Índice de Del espíritu de las leyes de MontesquieuLibro anteriorSiguiente LibroBiblioteca Virtual Antorcha

LIBRO XXI

De las leyes con relación al comercio considerado en sus revoluciones.

(Segundo archivo)


XI.- Cartago y Marsella. XII.- Isla de Delos. Mitrídates. XIII.- Ideas de los Romanos respecto a la marina. XIV. Ideas de los Romanos respecto al comercio. XV.- Comercio de los Romanos con los Bárbaros. XVI.- Del comercio de los Romanos con la Arabia y la India. XVII.- Del comercio después de la caída del imperio romano de Occidente. XVIII.- Reglamento particular. XIX.- Del comercio en Oriente después de la decadencia de los Romanos. XX. De cómo el comercio penetró en Europa a través de la barbarie. XXI.- Descubrimiento de dos nuevos mundos; estado de Europa con tal motivo. XXII.- De las riquezas que España sacó de América. XXIII.- Problema.


CAPÍTULO XI

Cartago y Marsella

Cartago tenía un derecho de gentes singular: arrojaba al mar a los extranjeros que traficaban en Cerdeña y por el lado de las columnas de Hércules. Su derecho político no era menos extraordinario: prohibía a los Sardos, bajo pena de la vida, que cultivaran la tierra. Aumentó su poder con sus riquezas y sus riquezas con su poder. Dueña de la costa de Africa en el Mediterráneo, se extendió luego por la del Atlántico. Hannón, por orden del Senado, esparció treinta mil Cartagineses desde las columnas de Hércules hasta Cerne (1). Dice Hannón que este lugar está a igual distancia de las columnas de Hércules que éstas de Cartago. Siendo así, no pudo pasar Hannón de los 25° latitud norte, es decir, poco más al sur de las islas Canarias.

Estando en Cerne, empezó Hannón otro viaje para hacer descubrimientos más al sur. Navegó veintiséis días a lo largo de la costa y regresó por carecer de víveres. Los Cartagineses no aprovecharon este viaje de Hannón, según parece. Escílax (2) dice que más allá de Cerne es imposible navegar porque cubren el mar hierbas marinas. Estas abundan, efectivamente, en aquellas latitudes (3), pero no impiden la navegación; puede ser que fuesen un obstáculo para los mercaderes de Cartago de que nos habla Escílax, pero no lo fueron para las sesenta naves de cincuenta remos cada una que llevaba Hannón. dificultades son relativas; por otra parte, no debe confundirse una empresa dirigida por el atrevimiento y la temeridad con la que es efecto de la conducta ordinaria (4).

El relato de Hannón es una hermosa muestra de la antigüedad: el mismo hombre que ha ejecutado escribe; no se ve en lo que escribe la menor ostentación. Los grandes capitanes cuentan sus campañas con la mayor sencillez, porque cifran su gloria en lo que han hecho y no en lo que dicen.

En el escrito de Hannón, el fondo es como el estilo: no da en lo maravilloso; todo lo que refiere del clima, del terreno, de los habitantes y de las costumbres, es lo mismo que hoy vemos en la costa de África; parece, al leerlo, que estamos leyendo el diario de un viajero de nuestros días.

Hannón observó desde su flota que, durante el día, reinaba en tierra el silencio más profundo, en tanto que de noche se oían sonar instrumentos de música y se veíán por todos lados hogueras grandes y chicas (5). Es lo mismo que se lee en nuestras modernas relaciones, las cuales confirman que los salvajes se resguardan de los ardores del sol refugiándose en los bosques; pero que salen de ellos por las noches; que encienden fogatas para espantar a las fieras y que aman con pasión la música y la danza.

Describe Hannón un volcán y sus fenómenos, en todo semejantes a los que presenta hoy el Vesubio; y su relato de las mujeres velludas que se dejaron matar antes que seguir a los nautas extranjeros, y cuyas pieles hizo llevar a Cartago, no es tan inverosímil como se ha supuesto.

El relato de Hannón es tanto más precioso por cuanto es un monumento púnico; y no es otra la causa de que se le haya tenido por fabuloso, pues los Romanos siguieron odiando a los Cartagineses hasta después de haber destruído su República. Sin embargo, la victoria fue lo que decidió si la mala fe debía llamarse púnica o romana.

Los modernos (6) mantienen este prejuicio. ¿Qué ha sido, preguntan, de las ciudades que describe Hannón y de las que no quedaba ni el menor vestigio en la época de Plinio? Lo sorprendente sería que hubiese quedado alguno: ¿es que Hannón iba a fundar en la africana costa ciudades como Corinto y Atenas? Lo que hacía era dejar en los sitios propios para el tráfico algunas familias cartaginesas, improvisando algunas obras que los pusieran a cubierto de las fieras y de los salvajes. Las desdichas de Cartago interrumpieron los viajes de los Cartagineses, quedando aquellas familias enteramente abandonadas, sin duda perecieron, o se convirtieron en salvajes. Digo más: aunque subsistieran todavía, o hubieran subsistido mucho tiempo, las ruinas de aquellas fundaciones, ¿quién las hubiera descubierto en las selvas y las marismas de Africa? Léese en Escílax y en Polibio que los Cartagineses poseían establecimientos importantes en las costas: he aquí vestigios de las ciudades de Hannón ; y si no quedan otros, de la misma Cartago apenas quedan tampoco.

Los Cartagineses estaban en el camino de las riquezas, y con haber llegado al cuarto grado de latitud norte y al décimoquinto de longitud, habrían descubierto la Costa de Oro y las vecinas. Hubieran hecho un comercio de mucha más importancia que el que se hace ahora (7), cuando América parece haber rebajado la riqueza de los demás países, encontrando tesoros que los Romanos no habrían podido quitarles.

Se han dicho cosas muy sorprendentes de las riquezas de España. Si hemos de creer a Aristóteles (8), cuando los Fenicios desembarcaron en Tarteso encontraron tanta plata que no cabía en sus barcos, y manriaron hacer de este metal sus más viles utensilios. Según Diodoro (9), los Cartagineses hallaron en los Pirineos tanto oro y plata, que hicieron de estos metales anclas para sus embarcaciones. Son leyendas populares que no merecen crédito; pero veamos hechos positivos.

