Índice del libro El pragmatismo de William JamesCapítulo anteriorCapítulo siguienteBiblioteca Virtual Antorcha

SÉPTIMA CONFERENCIA

PRAGMATISMO Y HUMANISMO

Lo que endurece el corazón de todos a quienes me acerco con la concepción de la verdad bosquejada en mi última conferencia, es ese típico ídolo de la tribu (1), la noción de la Verdad concebida como la única respuesta, determinada y completa, al único enigma fijo que se cree propuesto por el mundo. La tradicion popular prefiere una respuesta de oráculo, que lo presenta así como un enigma de segundo orden, velando más que revelando lo que se supone que contienen sus profundidades. Todas las grandes palabras que se han dado como solución al enigma del mundo -Dios, lo Uno, Razón, Ley, Materia, Espíritu, Naturaleza, Polaridad, Proceso dialéctico, Idea, Yo, Super-alma derivan de la admiración que los hombres prodigaron a dichas palabras, a causa de su papel oracular. A los aficionados a la filosofía, y también a sus profesionales, el Universo se les representa como una especie curiosa de esfinge petrificada, cuyo atractivo para los hombres consiste en el monótono desafío a sus poderes de adivinación.

La Verdad. ¡Qué ídolo perfecto del espíritu racionalista. Leí en una antigua carta -de un amigo de talento que murió demasiado joven estas palabras: En todo, en ciencia, arte, moral y religión, debe haber un sistema correcto, siendo todos los demás erróneos. ¡Qué característico es el entusiasmo en un cierto período de la juventud! A los veintiún años abrigamos tal pretensión y esperamos hallar ese sistema. Nunca se nos ocurre, a la mayoría de nosotros, ni aun pasados los años, que la cuestión ¿qué es la verdad? no es una cuestión real (ya que no es relativa a ninguna condición) y que toda la noción de la verdad es una abstracción del hecho de las verdades, en plural, una simple frase sumaria y útil, como la lengua latina o la Ley.

Sobre la ley, los jueces, y sobre la lengua latina, los profesores, suelen hablar de un modo que hace pensar a sus oyentes que significan entidades preexistentes a las decisiones o a las palabras y sintaxis, determinándolas inequívocamente y exigiéndoles obediencia. Pero el más ligero ejercicio de reflexión nos hace ver que, en lugar de ser principios de esta clase, la ley y el latín son resultados. Las distinciones entre lo legal y lo ilegal en la conducta, o entre lo correcto y lo incorrecto en el lenguaje, se han desarrollado incidentalmente entre las interacciones de las experiencias humanas en detalle; no de otro modo se han desarrollado las distinciones entre lo verdadero y lo falso en las creencias. La verdad se injerta en otra verdad previa, modificándola en el proceso, de la misma forma que un idioma se injerta en otro previo y una ley en otra ley anterior. Dada una ley previa y un caso nuevo, el juez elaborará con ambos elementos una nueva ley. Dado un idioma previo, surge una nueva jerga, metáforas o rarezas que agradan al gusto público, y muy pronto se forma un nuevo idioma. Frente a la verdad previa aparecerán nuevos hechos y entonces nuestro espíritu halla una nueva verdad.

Entretanto, no obstante, pretendemos que lo eterno está sin desarrollar, que la justicia previa, la gramática o la verdad no hacen más que iluminar, sin que se lleven a efecto. Pero imaginen a un joven en un juzgado administrando justicia con su noción abstracta de la ley, o a un purista del lenguaje lanzado sobre los teatros con su idea de la lengua madre, o a un profesor comenzando su conferencia sobre el Universo real con su noción racionalista de la Verdad, con mayúscula. ¿Conseguirían algo? La verdad, la ley y el lenguaje se les evaporaría al menor contacto con el nuevo hecho. Estas cosas se hacen a sí mismas a medida que caminamos. Nuestros aciertos, desaciertos, prohibiciones, castigos, palabras, idiomas, creencias, son otras tantas nuevas creaciones que se añaden a sí mismas tan rápidamente como la historia prosigue. Lejos de ser principios que anteceden y animan el proceso, la ley, el lenguaje, la verdad, no son sino nombres abstractos de sus resultados.

