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HISTORIA DIPLOMÁTICA
DE LA
REVOLUCIÓN MEXICANA
(1910 - 1914)

Isidro Fabela

PRIMERA PARTE

PERIODO DEL PRESIDENTE WILSON



Observando el orden cronológico que nos hemos propuesto seguir en esta historia, analizamos ahora la actitud del señor Presidente Woodrow Wilson hacia México después de los asesinatos de los altos mandatarios de nuestro país don Francisco I. Madero y licenciado José María Pino Suárez.

El mismo día 18 de febrero en que la Casa Blanca tuvo noticia de que el Ejecutivo mexicano había sido aprehendido por Victoriano Huerta y que este desleal soldado se había hecho cargo de la presidencia,

míster Wilson manifestó a un grupo de periodistas que, a su juicio, no podía ocurrir ningún daño al Presidente depuesto (1). Y todos sabemos cuán hondamente le conmovió la noticia recibida bien pronto, de que habían sido asesinados a sangre fría el Presidente Madero y el Vicepresidente Pino Suárez, noticia de la cual infería que, directa o indirectamente, Huerta era responsable del crimen. Había claras pruebas, en los mensajes recibidos, de que el embajador norteamericano, H. L. Wilson, después de fracasar en sus gestiones para lograr que el gobierno de Huerta fuera reconocido inmediatamente por la administración del Presidente William Howard Taft, había adoptado la extraordinaria táctica de trabajar para que todos los elementos del interior del país se sometieran a Huerta, a fin de que la administración de éste, gracias a su eficacia, conquistara la buena voluntad del nuevo Presidente de los Estados Unidos. El día 26 de febrero de 1913, Lane Wilson escribía lo siguiente al cónsul norteamericano en Mazatlán, Sinaloa:

Debéis esforzaros sin cesar por conseguir la sumisión general al gobierno provisional ... El gobierno provisional está siendo respaldado generalmente en toda la República y está demostrando gran firmeza y actividad.

Al otro día de que Wilson tomó posesión de la Presidencia, el embajador Lane Wilson aseguraba al nuevo secretario de Estado, William Jennings Bryan, que los Estados que se han sometido representan al noventa por ciento de la población de México, y el orden se ha restablecido en las tres cuartas partes del territorio, que ellos representan.

Mas bien pronto había de ver el Presidente Wilson los informes de los agentes consulares norteamericanos, lo mismo que muchas cartas de individuos que tenían alguna autoridad para hablar sobre la sitUación, y los cuales presentaban un relato muy distinto, era evidente que en muchas partes de México había causado horror el asesinato de Madero, personaje que era considerado como un libertador, y que el espíritu de revuelta contra Huerta, mucho más generalizado de lo que descubría el embajador Lane Wilson, estaba aumentando a diario. Venustiano Carranza, a la sazón gobernador del Estado de Coahuila, había telegrafiado el 26 de febrero al Presidente Taft:

La nación mexicana condena el villano golpe de Estado que ha privado a México de sus gobernantes constitucionales por medio de un cobarde asesinato.

Pero había otra fase del problema que se imponía a la atención de Wilson: la actitud de la América Latina en general. Los informes de los embajadores, ministros y agentes consulares norteamericanos en Centro y Sudamérica comunicaban la opinión del momento acerca de la situación mexicana, y todos denotaban mucha inquietud, amplias sospechas y temores hacia el Coloso del Norte, hacia la intervención yanqui, el materialismo yanqui, y las consecuencias de la doctrina Knox acerca de la diplomacia del dólar.

México, en una palabra, era una parte del complejo de problemas que afectaban a toda la América Latina. Lo que se necesitaba era una política que fuera aplicable a toda la situación.

La declaración presidencial del 11 de marzo de 1913, juntamente con la renuencia de Wilson -el Presidente- a satisfacer las urgentes demandas en pro del reconocimiento de Huerta, contrariaron amargamente al embajador Lane Wilson, el cual no creía de ninguna manera en las finalidades idealistas del primer magistrado. Tampoco tenía confianza en el buen éxito de cualquier gobierno mexicano que no se fundase en la fuerza. Por eso escribía el 12 de marzo al secretario Bryan:

... a menos de que se establezca de nuevo el mismo tipo de gobierno implantado aquí por el general Porfirio Díaz, estallarán nuevos movimientos revolucionarios y se renovará la intranquilidad general.

En verdad, las condiciones de México empeoraban a gran prisa. Antes de que terminara el mes de marzo, estaba en su apogeo una revolución contra Huerta, encabezada por Carranza. Para complicar más las cosas, el gobierno británico revocó su primera determinación y anunció su deseo de reconocer a Huerta como Presidente Interino. Era muy probable que los demás gobiernos siguieran el ejemplo, afianzando así la autoridad del dictador y debilitando el prestigio de la nueva administración norteamericana a los ojos de los latinoamericanos.

