Índice de Historia del movimiento machnovista de Pedro ArchinoffCapítulo terceroCapítulo quintoBiblioteca Virtual Antorcha

Capítulo IV

La caída del hetman - La petlurovschina - El bolchevismo

La contrarrevolución de los terratenientes en Ucrania, personificada por el hetman, era indudablemente artificial, implantada por la fuerza del imperialismo alemán y austríaco. Los terratenientes y los capitalistas ucranianos no habrían podido mantenerse un solo día en ese año de tempestad de 1918 si no hubiesen sido sostenidos por la fuerza militar del ejército alemán. Según un cálculo aproximativo no había menos de medio millón de soldados austroalemanes y magyares en Ucrania. Quizás más. Esa enorme cantidad de hombres estaba distribuida por todo el país, y especialmente por las regiones más revolucionarias y agitadas. Desde el primer día de la ocupación, todas las tropas se pusieron al servicio de los intereses de la contrarrevolución y se condujeron frente a los campesinos laboriosos como conquistadores en país conquistado.

Por consiguiente, durante el período de la contrarrevolución, los campesinos ucranianos debieron luchar, no solamente contra ella, sino también contra la masa de las tropas austro-alemanas. A pesar de este último apoyo, la reacción no pudo, sin embargo, sostenerse y al acentuarse la insurrección de los campesinos se debilitó definitivamente. Se debilitaron también las tropas austroalemanas, continuamente irritadas por la insurección campesina. Cuando tales tropas, por una parte completamente desorientadas por las insurrección, y debido a los vaivenes políticos de Austria y Alemania, por otra, fueron retiradas, la reacción ucraniana quedó suspendida en el aire. Sus días estaban contados. Su debilidad y su cobardía eran tales que no intentó siquiera una resistencia. El hetman huyó a través de las zonas menos amenazadas por la insurrección de los campesinos, hacia donde fue llamado por el imperialismo alemán. En cuanto a los terratenientes, huyeron mucho antes que el hetman.

A partir de ese momento, tres fuerzas sociales fundamentales, pero absolutamente diferentes, comenzaron a obrar en Ucrania -la petlurovstchina, el bolchevismo y el machnovismo-. En poco tiempo cada una de ellas estuvo en término de enemistad irreconciliable frente a las otras dos. Para caracterizar mejor al movimiento machnovista, diremos antes algunas palabras sobre el espíritu de clase y la naturaleza social de la petlurovstchina. Este era un movimiento de la burguesía nacional ucraniana, que trataba de establecer su dominación política y económica en el país. La república francesa o la suiza eran poco más o menos su modelo de organización del Estado. El movimiento no era de ningún modo social, sino exclusivamente político y nacionalista. Las promesas de mejoramiento de la existencia social de los trabajadores -promesas que encontramos en el programa de Petlura- no constituían en el fondo más que un tributo a la época revolucionaria, una bandera que facilita la llegada al fin propuesto.

Desde los primeros días de la revolución de marzo de 1917, surgió ante la burguesía liberal ucraniana el problema de la separación y de la autonomía nacional. Los vastos círculos de campesinos ricos, la intelligentzia liberal, la fracción instruida del pueblo ucraniano en general, se agruparon alrededor de esa idea, creando un movimiento nacional autonomista. Desde el principio los dirigentes concedieron gran importancia a las masas de soldados ucranianos que se encontraban en el frente y en la retaguardia. Se procedió a su organización sobre una base nacional, en regimientos ucranianos especiales.

En mayo de 1917 el movimiento organizó un congreso militar que eligió un comité general, el cual sería el organismo director del movimiento. Más tarde, ese comité se convirtió en la rada (consejo). Luego, en noviembre de 1917, en el congreso panucraniano fue formada una Rada central y ratificada en calidad de parlamento de la República Decrática Ucraniana. Y, en fin, un mes más tarde, por un universal (manifiesto) de esa rada se proclamó la independencia y la autonomía de la República Democrática Ucraniana. Así, mientras el poder de Kerensky actuaba en la Gran Rusia, en Ucrania se formó un nuevo Estado y comenzó a consolidarse en el país una nueva fuerza dominante. Esta era justamente la petlurovstchina, denominación procedente del nombre de Simeón Petlura, uno de los dirigentes más activos del movimiento.