En un fragmento de Polibio, citado por Estrabón (10), se lee que las minas de plata situadas en las nacientes del Betis, en las que trabajaban cuarenta mil hombres, daban al pueblo romano veinticinco mil dracmas cada día, equivalentes a cinco millones de libras cada año. Las sierras en que estaban aquellas minas se llamaban montes de la plata (11), siendo por lo tanto el Potosí de aquellos tiempos. Las minas de Hannóver, en la actualidad, no emplean ni la cuarta parte de los trabajadores empleados en las minas de España y dan mayor producto; si asombró a los antiguos la abundancia de las minas españolas, fue porque los Romanos apenas si las tenían de cobre, poquísimas de plata; y en cuanto a los Griegos, no conocían más que las del Atica, las cuales eran muy pobres.

Durante la guerra de Sucesión de España, un tal marqués de Rodas, de quien se decía que se había arruinado en las minas y enriquecido en los hospitales (12), propuso a la Corte de Francia abrir las minas de los Pirineos. Citaba a los Tirios, a los Cartagineses y a los Romanos. Se le permitió buscar: buscó por todos lados, hizo excavaciones y continuó haciendo citas, pero no halló nada.

Los Cartagineses, dueños del comercio del oro y de la plata, quisieron serlo también del comercio del plomo y del estaño. Estos metales eran llevados por tierra, a través de las Galias, a los puertos del Mediterráneo; y deseosos los Cartagineses de recibirlos directamente por mar, enviaron a Himilcón a establecer factorías (13) en las islas Casitérides (14).

Estos viajes desde la Bética a la lejana Albión han hecho pensar si los Cartagineses conocerían la brújula; pero es probable que fueran costeando, mejor dicho, es evidente, puesto que Himilcón tardó cuatro meses en ir desde la desembocadura del Betis a las mencionadas islas. Y no hablemos de la famosa historia del piloto de Cartago, que al ver un barco romano hizo encallar el suyo para no enseñarle al otro el camino de Inglaterra (15), lo que demuestra que ambos barcos navegaban cerca de la costa (16).

Los antiguos pudieron hacer viajes por mar que hagan creer que poseían la brújula, aunque no la conocieran. Si un piloto perdía de vista la costa, bien podía (en tiempo claro) guiarse de día por la salida y por la puesta del sol, de noche por la estrella polar, tan bien como por la brújula; pero esto sería un caso fortuito, no lo normal.

Se ve en el tratado que puso fin a la primera guerra púnica el interés de Cartago por conservar el dominio de los mares, igual que el de Roma por conservar el dominio de la tierra. Hannón (17), al negociar con los Romanos, declaró que no les consentiría ni lavarse las manos en los mares de Sicilia; mucho menos comerciar en Sicilia, Cerdeña y Africa, exceptuando Cartago (18).

En los primeros tiempos hubo grandes guerras entre Cartago y Marsella (19) con ocasión de la pesca. Después que hicieron la paz rivalizaron en el comercio de economía. Se mostró Marsella tanto más celosa cuanto que, igualmente a su rival en industria, le era inferior en poder. Esto explica su fidelidad a los Romanos. La guerra que éstos hicieron a.los Cartagineses en España enriqueció a Marsella, que era un depósito, una escala fija. La ruina de Cartago y de Corinto aumentó la prosperidad y la gloria de Marsella; sin las guerras civiles, durante las cuales había que cerrar los ojos y tomar un partido, hubiera sido feliz con la protección de los Romanos, que no le envidiaban su comercio.


Notas

(1) Isla del mar Atlántico al decir de Hannón, medía cinco estadios de circunferencia. Ignórase cuál pueda ser esta isla, creyendo algunos que sería la de Madera, otros que la del Hierro (la más occidental de las Canarias), y no faltando quien crea que pudo ser la península de Río de Oro en la costa occidental de Marruecos.

(2) Véase en el Periplo el art. Cartago.

(3) El mar de Sargaso.

(4) Respecto a las hierbas que cubren el mar en determinadas latitudes, véanse los Viajes que han servido para establecer la Compañía de las Indias, parte 1a, pág. 201, Y los mapas de la misma obra. En ciertos parajes es tan espesa aquella vegetación, que apenas si se ve el agua. - Herodoto habla también de los obstáculos del mismo género que encontró Sataspe.

(5) Lo propio cuenta Plinio hablando del monte Altas: Noctibus micare crebis ignibus, tibiarum cantu, tympanorumque sonito strepere, neminem interdiu cerni.

(6) Véase Dodwel, Disertación acerca del Periplo de Hannón.

(7) En tiempo de Montesquieu, el principal comercio de la costa de África era la compra de esclavos por los barcos negreros.

(8) De las cosas maravillosas.

(9) Libro VI. - El autor cita el libro sexto de Diodoro, y no hay en Diodoro semejante libro sexto. Es en el quinto libro donde habla Diodoro, no de los Cartagineses como dice Montesquieu sino de los Fenicios. (Voltaire).

(10) Libro III.

(11) Mons Argentarius.

(12) Había sido administrador o director de algún hospital.

(13) Véase Festo Avieno.

(14) Las Sorlingas; pero no faIta quien crea que se trata de la costa occidental de Galicia, donde hubo minas de estaño.

(15) Estrabón, lib. III, al final.

(16) El Senado cartaginés otorgó un premio al piloto.

(17) Tito Livio, Suplemento de Freinshemio, 2a. década, lib. VI.

(18) Esta protesta la hizo Hannón veintitrés años antes, no al firmarse la paz, sino cuando ambas naciones se preparaban para hacerse la guerra. (Crévier).

(19) Justino, lib. LIII, cap. V.


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CAPÍTULO XII

Isla de Delos Mitridates

Destruída Corinto por los Romanos, los mercaderes se retiraron a Delos. Esta isla se consideraba lugar seguro (1) por la veneración religiosa que inspiraba; y la recomendaba también su situación, favorable al comercio de Italia y de Asia, el más importante cuando decayó el de Africa y disminuyó el de Grecia.

Desde los primeros tiempos, lo hemos dicho ya, los Griegos mandaron colonias a la Propóntida y al Ponto Euxino; las cuales conservaron sus leyes y su libertad bajo el dominio de los Persas. Alejandro, que solamente combatía a los bárbaros, no las atacó (2). Ni tampoco sabemos que los reyes del Ponto, cuando ocuparon algunas de aquellas colonias griegas, las privaran de su régimen político (3).

