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De lo bello absoluto según Hutcheson y sus seguidores

Hemos puesto en evidencia, dicen, la necesidad de un sentido propio que nos advierta, a través del placer, de la presencia de lo bello; ahora veamos cuáles deben ser las cualidades de un objeto para conmover este sentido. No hay que olvidar, añaden, que no se trata aquí de aquellas cualidades que se refieren al hombre de manera relativa, porque existen ciertamente numerosos objetos que producen sobre él la impresión de belleza y que, sin embargo, desagradan a otros animales. Aquellos que teniendo los sentidos y órganos conformados de manera diferente de los nuestros, tuvieran que juzgar acerca de lo bello, asociarían ideas a formas completamente distintas. El oso puede encontrar cómoda su caverna, pero lo que no la puede encontrar es bella ni fea; y si tuviera el sentido interno de lo bello quizá la contemplase como un delicioso retiro. Apreciad de pasada que el prototipo de ser desgraciado sería aquel que tuviera el sentido interno de lo bello y que sólo pudiera reconocerlo en objetos que le resultasen nocivos. La Providencia, sin embargo, ha dispuesto las cosas en relación a nosotros, y una cosa verdaderamente bella es, por lo general, una cosa buena.

Para descubrir la razón de ser general de las ideas de lo bello entre los hombres, los seguidores de Hutcheson examinan los seres más simples, como son, por ejemplo, las figuras, y encuentran que entre las figuras las que llamamos bellas ofrecen a nuestros sentidos la uniformidad en la variedad. Aseguran que un triángulo equilátero es menos bello que un cuadrado, un pentágono menos bello que un hexágono, y así sucesivamente, porque los objetos igualmente uniformes son tanto más bellos cuanto más variados y tanto más variados cuanto tienen más lados comparables. Es cierto, reconocen, que al aumentar mucho el número de lados perdemos de vista las relaciones que tienen entre sí y con el radio, de lo que se deduce que la belleza de estas figuras no aumenta siempre en relación con el número de lados. Se hacen esta objeción, pero apenas se preocupan por responderla. Se limitan únicamente a señalar que la falta de paralelismo en los lados de los heptágonos y de otros polígonos impares disminuye su belleza. Pero mantienen siempre que, siendo totalmente iguales, una figura regular con veinte lados sobrepasa en belleza a otra que sólo tenga doce, que, a su vez, ésta a una con sólo ocho, y esta última al cuadrado. Hacen el mismo razonamiento sobre las superficies y sobre los sólidos. De todos los sólidos regulares, aquel que posea el mayor número de superficies es para ellos el más bello, y piensan que la belleza de sus cuerpos va siempre en relación decreciente hasta llegar a la pirámide regular.

Pero si, según ellos, entre objetos igualmente uniformes, los más variados son los más bellos, recíprocamente entre objetos igualmente variados, los más bellos serán los más uniformes: así el triángulo equilátero, o incluso el isósceles, son más bellos que el escaleno, el cuadrado más bello que el rombo o el losange. Se aplica el mismo razonamiento a los cuerpos sólidos regulares y, en general, a todos aquellos que tienen alguna uniformidad, como los cilindros, los prismas, los obeliscos, etc.; y hay que estar de acuerdo con ellos que estos cuerpos agradan ciertamente más a la vista que las figuras en bruto en las que no se percibe ni uniformidad ni simetría, ni unidad.

Por tener en cuenta la relación de la uniformidad y de la variedad, comparan los círculos y las esferas con las elipses y los esferoides poco excéntricos y pretenden que la perfecta uniformidad de unos está compensada por la variedad de los otros y que su belleza es prácticamente igual.

Según ellos lo bello, en las obras de la naturaleza, tiene el mismo fundamento. Ya sea que observéis, dicen, las formas de los cuerpos celestes, sus revoluciones, sus aspectos; ya sea que descendáis de los cielos a la Tierra y consideréis los planetas que la cubren, los colores con que las flores se adornan, la estructura de los animales, sus especies, sus movimientos, la proporción de sus partes, la relación de su mecanismo con su buen funcionamiento; ya sea que os proyectéis a través de los aires y examinéis los pájaros y los meteoros, o que os sumerjáis en las aguas y que comparéis los peces entre sí, en todas partes encontraréis la uniformidad en la variedad, en todas veréis estas cualidades compensadas en los seres igualmente bellos, y la razón compuesta de los dos, desigual en los seres de belleza desigual. En una palabra, si aún se permite hablar la lengua de los geómetras, veréis en las entrañas de la Tierra, en el fondo de los mares, en lo alto de la atmósfera, en toda la naturaleza y en cada una de sus partes, la uniformidad en la variedad, y la belleza siempre en razón compuesta de estas dos cualidades.

