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LIBRO XXIII

De las leyes con relación al número de habitantes.

(PRIMER ARCHIVO)


I. De los hombres y de los animales con relación a la propagación de cada especie. II. De los matrimonios. III. De la condición de los hijos. IV. De las familias. V. De los diversos órdenes de mujeres legítimas. VI. De los bastardos en los diversos gobiernos. VII. Del consentimiento paterno para casarse. VIII. Continuación de la misma materia. IX. De las solteras. X. Lo que determina a casarse. XI. De la dureza del gobierno. XII. Del número de hembras y varones en diferentes paises. XIII. De los puertos de mar. XIV. De las producciones de la tierra que exigen más o menos hombres. XV. Del número de habitantes con relación a las artes. XVI. De las miras del legislador en lo relativo a la propagación de la especie. XVII. De Grecia y del número de sus habitantes. XVIII. Del estado de los pueblos antes de los Romanos. XIX. Despoblación del universo.


CAPÍTULO PRIMERO

De los hombres y de los animales con relación a la propagación de cada especie

Alma Venus ... per te quonlam genus omne animatum concipitur ...
Te, dea, te fugiam venti, te nubila coeli,
Advantumque tuurn; tibi suaveis Doedala Tellus
Summitit flores; tibi rident oequora ponti
...

(LUCRECIO, De rer. nat., lib. I).

Las hembras de los animales son casi siempre fecundas; pero en la especie humana, la manera de pensar, el carácter, las pasiones, los antojos, los caprichos, el afán de conservar la belleza, el malestar de la preñez, las molestias que puede ocasionar una prole numerosa, perturban de mil maneras la propagación.


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CAPÍTULO II

De los matrimonios

La obligación natural que tiene el padre de sustentar a sus hijos ha hecho que se establezca el matrimonio, sin el cual no se sabría a quien incumbe aquella obligación. Los Garamantas la fijaban por el parecido (1).

En los pueblos civilizados, se considera padre al que las leyes reconocen por tal en virtud del matrimonio (2).

En los animales, basta la madre, comúnmente, para cumplir la obligación de alimentar a los hijos; pero esta obligación, en los hombres, es mucho más extensa: los hijos se hallan dotados de razón, pero ésta va apareciendo poco a poco y no desde el primer día; además de alimentarlos es menester guiarlos; cuando ya pueden vivir, todavía no pueden gobernarse.

Los maridajes ilícitos contribuyen poco a la propagación de la especie. En esos consorcios no es conocido el padre, y la obligación de mantener y educar a los hijos recae sobre la madre, quien tropieza con mil dificultades por la vergüenza, el remordimiento, la cortedad propia del sexo, las preocupaciones y las leyes mismas. Además, casi siempre carece de recursos o los tiene escasos.

Las mujeres que se dedican a la prostitución no pueden criar sus hijos. Su triste condición es incompatible con los desvelos que el educarlos exige; y están, en general, tan corrompidas, que la ley no puede poner en ellas su confianza.

De todo esto se sigue que la continencia pública favorece la propagación de la especie.


Notas

(1) Pomponio Mela, lib. I, cap. VIII.

(2) Pater est quem nuptiae demostrant.


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CAPÍTULO III

De la condición de los hijos

Cuando existe matrimonio, la razón dicta que los hijos sigan la condición del padre; y no habiendo matrimonio, la de la madre (1).


Notas

(1) Por eso en las naciones que tienen esclavos, el hijo sigue casi siempre la condición de la madre.


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CAPÍTULO IV

De las familias

Lo admitido casi en todas partes es que la mujer entra en la familia del marido. Pero no resulta ningún inconveniente de que sea el marido quien entre en la familia de la mujer, que es lo establecido en Formosa (1).

La ley que fija la familia en la sucesión de personas del mismo sexo contribuye en mucho a la propagación de la especie humana. La familia es un género de propiedad: el hombre que no tiene hijos del sexo que la perpetúa, no está contento.