El desarrollo y la consolidación en Ucrania de la Petlurovstchina como fuerza estatal, fue un golpe para el bolchevismo, que ya se había hecho cargo del poder en la Gran Rusia y quería extender su dominación por Ucrania. La situación de los bolcheviques en la Gran Rusia habría sido bastante difícil sin Ucrania. Por esto los bolcheviques enviaron rápidamente sus tropas hacia Kiev. Desde el 11 al 25 de enero de 1918, Kiev asistió a una lucha encarnizada entre los partidarios de Petlura y los bolcheviques. El 25 de enero estos últimos se apoderaron de la ciudad y comenzaron a extender su poder sobre toda Ucrania. El gobierno de Petlura y los agentes políticos del movimiento se retiraron a la parte occidental del país y protestaron desde allí contra la ocupación de Ucrania por los bolcheviques.

Sin embargo, está vez los bolcheviques no permanecieron mucho tiempo en Ucrania, dos a cinco meses a lo sumo. En marzo y abril de 1918 se retiraron á la Gran Rusia, dejando el campo libre al ejército de ocupación austroalemán. Los partidarios de Petlura aprovecharon de inmediato. Su gobierno, representado por la rada central y el gabinete de ministros, volvió a Kiev y ocupó su puesto. Esta vez la República no se llamó democrática, sino República Nacional Ucraniana. Claro está, el gobierno se apoyaba, ante todo, como cualquier gobierno, en las tropas, y no se preocupó al entrar en Kiev de preguntar al pueblo si tenía necesidad de él o no. Aprovechó simplemente la ocasión y entró en el país declarándose gobierno nacional. Lo protegía la fuerza de sus bayonetas. Pero tampoco esta vez los petlurovtzi consiguieron permanecer largo tiempo en el poder. Para las autoridades austroalemanas, era mucho más ventajoso negociar con los antiguos señores de Ucrania -los generales y los terratenientes- que con los partidarios de Petlura. Apoyándose en sus fuerzas militares desalojaron al gobierno republicano de Petlura y lo reemplazaron por la autoridad absoluta del hetman Skoropadsky. Desde ese momento, las fuerzas de la reacción (de los terratenientes y de los generales) se instalaron en Ucrania. Los partidarios de Petlura adoptaron frente a esta reacción una actitud políticamente revolucionaria. Aguardaban su derrumbamiento para reconquistar el poder. Petlura mismo estuvo preso un tiempo y debió abandonar luego la lucha política. Pero el fin de la contrarrevolución del hetman estaba próximo; su desintegración, provocada sobre todo por los golpes formidables de la insurrección general de los campesinos se anunciaba ya. Comprendiéndolo, los petlurovtzi, aun sin esperar la caída definitiva del hetman, comenzaron a organizar sus fuerzas en diversos puntos de Ucrania, y a reunir tropas. Las circunstancias les eran extremadamente favorables. Los campesinos estaban en estado de rebelión y centenares de millares de insurrectos no esperaban más que el primer llamado para marchar contra el poder del hetman. Este se encontraba todavía en Kiev cuando gran número de ciudades de Ucrania había pasado a manos de los partidarios de Petlura. Allí, precisamente, se había constituido el nuevo órgano central del poder de Petlura -el directorio-. Los petlurovtzi se apresuraban a extender y afirmar su poder por todo el país, aprovechando la ausencia de otros grupos políticos, especialmente los bolcheviques. En diciembre de 1918, Skoropadsky huyó y el directorio de Petlura, con Petlura a la cabeza y otros miembros del gobierno de la República nacional, entró en Kiev.

El pueblo reaccionó con entusiasmo. Los petlurovtzi intentaron copar ese entusiasmo y presentarse como luchadores y héroes nacionales. En poco tiempo su poder se extendió sobre la mayor parte de Ucrania. Aunque en el sur, en la región del movimiento de los campesinos machnovistas, no tuvieron éxito y chocaron con una resistencia seria, sufriendo a veces duros golpes, en todos los grandes centros los partidarios de Petlura triunfaban y desplegaban su estandarte. La dominación de la burguesía autonomista parecía ésta vez asegurada. Pero no era más que una ilusión.

El nuevo poder no había tenido tiempo de organizarse sólidamente cuando comenzó la desintegración a su alrededor, provocada por los intereses contradictorios de las clases sociales. Los millones de campesinos y de obreros que en el momento de la caída del hetman se encontraban en el círculo de influencia y de dirección de los petlurovtzi, comenzaron a salir en masa de las filas de Petlura; buscaban otro apoyo a sus intereses y a sus aspiraciones. La mayoría se dispersó por las ciudades y las aldeas y adoptó una actitud hostil frente al nuevo poder. Otros se unieron a los destacamentos rebeldes de los machnovistas. Los petlurovtzi se encontraron tan rápidamente desarmados como se habían armado. Sus ideas de autonomía burguesa, de unidad nacional burguesa, no se mantuvieron más que algunas horas en el pueblo revolucionario. El impulso incontenible de la revolución popular redujo las falsas ideas y colocó a sus defensores en situación de impotencia. Y al mismo tiempo, el bolchevismo militante, experto en medios de agitación de clase y penetrado de la firme decisión de apoderarse del poder en Ucrania, se acercaba rápidamente al norte. Un mes después de la entrada del directorio de Petlura en Kiev, las tropas bolcheviques entraban en esa ciudad. Desde entonces el poder de estos últimos se estableció en la mayor parte de Ucrania.