A continuación dedican su atención a la belleza de las artes, especialmente a aquellas en las que no se pueden contemplar sus obras como una verdadera imitación, tales como la arquitectura, las artes mecánicas y la armonía natural. Ponen a prueba todos sus esfuerzos para conseguir encajarlas en su ley de la uniformidad dentro de la variedad, y si su intento falla no es por falta de enumeración: van desde el palacio más grandioso hasta el edificio más pequeño, desde la obra más apreciable hasta las bagatelas, indicando la gratuidad en todas aquellas partes donde falta la uniformidad, y la insipidez en aquellas otras donde falta la variedad.

Pero hay una clase de seres muy distintos de los precedentes, frente a los cuales los seguidores de Hutcheson se hallan en situación embarazosa, porque en ellos se puede reconocer la belleza y, sin embargo, la regla de la uniformidad en la variedad no les resulta aplicable: las demostraciones de las verdades abstractas universales. Si un teorema contiene una infinidad de verdades particulares, que no son otra cosa que su desarrollo, este teorema no es propiamente sino el corolario de un axioma a partir del cual se derivan una infinidad de otros teoremas. Sin embargo, decimos he aquí un bello teorema, y no he aquí un bello axioma (6).

Daremos más adelante la solución de este problema en otros principios. Pasemos ahora al examen de lo bello relativo, de ese bello que se percibe en un objeto considerado como la imitación de un original, tal y como aquellos que se plantean Hutcheson y sus seguidores.

Esta parte de su sistema no tiene nada de particular. Según este autor, y según todo el mundo, esa clase de belleza sólo puede consistir en la conformidad que existe entre el modelo y su copia.

De lo que se deduce que, en lo que respecta a lo bello relativo, no hay necesidad de que exista belleza en el original. Los bosques, las montañas, los precipicios, el caos, las arrugas de la vejez, la palidez de la muerte, los efectos de la enfermedad, complacen en la pintura tanto como en la poesía. Aquello a lo que Aristóteles (7) llama un carácter moral no es en modo alguno el de un hombre virtuoso, lo que se entiende por fabula bene morata no es otra cosa que un poema épico o dramático, cuyas acciones, sentimientos y discordias están de acuerdo con los caracteres buenos y malos.

Sin embargo, no se puede negar que la pintura de un objeto que tenga cierta belleza absoluta, por lo general no agrada más que aquel otro que carece totalmente de esa belleza. La única excepción que quizá haya para esta regla es en el caso en que la conformidad de la pintura con el estado del espectador, al lograr todo aquello que se puede atisbar en la belleza absoluta del modelo, consiga entonces la pintura tanto más interés. Este interés, que surge de la imperfección, es la razón por la que se ha querido que el héroe de un poema épico o heroico no carezca en modo alguno de defectos.




Notas

(6) La noción de belleza de Diderot como la percepción de relaciones captadas por nuestro entendimiento, tiene mucho que ver con su libro Mémoires sur différents sujets de mathématiques (1748). Una definición, tan general, de lo bello tiene la peculiaridad de poder englobar tanto la belleza de un teorema como la de un sistema filosófico, la de una hipótesis científica como la de un cuadro. En el ámbito de las matemáticas, un teorema será tanto más bello cuanto que exprese mayor número de relaciones. Ahora bien: ¿por qué no es bello un axioma? Siendo la determinación de las relaciones el objeto inmediato de las matemáticas, se precisa un nuevo criterio: el valor.

(7) Aristóteles distingue dos aspectos en la acción: la praxis, acción inmanente, de la que se ocupan la ética y la política, y la poiesis, producción de una obra exterior al agente, objeto de la poética.

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