Índice de Hidalgo, las primeras siete cartas del Cuadro histórico de la revolución mexicana de Carlos Ma. de BustamanteCarta séptima (Segunda parte)Biblioteca Virtual Antorcha

CARTA SÉPTIMA

Tercera parte

SENTENCIA FULMIDA CONTRA HIDALGO

Aceptó el Padre Rojas incontinenti el nombramiento; se pasaron los oficios que previene este decreto, y se dió la sentencia de degradación siguiente:

En la villa de Chihuahua a los 27 días del mes de julio de 1811. Estando juntos y congregados a las ocho y media de la mañana en la casa morada de D. Francisco Fernández Valentín canónigo doctoral de la Santa Iglesia de Durango, el referido señor con los asociados Dr. D. Mateo Sánchez Alvarez, el R. P. Fr. José Tárraga, y D. Juan Francisco García, después de haberse leído por mí el presente notario la superior comisión del Illmo. Sr. Dr. D. Francisco Gabriel de Olivares de 18 del corriente, y habiendo aceptado todos, ofreciendo desempeñarla cada uno en la parte que le toca bien y cumplidamente según su leal saber y entender, a lo que se obligaron en debida forma, y conforme a derecho, se pasó a leer acto continuo el proceso criminal formado por la jurisdicción real y eclesiástica unidas, al Br. D. Miguel Hidalgo y Costilla, cura de la congregación de los Dolores en el obispado de Michoacán, y concluída su lectura por mí el notario, se conferenció largamente sobre su contenido, haciendo cada uno las reflexiones que estimó oportunas, y considerando todos que la causa estaba suficientemente examinada, el juez comisionado, de unánime acuerdo y consentimiento de sus asociados, pronunció la sentencia siguiente:

En el nombre de Dios Omnipotente, Padre, Hijo y Espíritu Santo, yo D. Francisco Fernández Valentín, canónigo doctoral de la Santa Iglesia Catedral de Durango, y comisionado por mi Prelado el Illmo. Sr. Doctor D. Francisco Gabriel de Olivares, del Consejo de S. M. C., etc. Habiendo conocido juntamente (1) con el señor comandante general de las provincias internas de N. E., brigadier de los reales ejércitos don Nemesio Salcedo, la causa criminal formada de oficio al Br. D. Miguel Hidalgo y Costilla, cura de la congregación de los Dolores en el obispado de Michoacán, cabeza principal de la insurrección que comenzó en el sobredicho pueblo el día 16 de septiembre del año próximo pasado, causando un trastorno general en todo este reino, a que se siguieron innumerables muertes, robos, rapiñas, sacrilegios, persecuciones, la cesación y entorpecimiento de la agricultura, comercio, minería, industria y todas las artes y oficios, con otros infinitos males contra Dios, contra el rey, y contra la patria, y contra los particulares; y hallando al mencionado D. Miguel Hidalgo evidentemente convicto y confeso de haber sido autor de la tal insurrección, y consiguientemente causa de todos los daños y perjuicios sin número que ha traído consigo, y por desgracia siguen y continuarán en sus efectos dilatados años; resultando además reo convicto y confeso de varios delitos atrocísimos personales, como son entre otros las muertes alevosas que en hombres inocentes mandó ejecutar en las ciudades de Valladolid y Guadalajara, cuyo número pasa de cuatrocientas, inclusas en ellas las de varios eclesiásticos estando a su confesión, y a muchísimas más, según declaran otros testigos: dado orden a uno de sus comisionados para la rebelión de dar muerte en los propios términos (2) a todos los europeos que de cualquier modo se opusiesen a sus ideas revolucionarias, como acredita el documento original que el reo tiene reconocido y confesado; haber usurpado las regalías, derechos y tesoros de S. M., y despreciado las excomuniones de su obispo y del santo tribunal de la Inquisición, por medio de papeles impresos injuriosos, cuyos crímenes son grandes, damnables, perjudiciales, y tan enormes y en alto grado atroces, que de ellos resulta no solamente ofendida gravísimamente la Majestad divina, sino trastornado todo el orden social, conmovidas muchas ciudades y pueblos con escándalo y detrimento universal de la Iglesia y de la nación (3), haciéndose por lo mismo indigno de todo beneficio y oficio eclesiástico.

Por tanto, y teniendo presente que la citada orden expresa haber visto S. S. I. esta causa, y en atención a lo que se me ordena con autoridad de Dios Omnipotente (4), Padre, Hijo y Espíritu Santo, y en virtud de las facultades que por absoluta imposibilidad de ejecutar esta degradación por sí mismo me ha conferido el Illmo. Sr. Diocesano, privo para siempre por esta sentencia definitiva al nominado D. Miguel Hidalgo y Costilla de todos los beneficios y oficios eclesiásticos que obtiene, deponiéndolo como lo depongo por la presente de todos ellos ... y declaro (5) asimismo que en virtud de esta sentencia debe procederse a la degradación actual o real, con entero arreglo a lo que disponen los sagrados cánones, y conforme a la práctica y solemnidades que para iguales casos preso cribe el Pontifical Romano.

Así lo pronunció, mandó y firmó el juez comisionado en unión de sus asociados por ante mí, de que doy fe.

Francisco Fernández Valentín.
José Mateo Sánchez Alvarez.
Fr. José Tárraga, guardián.
Juan Francisco García.
Ante mí, Fr. José María Rojas.