Los apellidos, que dan la idea de una cosa imperecedera, son muy convenientes para inspirar a cada familia el deseo de prolongar su duración. En algunos pueblos hay apellidos, esto es, un nombre aplicable a toda la familia; en otros no hay más que el nombre personal, que sirve solamente para distinguir a una persona de otra, lo que no es bastante.


Notas

(1) El P. Duhalde, tomo I, pág. 156.


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CAPÍTULO V

De los diversos órdenes de mujeres legitimas

Algunas veces las leyes y la religión han establecido varias especies de conjunciones civiles. Entre los mahometanos hay diversas categorías de mujeres, cuyos hijos son reconocidos por nacer en la casa, o por contratos civiles; o por la esclavitud de la madre y el reconocimiento subsiguiente del padre.

No sería razonable que la ley deshonrara en los hijos lo que aprueba en el padre: todos los hijos, por lo tanto, deben suceder, como no se oponga alguna razón particular, cual sucede en el Japón, donde heredan únicamente los hijos de la mujer dada por el emperador. La política, allí, exige que los bienes dados por el emperador no se subdividan demasiado, por estar sujetos a un servicio como antes acontecía con nuestros feudos.

Hay países donde la mujer legítima goza en la casa de casi iguales honores que la esposa única de nuestros climas: los hijos de las concubinas están considerados como si fueran de la mujer legítima, les pertenecen como cosa propia; es el sistema establecido en China. El respeto filial (1), la ceremonia de un luto riguroso, no se le deben a la madre natural, sino a la que da la ley ...

Gracias a esta ficción (2) no hay en China hijos bastardos; y en los países en que tal ficción no existe, la ley que legitima los hijos de las concubinas es una ley forzosa, porque si así no fuera, la parte más numerosa de la nación quedaría deshonrada por la ley. Tampoco se hace mención de los hijos adulterinos. La separación de las mujeres, la clausura, los eunucos, los cerrojos hacen tan difícil el adulterio, que la ley lo considera imposible. Por otra parte, la cuchilla que exterminara a la madre exterminaría también al hijo.


Notas

(1) El P. Duhalde, tomo II, pág. 121.

(2) Divídense las mujeres en grandes y pequeñas, es decir, en legítimas e ilegítimas; pero entre los hijos no se hace esta distinción. He aquí la gran doctrina del Imperio, se dice en una obra china sobre la moral, traducida por el mismo padre Duhalde; véase la pág. 140 de dicha traducción.


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CAPÍTULO VI

De los bastardos en los diversos gobiernos

No hay bastardos, pues, donde la poligamia es permitida; los hay únicamente en los países en que la ley no permite más que una sola mujer. En estos países ha sido necesario deshonrar a la concubina y, por consecuencia, nacen sus hijos igualmente deshonrados.

En las Repúblicas, donde es preciso que las costumbres sean puras, los bastardos deben ser más despreciados que en las monarquías.

Las disposiciones que se dictaron en Roma contra ellos quizá fueran demasiado duras; pero como las instituciones antiguas ponían a todos los cuidadanos en la necesidad de casarse y además estaba suavizado el matrimonio por la facultad de repudiar y por la de divorciarse, únicamente por la corrupción de las costumbres, que era excesiva, se comprende que existiera allí el concubinato.

Repárese una cosa: que siendo importante la calidad de ciudadano en las democracias, puesto que en ellas gobierna el ciudadano, se hacían leyes en las antiguas Repúblicas acerca de la condición de los bastardos, no tanto por la bastardía o la honestidad del matrimonio como por la constitución particular del gobierno. Esta es la causa de que, algunas veces, admitiera el pueblo por ciudadanos a los hijos bastardos (1), con lo que aumentaba su poder contra los magnates. Y el pueblo de Atenas excluyó a los bastardos de la ciudadanía, para apropiarse mayor cantidad en el reparto de trigo que el rey de Egipto había enviado. Por último Aristóteles nos cuenta (2) que en algunas ciudades sucedían los bastardos cuando había pocos ciudadanos, pero no cuando había muchos.


Notas

(1) Aristóteles, Política, lib. VI, cap. IV.