Así, pues, las leyes y los idiomas han de considerarse como elaboraciones humanas. Schiller aplica la analogía a las creencias y propone el nombre de humanismo para la doctrina de que, hasta un punto indeterminado, nuestras verdades son también productos de elaboración humana. Motivos humanos son los que aguzan todas nuestras cuestiones, satisfacciones humanas hay en acecho en todas nuestras respuestas, todas nuestras fórmulas tienen una marca humana. Tan inextricable es este elemento en los productos, que Schiller algunas veces casi parece dejar abierta la cuestión de si existe alguna otra cosa. Dice: El mundo es esencialmente (vocablo griego que nos resulta imposible colocar); es lo que hacemos. Es infructuoso definirlo por lo que fue originariamente o por lo que es aparte de nosotros; es lo que se hace de él. De aquí que ... el mundo es plástico (2) . Añade que podemos aprender los límites de la plasticidad solamente intentándolo, y que debemos comenzar como si fuera totalmente plástico, actuando metódicamente con arreglo a tal presunción, y deteniéndonos sólo cuando hallemos una oposición decisiva.

Esta es la más notable y extrema afirmación de la posición humanista de Schiller, y la que le ha expuesto a severos ataques. Intento defender la posición humanista en esta conferencia, de manera que insinuaré previamente algunas observaciones sobre este punto.

Schiller admite, tan resueltamente como cualquiera, la presencia de factores de resistencia en cada experiencia real de construcción de la verdad, a los cuales factores ha de tener en cuenta la verdad especial recién hecha, y con los cuales tiene forzosamente que adecuarse. Todas nuestras verdades son creencias sobre la realidad; y en cualquier creencia particular la realidad actúa como algo independiente, como una cosa hallada, no fabricada. Recordaré algo de lo que dije en mi conferencia anterior.

Realidad es, en general, lo que la verdad ha de tener en cuenta (3). Y la primera parte de la realidad, desde este punto de vista, es el flujo de nuestras sensaciones. Las sensaciones nos son impuestas sin que sepamos de dónde vienen. No tenemos ningún control sobre su naturaleza, orden y cantidad. No son ellas ni verdaderas ni falsas; simplemente son, esto es lo único que podemos decir de ellas: los nombres que les damos; nuestras teorías acerca de su origen, naturaleza y relaciones remotas; que pueden ser verdaderas o falsas.

La segunda parte de la realidad, como algo que nuestras creencias deben tener en cuenta obedientemente, la constituyen las relaciones que se obtienen entre nuestras sensaciones o entre sus copias en nuestras mentes. Esta parte se subdivide en dos subpartes:

1) las relaciones que son mutables y accidentales, como las de fecha y lugar;

2) las que son fijas y esenciales porque están fundadas en la naturaleza interna de sus términos.

Ambas clases de relaciones son objeto de p€rcepción inmediata. Ambas son hechos. Pero es el último género de hechos el que constituye la subparte más importante de la realidad para nuestras teorías del conocimiento. Así, pues, las relaciones internas son eternas, son percibidas siempre que se comparan sus términos sensibles; ha de tenerlas en cuenta eternamente nuestro pensamiento, el llamado pensamiento matemático y lógico.

La tercera parte de la realidad, adicional a esas percepciones (aunque en gran parte basada sobre ellas), la constituyen las verdades previas que siempre tiene en cuenta toda nueva investigacion.

Esta tercera parte es un factor de resistencia mucho menos obstructivo: a menudo acaba por dejar libre el paso. Al hablar de estas tres porciones de la realidad que en todo tiempo regulan la formación de nuestras creencias, les estoy recordando algo que ya dije en mi conferencia anterior.

Ahora bien, no obstante lo fijos que puedan ser estos elementos de la realidad, todavía nos queda una cierta libertad en nuestros contactos con ellos. Tomemos como ejemplo nuestras sensaciones. Es indudable que se hallan fuera de nuestro control, pero depende de nuestros intereses atenderlas, advertirlas, acentuarlas en nuestras conclusiones. Según la acentuación recaiga aquí o allá, resultarán fórmulas sobre la verdad completamente diferentes. Leemos los mismos hechos de un modo diferente. Waterloo, con los mismos detalles fijos, significa una victoria para un inglés; para un francés, una derrota. Así, tambien, para un filósofo optimista, el Universo indica victoria; para un pesimista, derrota.

Lo que decimos acerca de la realidad depende de la perspectiva en que la coloquemos. El eso de ello es lo suyo propio, pero el qué depende del cuál, y éste de nosotros. Las partes de la realidad correspondientes a la sensación y a la relación son mudas. No dicen absolutamente nada sobre sí mismas; somos nosotros los que tenemos que hablar por ellas. Este mutismo de las sensaciones ha conducido a intelectualistas tales como T. H. Green y Edward Caird a expulsarlas casi de la esfera del conocimiento filosofico, pero el pragmatismo rehúsa ir tan lejos. Una sensación es como un cliente que ha dejado su caso en manos de un abogado y despues tiene que escuchar pasivamente en la audiencia la exposición de sus asuntos, séale o no agradable, de la manera que el abogado entiende más favorable.

