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Capítulo 23

Barruntos de maniobras para la disgregación de la asamblea y delegados a base de honor.

Transcurrían los días y se acentuaba más y más el distanciamiento entre la Convención y el Primer Jefe, don Venustiano Carranza. Continuaba ignorándose el resultado de la comisión conferida al General Felipe Angeles para entrevistar al General Emiliano Zapata, y este misterio mantenía en cierta tensión los espíritus de los adictos de Carranza y de los adversarios de don Venustiano.

Entre los bastidores del Teatro Morelos y en las afueras continuaba con gran tenacidad la propaganda de las candidaturas presidenciales. Habiéndose eliminado algunos de los aspirántes, el triunfo se lo disputaban con ahínco los Generales Eduardo Hay y Antonio I. Villarreal. Contaba con más adeptos el General Villarreal. Los villarrealistas eran más activos y procuraban con maña restar las adhesiones a Hay, explotando el aspecto extranjero de éste. Se excedían hasta decir que su aspecto físico era de tal manera deleznable que requería un lazarillo, y explotaban con habilidad la renuncia que pocos días antes había presentado como Oficial Mayor encargado del despacho de la Secretaría de Guerra y Marina, aduciendo que el mal estado de su salud le impedía atender una oficina.

Los propagandistas de Villarreal aseguraban que su candidato contaba con el apoyo decidido de su primo hermano, el General Pablo González, y de todos los Generales del Cuerpo de Ejército del Noreste. El hecho cierto era que Hay había asegurado los votos de unos treinta delegados y Villarreal podía contar unos sesenta. Los delegados de la División del Norte continuaban sin candidato. Parecía importarles un bledo que resultara electo cualquier mortal, con tal de que no continuara en el poder don Venustiano Carranza.

La mañana del 20 de octubre se reunieron en una casa los partidarios de Hay y de Villarreal, encabezados los primeros por los Generales Juan C. Cabral y Martín Espinosa, y los segundos por los Coroneles Gregorio Osuna y Daniel Ríos Zertuche. Allí se habló de una posible fusión de los dos partidos para sostener con más bríos y más votos una sola de las dos candidaturas, previendo una fuerte coalición futura de los delegados de la División del Norte con los del Ejército Libertador del Sur.

Rumores alarmantes.

Con motivo de esta junta, la víspera no se citó para sesión matutina. La de la tarde se inició a las 4:30. Ya corrían por la ciudad rumores alarmantes. Sabíase que el representante del General Cándido Aguilar, el Coronel Josué Benignos, habíase marchado de Aguascalientes sin permiso de la Convención, quejándose de un dolor de muelas. Decíase que otros Generales carrancistas iban a retirar sus representantes. Carranza continuaba prodigando los ascensos a Generales.

Para nadie era un secreto que el mismo Carranza engrosaba activamente sus filas, continuándose el reclutamiento de tropas en las grandes ciudades dominadas por las tropas del Primer Jefe. En su último y reciente viaje a la ciudad de México muchos miembros de la Convención habían visto los muros tapizados con carteles, faltos de seriedad, en que se solicitaban hombres para ser filiados en la Brigada del Coronel Careta, en la del General Lechuga y en las de otros muchos. En ellos se ofrecía a los reclutas buen trato.

Algunos de los carteles estaban encabezados con la leyenda a grandes caracteres: ¡Ya se acabó el hambre!, y se comentaba con animación: Si todos los delegados, y por consiguiente todos los Generales revolucionarios obraban de buena fe, y si como resultado de tan buena fe, de los acuerdos de la Convención debería surgir la paz y un gobierno recto y firme sostenido por todos los Generales, que personalmente o por medio de representantes habían jurado ante la bandera de la Patria sostener con sus armas y sus vidas los acuerdos de la asamblea, ¿qué objeto, qué fihalidad tenía el reclutamiento inmoderado, cuando las arcas nacionales estaban exhaustas y se cubrían los gastos con enormes emisiones de papel moneda?

La actitud de la prensa metropolitana.

También constituía un motivo de honda desconfianza la actitud de la prensa de la ciudad de México, que estaba en su gran mayoría sostenida y pagada por Carranza. Esa prensa llenaba sus columnas con adulaciones torpes para el señor Carranza y sus allegados, y con injurias, calumnias y burdas falsedades para la Convención y los convencionistas. Alteraba los mensajes que sus corresponsales le enviaban desde Aguascalientes. Pretendía hacer creer que en la mencionada ciudad imperaba el terror, que los delegados no tenían libertad de acción, que cada uno tenía sobre el pecho el puñal de un asesino.

