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José C. Valades

HISTORIA GENERAL DE LA REVOLUCIÓN MEXICANA

TOMO PRIMERO



CAPÍTULO 1 - PAZ DE REGIMEN

RAMÓN CORRAL




No tuvo el régimen porfirista aptitudes para procrear las mentes del ingenio y de las ideas. Después de las violencias de sus primeros años de gobernante, el general Díaz preceptuó una vida tan rutinaria para el país, que lo sobresaliente pertenecía a las artes imitativas o simulativas, o bien a las logias literarias del elogio mutuo o de la cursilería. Lo que sí dio el porfirismo, y con creces, fueron hombres de mando; a veces de alto mando como lo personificó en Ramón Corral, quien no obstante ser ayuno de ideas, era correspondiente a la ortodoxia porfirista que construyó los cimientos políticos de la Nación mexicana.

El mando de Corral como ministro de Gobernación y vicepresidente de la República, no pertenecía al de una facultad capaz de crear sistemas admirables. Tampoco concordaba con los regímenes políticos de la persuasión. Corral, aunque aficionado a las letras y artes bellas, parecía haber nacido con el temperamento endurecido de quienes acostumbran a mandar sin retroceder. Esto no obstante, era un verdadero colaborador en la continuidad y prolongación del régimen porfirista; porque don Porfirio podía estar seguro de que sus sistemas de orden serían invariables. Y esto mismo bastaba al general Díaz, para creer en una paz cierta y perenne.

Tan profundamente había penetrado Corral en el alma presidencial de don Porfirio, que sus órdenes a los gobernadores, los movimientos apellidados electorales, la acción de los cuerpos rurales, la correspondencia electoral con los caudillos políticos locales y con los grupos de intriga y ventura, así como la vigilancia sobre los funcionarios públicos o las sociedades de descontentos y los expulsos políticos, eran conducidos mediante las reglas mecánicas establecidas por el general Díaz desde la primera década de su autoridad política nacional.

De todo esto se originó la impopularidad de la cual fue víctima Corral; pues eran tan precisas sus representaciones porfiristas, que el más corto examen de la razón determinaba que, de suceder Corral a don Porfirio en la presidencia, el régimen continuaría invariable en sus errores y cualidades; y como aquéllos y éstas eran muy profundos y no había el menor designio de enmendarlos, el país prefería admirar a don Porfirio que aceptar cualquiera idea cercana a un posible gobierno de Corral, quien en alas de una responsabilidad de alta disciplina, notoriamente ceñía sus juicios y funciones no tanto para servir a la República, cuanto a fin de pagar proporcionalmente su nombramiento de vicepresidente. Tal es el mal que siempre habrán de padecer los pueblos, cuando sus gobernantes hacen extremos los compromisos de su correspondencia a la voluptuosidad de la lealtad.

Así, ese carácter tenaz y enérgico, unido a un talento que encaminaba a todos los problemas, pero especialmente al de la vigilancia más estricta y eficiente del orden público, hacía de Corral el centro de las representanciones políticas, en cuya iniciativa sólo daba opinión y gobierno el general Díaz.
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