El poder de estos reyes aumentó cuando las hubieron sometido (4). Mitrídates pudo llevar tropas en todas partes, reponer sus pérdidas (5), tener trabajadores, naves, máquinas de guerra; pudo tener aliados y corromper a los de los Romanos, y aun a estos mismos; pudo tener y tuvo a sueldo a los bárbaros de Asia y de Europa (6); guerrear mucho tiempo y, por consecuencia, disciplinar sus tropas, armarlas, aguerrirlas, hacerles aprender el arte militar de los Romanos (7); formar cuerpos numerosos de desertores enemigos; por último, pudo tener grandes reveses y pérdidas muy grandes sin darse por vencido; y ciertamente no hubiera sucumbido, si el rey voluptuoso no hubiera deshecho en la prosperidad lo que el príncipe grande había hecho en los sinsabores de la lucha y en los malos trances de la guerra.

Cuando habían llegado los Romanos al colmo del poderío y a la mayor grandeza, cuando ya no debían temer a nadie más que a sí mismos, fue precisamente cuando Mitrídates volvió a poner en tela de juicio lo que parecía resuelto con la toma de Cartago y las derrotas de Filipo, de Antíoco y de Perseo. No hubo jamás una guerra tan funesta; y como las dos partes eran poderosas, quedaron asolados los pueblos de Grecia y los de Asia, unos por amigos de Mitrídates y otros por enemigos. No se salvó Delos de la común desgracia; allí como en todas partes se arruinó el comercio; era forzoso que quedara destruído, puesto que destruídos estaban ya los pueblos.

Siguiendo los Romanos el sistema de que he hablado en otra parte (8), el de ser destructores para no parecer conquistadores, destruyeron Cartago, arruinaron a Corinto y se habrían perdido, quizá, con semejante sistema si no hubieran conquistado todas las tierras conocidas. Cuando los reyes del Ponto se apoderaron de las colonias griegas de su litoral, no incurrieron en el error de destruir lo que debía ser la base de su engrandecimiento.


Notas

(1) Véase Estrabón, lib. X.

(2) Lo que hizo fue confirmar la libertad de la ciudad de Amiso, colonia ateniense, que había gozado de un gobierno popular aun en tiempo de los reyes de Persia. Y Lúculo, que tomó a Sinope y Amiso, les devolvió la libertad, llamando a los fugitivos habitantes que se habían ido en sus embarcaciones.

(3) Apiano, De la guerra contra Mitrídates.

(4) Véase lo que diee Apiano sobre los tesoros que gastó Mitrídates en sus guerras, los que había ocultado, los que perdió por infidelidades de los suyos y los que se encontraron después que murió.

(5) Perdió una vez ciento setenta mil hombres y en seguida levantó nuevos ejércitos.

(6) Véase Apiano, De la guerra contra Mitrídates.

(7) Idem, ídem.

(8) En las Consideraciones sobre la grandeza y decadencia de los Romanos.


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CAPÍTULO XIII

Ideas de los Romanos respecto a la marina

Gran importancia daban los Romanos a las tropas de tierra, cuyo espíritu era mantenerse firmes, pelear con tesón y defender su puesto hasta morir. No estimaban la táctica de los marinos, que presentan combate, sortean peligros, se valen, en fin, de la astucia más que de la fuerza. No estaba nada de esto en armonía con el genio de los Griegos y mucho menos con el de los Romanos (1).

Estos últimos, por consiguiente, no destinaban a la marina más que gentes ínfimas que no podían tener cabida en las legiones. Los marineros, en general, eran libertos.

En nuestros días no tenemos tanta estimación para las tropas de tierra ni tanto menosprecio para las de mar. En las primeras ha disminuído el arte y ha aumentado en las segundas. Ahora bien, las cosas deben estimarse en proporción a la suficiencia que se necesita para hacerlas bien.


Notas

(1) Respecto a los Griegos, ya lo hizo notar Platón en el libro IV de Las Leyes.


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CAPÍTULO XIV

Ideas de los Romanos respecto al comercio

No se notaron nunca en los Romanos celos ni envidias por causa del comercio. Combatieron a Cartago como nación rival, no como nación comerciante. Favorecieron a las ciudades mercantiles, aunque no se hallaran en su dependencia. Así aumentaron, con la cesión de algunas ciudades, la importancia de Marsella. Lo temían todo de los bárbaros, nada de los pueblos comerciantes. Por otra parte, el genio de Roma, su gloria, su educación militar y hasta su forma de gobierno, la apartaban del mercantilismo.

En la ciudad no había más ocupaciones que la guerra, las elecciones, las cábalas y los pleitos; en el campo sólo se ocupaban en la agricultura; en las provincias no había comercio posible con un gobierno tiránico.

Si era opuesta al comercio la constitución política, no lo era menos el derecho de gentes. Los pueblos, dice el jurisconsulto Pomponio, con los cuales no tenemos ni amistad, ni hospitalidad, ni alianza, no son enemigos nuestros; sin embargo, si en sus manos cae una cosa que nos pertenece, dueños de ella se hacen y los hombres libres quedan esclavos suyos; y lo mismo les sucede a ellos respecto de nosotros.

Su derecho civil no era menos rígido que su derecho de gentes. La ley de Constantino, después de declarar bastardos a los hijos de personas viles que se hubieran casado con otras de condición más elevada, confunde con los esclavos a las mujeres que venden mercaderías (1), a los taberneros, a los cómicos, a los hijos del hombre que tiene casa de prostitución o que ha sido sentenciado a combatir en la arena; todo esto era consecuencia de las antiguas instituciones romanas. Bien sé que hay gentes imbuídas en ideas erróneas, los cuales han creído que los Romanos honraron y fomentaron el comercio; pero lo cierto es que no pensaron, o pensaron rara vez, en semejante cosa.


Notas

(1) Qure mercimoniis publice proefuit. Leg. 1°, cód. de natural liberis.


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CAPÍTULO XV

Comercio de los Romanos con los Bárbaros

Los Romanos crearon un vasto imperio de Europa, Asia y Africa; la debilidad de los pueblos y la tiranía del mando hicieron la unidad de aquel inmenso imperio. La política romana consistió en aislarse de todas las naciones que no habían subyugado: no comerciaban con ellas por no enseñarles el arte de vencer. Dictaron leyes para impedir todo género de comercio con los pueblos bárbaros. ¡Que nadie, dicen Valente y Graciano, les envíe a los bárbaros aceite ni otros líquidos! Graciano, Valentiniano y Teodosio, agregan: Que no se les lleve oro y se les quite con maña el que ellos tengan. Se prohibió la exportación del hierro bajo pena de la vida.

Domiciano, príncipe tímido, mandó arrancar todas las viñas de la Galia (1), sin duda para que el vino de la Galia no atrajera a los bárbaros como el de Italia los había atraído. Probo y Juliano, que no los temieron nunca, ordenaron las replantaciones de las vides.