De aquí que hasta en el campo de la sensación nuestras mentes ejerzan una determinada elección arbitraria. Con nuestras inclusiones y omisiones trazamos la extensión del campo; con nuestro empeño marcamos su primer plano y su fondo; por nuestra orden lo leemos en este o en aquel sentido. En suma, recibimos el bloque de mármol, pero somos nosotros los que tenemos que esculpir la estatua.

Esto se aplica también a las partes eternas de la realidad. Mezclamos nuestras percepciones de relación intrínseca y las colocamos libremente. Las leemos en un orden o en otro, las clasificamos de este o aquel modo, tratamos a una o a la otra como más fundamental hasta que nuestras creencias sobre ellas forman esos cuerpos de verdad que se conocen por lógica, geometria, o aritmética en todos, en cada uno de los cuales la forma y el orden en que se modela el conjunto es claramente obra humana.

Así, sin decir nada de los nuevos hechos que los hombres agregan a la materia de la realidad mediante los actos de sus propias vidas, han impreso ya sus formas mentales en esa parte tercera de la realidad que he llamado verdades previas. Cada hora nos trae sus nuevos objetos de percepción, sus propios hechos de sensación y relacion que hemos de tener en cuenta; pero el conjunto de nuestras pasadas relaciones con tales hechos está ya acumulado en las verdades previas. Es sólo, por lo tanto, la más insignificante y reciente fracción de las dos primeras partes de la realidad la que nos llega sin toque humano, y la fracción tiene inmediatamente que humanizarse en el sentido de cuadrarse, asimilarse o adaptarse a la masa existente ya humanizada. De hecho, difícilmente podemos percibir una impresión sin preconcebir lo que las impresiones puedan ser.

Cuando hablamos de realidad independiente del pensar humano, nos parece, pues, una cosa muy difícil de hallar. Se reduce a la noción de lo que acaba de entrar en la experiencia y aún ha de ser nombrado, o bien a alguna imaginada presencia aborigen en la experiencia, antes que se haya suscitado creencia alguna sobre tal presencia, antes que se haya aplicado cualquier concepción humana. El límite meramente ideal de nuestras mentes es lo que es evanescente y mudo. Podemos vislumbrarlo, pero nunca aprehenderlo; lo que aprehendemos es siempre un sustituto de ella que el pensar humano ha peptonizado y cocido previamente para nuestro consumo. Si se me permite una expresión vulgar diría que dondequiera la hallamos ha sido ya hecha presentable. Esto es lo que piensa Schiller cuando llama realidad independiente a una dócil y mera (palabra en griego que no podemos reproducir), la cual es sólo para ser rehecha por nosotros.

Tal es la creencia de Schiller sobre el núcleo sensible de la realidad. Nosotros la topamos (son palabras de Bradley) pero no la poseemos. Aparentemente esto recuerda el punto de vista kantiano; pero entre las categorías anteriores a la Naturaleza y las categorías que se forman gradualmente a sí mismas en presencia de la Naturaleza, se abre todo el abismo que existe entre el racionalismo y el empirismo. Para un genuino kantiano, Schiller será siempre con respecto a Kant lo que un sátiro a Hiperion.

Otros pragmatistas pueden alcanzar más positivas creencias sobre el núcleo de la realidad sensible. Pueden pensar que la descubren en su naturaleza independiente, al descortezar las sucesivas envolturas fabricadas por el hombre. Pueden inventar teorías que nos digan de dónde viene y nos den otras noticias sobre ellas y si estas teorías actúan satisfactoriamente serán verdaderas. El idealista trascendental dice que no existe tal núcleo, que la envoltura completa es la realidad y la verdad a la vez. Los escolasticos nos enseñan que el núcleo es la materia. El profesor Bergson, Heymans, Strong y otros, creen en el nucleo e intentan audazmente definirlo. Dewey y Schiller lo tratan como un límite. ¿Cuál es la más cierta de todas estas diversas explicaciones, o de las otras comparables a ellas, sino la que resulta más satisfactoria? De una parte estará la realidad, de otra una explicación de ésta que ha de demostrar que es imposible mejorar o alterar. Si esta imposibilidad prueba ser permanente, la verdad de la explicación será absoluta. No puedo hallar en parte alguna otro contenido de la verdad que éste. Si los antipragmatistas poseen alguna otra explicación ¡que nos la revelen, vive el cielo, que nos concedan acceso a ella!