Wilson comprendió bien pronto que la situación era por demás complicada y que él necesitaba contar con los informes más completos acerca de ella. Había perdido la confianza en su embajador y estaba desorientado por la babel de informes y consejos que le llegaban de todas partes. En consecuencia, recurrió a su método favorito de enviar un agente especial, a quien juzgaba poder tenerle confianza, para que hiciera investigaciones. Escogió a William Bayard Hale, brillante periodista, que, sin embargo, estaba incapacitado por su temperamento para semejante labor.

También fueron a México otros agentes, y entre ellos W. H. Sawtelle, viejo amigo de Bryan; pero como Hale, conociendo poco el idioma y los antecedentes históricos, bien pronto aumentó la confusión con sus informes y consejos.

En cierta época, durante los agitados meses posteriores, logró Wilson adquirir, de libros e informes, un amplio conocimiento de la historia y problemas de México. Era un método característico del intelectual el buscar una firme base de acción para lo presente, en el conocimiento de lo pasado.

Empero, los acontecimientos no podían permitir una investigación académica como la que deseaba el Presidente, el cual no sólo era apremiado a obrar por el embajador y los irritados residentes norteamericanos en México, sino que también se enteró al poco tiempo de los complicados intereses pertenecientes a los grandes bancos, ferrocarriles e industrias de los Estados Unidos, los intereses de los mismos individuos a quienes se había opuesto en Nueva Jersey y con quienes, según estaba convencido, debía enfrentarse una vez más al proponer las leyes acerca de las tarifas y el sistema monetario.

A principios de mayo el banquero neoyorquino James Speyer visito a John Basset Moore, consejero del Departamento de Estado, y le comunicó sus temores por el empréstito de diez millones de dólares hecho a México y que debía vencer en junio. Huerta no hacía preparativos para pagarlo, y Speyer insinuó que, sin el reconocimiento por parte de los Estados Unidos, el mismo Huerta tropezaría con dificultades para reunir fondos; que su gobierno podría caer y que, a causa de los trastornos que resultasen, quizá los Estados Unidos se verían obligados a intervenir.

El punto fue sometido desde luego a la consideración de Woodrow Wilson.

También estaba muy preocupado uno de los grandes directores ferrocarrileros de los Estados Unidos, Julius Kruttschnitt, director de la junta del ferrocarril Sud pacífico, cuyas líneas cruzaban por los Estados meridionales para entrar en México. Por conducto del coronel House, envió al Presidente Wilson un discreto y ponderado infonne de las condiciones preparado por el juez D. H. Haff, de Kansas City, personaje que tenía mucha experiencia como abogado de empresas norteamericanas en Mexico.

Entendíase que este infonne contaba con la aprobación de los intereses representados por la Phelps Dodge Co., la Greene Cananea Copper Company (la empresa minera más poderosa de México) y otros. En una palabra: era la propuesta de los grandes intereses acerca de la situación de México (2).

WOODROW WILSON PROYECTA EL RECONOCIMIENTO DE VICTORIANO HUERTA

Aunque en gran parte los consejos contenidos en el informe eran contrarios a las inclinaciones de Wilson, ya que él desconfiaba profundamente de Huerta y del embajador norteamericano, la comunicación lo impresionó mucho, y esa impresión se vio reforzada días más tarde por una visita del juez Haff en persona, el cual fue presentado por Cleveland H. Dodge, amigo del Presidente. El juez amplio sus declaraciones originales y Wilson quedó convencido en tal forma, que empezó a pensar en el reconocimiento provisional de Huerta, a condición de que en breve se celebrasen elecciones generales y se nombrase un Presidente Constitucional. Por lo tanto, preparó, para enviarla por conducto del embajador Lane Wilson, una declaración en la cual desarrolló los puntos principales con sus notas mecanográficas.

En vista de que este documento no ha sido publicado hasta ahora, lo transcribo aquí íntegramente.

Decía así:

Servíos manifestar a Huerta que teníamos entendido que él debería buscar un pronto arreglo constitucional de los asuntos de México por medio de una elección libre y popular y que nuestra demora y vacilación acerca del reconocimiento se han debido a la aparente duda e incertidumbre acerca de sus verdaderos planes y propósitos. Nuestro sincero deseo es servir a México. Estamos dispuestos a ayudar en todas las formas que podamos, para lograr un arreglo pronto y halagüeño que traiga la paz y restablezca el orden. La continuación del actUal estado de cosas sería funesto para México y sería susceptible de trastornar en extremo peligrosamente todas sus relaciones internacionales. Estamos dispuestos a reconocerlo ahora a condición de que cesen todas las hostilidades, de que convoque a elecciones para una fecha próxima, pues a nuestro juicio es muy remoto el 26 de octubre, de que se habla ahora, y de que el se comprometa absolutamente, como requisito para nuestra acción en favor suyo, a lograr una elección legal y equitativa, con todo el mecanismo y las salvaguardias necesarias.