(2) Política, lib. III, cap. III.


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CAPÍTULO VII

Del consentimiento paterno para casarse

El consentimiento de los padres se funda en su potestad, es decir, en su derecho, pero también en su amor, en su experiencia y en su desconfianza del acierto de los hijos, inexpertos por su edad y enajenados por las pasiones.

En las Repúblicas pequeñas, o con las instituciones singulares de las que hemos hablado, puede haber leyes que den a los magistrados cierta inspección en los casamientos de los hijos de los ciudadanos, como la que ha concedido a los padres la naturaleza misma. El amor al bien público puede ser tan grande en ellos que iguale o sobrepuje a cualquiera otro. Por eso quería Platón que los magistrados concertaran los matrimonios; y en Lacedemonia los dirigían los magistrados.

Pero donde rigen las instituciones ordinarias, el casar a los hijos es de la incumbencia de los padres, pues ninguna prudencia es superior a la suya. La naturaleza da a los padres un deseo de que sus hijos tengan sucesores, mayor de que el que sienten de tenerlos ellos mismos; en los diversos grados de progenitura se ven avanzar insensiblemente hacia lo porvenir. Pero, ¿qué sería si la vejación y la codicia llegaran a usurpar la autoridad paterna? Oigamos a Tomás Gago (1) sobre la conducta de los Españoles en las Indias:

Para aumentar el número de tributarios, se hace que todos los Indios se casen a los quince años de edad, y aun se ha llegado a fijar el tiempo de su matrimonio en los catorce años para los varones y en los trece para las hembras. Se basa esto en un canon que dice que la malicia puede suplir a la edad.

El mismo autor español vió hacer uno de esos enlaces y dice que era una cosa vergonzosa. De suerte que, en el acto que debe ser el más libre de la vida, los Indios son todavía esclavos.


Notas

(1) Relación de Tomás Gago, pág. 171.


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CAPÍTULO VIII

Continuación de la misma materia

En Inglaterra, las solteras abusan a menudo de la ley para casarse a su antojo sin consultar a sus padres. No sé si esta costumbre será allí más tolerable que en otras partes, por la razón de que, no habiendo establecido las leyes el celibato monástico, las mujeres no pueden tomar otro estado que el del matrimonio y, por consiguiente, no son libres de rehusarlo. En Francia, donde existe el monacato, a las solteras les queda siempre el recurso de hacerse monjas; la ley que las obliga a esperar el consentimiento de sus padres es muy conveniente. Desde este punto de mira, el uso de Italia y de España es el menos racional, en ambos países existe el monacato y, sin embargo, es posible casarse sin el consentimiento de los padres.


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CAPÍTULO IX

De las solteras

Las mujeres, que solamente por el matrimonio conquistan la libertad; que tienen inteligencia y no se atreven a discutir; que tienen corazón, y ni a sentir se atreven; que poseen ojos y oídos sin atreverse ni a mirar ni a oír, que no se presentan sino para que se las tome por estúpidas; que están condenadas siempre a nimiedades, a frivolidades y a preceptos, son desde luego y por sí mismas bastante inclinadas al matrimonio. Son los hombres solteros los que necesitan de un estímulo para casarse.


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CAPÍTULO X

Lo que determina a casarse

Dondequiera que hay un sitio en que dos personas puedan vivir cómodamente, se hace un casamiento. La naturaleza lo dispone, cuando no lo reprime la falta de subsistencias. Los pueblos nacientes se multiplican más. En ellos sería muy penoso el celibato; por otra parte, no lo es el procrear muchos hijos, puesto que hace falta numerosa gente. Lo contrario ocurre cuando la nación está formada.


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CAPÍTULO XI

De la dureza del gobierno

Las personas que no tienen absolutamente nada, como los mendigos, tienen muchos hijos. Es que se encuentran en el caso de los pueblos nuevos: al padre nada le cuesta enseñarles a sus hijos la mendicidad, su único arte, y aun son instrumentos que en este arte le sirven desde el día que nacen.

