Indice de La asonada militar de 1913 del General Juan Manuel Torrea Capítulo Decimoséptimo. El Colegio Militar Capítulo Decimonono. La guardia presidencialBiblioteca Virtual Antorcha

LA ASONADA MILITAR DE 1913
Apuntes para la historia del Ejército Mexicano

General Juan Manuel Torrea

CAPÍTULO DECIMOCTAVO
EL COLEGIO MILITAR


La ciudad de México desde el día once se había convertido en un campo de combate y ya no llamaba la atención, por comunes, los frecuentes y nutridos tiroteos que a todas horas hacían suponer en el avance de las tropas; por presencia personal, los días que estuve de Jefe de día, o por medio de informaciones de los Capitanes de vigilancia, llegábamos a la conclusión de que aquellos tiroteos eran de gasto y principalmente al tratarse del fuego de artillería, con objeto de que los rebeldes consumieran el mayor número de municiones para buscar la superioridad de las fuerzas del Gobierno en este capítulo.

Al mediodía de uno de aquellos días, no apunté la fecha, pero sí en los primeros del asedio a La Ciudadela, recibí orden de presentarme inmediatamente al Jefe de Estado Mayor a fin de que con la tropa montada de que pudiera disponer, emprendiera mi marcha en misión de reconocimiento rumbo a Teotihuacán parque se había tenido noticias de que por ese rumbo, y ya ocupando aquella plaza, había tropas sublevadas de uno de los Cuerpos de Rurales.

Cuando el Jefe de Estado Mayor se dió cuenta de que el reconocimiento en esa forma se retardaría para los propósitos de información que perseguía, dispuso que se pusiera a mi disposición uno de los autos del Cuartel General y que con el personal que pudiera llevar, fuerá con la mayor rapidez posible a practicar un reconocimiento. Acompañado de un Oficial y cinco de tropa, todos armados de carabina, salimos rumbo a la Villa de Guadalupe buscando en ese lugar al jefe del Destacamento para comunicarle una orden del Jefe del Estado Mayor que no era otra que prevenirle estuviera sobre las armas, detuviera a los rebeldes en el caso de que así le ordenara el que ésto escribe y dar cuenta telefónica a la Comandancia para que se mandaran tropas inmediatamente según las necesidades del caso y de acuerdo con la información que también por línea telefónica debería de trasmitir, en caso necesario, al competente Coronel Carlos García Hidalgo, Jefe del Estado Mayor.

En la Villa no había sino un retén; una vez que di aviso al superior, seguimos por el camino rumbo a San Cristóbal Ecatepec a la mayor velocidad posible y ya cerca de aquel poblado pudimos percibir el paso de una columna de caballería que marchaba hacia México en formación por cuatro, con las hileras abiertas, y por los intervalos que señalaban las dos fracciones pudimos darnos cuenta de que el efectivo era de dos Escuadrones.

Hice detener el coche para ponerme nuevamente de acuerdo con mis acompañantes, de lo que les diría para engañarlos si fuere necesario, si eran sublevados y procurar evitar a todo trance que nos aprehendieran, en cuyo caso fracasaría nuestra misión y la Comandancia no podría tomar las precauciones oportunas ni enviar tropas para batirlos.

Cuando tuve noticias por un Oficial que adelanté, de que quien mandaba aquella columna era el antiguo Coronel de Caballería Cruz Guerrero, Comandante del 1er. Cuerpo de Rurales, me acerqué con mayor confianza a saludarlo, siempre tomando las precauciones que me había propuesto y recomendando al chofer que saliera a la mayor velocidad si le hacía con el codo la señal convenida. El Coronel Guerrero que me tenía mucha estimación por la vieja amistad que lo ligaba con mis antepasados, sus camaradas en la Guerra de Intervención, se manifestó muy reservado y, respetando su actitud, nos fuimos poco a poco adelantando de la cabeza de la columna. Ya cerca de Santa Clara, se adelantó aún más y me comenzó a platicar que había tenido muchas peripecias en su marcha, que la había efectuado por tren hasta Puebla, en cuya plaza en tanto ocurrió al llamado del Jefe de las Armas que se había declarado Gobernador, la misma autoridad militar ordenó que desembarcara la tropa. Cuando el cumplido Coronel dió cuenta del hecho, con una furia manifiesta reprochó al Jefe militar su actitud y logró que se le dejara en libertad para continuar al frente de su tropa rumbo a la Capital. Como posteriormente encontrara un puente quemado, tomó la determinación resuelta de seguir por camino carretero, en cuyo último tramo para llegar a la Capital, se verificaba el hecho que relato; hecho que no era otra cosa que un reconocimiento para darme cuenta de la actitud con que marchaba aquel viejo soldado calumniado por circunstancias especiales del momento.