EJECUCIÓN DE LA SENTENCIA DE DEGRADACIÓN

En 29 del propio mes y año, estando el señor juez comisionado en el Hospital Real de esta villa con sus asociados y varias personas eclesiásticas y seculares que acudieron a presenciar el acto, compareció en hábitos clericales el reo D. Miguel Hidalgo y Costilla en el paraje destinado para pronunciar y hacerle saber la precedente sentencia; y después de habérsele quitado las prisiones y quedado libre, los eclesiásticos destinados para el efecto le revistieron de todos los ornamentos de su orden presbiteral de color encarnado, y el señor juez pasó a ocupar la silla que en lugar conveniente le estaba preparada, revestido de amito, alba, cíngulo, estola y capa pluvial, e inclinado al pueblo, y acompañándole el juez secular, teniente coronel D. Manuel Salcedo, gobernador de Texas, puesto de rodillas el reo ante el referido comisionado, éste manifestó al pueblo la causa de su degradación, y en seguida pronunció contra él la sentencia anterior, y concluída su lectura procedió a desnudarlo de todos los ornamentos de su orden, empezando por el último, y descendiendo gradualmente hasta el primero en la forma que prescribe el Pontifical Romano; y después de haber intercedido por el reo con la mayor instancia y encarecimiento ante el juez real para que se le mitigase la pena, no imponiéndole la de muerte, ni mutilación de miembros, los ministros de la curia seglar recibieron bajo su custodia al citado reo ya degradado, lIevándolo consigo, y firmaron esta diligencia el señor delegado, con sus compañeros, de que doy fe./p>

Fernández Valentín.
José Mateo Sánchez Alvarez.
Fr. José Tárraga, guardián.
Juan Francisco García.
Ante mÍ. Fr. José María Rojas.

Tal fue la farsa eclesiástica que contra todo derecho vió por primera vez la villa de Chihuahua, no de otro modo que México la del desgraciado general Morelos en 1815, de que hablamos en el Centzontli núm. 1. Ceremonias tan augustas y tremendas para el que las ve con ojos de piedad y religión, se hacen ridículas cuando se ejecutan por jueces incompetentes, y atropellando todos los trámites del derecho, desoyendo al reo, y obrando de un modo cerebral, ridículo y caprichoso. ¿Y creerá el Gobierno español que respetó los cánones de la IgIesia y se cubrió con su égida? ... ¡Ah! Que ni aun salvó las apariencias de él (6) y se puso en ridículo aun para los indios apaches y bárbaros confinantes con los lugares de esta escena. ¿Sabe usted, amigo mío, lo que me parece el doctor Valentín cuando dizque intercedió con el juez militar para que le suavizase la pena al cura Hidalgo? Lo que un padre cuando lleva a un hijo faltista a la escuela; el muchacho teme la entrega al maestro; pero el padre en el acto de entregarlo le dice (guiñándole el ojo): No lo azote usted, es decir, si le había de aplicar media docena, déle una o dos. Los efectos benéficos de esta súplica fueron no dispararle al cura Hidalgo sobre la cabeza para conservarIa y llevar su calavera a Guanajuato, sino sobre la caja del cuerpo; así es que al infeliz hombre le descargaron como a perro rabioso tirado sobre el suelo un diluvio de balas ... He aquí la caridad del gran Nemesio Salcedo: he aquí los efectos de la intercesión del Dr. Valentín. Digámoslo mejor; he aquí la rabia infernal desatada contra esta infeliz víctima; he aquí una venganza cruel, meditada y calculada a sangre fría ... ¡Españoles: no lamentéis la pérdida de estos deliciosos países! Sembrasteis llanto, y cogisteis llanto. ¿De qué os quejáis, cuando después de tantos desafueros aun tenéis lugar en nuestra sociedad? Buscad hombres más generosos que os trataran como nosotros después de una tan larga serie de ultrajes, y de que los hechos de esta horrenda atrocidad están todavía frescos. Sí, aun humea la sangre de Hidalgo ..., aun lloran sus feligreses la pérdida de su buen párroco; todavía las ciencias se lamentan de esta desgracia que les llevó a un hijo muy querido ...; la juventud no enjuga sus lágrimas cuando recuerda la memoria de un director el más eficaz, y el que mejor supo conducirla en la carrera literaria.

Réstanos ya hablar del tribunal que conoció en la causa del cura Hidalgo. Compúsose este famoso sanedrín hispanojudaico del teniente coronel y gobernador de Texas D. Manuel Salcedo, y de los vocales teniente coronel D. Pedro Nolasco Carrasco, capitanes D. José Joaquín Ugarte, D. Simón Elías González y otros oficiales subalternos, sobre los que tenía un inmediato influjo y ascendiente D. Nemesio Salcedo. En la formación de la causa no sólo intervino el citado D. Angel Abella, que entonces se hallaba de emigrado en Chihuahua, sino D. Juan Ruiz de Bustamante, vecino de la misma villa. La sentencia se ejecutó al tercero día de haberse verificado la llamada degradación y consignádose Hidalgo a la jurisdicción militar; consignación ridícula e inútil, pues desde un principio estuvo a disposición de Salcedo el reo.