Bien sé que en los días de la decadencia del imperio, los bárbaros obligaron a los Romanos a establecer etapas y a comerciar con ellos (2): pero esto mismo prueba que el deseo de los Romanos era no comerciar.


Notas

(1) Procopio, Guerra de los Persas, lib. I.

(2) Véase las Consideraciones sobre las causas de la grandeza de los Romanos y de su decadencia.


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CAPÍTULO XVI

Del comercio de los Romanos con la Arabia y la India

Los Romanos casi no tuvieron más comercio exterior que el de la Arabia Feliz y el de la India. Los Arabes tenían grandes riquezas naturales, que provenían de sus mares y sus bosques; y como compraban poco y vendían mucho, se iban quedando con la plata y el oro de sus vecinos (1). Augusto, al conocer la opulencia de los Arabes, decidió tenerlos por amigos o por enemigos. Con ese objeto dispuso que Elio Galo fuese de Egipto a Arabia, donde encontró pueblos ociosos, tranquilos, poco aguerridos. Dió batallas, puso sitios y no perdió más que siete hombres; pero la perfidia de sus guías (2), las marchas penosas, el rigor del clima, el hambre, la sed y las enfermedades, acabaron con su ejército.

Hubo que renunciar a la conquista, contentándose con negociar; hicieron, pues, los Romanos lo que habían hecho otros; llevarles oro y plata en cambio de mercancías. De esa manera se comercia todavía en Arabia: la caravana de Alepo y la nave real de Suez llevan allí sumas enormes.

La naturaleza había destinado a los Arabes al comercio y no a la guerra; pero al verse aquellos pueblos pacíficos en la frontera de los Romanos y de los Partos, se hicieron auxiliares de unos y otros. Elio Galo se encontró con un pueblo de comerciantes; Mahoma ya los encontró guerreros: los entusiasmó; y así los convirtió en conquistadores.

Con la India hacían los Romanos un gran comercio. Estrabón (3) supo en Egipto, que empleaban en él hasta ciento veinte naves y que enviaban allí todos los años cincuenta millones de sestercios. Plinio dice (4) que las mercaderías de la India se vendían en Roma por cien veces lo que habían costado; es posible que generalice, porque si todos los artículos hubieran centuplicado su precio, todo el mundo hubiera corrido en pos de esa ganancia y nadie lo hubiera conseguido.

Pudiera discutirse, y aun negarse, que fuera ventajoso para los Romanos el comercio con la Arabia y con la India; tenían que mandar allá su dinero, y no poseían, como nosotros, el recurso de América para suplirlo. Estoy persuadido de que una de las razones que tuvieron para aumentar el valor de las monedas, esto es, para establecer la moneda de vellón, fue la escasez de plata por efecto de la continua exportación a la India. Si las mercancías indianas se vendían en Roma al céntuplo de su coste, la ganancia de los Romanos se sacaba de los Romanos mismos y no enriquecía al imperio.

Se podrá decir, no obstante, que este comercio fomentaba la navegación; que las mercancías importadas favorecían el tráfico interior, daban impulso a las artes y alimentaban la industria; que el número de habitantes crecía en proporción de los nuevos medios de vivir; que el mayor movimiento comercial era causa determinante del lujo, y ya hemos dicho que el lujo es tan favorable al gobierno de uno solo como funesto al de muchos; finalmente, que ese lujo era necesario en Roma, pues una ciudad que llamaba a sí todas las riquezas del universo, de algún modo había de restituírlas.

Dice Estrabón que el comercio de los Romanos con la India era mucho más considerable que el de los Egipcios (5); y es singular que los primeros, poco amigos del comercio, prestasen al de la India más atención que los reyes de Egipto, que lo tenían, por decirlo así, delante de los ojos. Expliquemos esto.

Después de la muerte de Alejandro, los reyes de Egipto establecieron por mar un comercio con la India; y los reyes de Siria, que se quedaron con las provincias más orientales del imperio y, por consiguiente, con la India, mantuvieron el tráfico de que hemos hablado en el capítulo VI, el cual se hacía por tierra y por los ríos, siendo mayores sus facilidades por la fundación de colonias macedónicas; de suerte que Europa se comunicaba con la India por Egipto y por el reino de Siria. La desmembración de Siria, cuando una parte de este reino formó el reino de Bactriana, en nada perjudicó a dicho comercio. Marín, de Tiro, citado por Tolomeo (6), habla de los descubrimientos que hicieron en la India unos mercaderes macedonios. Lo que no hicieron las expediciones de los reyes lo lograron unos mercaderes. El mismo Tolomeo dice (7) que estos mercaderes fueron desde la Torre de Piedra (8) hasta Sera; el descubrimiento de mercados nuevos en zona tan distante se miró como un prodigio, por estar en la parte oriental y septentrional de China. Así, en tiempo de los reyes de Siria y de Bactriana, las mercancías procedentes del sur de la India pasaban por el Indo, el Oxo y el mar Caspio; y las que venían de las regiones más orientales y más septentrionales, pasaban desde Sera, la Torre de Piedra y etapas sucesivas hasta el Éufrates. Los mercaderes hacían el viaje por el grado 40 de latitud, atravesando países del occidente de China, más civilizados en aquel tiempo que ahora, porque los Tártaros no los habían invadido aún.

Pues bien, mientras el reino de Siria ensanchaba tanto su comercio por el lado de tierra, Egipto no aumentaba mucho su tráfico marítimo.

Fundaron los Partos su imperio; y cuando Egipto cayó en poder de los Romanos, ya estaba el imperio persa en el apogeo de su existencia, en toda su fuerza y en su máxima extensión.

Los Romanos y los Partos, dos potencias rivales, combatieron más que por el predominio por la existencia. Separados por desiertos y siempre con las armas en la mano, era imposible el comercio de los dos imperios, entre los cuales no había ni siquiera comunicación. Los separaban la ambición, los celos, el odio, la religión, las costumbres. Así el comercio entre Oriente y Occidente, que por tantas vías se había efectuado antes, no tuvo más que una sola: todo pasaba por Alejandría; y siendo esta ciudad el único mercado, adquirió la riqueza consiguiente.

Del comercio interior voy a decir bien poco: su ramo principal era el de cereales para el consumo de Roma, siendo por lo tanto más bien una cuestión de policía que de comercio. Con tal motivo recibieron los nautas algunos privilegios (9), porque la salud del imperio dependía de su vigilancia.