Hemos dicho ya en el primer capítulo que la llamada edificación socialista, el aparato soviético estatal y gubernamental, las nuevas relaciones sociales y políticas, en una palabra, todo lo que se realizó en la revolución rusa por obra del bolchevismo,no fue otra cosa que la realización de los intereses vitales de la democracia socialista, ni tuvo otro objeto que instalar su dominación de clase en el país. Los campesinos y obreros, cuyo nombre fue tantas veces invocado en el curso de la revolución, no fueron más que el puente a través del cual llegó al poder una nueva clase, el cuarto Estado.

Desde la época de la revolución de 1905 esa clase venía sufriendo derrotas. Quería apropiarse de la dirección del movimiento obrero y realizar luego sus ideas sirviéndose de los medios políticos normales, en primer lugar por medio del programa mínimo bien conocido. Se proponía derribar primero al zarismo e instaurar el régimen republicano. Se debía luego proceder a la conquista del poder del Estado por la vía parlamentaria, como lo hacen los demócratas en los Estados de la Europa occidental y en América. Se sabe que los planes de los demócratas fracasaron completamente en Rusia en 1905, pues no contaron con el apoyo necesario de los obreros y los campesinos. Algunos encuentran la explicación de la derrota de la revolución de 1905 en la fuerza poderosa y brutal del zarismo. Pero esa es una explicación errónea. Las causas de esa derrota son mucho más profundas, son el carácter mismo de la revolución.

En 1900-1903 una serie de huelgas económicas se desencadenó en el sur de Rusia, después en el norte y en otras partes del país. Al principio ese movimiento no había formulado claramente sus fines; no obstante, su carácter social y su espíritu de clase se reveló bien pronto. La social democracia entró en ese movimiento desde afuera y se esforzó por encaminarlo al plano de la lucha puramente política. Sus partidos, ejemplarmente organizados, invadieron el campo entero con la prédica política, y lograron borrar del movimiento todas las consignas sociales y reemplazarlas por las políticas de la democracia. Inspirada en estas últimas se produjo la revolución de 1905.

Pero ciertamente la revolución fracasó porque fue dirigida por palabras de orden político, extrañas al pueblo. Excluyendo de la revolución el programa social de los trabajadores, la democracia le quitó el poderoso ímpetu revolucionario del pueblo. La revolución de 1905 fracasó, no porque el zarismo fuera poderoso, sino porque, debido a su carácter netamente político, no alcanzó a sublevar a la masa. No se sublevó más que una parte del proletariado de las ciudades. La gran masa de los campesinos apenas fue conmovida. El zarismo, que había comenzado a hacer concesiones, se repuso rápidamente tan pronto como comprendió la situación, y aplastó esa revolución de medias tintas. La democracia revolucionaria que la había guiado se refugió en el extranjero.

La experiencia de la derrota fue sanamente aprovechada por el ala izquierda de la democracia, el bolchevismo. Los bolcheviques comprendieron que no debían pensar en una revolución puramente política en Rusia, que las masas trabajadoras poseían un claro sentido del problema social. Y concluyeron que una revolución no podía concebirse en Rusia más que como un movimiento social de obreros y campesinos, que tendiese a derribar el régimen político y económico del Estado actual. La guerra imperialista de 1914-1917 no hizo más que acentuar y fortificar esa tendencia de la revolución. La guerra, descubriendo la verdadera fisonomía de la democracia, mostró que ésta y la monarquía se equivalen; una y otra se manifestaron claramente como sistemas de opresión al pueblo. Si antes de la guerra en Rusia no había condiciones para una revolución puramente política, después tal idea resultaba inconcebible.

Desde hacía mucho tiempo una línea de fuego había atravesado el mundo entero, dividiendo la sociedad contemporánea en dos campos enemigos, el capital y el trabajo, y borrando las diferencias políticas de los diversos Estados explotadores. La idea que anima a las masas desde que dirigen sus miradas hacia la revolución es el aniquilamiento del capital -base de la esclavitud-. Son indiferentes ante las revoluciones políticas de otro tiempo. Este es el aspecto real de las cosas en Rusia. Lo mismo sucede en la Europa occidental y en América. No tenerlo en cuenta significa quedar relegado en la vida.