Por fortuna de éste halló en la persona de D. Melchor Huaspe, español, que hizo de alcaide, un hombre lleno de bondad que le trató con la que no esperaba Salcedo, y por lo que lo puso bajo su custodia, prometiéndose que con la aspereza de su trato le aumentaría sus padecimientos. Hidalgo, que como hombre sabio preveía su fin, se preparó con tiempo para morir y se puso bajo la dirección espiritual del P. J. José María Rojas, guadalupano de Zacatecas, americano sabio y que supo proporcionarle mil consuelos. Intimada la sentencia, la oyó Hidalgo con tranquilidad, y con la misma se mantuvo hasta los momentos de morir. La mañana de su ejecución notó que en el desayuno le habían puesto en el vaso menos cantidad de leche que solían y acostumbraba tomar; mandó que se lo llenasen, y dijo que no porque era la última debía beber menos. Al tiempo de marchar para el patíbulo se acordó de que bajo la almohada de su cama dejaba unos dulces, y revolvió por ellos y los distribuyó entre los soldados que le iban a disparar; éstos titubearon mucho para decidirse a hacerle fuego; ¡ah!, era Un sacerdote, y a los de su estado siempre se les había mirado con la más alta consideración, ni había allí memoria de que se hubiese ejecutado otro ministro del santuario: por otra parte, aquel hombre imponía aun en el estado de abatimiento a que lo había conducido la desgracia ... Como Mario, formidó con su aspecto al enemigo que quería quitarle la vida: en los lineamientos de su rostro había un no sé qué de noble, de majestuoso y respetable que sin querer recordaba todas las acciones maravillosas de aquel hombre extraordinario. Puesto en el suplicio, y con orden de conservar la cabeza de Hidalgo para trasladada en triunfo a Guanajuato, descargaron un diluvio de balas sobre su cuerpo, y por tanto le dieron una muerte cruentísima . . .

Verificóse este acto detrás del hospital militar de la villa de Chihuahua, donde se mantuvo en prisiones con grillos y mucha custodia ... ¡Españoles y americanos! Yo os convido en este instante a que presenciéis este espectáculo, espectáculo funesto, ¡vive Dios! Yo tomo las palabras de Marco Antonio, a vista del cadáver de César y de su manto ensangrentado, y os digo: ¡Veis aquí lo que nos resta del más denodado hombre que produjo el Anáhuac! ¡Mirad a ese genio vengador de los ultrajes de tres centurias de años, y sobre cuya cabeza giran los manes de Moctezuma y de Cuauhtemotzín contemplándolo atónitos! ... ¡Mirad al que idolatrabais, y a quien respetaban postrados sus mismos enemigos! Veis al que fue vuestro apoyo, ¡oh mexicanos!, el honor de vuestra especie, la gloria de Michoacán, el padre más amante del pueblo de Dolores, el protector de la industria, el maestro de la juventud, y el que una hora antes hacía temblar a sus enemigos ... El yace cadáver; pero de su cárdena boca y de su mismo silencio salen los más enérgicos discursos que os llaman y excitan a la venganza ... Consumad (os dice) la obra que comencé y que sellé con mi sangre ... Di por vosotros mi fortuna, mi libertad y mi vida: no os mantengáis fríos espectadores de mi desgracia; y cuando algún día disfrutéis de las delicias de una libertad e independencia regulada por la razón, en medio de vuestra alegría lanzad un suspiro por aquel anciano Hidalgo que os proporcionó tan inefables bienes.

¡Españoles! He aquí vuestro triunfo; pero no os envanezcáis; escrito está: La gloria del malo será efímera. Hidalgo arrancará de vuestras manos la presa que teníais aferrada; de sus cenizas saldrán terribles vengadores; perderéis esta que llamabais vuestra herencia; vuestro nombre se transmitirá a las edades cargado de anatemas; tal será el término de vuestra crueldad; tal, en fin, de vuestras agresiones injustas sobre pueblos pacíficos y que en nada os dieron queja. Toca a la Historia, no sólo relatar los hechos con verdad e imparcialidad, sino además trazar el retrato de los personajes cuyas acciones refiere. El de los héroes los forma el tejido y narración de los sucesos, y por este principio me debería creer dispensado de trazar el de D. Miguel Hidalgo; sin embargo, daré unas brochadas con mano torpe en este cuadro, y dejaré a la posteridad materia copiosa para que lo retoque, tache o borre.

El cura Hidalgo poseyó las ciencias que se enseñaban en sus días, y se distinguió principalmente en historia eclesiástica; su erudición era tan copiosa como amena y divertida; su aplicación a la economía política la manifestó desde el colegio seminario de Valladolid, de que fue rector, y la desarrolló cuando fue cura en la villa de San Felipe y congregación de Dolores. Muy fácil cosa era para un viajero entender que aquellos lugares estaban regidos por un hombre de cabeza, pues la escoleta de música de sus amados indios, y los talleres de loza y tejidos, bien denotaban que allí había un genio superior consagrado a causar la dicha de los infelices; si Hidalgo supo conducir a los niños, supo igualmente manejar a los feligreses y ganarles el corazón por la vía de la dulzura y de los beneficios. Este era aquel párroco gloria de Nortanthon, quiero decir, otro Hervey, cuya descripción nos hizo Letourneur en estas preciosas palabras:

Yo no conocía ( dice) sobre la tierra una dignidad más respetable que la de un cura que va a llevar una razón sana y un corazón sensible a un corto número de hogares, que fija en medio de ellos el domicilio de su vida, que adopta estas familias de trabajadores, que vive y se divierte con ellos como un padre con sus hijos. El los junta en ciertos días señalados para conversarIes e instruirIos acerca del Dios que fecunda sus campos y los llena de beneficios. Humilla su genio y pasa al estilo más humilde de sus feligreses las ideas más altas, o los principios más abstractos de la moral y de la religión. Los enseña a conocer la felicidad de su condición pacífica, y a no envidiar las agitadas fortunas de los poblados. Alegra a la madre de familia acariciando blandamente a su joven hijo; al robusto lo anima para que trabaje, haciéndole ver la indigencia de su decrépito padre, cuyos días de reposo ya han venido. Se pasea con el viejo en la estación de los bellos días y le habla tranquilamente de la muerte a la sombra del antiguo árbol que aun verdeguea; allana al moribundo la entrada al sepulcro y lo consuela en el peligroso término de sus dolores y enfermedades.

