industria general Calles, se apersonó con el Presidente para hablar sobre la materia. En la conferencia estuvo presente el general Francisco Murguía; y como Calles, con singular entereza, preguntó a Carranza si era verdad que se disponía a dar el apoyo del Gobierno a determinado candidato presidencial. Carranza, aunque sin comprometerse, indicó que seguiría el camino de la neutralidad oficial.

Con lo dicho por el Presidente, Calles quiso calmar los ánimos, que estaban cerca de estallar; pero el obregonismo no tomó como ciertas las palabras del Presidente. Obregón mismo se negó reconocerles sinceridad. En ello; tuvieron mucha culpa los colaboradores literarios del Presidente; pues el órgano periodístico principal del Gobierno, en lugar de acudir al campo del neutralismo electoral acusó a Obregón de militarista, asegurando que el país estaba en peligro de sufrir una dictadura militar, de la cual sería jefe Obregón. Y fue esta, la imputación que más lastimó al caudillo, puesto que aparte de haberse retirado de la secretaría de Guerra y de estar entregado a la vida civil, en su manifiesto de postulación condenó todos los privilegios castrenses.

Mas como comprendió que la sola palabra militarista, podía causarle desdoro, Obregón se dirigió al Senado (9 octubre, 1919), pidiendo que no le ratificase su grado de general, no obstante que debía tal categoría a sus victorias en la guerra y a los nombramientos de Carranza. Obregón, con tal hecho, trató de establecer que era el jefe de un partido civil y popular y por tanto ajeno a los laberintos, disciplinas y compromisos de cuartel.
Presentación de Omar CortésCapítulo vigésimo cuarto. Apartado 8 - Retorno a la vida mundialCapítulo vigésimo quinto. Apartado 2 - El partido obrero Biblioteca Virtual Antorcha