El bolchevismo, comprendiendo este aspecto de la realidad, rehizo pronto su programa político. Entrevió la revolución futura de las masas en Rusia como una revolución dirigida contra las bases de la sociedad moderna: el capital agrario, industrial y comercial. Vio que la clase de los propietarios de las ciudades y del campo sería destruida y sacó de ello sus conclusiones; si es inevitable en Rusia una poderosa explosión social, entonces la democraria deberá realizar su tarea histórica sobre el terreno mismo de esa explosión. Deberá aprovecharse y disponer de las fuerzas revolucionarias del pueblo, ponerse a su cabeza para derrocar la burguesía, apoderarse del Estado y asentar su dominación sobre los fundamentos del socialismo de Estado. Es lo que el bolchevismo realizó con éxito durante el movimiento de las masas antes de octubre y durante las jornadas de octubre. Toda su actividad ulterior en el curso de la revolución rusa no será más que la realización de los detalles de la dominación estatal de la democracia.

Indudablemente el bolchevismo es un fenómeno histórico de la vida rusa e internacional. Es la expresión de un tipo, no sólo social, sino también sicológico. Produjo un grupo de personajes tenaces, autoritarios, extraños a todo sentimentalismo social o moral, dispuestos a usar todos los medios, para triunfar. Surgió de sus filas un líder que era digno de aquellos hombres. Lenin no es sólo el dirigente de un partido: es -lo que tiene más importancia- el modelo de un tipo determinado de hombres. En él ese tipo humano halló su personificación más acabada y según ese modelo se hizo la selección y la agrupación de las fuerzas combativas y ofensivas de la democracia del mundo entero. El rasgo sicológico saliente del bolchevismo es la afirmación de su voluntad por medio de la represión de la voluntad de los demás; la anulación de toda individualidad hasta convertirla en un objeto inanimado. No es difícil reconocer en estos rasgos la antigua especie de los señores en la sociedad humana. Y en efecto, el bolchevismo se manifiesta en toda la revolución rusa exclusivamente por gestos autoritarios. Le falta lo que constituirá el rasgo esencial de la verdadera revolución social futura: el deseo desinteresado de trabajar, de trabajar sin tregua, hasta olvidarse de sí mismo, por el bien del pueblo. Todos los esfuerzos del bolchevismo, a veces enormes y perseverantes, se limitaron ala creación de órganos de poder que no representan ante el pueblo más que amenazas y órdenes de los antiguos señores.

Examinemos los cambios introducidos por el bolchevismo, conforme a su ideología comunista, en la vida de obreros y campesinos.

La nacionalización de la industria, de las tierras, de las viviendas en las ciudades, del comercio y el derecho a voto para los obreros y los campesinos, son las bases del comunismo bolchevique puro. En realidad la nacionalización culminó en una estatización absoluta de todas las formas de la vida del pueblo. No solamente la industria, los medios de transporte, la instrucción, los órganos de aprovisionamiento, etc., se convirtieron en propiedad del Estado: la clase obrera, cada obrero en particular; su trabajo y su energía, las organizaciones profesionales y cooperativas de campesinos y obreros, todo fue estatizado. El Estado es todo, el obrero no es nada; tal es el precepto fundamental del bolchevismo. Ahora bien, el Estado es representado por sus funcionarios, y ellos lo son todo, la clase obrera no es nada.

La nacionalización de la industria, al arrancar a los obreros de las manos de los capitalistas privados, los entregó en las manos más implacables de un único capitalista, presente en todas partes, el Estado. Las relaciones entre los obreros y este nuevo patrón son las mismas que existían antes entre el trabajo y el capital, con la diferencia de que el Estado no solamente explota a los trabajadores, sino que los castiga también, porque reúne en sí las dos funciones, la explotación y la punición. La condición del trabajo asalariado no ha cambiado; ha tomado solamente el carácter de un deber hacia el Estado. Las uniones profesionales perdieron todos los derechos y fueron transformados en órganos de vigilancia policial de la masa trabajadora. El establecimiento de las tarifas, la dimensión del salario, el derecho a emplear y a despedir a los obreros, la gestión general de las empresas, su organización exterior, etcétera, todo es supervisado por el partido, sus órganos o sus agentes. En cuanto a las uniones profesionales en todos los dominios de la producción su actuación es puramente formal; deben poner sus firmas en los decretos del partido, que no pueden ser revocados ni cambiados.