Notas

(1) Plinio, lib. VI, cap. XXVIII; Estrabón, lib. XVI.

(2) ¿No sería mayor perfidia la del invasor de un pais pacifico?

(3) Libro II, pág. 181.

(4) Libro VI, cap. XXIII.

(5) En el libro II dice que los Romanos empleaban ciento veinte barcos, y en el XVII que los reyes de Egipto apenas si despachaban veinte.

(6) Libro 1, cap. II.

(7) Libro VI, cap. XXIII.

(8) Nuestros mejores mapas sitúan la torre de Piedra a los 100° de longitud y 40° de latitud.

(9) Suetonio, in Claudio; lego 7, cód. Teod. de naviculariis.


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CAPÍTULO XVII

Del comercio- después de la caída del imperio romano de Occidente

El imperio romano fue invadido, y uno de los efectos de la calamidad general fue la destrucción de su comercio. Los bárbaros, al principio, lo hicieron objeto de sus robos; y después de establecerse, no lo honraron más que a la agricultura y a las demás profesiones del pueblo conquistado.

Al cabo de poco tiempo, casi no había ni rastro de comercio en toda Europa: reinaba la nobleza, que lo menospreciaba.

La ley de los Visigodos (1) permitía que los particulares ocuparan la mitad del cauce de los grandes ríos, con tal que la otra mitad quedara libre para la pesca y la navegación. Preciso era que hubiese escaso comercio en los países conquistados por los Visigodos.

Entonces aparecieron los derechos insensatos de albinaje y de naufragio: creían los hombres que no debían a los extranjeros ni hospitalidad, ni justicia, ni piedad (2).

Eran tan pobres en sus estrechos límites aquellos pueblos del Norte, que todo les era extraño. Establecidos antes de sus conquistas en una costa erizada de escollos, hasta de los escollos habían sacado partido.

Pero los Romanos, que hacían leyes para todo el universo, las tenían muy humanas acerca de los naufragios; reprimían las rapiñas de los habitantes de las costas, y lo que es más digno de elogio, ponían a raya la rapacidad del fisco (3).


Notas

(1) Libro VIII, Tito VI, párr. 9.

(2) El señor de la costa era dueño de todo lo que arrojaba el mar, incluso las personas de los náufragos, pudiendo disponer de su libertad y de su vida.

(3) Cód. de naufragíís.


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CAPÍTULO XVIII

Reglamento particular

La ley de los Visigodos (1) contiene, sin embargo, una disposición favorable al comercio: la que ordena que los mercaderes procedentes de ultramar sean juzgados en sus diferencias por las leyes y los jueces de su nación. Esto se fundaba en el uso establecido en aquellos pueblos tan mezclados de que cada pueblo viviera bajo su propia ley; más adelante he de tocar este punto.


Notas

(1) Libro XI, tít. III, párr. 2.


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CAPÍTULO XIX

Del comercio en Oriente después de la decadencia de los Romanos

Los Mahometanos aparecieron, conquistaron y se dividieron. Tuvo Egipto sus soberanos particulares y continuó su comercio con la India. Era dueño de las mercaderías indianas y a él afluyeron las riquezas de los demás países. Los soberanos de Egipto fueron los príncipes más poderosos de aquellos tiempos: vemos en la historia cómo detuvieron, con una fuerza constante y hábilmente manejada, el ardor, el empuje, el ímpetu de los cruzados.


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CAPÍTULO XX

De cómo el comercio penetró en Europa a través de la barbarie

Pasó al Occidente la filosofía de Aristóteles y se prendaron de ella los espíritus sutiles, que son los superiores en tiempos de ignorancia. Inspirándose en ella algunos infatuados escolásticos, aprendieron en aquel filósofo lo que él explica sobre el préstamo usurario, cuando más natural hubiera sido que buscaran enseñanzas en el Evangelio y así no hubieran condenado, sin distinción, todo préstamo con interés. Haciéndolo así, el comercio, que era ya ocupación de gente baja, lo fue también de pícaros y se tuvo por bribones a todos los comerciantes. Cuando se prohibe una cosa natural, o necesaria, o lícita, sólo se consigue degradar y pervertir a los que la hacen, y alguien ha de hacerla.

Pasó el comercio a un pueblo cubierto de ignominia, y pronto se confundió con la usura, los monopolios, la exacción de subsidios y todos los medios infames y ominosos de adquirir dinero.

Los Judíos (1), enriquecidos con sus exacciones, eran a su vez saqueados por los príncipes con la misma rapacidad tiránica, cosa que consolaba a los pueblos, pero no los aliviaba.

Lo ocurrido en Inglaterra dará una idea de lo que pasaba en todos los países. El rey Juan (2), aprisionó a los Judíos para apoderarse de sus bienes, y alguno hubo a quien mandó que le sacaran los ojos, pues así administraba justicia aquel monarca. A otro le arrancaron un diente cada día, hasta que al octavo se decidió a entregar mil marcos de plata. Enrique III le sacó a Aarón, judío de York, catorce mil marcos de plata para él y diez mil para la reina. En aquellos tiempos se hacía con brutalidad lo que hoy se hace en Polonia con cierta mesura. Como los reyes no podían saquear a sus súbditos, defendidos por sus privilegios, se desquitaban robando a los Judíos, que no eran tenidos por ciudadanos.

Hasta existió la costumbre de confiscar todos los bienes de los Judíos que se hacían cristianos; no les bastaba su conversión para conservar los bienes. Conocemos esta costumbre tan rara por la ley que la deroga (3); de ella se han dado explicaciones deficientes: se ha dicho, por ejemplo, que era una prueba a que se los sometía para libertarlos completamente de la esclavitud del demonio; pero se comprende que sólo se buscaba una especie de compensación para el rey y para los señores, que iban a verse privados de los tributos que cobraban al judío y en lo sucesivo no podían cobrarlo (4). En aquellos tiempos se miraba a los hombres como propiedades; y repárese hasta donde han abusado los gobiernos de los míseros Judíos: si unas veces les confiscaban los bienes cuando querían ser cristianos, otras veces los quemaban vivos si no querían serlo.

Sin embargo, del seno de las vejaciones y la desesperación vemos salir el comercio. Los Judíos, proscritos sucesivamente de unos y otros países, lograron salvar casi siempre sus caudales, así encontraron donde establecerse y al fin tuvieron residencia fija: príncipes que de buena gana los hubieran expulsado, no querían privarse de su dinero.