Repentinamente cambió de conversación y me dijo: por supuesto que usted, mi querido Manuelito, pertenece a las tropas leales al Gobierno.

Sí, mi Coronel, y he venido a recibirlo para cerciorarme de su actitud, que no podía ser otra que la que le reconozco, porque en México se tienen noticias de que por estos rumbos se han sublevado tropas de rurales que no son, por cierto, del primero tan pundunorosamente mandado por usted.

No hubo necesidad de aventurar nada para terminar la comisión que se me había nombrado y trasmití al Coronel Guerrero las instrucciones para que al incorporarse a la Plaza, se estableciera en vivac en la Plaza del ex-Seminario. Le pedí el permiso respectivo y a gran velocidad me retiré para dar cuenta telefónicamente desde la Villa, del resultado de la comisión. Con la respuesta de enterado, recibi la orden de incorporarme a la Plaza y continuar con el mando de los puestos establecidos con la tropa leal dependiente del 1° de Caballería.

Otro incidente de alarma.

La noche del quince al dieciséis, última en que fuí jefe de día, fue sin duda alguna la sublevación del 29° Batallón que había arribado a la Plaza y establecido su vivac en La Tlaxpana.

Después de la media noche del quince, se me ordenó me presentara violentamente a la Comandancia y lo hice acompañado de uno de los Capitanes de vigilancia, Capitán 1° Pompilio R. Aldana, para recibir instrucciones urgentes del Jefe del Estado Mayor.

Ahí tuve notida del acontecimiento y se me dió la seña para todos los puestos a fin de que se cambiara desde luego. Personalmente y ayudado de los Capitanes de vigilancia Aldana y Salvador Dayo que se me incorporó y que por mi orden en turno daba la vuelta a los puestos, se hizo violentamente el cambio de seña que el Jefe del Estado Mayor dispuso con suma oportunidad, pues debe haber pensado muy juiciosamente, que teniendo el 29° la misma seña que todas las columnas, fácil le hubiera sido sorprender a alguna o a algunas. Este caso, previsto como de reconocida aptitud militar, evitó que aquel desorden hubiera cundido entre otros elementos de las mismas tropas leales.

Teníamos informaciones de que la sublevación había sido detenida por e! mismo Jefe del Batallón, pues al toque de reunión y contra seña del 29° había vuelto la casi totalidad de! efectivo a su lugar de vivac, y se había fusilado al Capitán que la había iniciado al grito de: Viva Félix Díaz.

Nada de ésto he podido comprobar y estos datos sueltos los pudimos adquirir la misma noche. Uno de los Capitanes de vigilancia que después visitó el punto, me dió cuenta de que sólo faltaban cuarenta y tres individuos de tropa y que había tenido noticia posterior de que la mayor parte de éstos se habían recogido por oficiales del mismo batallón. Este antecedente prohibía en lo absoluto que aquel batallón fuera empleado en una comisión de importancia y de urgencia y ésto no obstante, al día siguiente ese Cuerpo se establecía en el Palacio Nacional y relevaba todos los puestos ocupados por tropas leales que cubrían fuerzas del 7° Batallón dentro del Palacio Nacional y el que con tropa a pie del 1er. Regimiento se hallaba establecido en la Calle de la Corregidora, frente al Cuartel de Zapadores.

La tropa de descanso del 1er. Regimiento recibió orden de acuartelarse en aquel Cuartel y servia para relevar los puestos establecidos en las diversas bocacalles alrededor del Palacio Nacional y hacia el Sur, Suroeste y Occidente.

No sólo se retiró todo servicio a la fuerza de los Cuerpos que lo habían desempeñado desde el día nueve, sino que desde esa fecha ya no volvieron a desempeñar el servicio de día los Mayores Torrea y Mora Quirarte, ni se confió ya comisión alguna ni a estos Jefes, ni a los del 4° de Rurales cuyo Cuerpo se acantonó en Zapadores, ni a los del 1° que continuaba en vivac en la Plaza del ex~Seminario.

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