Es claro que esto no es sino una simple sustitución del capitalismo privado por un capitalismo de Estado. La nacionalización comunista de la industria representa un nuevo tipo de relaciones en la producción, según el cual la sujeción económica de la clase obrera es mantenida por un solo puño, el Estado. Es evidente que de esta manera no mejorará la situación de la clase obrera. El trabajo obligatorio (para los obreros, claro está) y su militarización es el verdadero espíritu de la fábrica nacionalizada. Citemos un ejemplo. En el mes de agosto de 1918, los obreros de la antigua manufactura Prokorof de Moscú se agitaron y amenazaron con rebelarse a consecuencia de los bajos salarios y de un régimen policial establecido en la fábrica. Organizaron, en la fábrica misma, varias reuniones, expulsaron al comité de fábrica (que no era más que una sección del partido) y tomaron en calidad de pago una pequeña parte de la manufactura producida. Los miembros del comité central de la unión de obreros textiles -después de que los obreros se rehusaron a tratar con ellos- decidieron así: la conducta de los obreros de la manufactura de Prokorof es una sombra en el prestigio del poder soviético; toda acción ulterior de esos obreros había difamado a las autoridades soviéticas ante los obreros de otros establecimientos; eso es inadmisible. Por consiguiente la fábrica debe ser cerrada y los obreros despedidos; debe establecerse una comisión para crear en la fábrica un régimen firme; después de lo cual habrá que reclutar nuevos cuadros de obreros. Así fue. Nos preguntamos, ¿quiénes eran esos hombres para decidir tan libremente la suerte de millares de obreros? ¿La masa los había elegido y les había otorgado ese poder? De ningún modo. El partido los nombró y ésa era toda su potencia. El ejemplo citado está lejos de ser único; se podrían citar millares de ellos, en los cuales se refleja la situación verdadera de la clase obrera en la industria nacionalizada.

¿Qué es lo que resta, pues, a los obreros y a sus organizaciones? El exiguo derecho de votar por tal o cual diputado a los soviets, enteramente sometido al partido.

La situación de los trabajadores del campo es todavía peor. Los campesinos disfrutan de las tierras de los terratenientes, de los príncipes, de todos los antiguos propietarios. Pero fue la revolución y no el poder comunista quien les procuró esos bienes. Durante decenas de años los campesinos habían aspirado a la posesión de la tierra y en 1917 se apoderaron de ella mucho antes de que el poder soviético se hubiese formado. Si el bolchevismo marchó de acuerdo con los campesinos en la obra de confiscación de las tierras de los terratenientes, es porque no había otros medios a su disposición para vencer a la burguesía terrateniente. Pero esto no significaba en manera alguna que el futuro poder comunista tuviera la intención de dar la tierra a los campesinos. La verdad es la contrario. Su ideal es la organización de una sola industria agrícola perteneciente a un solo dueño, el Estado. Las propiedades agrícolas soviéticas cultivadas por obreros y campesinos asalariados es el modelo de acuerdo con el cual busca el poder comunista organizar la agricultura del Estado en todo el país. Los líderes del bolchevismo anunciaron estas ideas de una manera clara tiempo después de los primeros días de revolución. En el número 13 de la Internacional comunista, principalmente en la resolución sobre la cuestión agraria (edición rusa, págs. 2435-2445), han sido dadas indicaciones detalladas sobre la organización de una agricultura de Estado en el sentido expresado. En la misma resolución se dice que es preciso proceder a la organización de la agricultura colectiva (es decir, estatal-capitalista) gradualmente y con la mayor prudencia. Es natural. La transformación brusca de las decenas de millones de campesinos libres e independientes en asalariados del Estado provocaría una reacción capaz de llevar a una catástrofe al Estado comunista. En realidad, toda la actividad del poder comunista en el campo se limitó a la exportación forzada de víveres y materias primas y a la lucha contra los movimientos campesinos que se oponían a ella.

Los derechos políticos de los campesinos se reducen a la creación obligatoria de los soviets (de aldea y de distrito), enteramente sometidos al partido. Los campesinos no tienen otros derechos. Los millones de campesinos de cualquier provincia puestos en uno de los platillos de la balanza, tendrán siempre menos peso que el comité departamental del partido. En suma, se comprueba una ausencia total de todo derecho para los campesinos.

El aparato estatal soviético está organizado en tal forma que todos los hilos conductores se encuentran en manos de la democracia, que se autodefine como la vanguardia del proletariado. Cualquiera que sea el dominio de la administración del Estado, en todas partes hallamos los puestos principales ocupados invariablemente por el mismo personaje, el demócrata omnipresente.

¿Quién dirige todos los periódicos, las revistas y las demás publicaciones? Son siempre políticos, gentes que proceden del ambiente privilegiado de la democracia.