Crecen tales gentes y se multiplican en los países ricos o supersticiosos, porque, lejos de sufrir las cargas de la sociedad, son ellas una carga más para la misma. Pero los que no son pobres sino por estar sujetos a un gobierno duro, y por no ver en sus heredades el fundamento de la subsistencia sino un pretexto para mil vejámenes, esos tienen pocos hijos. Si lo que poseen o lo que ganan es insuficiente para sustentarse, ¿cómo han de pensar en compartirlo? Si no pueden cuidarse cuando están enfermos, ¿cómo atender a unas criaturas sujetas a una enfermedad continua, cual es la infancia?

La facilidad de hablar y la impotencia para conocer es lo que ha hecho decir que, cuanto más pobres los súbditos, más numerosas las familias; que cuanto mayores los tributos, más llevaderos: dos sofismas que siempre han sido y serán la perdición de las monarquías.

La dureza del régimen político puede hasta destruír los sentimientos naturales por los mismos sentimientos. ¿No procuraban abortar las indias americanas para que sus hijos no tuvieran amos tan crueles (1)?


Notas

(1) Relación de Tomás Gago, pág. 58.


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CAPÍTULO XII

Del número de hembras y varones en diferentes paises

Ya he dicho (1) que en Europa nacen más varones que hembras; pero se ha observado que ocurre lo contrario en el Japón (2). En igualdad de circunstancias, habrá más mujeres fecundas en el Japón que en Europa y, como consecuencia natural, más gente.

Las relaciones (3) dicen que en Bantam hay diez hembras por cada varón. Excesiva parece tal desproporción, pues de ella resultaría que el número de familias estaría con las de otras partes en la razón de uno a cinco y medio. Las familias podrían ser más numerosas; pero habría pocas personas con recursos bastantes para mantenerlas.


Notas

(1) En el libro XVI, cap. IV.

(2) Véase Kempfer.

(3) Colección de viajes, tomo I, pág. 347.


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CAPÍTULO XIII

De los puertos de mar

En los puertos de mar, donde los hombres se exponen a mil peligros yéndose a morir o a vivir en climas remotos, hay menos varones que hembras; sin embargo, abundan más los niños, lo cual proviene de que también las subsistencias abundan. Quizá también las partes aceitosas del pescado sean más a propósito para suministrar la subsistencia que sirve para la generación. En tal caso, ésta sería una de las causas de la excesiva población del Japón y de la China (l), donde se vive casi únicamente de peces y mariscos (2). Si así fuera, ciertas órdenes monásticas obligadas por su regla a no comer más que pescado, tendrían una regla opuesta a las intenciones del legislador.


Notas

(1) El Japón se compone de islas, con extensas costas ricas en pescado. En China hay costas, rios y numerosos riachuelos.

(2) Véase el P. Duhalde, tomo II, págs. 139, 142 y siguientes.


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CAPÍTULO XIV

De las producciones de la tierra que exigen más o menos hombres

Los países de pastos se encuentran poco poblados, porque en ellos no hay ocupación sino para poca gente; las tierras de pan llevar ofrecen trabajo a más personas, y los viñedos aun más.

En Inglaterra se han quejado repetidas veces de que el aumento de los pastos hacía decrecer la población (1), y en Francia se observa que el gran número de viñas es una de las principales causas de la multitud de individuos.

Los países en que las minas de carbón proporcionan combustible, ofrecen la ventaja de no necesitar montes para el carboneo y pueden destinar todo el terreno al cultivo.

En los lugares donde se da el arroz, hay que hacer muchas labores para aprovechar las aguas, lo que da ocupación a mucha gente; además, se necesita menos tierra para mantener una familia que en los sitios productores de otros granos; finalmente, la tierra que en otras partes se destina al alimento de los animales, sirve allí directamente a la manutención de los hombres. Éstos ejecutan el trabajo que en otros puntos hacen las bestias, y el cultivo de la tierra viene a ser para los hombres como una inmensa fábrica.