Esta campaña estaba dirigida por el revista de triste recordación, el célebre Heriberto Barrón, quien al mismo tiempo que ridiculizaba a los delegados, entonaba alabanzas en loor del Primer Jefe.

Los Generales Zapata y Angeles.

Apenas iniciada la sesión del 20 de octubre, uno de los Secretarios dio lectura a un fárrago de telegramas, proposiciones, memoriales y dictámenes. Se leyó un mensaje del General Felipe Angeles, fechado el día anterior, en que manifestaba que inmediatamente después de su arribo a la ciudad de México, mandó una comisión integrada por los Generales Galván, Fernández y Gildardo Magaña, con la finalidad de preparar la entrevista con el General Emiliano Zapata. Agregaba que se le informó que los emisarios citados no habían podido hablar con el jefe del Ejército Libertador del Sur, y que ponía lo anterior en conocimiento de la asamblea, en vista del perentorio plazo que se le señaló para regresar a la ciudad de Aguascalientes.

El delegado Francisco de P. Mariel hizo una impertinente interpelación que nadie tomó en serio. Involucraba una censura contra el General Angeles por haber enviado una comisión a solicitar una entrevista con el General Zapata, deteniéndose él en la ciudad de México.

Mensajes satisfactorios.

Produjo excelente impresión en la asamblea la lectura de dos mensajes. Uno firmado por el General Luis G. Caballero, gobernador de Tamaulipas, en que felicitaba a la Convención por los patrióticos trabajos que estaba desarrollando. El otro, suscrito por el General Francisco Villa, dirigido al General José Isabel Robles, en que ordenaba que con toda energía fueran castigados los jefes, oficiales y soldados de la División de su mando que cometieran desmanes en la ciudad de Aguascalientes.

Ascensos y reclutamientos innecesarios.

A continuación, previo dictamen favorable de la Comisión de Guerra, se aprobaron dos proposiciones presentadas por el General Juan G. Cabral:

Considerando que los ascensos a Generales en las actuales circunstancias podrían tomarse como tendencia política, propongo a esta asamblea ordene a los jefes se abstengan de acordar ascensos mientras no se defina la situación.

Considerando que no se ha ordenado el cese de hostilidades en toda la República, y por ser muy onerosos para la Nación los exorbitantes gastos que se están haciendo para el sostenimiento de fuerzás, propongo que la H. Convención ordene que ningún jefe pueda seguir reclutando gente.

Estos acuerdos fueron comunicados a don Venustiano Carranza, al General Francisco Villa y a don José María Maytorena, para que les dieran debido cumplimiento.

¡A base del honor!

Después se leyó el dictamen de la Comisión de Guerra que consultaba no se aprobase la proposición de que se exigieran estados de fuerza a los jefes con mando de tropas. La comisión adujo que dichos estados serían inútiles y que tal exigencia equivaldría a que la Convención se arrogara facultades que sólo competían a la Secretaría de Guerra.

Eduardo Hay apoyó el dictamen. Con voz unciosa, interrumpido a veces por sonrisas maliciosas, soltó y repitió una frase que se volvió muy sobada en la asamblea, y que fue repetida, irónicamente, muchas veces. Dijo:

Nosotros estamos llevando a cabo una Convención a base de honor, a base de honradez, a base de patriotismo; habrá jefes honrados y patriotas que cumplan con las disposiciones tomadas por esta Convención, y habrá también jefes que no cumplan con esos acuerdos, pues esta es precisamente la oportunidad para saber cuáles son los jefes honrados y patriotas y cuáles no lo son. Démosles esa oportunidad, que se exhiban ellos mismos, y después nosotros podremos señalarlos con el dedo y arrojarles el estigma del deshonor y de la falta de patriotismo. Yo opto porque no pidamos ese estado de fuerza, porque a base de honor estamos trabajando y debemos exigir que los demás también trabajen a base de honor ...

El dictamen fue aprobado. Por tanto, el cumplimiento de los acuerdos de la Convención quedó confiado a la honradez de Carranza, de Villa, de Maytorena y de los delegados que formaban la asamblea.