¿Quiénes son los autores y redactores de las publicaciones centrales, que pretenden guiar al proletariado del mundo entero, tales como Izvestia, del comité ejecutivo central de toda Rusia; La Internacional comunista, o bien el órgano del comité central del partido? Son exclusivamente grupos de la intelligentzia democrática escogidos cuidadosamente.

¿Quién, en fin, se encuentra a la cabeza de los órganos políticos creados como su denominación misma demuestra no por las necesidades de la labor, sino por las de la política de dominación? ¿En qué manos se encuentra el comité central del partido, el consejo de los comisarios del pueblo, el comité ejecutivo central panruso, etc.? En manos de los que han sido educados en la política, lejos del trabajo, y para quienes el nombre de proletariado significa lo que para un pope incrédulo el nombre de Dios. Igualmente, se encuentran en sus manos todos los órganos de la vida económica del país, desde el consejo económico nacional hasta los centros de menor importancia.

Vemos, pues, que todo el grupo de la social democracia ocupa en el Estado los puestos más importantes. En la historia de la humanidad no existe el ejemplo de un grupo social determinado, que teniendo sus propios intereses de clase y su orientación particular, se haya acercado a los trabajadores con la intención de ayudarlos. Estos grupos van al pueblo sólo para someterlo. El grupo de la democracia no es una excepción a esta regla general. Por el contrario, la confirma del modo más completo.

Si algunos puestos importantes del Estado comunista se encuentran ocupados por obreros, ello es también de utilidad para el régimen, le confieren la ilusión de una naturaleza popular y sirve para la dominación de la democracia socialista. La actuación de estos obreros en la mayoría de los casos se reduce a la simple ejecución de órdenes. Además gozan de privilegios a expensas de la masa obrera sometida. Y esos obreros son escogidos entre los llamados conscientes, es decir, entre los que aceptan sin crítica los principios del marxismo y de la intelligentzia socialista.

En el Estado comunista, los obreros y los campesinos están sometidos desde el punto de vista social, explotados desde el punto de vista económico, desprovistos de todo derecho desde el punto de vista político. Pero esto no es todo. Al poner el pie en la vía de la estatización general, el bolchevismo debía extinguir también, inevitablemente, la vida espiritual de los trabajadores. Y en efecto, sería difícil encontrar otro país en el que el pensamiento de los trabajadores sea oprimido tan completamente como lo es en el Estado comunista. Con el pretexto de luchar contra las ideas burguesas y contrarrevolucionarias, la prensa que no profesaba las ideas comunistas fue suprimida, aunque su publicación estuviese sostenida por masas proletarias. Nadie puede enunciar sus ideas en alta voz. De la misma manera que había regulado la vida económica y social del país de acuerdo a su criterio, el bolchevismo encerró la vida espiritual del pueblo en los cuadros de ese mismo programa. El campo lleno de vida del pensamiento y de la iniciativa populares se transformó en cuartel de adoctrinamiento. El pensamiento y el alma del proletariado fueron encerrados en la escuela del partido. Todo deseo de ver más allá de los muros de esa escuela fue proclamado perjudicial y contrarrevolucionario.

Pero eso no es todo. No se podía falsear el sentido y las perspectivas de la revolución, como la hizo el bolchevismo con su dictadura, sin que se levantasen protestas de las masas expresando su disconformidad. Sin embargo estas protestas no condujeron al debilitamiento de la opresión política sino más bien a su fortalecimiento. Se inició un largo período de terror que transformó a toda Rusia en una inmensa prisión, donde el miedo se hizo una virtud y la mentira un deber. Aplastados por la opresión política, aterrorizados, todos mienten, no sólo los adultos, también los jóvenes, los adolescentes, los escolares.

Ahora bien, -¿cómo se explica en el Estado comunista esta situación social, política y moral?- ¿La democracia socialista es peor que la burguesía capitalista que la precedió? ¿Y es posible que ni siquiera conceda las libertades ilusorias con cuya ayuda las burguesías de Europa y América salvan la apariencia del equilibrio en sus Estados? La cosa es otra. Aunque la democracia es una clase aparte, hasta el último momento ha sido materialmente pobre, casi indigente. Es por eso que no pudo, desde los primeros días de su actividad política hallar en sí la unidad y la universalidad de que disfrutan las clases dominantes por su situación material privilegiada. La democracia no ha podido, al principio, crear más que un destacamento de vanguardia representado por el partido comunista. Durante más de tres años, ese destacamento tuvo que satisfacer las necesidades de la obra de edificación del nuevo Estado. No teniendo apoyo natural en ninguna de las clases de la sociedad actual -ni en los obreros, ni en los campesinos, ni en la nobleza, ni en la burguesía (no estando económicamente organizada la democracia misma, no podía contar con ellas)-, el partido comunista recurrió al terror y al régimen de opresión general. Así se explica por qué el poder comunista en Rusia se apresuró a multiplicar y consolidar una nueva burguesía representada por el partido comunista, los altos funcionarios y los cuadros de comando del ejército. Esta burguesía le era indispensable como sostén permanente de clase en su lucha contra las masas trabajadoras.