Notas

(1) La mayoría de los propietarios, viendo que sacaban más provecho de vender las lanas que del trigo, dejaron de sembrar. Los municipios, que se morian de hambre, se sublevaron. Se propuso entonces una ley agraria y se publicaron diversas disposiciones contra los que habían dejado de cultivar sus tierras. (Burnet, Abrégé de l'histoire de la Réforme, págs. 44 y 83).


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CAPÍTULO XV

Del número de habitantes con relación a las artes

Cuando hay una ley agraria y las tierras están muy repartidas, el país puede hallarse muy poblado aunque haya pocas artes, porque cada ciudadano saca de labrar su tierra precisamente lo que necesita para sustentarse y todos consumen los frutos del país.

Esto es lo que pasaba en algunas Repúblicas antiguas.

Pero en nuestros Estados de estos tiempos, repartidas las tierras con tanta desigualdad, producen más de lo que sus cultivadores pueden consumir, por lo que, si se descuidan las artes y no se atiende más que a la agricultura, el territorio no puede estar poblado. Los que labran o hacen labrar las tierras tienen frutos sobrantes, por lo cual carecen de estímulo para seguir trabajando; lo que les sobra de un año para el siguiente no puede ser consumido por las gentes ociosas, porque las gentes ociosas no tienen con qué comprarlo. Por eso es preciso que se establezcan las artes; a fin de que los productos del suelo sean consumidos por los labradores y por los artesanos. En una palabra, los Estados modernos hacen necesario que los agricultores produzcan mucho más de lo que para sí les hace falta; hay que inspirarles el deseo de cosechar más de lo que necesitan, y esto no se consigue donde no haya artesanos que consuman lo superfluo, quiero decir lo sobrante.

Esas máquinas, cuyo objeto es abreviar el trabajo, no siempre son útiles; hasta serán perjudiciales, si al simplificar el trabajo disminuyen el número de trabajadores.


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CAPÍTULO XVI

De las miras del legislador en lo relativo a la propagación de la especie

Las reglamentaciones sobre el número de ciudadanos depende en mucho de las circunstancias. Hay países donde la naturaleza lo ha hecho todo, no quedándole al legislador nada que hacer. ¿Para qué dictar leyes que fomenten la propagación de la especie donde la fomenta la fecundidad del clima? A veces el clima es más favorable que el terreno; crece la población, pero el hombre la destruye: tal es el caso de China, donde el padre vende sus hijas y expone sus hijos. Las mismas causas producen en el Tonkín idénticos efectos (1), y no es preciso estudiar la metempsicosis como hacen los viajeros árabes de que habla Rénaudof.

Por iguales razones, la religión no les permite a las mujeres de la isla Formosa que tengan hijos antes de haber cumplido treinta y cinco años de edad; si conciben antes, la sacerdotisa las hace abortar golpeándoles el vientre (2).


Notas

(1) Viajes de Dampier, tomo II, pág. 41.

(2) Véase la Colección de viajes, obra citada tantas veces, tomo V, parte 1a., págs. 182 y 188.


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CAPÍTULO XVII

De Grecia y del número de sus habitantes

El mismo efecto que por causas físicas puede notarse en los países de Oriente, lo produjo en Grecia el régimen político. Los Griegos formaban una gran nación compuesta de ciudades, cada una de las cuales tenía sus leyes y su gobierno. Tan pacíficas eran aquellas ciudades como lo son ahora las de Suiza, Holanda y Alemania. En cada República de aquellas, el legislador buscaba la felicidad de los ciudadanos en lo interior, sin que ciudad o República fuere en lo exterior más débil que las ciudades vecinas. Teniendo un territorio pequeño y gozando del bienestar posible, era fácil que aumentara la población hasta constituir una verdadera carga; así se comprende que no cesaran de fundar colonias, que alquilaran sus brazos para la guerra (como hacen hoy los Suizos) y que procuraran evitar la excesiva multiplicación de sus hijos (1).