Inventaron la letra de cambio (5), y gracias a ella pudo el comercio eludir la violencia y mantenerse en todas partes. El más rico de los negociantes pudo tener sus bienes invisibles y enviarlos de una parte a otra sin dejar rastro en ninguna.

Los teólogos tuvieron necesidad de moderar sus principios; y el comercio, después de haberlo hecho inseparable de la mala fe, volvió a ser compatible con la probidad.

Debemos, pues, a las especulaciones de los escolásticos todas las desgracias (6) que acompañaron a la destrucción del comercio; como se debió a la avaricia de los príncipes el establecimiento de un recurso que, en cierto modo, está fuera de su poder.

Desde entonces los príncipes se han visto obligados a conducirse con más prudencia de la que hubieran querido; como que la práctica de la arbitrariedad ha producido resultados tan funestos, que se ha adquirido la experiencia de que solamente la bondad del gobierno puede ser origen de la prosperidad.

Los príncipes han empezado a curarse del maquiavelismo, tomando nueva senda por la que proseguirán. Hay ya más moderación en los consejos: los que se llamaban antes golpes de Estado, hoy no serían más que imprudencias, aun prescindiendo del horror que causan.

Y es una buena suerte que los hombres hayan llegado a una situación en la que, si sus pasiones les inspiran el pensamiento de ser malos, su interés está en no serlo.


Notas

(1) Véase en la Marca Hispánica las Constituciones de Aragón de los años 1228 y 1231, y en Brussel un convenio celebrado en 1206 entre el rey, la condesa de Champaña y Guy de Dampierre.

(2) Slowe, in his survey of London, lib. 111, pág. 54.

(3) Edicto dado en Basville el 4 de abril de 1232.

(4) En Francia, los Judios eran siervos y los heredaban los señores. Brussel ha citado un convenio de 1206, entre el rey y el conde de Champaña, en virtud del cual no podian los Judios del uno prestar en el territorio del otro.

(5) Los Judíos expulsados de Francia en tiempo de Felipe Augusto y de Felipe el Largo, se refugiaron en Lombardía; allí dieron letras de cambio a negociantes o viajeros, que secretamente las presentaron en Francia a los depositarios de los fondos judíos.

(6) Véase en el Cuerpo del Derecho la ley de León que revoca la de Basilio, su padre. La ley de Basilio está en la de Hermenódulo con el nombre de León, lib. III, tít. VII.


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CAPÍTULO XXI

Descubrimiento de dos nuevos mundos; estado de Europa con tal motivo

La brújula abrió el universo, digámoslo así. Por ella se conocieron Africa y Asia, de las cuales no se conocían más que algunas costas, y América, desconocida totalmente.

Los Portugueses, navegando por el Océano Atlántico, descubrieron la punta más meridional de Africa y vieron un vasto mar que los llevó a las Indias orientales. Sus peligros en aquella empresa y el descubrimiento de Mozambique, Melinda y Calicut, fueron cantados por Camoens, cuyo poema tiene algo del encanto de la Odisea y de la magnificencia de la Eneida.

Los Venecianos habían hecho hasta entonces el comercio de la India por los países turcos, prosiguiéndolo entre humillaciones e insultos. Con el descubrimiento del cabo de Buena Esperanza y los que luego se hicieron, dejó de ser Italia el centro del comercio, quedándose en un rincón del mundo. Hasta el comercio de Levante depende hoy del que tienen las grandes naciones con las dos Indias, de manera que el de Italia es accesorio.

Los Portugueses traficaron en las Indias orientales como conquistadores. Las leyes opresivas que los Holandeses imponen actualmente a los príncipes indios en materia comercial, las habían establecido ante los descubridores portugueses (1).

La fortuna de la casa de Austria fue maravillosa. Carlos V heredó las coronas de Castilla, Aragón y Borgoña; fue emperador de Alemania; y como si todo esto fuera poco, se ensanchó el universo para que le obedeciera un nuevo mundo.

Cristóbal Colón descubrió América; y aunque España no envió más fuerzas que las que hubiese podido enviar cualquier principillo de Europa, sometió dos grandes imperios y otros Estados de extenso territorio.

Mientras los Españoles descubrían y conquistaban en Occidente, los Portugueses continuaban en Oriente sus descubrimientos y conquistas. Avanzando unos y otros llegaron a encontrarse; entonces recurrieron al Papa Alejandro VI, quien trazó la línea de demarcación que decidió aquel gran litigio.

Por la célebre sentencia, España y Portugal eran señores del mundo; pero los demás Estados europeos no los dejaron gozar en paz de aquel reparto. Los Holandeses arrojaron a los Portugueses de casi todas las Indias orientales, y en las occidentales fundaron colonias otros pueblos además de los descubridores.

Los Españoles consideraron al principio las tierras descubiertas como objeto de conquista; naciones más refinadas las juzgaron objeto de comercio y a este fin encaminaron sus planes. Algunas han tenido el acierto de desentenderse de todo lo que fuera dominación política, dando el imperio del comercio a compañías de negociantes que, sin perjuicio del Estado, sino todo lo contrario, han gobernado por el tráfico en los países nuevos creando en ellos una potencia accesoria (2).

Las colonias que se han ido formando en los países nuevos disfrutan de una especie de independencia de que hay pocos ejemplos en las colonias antiguas, lo mismo las que dependen en cierta manera de un Estado que las establecidas por alguna compañía particular.

El objeto de esas colonias es comerciar con ellas en lugar de hacerlo con los indígenas de la comarca. Se ha establecido que únicamente la colonia pueda comerciar en las regiones vecinas, y únicamente la metrópoli con la colonia. Exclusivismo bien justificado, pues lo que se persigue es extender el comercio sin fundar un nuevo imperio ni crear una ciudad.

Por eso es todavía ley fundamental de Europa que todo comercio con una colonia extranjera se tenga por mero monopolio, punible por las leyes del país; y no se debe juzgar de esto por los ejemplos y leyes de los pueblos antiguos, que apenas son aplicables (3).

También es cosa admitida que el comercio establecido o pactado entre las metrópolis no lleva consigo la licencia de extender el tráfico a las colonias, donde se ha de entender que continúa prohibido.

La desventaja para las colonias de perder la libertad de comercio, queda compensada con la protección de la metrópoli, obligada a defenderla con las armas y a mantenerla con sus leyes (4).

De aquí se sigue una tercera ley de Europa: que al prohibirse el comercio extranjero en la colonia, queda igualmente prohibida la navegación en los mares circundantes, salvo en los casos previstos en tratados y conciertos.

