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Capítulo XXXI

CÓMO VINO XICOTENGA, CAPITÁN GENERAL DE TLAXCALA, A ENTENDER EN LAS PACES CON DON HERNANDO

Estando platicando Cortés con los embajadores de Montezuma, como dicho habemos, y (que) quería reposar porque estaba malo de calenturas y purgado de otro día antes, viénenle a decir que venía el capitán Xicotenga con muchos caciques y capitanes, y que traen cubiertas mantas blancas y coloradas, digo la mitad de las mantas blancas y la otra mitad coloradas, que era su divisa y librea; y muy de paz, y traía consigo hasta cincuenta hombres principales que le acompañaban. Y llegado al aposento de Cortés le hizo muy gran acato en sus reverencias, y mandó quemar mucho copal; y Cortés, con gran amor, le mandó sentar cabe sí. Y dijo el Xicotenga que él venía de parte de su padre y de Maseescaci y de todos los caciques y República de Tlaxcala a rogarle que les admitiese a nuestra amistad, y que venia a dar la obediencia a nuestro rey y señor, y a demandar perdón por haber tomado armas y habernos dado guerras: y que si lo hicieron que fue por no saber quién éramos, porque tuvieron por cierto que veníamos de la parte de su enemigo Montezuma que como muchas veces suelen tener astucias y mañas para entrar en sus tierras y robarles y saquearles, que así creyeron que les quería hacer ahora, y que por esta causa procuraban defender sus personas y patria, y fue forzado pelear; y que ellos eran muy pobres, que no alcanzan oro, ni plata, ni piedras ricas, ni ropa de algodón y aun sal para comer, porque Montezuma no les da lugar a ello para salirlo a buscar, y que si sus antepasados tenían algún oro y piedras de valor, que (a) Montezuma se lo habían dado cuando algunas veces hacían paces y treguas, porque no les destruyesen, y esto en los tiempos muy atrás pasados; y porque al presente no tienen que dar, que les perdonen, que su pobreza da causa a ello, y no la buena voluntad.

Y dió muchas quejas de Montezuma y de sus aliados, que todos eran contra ellos y les daban guerra, puesto que se habían defendido muy bien, y que ahora quisiera hacer lo mismo contra nosotros, y no pudieron, y aun que se había juntado tres veces con todos sus guerreros, y que éramos invencibles, y que como conocieron esto de nuestras personas que quieren ser nuestros amigos y vasallos del gran señor emperador don Carlos, porque tenían por cierto que con nuestra compañía serán guardados y amparados sus personas y mujeres e hijos y no estarán siempre con sobresalto de los traidores mexicanos. Y dijo otras muchas palabras de ofrecimientos de sus personas y ciudad.

Era este Xicotenga alto de cuerpo y de grande espalda y bien hecho, y la cara tenía larga y como hoyosa y robusta; y era de hasta treinta y cinco años y en el parecer mostraba en su persona gravedad. Y Cortés le dió las gracias muy cumplidas, con halagos que le mostró, y dijo que los recibía por tales vasallos de nuestro rey y señor y amigos nuestros.

Y tornó Cortés a decir, algo más áspero y con gravedad, de las guerras que nos habían dado de día y de noche, y que pues ya no puede haber enmienda en ello, que se lo perdona, y que miren que las paces que ahora les damos que sean firmes y no haya mudamiento, porque si otra cosa hacen los matará y destruirá su ciudad, y que no aguardasen otras palabras de paces, sino de guerra. Y como aquello oyó el Xicotenga y todos los principales que con él venían, respondieron a una que serían firmes y verdaderas, y que para ello quedarían todos en rehenes. Y pasaron otras pláticas de Cortés a Xicotenga, y de todos los más principales, y se les dieron unas cuentas verdes y azules para su padre y para él y para los demás caciques; y les mandó que dijesen que Cortés iría pronto a su ciudad.

Y a todas estas pláticas y ofrecimientos estaban presentes los embajadores mexicanos, de lo cual les pesó en gran manera de las paces, porque bien entendieron que por ellas no les había de venir bien ninguno. Y viendo aquellos embajadores su determinación, rogáronle que aguardásemos allí en nuestro real seis días, porque querían enviar dos de sus compañeros a su señor Montezuma, y que vendrían dentro de los seis días con respuesta. Y Cortés se lo prometió, porque, como he dicho, estaba con calenturas.

Y como en aquella sazón vió que habían venido de paz, y en todo el camino por donde venimos de nuestra Villa Rica de la Vera Cruz eran los pueblos nuestros amigos y confederados, escribió Cortés a Juan de Escalante, que ya he dicho que quedó en la villa para acabar de hacer la fortaleza y por capitán de obra de sesenta soldados viejos y dolientes, que allí quedaron, en las cuales cartas les hizo saber las grandes mercedes que nuestro Señor Jesucristo nos había hecho en las victorias que hubimos en las batallas y reencuentros desde que entramos en la provincia de Tlaxcala, donde ahora han venido de paz; y que todos diesen gracias a Dios por ello, y que mirasen que siempre favoreciesen a los pueblos totonaques, nuestros amigos, y que le enviase luego en posta dos botijas de vino que había dejado enterradas en cierta parte señalada de su aposento, y asimismo trajesen hostias de las que habíamos traído de la isla de Cuba, porque las que trajimos de aquella entrada ya se habían acabado. Con las cuales cartas dizque hubieron mucho placer, y Escalante escribió lo que allá había sucedido, y todo vino muy presto. Y en aquellos días en nuestro real pusimos una cruz muy suntuosa y alta: y mandó Cortés a los indios de Cinpancingo, y a los de las casas que estaban juntos de nuestro real, que lo encalasen y estuviese bien aderezado.

Y cumplido el plazo que habían dicho, vinieron de México seis principales, hombres de mucha estima, y trajeron un rico presente que envió el gran Montezuma, que fueron más de tres mil pesos de oro en ricas joyas de diversas maneras, y doscientas piezas de ropa de mantas muy ricas, de plumas y de otras labores; y dijeron a Cortés, cuando lo presentaron, que su señor Montezuma se huelga de nuestra buena andanza, y que le ruega muy ahincadamente que en bueno ni malo no fuese con los de Tlaxcala a su pueblo, ni se confiase de ellos, que le querían llevar allá para robarle oro y ropa, porque son muy pobres.

Y estando en estas razones vienen otros muchos mensajeros de Tlaxcala a decir a Cortés cómo vienen cerca de allí todos los caciques viejos de la cabecera de toda la provincia a nuestros ranchos y chozas, a ver a Cortés y a todos nosotros, para llevarnos a su ciudad. Y como Cortés lo supo, rogó a los embajadores mexicanos que aguardasen tres días por los despachos para su señor, porque tenía al presente que hablar y despachar sobre la guerra pasada o paces que ahora tratan; y ellos dijeron que aguardarían. Y lo que los caciques viejos dijeron a Cortés, diré adelante.

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