Entre aquellas Repúblicas, algunas había cuya constitución era singular. Pueblos sometidos tenían la obligación de mantener a sus conciudadanos: los Lacedemonios recibían la subsistencia de los Ilotas, los Cretenses de los Periecos, los Tesalianos de los Penestinos. Escaso había de ser el número de hombres libres para que los esclavos pudieran mantenerlos. Hoy hablamos de la necesidad de limitar el número de tropas regulares. Como el de Lacedemonia era un ejército compuesto de campesinos, también se necesitó limitar aquel ejército; de lo contrario, los hombres libres que tenían todas las ventajas de la sociedad, se hubieran multiplicado con exceso mientras los que labraban los campos no habrían podido resistir una carga tan abrumadora.

Los políticos griegos se ocuparon particularmente en determinar el número de los ciudadanos. Platón (2) lo fija en cinco mil cuarenta, y quiere que la propagación de la especie, o se contenga o se estimule según las circunstancias y las necesidades, por medio de los honores, la vergüenza y las reprensiones de los ancianos. También quería que se fijara el número de matrimonios (3), para que la población se renovara sin que se recargara la República.

Si la ley, dice Aristóteles (4), prohibe exponer los hijos, no habrá más remedio que limitar el número de los que cada uno ha de engendrar. Y cuando el número de niños sea mayor que el determinado por la ley, aconseja que se haga abortar a la mujer antes que el feto tenga vida (5).

Aristóteles refiere el medio infame (6) que empleaban los Cretenses para no tener excesivo número de hijos; no lo transcribo por no ruborizarme.

El mismo Aristóteles agrega (7): Lugares hay en que la ley declara ciudadanos a los forasteros, o a los bastardos, o a los que son hijos de madre ciudadana solamente; pero esto acaba cuando hay bastante población. Los salvajes del Canadá queman a sus prisioneros; mas si tienen cabañas vacías que poderles dar, los admiten en su nación.

El caballero Petty ha calculado que un hombre vale en Inglaterra lo que por él pagarían vendiéndolo en Argel (8). Esto podrá ser verdad en Inglaterra: hay países donde un hombre no vale nada y otros en que vale menos que nada.


Notas

(1) Los Galos, que estaban en igual caso, lo mismo hicieron.

(2) En sus Leyes, lib. V.

(3) La República, lib. V.

(4) La Política, lib. VI, cap. XIV.

(5) Idem.

(6) Masculorum consuetudine introducta. (Política, lib. III, cap. XI).

(7) Política, lib. III, cap. V.

(8) Sesenta libras esterlinas.


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CAPÍTULO XVIII

Del estado de los pueblos antes de los Romanos

Italia, Sicilia, Asia Menor, España, la Galia y la Germania, estaban poco más o menos como Grecia, llenas de pueblos pequeños y rebosantes de pobladores; no había necesidad, por consiguiente, de leyes para aumentarlos.


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CAPÍTULO XIX

Despoblación del universo

Todas estas pequeñas Repúblicas fueron absorbidas por una grande, y el universo comenzó insensiblemente a despoblarse; no hay más que ver lo que eran Italia y Grecia antes y después de las victorias romanas.

Se me preguntará, dice Tito Livio (1); dónde encontraban los Volscos tantos soldados para guerrear después de ser vencidos tantas veces. Necesariamente habría un pueblo muy numeroso en las comarcas aquellas, que hoy serían un desierto sin algunos soldados y unos pocos esclavos romanos.

Han cesado los oráculos, dice Plutarco (2), porque los lugares donde hablaban han sido destruídos: apenas se encontrarían hoy en Grecia tres mil hombres de armas.

No describiré, dice Estrabón (3), el Epiro y lugares circunvecinos, porque son países que han quedado enteramente desiertos. La despoblación, que empezó hace mucho tiempo, continúa día tras día, de tal suerte que los soldados romanos se establecen en casas abandonadas. La causa de esto la encuentra en Polibio, quien dice que Paulo Emilio, después de su victoria, destruyó setenta ciudades del Epiro y se llevó ciento cincuenta mil esclavos.


Notas

(1) Libro VI.

(2) Obras morales.

(3) Libro VII, pág. 496.


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