Tal era el papel que representaba el inmortal Hidalgo en su pueblo de Dolores. Lloraba en él de tiempos atrás la esclavitud de su nación, y a proporción de sus luces en la política, conocía sus derechos ultrajados, y ansiaba por el momento su redención. Era a la verdad insufrible el yugo que gravitaba sobre nuestros cuellos, e insoportable la tiranía del Gobierno español, y de aquellos mandarines osados, que llamaban a las Américas nuestras Indias, y a sus hijos nuestros vasallos ... Estas eran las disposiciones que tenía cuando dió la voz de independencia; pronunciamiento terrible, salido exclusivamente de su boca, y que nada le contuvo para ejecutarlo en el instante. Don Juan Aldama dijo en una de sus declaraciones que cuando llegó a la casa del cura Hidalgo, instruido éste de lo que ocurría en Querétaro, les dijo a todos: Caballeros, somos perdidos; aquí no hay más recurso que ir a coger gachupines, a que le respondió AIdama: Señor, ¿qué va usted a hacer? Por amor de Dios, que vea lo que hace, y se lo repitió dos veces; que se dirigieron entonces para la cárcel y el mismo cura obligó al alcaide a que echase los presos fuera (ya hemos visto que lo amenazó con una pistola). Esta prueba inequívoca de su valor, y de un valor desesperado, muestra muy bien que su carácter era firme, resuelto y denodado. No obstante, preciso es confesarlo, tan bellas disposiciones las deturpó con diversos rasgos de crueldad: los asesinatos cometidos a sangre fría en Valladolid y Guadalajara denotan que en su corazón había un depósito de odio, tal vez concebido desde que vió que su feligresía quedó reducida a la miseria por la bárbara disposición de que no elaborasen vinos con el producto de sus viñas, que formaban la riqueza del pueblo de Dolores; ya lo he indicado en la primera carta de este Cuadro.

Acosado por los españoles, y no esperando hallar del Gobierno partido razonable, dió vuelo a la venganza, mostróse duro y cruel aun entre los que lo rodeaban, y se hizo insufrible al mismo Allende, joven brioso y terrible en la campaña, pero dulce y clemente en los instantes de calma y sangre fría; llegó éste a querer deshacerse de Hidalgo por un veneno, porque le eran insufribles sus decretos de proscripción; así consta en la causa, y también es preciso confesar con dolor estos hechos; las resoluciones de Hidalgo en esta parte eran tan terribles como el moriendum est de Octaviano Augusto. Hidalgo hizo mucho, pero pudo haber hecho más; si hubiera tenido el carácter de aquel Morelos que sacaba oro del mismo estiércol, la América habría conseguido su independencia a vuelta de seis meses, economizándose mucha sangre; pero la ciencia de las revoluciones no se aprende en los libros de las escuelas de los teólogos, sino sobre los escombros y cenizas de los pueblos; es ciencia que no entra por teorías ni silogismos, sino por experiencia de desastres dolorosos e irremediables. Los restos venerables de Hidalgo aguardan el pavoroso grito de la resurrección en la capilla de la Tercera Orden de San Francisco de la villa de Chihuahua, villa que, a pesar de la opresión en que vivía, mostró su pena, aunque con encogimiento, por la pérdida del patriarca de su libertad.


SEMBLANZA DE HIDALGO

Era Hidalgo bien agestado, de cuerpo regular, trigueño, ojos vivos, voz dulce, conversación amena, obsequioso y complaciente: no afectaba sabiduría, pero muy luego se conocía que era hijo de las ciencias; era fogoso, emprendedor, y a la vez arrebatado. La Botánica y la Poesía han perpetuado la memoria de este hombre extraordinario, y yo creo de mi obligación recoger estas producciones como otras tantas flores que a nombre de mi patria esparza sobre su sepulcro.

Iba a poner término a esta relación indispensable con la poesía con que concluirá ésta cuando me pareció conducente a la historia poner por suplemento a aquella relación de desdichas las que pasaron en su prisión los compañeros de armas de aquel jefe. Tengo a la vista una memoria de los que se vieron a punto de perecer en Baján, pues su autor fue prisionero y se salvó maravillosamente, la cual a la letra dice así:

El 21 de marzo fue la prisión de los generales en las Norias de Baján. El saqueo fue tal, que a muchos los dejaron como los parió su madre, sin escaparse por pudor ni el bello sexo. Distinguiéronse en este procedimiento los indios comanches que venían mezclados con la tropa de Elizondo, los que después de hacer el despojo de la ropa asesinaban a los prisioneros. En la noche de este día fueron conducidos parte de éstos que quedaron, y la artillería, a Monclova; serían las seis de la tarde cuando con ella se hizo una gran salva acompañada de desaforada grita que decía: iViva Fernando VII y mueran los insurgentes! Los generales fueron de allí pasados a una casa que se les tenía dispuesta para su prisión, y de ella salieron al tercero día para Chihuahua. Los demás prisioneros continuaron su marcha hasta el hospital, donde se reunieron con los otros de la noche anterior. La habitación era reducidísima; y así es que para que cupieran fue necesario que todos se acomodaran parados pecho con espalda, en términos que no podían ni reclinarse, porque para descansar era necesario que se apoyara uno contra otro. Además de esta incomodidad se seguía la de las pulgas, que era insufrible; tal vez estaría menos molesta una zahurda de cochinos. El día que amanecimos allí, suplicamos a los soldados que nos diesen agua para que se nos mitigase un tanto el hambre, pues desde la mañana en que fuimos prisioneros no comimos; pero aun este socorro se nos negó a pesar de correr el agua a distancia de tiro de pistola; respondieron que no tenían orden de su comandante, ni paró en esto su dureza. Algunos de nosotros lograron por fortuna salvar una que otra prendecilla y dinero; diéronselas para que a trueque de aquéllas les trajesen pan o tortillas de la villa, o cualquiera otro alimento; pero se lo cogieron todo despiadadamente, y por diligencias que hicimos del comandante, nada se nos devolvió. Por último, el segundo día se dispuso que allí nos hicieran un rancho; efectivamente, se trajeron reses, su carne se puso a cocer en peroles: no había sal con que condimentarla, y suplieron por ella tequesquite, mezcláronle maíz, y he aquí un pozole que ni para cerdos; el efecto que produjo después de un sabor pésimo fue el de una purga; llamónos pronto la gana de evacuar el vientre en gran cantidad, ¿pero dónde hacer esta apestosa operación? Allí mismo, y henos aquí habitantes en un lago de excremento humano; por tanto, llegamos a familiarizarnos con él; ¿de qué no es capaz el hombre puesto en el conflicto de ejecutar alguna cosa? Nuestros verdugos no nos permitieron que siquiera entrara el aire para disipar un tanto aquella intolerable fetidez, nuevo y exquisito martirio.

A los cinco días de estar en la prisión, el traidor Elizondo mandó que se averiguase quiénes éramos oficiales, en qué cuerpos habíamos servido y con qué graduaciones: díjosenos que se trataba de colocamos para que diéramos enseñanza a aquellas tropas. Muchos creyeron que en esto se procedía de buena fe, y franquearon sus nombres: formáronnos en partidas cortas, y se mandó a los oficiales que diéramos un paso al frente. Púsose en una mesa un papel para que apuntásemos nuestros nombres. Concluída esta averiguación, se mandó a los artesanos de la villa viniesen a tomar los prisioneros que gustasen para que les sirviesen en sus talleres; igual orden se dió a las haciendas de Laredo, Santa Rosa y otras, pues se trataba de hacer gañanes y navorios a nuestros soldados; en breve quedamos solos los oficiales. La orden de separar a éstos fue del comandante general Salcedo a Elizondo, a quien se estrechó para que los pasase por las armas, condenando a presidio a los simples soldados. Esta orden bárbara fue luego realizada, y según hago memoria fueron ejecutados Domínguez y Navarro, sargentos de Guanajuato; Acosta, sargento del Príncipe; Ortega, de San Luis, y también Malo y Mascareñas, alférez de dicho cuerpo. Debió correr esta terrible suerte el sargento Ocaranza; mas acaso lo dejaron con vida por el miserable estado a que lo redujeron en el acto de la prisión. Los oficiales destinados a presidio a poco fueron perdonados y puestos en libertad de resultas de un triunfo de Elizondo en la provincia de Béjar contra el americano Gutiérrez, que venía protegido de varios particulares de los Estados Unidos.

Ved el modo vilipendioso con que aquella bárbara tropa trató a sus hermanos, y cual tal vez no habría usado con unos extranjeros invasores. Estos hechos deben transmitirse a la Historia para que no llegue día en que se dude de su verdad, así como ahora dudan de los de atrocidad que refiere el célebre padre Casas cuando trata de la destrucción de las Indias: ¿dónde dejó (preguntará alguno) el general Salcedo aquella probidad, aquella piedad que mostraba en la capilla de ejercitantes de la Profesa de México, cuando pasaba horas enteras en oración y parecía que iba a arrobarse y subirse hasta el cielo? ¡Ah: que la revolución descubrió a los hombres y los presento en el verdadero punto de vista en que debieran contemplarse! Tan cierto es lo que decía Mr. Tomás: Cuando llega el momento de una revolución, todo hombre se coloca en el lugar que debe ocupar. Las sumas de dinero en numerario y efectivo desaparecieron como si se hubiesen echado en agua fuerte, pasando por las manos de estos hombres; por eso han quedado muchos de ellos en estado de pedir, no por la paz y concordia entre gentes cristianas, sino por la guerra y discordia que ha sido hasta el día la rica mina que han explotado.

El Exmo. Sr. D. Pablo de la Llave, secretario del despacho de Justicia y Negocios eclesiásticos, llamado el Botánico, entre los americanos que dieron honor a su suelo en la antigua España y en sus últimas legislaturas de Madrid, ha descubierto nuevos géneros de plantas que ha dedicado a la memoria de los primeros caudillos de nuestra libertad; yo tengo el honor de publicar las inscripciones que ha puesto a las que consagró a los tres primeros héroes; dicen así:

Michaelo. Hidalgo. et. Costilla. Michoacanensi.
Parrochorum. Ordinis.
Et. veterum; et. aevis, nostrae.
Fortissimorum. virorum. nulli. secundo.
Qui.
Ad. conmunem. propellendam. servitutem.
Primus. ad. arma. mexicanos. evocavit.
Colectisque. copüs. impetum. fecit.
lpse.
Quod. rem. magnificam. divinamque. prorsus.
Et. cogitavit. et. adgressus est.
Quodque. captus. ab. hostibus. supplicio. que extinctus.
Libertatis, nostrae. chartam.
Prop. sanguine. obsignavit.
Novum. istud, vegetantiun, genus.
Grati. animi. monumentum.
D.
Ignatio. Allende.
Michoacane. edito:
Animi. celsitudine. et. róbore.
Rebus. clarissime. gestis.
Supplicio. demum.
Hidalgo. socio. et. consortio.