No existiendo la realidad, sino solamente nuestra creencia acerca de la realidad, contendrá ésta elementos humanos, pero éstos conocerán el elemento no humano en el sentido exclusivo en que puede existir conocimiento de algo. ¿Hace el río sus orillas, o por el contrario las orillas hacen al río? ¿Anda un hombre más esencialmente con su pierna derecha que con la izquierda? Igualmente imposible será separar los factores humanos de los reales en el desarrollo de nuestras experiencias cognoscitivas. ¿No parece paradójica la breve indicación expuesta de la posición humanística? Si es así, probaré a hacerla plausible con unas pocas ilustraciones que nos conducirán a un conocimiento más completo de la cuestión.

Todo el mundo reconocerá el elemento humano en muchos objetos familiares. Concebimos una realidad dada en este o aquel modo, para acomodarla a nuestro propósito, y la realidad se somete pasivamente a la concepción. Se puede tomar el número 27 como el cubo de 3, o como el producto de 3 y 9, o como 26 más 1, o 100 menos 73, o de mil modos distintos, de los que será tan cierto uno como otro. Asimismo, se puede considerar un tablero de ajedrez como cuadrados negros sobre fondo blanco o como cuadrados blancos sobre fondo negro, sin que ninguna de estas concepciones sea falsa.

Se puede considerar la figura adjunta como una estrella, como dos triángulos que se cruzan, como un exágono con apéndice añadido a sus lados, como seis triángulos iguales unidos por las bases, etcétera. Todas estas cosas son igualmente ciertas. Lo sensible es que sobre el papel no resiste ninguna de ellas. Se puede decir de una línea que está orientada hacia el Este o hacia el Oeste y la línea per se acepta ambas descripciones sin rebelarse ante la contradicción.

Formamos grupos de estrellas en los cielos y las llamamos constelaciones, y las estrellas pacientemente sufren que lo hagamos así, aunque si supieran lo que estamos haciendo algunas de ellas se sorprenderían mucho de las compañeras que les damos. Nombramos diversamente a la misma constelación, como la Osa Mayor, el Cazo, el Carro. Ninguno de estos nombres es falso y ninguno será más cierto que el otro, pues todos ellos le son aplicables.

En todos estos casos hacemos humanamente una adición a una realidad sensible, y la realidad tolera tal adición. Todas las adiciones concuerdan con la realidad, se adaptan a ella mientras que la construyen. Ninguna de ellas es falsa. Cuál de ellas puede considerarse más cierta, depende enteramente del uso humano que se haga de la realidad. Si es 27 el número de dolares que encuentro en un armario donde había dejado 28, son 28 menos 1. Si es 27 el número de pulgadas de una tabla que deseo añadir a mi aparador que tiene 2 pulgadas de ancho, será 26 más 1. Si deseo ennoblecer a los cielos por las constelaciones que veo en ellos, será más acertado decir la Osa Mayor que el Cazo. Mi amigo Frederick Myers se indignaba humorísticamente de que a este prodigioso grupo de estrellas los estadounidenses le hayan dado el nombre de un utensilio culinario.

De todos modos, ¿cómo nombrar una cosa? Parece completamente arbitrario, pues disponemos de todo, como disponemos de las constelaciones, para satisfacer nuestros propósitos humanos. Para mí este auditorio es una cosa que ahora permanece atenta, otras distraída. Como en este instante carece de utilidad para mí por sus unidades individuales, no las considero. Lo mismo cabe decir de un ejército o de una nación. Pero llamar auditorio a mis oyentes es un modo accidental de considerarlo. Las cosas permanentemente reales para ustedes son sus personas individuales. Para un anatomista, por otra parte, las personas no son sino organismos y las cosas reales son los órganos. Los histólogos dirán que no son los órganos sino sus células constituyentes, y los químicos dirán que no son las celulas sino las moléculas.

Así, pues, rompemos en cosas el flujo de la realidad sensible, según nuestra voluntad. Creamos los sujetos tanto de nuestras proposiciones verdaderas como los de las falsas.

Creamos también los predicados. Muchos de los predicados de cosas expresan solamente las relaciones de las cosas con nosotros y nuestros sentimientos. Tales predicados, por supuesto, son adiciones humanas. César cruzo el Rubicón y fue una amenaza para la libertad de Roma. Aparte de un hecho histórico, es una plaga de nuestras escuelas por el abuso que han hecho de ella los escolares en sus cuadernos. Y este predicado añadido es tan cierto como los anteriores.