La estructura comunista estatal que lleva a la esclavitud de los obreros y de los campesinos es explicada por nosotros no por errores y extravíos del bolchevismo, sino por su aspiración consciente al sometimiento de las masas, por su naturaleza esencialmente dominadora y explotadora.

Pero, ¿cómo es que ese grupo extraño y hostil a las masas trabajadoras consiguió imponerse como guía de las fuerzas revolucionarias de esas masas, asumiendo el poder en su nombre y consolidando su dominación?

Las causas son dos, el estado de desorganización en que se encontraban las masas en los días de la revolución y su engaño por las palabras de orden socialistas.

Las organizaciones profesionales obreras y campesinas de antes de 1917 habían quedado atrás en el espíritu revolucionario de los trabajadores. El desborde revolucionario de las masas sobrepasó los límites de esas organizaciones. Obreros y campesinos se encontraron frente a la revolución sin el apoyo necesario de sus organizaciones de clase. Ahora bien, a su lado, con esa masa, existía un partido socialista perfectamente organizado, los bolcheviques. Este partido tuvo participación directa en la destrucción de la burguesía industrial y agraria por los obreros y los campesinos, arrastrando a las masas y asegurándoles que esa revolución sería la revolución social, la última, que llevaría a los oprimidos al socialismo, al comunismo. Las masas, extrañas a toda política, acogieron esas proclamas como evidentes. La participación del partido comunista en la destrucción del régimen capitalista le atrajo gran confianza. La clase de los intelectuales -portadora de los ideales de la democracia- ha sido siempre tan débil y restringida que las masas no supieron nada de su existencia. Por consiguiente, en el momento de la caída de la burguesía, su puesto fue ocupado por el bolchevismo, su dirigente accidental, hábil en demagogia política.

Al explotar las aspiraciones revolucionarias de obreros y campesinos de libertad, igualdad e independencia social, el bolchevismo inspiró hábilmente la idea del poder soviético.

En muchos lugares de la Rusia revolucionaria, los trabajadores interpretaron en los primeros días de octubre la idea del poder soviético como la de la libre disposición de sí mismos, social y económicamente.

Por su energía revolucionaria y la confusión demagógica de las ideas revolucionarias de los trabajadores con su propia idea política y autoritaria, el bolchevismo ganó a las masas y usó ampliamente su confianza.

El error de las masas consistió en que aceptaba las doctrinas del socialismo y del comunismo de un modo simple y en conjunto, como acepta siempre el pueblo las ideas de verdad y de justicia. Sin embargo la verdad en esas doctrinas no era más que una bella promesa que conmovía y exaltaba el alma del pueblo. Lo esencial en ellas era -como en todos los otros sistemas estatales- el acaparamiento y reparto de las fuerzas del pueblo y de los productos de su trabajo entre un grupo de políticos poco numeroso pero bien organizado.

En el torbellino de los acontecimientos que se sucedían entonces en Rusia y en Ucrania, con esa avalancha de operaciones políticas, militares y otras, el hecho del advenimiento al poder de un nuevo grupo explotador no fue comprendido claramente por el pueblo. Es que cuando se produce un hecho semejante, es preciso que pase un cierto tiempo para que se revele a los ojos de las masas, sobre todo si se produce en una gran extensión y es enmascarado hábilmente por el grupo interesado.

En ocasión de la gran revolución francesa, cuando el feudalismo -la monarquía de los reyes y de los nobles- fue definitivamente abolido, las masas creían realizar esa formidable destrucción en nombre de su libertad verdadera; los partidos políticos dirigentes les parecían ser sólo amigos y colaboradores. Pasaron algunos años antes de que el pueblo trabajador, mirando bien a su alrededor, comprendiese la realidad; un simple cambio de autoridades, el puesto del rey y de la nobleza ocupado por una nueva casta, la burguesía comercial e industrial. Tales hechos históricos exigen siempre un cierto tiempo para ser comprendidos por el pueblo.

Hemos presentado, a rasgos generales, la naturaleza política y social del bolchevismo. Después de dos años de dictadura en Rusia, el bolchevismo quedó desenmascarado completamente. La verdad se hizo evidente primero a los ojos de los diversos grupos de obreros y campesinos, luego a las grandes masas del pueblo.