Josefus. Marianus. Abasolo.
Strenuus. et. humanissimus. vir.
Inter. Michoacanenses. natus.
Hidalgo. et. Allende.
Coollaborator. commendatissimus.
Ob. res. una cum. illis. gloriosissime. gestas.
Exilio. damnatus. vinclisque. Detentus.
In. propugnaculo Sanctae. Cathalinae. ad. Gades.
Febri. percursus. e. vivis. excessit
.

Cuidaban al cura Hidalgo en su prisión un cabo llamado N. Ortega y un D. Melchor Huaspe, español, mallorquín, que eran los alcaides de aquella cárcel. La víspera antes de morir Hidalgo escribió con un carbón algunas poesías que los españoles cuidaron de borrar prontamente, y sólo se pudieron copiar con mucho trabajo las siguientes:

Ortega, tu crianza fina,
tu índole y estilo amable,
siempre te harán apreciable
aun con gente peregrina.
Tiene protección divina
la piedad que has ejercido
con un pobre desvalido
que mañana va a morir
y no puede retribuir
ningún favor recibido.

Melchor, tu buen corazón
ha adunado con pericia
lo que pide la justicia
y exige la compasión.

Das consuelo al desvalido
en cuanto te es permitido,
partes el postre con él,
y agradecido Miguel
te da las gracias rendido.

Este es el testamento de Hidalgo marcado con el sello de la gratitud a sus bienhechores. He aquí la contraseña de un hombre virtuoso, porque en el diccionario de Cicerón, agradecido y virtuoso eran sinónimos.

Al estampar estas poesías sobre el papel, puedo decir que lo he regado con mis lágrimas, me he revestido de todos los afectos de aquel hombre extraordinario, a quien traté y con quien comí muchas veces en la mesa del cura Labarrieta en Guanajuato cuando era párroco de la villa de San Felipe. Su índole suavísima, su conversación amena y erudita, su popularidad y maneras decentes le granjearon allí muchos amigos, comenzando por el intendente Riaño, que lo respetaba como a un sabio; ahora lo contemplo marchando al patíbulo cubierto de vilipendio; y sin embargo, no puedo menos de decir a los españoles lo que Veleyo Patérculo a Marco Antonio cuando le recuerda el asesinato que mandó ejecutar en Cicerón:

Nada pudiste cortando aquel cuello divino, órgano por donde resonaron los clamores de la inocencia oprimida y de la libertad encadenada.

La honrosa memoria de Hidalgo en nuestra América será tan duradera como la de Cicerón en Roma. Yo os pregunto, españoles: ¿con la muerte de este caudillo habéis asegurado para siempre la dominación de esta tierra que usurpasteis? Ciertamente no; de las cenizas mismas de ese cadáver que con grita insana, cohetes, salvas y repiques celebrasteis, van a salir vengadores de su sangre y ultrajes; ella será semilla fecunda que multiplicará los defensores de la independencia. Cortasteis, cierto, una cabeza; pero semejante a la hidra de Lema, no sólo le brotaron siete, sino setenta veces siete; día vendrá en que humillados a los pies de los que ahora perseguís de muerte, les pediréis una hospitalidad . . .

He aquí la famosa oda que el mayoral de la Arcadia mexicana y sucesor del inmortal padre Fr. Manuel Navarrete ha compuesto:


AL SUPLICIO DE LOS HÉROES HIDALGO Y ALLENDE, VÍCTIMAS DE LA LIBERTAD MEXICANA

Oda

Eternidad, sin playas, oceano,
a cuyo seno, en rápida corriente,
camina el criado ser, del mexicano
la fama, honor y gloria juntamente
sorbiste despiadada:
ya son oscuridad, silencio, nada.

También, también los héroes sobrehumanos
cuyo divino aliento y noble empeño
temblor hizo en el solio a los tiranos
y sacudir el pavoroso sueño,
bajo eternos candados
han de ser en tus senos ocultados?

Verdugos detestables, ¿ tantos signos
de divina grandeza en esas frentes
que erais vosotros de mirar indignos,
cómo inmobles no tornan e impotentes
los brazos homicidas
robustos sólo a crímenes y heridas?

Parten los golpes retemblando el suelo:
vuela en ellos la muerte: ¡fiera pena
para el Anáhuac, sempiterno duelo!
Ruedan los cuerpos so abrasada arena:
la vida un tanto lucha;
cede al fin, y doquier, un ¡ay! se escucha.

¡Almas ilustres, generosas almas,
sombras ya yertas, venerandos manes!
¿Do huís dejando victoriosas palmas
y a vuestra patria entre rabiosos canes?
Parad, parad un tanto ...;
quizás pudiera nuestro ardiente llanto ...,
quizá abrazados de los cuerpos caros
y boca a boca nuestro mismo aliento
procurando infundir ..., quizá tornaros
a la vida ... Tal vez el almo intento
al Cielo conmoviera
y el averno sus presas devolviera.

