Presentación de Omar CortésCapítulo segundo. Apartado 1 - Actividades de Flores MagónCapítulo segundo. Apartado 3 - El general Bernardo Reyes Biblioteca Virtual Antorcha

José C. Valades

HISTORIA GENERAL DE LA REVOLUCIÓN MEXICANA

TOMO PRIMERO



CAPÍTULO 2 - LA SUCESIÓN

LO INSURRECCIONAL EN FLORES MAGÓN




Para Ricardo Flores Magón, como acontece dentro del ser de los grandes y humanos idealizadores, lo acontecido en Cananea pareció como un faro de luz que guiaba hacia un camino no advertido en el Programa de la Junta organizadora del Partido Liberal. Así, e invocando una lucha santa por la libertad y la justicia, las violencias ocurridas en el mineral caprífero hicieron el milagro de convertir a Flores Magón a la más apasionada idea insurreccional; pues desde esos días de junio (1906), y cuando todavía no corría impreso el Programa de la Junta, los liberales de San Luis y con éstos, los clubes de la misma filiación que existían en la República, fueron activos y denodados revolucionarios.

Ya en ese nuevo tren, los adalides de la Junta resolvieron establecer su base de operaciones en El Paso, ciudad texana desde la cual, con sólo cruzar el puente internacional, podían estar en territorio de México.

Esta posición, unida a la inexperiencia y al alma ilusiva de aquellos jóvenes que no tenían la menor idea acerca de lo insurreccional, les hizo creer que, de proponérselo, sería muy fácil y sencillo dar un golpe de audacia y apoderarse de la plaza fronteriza de Ciudad Juárez; y como Juan Sarabia tuvo noticias de que entre los oficiales de la guarnición militar de Juárez estaba uno que había sido su condiscípulo, le pareció normal invitarle a fin de que les ayudara a dar el proyectado golpe.

Sarabia habló, pues, con su ex condiscípulo el teniente Ceferino Reyes, a quien puso al corriente de los trabajos que hacían los miembros de la Junta para dar un albazo en Ciudad Juárez. Reyes escuchó a Sarabia, pero en seguida comunicó a sus superiores lo que sabía, y sirviendo a éstos atrajo a los novatos revolucionarios a una celada, de manera que cuando los liberales, creyendo que iban a apoderarse de Ciudad Juárez, llegaron (4 de octubre, 1906) a la plaza, cayeron en la trampa, de la cual sólo se salvó una veintena que pudo regresar a territorio noramericano, mientras que Sarabia, César E. Canales, Vicente de la Torre y doce hombres armados más, fueron aprehendidos, llevados a Chihuahua, juzgados entre ardides, temores, falsedades e instructivos del Centro y poco después enviados a la sombría y torturante prisión de San Juan de Ulúa.

Aquel fracaso sedicioso estuvo lejos de amedrentar el ánimo de un hombre tan optimista, pertinaz y arrojado como Flores Magón, quien en seguida de huir y ocultarse temporalmente en California, reinició sus actividades, en esta vez con mayores bríos.

Flores Magón carecía de dinero, armas y municiones, también de lugartenientes establecidos en México. Carecía, en fin, de una organización capaz de llevar a cabo un levantamiento. Así y todo, como era dado a creer todo lo que imaginaba, se dirigió a los liberales mexicanos; les incitó a probar suerte con una sublevación. Sólo le respondieron algunos grupos de Veracruz y Tabasco, y como éstos también vivían en los ensueños, frcasaron en sus proyectos; pero ni así decayó el espíritu combatiente de Flores Magón, quien luego incitó a huelgas revolucionarias a los obreros de Puebla y Tlaxcala y a los trabajadores ferrocarrileros.

Mientras tanto, y ya con alguna realidad a la mano, reunió fondos para la preparación de actos subversivos; mas el gobierno de México que le seguía día y noche por medio de una red de agentes norteamericanos, pidió al gobierno de Estados Unidos detener a los revolucionarios. Las autoridades norteamericanas, acusando a los miembros de la Junta de violar las leyes de neutralidad, mandó aprehender a Flores Magón, Antonio I. Villarreal y Librado Rivera, quienes fueron llevados a una prisión de Arizona.

Anterior a esta prisión, y estando ocultos en Los Angeles (California), los miembros de la Junta tuvieron noticias de lo ocurrido en Río Blanco, donde los obreros de las fábricas de hilados y tejidos, como respuesta a una imprudencia casual cometida por los administradores de las fábricas y las autoridades militares de la población, se declararon en huelga agresiva, y con muchos ímpetus se enfrentaron a los soldados, perdiendo vidas y alarmando al gobierno, que sin considerar lo sintomático de los sucesos, creyó prevenir nuevos actos de la misma naturaleza, mediante la reglamentación del trabajo y salario.

Entre tanto, agrandado, ya por imaginación, ya por partidismo, lo acontecido en Río Blanco, el país se interesó por la suerte de los obreros, condenó los abusos de la autoridad y dio carta de naturalización a los sistemas de violencia. De esta manera, a lo que sólo daban, en un comienzo, la categoría de insurrección antiporfirista, ahora era Revolución. Y de revolución hablaron en los clubes liberales. De revolución se habló en el norte del país. ¿Oís?, escribió una de las plumas más selectas de los clubes liberales: ¿Oís? ¡Es el viento que surca las frondas de misteriosa selva! ... Es el aliento de la Revolución.

La Junta del Partido Liberal empezó así a procurar la revolución. Pero, ¿cómo hacerla? He aquí la pregunta a la cual no se daba respuesta, puesto que si no se poseían recursos pecuniarios, ni facilidades para la adquisición de petrechos de guerra, ni una conspiración formal para dirigir la insurrección, ¿qué hacer para organizar una revolución en el país?

Tanto creía Flores Magón en un alzamiento popular, que con la seguridad de que a su sola voz todos los hombres acudirían a las armas para derrocar a don Porfirio, propuso que el levantamiento se iniciara el 25 de junio (1908), y así, pública y ardientemente, empezó a dar aliento a los futuros combatientes, lo cual sólo servía para que el gobierno siguiera más de cerca las actividades de los liberales, sobre todo en el norte de México.

De antemano, sin duda alguna estaban condenados los sublevados a fracasar. Y fracasaron en las intentonas de Las Vacas, Viesca y Palomas; ahora que en estos episodios liberales y revolucionarios, no bastó el heroísmo de adalides como Práxedis G. Guerrero, Jesús M. Rangel, Enrique Flores Magón y Francisco Manrique, para que la insurrección prosperara. Los esfuerzos valientes de un centenar de improvisados soldados de la Revolución se hundieron en unos cuantos días; y el propio Flores Magón, juntamente con Villarreal y Rivera, perdió su libertad en California, pareciendo como si aquella ola de juventud y esperanza materializada en los caudillos del Partido Liberal, se hubiese dado un tumbo en el reposo de muy tranquilas aguas, no sin la pérdida de seres humanos, ora en el combate, ora en la prisión.

Así y todo, aquella pléyade que vivía y pensaba en torno a la Junta Organizadora del Partido Liberal, continuaría entregada al amor que inspiraba la Revolución.
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