Adviértase lo naturalmente que se llega a los principios humanísticos: no se puede eliminar la contribución humana. Nuestros sustantivos y adjetivos son todos bienes hereditarios humanizados y en las teorías en que los ordenamos, el orden interno y la disposicion es dictada totalmente por consideraciones humanas, siendo una de ellas la conciencia intelectual. Las matemáticas y la lógica mismas fermentan en reordenaciones humanas; la física, la astronomía y la biología, para actuar, siguen con preferencia sugestiones masivas. Nos lanzamos impetuosamente al campo de la nueva experiencia con las creencias que nuestros antepasados y nosotros hemos construido; éstas determinan lo que observamos; lo que observamos determina lo que hacemos; lo que hacemos determina de nuevo lo que experimentamos; así, pues, de una cosa en otra aunque permanezca el hecho bruto de que existe un flujo sensible lo que es cierto de ello parece, desde el principio al fin, una exclusiva creación nuestra.

Inevitablemente, creamos el flujo. La gran cuestión es: ¿aumenta o disminuye de valor con nuestras adiciones? ¿Son las adiciones valiosas o no valiosas? Supongamos un Universo compuesto de siete estrellas, tres espectadores humanos y un crítico de éstos. Un espectador llama a las estrellas la Osa Mayor; otro, el Carro; un tercero, el Cazo. ¿Qué adición humana ha becho el mejor Universo con el material estelar dado? Si Frederick Myers fuera el crítico, no dudaría en recusar al espectador estadounidense.

Lotze ha hecho en varios lugares una profunda sugestión. Asumimos ingenuamente, dice, una relación entre la realidad y nuestras mentes que puede ser exactamente la opuesta de la verdadera. La realidad, pensamos con naturalidad, se halla ya hecha y completa y a nuestros entendimientos le sobreviene el deber de describirla como es ya. Lotze se pregunta: ¿pero no pueden ser nuestras descripciones en sí mismas importantes adiciones a la realidad? Puede no estar allí la previa realidad misma, menos con el propósito de reaparecer inalterada en nuestro conocimiento que con el propósito mismo de estimular nuestras mentes a adiciones que realcen el valor total del Universo. Die erhöhung des vorgefundenen daseins (4) es una frase que emplea el profesor Eucken y que recuerda la sugestión del gran Lotze.

Idéntica es nuestra concepción pragmatista. Tanto en nuestra vida cognoscitiva como en nuestra vida activa somos creadores. Añadimos, tanto al sujeto como al predicado, parte de la realidad. El mundo es realmente maleable, está esperando recibir su toque final de nuestras manos. Como el reino de los cielos, sufre voluntariamente la violencia humana. El hombre engendra verdades acerca de él.

Nadie puede negar que tal papel aumenta nuestra dignidad y nuestra responsabilidad como pensadores. Para algunos de nosotros demuestra ser una noción inspiradora. Papini, jefe del pragmatismo italiano, se muestra ditirámbico con la concepción que tal papel abre a las funciones divinamente creadoras del hombre. La importancia de la diferencia entre el pragmatismo y el racionalismo se descubre ahora en toda su extensión. El contraste esencial es que para el racionalismo la realidad está ya hecha y completa desde la eternidad, en tanto que para el pragmatismo está aún haciéndose y espera del futuro parte de su estructura. De un lado se ve al Universo como absolutamente seguro, de otro como prosiguiendo todavía sus aventuras.

Nos hemos sumergido en aguas más profundas con esta concepcion humanística, y no es de maravillar que la aceche la incomprensión. Se le acusa de ser una doctrina caprichosa. Bradley, por ejemplo, dice que un humanista, si comprendiera su propia doctrina, tendría que mantener como racional cualquier fin, por perverso que fuera, si se insiste sobre él personalmente, y cualquier idea por mala que fuera, como la verdad, si así se le antojaba a alguien. La concepción humanista de la realidad como algo resistente, pero maleable, que como una energía que debe tenerse en cuenta controla nuestro pensar, es evidentemente difícil de entender por los profanos. La situación me recuerda una por la que pasé personalmente. Escribí una vez un ensayo sobre el derecho a creer, que tuve la mala ocurrencia de titular La voluntad de creer. Todas las críticas, desdeñando el ensayo, se ensañaron. con el título. Psicológicamente era imposible, decían, moralmente era inicuo. Me propusieron chistosamente como sustitutos de él la voluntad de engañar, la voluntad de hacer creer.