Las naciones, que son con relación al universo lo que las personas respecto del Estado, se gobiernan como las personas por el derecho natural y las leyes que ellas han establecido. Un pueblo puede cederle el mar a otro, así como la tierra. Los Cartagineses exigieron de los Romanos que no navegaran más allá de ciertos límites (5), así como los Griegos habían exigido del soberano de Persia que no se acercara nunca a las costas a una distancia menor que la carrera de un caballo (6).

La gran distancia a que están nuestras colonias no es un obstáculo para su seguridad; porque si la metrópoli está lejos para defenderlas, no están menos distantes las naciones rivales para conquistarlas.

Además, ese mismo alejamiento de nuestras colonias hace que los que van a establecerse en ellas no puedan acostumbrarse a la manera de vivir en un clima tan diferente, por lo cual han de llevar de su propio país las cosas necesarias para su comodidad. Los Cartagineses, para tener más sumisos a los Sardos y a los Corsos, les prohibieron so pena de la vida sembrar y plantar lo que ellos producían y les mandaban los víveres de África (7). Nosotros hemos llegado a lo mismo, sin dictar leyes tan duras. Nuestras colonias de las islas Antillas son admirables; tienen artículos que en Francia no tenemos ni podemos tener, y al mismo tiempo carecen de las cosas en que comerciamos.

El descubrimiento de América se dejó sentir en Europa, Asia y Africa. América suministró a Europa la materia de su comercio con la gran parte de Asia que llamamos Indias orientales. La plata, ese metal tan útil para el tráfico, fue objeto del mayor comercio del mundo; lo que antes era un signo fue una mercancía. La navegación de Africa se hizo necesaria, porque de sus costas se sacaban hombres para el trabajo de las minas y de los campos de América.

Europa ha alcanzado tan alto grado de poder, que no hay nada en la historia con qué compararlo si se considera la inmensidad de los gastos, la magnitud de los empeños, el número de tropas y la continuidad de su sostenimiento, aunque sean completamente inútiles y se tengan por pura ostentación.

El P. Duhalde (8) ha dicho que el comercio interior de China es más grande que el de toda Europa. Así sería si nuestro comercio exterior no aumentara el interior. Europa hace el comercio y la navegación de las otras tres partes del mundo, como Francia, Inglaterra y Holanda hacen casi toda la navegación y casi todo el comercio de Europa.


Notas

(1) Véase la Relación de Francisco Pirard, 2a. parte, cap. XV.

(2) Por ejemplo, la Compañía de las Indias.

(3) Exceptuando a los Cartagineses, como lo prueba el tratado que terminó la primera guerra púnica.

(4) En el lenguaje de los antiguos, metrópoli es el Estado fundador de la colonia.

(5) Polibio, libro III.

(6) El rey de Persia, en un tratado, se obligó a no navegar más allá de las rocas Escinianas y de las islas Quelidonias. (Plutarco, Vida de Cimón).

(7) Aristóteles, De las cosas maravillosas; Tito. Livio, lib. VII, 2a década.

(8) Tomo II, pág. 170.


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CAPÍTULO XXII

De las riquezas que España sacó de América (1)

Si Europa ha obtenido tantas ventajas del comercio de América, parecería natural que a España le hubieran tocado los mayores beneficios. Ella sacó del Nuevo Mundo una cantidad tan prodigiosa de oro y plata, que no cabe compararla con toda la que antes se había poseído.

Pero (¡lo que no podía ni sospecharse!) todas las empresas de España las malogró la pobreza. Felipe II, sucesor de Carlos V, se vió precisado a hacer la célebre bancarrota que no ignora nadie; no hubo príncipe que tuviera tantos sinsabores, no hubo ninguno que sufriera como él las murmuraciones incesantes, las insolencias continuas, la crónica insubordinación de sus tropas, siempre mal pagadas.

Entonces comenzó la decadencia, que parece irremediable, de la monarquía española, causada por un vicio interior y físico en la naturaleza de aquellas riquezas, vicio que las hacía vanas y que ha aumentado de día en día.

El oro y la plata son una riqueza de ficción, un signo; signo duradero y por su naturaleza poco destructible. Cuanto más se multiplican valen menos, porque representan menos cosas.

Al hacer la conquista de Méjico y del Perú, los Españoles abandonaron las riquezas verdaderas por las de signo, que ellas mismas se deprecian. El oro y la plata eran muy raros en Europa; dueña España de una cantidad inmensa de estos metales, concibió esperanzas que nunca había tenido. Las riquezas encontradas en los países conquistados por los Españoles, no estaban en proporción con las de sus minas. Los Indios ocultaron una gran parte de ellas. Además, unos pueblos que sólo se servían del oro y de la plata para la magnificencia de los templos de sus dioses y de los palacios de sus reyes, no buscaban esos metales con la misma avaricia que nosotros. Por último, no conocían el secreto de extraer los metales de todas las minas, sino solamente de aquellas en que la separación se hace por medio del fuego, puesto que ignoraban el empleo del mercurio y quizá la existencia del mercurio mismo.

Sin embargo, bien pronto en Europa se duplicó el dinero, lo cual se conoció en que todas las cosas valieron doble que antes.

Los Españoles reconocieron las minas, minaron las montañas, inventaron máquinas para romper y separar los minerales, y como no les importaba nada la vida de los Indios, les obligaban a trabajar sin descanso. En Europa volvió a doblarse el dinero sin que España obtuviera el correspondiente beneficio, pues recibía cada año la misma cantidad de un metal que era cada año la mitad menos precioso.

En doble tiempo, el dinero se dobló otra vez; el provecho disminuyó en otra mitad.

Y aun más de la mitad: veáse cómo.

Para sacar el oro de las minas, darle las preparaciones necesarias y transportarlo a Europa, era preciso gastar algo. Supongamos que este gasto fuera como 1 es a 64; cuando el dinero se duplicó una vez y, por consecuencia, valió la mitad menos, el gasto fue como 2 es a 64. Así las flotas que traían a España la misma cantidad de oro, cada vez importaban una cosa que costaba la mitad más y valía la mitad menos.

Si seguimos doblando, encontraremos la progresión que explica la inutilidad de las riquezas de España.