En esta inteligencia, el gobierno de los Estados Unidos empleará sus amistosos oficios para conseguir, de los funcionarios de los Estados que ahora se niegan a reconocer la autoridad del gobierno de Huerta, un convenio para suspender las hostilidades, mantener el statu qua hasta que se hayan efectuado las elecciones y someterse al resultado de éstas, si se desarrolIan libremente y sin intervención arbitraria de ninguna especie, como hemos sugerido.

Debe insinuarse a Huerta que no es probable que el gobierno de los Estados Unidos asienta a cualquier método de arreglo obtenido por el gobierno de México, interesando a los gobiernos de Europa a fin de que presenten su protección y ayuda, a cambio de ventajas especiales concedidas a sus súbditos o ciudadanos.

Empero, después de haber preparado esta comunicación,

Wilson vaciló en enviarla a su destino. (Mientras tanto), Huerta, alentado por el reconocimiento otorgado por la Gran Bretaña y los gobiernos de la América Latina, se hacía más arrogante y dictatorial y aun anunció su propósito de negar el reconocimiento diplomático al representante norteamericano en México.

Wilson empezó a pensar, si aun en el caso de que el feroz dictador aceptase sus proposiciones, podría esperarse que las cumpliera. ¿Cómo era posible esperar que tal hombre hiciera elecciones legales y cediese el puesto a un nuevo Presidente elegido por el pueblo? Y una vez que fuese reconocido, siquiera fuese como Presidente Interino, ¿habría algún medio, aparte de la intervención armada, de tratar con él, si faltaba a sus promesas?

Es evidente, en vista de sus cartas y documentos, que el interés de Wilson en México era más amplio y profundo que el simple problema del reconocimiento. Los Estados Unidos debían favorecer los mejores intereses de México.

¿Y cómo era posible esto si se imponía a la nación un sanguinario tirano? ¿Cómo era posible que esto fuese una ayuda positiva para el 85 por ciento del pueblo que estaba subyugado? En una palabra: no se conformaba Wilson con seguir la línea de conducta que con tanto apremio y empeño recomendaban los grandes negocios, sino que pensaba en una especie de intervenciones democráticas mexicanas y del bienestar del pueblo. Eso puede parecer idealista; pero era lo que Wilson pensaba más honrada y sinceramente (3).

El anterior relato de Ray Stannard Baker nos da a conocer los sentimientos que el Presidente Wilson experimentó al ir conociendo más y más la verdadera realidad mexicana que en un principio no comprendió casi en absoluto. Fue necesario que se derrumbara el régimen democrático del gobierno del señor Madero y el holocausto de éste, para que el incomprensivo señor Wilson abriera los ojos y obrara con mayor acierto respecto al problema mexicano. Sin embargo, a pesar de los hechos trágicos acaecidos al otro lado del Río Bravo y no embargante los informes que le fueron siendo proporcionados por sus diferentes agentes personales que le merecían confianza, como William Bayard Hale, W. H. Sawtelle, y Lind, el Presidente norteamericano no se dio cuenta cabal de las causas y anhelos de la Revolución Constitucionalista, del fondo social que entrañaba y de la justicia de su causa. Incomprensión que lo llevó a tomar medidas que en teoría le parecieron apropiadas, pero que eran del todo inaceptables por los revolucionarios, lo que no llegó a entender sino después que sus errores habían causado serios daños a la nación mexicana.

Emitimos este juicio fundados en los hechos que sigue exponiendo en su ponderado historial el escritor Baker, el cual continúa diciendo:

LOS INFORMES DE HALE

Habiendo demorado el envío a Huerta, del mensaje que él mismo había redactado, Woodrow Wilson acabó de eliminarlo del todo. Este acuerdo motivó una nueva acción por parte de míster Kruttschnitt y de las empresas petroleras que lo apoyaban, absteniéndose entonces de proponer el reconocimiento, pero pidiendo que la administración norteamericana usase sus buenos oficios para que se efectuasen elecciones en fecha próxima y para arreglar las diferencias entre Huerta y los revolucionarios del Norte.

Para entonces habían comenzado a llegar los informes del agente confidencial Hale, los cuales censuraban acremente al gobierno provisional y especialmente al embajador Lane Wilson. El Presidente los leyó con cuidado y los trasmitió a Bryan, con notas anexas, las cuales indicaban que daba no poco crédito a las noticias que contenían. Al mismo tiempo recibía mucha información desfavorable de otras fuentes, algunas de las cuales se referían a la actuación de los intereses financieros norteamericanos en México, y de la cual había tenido Wilson poco o ningún conocimiento.

