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Capítulo XLIX

CÓMO PÁNFILO DE NARVÁEZ LLEGÓ AL PUERTO DE SAN JUAN DE ULÚA, QUE SE DICE DE LA VERACRUZ, CON TODA SU ARMADA, Y LAS COSAS QUE SUCEDIERON LUEGO

Viniendo Pánfilo de Narváez con toda su flota, que eran diez y nueve navíos, por la mar, parece ser, junto a las tierras de San Martín, que así se llaman, tuvo un viento norte, y en aquella costa es travesía, y de noche se le perdió un navío de poco porte, que dió al través; venia en él por capitán un hidalgo que se decía Cristóbal de Morante, natural de Medina del Campo, y se ahogaron cierta gente. Y con toda la más flota vino a San Juan de Ulúa, y como se supo de aquella grande armada, que para haberse hecho en la isla de Cuba grande se puede llamar, tuvieron noticia de ella los soldados que había enviado Cortés a buscar las minas, y viénense a los navíos de Narváez los tres de ellos, que se decían Cervantes el Chocarrero y Escalona, y otro que se decía Alonso Hemández Carretero; y cuando se vieron dentro de los navíos y con Narváez, dizque alzaban las manos a Dios que les libró del poder de Cortés y de salir de la gran ciudad de México, donde cada día esperaban la muerte. Y, como comían con Narváez y bebían vino, y hartos de beber demasiado, estábanse diciendo los unos a los otros delante del mismo general: Mirad si es mejor estar aquí bebiendo buen vino, que no cautivo en poder de Cortés, que nos traía de noche y de día tan avasallados que no osábamos hablar, y aguardando de un día a otro la muerte alojo. Y aun decía Cervantes, como era truhán, so color de gracias: ¡Oh, Narváez, Narváez, qué bienaventurado que eres y a qué tiempo has venido! Que tiene ese traidor de Cortés allegados más de setecientos mil pesos de oro, y todos los soldados están muy mal con él porque les ha tomado mucha parte de lo que les cabía del oro de parte, y no lo quieren recibir lo que les da.

Por manera que aquellos soldados que se nos huyeron, como eran ruines y soeces, decían a Narváez mucho más de lo que quería saber, y también le dieron por aviso que ocho leguas de alli estaba poblada una villa que se dice la Villa Rica (de la) Vera cruz, y estaba en ella por capitán un Gonzalo de Sandoval con setenta soldados, todos viejos y dolientes, y que si enviase a ellos gente de guerra luego se le darían, y le dicen otras muchas cosas.

Dejemos todas estas pláticas y digamos cómo luego lo alcanzó a saber el gran Montezuma, cómo estaban allí surtas en el puerto los navíos, muchos capitanes y soldados, y envió sus principales secretamente, que no lo supo Cortés, y les mandó dar comida y oro y ropa, y que de los pueblos más cercanos les proveyesen de bastimento, y Narváez envió a decir a Montezuma muchas malas palabras y descomedimientos contra Cortés y de todos nosotros; que éramos unas gentes malas, ladrones, que venimos huyendo de Castilla sin licencia de nuestro rey y señor, y que como se tuvo noticia, el rey nuestro señor, que estábamos en estas tierras, y de los males y robos que hacíamos, y teníamos preso a Montezuma, y para estorbar tantos daños, que le mandó a Narváez que luego viniese con todas aquellas naos y soldados y caballos, para que le suelten de las prisiones, y que a Cortés y a todos nosotros, como malos, los prendiesen o matasen y en las mismas naos nos enviase a Castilla, y que después que allá llegásemos nos mandaría matar; y le envió a decir otros muchos desatinos. Y eran los intérpretes para dárselo a entender a los indios los tres soldados que se nos fueron, que ya sabían la lengua, y demás de estas pláticas le envió Narváez ciertas cosas de Castilla, y cuando Montezuma lo supo tuvo gran contento con aquellas nuevas, porque como le decían que tenía tantos navíos, y caballos y tiros y escopeteros y ballesteros, y eran mil y trescientos soldados y de allí arriba, creyó que nos prendería y demás de esto, como sus principales vieron a nuestros tres soldados con Narváez, y veían que decían mucho mal de Cortés, tuvo por cierto todo lo que Narváez le envió a decir.

Y toda la armada se la llevaron pintada en unos paños al natural. Entonces Montezuma le envió mucho más oro y mantas, y mandó que todos los pueblos de la comarca le llevasen bien de comer; y ya hacía tres días que lo sabía Montezuma, y Cortés no sabía cosa ninguna. Y un día, yéndole a ver nuestro capitán y tenerle palacio, y después de las cortesías que entre ellos se tenían, pareció al capitán Cortés que estaba Montezuma muy alegre y de buen semblante, y le dijo qué tal se sentía. Y Montezuma respondió que mejor estaba. Y también como Montezuma lo vió ir a visitarle en un día dos veces, temió que Cortés sabía de los navíos, y por ganar por la mano, y no le tuviese por sospechoso, le dijo: Señor Malinche, ahora en este punto me han llegado mensajeros de cómo en el puerto adonde desembarcasteis, han venido diez y ocho y más navíos, y mucha gente y caballos, y todo nos lo traen pintado en unas mantas, y como me visitasteis hoy dos veces, creí que me veníais a dar nuevas de ellos, así que no habrás menester hacer navíos. Y porque no me lo decíais, por una parte tenía enojo de vos tenérmelo encubierto, y por otra me holgaba, porque vienen vuestros hermanos para que todos os vayáis a Castilla, y no haya más palabras.

Y cuando Cortés oyó lo de los navíos y vió la pintura del paño, se holgó en gran manera y dijo: Gracias a Dios, que al mejor tiempo provee. Pues nosotros, los soldados, era tanto el gozo que no podíamos estar quedos, y de alegría escaramucearon los de a caballo y tiramos tiros; y Cortés estuvo muy pensativo, porque bien entendió que aquella armada que la enviaba el gobernador Diego Velázquez contra él y contra todos nosotros; y como sabio que era, comunicó lo que sentía de ella con todos nosotros, capitanes y soldados, y con grandes dádivas de oro que nos da y ofrecimientos que nos haría ricos, a todos nos atraía para que estuviésemos con él. Y no sabía quién venía por capitán, y estábamos muy alegres con las nuevas y con el más oro de lo que nos había dado por vía de mercedes, como que lo daba de su hacienda y no de lo que nos cabía de parte. Y fue gran socorro y ayuda que Nuestro Señor Jesucristo nos enviaba. Y quedarse ha aquí, y diré lo que pasó en el real de Narváez.

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