Hace doscientos años, aproximadamente, que se explotan las minas de las Indias. Supongamos que la cantidad de dinero que hoy existe en el mundo comercial está en la proporción de 32 a 1 con la que había antes de descubrirse América, es decir, que se haya duplicado cinco veces: de aquí a otros doscientos años, la proporción será de 64 a 1, es decir, se habrá doblado otra vez. Ahora bien, al presente, cincuenta quintales de mineral de oro (2) dan cuatro, cinco o seis onzas de este metal; si no dan más que dos, el minero no saca más que los gastos. Dentro de doscientos años, aunque los mismos cincuenta quintales rindan cuatro onzas, el minero no hará más que cubrir gastos. Será, pues, bien poco benefecio el que se obtenga sacando oro. Puede aplicarse a la plata el mismo razonamiento, sin más diferencia que la de ser ellaboreo de las minas de plata un poco más ventajoso que el de las minas de oro.

Si se descubren minas tan abundantes que dejen más beneficio, cuanto más abundantes sean tanto más pronto acabará el beneficio.

Los Portugueses han hallado tanto oro en el Brasil (3) que, forzosamente, la ganancia de los Españoles decrecerá muy pronto considerablemente; y lo mismo la de los Portugueses.

Muchas veces he oído deplorar la torpeza del Consejo de Francisco I, que rechazó a Cristóbal Colón cuando éste le propuso el descubrimiento de América (4). Tal vez acertara; quizá evitó con su ceguedad o su torpeza que le sucediera a Francia lo que le sucede a España. Le está ocurriendo a España lo que a aquel rey insensato que pidió que todo lo que él tocara se convirtiese en oro, y luego tuvo que suplicar a los dioses que pusieran término a su miseria.

Las compañías y los bancos fundados en aquel tiempo en diferentes naciones acabaron de envilecer el oro y la plata en su calidad de signos, porque multiplicaron tantos los signos de cambio con nuevas ficciones, que el oro y la plata no fueron los únicos: de aquí su depreciación.

Así el crédito público llegó a ser para aquellas compañías y aquellos bancos la verdadera mina, con lo que disminuyó el provecho que sacaba España de la del Nuevo Mundo.

Es verdad que los Holandeses, por el gran comercio que hacían en las Indias Orientales, algo elevaron el precio de la mercancía española, porque teniendo que llevar dinero para trocarlo por los productos del país, descargaron a los Españoles, en Europa, de una parte de los metales que tenían de sobra.

Y aquel comercio, que parece no interesar a España sino indirectamente, le es tan útil como a las naciones que lo hacen.

Lo que acabamos de decir nos permite juzgar de las ordenanzas del Gobierno español, que prohiben gastar el oro y la plata en dorados y otras superfluidades: ordenanzas parecidas a las que dieron los Estados de Holanda prohibiendo el consumo de la canela (5).

Mi razonamiento no se refiere a todas las minas: las de Hungría y Alemania, que producen poco más de los gastos, son útilísimas. No están en lejanas tierras dan ocupación a muchos millares de hombres y son realmente una manufactura del país.

Las minas de Alemania y de Hungría dan valor al cultivo de la tierra; las de Méjico y las del Perú, al contrario, le destruyen.

Las Indias y España son dos potencias que gobierna un mismo soberano; pero las Indias son lo principal y España lo accesorio. En vano pretenderá la política subordinar lo principal a lo secundario: no es España la que atrae a las Indias, que son las Indias las que atraen a España.

Cerca de cincuenta millones de mercaderías van a las Indias cada año: de ellas no proporciona España más que dos millones y medio, de suerte que las Indias hacen un comercio de cincuenta millones, cuando no pasa de dos y medio el que hace España.

Es mala especie de riqueza la que proviene de un tributo accidental, que no depende ni de la industria de la nación, ni del número de sus habitantes, ni del cultivo de su suelo. El rey de España, que por su aduana de Cádiz recibe crecidas sumas, es en este concepto como un particular muy rico en un Estado muy pobre. Todos sus ingresos pasan de sus manos a las de los extranjeros, sin que a sus súbditos les toque casi nada; semejante comercio no depende de la buena o mala fortuna de su reino.

Si algunas provincias de Castilla le dieran tantos rendimientos como la aduana de Cádiz, su poder sería mucho mayor; sus riquezas provendrían de las del país; aquellas provincias darían ejemplo a las demás y todas juntas estarían en condiciones de sostener las cargas públicas. En lugar de un gran tesoro se tendría un gran pueblo.


Notas

(1) Este capítulo pertenece a una obra manuscrita del autor, inclusa casi toda en el presente libro aunque anterior a él en más de veinte años.

(2) Viajes de Frezier.

(3) Según el inglés Anson, Europa recibe anualmente del Brasil dos millones de libras esterlinas de oro, el cual se encuentra al pie de las montañas o en el lecho de los ríos. Cuando escribí el opúsculo que he mencionado en la primera nota de este capítulo, distaba mucho de ser tan importante la exportación del Brasil.

(4) Cuando Cristóbal Colón presentó a Francia sus proposiciones, Francisco I no había nacido. Por otra parte, Montesquieu se une aquí a la turba de censores que comparan los reyes de España, dueños de las minas de Méjico y el Perú, al rey Midas que se murió de hambre cuando nadaba en oro. Yo no creo que Felipe II fuera digno de lástima por haber tenido oro bastante para comprar toda Europa, gracias al viaje de Colón ... (Voltaire). - Nada tiene de particular que Montesquieu incurriera en algún error cronológico o geográfico; más extraño es que se apoye con frecuencia en ejemplos de naciones poco civilizadas o poco conocidas ... (La Harpe).

(5) Los Españoles apenas tenian manufacturas, viéndoso obligados a comprarlas en el extranjero. Los Holandeses, al contrario, eran los únicos poseedores de la canela, de modo que, lo que era muy razonable en España, en Holanda hubiera sido absurdo. (Voltaire).


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CAPÍTULO XXIII

Problema

No soy yo quien ha de pronunciarse en la cuestión de si España, no pudiendo hacer por sí misma el comercio de las Indias, haría mejor en declararlo libre para que lo hicieran todas las naciones. Sólo diré que la conviene ponerles menos obstáculos hasta donde su política se lo permita. Cuando están caras las mercaderías que los extranjeros llevan a las Indias, en las Indias dan muchas de las suyas (que son el oro y la plata) por pocas extranjeras; y lo contrario sucede cuando éstas están a un precio vil. Sería útil, quizá, que las naciones extranjeras se perjudicasen unas a otras para que siempre estuviesen baratas las mercaderías que venden en las Indias. Creo que estos principios debieran examinarse, aunque sin aislarlos de otras consideraciones, como la seguridad de las Indias, la conveniencia de una aduana única, los peligros de un cambio repentino y los riesgos que se prevén, ciertamente menos graves que los imprevistos.


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