Después de todo ¿hasta qué punto podía seguir el consejo de hombres que, aunque competentes, más se interesaban por la seguridad de sus inversiones que por el bienestar y el buen gobierno del pueblo mexicano? Sin embargo, había que hacer algo. La situación empeoraba y el embajador Lane Wilson enviaba urgentes mensajes a Bryan (4). En uno de ellos le decía:

. . . Aunque he sido su representante personal (del Presidente) en este puesto, por espacio de tres meses, no se me ha indicado la actitud de la administración en lo que toca al reconocimiento.

INSTRUCCIONES COMPLETAS AL EMBAJADOR LANE WILSON

El 14 de junio, después de una conferencia con los secretarios Bryan y Garrison, se enviaron instrucciones concretas al embajador, que constituían la primera declaración franca del nuevo gobierno. Es imposible decir quién hizo el borrador original que la pluma del Presidente corrigió y enmendó a su manera característica.

Aunque contenía ciertas ideas de los mensajes que antes se había pensado trasmitir, eludía toda promesa de reconocimiento.

Wilson empezaba por hacer hincapié en la profunda desconfianza del gobierno de los Estados Unidos, el cual ... está convencido de que, dentro de México mismo, hay una fundamental carencia de confianza en la buena fe de los que dominan en la ciudad de México y en su propósito de salvaguardar los derechos y métodos constitucionales de acción.

Sin embargo, luego seguía diciendo:

Si el actual gobierno provisional da satisfactorias seguridades al gobierno de los Estados Unidos de que se celebrará próximamente la elección libre de coerción y compulsión; de que Huerta cumplirá su promesa original; de que no será candidato en esa elección, y de que a ella seguirá una amnistía absoluta, el gobierno de los Estados Unidos se complacerá en hacer uso de sus buenos oficios, para lograr un genuino armisticio y obtener la aquiescencia de todas las partes interesadas en el plan. También se complacería en servir de instrumento para provocar entre los jefes de los diversos partidos de México, la reunión de un Congreso que pueda prometer paz y arreglo (5).

Esta idea, entre otras, nos explica hasta dónde llegaba el error craso del mandatario yanqui al pensar que en plena revolución, honda y enconada, se pudieran celebrar elecciones y que éstas fueran libres. Tal ingenuidad demostraba la inepcia del profesor Wilson para captar el complejo caso político, militar y social del pueblo mexicano, que ya en plena guerra civil sólo pedía dar fin a su aguda crisis por el aniquilamiento total de uno de los bandos en lucha.

Mientras tanto,

el embajador Lane Wilson siguió apremiando al gobierno de Washington en favor del reconocimiento de las autoridades provisionales y, lo que fue peor, cometió la indiscreción de invitar a Huerta a comer en la embajada norteamericana. El Presidente y Bryan quedaron consternados, y el primero de ellos escribió estas palabras en un memorándum a Hale que le daba la noticia:

Creo que Wilson debería ser retirado.

Notad hasta cuándo el inexperto estadista vino a pensar, y nada más que a pensar, en el retiro de su indigno representante en México.

El embajador, y quizá la cosa fuese natural, se ofendía por la presencia de Hale en México. No tenía el periodista los métodos tranquilos llenos de tacto, nada estorbosos, que formaban gran parte de las cualidades del coronel House como emisario presidencial. Su evidente posición, como autoridad, molestaba al embajador Wilson y producía confusión e irritación entre los funcionarios mexicanos. El embajador protestó ante Bryan por la intervención de Hale en la ciudad de México, y más tarde el mismo Hale informó al Presidente que se creía en peligro de ser aprehendido por las autoridades.

Sin embargo, sus informes ejercieron mucha influencia sobre el Presidente y sirvieron para apresurar el retiro del embajador.


Notas

(1) Ray Stannard Baker, Woodrow Wilson ante la situación de México al comenzar la dictadura. Serie de artículos publicados por Excélsior, de México. Capítulo I. 29 de noviembre de 1931. El periodista R. S. Baker trató de cerca al señor Presidente Wilson y obtuvo de él las declaraciones a que hacemos referencia en este capítulo. (Conservamos la versión, no del todo correcta, del traductor).

(2) Ray Stannard Baker, op. cit.

(3) Ray Stannard Baker, op. cit.

(4) Ray Stannard Baker, op. cit., cap. II.

(5) Ray Stannard Baker, op. cit.
Índice de Historia diplomática de la Revolución Mexicana (1910 - 1914), de Isidro FabelaPrimera parte Sus compatriotas condenan a Henry Lane Wilson. Tremenda requisitoria de Norman Hapgood Primera parte Entra en escena la Gran BretañaBiblioteca Virtual Antorcha