La base del deshonor.

En la misma sesión se apuntaron maniobras tendentes a la disgregación de la asamblea revolucionaria, por parte de algunos Generales muy allegados a Carranza. Ya varios delegados, como lo hemos expresado, se habían marchado de Aguascalientes sin permiso. Más escrupuloso, el delegado Joaquín V. Casarín, que acababa de ser ascendido a General y representaba en la asamblea al General Ignacio Pesqueira, Subsecretario encargado del Despacho de Guerra y Marina en el gabinete de Carranza, puso en manos de la Mesa Directiva un telegrama de su representado, en que éste le ordenaba que marchase inmediatamente a la ciudad de México. La Mesa Directiva dispuso que uno de los Secretarios leyera el desdichado mensaje y lo sometiera a la consideración de la asamblea.

Su lectura provocó una tempestad de comentarios. David Berlanga pidió que no se concediera licencia a Casarín, alegando que éste dependía de la asamblea y no de la Secretaría de Guerra. Casarín aclaró que él no pedía licencia y que únicamente había puesto en conocimiento de la asamblea la orden perentoria por él recibida. El Teniente Coronel Francisco R. Serrano, jefe del Estado Mayor del General Obregón, expresó:

Acabo de ser informado que el señor General Pesqueira trata exclusivamente de retirar su representación en esta asamblea. Por consiguiente, debemos hablar francamente y no conceder ese permiso.

Samuel M. Santos sostuvo que debería concederse la licencia para evitar que Casarín desobedeciera a Pesqueira. Agregó que: Si Pesqueira lo hacía porque no deseaba estar representado en la asamblea, con más razón debería concederse el permiso, para que el señor Casarín, que no tiene ya facultades para estar aquí ... se vaya.

Eulalio Gutiérrez se irguió, interrumpiendo con vivacidad:

¿Y la firma que tiene allí en la bandera?

El delegado sonorense Eduardo C. González habló en la forma que sigue:

De una vez para siempre se ha de sentar el precedente de no dar permiso cuando un superior exija a un inferior, que forma parte de esta asamblea, que falte a sus deberes; porque llegará el caso de que un jefe de Cuerpo de Ejército que no esté personalmente aquí y que tenga a su mando fuerzas, podría en un momento dado hacer que se retirara la representación a todos los convencionistas. Aquí todos somos ciudadanos. Una vez que se termine la Convención volverán todos los delegados a los Cuerpos a que pertenecen a obedecer fielmente a sus superiores.

El símil del jugador fullero.

Ante la expectación de la asamblea, pidió la palabra Eulalio Gutiérrez, que disfrutaba de grandes simpatías por su verba campirana, por su buen sentido ranchero y por sus símiles pintorescos y audaces. Dijo, con el dejo fronterizo que nunca lo abandonó:

Yo creo que el caso del señor Pesqueira es un caso que puede tomarse para poner un precedente. Yo tengo la creencia de que el señor Pesqueira es una persona bastante honrada; pero puede suceder esto: que hay algunos Generales compañeros míos que en lo personal son amigos, pero que pueden hacer una jugadita como la del jugador fullero que manda el albur a una carta; si viene el albur se embolsa el dinero, y si no, recoge la apuesta diciendo: no, si no fue de veras, y se va ...

Se escucharon risas y aplausos en la sala. Gutiérrez continuó muy orondo, haciendo uso de su mímica especial que lo hacía mover incesantemente sus brazos:

El caso del señor Pesqueira podría resumirse de esta manera: como ve, probablemente, que la asamblea no responde a sus intereses, puede decir: no fue de veras, y se echa la apuesta en la bolsa. (Aplausos y risas).

Manuel García Vigil, dolido porque Hay le había echado abajo una proposición con el manoseado estribillo de que todos los presentes en la Convención estaban a base de honor, expresó con voz exaltada:

Es este un verdadero conflicto. Hace poco el señor Hay, sosteniendo una tesis a base de honor, dijo que estábamos aquí a base de honradez, y la asamblea aplaudió lo dicho por el General Hay. En estos momentos el señor Eduardo González se ha basado en una tesis enteramente contraria, ha puesto la base del deshonor, y también la asamblea ha aplaudido.

Se toma la votación. La asamblea resuelve que Casarín no debe obedecer la orden de Pesqueira y que debe continuar como delegado de la Convención.


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