Hidalgo, Hidalgo, valeroso Allende ...
¡Demente imaginar, ilusión vana!
Nadie de ellos responde, nadie entiende.
Echó sobre sus labios Parca ufana,
con mano detestable,
el sello de silencio imperturbable.

Jamás, ¡oh!, nunca el pecho mexicano
treguas dará al dolor. El caso horrendo
la memoria olvidar quisiera en vano;
fija siempre estará, por siempre viendo
de la sangre hervidora
el lago que a la tierra descolora.

Aquel vago tomar trémulos ojos;
de los troncos la ruina estrepitosa;
convulsiones de míseros despojos;
vida entre muerte y lucha congojosa;
razones comenzadas,
y aun en la boca la mitad, heladas.

Imágenes de horror que eternamente
grabadas se verán en la memoria
de la angustiada mexicana gente,
amargando las horas de su gloria,
y en medio a sus contentos
sollozos arrancándole y lamentos.

Contra infernales golpes, ¿qué valieron,
héroes ilustres, las hazañas vuestras?
Después que el globo de fulgor hincheron,
de patriótico celo puras muestras,
¡ay, ay, la saña impía
bárbara os manda a la región umbría!

¿Do están los triunfos siempre repetidos?
Los laureles y palmas, ¿qué se han hecho?
¿Dónde el esfuerzo que en terror sumidos
tuvo a nuestros contrarios largo trecho,
tantas virtudes puras
asombro de esta raza y las futuras?
Nada del golpe guareceros pudo,
ni del Anáhuac los llorosos ruegos,
ni de alma libertad el gemir mudo
bastaron a templar ímpetus ciegos;
y ya entre heridas fieras,
sois a la patria víctimas primeras.

Oscura soledad, silencio eterno
sucede de las proezas al ruido,
llanto a los ojos; para el pecho tierno
sólo quedan vapor, triste gemido;
y el labio, en loco celo,
culpa a los hombres y maldice al Cielo.

O ya la lumbre matinal destierre
las pardas sombras de la noche fría,
o el negro ocaso presuroso encierre
el postrimero resplandor del día;
ora retumbe el rayo,
o aura tranquila nos deleite en mayo.

Ora feliz y libre el mexicano
se dicte leyes, y su hogar posea;
ora le oprima despiadada mano
y de miseria víctima se vea,
serán los vuestros hechos
la grata ocupación de nuestros pechos.

Del alma libertad entre los dones,
nuestros nietos dirán a sus hijuelos:
Esta dicha os legaron los campeones
padres de vuestros claros bisabuelos,
que con su muerte y penas
rompieron de la patria las cadenas
.

Luego después en pláticas sabrosas
les contarán las lides desiguales,
las victorias y proezas hazañosas,
la prudencia y esfuerzos inmortales,
de los claros caudillos
que con sangre limaron nuestros grillos.

De siglo en siglo y de gente en gentes
irán en loor perpetuo vuestros nombres,
Hidalgo ... Allende ..., jefes eminentes,
hijos del cielo, gloria de los hombres,
y vuestra mortal vida
eterna hará la patria agradecida.

Canté.
F. M. S. de T.


EN LOS DÍAS DEL GENERAL DON IGNACIO ALLENDE (AÑO DE 1812)

Oda

Por los inmensos cielos
después de circular caliginoso,
llegó por fin glorioso
el sol a la morada
del león inaccesible;
azahar fragante
vierte la fresca rosa; su alborada
los pájaros celebran con dulzura,
y el liberal derrama su luz pura.

Descubre el rostro bello
la gemebunda América abatida;
su amargo luto olvida,
y rasga el triste manto:
ciñen los genios con guirnalda hermosa
sus sienes soberanas; a su llanto
la majestad sucede, y alegría,
y con divino labio así decía:

La antigua Roma calle,
no pondere sus Ínclitos campeones
que elevan los pendones
del imperio orgulloso
hasta el templo admirable y encumbrado
de la inmortalidad. Tú, Allende brioso,
cuando la augusta libertad me ofreces,
todas sus glorias y héroes oscureces.
Salve, príncipe; salve,

héroe libertador de la tirana
esclavitud indiana;
salve, delicia y gloria
de mi crecido pueblo generoso,
tu excelso nombre y respetable historia,
muy a pesar del español impío,
serán eternos en el pecho mío.

Cantadle suaves himnos,
doctas Pierides, rústicas deidades,
y a todas las edades
publica insigne fama
su valeroso esfuerzo y alto grado,
con que del patrio amor la sacra llama
arde en su heroico pecho, y expresivas,
¡oh ninfas, repetidle alegres vivas!

De gratitud sublime
suenen las voces en su fausto día;
y la bandera mía
tremolando el guerrero,
al Tártaro descienda la monstruosa
y torpe ingratitud, que en labio fiero
diga anatema al Marte americano
y rinda adoración al cruel tirano.

Dijo, y huyó ligera
con firmísimo pie, rasgando el viento;
el pueblo la oyó atento
con júbilo extremoso,
y alzando al cielo las humildes manos
un voto la dirige fervoroso,
de luchar esforzado, y ofrecerte,
¡grande Allende!, su amor hasta la muerte.

l. C.