La alternativa entre pragmatismo y racionalismo, en la forma en que ahora se nos presenta, ya no es por más tiempo una cuestión de teoría del conocimiento, sino que concierne a la estructura del Universo mismo.

Del lado pragmatista tenemos solamente una edición del Universo inacabada, creciendo en toda clase de lugares, especialmente en aquellos en que actúan seres pensantes.

Del lado racionalista tenemos un Universo con muchas ediciones, una edición real, o edición de lujo eternamente completa; y luego las varias ediciones finitas llenas de erratas, falseadas y mutiladas cada una a su manera.

Así, pues, vuelven a nosotros las hipótesis metafísicas rivales del pluralismo y el monismo. Desarrollaré estas diferencias durante el tiempo que queda.

Diré primero que es imposible no ver una diferencia temperamental actuando en la elección de una de las partes. El espíritu racionalista, considerado radicalmente, es de naturaleza doctrinaria y autoritaria: la frase debe ser está siempre en sus labios. El cinturón de su Universo debe estar bien ajustado. Por otro lado, un pragmatista radical es una especie de anarquista que camina feliz a la buena de Dios. Si, como Diógenes, tuviera que vivir en un tonel, no se preocuparía de si los aros estaban flojos y las duelas dejaban entrar el sol.

Ahora bien; la idea de este Universo asistemático, afecta a los racionalistas típicos del mismo modo que la libertad de prensa afectaría a un funcionario veterano de la censura rusa, o como la ortografía simplificada a una antigua maestra. Le afecta como el enjambre de las sectas protestantes afecta a un espectador católico romano. Parece tan invertebrado y falto de principios como el oportunismo en política le parece a un antiguo legitimista francés o a un creyente fanático en el derecho divino del pueblo.

Para el pragmatismo pluralista la verdad se desenvuelve dentro de toda experiencia finita. Se apoyan unas en otras, pero el conjunto de ellas, si existe tal conjunto, no se apoya en nada. Todos los hogares están en la experiencia finita; la experiencia finita como tal, carece de hogar. Nada fuera del flujo asegura su existencia. Sólo espera la salvación de sus propias e intrínsecas promesas y potencias.

Para los racionalistas esto representa un mundo vagabundo y errante, flotando en el espacio, sin ningún elefante ni tortuga en que apoyar sus pies (5). Es una serie de estrellas clavadas en el cielo, incluso sin centro de gravedad hacia el que tender. En otras esferas de la vida, es cierto que nos hemos acostumbrado a vivir en un estado de relativa inseguridad. La autoridad del Estado y la de una ley moral absoluta se han convertido en meras palabras y la Santa Iglesia en un lugar de reunión. Sin embargo, no ha ocurrido otro tanto dentro de las aulas de filosofía. ¡Un Universo con seres como nosotros contribuyendo a crear su verdad, un mundo entregado a nuestros oportunismos y a nuestros juicios privados! El home rule para Irlanda equivaldría a un paraíso, en comparación. No estamos más capacitados para ello que los filipinos lo están para gobernarse a sí mismos (6). Tal mundo no sería respetable filosóficamente. A los ojos de la mayoría de los profesores de filosofía, sería como un baúl sin etiqueta o un perro sin collar.

¿Qué mantendría, pues, en cohesión este vago universo, según estos profesores?

Algo que mantenga la multiplicidad finita, que la ate, la unifique y la fije. Algo que no se halle expuesto a accidentes, algo eterno e inalterable. Lo mudable en la experiencia debe estar fundado en la inmutabilidad. Detrás de nuestro mundo de facto, nuestro mundo en acto, debe existir un duplicado fijo y previo de jure con todo cuanto pueda acontecer aquí o allí in posse; cada gota de sangre, el más mínimo detalle señalado, estipulado, marcado sin posibilidad de variación. Las negativas que rondan nuestros ideales aquí habrán de ser también negadas en lo absolutamente real. Sólo esto hace al Universo sólido. Esta es la profundidad en reposo. Vivimos sobre una superficie tormentosa, pero nos sostenemos porque nuestra ancla se agarra al fondo rocoso. Esta es, en frase de Wordsworth, la paz entera que se arraiga en el corazón de la agitación infinita. Es el Uno místico de Vivekananda, del que ya hablé. Es la Realidad, con mayúscula, la realidad que clama eternamente, la realidad en la que no cabe derrota. Es la que los hombres de principios, y en general todos aquellos a los que llamé en mi primera conferencia espíritus delicados, se creen obligados a postular.