Fue una fuerza joven, llena de aspiraciones autoritarias la que se precipitó de nuevo en Ucrania después de la caída del hetman, con la resolución inquebrantable de establecer allí su poder, costara lo que costara.

En tiempos de la skoropadstchina, los bolcheviques no eran tan fuertes en Ucrania como para orgánizar la toma del poder en el momento mismo de la caída del hetman (1).

Sus fuerzas se encontraban casi por completo en la Gran Rusia. Desde allí vigilaban a Ucrania, esperando el momento propicio para proclamar su poder. En la Gran Rusia también, en la ciudad de Kursk, se encontraba el gobierno ucraniano preparado de antemano en las personas de Piatakof, Kviring y otros. Pero a pesar de toda su vigilancia no lograron llegar a Ucrania a tiempo, en el momento de la caída de Skoropadsky; fueron, pues, los partidarios de Petlura los que primero treparon al poder. Pero ese hecho impulsó a los bolcheviques a obrar con mayor energía en el orden militar. La atmósfera era revolucionaria, la situación complicada por el movimiento insurreccional de las masas campesinas. En circunstancias semejantes, las seis semanas ganadas por los petlurovtzi sobre los bolcheviques podrían ser equilibradas por los acontecimientos siguientes. No hacía falta más que apresurarse y obrar. Y los bolcheviques se apresuraron, precipitando su acción.

Mientras su gobierno (con sede en Kursk) se trasladaba a Karkof -liberado entonces por primera vez y ocupado por los destacamentos insurreccionales del anarquista Tcheredniakoff (2)- y procedía a la creación de un centro administrativo civil, sus divisiones militares avanzaban, pasando por las regiones ya liberadas del centro de Ucrania, creando en todas partes, por orden militar, los órganos del poder comunista. Hemos dicho las regiones ya liberadas. En efecto, toda la extensión de Ucrania, desde el gobierno de Kursk hasta el mar de Azov y el mar Negro había sido liberada del poder del hetman por los destacamentos guerrilleros de los campesinos. Después de la caída del hetman, esos destacamentos se habían disuelto en parte en los pueblos o retirado al litoral del mar Azov, donde se anunciaba entonces una nueva contrarrevolución, la del general Denikin.

En la mayor parte de Ucrania, cuando los bolcheviques llegaron, la situación estaba definida, y si tropezaban con los partidarios de Petlura, los aplastaban con la fuerza militar y ocupaban su puesto. El encuentro decisivo entre bolcheviques y petlurovtzi tuvo lugar en la región de Kiev, convertida desde el momento de la entrada del directorio de Petlura en el centro de su actividad política y punto de concentración de sus tropas. A fines de enero de 1919 los bolcheviques comenzaron un ataque general contra Kiev. A principios de febrero la ocuparon. El gobierno de la República Nacional Ucraniana se retiró, como de costumbre, hacia las fronteras occidentales de Ucrania. El poder del Estado pasó a los bolcheviques.

Hay que notar de una manera expresa que tanto en los lugares que habían conquistado en la batalla, después de expulsar a los partidarios de Petlura, como en la región que estaba libre y los trabajadores eran dueños de sí mismos, el poder comunista se instalaba por vía militar. Los consejos de obreros y campesinos (soviets), que debían haber creado ese poder, aparecían más tarde, una vez constituida la autoridad. Antes de los soviets existían los comités revolucionarios. Y antes de los comités solamente existían las divisiones militares.




Notas

(1) Es verdad que durante la hetmanstchina los bolcheviques trataron también de tener en el país sus propios destacamentos de guerrilleros que obrasen conforme a las órdenes del partido. Tal fue, por ejemplo, el destacamento de Kolossof en la región de Pavlogrado. Pero siendo muy restringido el número de esos destacamentos, estaban sumergidos en la gran masa de los rebeldes que seguían un camino absolutamente independiente del partido. También esos destacamentos bolcheviques acabaron por compenetrarse del espíritu general de la masa revolucionaria. La actividad del destacamento llamado de Kolosoff no se diferenciaba mucho de la de Machno; a menudo obraban de acuerdo.

(2) Tcheredniakoff, campesino anarquista, proclamado después fuera de la ley por los bolcheviques. Se adhirió con su destacamento al ejército revolucionario de Machno. Combatió en el frente de Azov contra Denikin. En ocasión de la irrupción de este último en la región de Gulai-Polé, en junio de 1919, fue hecho prisionero y recibió más de doscientos palos. Se salvó. Al fin del mismo año cayó de nuevo en manos de los soldados de Denikin en el gobiiemo de Poltawa y fue fusilado.

Índice de Historia del movimiento machnovista de Pedro ArchinoffCapítulo terceroCapítulo quintoBiblioteca Virtual Antorcha