Es sazón oportuna de referir las ejecuciones hechas en Durango por orden de aquella comandancia en seis sacerdotes presos en Acatitla de Baján con el Sr. Hidalgo. Estos fueron D. Ignacio Hidalgo, D. Mariano Balleza, Fr. Bernardo Conde, Fr. Pedro Bustamante, Fr. Carlos Medina y Fr. Ignacio Jiménez. Remitióles presos a Durango desde Parras en 3 de abril de 1811 D. Manuel de Salcedo, y entre ellos a Fr. Gregorio de la Concepción, carmelita, que por milagro extraño de la Providencia quiso librarlo, y conducido a la comandancia de San Luis Potosí, le salvó la vida el Lic. D. José María Bocanegra, que hacía de auditor. El Sr. Olivares, obispo de Durango, no quiso degradarlos, y sufrió muy fuertes contradicciones con el teniente letrado asesor ordinario que instruyó el proceso de los reos, a quienes en las preguntas de inquirir se les formó cargos, no se les corrió traslado ni oyó sus defensas, ni tampoco nombró fiscal que los acusase; siendo de notar que echándola el asesor de profundo letrado y gran realista, no tuviera presentes las leyes dictadas aun en los últimos tiempos y hasta por Fernando VII (de que ya en otra parte he hecho mención) para condenar a muerte a los sacerdotes. Algo más, les hizo graves cargos a estos eclesiásticos sobre haber ejercido su ministerio cuando servían en el ejército de Hidalgo, y que no le competía hacer sino al prelado eclesiástico. Condenólos por último a la pena de muerte, la cual fue ejecutada la mañana del 17 de julio de 1812 en la hacienda de San Juan de Dios, inmediata a Durango, a donde se les condujo en secreto por evitar conmociones en la ciudad. Ejecutó esta sentencia Pedro María Allende y Saavedra, teniente coronel graduado de caballería, en virtud de la orden siguiente:

Pasa el escribano de gobierno a notificar la sentencia a los reos eclesiásticos que se hallan bajo la custodia de usted. A las veinticuatro horas la hará usted poner en ejecución, haciéndolos pasar por las armas por la espalda, sin que les tiren a la cabeza, y sin sus vestiduras eclesiásticas ni religiosas, que se las vestirán después, y los conducirá usted mismo con toda su tropa al santuario de Guadalupe, donde los entregará al cura para que les de sepultura, avisándome su cumplimiento.

Durango, julio 15 de 1812.

Sr. D. Pedro María Allende.

Tal fue la orden del comandante Bernardo Bonavía, que tuvo su puntual cumplimiento. El piadoso pueblo de Durango recuerda esta catástrofe con dolor, y no es menor el mío, porque después de haber examinado la causa original, puedo decir ... que nullam invenio in eis causam mortis. Eran unos pobres hombres animados de celo patrio y religioso que procuraron ejercer su ministerio en el ejército. Aplaudo el respeto que se tuvo a las vestiduras sacerdotales, y esto me hace recordar que una vieja tenía un hijo sacerdote, a quien a fuer de madre daba sendos palos; mas procuraba no dárselos en las manos ni en la corona porque estaban consagradas; de lo demás del cuerpo disponía a placer. Bonavía tiene lugar en la fábula de los gatos escrupulosos que después de haberse comido una polla, hicieron cargo de conciencia el comerse el asador. ¡Tan cierto es que los hombres tienen su moral peculiar, mas con ella se los lleva el diablo!

Creo haber cumplido en lo posible con las obligaciones y leyes de la Historia: si he derramado lágrimas sobre las cenizas de nuestros primeros caudillos, también los he sujetado al tribunal de la imparcialidad examinando sus hechos, para que nuestros descendientes no se tomen el trabajo de hacerlo, echándonos en cara defectos que procuramos ocultar. El campo de nuestra historia es muy vasto, las relaciones hasta aquí publicadas son defectuosas, y yo no acierto en este bosque umbrío y lleno de malezas a tomar el hacha para desmontarlo; voy, pues, a probar mis fuerzas para acometer esta empresa, y a continuar el curso de aquellos acontecimientos, siguiendo el orden posible en que ocurrieron los sucesos en medio de un laberinto, cuyo hilo apenas puedo tomar por la punta. Adiós.




Notas

(1) Ya se ha visto que no hubo tal asociación de jurisdicción: cuando más, ratihabición.

(2) Este hecho ya lo hemos purificado y visto su equivocación con el mismo texto de la carta de Hidalgo.

(3) La guerra jamás se hizo a la Iglesia ni a sus ministros, sino al mal gobierno español.

(4) Quisiéramos ver el diploma en que toda la augusta Trinidad confirió ese poder al Dr. Valentín ...

(5) Extra territorium jus dicenti, impune non paretur. El cura Hidalgo era de la diócesis de Valladolid. ¿De qué beneficios pudo privarlo el obispo de Durango? ¿ Con qué autoridad pudo ejercer estos actos jurisdiccionales fuera de su territorio?

(6) En toda la causa no se Iee ni un escrito de defensa del cura Hidalgo ni se le nombró defensor ni él por sí mismo lo hizo, ni aun por mera ceremonia se dió este paso esencialísimo; alteróse el orden judicial; el caso era hacerlo morir cuanto antes; teníase sed devoradora de su sangre ... ¡Qué caro os ha costado, españoles, esta crueldad: perder la tierra, y pasar de dominadores de ella a huéspedes y allegadizos!

Índice de Hidalgo, las primeras siete cartas del Cuadro histórico de la revolución mexicana de Carlos Ma. de BustamanteCarta séptima (Segunda parte)Biblioteca Virtual Antorcha