Y esto, exactamente esto, es lo que los rudos mentales de dicha conferencia se sienten movidos a considerar una pieza del culto perverso de la abstracción. Los rudos mentales tienen su alfa y omega en los hechos. Detrás de los simples hechos fenoménicos, como acostumbraba decir mi viejo amigo rudo mental Chauncey Wright, el gran empirista de Harvard de mi juventud, no hay nada. Cuando un racionalista insiste en que detrás de los hechos existe el fundamento de los hechos, la posibilidad de los hechos, el empirista más rudo lo acusa de tomar el simple nombre y naturaleza de un hecho y de agitarlo detrás del hecho como una entidad duplicada que lo hace posible. Es notorio que tales fundamentos supuestos se invoquen a menudo. En una operación quirúrgica, oí una vez preguntar a un espectador a un medico por qué el paciente respiraba tan profundamente. Porque el eter es un excitante respiratorio, contestó el doctor. ¡Ah!, exclamó el interpelante, como si hubiera alcanzado una explicacion satisfactoria. Pero esto es como decir que el cianuro de potasio mata porque es un veneno, o que la noche es tan fría porque es invierno, o que tenemos cinco dedos porque somos pentadáctilos. Estos no son sino nombres para hechos, tomados de los hechos, y luego considerados como previos y explicativos. La noción del delicado mental sobre la realidad absoluta está formada, según el rudo mental, con arreglo a este modelo. No es sino el nombre con que compendiamos toda la dispersa masa de fenómenos, tratados como si fueran una entidad diferente, una y previa.

Pero la gente considera las cosas de un modo distinto. El mundo en que vivimos existe difundido y distribuido en forma de una indefinida cantidad de cada uno coherente en toda suerte de modos y grados; el rudo mental está perfectamente dispuesto a conservarlos en aquella valuación. Puede permanecer en aquella clase de mundo, su temperamento se adapta bien a su inseguridad. No ocurre así con el bando del delicado mental. Estos deben respaldar el mundo en que hemos nacido con otro mundo mejor en el que los cada uno formen un Todo y el Todo un Uno que lógicamente presuponga, co-implique y asegure a todos los cada sin excepción.

Como pragmatistas, ¿debemos ser radicalmente rudos mentales o podemos tratar la edición absoluta del mundo como una hipótesis legítima? Es ciertamente legítima, pues es pensable, ya la consideremos en su forma abstracta o concreta.

Entiendo por consideración abstracta colocarla detrás de nuestra vida finita como colocamos la palabra invierno detrás del tiempo frío de esta noche. Invierno es el nombre único para un cierto número de días que hallamos generalmente caracterizados por el tiempo frío, aunque no garantiza nada en tal sentido, pues nuestro termómetro puede registrar mañana una temperatura primaveral. No obstante, la palabra es util para lanzamos con ella a la corriente de nuestra experiencia. Impide ciertas probabilidades y establece otras. Habrá que dejar el sombrero de paja y sacar el abrigo. Es un resumen de las cosas que se esperan. Nombra a una parte de los hábitos de la Naturaleza y nos deja dispuestos para su continuación, Es un instrumento definido abstraído de la experiencia, una realidad conceptual que se debe tener en cuenta y que nos vuelve a las realidades sensibles. El pragmatista será la última persona en negar la realidad de tales abstracciones. Ellas son la experiencia pasada fundamentada.

Pero tomar la edición absoluta del mundo concretamente, significa una hipótesis distinta. Los racionalistas la toman concretamente y la oponen a las ediciones finitas del mundo. Le dan una naturaleza particular, considerándolo perfecto, acabado. Cuanto es conocido lo es con todo lo demás; aquí, donde reina la ignorancia, es de otro modo. Si allí tenemos necesidades, son atendidas. Aquí todo es proceso; aquel mundo es eterno. En nuestro mundo se obtienen posibilidades; en el mundo absoluto donde todo lo que no es es imposible desde la eternidad y todo lo que es es necesario, la categoría de la posibilidad no tiene aplicación. En este mundo los crímenes y los horrores son lamentables; en aquel mundo totalizado la pesadumbre no se obtiene pues la existencia del mal en el orden temporal es la misma condición de la perfección del orden eterno.

Una vez más, cualquier hipótesis es legítima a los ojos del pragmatista, pues tiene sus usos. Abstractamente, o tomada como la palabra invierno, a modo de un memorándum de pasadas experiencias que nos orientan hacia el futuro, la noción del mundo absoluto es indispensable. Concretamente considerada es tambien indispensable, al menos para ciertos espíritus, pues los determina religiosamente, siendo, a menudo, algo que cambia sus vidas, y que, al cambiar sus vidas, cambia cuanto en el orden exterior depende de ellos.

No podemos, por lo tanto, asociamos metódicamente a los espíritus rudos cuando rechazan toda noción de un mundo que queda fuera de nuestras experiencias finitas. Una mala interpretación del pragmatismo es identificarlo con la ruda mentalidad positivista, suponer que desprecia toda noción racionalista como una simple jerigonza y gesticulación, que ama la anarqula intelectual y que prefiere una especie de mundo de lobos acorralados y salvajes, sin un amo o collar para cualquier producto filosófico escolar. He hablado tanto en estas coqferencias contra las superdelicadas formas del racionalismo que soy susceptible de alguna mala comprensión; pero confieso que la comprensión que he encontrado en este mismo auditorio me sorprende, pues he defendido simultáneamente la hipótesis racionalista en cuanto orienta de nuevo fructuosamente en la experiencia.

Así, por ejemplo, he recibido esta mañana una tarjeta postal donde se me pregunta: ¿Es un pragmatista necesariamente un completo materialista y agnóstico? Uno de mis más viejos amigos, que debía conocerme mejor, me escribe una carta en la que acusa al pragmatismo que estoy recomendando de cerrar las amplias concepciones metafísicas y condenarnos al naturalismo más terre-á-terre. Permítanme que lea unos pasajes de ella:

Me parece -escribe mi amigo- que la objeción pragmática al pragmatismo descansa en el hecho de que podría acentuar la estrechez de los espíritus estrechos.

Rechazar, como usted pide, lo empalagoso y lo sucio es, desde luego, estimulante. Pero aunque es saludable y estimulante decir que se deben a ser responsable de los resultados y relaciones inmediatas de las propias palabras y pensamientos, declino ser pnvado del placer y la ventaja de considerar también las relaciones y resultados más remotos, aunque la tendencia del pragmatismo es rehusar este privilegio.

En resumen, me parece que las limitaciones, o más bien, los peligros de la tendencia pragmática son análogos a los que acosan a los incautos seguidores de las ciencias naturales. La química y la física son eminentemente pragmáticas, y muchos de sus devotos se satisfacen con los datos que les proporcionan sus pesos y medidas, y sienten una infinita piedad y desdén por todos los estudiantes de filosofía y metafísica. Y, por supuesto, todo puede expresarse -no muy bien, y teoréticamente- en términos de química y física, esto es todo, excepto el principio vital del conjunto y que, según dicen ellos, carecería de uso pragmático expresar: no tiene relaciones ... para ellos. Por mi parte me niego a dejarme persuadir de que no podamos mirar más allá del obvio pluralismo del naturalista y del pragmatista hacia una unidad lógica en la que ellos no tienen interés.

¿Cómo es posible tal concepción del pragmatismo, por el que estoy abogando, después de mi primera y segunda conferencia? Lo he estado presentando expresamente como un mediador entre el espíritu rudo y el espíritu delicado. Si la noción de un mundo ante rem, ya tomada en abstracto, como la palabra invierno, o en concreto, como la hipótesis de un Absoluto, puede ofrecer consecuencias para nuestras vidas, tiene un significado. Si el significado actúa, habra alguna verdad en el pragmatismo que deberá ser mantenida a través de todas las re-formulaciones posibles.

La hipótesis absolutista de que la perfección es eterna, prístina y muy real, tiene un significado perfectamente definido y actúa religiosamente. Examinar cómo ocurre esto, será el objeto de mi próxima y última conferencia.




Notas

(1) Ídola tribu. Con esta denominación clasificó Bacon los sofismas fundados en prejuicios que radican en la constitución de nuestro espíritu.

(2) Personal ldealism, pág. 60.

(3) Taylor en sus Elements of Metaphysics emplea esta excelente definición pragmática.

(4) La sublimación de la existencia dada.

(5) Alude el autor a una anécdota que cuenta Locke en su Essay concerning Human Understanding. Un indio afirmaba que el mundo descansaba sobre un elefante; se le preeuntó en qué estaba apoyado el elefante y repuso que sobre una gran tortuga; cuando se le preguntó de nuevo en qué descansaba la tortuga. repuso que en algo, no sabía qué. Locke la cita en apoyo de su teoría acerca de la sustancia.

(6) En esta época no eran aún independientes Irlanda ni Filipinas.

Índice del libro El pragmatismo de William JamesCapítulo anteriorCapítulo siguienteBiblioteca Virtual Antorcha